sábado, 7 de marzo de 2026

Entrevista al Pbro. Carlos Rafael Boulanger Limonchy, operario diocesano

RECTOR DEL SEMINARIO SAN PÍO X

Padre Carlos, para las redes de nuestro seminario San Pío X y con motivo de su aniversario de ordenación sacerdotal, coméntenos, por favor, cómo nació su vocación y qué momentos o personas fueron clave para descubrir el llamado de Dios en su vida.

Bueno, gracias por esta entrevista. En primer lugar, mi vocación es algo muy paradójico, podríamos decir, porque nací en una familia con muchos valores cristianos, pero que no era muy practicante. Sin embargo, siempre me sentía atraído hacia el sacerdocio. No sé por qué; bueno, Dios sabrá.

Lo cierto es que me atraía mucho ir a misa, ver a los sacerdotes; también me atraía la figura de los santos. Mi papá tenía una librería y allí podía conseguir la vida de San Francisco de Asís, de San Ignacio de Loyola, lecturas como Quo Vadis, La imitación de Cristo… Todo esto siempre me animaba con esa ilusión del sacerdocio.

Pero, como he dicho, mi familia no era particularmente practicante y yo no me atrevía a formular la inquietud por el sacerdocio. Sin embargo, siempre me sentía atraído hacia ello. Cuando terminé el bachillerato dije: “Bueno, voy a dar el paso”. Pero pregunté a alguien que no sabía y me dijo que yo no podía ser sacerdote porque había estudiado la especialidad de ciencias y no humanidades.

Así que decidí entrar a estudiar ingeniería química. Después de empezar la carrera me di cuenta, especialmente en Navidad, de que no era lo mío, que no me hacía feliz y que no encontraba mayor gozo en lo que estaba haciendo. Hasta que, por fin, hice un retiro o una experiencia con el movimiento Cursillos de Cristiandad, que me motivó a dar el paso. Allí me acerqué a los padres operarios diocesanos… y aquí estoy.

Una cosa curiosa es que desde pequeño sentía la atracción por ser formador de sacerdotes; es decir, no solamente sacerdote, sino formador de sacerdotes. Cuando veía algo que no me gustaba en un sacerdote decía: “A este le falta formación”. Era, claro, muy presuntuoso para ser una persona con tan poco conocimiento de esto.

Por otra parte, ahora que lo veo en retrospectiva, hubo personas muy importantes. Mi mamá, que era una mujer de oración; mi abuela, mi abuela Juana; también mi madrina Regina. Mi papá quería que nos bautizáramos ya adultos, pero ella se empeñó en que debíamos bautizarnos más jóvenes. Así que me bautizaron cuando era niño, ya con cierta edad, pero no adulto.

También me marcó mucho una maestra de sexto grado, la maestra Anita. Era una mujer de oración, de buen testimonio, con una familia cristiana. Su simple testimonio como maestra —en una escuela pública— siempre comenzaba la clase rezando; nos recordaba a María Auxiliadora, a San Juan Bosco. Creaba un ambiente cristiano en la clase.

Más adelante, cuando ingresé a la Hermandad de Sacerdotes Operarios Diocesanos, también fueron importantes los grandes pilares de la hermandad en esa época: el padre Cesario Gil, el padre Hermógenes Castaño y el padre Ángel Jiménez. Ellos me motivaron mucho para seguir en este camino.

Padre, cuando ya estaba con los operarios en su proceso de formación, ¿qué experiencias, aprendizajes o desafíos marcaron ese camino hacia el sacerdocio?

Bueno, la mejor experiencia del seminario no puedo reducirla a algo en particular, sino a todo en conjunto. Fue una experiencia muy positiva, especialmente la vida comunitaria que teníamos en el Centro de Estudios Mosén Sol, que es la casa de formación de los padres operarios.

Allí tuve excelentes formadores: el padre Daniel Redondo —que en paz descanse—, el padre Román Sánchez Chamoso —también ya en la casa del Padre— y el padre Paolo Borelli, un excelente sacerdote que sigue siendo un gran amigo y un gran referente de lo que es un sacerdote. Fueron personas que me ayudaron mucho en mi vocación.

Junto con esto, la vida con los hermanos seminaristas fue para mí una experiencia muy positiva y muy fructuosa. La valoro y la tengo guardada en mi corazón: esos años de formación que, para mí, pasaron muy rápido.

En el año 1995 fui enviado a Roma a estudiar. Allí también conocí otra parte de la hermandad que no conocía y seguí enamorándome más de toda esta comunidad de sacerdotes operarios, donde tengo grandes hermanos y grandes amigos.

Padre Carlos, quisiéramos conocer acerca de su ordenación. ¿Qué recuerda de ese día y qué significado tiene hoy, después de tantos años de ministerio?

Bueno, fue hace 28 años. Hay como dos aspectos muy curiosos. Desde el punto de vista de lo que yo imaginaba que iba a ser, la organización fue un desastre. Me habían ofrecido unos ornamentos que nunca llegaron; las tarjetas de invitación eran muy feas porque yo no las diseñé… En fin, todo el aspecto de organización, de fiesta y de detalles fue un caos.

Sin embargo, creo que todo eso ha sido compensado por la experiencia muy positiva que he tenido como sacerdote, gracias a Dios. He tenido una experiencia maravillosa. He tenido la oportunidad de ir a muchos países: estuve en Panamá, Venezuela, Italia, Ecuador, Argentina y ahora estoy aquí en Perú. Ha sido una gran riqueza conocer tantas culturas, tantas personas, tantas iglesias y tantos operarios.

También he estado en la Dirección General de la Hermandad como consejero, y ha sido una experiencia muy enriquecedora. Yo doy gracias a Dios por todos estos años de ministerio, por la hermandad y por la vida sacerdotal que me ha regalado.

Por eso digo que, aunque uno quisiera que todo fuera como lo había planeado, Dios tiene sus caminos. Creo que a través de eso me enseñó que lo importante no es lo exterior, sino sobre todo la vivencia espiritual de esa ceremonia. Eso es lo que más rescato.

A pesar de todos los inconvenientes que pudieron existir, lo más importante para mí fue precisamente la ordenación. Y recuerdo un momento muy significativo: cuando mis padres besaron mis manos como sacerdote. Eso es algo que tengo guardado en mi corazón. También la presencia de grandes amigos y familiares… fue algo muy bonito.

Padre, ¿qué obispo lo ordenó y dónde?

Me ordené en Caracas, en la parroquia María Madre de la Iglesia. El que me ordenó fue el cardenal Ignacio Velasco. Inicialmente iba a ser monseñor Lücker, pero finalmente fue el cardenal Velasco quien presidió la ordenación.

Padre, finalmente, después de estos 28 años de sacerdocio, ¿qué mensaje nos puede dar a nosotros, los seminaristas que nos estamos preparando para ser algún día sacerdotes?

El mensaje es que sean felices en su vocación, que se entreguen plenamente a Cristo y, sobre todo, que vivan la alegría de la fraternidad con mucha transparencia, con recta intención y con un corazón noble. Déjense guiar por Dios, porque Él los va conduciendo por caminos insospechados que nunca podrían imaginar.

Yo jamás hubiera imaginado toda la vida sacerdotal que he tenido, todos los gozos que he experimentado. Y esto es un don de Dios, un regalo de Dios.

Bueno, padre, muchas gracias por estas palabras, por esta entrevista y, de parte de la comunidad del seminario, feliz aniversario de ordenación sacerdotal.

Muchas gracias, y recen por mí, que me hace falta.

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