Reflexiones de un retiro espiritual previo a la ordenación diaconal
1. NUESTRA PUERTA
«Estoy a la
puerta y llamo: si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré
con él, y él conmigo» (Ap 3,20).
El retiro
comienza con una primera actitud: reconocerse misericordiado por Dios.
Llegar al diaconado, incluso mientras se culmina el último año de formación, no
puede entenderse simplemente como un logro ni como fruto de méritos personales.
Es, ante todo, una obra de la misericordia de Dios que toca el corazón y
confirma una llamada.
Dios toca
la puerta, pero esa puerta solo puede abrirse desde dentro. Por eso, la
respuesta a la llamada nace de la libertad y de la generosidad del corazón.
Como María, se aprende a decir «sí» no apoyándose únicamente en razones
humanas, sino confiando en Aquel que llama.
En una
carta de 2000, el entonces cardenal Bergoglio recordaba que el «sí» al servicio
diaconal significa, en primer lugar, abrir las puertas al Señor. Y quien
abre la puerta al Señor queda llamado también a abrir otras puertas: las
puertas de la Iglesia, de la comunidad y de la propia vida a todos.
La Iglesia,
decía, es «portera, no la patrona del Reino». El diácono, por tanto, no
está llamado a cerrar, excluir o apropiarse, sino a abrir. Su actitud es la de
quien recibe al Señor y, porque lo ha recibido, se dispone a recibir y servir a
los demás.
De ahí
surge una imagen sencilla pero profunda: puerta abierta, manos abiertas.
Si la puerta del corazón solo puede abrirse desde dentro y las manos tienen la
llave, al abrir la puerta también se liberan las manos para servir.
No basta
con tener las puertas abiertas; es necesario tener también las manos
disponibles. El servicio cristiano no consiste solamente en saber quién se es,
sino en poner lo que se es al servicio de los demás. Dios toca la puerta;
corresponde al hombre abrirla y dejar entrar a quien llama.
2. QUITARSE LAS SANDALIAS
«Quítate
las sandalias, que el suelo que pisas es sagrado» (Ex 3,1-12).
El
candidato al diaconado llega con sus propias sandalias: las de las
preocupaciones, las limitaciones, los miedos, los prejuicios y las seguridades
personales. Pero ante la presencia de Dios se escucha una invitación clara: «quítate
las sandalias».
Para pisar
la tierra sagrada es necesario descalzarse. Y para entrar en el servicio
diaconal también se requiere dejar atrás aquello que impide caminar con
libertad: las comodidades, las seguridades, las riquezas y las
autosuficiencias.
La zarza
arde sin consumirse. También el servicio cristiano y diaconal está llamado a
arder sin consumirse: a entregarse continuamente sin perder su raíz, porque su
fuerza no procede de uno mismo, sino de Dios.
Al decir
«presente», se acepta una llamada cuyo camino todavía no se conoce
completamente. Se conoce la voz, aunque no todos los caminos que habrá que
recorrer. Así sucede con Moisés: escucha su nombre, reconoce la llamada y
responde: «Aquí estoy».
Su
respuesta es un acto de fe. No conoce todavía toda la misión, pero conoce a
quien lo llama. Y ante Dios se descubre también la actitud de reverencia:
Moisés se cubre el rostro porque reconoce que está ante el Misterio.
Entonces
aparece la palabra que sostiene toda misión: «Yo estaré contigo».
Sin
sandalias, sin seguridades propias, la persona queda vulnerable. Pero
precisamente allí aparece la verdadera seguridad: no en las propias fuerzas,
sino en la presencia de Dios. La misión será ardua, como lo fue para Moisés
enfrentarse al faraón, pero basta saber que quien llama también acompaña.
Por eso, el
candidato no necesita apoyarse únicamente en sus capacidades. Basta reconocer
los signos de la llamada y confiar en que Aquel que elige también permanece
junto a quien envía.
3. LA SANTIDAD
«Sean
perfectos como su Padre celestial es perfecto» (Mt 5,48).
La santidad
comienza en la entrega. Cristo se entrega a la Iglesia para santificarla, y en
Él se encuentra el fundamento de toda acción pastoral.
Servir
significa estar con la gente, caminar con ella y compartir su realidad. No se
trata simplemente de llegar desde fuera para realizar una tarea, sino de
hacerse presente. Entrega es presencia, fidelidad y amor. Entrega es vivir
la caridad evangélica.
Si el
ministro no se entrega a la Iglesia como Cristo se entregó, difícilmente podrá
servirla y santificarla.
También
aparece aquí la imagen de la puerta. Jesús es la puerta del redil y el Buen
Pastor. Quien entra por Él entra para cuidar el rebaño. La ordenación diaconal
puede contemplarse como una entrada al servicio del rebaño del Buen Pastor.
Surge
entonces una pregunta que debe acompañar toda la vida ministerial: ¿por
dónde se está entrando al rebaño?
Puede
buscarse el propio beneficio, como el ladrón y el bandido que empobrecen al
rebaño, o puede entrarse por Cristo, asumiendo sus mismos sentimientos y
poniéndose al servicio de las ovejas.
La caridad
pastoral une la llamada universal a la santidad con el seguimiento
específico de Cristo en el ministerio. El ordenado está llamado a configurarse
con Cristo Pastor y a convertirse en modelo del rebaño.
La caridad
pastoral no se reduce a gestos o palabras. Es un corazón disponible para amar a
todos, sin excluir a nadie. En el celibato se expresa también esta
disponibilidad: amar con el amor del Esposo a la Iglesia, como Cristo que se
entregó por todos en la cruz.
4. EL DIÁCONO EN LA IGLESIA
«Sírvanse
los unos a los otros mediante la caridad» (Gál
5,13).
La misma
palabra diácono remite al servicio. En la Iglesia primitiva se reconocía
especialmente el servicio de las mesas y de la caridad. Este servicio es un
ministerio: un encargo recibido en la Iglesia y sostenido por la gracia de
Dios.
El servicio
no es una tarea aislada. Está ordenado a que todos los miembros del Pueblo de
Dios caminen libre y ordenadamente hacia un mismo fin: la salvación.
En el
Antiguo Testamento aparece la figura del Siervo de Dios, especialmente
en Isaías. En el Nuevo Testamento, san Pablo se presenta como servidor de
Jesucristo. Todo servicio auténticamente cristiano tiene su origen en Cristo y
se distribuye entre los fieles según la vocación recibida.
Cristo
mismo muestra el camino. En el lavatorio de los pies se manifiesta que su
autoridad se expresa en el servicio. Por eso, el principio fundamental del
diaconado es claro: servir y no ser servido.
El diácono,
sacramento de Cristo y animador de la diaconía de la Iglesia, está llamado a
hacer visible este servicio en las comunidades. Su ministerio se despliega en
la Palabra, la Liturgia y la Caridad, participando, como miembro del
sacramento del Orden, de la misión de enseñar, santificar y regir al Pueblo de
Dios.
San Ignacio
de Antioquía expresó esta identidad al llamar a los diáconos «encargados del
ministerio de Cristo».
5. DIÁCONO, SACRAMENTO DE CRISTO
«Haced esto
en recuerdo mío» (Lc 22,19).
El signo
sacramental hace presente eficazmente aquello de lo que es expresión visible.
Desde esta perspectiva, el diácono, por el sacramento del Orden, es también
signo de Cristo Diácono, Cristo Servidor de sus hermanos.
El
lavatorio de los pies constituye una imagen fundamental. Cristo se inclina ante
sus apóstoles y convierte el servicio humilde en expresión de su entrega. Allí
se descubre el sentido profundo del servicio diaconal.
Por su
servicio humilde y diligente, el diácono está llamado también a animar a los
demás en el servicio eclesial, ayudando a que cada uno ponga al servicio de la
Iglesia la vocación y el carisma que ha recibido.
La
espiritualidad del diácono es, por tanto, una espiritualidad del servicio.
No se trata simplemente de una asistencia humana o social, sino de un servicio
cristiano capaz de inclinarse afectuosamente ante cada necesidad concreta.
El servicio
encuentra su expresión más profunda en Cristo, que entrega su vida y se
convierte en don. Por eso, el servicio cristiano participa del servicio de
Cristo y puede convertirse en signo de salvación y sanación.
Después del
Concilio Vaticano II, en el contexto de la renovación eclesial, el diácono
aparece con particular claridad como animador de la diaconía de la Iglesia.
Desde su propia esencia sacramental, está llamado a recordar que seguir a
Cristo es también seguir a Cristo Siervo.
Su
presencia debe animar a la comunidad a servir desde la Liturgia, la Palabra y
la Caridad.
6. LAS FUNCIONES DEL DIÁCONO
San
Policarpo: «Misericordiosos, activos, progresando en la verdad del Señor, el
cual se ha hecho siervo de todos».
La misión
del diácono se expresa especialmente en tres ámbitos: Palabra, Liturgia y
Caridad.
Palabra
Al diácono
corresponde la predicación de la Palabra de Dios y, de modo particular, la
proclamación del Evangelio. Al predicar, guía y acompaña al Pueblo de Dios.
La homilía
exige especial dedicación y preparación, porque en ella se tiene la oportunidad
de hablar en nombre de la Iglesia y de Cristo al Pueblo de Dios.
Liturgia
El servicio
del altar constituye una característica propia del diaconado. Pero el servicio
litúrgico no se limita al altar. El diácono puede presidir determinadas
celebraciones con presencia del pueblo, elevar las oraciones a Dios, dirigir la
Liturgia de las Horas y colaborar en la alabanza de la Iglesia al Padre.
Desde este
servicio, también participa en la santificación de sus hermanos.
Caridad
El servicio
de las mesas conduce necesariamente al servicio de los pobres. No se puede
servir el altar y descuidar a los hambrientos.
La caridad
no es un elemento secundario del diaconado; es uno de sus rasgos fundamentales.
Al diácono corresponde realizar y promover obras de caridad y, según el encargo
recibido, organizar y administrar las ayudas sociales y caritativas de la
Iglesia.
También
puede prestar este servicio en diversos ámbitos de la vida eclesial, incluso en
las curias, donde puede asumir responsabilidades como canciller, notario, juez
o defensor del vínculo, entre otras.
7. ESPIRITUALIDAD DEL DIÁCONO
«Vosotros
sois mis amigos si hacéis lo que yo os mando» (Jn
15,14).
Como todo
cristiano, el diácono está llamado a la santidad. Sin embargo, por la
consagración recibida en la ordenación, este camino adquiere una forma
particular: la santidad vivida en el servicio humilde a Dios y a los
hermanos.
La
espiritualidad diaconal no puede permanecer en lo abstracto. Ha de hacerse
vida, obra y servicio concreto. Es una espiritualidad que se nota y que se ve.
En su
centro está la caridad. El diácono sirve porque contempla a Cristo Diácono,
Servidor de todos, humilde y obediente. Su configuración con Cristo y su unión
con el obispo lo sitúan ante el misterio del amor del Esposo por su Iglesia, su
Esposa.
El
diaconado es, así, servicio humilde de la caridad de Cristo a sus hermanos.
También se
requiere un seguimiento humilde. El obispo ocupa el centro de la vida
pastoral; el diácono, en cambio, está llamado a no buscar el centro, sino a
servir. Se trata de hacerlo con humildad, prudencia y disponibilidad.
La
fidelidad a las tareas encomendadas, a la oración y a los deberes ministeriales
forma parte de este seguimiento. En la Palabra, la Liturgia y la Caridad se
encuentra el camino de la espiritualidad diaconal, de la propia santificación y
de la santificación de los hermanos.
8. MEDIOS DE LA VIDA ESPIRITUAL DEL DIÁCONO
«Señor, tú
me sondeas y me conoces» (Sal 139,1).
El diácono
está llamado a ser hombre del Espíritu, dejándose mover, guiar y
conducir por el Espíritu Santo hacia la santidad. Para ello se necesita una
disposición fundamental: dejarse guiar. Y esto exige una palabra que ha de
repetirse siempre: humildad, humildad, humildad.
La vida
espiritual se concreta en varios medios.
El
cumplimiento fiel del ministerio. Se ha
recibido una vocación específica para servir en realidades concretas. La
fidelidad al llamado se expresa en la fidelidad al ministerio, procurando no
descuidar aquello que ha sido confiado.
La Palabra
de Dios. Es fundamento de la vida espiritual y de la
vida práctica. Lo que se lee está llamado a convertirse en vida y en
predicación. La Palabra es raíz del obrar y del vivir.
El
ministerio de los Sacramentos. El diácono
no actúa en sustitución del presbítero, sino según aquello que le corresponde
por su ministerio y su capacidad de administrar la gracia de Dios. También está
llamado a ser instrumento de gracia y santidad para sus hermanos.
El
ministerio de la Caridad. La caridad pastoral debe
hacerse concreta en la cercanía a los pobres, enfermos, marginados y
sufrientes. El diácono está llamado a ser puente entre los fieles y el Altar,
entre los hermanos y el padre común, el párroco o el obispo.
La oración. La vida ministerial se sostiene en la oración asidua. La fidelidad a la
Liturgia de las Horas, que es la alabanza de la Iglesia y recoge las peticiones
de los fieles, ocupa un lugar fundamental.
Sin oración
no se puede dar fruto. El diácono necesita permanecer unido a Dios para poder
permanecer disponible para los demás.
El amor a
María y a la Iglesia. La devoción mariana constituye un apoyo
importante para perseverar en la vocación y permanecer fiel a la Iglesia, que
es Madre. El rosario diario, el amor al Papa y al propio obispo ayudan a
mantener viva esta pertenencia.
Se trata de
reconocerse servidor fiel y útil de la Madre Iglesia que ha acogido y enviado.
La
dirección espiritual. El diácono necesita guía, acompañamiento y
alguien que pueda escucharlo. Con humildad, presenta su vida al director o
acompañante espiritual. No se trata de guardar zonas ocultas, sino de exponer
la propia vida con sinceridad para seguir configurándose con Cristo.
Desnudar el
alma ante quien puede acompañar es también una forma de buscar la gracia y
crecer en fidelidad.
9. EL CRECIMIENTO COMO CAMINO DE PERSEVERANCIA
«Crecer
como personas para servir como pastores» — Mons. Juan María Uriarte.
La
perseverancia ministerial exige también crecimiento humano. No se puede servir
bien si no se aprende a mirar a las personas con sensibilidad, madurez y
libertad.
Cristo pasó
por este mundo haciendo el bien y permaneciendo atento a las necesidades de los
demás. También el diácono está llamado a mirar, escuchar y hacerse cercano, sin
menospreciar a quienes sufren ni considerar una molestia a quienes interrumpen
los propios planes.
Por eso,
conviene recordar una expresión sencilla y exigente: el servicio es a las
personas, no a las instituciones. Hombres al servicio de los hombres.
La
formación humana requiere construir una personalidad sólida, madura, auténtica
y libre. Esta madurez será también la base para vivir las renuncias y acoger el
don del celibato.
Se necesita
una personalidad capaz de relacionarse con todos: hombres y mujeres, niños y
ancianos. Una personalidad que permita servir y amar sin excluir.
El celibato
por amor a Jesucristo se comprende como un don recibido para decir sí al
Señor con disponibilidad y convicción. La pureza y la castidad no son
únicamente renuncia, sino también expresión de una libertad interior que
permite servir a todos sin reservas.
Se trata de
amar con el amor del Esposo a la Iglesia, respetando el propio cuerpo y el
cuerpo de los demás.
El celibato
es una renuncia grande para una promesa aún más grande. La entrega hecha por
amor al Señor no queda sin recompensa: quien deja casa, hermanos, padre o madre
por Él recibe ya en este mundo y, en el venidero, la vida eterna.
10. PRUDENCIA AL SERVICIO DEL MINISTERIO
«Es Yahveh
el que da la sabiduría, y de su boca procede la ciencia y la prudencia» (Prov 2,6).
El
ministerio exige prudencia. El diácono debe aprender a ubicarse en la vida de
la Iglesia, distinguiendo y valorando aquello que realmente es importante.
Por eso, no
se actúa con ligereza. Se aprende a detenerse, pensar y discernir lo que
corresponde hacer, actuando por amor y teniendo presente que cada decisión
tiene consecuencias.
También se
necesita valorar el encargo recibido. Ningún servicio confiado por la
Iglesia debe ser considerado insignificante. Todo ministerio es una
responsabilidad que ha de asumirse con fidelidad y prudencia.
Finalmente,
aparece una conciencia especialmente exigente: ya no hay actos privados.
El diácono
es ministro de la Iglesia y, por ello, todo lo que hace o deja de hacer tiene
una dimensión eclesial. Su manera de vivir, de hablar, de relacionarse y de
actuar puede acercar o alejar a otros de Cristo.
Por eso, la
prudencia no es simplemente una cualidad práctica; es una exigencia del
ministerio.
El diácono
representa a Cristo y está llamado a llevar a Cristo a los demás. Su vida
entera se convierte así en un espacio de servicio y en un testimonio de la
Palabra y de la Caridad.
La
ordenación no hace del diácono el centro, sino servidor. No lo separa de
los hermanos, sino que lo envía hacia ellos. No le entrega seguridades humanas,
sino una misión sostenida por la gracia de Dios.
Por eso,
después de abrir la puerta, quitarse las sandalias, entrar por Cristo y
contemplar al Servidor, queda una tarea para toda la vida: servir con las
manos abiertas, permanecer con el corazón disponible y caminar confiando en que
Aquel que llama también acompaña.

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