RETIRO DE JUAN XXIII
En julio de 2026 tuve la oportunidad de viajar hasta la ciudad de Pichari,
en el VRAEM, para colaborar como invitado en un retiro del Movimiento de
Retiros Parroquiales Juan XXIII, apostolado presente en la arquidiócesis de
Ayacucho. Mi misión inicial era bastante concreta: había sido invitado por el
hermano Américo, coordinador de este grupo de apostolado, para compartir cuatro
charlas durante la jornada espiritual dirigida principalmente a adolescentes y
jóvenes de entre 14 y 18 años, varones y mujeres.
Acepté gustoso la invitación. Sin embargo, durante el viaje hacia el VRAEM
surgió una posibilidad que terminó cambiando por completo mi experiencia. Si
iba a acompañarlos durante todo el fin de semana, desde el viernes hasta el
domingo, ¿por qué no vivir también el retiro como uno de los participantes? La
propuesta tenía sentido y finalmente se concretó. Así, quien había llegado
inicialmente como colaborador terminó ocupando un lugar dentro del retiro: mesa
1, silla 1. Y desde allí comencé a mirar y a vivir aquella experiencia con
otros ojos, pues sinceramente me dispuse espiritual y mentalmente para aprovechar
aquella oportunidad.
La valoración general del retiro fue muy positiva. Se percibía detrás de
cada actividad el trabajo comprometido de un equipo numeroso y entregado. Todo
parecía tener su momento, su responsable y su procedimiento. De hecho, había
una frase que terminó convirtiéndose casi en una especie de lema involuntario
ante la curiosidad de los participantes: «Todo está previsto». Los jóvenes
preguntaban qué vendría después, qué actividad se realizaría, cuándo podrían
saberlo o qué ocurriría al terminar determinada dinámica. Pero la respuesta era
siempre la misma: Todo está previsto.
Aquello provocaba las risas de los muchachos, especialmente porque
durante el retiro tampoco podían disponer libremente de sus teléfonos móviles.
Para adolescentes acostumbrados a saberlo todo inmediatamente, aquella
incertidumbre resultaba, a su manera, una experiencia ascética.
En la mesa 1 compartí con un joven de 25 años y con otros cuatro
muchachos de 15 y 16 años. Eran adolescentes inquietos, curiosos y llenos de
energía. Durante algunas charlas conversaban, se movían o trataban de descubrir
qué estaba pasando en los demás ambientes. En otros momentos sucedía
exactamente lo contrario: el cansancio terminaba imponiéndose y alguno
conciliaba el sueño durante la exposición. Yo, desde mi silla, tenía que estar
atento. Cuando descubría a alguno dormido, intentaba despertarlo de alguna
manera graciosa, procurando que la corrección no se convirtiera en una
reprimenda, sino en parte de aquella convivencia.
Las charlas podían prolongarse durante cuarenta y cinco minutos o más.
Mientras escuchaba a los diferentes expositores, acostumbraba tomar apuntes en
una hoja, anotando ideas, frases o aspectos que me parecían importantes. Cuando
llegó mi turno de hablar, tuve que cambiar de estrategia: encargué a uno de los
muchachos de la mesa que hiciera ese trabajo por mí. Mientras yo compartía la
charla, él debía recoger las ideas principales.
Mis intervenciones estuvieron centradas especialmente en dos temas: la
vida en gracia y los sacramentos. Tuve la oportunidad de compartir estas
reflexiones tanto con el grupo de varones en el que me encontraba como con el
pequeño grupo de señoritas que participaba del mismo retiro. Ellas se
encontraban en otros salones del colegio Maravilla de Pichari, por lo que
prácticamente no coincidíamos durante las actividades. Cada grupo vivía su
propia dinámica, aunque todos formábamos parte de la misma experiencia
espiritual.
Pero hubo un momento del retiro que, sin haberlo buscado, terminó siendo
uno de los más memorables para mí. En determinado momento, el rector del retiro
preguntó a los participantes cómo les estaba pareciendo la experiencia. Como yo
ocupaba la silla 1 de la mesa 1, no tenía demasiadas posibilidades de pasar
desapercibido. Me correspondió comenzar.
Respondí como pude y, después de mí, fueron interviniendo los muchachos
de mi mesa. Yo esperaba escuchar sus impresiones sobre las charlas, las
dinámicas, la convivencia o cualquier otro aspecto del retiro. Entonces uno de
ellos dijo que la experiencia le estaba resultando novedosa y que una de las
cosas más agradables había sido haberme conocido. Yo quedé desconcertado. Y no
terminó allí. Después de él comenzaron a decir prácticamente lo mismo otros
muchachos de la mesa. Incluso algunos participantes de otras mesas se sumaron a
aquella valoración. Yo ya no sabía dónde esconderme.
Aquello me produjo una verdadera vergüenza. No porque me molestara lo
que decían, sino precisamente, por lo contrario: me parecía que el comentario
no venía al caso y que de pronto toda la atención estaba cayendo sobre mí. Yo
había ido a Pichari para colaborar con unas charlas, no para convertirme
inesperadamente en uno de los protagonistas de la valoración del retiro. Sin
embargo, después, al pensarlo con más calma, llegué a una conclusión sencilla: probablemente
aquellos muchachos estaban diciendo lo que realmente sentían. Y eso, más que
alimentar cualquier vanidad, me hizo pensar en la responsabilidad que tenemos
quienes acompañamos a los jóvenes en la fe. A veces uno cree que lo importante
está en preparar una buena charla, explicar correctamente un tema o transmitir
determinados contenidos. Todo eso es necesario. Pero los jóvenes también
observan a la persona que tienen delante: cómo habla, cómo los trata, cómo
corrige, cómo bromea, cómo escucha y cómo comparte con ellos.
Quizá aquella experiencia en Pichari me recordó que la evangelización no
ocurre únicamente desde un micrófono o desde el lugar del expositor. También
ocurre sentándose a la mesa. Y en mi caso, aquella mesa fue la mesa 1. Aquella
silla fue la silla 1. Y desde allí, sin haberlo planeado, terminé viviendo el
retiro no solamente como seminarista invitado a compartir cuatro charlas, sino
como un participante más, aprendiendo también de aquellos jóvenes que, entre
risas, inquietudes, preguntas y algún que otro sueño durante las charlas,
terminaron regalándome una de las experiencias pastorales más significativas de
aquel mes de julio.

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