sábado, 13 de julio de 2024

La Acción Católica en el Perú

La Acción Católica en el Perú

De la nostalgia por la Cristiandad a la búsqueda de nuevas formas de participación política en el mundo

Por: Jean Ansion y Pedro García

 

1.    Introducción

En el presente trabajo partimos con una revisión – como estado del arte – de lo trabajado sobre el tema de la Acción Católica en el Perú por dos historiadores: Jesús Ángel Ara Goñi (Ara 2019) y Jeffrey Klaiber (Klaiber 1988 y 2016). Esta revisión nos lleva a centrarnos en los años 30 que son los del desarrollo masivo y de la oficialización de la Acción Católica en el Perú, para ver luego el proceso de autocrítica y declive de este movimiento.

A continuación, presentamos nuestros pequeños hallazgos sobre la manera como los actores participantes de la Acción Católica vivieron el proceso.

 

En este proceso nos interesa indagar por la evolución de este movimiento eclesial, desde sus inicios entusiastas, especialmente entre las mujeres y los jóvenes, y con gran respaldo de la institución, considerando las tensiones que conducen a una rápida fragmentación y casi disolución, pero que son también fuentes de muchas novedades que luego empalmarán con el proceso del Concilio Vaticano II.

 

En particular, descubrimos en la Acción Católica en el Perú una respuesta al declive de la Cristiandad que, en gran medida había dado consistencia a la sociedad peruana. La Acción Católica nos aparece como una respuesta a la falta de clérigos, pero también a la “paganización” o “descristianización”. Ante el avance de la Ilustración y el positivismo y, posteriormente de la competencia de modelos de vida y de gobierno proveniente del liberalismo y del marxismo, se va desarrollando la doctrina social de la Iglesia, con mucha fuerza con León XIII, seguido en especial, en lo que concierne este trabajo con el afianzamiento de la Acción Católica con Pío XI. Se busca una participación de los laicos, ya no solo como personas individualmente piadosas, sino como laicos o “seglares” que actúan en el mundo, desde la juventud y el mundo profesional, desde una organización propia de la Iglesia. Los laicos deben ayudar a resolver la escasez de clero, pero también ser activos en la “recristianización” del mundo. Esto se dará dentro de muchas tensiones. Finalmente, una confrontación con el pensamiento de Maritain desde los años 30 puede ayudar a entender los límites de la Acción Católica en la medida que haya buscado volver a una cristiandad ya inexistente. Con los cambios de la época y el impulso del Concilio Vaticano II surge entonces una dinámica de búsqueda de nuevas formas de participación política en el mundo.

 

2.    Estado del arte

La fundación, auge y declive de la Acción Católica en el Perú representó uno de los episodios más resaltantes de la historia de la Iglesia peruana en la primera mitad del siglo XX, pues marcó un punto de partida para la actual perspectiva en que se encamina la praxis del laicado católico. Examinamos en este estado del arte los dos principales autores que han investigado sobre el tema, a saber: Jeffrey Klaiber, S.J. (1988 y 2016) y Jesús Ángel Ara Goñi (2019).

La Doctrina Social de la Iglesia vio la luz en el magisterio de León XIII con su encíclica Rerum Novarum, de la cual cuarenta años después Pio XI refrescó y actualizó en una llamada a la acción social con su encíclica Quadragesimo anno; sendos documentos tuvieron el alcance esperado en todo el orbe católico e Hispanoamérica no fue la excepción, de allí que el Perú se abocara decididamente a instaurar la doctrina social católica en todos los ambientes, desde el trabajo del laicado en intrínseca relación con el clero.

Los dos autores citados para esta investigación han caminado cada uno por su propia metodología y estilo, tal es así que ambos complementan una visión holística que reflejamos en este trabajo. Klaiber (2016[1]) proporciona fechas exactas, nombres propios de los principales protagonistas y en líneas generales sus aportes a la consolidación de la Acción Católica en el Perú; por su parte Ara (2019) es más profundo en el análisis de las circunstancias políticas, sociales, económicas e incluso antropológicas que determinaron el surgimiento de esta asociación, su precipitoso éxito, hasta hoy prácticamente extinta.

Ara (2019) delimita su período de indagación hasta el año 1936, pues sus fuentes documentales no le permiten extender el discurso, ya que se esfuerza en presentar un texto más elaborado y enarbolado con citas muy a lugar, con apuntes que bosquejan el contexto histórico de los acontecimientos. Klaiber (2016), aunque historiador consagrado, es más diáfano y llano en sus aportes, pudiéndosele leer de manera más rápida y concreta, pues su texto, aunque muy bien esquematizado, no está acompañado de citas relevantes, pero sí de la opinión de quien escribe la historia porque formó parte de ella o tuvo contacto con sus protagonistas.

Una tensa relación entre la jerarquía eclesiástica y los orígenes de la Acción Católica es dibujada por Ara (2019) dando a entender a la vez, que esta asociación de laicos consiguió en los obispos de la Iglesia sus principales impulsores y decididos promotores y al mismo tiempo sus más pesados observadores, aquellos que medían con rigor los alcances; mientras que la visión de Klaiber (2016) apunta más a una responsabilidad particular del laicado en cuanto al declive de la Acción Católica motivado al cambio de dirección en los esfuerzos de esta masa organizada, pues la ambición política distrajo, a su parecer, el campo de trabajo de los socios y su vocación inicial.

Finalmente, la comprensión contextualizada que nos brindan los autores es completada con nuestros aportes a esta investigación en materia de documentación afín a la idea de una Acción Católica Peruana como suceso resaltante y determinante en lo que es la historia contemporánea de la Iglesia católica en el Perú.

 

2.1.                   Fundación

Fue en el Concilio Provincial Limense del año 1912 donde por primera vez se tiene una versión oficial de la Iglesia sobre la identidad definitoria de la Acción Católica, y con esto, una primera resolución que, a lo largo de los años consecutivos, no hizo sino mantenerse sin tener mayor alcance, principalmente por dificultades económicas, y la poca preparación en cuestiones de apostolado seglar tanto de laicos como del mismo clero (Ara, 2019: 322-323).

Posteriormente el Concilio Provincial Limense de 1927 avanzó considerablemente en la consolidación de la Acción Católica Peruana, pues se sabe que tuvo como productos la aprobación de la Junta Organizadora de la Acción Católica del Perú, el nombramiento de un director espiritual que recayó sobre la persona de Pedro Pablo Drinot i Piérola, la redacción de unos estatutos que luego se verían contenidos en el Manual de Acción Católica dedicado al pueblo peruano, y, finalmente, el nacimiento de la Acción Católica de Damas Peruanas, siendo esta la primera asociación femenina de la Acción Católica en el Perú (Ara, 2019: 324).

Los dos obispos que más promovieron la Acción Católica en el Perú fueron Mariano Holguín y Pedro Pascual Farfán (Klaiber, 2016: 54). Por su parte monseñor Mariano Holguín fundó en 1925 la Acción Católica arequipeña (Klaiber, 2016: 54)

El 30 de junio de 1934, monseñor Pedro Pascual Farfán de los Godos, arzobispo de Lima, dirigió una Carta pastoral al Clero y Fieles sobre la Acción Católica, en la cual exponía su idea, objeto, extensión, principales caracteres, vida cristiana, cultura religiosa y necesidad de la Acción Católica, desde la perspectiva de una acción laical en estricta dependencia de la jerarquía eclesiástica (Ara, 2019: 252).

2.2.                   El Congreso Eucarístico Nacional de 1935 y la constitución de la Acción Católica Peruana

El Congreso Eucarístico Nacional del 23 al 27 de octubre de 1935 con la participación de cien mil personas fue “fruto de los esfuerzos de los centros y grupos de la Acción Católica en Lima y provincias” (Klaiber, 2016: 55). La idea surgió el año anterior, con motivos de celebrarse el cuarto centenario de la fundación de Lima, para lo cual se conformó un Comité arquidiocesano integrado por párrocos, laicos, religiosos y dirigentes de Acción Católica, con el impulso pastoral de Mons. Farfán (Ara, 2019: 255). Con el propósito de salvar al pueblo de las corrientes ideológicas de la época, el 19 de marzo de 1935 el episcopado peruano convocó oficialmente el Congreso Eucarístico Nacional, para refrescar y destacar el fervor eucarístico del pueblo peruano, tan ligado a la Iglesia (Ara, 2019: 257).

Cada día del Congreso tuvo una dedicación especial: el 23 se dedicó al papa, el 24 tuvo lugar la multitudinaria comunión de los niños en el día de la Infancia, el 25 fue la familia, el 26 se dedicó a la Patria y, finalmente, el día 27 de octubre se honró a Cristo Rey (Ara, 2019: 270).

Terminado el Congreso Eucarístico, el 30 de octubre de 1935 se produjo la primera asamblea de la Acción Católica de la Mujer Peruana junto con la Acción Católica de la Juventud Femenina Peruana. Los prelados también se constituyeron en asamblea hasta el 6 de diciembre (Ara, 2019: 281). Como resultados de las conclusiones de sesiones previas, los obispos decidieron “dictar una serie de instrucciones relativas a la creación de la asociación Acción Católica Peruana, que serían incorporadas […] en los Estatutos de la Acción Católica del Perú.” (Ara 2019: 282). Su principal órgano de decisión sería la Junta Nacional de la Acción Católica Peruana, con el arzobispo de Lima, Pedro Pascual Farfán como director eclesiástico y César Arróspide de la Flor como presidente seglar (Ara 2019: 282).

 La Acción Católica Peruana se regía así, en su estructura fundacional, según el modelo italiano, con una Junta Nacional y sus principales ramas: “los caballeros, las señoras, la juventud masculina y la juventud femenina” (Klaiber, 2016: 56) y también surgieron las ramas especializadas de estudiantes y obreros, la UNEC y la JOC (Klaiber, 2016: 56).

César Arróspide fungió como primer presidente de la Junta Nacional, en compañía del padre Amelio Placencia como primer asesor eclesiástico (Klaiber, 2016: 56-57).

El caso de José Dammert Bellido, militante laico de la Acción Católica Peruana, fue especialmente particular, pues habiendo estudiado en Italia y entrado en contacto con la Acción Católica de ese país, a su regreso al Perú fungió como profesor de la Universidad Católica de Lima colaborando como miembro laico de la Juventud Católica antes de ser ordenado sacerdote en 1947, para posteriormente llegar a ser el asesor del Consejo Nacional de la Juventud Católica, obispo auxiliar de Lima en 1958 y obispo de Cajamarca en 1962 (Klaiber, 2016: 58).

Al igual que Dammert, Luis Vallejos Santoni también salió de las filas de la Acción Católica. Ordenado sacerdote en 1957, fue obispo del Callao en 1971 y arzobispo del Cusco de 1975 hasta 1982, cuando muere trágicamente en un accidente vehicular (Klaiber, 2016: 58-59).

El padre Gustavo Gutiérrez, siendo estudiante de medicina en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, presidió el Centro Católico de Barranco y en 1960, al regresar de sus estudios en Europa, fue asesor arquidiocesano de la UNEC – Unión Nacional de Estudiantes Católicos – y luego asesor nacional (Klaiber, 2016: 59). La UNEC, en esa época era parte integrante de la Acción Católica.

2.3.                   Dos movimientos fundamentales de la Acción Católica

Por su importancia en el desarrollo de la Acción Católica Peruana vale la pena mencionar especialmente a dos movimientos: el de la juventud femenina y el de la juventud universitaria.

2.3.1.            La Acción Católica de la Juventud Femenina Peruana

La Acción Católica de la Juventud Femenina Peruana surge de un grupo de estudiantes del colegio Sagrado Corazón que, para finales de 1934, se formaba con la intención de colaborar con la Acción Católica, dedicándose en sus primeros años a consolidar su estructura, a la par de prestar ayuda concreta en el Congreso Eucarístico Nacional, haciendo contactos con agrupaciones afines fuera del Perú y teniendo muy clara la misión de salvaguardar la moral católica (Ara, 2019: 314).

Se mencionó la primera asamblea de la Acción Católica de la Mujer Peruana y la Acción Católica de la Juventud Femenina Peruana luego del Congreso Eucarístico Nacional. Cabe resaltar que, al dar los obispos instrucciones para la conformación de la Acción Católica del Perú en general, no podían ignorar la fuerza peculiar de estos dos movimientos de mujeres que se convirtieron así en una base fuerte de la Acción Católica.

Esto parece coherente con la pronta aprobación por el Arzobispado de Lima, para su jurisdicción, de la organización denominada Acción Católica del Perú – Rama de Mujeres el 24 de abril de 1936. En esta aprobación se proponían programas de acción apostólica en favor de la religión, la moralidad y la formación católica de las mujeres y la organización propia de las directoras de esta asociación y el reclutamiento y formación religiosa y moral de todas las socias, bajo la consagración a Cristo Rey y a María Reina de los Apóstoles, contando con el patronato especial de santa Rosa de Lima (Ara, 2019: 298).

En ese año de 1936, la Acción Católica Peruana de Lima, en su rama femenina, desarrolló diversas actividades en el orden de la piedad, entre las que destacaron: retiros mensuales con su asesor eclesiástico el padre Benito Jaro, la profundización de sus catecismos, la preparación de la feligresía para las comuniones generales y de la Pascua, culminando con la última festividad litúrgica del año, dedicado a Cristo Rey (Ara, 2019: 301).

De las iniciativas limeñas se inspiraron las demás diócesis del Perú, es así como para el año 1936, la Acción Católica Peruana – Rama de Mujeres tuvo presencia consolidada en ciudades como Huánuco, Iquitos, Trujillo, Piura, Chachapoyas, Arequipa, Ayacucho y Huaraz, como lo refieren las páginas de la revista Ora et Labora, órgano divulgativo de la Acción Católica Peruana y nexo entre los consejos parroquiales y diocesanos (Ara, 2019: 303).

2.3.2.            La Unión Nacional de Estudiantes Católicos (UNEC)

La UNEC nace de la Juventud de Estudiantes Católicos (JEC) fundada en 1941 por Fernando Stiglich Gazzini, con filiales en el Cusco, Arequipa y en la capital del país, quienes al unirse conformaron en 1943 la Unión Nacional de Estudiantes Católicos (UNEC), con un exitoso 10 por ciento del total de universitarios de la época, alrededor de ochocientos socios (Klaiber, 2016: 61). La UNEC perteneció a la Acción Católica cuya estructura orgánica superior era “estricta” según UNEC (2022: 6).

A la vez, la UNEC se vinculó desde temprano con el consorcio internacional de universitarios católicos Pax Romana, lo que le permitió a Lima ser la anfitriona en 1946 de la Primera Asamblea Inter-Americana de Universidades Católicas, a la vez que envió a sus delegados para asistir a los congresos de Pax Romana en Europa, acompañados por el entonces padre Juan Landázuri Ricketts (Klaiber, 2016: 62).

Esta Unión Nacional de Estudiantes Católicos, que experimentó en sus orígenes una respuesta al ambiente anticlerical universitario imperante, pasó por diversas etapas. En opinión de Klaiber, a partir de 1960, radicalizó sus posiciones políticas inclinándose a conformar la llamada “izquierda católica” que, avanzados los tiempos y por el crecimiento de la población estudiantil, perdió su presencia y alcance hasta llegar a conformar pequeños núcleos en los años setenta (Klaiber, 2016: 62-63).

2.4.                   Autocrítica y declive

En el IV Congreso Eucarístico Nacional, efectuado en el Cusco en 1949, los dirigentes de la Acción Católica se propusieron examinar el camino recorrido desde la fundación, que ya arribaba a los quince años, arguyendo el incumplimiento de sus metas originales por dos principales razones: la emulación de modelos europeos los cuales no eran contextualizados en la realidad peruana y la falta de autodefinición y excesiva injerencia del clero y la jerarquía (Klaiber, 2016: 60).

Movidos por la cuestión social en el Perú y el resto de Latinoamérica, en 1945 los presidentes de la Acción Católica del Perú, Chile y Bolivia organizaron en Santiago la Primera Semana Internacional de Acción Católica. Cuatro años después se llevó a cabo la segunda en La Habana. La tercera fue en Chimbote, en 1953, donde tocados por la pobreza del lugar se pudo por fin tratar el tema de la cuestión social que, en las anteriores reuniones no había sido tomado en serio por diversas razones (Klaiber, 2016: 60-61).

Para el padre Klaiber, S.J. el declive de la Acción Católica en el Perú estuvo marcado por este encuentro de Chimbote, pues, en lo sucesivo, los dirigentes se dedicaron específicamente a la reestructuración de la sociedad a través de acciones políticas, creyendo esta su misión, de ahí que los fundadores de la Democracia Cristiana (1955) así como la UNEC perdieran su dependencia de la Acción Católica, quedando esta sin aparente campo propio, por lo que se desvaneció progresivamente con la etapa postconciliar (Klaiber, 2016: 61).

3.    Desarrollo: la Acción Católica vista por sus actores

 

3.1.                   Desde la visión del papa

La Acción Católica es expresión de la conciencia de la Iglesia de que necesita renovar profundamente su manera de relacionarse en el mundo. Para ello, se requiere la participación activa de los laicos organizados bajo la dirección del magisterio de la Iglesia. En su encíclica Quadragesimo anno, el papa Pío XI se refiere a ella del siguiente modo:

“Estamos persuadidos […] que ese fin se logrará con tanta mayor seguridad cuanto más copioso sea el número de aquellos que estén dispuestos a contribuir con su pericia técnica, profesional y social, y también (cosa más importante todavía) cuanto mayor sea la importancia concedida a la aportación de los principios católicos y su práctica, ciertamente por la Acción Católica (que no se permite a sí misma actividad propiamente sindical o política) sino por parte de aquellos hijos nuestros que esa misma Acción Católica forma en esos principios y a los cuales prepara para el ejercicio del apostolado bajo la dirección y el magisterio de la Iglesia.” (Quadragesimo anno, n° 96 – las cursivas son nuestras).

Destaquemos aquí tres cosas:

-         Se busca actuar en el mundo con laicos (o “seglares”) competentes en sus campos.

-         La Acción Católica, como organización, no tiene actividad propia en lo sindical o político.

-         Todo se da bajo el magisterio de la Iglesia, lo que se concreta en los documentos por el sometimiento a la autoridad jerárquica.

Molette, desde Francia, indica claramente la intención del papa: “Lo que está en juego a través de la vida del más humilde de los jocistas, es la misión de la Iglesia en el mundo de hoy. Pío XI se dio cuenta de ello” (Molette 1963: 30).

Si bien la Acción Católica se fortalece y es reconocida formalmente por Pío XI, también se mantiene fuertemente ligada al papa Pío XII como lo muestra la siguiente cita del I Congreso Mundial del Apostolado Seglar de 1951 refrendada por el papa:

“El apostolado seglar […] consiste, ante todo, en dirigir a los hombres, con pleno respeto, a su libertad, hacia la verdad y amor de Cristo. Implica, por lo tanto, una irradiación de los principios y del espíritu evangélicos sobre las instituciones y las estructuras humanas de orden temporal. (Ecclesia, 20-10-1951, página 16)”. (Citado por Avelino, 1956: 133-134).

3.2.                   Visiones desde el entusiasmo inicial en el Perú

En el órgano de la Acción Católica de Miraflores de 1941, Ernesto Segura publica un artículo sobre “El nuevo estilo de vida” que trata de la fe de los jóvenes y revela mucho del espíritu de la época.

“La esperanza, en la juventud nueva, es un deseo de vivir que involucra […] que se abren rumbos nuevos en la vida. Esa fe que abre horizontes nuevos es la fe cristiana […] es la única que, abriendo nuevos rumbos a la vida, nos hace pregustar ya la plenitud de esa vida en la tercera de las grandes virtudes: la caridad. La caridad es la virtud que nunca comprendió la generación que muere. […] Para la nueva juventud, en cambio, la caridad es la virtud que vivifica todo y en la que encuentra su plenitud la vida nueva, que la fe cristiana ha abierto a la esperanza.” (Acción – Órgano de la Acción Católica de Miraflores. 1941 – las cursivas son nuestras).

Es época de la Segunda Guerra mundial. Se requiere una nueva juventud y la esperanza en una nueva vida. La fe cristiana es la única que conduce a ella. La Acción Católica, como parte de la Iglesia, se presenta como la única alternativa.

Apenas terminada la Segunda Guerra mundial, vamos a presentar una conferencia para la Juventud de la Acción Católica femenina que se dio en el marco de una reunión en Lima de ese grupo de Acción Católica del 1 al 5 de agosto de 1945. Se trata de la conferencia que la Srta. Caty Cassinelli, tesorera del Secretariado de Prensa y Propaganda, dio con el título de “Razón de la Existencia de la Acción Católica” (JFACP, 1945: 41-57) [2]. Este texto hace una buena presentación de las preocupaciones del momento de las mujeres pertenecientes al movimiento y presenta una visión de la historia tal como se percibía en la época. La Iglesia, vinculada al principio de universalidad, se muestra como “un fenómeno político espiritual que vivió Europa bajo el hermoso nombre de ‘La Cristiandad’” (p. 42). Sin embargo, dice el texto, esta universalidad iba a sufrir “un golpe en su tarea civilizadora con el Cisma de Occidente, el cual separó de Roma vastas regiones de Europa Oriental” (p. 42) que, aunque se mantuvieran cristianas serían privadas del beneficio de la universalidad. “Durante el Renacimiento la misión universal de la Iglesia fue de nuevo atacada por el protestantismo, cuyas consecuencias funestas para la paz del mundo no pueden ser exageradas” (p. 43). Luego de criticar el protestantismo que se destroza y contradice “en la incoherencia del libre examen” (p. 43), como “típica imagen del renegado” p. 44), la conferencista ataca a los “filósofos, los naturalistas, los darwinianos [para quienes] todo absurdo es posible como origen del hombre, menos su ascendencia divina proclamada por la Iglesia Universal” (p. 43). Luego vino la industrialización y, con ella, los marxistas, “apóstoles del proletariado”, cuyo movimiento “se inició a base de descristianización de las masas y fomento de odio exasperado de clases” (p. 49).

A continuación, la Srta. Cassinelli menciona a los papas, empezando por Pío IX con su encíclica Quanta Curay, para centrarse en el papa León XIII y la “sensacional encíclica Rerum Novarum”. De ella recalca su anuncio de “los daños gravísimos de la revolución marxista latente, apoyada por la paganización reinante” (p. 51) así como los límites que pone el papa a la ambición capitalista a la vez que “establece las condiciones decentes a que debe sujetarse el trabajo del obrero, condena su explotación y señala también al obrerismo sus deberes y límites” (p. 52). Presenta a León XIII como el fundador de la doctrina social de la Iglesia y recomienda a los miembros de la Acción Católica la lectura de su encíclica que considera muy avanzada en su tiempo. Luego destaca el papel del “inmortal Pío XI”, fundador de la Acción Católica que fue una necesidad de los tiempos, no solo para “conjurar la absorción totalitaria” (p. 52), sino también por “muchas necesidades en todo el mundo; la paganización invasora, el materialismo triunfante, la laicización de la enseñanza, todo aquello que daba su fruto de católicos débiles y desorganizados frente a fuerzas adversas y sólidamente constituidas para derribar el árbol de Cristo.” (p. 53) Ante “los bárbaros entretelones del Estado endiosado” y los “grandes problemas sobre el totalitarismo o el marxismo el Papa de Roma parece haber recuperado sus antiguos fueros y habla implícitamente en nombre de la Cristiandad” (p. 55). Ante ello, “ha llegado el momento de mostrar si somos levadura en la masa, […] ha llegado la época que tal vez previó Pío XI al fundar la A. C., de restaurar todas las cosas en Cristo” (p. 57). Las cursivas de estas citas son nuestras y ponen de relieve los énfasis puestos en el recuperar la cristiandad en contra de las tendencias de la época.

En otra conferencia, en el mismo evento, sobre el tema de la “vida espiritual y formación intelectual base del apostolado”, la Srta. Doctora Matilde Pérez Palacio Carranza afirma por su parte:

“La acción católica que es la participación de los seglares en el apostolado jerárquico de la Iglesia para recristianizar la sociedad, requiere que cada una de nosotras esté ya recristianizada.” (JFACP, 1945: 96) (las cursivas son nuestras).

Esto significa entre otras cosas, continúa la Srta. Matilde Pérez, que aparece “como símbolo de redención en pleno siglo XX esta organización de la Acción Católica que quiere darle vida, vida nueva y abundante a nuestra Iglesia, y al decir Iglesia estamos pensando en la unión de todos los que profesamos una misma fe.” (p. 97). Esto significa que la acción sea de participación. Esta última idea está presente en el documento Nociones de Acción Católica (A.C.J.F.P. 1938) que recuerda la definición de la Acción Católica por el papa Pío XI: “participación de los seglares en el Apostolado Jerárquico” (p. 55).

3.3.                   Visiones desde la experiencia y la autocrítica

 

3.3.1.           César Arróspide de la Flor

César Arróspide de la Flor es descrito por Klaiber como hombre sumamente culto que llegó a simbolizar la Acción Católica Peruana. “Dictaba cursos de historia de música en su alma mater [UNMSM] y en la Universidad Católica, donde también llegó a ser decano de la Facultad de Letras y Ciencias Humanas. En 1926 fundó el grupo Acción Social de la Juventud.” (Klaiber, 2016: 53). Y fue el primer presidente nacional de la Acción Católica Peruana. Asumió en diciembre de 1935 y siguió teniendo liderazgo en la evolución de esta asociación. En una conferencia de 1966, desde la perspectiva del Concilio Vaticano II, hace una evaluación sobre el papel de los laicos en la que la crítica al clericalismo está clara.

“[E]l Concilio nos da una versión positiva y actuante del laico mismo, como cooperador de la verdad al lado del sacerdote, y como responsable directo en el mundo temporal de su ordenamiento según el Plan de la creación. […] El laico de hoy […] ha de vivir la urgencia de su propia conversión para ser humanamente apto al encarar su tarea apostólica, ha de superar toda una tradición de apostolado de fuerte matiz clerical que mermaba su eficacia de laico […]” (Arróspide de la Flor, 1988:  26 – Nueva visión de la misión del laicado en la Iglesia y en el mundo, Conferencia de 1966) (las cursivas son nuestras).

Concordante con esta apreciación, en el capítulo IV de la misma publicación (Arróspide, 1988) el autor recuerda la actitud crítica de la Convención Nacional del Cuzco de 1949 sobre la Acción Católica Peruana. Comenta ahí las principales conclusiones de este evento realizado entre el 13 y el 16 de mayo de ese año. Observa en ellas “una conciencia nueva que iba haciendo crisis en el empeño recristianizador” (p. 87). Se comprobó el impacto provocado por el anuncio oficial de la Acción Católica que convocaba oficialmente a los cristianos para que participaran en el apostolado jerárquico. El desconcierto produjo incomprensiones y también actitudes adversas. Un gran tema era cómo recristianizar un mundo paganizado. Una de las conclusiones criticaba que “muchos seglares, a quienes habría correspondido ejercer el apostolado en su medio, creyeron necesario huir del mundo descristianizado para ‘preservarse’” (p. 89). Muchos, en ese contexto, asumieron “una función de infra-clérigos, o ‘sub-diáconos’, actitud que determina en el seglar una calidad de seglar disminuido” (p. 89). Ante los diversos problemas sometidos a la crítica, se planteó la necesidad de una formación sólidamente autónoma de los miembros de la Acción Católica, para lo cual se aconseja que “para formar personalidades en la Acción Católica (se) precisa el contacto con fuentes que de suyo produzcan una transformación interior, como son los Evangelios” (p. 95). Sería una forma de evitar que los laicos sean exclusivamente una fuerza auxiliar de la Jerarquía, una simple “ayuda al párroco”. Estas reflexiones críticas son consideradas por el autor como un vislumbre de la concepción de Lumen Gentium. En este caso también, las cursivas son nuestras y señalan aspectos importantes de la crítica, la que nos va indicando por qué, a la larga, el movimiento se va debilitando y descomponiendo.

Visto el tema desde hoy, el gran problema es cómo la Iglesia se transforma con la incorporación activa de asociaciones de laicos (o “seglares”) ante los inmensos retos de las transformaciones del mundo. Pero estos cambios se van dando, naturalmente, desde formas de organización y de pensamiento doctrinal propias del pasado. De ahí las enormes tensiones que conducen a la desintegración para dar lugar a otras formas de organización.

3.3.2.           Jacques Maritain

Jacques Maritain, filósofo cristiano venía trabajando sobre estas tensiones desde los años 30. En contra de una tendencia conservadora con respecto al tema de la política y de la relación de los cristianos con el mundo, su pensamiento influyó sin duda en la evolución de la Acción Católica.

Cuando, en 1945, la Srta. Cassinelli hablaba con mucha reverencia de la Cristiandad y anhelaba volver a ella, es casi seguro que ni ella ni sus compañeras de la Asociación Católica Femenina habían leído el libro de Jaques Maritain publicado por primera vez en francés en 1936 (Maritain, Jacques, 1966/1936). Nada en lo que dicen lo indica porque ellas se aferran al antiguo concepto de cristiandad. Sin embargo, en ese libro, el filósofo francés habla del “ideal histórico de una nueva cristiandad”. En ese texto precisa su pensamiento sobre la relación entre lo político y lo espiritual:

“La sociedad política no tiene por oficio conducir a la persona humana a su perfección espiritual y a su plena libertad de autonomía, es decir a la santidad […]. Sin embargo, la sociedad política está destinada esencialmente, en razón del fin terrenal que la especifica, a desarrollar condiciones de medio que lleven a la multitud a un grado de vida material, intelectual y moral conveniente para el bien y la paz del todo, de tal suerte que cada persona se encuentre ayudada positivamente en la conquista progresiva de su plena vida de persona y de su libertad espiritual.” (Maritain, 1966: 106).

Como bases de esa nueva cristiandad, Maritain, luego de analizar la cristiandad medieval con sus “errores mortales” que no se puede ni se debe repetir, plantea algunos principios para un nuevo tipo de sociedad inspirada en el cristianismo. Estos principios son: el pluralismo, la autonomía de lo temporal, la liberad de las personas, la unidad de “raza social” (que supone igualdad fundamental y democracia), la obra común consistente en una comunidad fraterna por realizar.

3.3.3.           Gustavo Gutiérrez

Gustavo Gutiérrez ha sido asesor de la UNEC durante muchos años.  En su libro de 1979 recién vuelto a publicar, La fuerza histórica de los pobres, ubica su teología ‘desde el reverso de la historia’. En esta obra, tanto teológica como política, como lo afirma Raúl Zegarra en su prólogo, Gutiérrez habla del papel de la corriente socialcristiana proveniente de Europa en el despertar de la conciencia social de ciertos grupos cristianos:

“Esta corriente – sostiene – había surgido bajo la influencia del ala moderna del liberalismo católico, de algunas ideas del catolicismo social francés y de la doctrina social de la Iglesia nacida con León XIII. Jacques Maritain será su principal forjador y vertebrará esas diferentes líneas con la filosofía tomista. Es un intento por liquidar la mentalidad de cristiandad y abrirse moderadamente a los valores del mundo moderno.” (Gutiérrez 2024: 245).

La teología de la liberación es, sin duda, una crítica a la mentalidad de cristiandad. Simultáneamente, llama a los cristianos a participar en la transformación de un mundo injusto que reduce a los pobres en “no personas”, según la formulación de Raúl Zegarra en Gutiérrez (2024: 23). Y esto supone ingresar a la política aceptando la tensión propia del espacio de lo temporal para quienes están movidos por aspiraciones espirituales tal como lo plantea también Maritain. Esta perspectiva, a la vez que nos ayuda a entender las limitaciones propias de la Acción Católica nos muestran también cómo fue un momento necesario en el desarrollo del proceso, el mismo que hoy se trabaja desde la perspectiva de la sinodalidad.

4.    Conclusión

Como hipótesis razonable luego de nuestra demasiado breve investigación, nos parece que la Acción Católica, en su afán por ser un baluarte de renovación de la Iglesia confrontada con las nuevas realidades de la modernidad, no supo distinguir como lo hizo Maritain entre la cristiandad medieval obsoleta y la búsqueda de una nueva cristiandad con principios como los que Maritain señala. Las tensiones y críticas que de allí derivan parecen haber conducido a su casi disolución luego de que los líderes más activos y pensantes – tal vez también influenciados por el pensamiento de Maritain – se encaminaran, desde su trabajo en el mundo, hacia la política más directa aunque sin mayores éxitos (Democracia Cristiana) o hacia la consolidación de organizaciones laicales que se irían vinculando a los cambios de la Iglesia del Concilio Vaticano II y luego hacia la Teología de la Liberación y los encuentros del CELAM. El proceso sinodal vigente es, en ese sentido una continuación y superación de la Acción Católica, la que en el Perú se vivió con mucha intensidad y dio lugar a importantes formas de organización.

 

5.  Bibliografía

A.C.J.F.P. (Acción Católica de la Juventud Femenina Peruana) (1938). Nociones de Acción Católica. Lima.

Ara Goñi, Jesús Ángel (2019). La construcción de la acción católica en el Perú. Lima: Fondo Editorial PUCP.

Arróspide de la Flor, César (1988). La misión del laicado en la iglesia y en el mundo. Selección de textos. Lima: CEP.

Avelino Esteban, Andrés (1956). Sacerdotes y seglares en el apostolado de la acción católica y las profesiones. Madrid : EURAMERICA.

Bars, Henry (1961). La politique selon Jacques Maritain. Paris : Les éditions ouvrières.

JFACP (Juventud Femenina de la acción católica peruana) (1945). Alegría, estudio, oración. Ier Congreso Nacional. Lima, 1-5 de agosto de 1945.

Gutiérrez, gustavo (2024). La fuerza histórica de los pobres. Selección de trabajos. Lima: Centro de Estudios y Publicaciones – Instituto Bartolomé de las Casas.

Klaiber, Jeffrey, S.J. (1988). La Iglesia en el Perú. Lima: Fondo Editorial PUCP.

Klaiber, Jeffrey, S.J. (2016). Historia contemporánea de la Iglesia católica en el Perú. Lima: Fondo Editorial PUCP.

Maritain, Jacques (1966/1936). Humanismo integral. Problemas temporales y espirituales de una nueva cristiandad. Buenos Aires: Ediciones Carlos Lohlé. Recuperado el 5/07/2024 de: Maritain, Jacques. - Humanismo Integral [1966].pdf (archive.org)

Molette, Charles (1963). La acción católica, escuela de libertad. Barcelona: Ediciones nova terra.

Pío XI (1931). Carta encíclica Quadragesimo año.

UNEC (2022). Recordando una etapa de la Unión Nacional de Estudiantes Católicos – UNEC. Lima.

Revistas:

Acción católica de la mujer peruana. Anuario 1935.

Acción – Órgano de la Acción Católica de Miraflores. Año II, N° 70, Miraflores, 20 de abril de 1941.



[1] El texto de Klaiber de 2016 retoma y desarrolla con más detalles y profundidad el de 1998, por lo que nos apoyaremos a continuación en el de 2016.

[2] A continuación los extractos de este documento se citan sólo con mención de la página correspondiente.

domingo, 30 de junio de 2024

Laudato si, educación y espiritualidad ecológica

Síntesis. Capítulo sexto “EDUCACIÓN Y ESPIRITUALIDAD ECOLÓGICA de la Carta Encíclica Laudato si del Santo Padre Francisco.

Necesario es que comprendamos que todos necesitamos cambiar, y evidentemente hay mucho que cambiar. Compartimos un origen común y nos encaminamos hacia un futuro común, solo siendo conscientes de esto podemos caminar juntos en la reforma de nuestras vidas y facilitar el cambio de actitudes, a esto nos invita el Santo Padre.

I. Apostar por otro estilo de vida: el Santo Padre reconoce que el mercado nos impulsa al consumismo y que la técnica y la economía nos estructuran la vida hacia el libertinaje del consumismo, pero no se contenta solo en describir una realidad pesimista, sino que, plantea positivamente la posibilidad de que seamos los mismos seres humanos quienes con nuestros hábitos y alejándonos cada vez más de las compras innecesarias, delimitemos el camino que las empresas recorran para ofrecernos un consumo amigable con la economía y con el medio ambiente. El consumismo es egoísmo puro, y Dios todavía puede trabajar en nuestro corazón para revertir esta tendencia.

II. Educación para la alianza entre la humanidad y el ambiente: no solo la información sobre la ecología logra los objetivos de una educación ecológica, hace falta ir más allá, es decir crear hábitos desde las virtudes humanas y cristianas que nos recuerdan el valor de la creación de Dios, porque depender menos del mercado nos ayuda a vivir más por un deseo profundo del corazón. Desde lo sencillo y cotidiano de la vida, como lo es el apagar las luces que no necesitan estar encendidas, se inicia el cambio que queremos lograr; esto hay que inyectarlo no solo desde la escuela y la casa, sino también desde los ámbitos eclesiales como la catequesis; pero, en todo esto, cobra mayor relevancia la familia, que forma seres integrales, porque se trata de pequeñas tareas que tienen grandes efectos. Es preciso controlarnos y educarnos unos a otros, con sentido de corresponsabilidad, pero sin creernos más que los demás.

III. Conversión ecológica: el Evangelio tiene sus implicancias en cómo pensamos y vivimos. La conversión ecológica es dejar traslucir al Jesús que llevamos dentro en nuestra relación con el mundo que nos rodea, como lo hizo san Francisco de Asís, aunque hace falta más una conversión comunitaria que, lejos de los individualismos naufragantes, pueda reunir la fuerza de todos para llevar adelante una nueva manera de ver el mundo, con respeto y dignidad, como regalo de Dios que es para nosotros, porque la gratitud y la gratuidad son valores que nos recuerdan lo que somos y lo que tenemos. Es claro que la doctrina sin mística no es suficiente, el ejemplo de los santos nos motiva a vivir nuestra vocación de protectores de la obra de Dios, pasando por el examen de nuestras conciencias para reconocer que efectivamente hemos fallado por hacer el mal o por no hacer el bien a nuestra Casa común.

IV. Gozo y paz: el dicho es muy cierto, “menos es más”, lo que invita y motiva a una simplicidad de vida que nos permita vivir libres, sin apegos materialistas, sin pensamientos de consumismo y placeres fugaces, porque cuando acumulamos mucho se distrae nuestro corazón. Una verdad innegable es que nuestra fe propone la felicidad desde la sobriedad y la capacidad de gozar con poco, pues también se puede ser feliz en el servicio, en el encuentro con los demás, en la oración… la felicidad sería saber limitar nuestras supuestas necesidades y estar abiertos a las diversas posibilidades que nos da la vida, para esto es preciso tener en cuenta la humildad y la sobriedad como valores correlacionados con el vivir integral del ser humano en el mundo. La paz interior es una puerta segura al contemplar genuino de Dios en su naturaleza y en contacto con nosotros, pues desde el agradecerle por los alimentos que consumimos estamos reconociendo que no somos autorreferenciales y que dependemos de él en todo.

V. Amor civil y político: el amor siempre es gratuito, y la Iglesia en este sentido ha propuesto la implantación de la “civilización del amor”, con esto quiere involucrar un amor civil y político que oriente y guie las acciones en beneficio de una fraternidad universal con una cultura del cuidado, porque se crea conciencia de que nos necesitamos mutuamente y de que habitamos en una casa común, que es obra de Dios; este amor en la sociedad, dice el Papa, puede llegar a ser una auténtica expresión de espiritualidad y encamina a la santidad. Amando nuestra sociedad y comprometiéndonos en favor del bien común ejercemos una buena caridad, y esto debe ser la acción política, porque esta no se reduce a la política partidaria, y todos podemos intervenir en el bien común.

De las cinco líneas expuestas, me llama la atención la segunda, sobre una educación para la alianza entre la humanidad y el ambiente, pues plantea una realidad muy fácil de comprender, ya que, yendo a los detalles de la vida -de esos que marcan la diferencia- nos anima a seguir adelante con aquellos pequeños hábitos que no saben los demás pero que hacemos con la convicción de que aportan a la construcción de un mundo mejor. El Santo Padre expresa cómo, por ejemplo, ante el frío, abrigarse más en vez de encender la calefacción, es un signo de genuino trato amigable con el medio ambiente, pues hay en esto una mezcla hermosa de conciencia ecológica con humildad y sobriedad, valores que reclaman una mayor presencia en nuestra sociedad.

Francisco describe con rapidez algunos ejemplos de pequeñas tareas que tienen grandes efectos, por ejemplo, evitar el uso de plásticos y papeles, reducir el consumo de agua, separar residuos, tratar con cuidado a los seres vivos, usar transporte público, reforestar, encender solo las luces que necesitamos y reutilizar en vez de desechar.

Las acciones pequeñas, en su perseverancia, pueden llegar a ser estilos de vida, que se contagian y que sin duda aportan en la conformación de una ciudadanía ecológica. Las cosas pequeñas sí importan y sí suman en un objetivo común, no es arar en el mar, es poner nuestro granito de arena que junto al granito de los demás puede llegar a ser una gran obra.

Nos dice el Papa que este bien silencioso tiende a difundirse y llega incluso a dar razones para valorar nuestro paso por este mundo, con la dignidad y responsabilidad propias de un hijo de Dios. Que en nuestras casas, escuelas e iglesias se fomente este modelo de vivir ecológico, para que actuemos según el plan de Dios de ser los buenos administradores de su creación.


P.A

García

sábado, 29 de junio de 2024

Mi viaje al VRAEM

PUCHITAQUIGUIATO

         En la zona selvática del departamento de Ayacucho se encuentra una parte del valle de los ríos Apurímac, Ene y Mantaro (VRAEM), que comparte fluviales con los departamentos vecinos; una zona de especial consideración por la rastrera presencia de Sendero Luminoso, grupo narcoterrorista que se esfuerza por mantenerse en lo incógnito teniendo como principal eje económico la siembra de coca, la producción de cocaína y su eventual distribución.

         Este relato no se desarrollará en lo trágico de una situación como la anteriormente descrita, sino que presentará un bosquejo a vuelo de pájaro de lo que es la vida de una de las comunidades indígenas de las etnias matshiguengas y asháninkas, ya que el contacto tenido el día jueves 27 de junio se centró en la minúscula comunidad nativa matshiguenga de Puchitaquiguiato.

         Por invitación del padre David Samaniego Gutiérrez S.J. participé de una visita de rutina que realiza el “Centro Loyola Ayacucho” a las comunidades nativas indígenas de la selva ayacuchana en favor de la defensa de sus derechos y el cuidado especial de sus territorios.

         El miércoles 26 de junio salimos de la ciudad de Ayacucho rumbo al VRAEM los cinco integrantes de la comitiva, a saber: R. P. David Samaniego Gutiérrez, sacerdote jesuita y antropólogo; Kenny Chuchón, antropólogo también; y Manuel, el chofer; ellos tres miembros del “Centro Loyola Ayacucho”, y nos sumamos en calidad de invitados la madre Julia Huiman, de las Hermanas de la Caridad de Leavenworth y yo.

         Fueron poquísimos los momentos de silencio durante el viaje de ida y de regreso, pues ante el variado y gozoso repertorio musical del USB no nos quedó más opción que cantar a todo pulmón la mayoría de las canciones que nos eran conocidas a todos. Cómo no, sí que hubo un profundo contemplar de la hermosa naturaleza comprendida por verdosos valles templados y rocosos riscos helados antes de adentrarnos en la exuberante vegetación de lo que algunos llaman la “ceja de selva”.

         Yendo tuvimos la dicha de encontrarnos posado sobre una roca a un maravilloso y joven ejemplar del cóndor andino, el cual logramos fotografiar antes de verlo alzarse en vuelo liberto sobre la peña que él mismo admiraba hacia el horizonte; y viniendo nos topamos con dos monos inquietos que, al percatarse de nuestra presencia y por el inevitable ruido del vehículo, saltaron rápidamente de rama en rama hasta perderse de nuestra vista sin darnos la oportunidad de capturar imagen alguna con nuestros móviles en mano. Definitivamente, la flora y la fauna son tan variadas en el recorrido que daría para un libro entero su precisa descripción.

         Por el camino la comitiva del “Centro Loyola Ayacucho” repartió caramelos y galletas a los niños, especialmente a quienes se hallaban cuidando sus rebaños o cosechando con sus padres las tierras. Sus rostros se iluminaban cuando extendían las manos para recibir el obsequio que con mucho cariño el padre David les entregaba. A las señoras y señores mayores les entregó arroz fortificado, una donación importante de casi 30 kilogramos repartidos entre ida y vuelta. Ancianas sentadas tejiendo, otras caminando en medio de la nada en la soledad característica de las alturas donde solo son bien vistas las ovejas, recibieron con gratitud el regalo ofrecido. Es así como la caridad y la gratitud tuvieron rostro en este sencillo gesto de desprendimiento. El sacerdote, en el puesto al lado del chofer, se encargó de saludar a todo transeúnte, obviamente desconocidos todos, pero con ese saludo amable, sabemos, impartía también su bendición sacerdotal.

         Como mencioné anteriormente nuestro viaje tenía por único objetivo visitar la comunidad nativa matshiguenga de Puchitaquiguiato, pero antes llegamos y nos hospedamos en el centro poblado de San Antonio, del distrito Unión Progreso de la provincia de La Mar, localidad ubicada a la margen izquierda del imponente río Apurímac, el mismo que hace de límite entre los departamentos del Cusco y Ayacucho.

         San Antonio o Puerto San Antonio como también se deja leer en algunos avisos, es un centro poblado bastante cómo para visitar. Varias de sus calles principales están asfaltadas o pavimentadas. Tiene buen número de locales comerciales y, sobre todo, agradables hospedajes con los servicios básicos. Una olvidada capilla católica de suficientes proporciones, y otros tantos locales para el culto protestante. En la plazuela del pueblo se reconoce la figura del fraile portugués Fernando de Lisboa, mejor conocido como san Antonio de Padua.

         La tarde en la que llegamos al pueblo se vivió un curioso movimiento en el ambiente que no vimos el día siguiente, y es que esa noche se llevó a cabo el partido de fútbol de las selecciones de México y Venezuela, motivo para concentrarse expectantes frente a las pantallas de TV de los restaurantes, para comer y beber mientras se observó la derrota dolorosa del equipo mexicano frente al orgullo y emoción del venezolano. Las probabilidades de ganar para el país azteca eran mayores que para el pueblo bolivariano según las estadísticas, sin embargo, luego de un gol venezolano y un equívoco en el penalti mexicano, la victoria se selló a favor del tricolor suramericano, después de un eterno y casi agonizante partido, en el que los minutos pasaron como horas.

         El jueves 27 partimos, luego de desayunar, a la comunidad nativa matshiguenga de Puchitaquiguiato, allí nos esperaba el jefe de la comunidad con algunos de sus habitantes. La reunión se llevó a cabo en el local comunal que sirve de inicial para los niños. La maestra fue receptiva y siendo las 10 de la mañana se dio inicio al encuentro.

         El padre David y Kenny, antropólogos, desarrollaron un FODA, es decir, una conversación preliminar que dará como resultado la formulación de un proyecto de trabajo en beneficio de esta comunidad, con la metodología de precisar en primera instancia las Fortalezas, Oportunidades, Debilidades y Amenazas (FODA).

         De lo que puedo recordar rescato que la comunidad es muy pequeña, de solo siete familias, pocos adultos mayores y pocos niños; en total no creo que superen las dos docenas, sin embargo, ellos tienen los mismos derechos que una gran multitud. Son la comunidad más lejana que visita el “Centro Loyola Ayacucho”, y el principal motivo, pero no el único, es ayudarles en la titulación de su territorio, para que vivan protegidos y lejos de las amenazas de foráneos que pueden apropiarse de la selva para deforestar y dedicarla a cultivos.

         Los “colonos” como ellos llaman a las personas ajenas a la comunidad nativa, parecen estar comprando u ocupando tierras que sirven de reserva forestal y faunística, lo que deja en desventaja la preservación de sus costumbres y tradiciones. Los matshiguengas son conscientes de su riqueza cultural, étnica, lingüística y tradicional, de ahí que se interesen en ser guiados por el “Centro Loyola Ayacucho” para lograr sus objetivos: una comunidad nativa reconocida por el Estado peruano, con límites precisos y tomados en cuenta en las diversas actividades interculturales de la zona.

         La reunión se efectuó en un clima amigable, aunque costó un poquito hacerlos participar y concretar ideas. La metodología del FODA es muy específica y lo que se salga de ahí retarda su objetivo, sin embargo, todo lo expresado fue tomado en cuenta y apuntado por los antropólogos.

         La barrera idiomática estuvo presente, pero esta fue absuelta con la posterior interpretación de Kenny, quien resumió a grandes rasgos la larga intervención de uno de los participantes que, desde un principio manifestó sentirse más cómo opinando en lengua quechua; aunque aquello fue más una mezcla de castellano y quechua, lo que facilitó la fugaz comprensión por asimilación de los que no hablamos el quechua.

         En resumidas cuentas, los pobladores de Puchitaquiguiato saben que son una comunidad joven y marginada, pero con grandes avances en su desarrollo y encaminadas a lograr más cosas. Su jefe es un hombre joven que se debate entre permanecer en la comunidad con los suyos, luchando por un proyecto común, o marcharse al otro lado del Apurímac para probar suerte en trabajos que le suministren mayor remuneración. La pobreza material es evidente, casi tanto como la intelectual, sin catalogar a nadie de ignorante, porque ellos saben muchísimas cosas que nosotros ignoramos. Cada quien es ignorante en la medida en que se pongan a prueba sus conocimientos.

         Finalizada la reunión se entregaron unas mantas para el frío a cada familia, dos por padre de familia, y unos kilos de arroz fortificado, el mismo que se repartió por el camino. Luego vino el almuerzo, tan sencillo como delicioso, se trató de yuca con pescado y masato, bebida tradicional de los matshiguengas y asháninkas a base de yuca, una especie de chicha fuerte de contextura gruesa, agradable al paladar. En la mesa estuvimos solo los varones; las mujeres y los niños comieron a parte; con nosotros solo estuvo la madre Julia y, en el mismo salón comunal, aunque no en la mesa, la profesora que también participó de la conversación mientas comíamos.

         Como donación del “Centro Loyola Ayacucho” se obsequiaron a la comunidad varias láminas de calamina para techar la cocina y depósito del salón comunal, pues los alimentos del programa estatal Qali Warma exigen unas condiciones mínimas para el manejo de alimentos, especialmente de los niños, en la erradicación de la anemia.

         Cuántos lugares en este mundo que debemos conocer, cuántas realidades que hay que experimentar. La vida en la ciudad tiene sus ventajas y desventajas, de igual manera en el campo, aunque, es evidente que, respecto al acceso a la salud, la alimentación y a la educación, solo por poner un ejemplo, estas comunidades indígenas se ven en notable detrimento. Son felices a su modo de ver el mundo, pero se reconocen cruzados de brazos ante un mundo cada vez más desarrollado y donde el ser humano y sus capacidades son más tomadas en cuenta.

         ¿Será que estas pequeñas comunidades están destinadas a desaparecer? No lo sabemos, ni lo deseamos, lo que sí podemos advertir es que el asfixiante materialismo, sin menospreciar los derechos humanos, cundirá como pólvora en las conciencias de los más débiles.

         La Iglesia católica, a través del trabajo de la Compañía de Jesús, los padres jesuitas, hace extensiva la voz del Romano Pontífice que quiere bendecir a todos sus hijos repartidos por el mundo entero, allí donde se encuentren, en sus faenas diarias, en sana relación con el medio ambiente, la casa común que debemos conocer para amar y cuidar.

P.A

García