viernes, 31 de julio de 2026

Un fin de semana en Pichari: mesa 1, silla 1

RETIRO DE JUAN XXIII

En julio de 2026 tuve la oportunidad de viajar hasta la ciudad de Pichari, en el VRAEM, para colaborar como invitado en un retiro del Movimiento de Retiros Parroquiales Juan XXIII, apostolado presente en la arquidiócesis de Ayacucho. Mi misión inicial era bastante concreta: había sido invitado por el hermano Américo, coordinador de este grupo de apostolado, para compartir cuatro charlas durante la jornada espiritual dirigida principalmente a adolescentes y jóvenes de entre 14 y 18 años, varones y mujeres.

Acepté gustoso la invitación. Sin embargo, durante el viaje hacia el VRAEM surgió una posibilidad que terminó cambiando por completo mi experiencia. Si iba a acompañarlos durante todo el fin de semana, desde el viernes hasta el domingo, ¿por qué no vivir también el retiro como uno de los participantes? La propuesta tenía sentido y finalmente se concretó. Así, quien había llegado inicialmente como colaborador terminó ocupando un lugar dentro del retiro: mesa 1, silla 1. Y desde allí comencé a mirar y a vivir aquella experiencia con otros ojos, pues sinceramente me dispuse espiritual y mentalmente para aprovechar aquella oportunidad.

La valoración general del retiro fue muy positiva. Se percibía detrás de cada actividad el trabajo comprometido de un equipo numeroso y entregado. Todo parecía tener su momento, su responsable y su procedimiento. De hecho, había una frase que terminó convirtiéndose casi en una especie de lema involuntario ante la curiosidad de los participantes: «Todo está previsto». Los jóvenes preguntaban qué vendría después, qué actividad se realizaría, cuándo podrían saberlo o qué ocurriría al terminar determinada dinámica. Pero la respuesta era siempre la misma: Todo está previsto.

Aquello provocaba las risas de los muchachos, especialmente porque durante el retiro tampoco podían disponer libremente de sus teléfonos móviles. Para adolescentes acostumbrados a saberlo todo inmediatamente, aquella incertidumbre resultaba, a su manera, una experiencia ascética.

En la mesa 1 compartí con un joven de 25 años y con otros cuatro muchachos de 15 y 16 años. Eran adolescentes inquietos, curiosos y llenos de energía. Durante algunas charlas conversaban, se movían o trataban de descubrir qué estaba pasando en los demás ambientes. En otros momentos sucedía exactamente lo contrario: el cansancio terminaba imponiéndose y alguno conciliaba el sueño durante la exposición. Yo, desde mi silla, tenía que estar atento. Cuando descubría a alguno dormido, intentaba despertarlo de alguna manera graciosa, procurando que la corrección no se convirtiera en una reprimenda, sino en parte de aquella convivencia.

Las charlas podían prolongarse durante cuarenta y cinco minutos o más. Mientras escuchaba a los diferentes expositores, acostumbraba tomar apuntes en una hoja, anotando ideas, frases o aspectos que me parecían importantes. Cuando llegó mi turno de hablar, tuve que cambiar de estrategia: encargué a uno de los muchachos de la mesa que hiciera ese trabajo por mí. Mientras yo compartía la charla, él debía recoger las ideas principales.

Mis intervenciones estuvieron centradas especialmente en dos temas: la vida en gracia y los sacramentos. Tuve la oportunidad de compartir estas reflexiones tanto con el grupo de varones en el que me encontraba como con el pequeño grupo de señoritas que participaba del mismo retiro. Ellas se encontraban en otros salones del colegio Maravilla de Pichari, por lo que prácticamente no coincidíamos durante las actividades. Cada grupo vivía su propia dinámica, aunque todos formábamos parte de la misma experiencia espiritual.

Pero hubo un momento del retiro que, sin haberlo buscado, terminó siendo uno de los más memorables para mí. En determinado momento, el rector del retiro preguntó a los participantes cómo les estaba pareciendo la experiencia. Como yo ocupaba la silla 1 de la mesa 1, no tenía demasiadas posibilidades de pasar desapercibido. Me correspondió comenzar.

Respondí como pude y, después de mí, fueron interviniendo los muchachos de mi mesa. Yo esperaba escuchar sus impresiones sobre las charlas, las dinámicas, la convivencia o cualquier otro aspecto del retiro. Entonces uno de ellos dijo que la experiencia le estaba resultando novedosa y que una de las cosas más agradables había sido haberme conocido. Yo quedé desconcertado. Y no terminó allí. Después de él comenzaron a decir prácticamente lo mismo otros muchachos de la mesa. Incluso algunos participantes de otras mesas se sumaron a aquella valoración. Yo ya no sabía dónde esconderme.

Aquello me produjo una verdadera vergüenza. No porque me molestara lo que decían, sino precisamente, por lo contrario: me parecía que el comentario no venía al caso y que de pronto toda la atención estaba cayendo sobre mí. Yo había ido a Pichari para colaborar con unas charlas, no para convertirme inesperadamente en uno de los protagonistas de la valoración del retiro. Sin embargo, después, al pensarlo con más calma, llegué a una conclusión sencilla: probablemente aquellos muchachos estaban diciendo lo que realmente sentían. Y eso, más que alimentar cualquier vanidad, me hizo pensar en la responsabilidad que tenemos quienes acompañamos a los jóvenes en la fe. A veces uno cree que lo importante está en preparar una buena charla, explicar correctamente un tema o transmitir determinados contenidos. Todo eso es necesario. Pero los jóvenes también observan a la persona que tienen delante: cómo habla, cómo los trata, cómo corrige, cómo bromea, cómo escucha y cómo comparte con ellos.

Quizá aquella experiencia en Pichari me recordó que la evangelización no ocurre únicamente desde un micrófono o desde el lugar del expositor. También ocurre sentándose a la mesa. Y en mi caso, aquella mesa fue la mesa 1. Aquella silla fue la silla 1. Y desde allí, sin haberlo planeado, terminé viviendo el retiro no solamente como seminarista invitado a compartir cuatro charlas, sino como un participante más, aprendiendo también de aquellos jóvenes que, entre risas, inquietudes, preguntas y algún que otro sueño durante las charlas, terminaron regalándome una de las experiencias pastorales más significativas de aquel mes de julio.

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