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sábado, 29 de junio de 2024

Mi viaje al VRAEM

PUCHITAQUIGUIATO

         En la zona selvática del departamento de Ayacucho se encuentra una parte del valle de los ríos Apurímac, Ene y Mantaro (VRAEM), que comparte fluviales con los departamentos vecinos; una zona de especial consideración por la rastrera presencia de Sendero Luminoso, grupo narcoterrorista que se esfuerza por mantenerse en lo incógnito teniendo como principal eje económico la siembra de coca, la producción de cocaína y su eventual distribución.

         Este relato no se desarrollará en lo trágico de una situación como la anteriormente descrita, sino que presentará un bosquejo a vuelo de pájaro de lo que es la vida de una de las comunidades indígenas de las etnias matshiguengas y asháninkas, ya que el contacto tenido el día jueves 27 de junio se centró en la minúscula comunidad nativa matshiguenga de Puchitaquiguiato.

         Por invitación del padre David Samaniego Gutiérrez S.J. participé de una visita de rutina que realiza el “Centro Loyola Ayacucho” a las comunidades nativas indígenas de la selva ayacuchana en favor de la defensa de sus derechos y el cuidado especial de sus territorios.

         El miércoles 26 de junio salimos de la ciudad de Ayacucho rumbo al VRAEM los cinco integrantes de la comitiva, a saber: R. P. David Samaniego Gutiérrez, sacerdote jesuita y antropólogo; Kenny Chuchón, antropólogo también; y Manuel, el chofer; ellos tres miembros del “Centro Loyola Ayacucho”, y nos sumamos en calidad de invitados la madre Julia Huiman, de las Hermanas de la Caridad de Leavenworth y yo.

         Fueron poquísimos los momentos de silencio durante el viaje de ida y de regreso, pues ante el variado y gozoso repertorio musical del USB no nos quedó más opción que cantar a todo pulmón la mayoría de las canciones que nos eran conocidas a todos. Cómo no, sí que hubo un profundo contemplar de la hermosa naturaleza comprendida por verdosos valles templados y rocosos riscos helados antes de adentrarnos en la exuberante vegetación de lo que algunos llaman la “ceja de selva”.

         Yendo tuvimos la dicha de encontrarnos posado sobre una roca a un maravilloso y joven ejemplar del cóndor andino, el cual logramos fotografiar antes de verlo alzarse en vuelo liberto sobre la peña que él mismo admiraba hacia el horizonte; y viniendo nos topamos con dos monos inquietos que, al percatarse de nuestra presencia y por el inevitable ruido del vehículo, saltaron rápidamente de rama en rama hasta perderse de nuestra vista sin darnos la oportunidad de capturar imagen alguna con nuestros móviles en mano. Definitivamente, la flora y la fauna son tan variadas en el recorrido que daría para un libro entero su precisa descripción.

         Por el camino la comitiva del “Centro Loyola Ayacucho” repartió caramelos y galletas a los niños, especialmente a quienes se hallaban cuidando sus rebaños o cosechando con sus padres las tierras. Sus rostros se iluminaban cuando extendían las manos para recibir el obsequio que con mucho cariño el padre David les entregaba. A las señoras y señores mayores les entregó arroz fortificado, una donación importante de casi 30 kilogramos repartidos entre ida y vuelta. Ancianas sentadas tejiendo, otras caminando en medio de la nada en la soledad característica de las alturas donde solo son bien vistas las ovejas, recibieron con gratitud el regalo ofrecido. Es así como la caridad y la gratitud tuvieron rostro en este sencillo gesto de desprendimiento. El sacerdote, en el puesto al lado del chofer, se encargó de saludar a todo transeúnte, obviamente desconocidos todos, pero con ese saludo amable, sabemos, impartía también su bendición sacerdotal.

         Como mencioné anteriormente nuestro viaje tenía por único objetivo visitar la comunidad nativa matshiguenga de Puchitaquiguiato, pero antes llegamos y nos hospedamos en el centro poblado de San Antonio, del distrito Unión Progreso de la provincia de La Mar, localidad ubicada a la margen izquierda del imponente río Apurímac, el mismo que hace de límite entre los departamentos del Cusco y Ayacucho.

         San Antonio o Puerto San Antonio como también se deja leer en algunos avisos, es un centro poblado bastante cómo para visitar. Varias de sus calles principales están asfaltadas o pavimentadas. Tiene buen número de locales comerciales y, sobre todo, agradables hospedajes con los servicios básicos. Una olvidada capilla católica de suficientes proporciones, y otros tantos locales para el culto protestante. En la plazuela del pueblo se reconoce la figura del fraile portugués Fernando de Lisboa, mejor conocido como san Antonio de Padua.

         La tarde en la que llegamos al pueblo se vivió un curioso movimiento en el ambiente que no vimos el día siguiente, y es que esa noche se llevó a cabo el partido de fútbol de las selecciones de México y Venezuela, motivo para concentrarse expectantes frente a las pantallas de TV de los restaurantes, para comer y beber mientras se observó la derrota dolorosa del equipo mexicano frente al orgullo y emoción del venezolano. Las probabilidades de ganar para el país azteca eran mayores que para el pueblo bolivariano según las estadísticas, sin embargo, luego de un gol venezolano y un equívoco en el penalti mexicano, la victoria se selló a favor del tricolor suramericano, después de un eterno y casi agonizante partido, en el que los minutos pasaron como horas.

         El jueves 27 partimos, luego de desayunar, a la comunidad nativa matshiguenga de Puchitaquiguiato, allí nos esperaba el jefe de la comunidad con algunos de sus habitantes. La reunión se llevó a cabo en el local comunal que sirve de inicial para los niños. La maestra fue receptiva y siendo las 10 de la mañana se dio inicio al encuentro.

         El padre David y Kenny, antropólogos, desarrollaron un FODA, es decir, una conversación preliminar que dará como resultado la formulación de un proyecto de trabajo en beneficio de esta comunidad, con la metodología de precisar en primera instancia las Fortalezas, Oportunidades, Debilidades y Amenazas (FODA).

         De lo que puedo recordar rescato que la comunidad es muy pequeña, de solo siete familias, pocos adultos mayores y pocos niños; en total no creo que superen las dos docenas, sin embargo, ellos tienen los mismos derechos que una gran multitud. Son la comunidad más lejana que visita el “Centro Loyola Ayacucho”, y el principal motivo, pero no el único, es ayudarles en la titulación de su territorio, para que vivan protegidos y lejos de las amenazas de foráneos que pueden apropiarse de la selva para deforestar y dedicarla a cultivos.

         Los “colonos” como ellos llaman a las personas ajenas a la comunidad nativa, parecen estar comprando u ocupando tierras que sirven de reserva forestal y faunística, lo que deja en desventaja la preservación de sus costumbres y tradiciones. Los matshiguengas son conscientes de su riqueza cultural, étnica, lingüística y tradicional, de ahí que se interesen en ser guiados por el “Centro Loyola Ayacucho” para lograr sus objetivos: una comunidad nativa reconocida por el Estado peruano, con límites precisos y tomados en cuenta en las diversas actividades interculturales de la zona.

         La reunión se efectuó en un clima amigable, aunque costó un poquito hacerlos participar y concretar ideas. La metodología del FODA es muy específica y lo que se salga de ahí retarda su objetivo, sin embargo, todo lo expresado fue tomado en cuenta y apuntado por los antropólogos.

         La barrera idiomática estuvo presente, pero esta fue absuelta con la posterior interpretación de Kenny, quien resumió a grandes rasgos la larga intervención de uno de los participantes que, desde un principio manifestó sentirse más cómo opinando en lengua quechua; aunque aquello fue más una mezcla de castellano y quechua, lo que facilitó la fugaz comprensión por asimilación de los que no hablamos el quechua.

         En resumidas cuentas, los pobladores de Puchitaquiguiato saben que son una comunidad joven y marginada, pero con grandes avances en su desarrollo y encaminadas a lograr más cosas. Su jefe es un hombre joven que se debate entre permanecer en la comunidad con los suyos, luchando por un proyecto común, o marcharse al otro lado del Apurímac para probar suerte en trabajos que le suministren mayor remuneración. La pobreza material es evidente, casi tanto como la intelectual, sin catalogar a nadie de ignorante, porque ellos saben muchísimas cosas que nosotros ignoramos. Cada quien es ignorante en la medida en que se pongan a prueba sus conocimientos.

         Finalizada la reunión se entregaron unas mantas para el frío a cada familia, dos por padre de familia, y unos kilos de arroz fortificado, el mismo que se repartió por el camino. Luego vino el almuerzo, tan sencillo como delicioso, se trató de yuca con pescado y masato, bebida tradicional de los matshiguengas y asháninkas a base de yuca, una especie de chicha fuerte de contextura gruesa, agradable al paladar. En la mesa estuvimos solo los varones; las mujeres y los niños comieron a parte; con nosotros solo estuvo la madre Julia y, en el mismo salón comunal, aunque no en la mesa, la profesora que también participó de la conversación mientas comíamos.

         Como donación del “Centro Loyola Ayacucho” se obsequiaron a la comunidad varias láminas de calamina para techar la cocina y depósito del salón comunal, pues los alimentos del programa estatal Qali Warma exigen unas condiciones mínimas para el manejo de alimentos, especialmente de los niños, en la erradicación de la anemia.

         Cuántos lugares en este mundo que debemos conocer, cuántas realidades que hay que experimentar. La vida en la ciudad tiene sus ventajas y desventajas, de igual manera en el campo, aunque, es evidente que, respecto al acceso a la salud, la alimentación y a la educación, solo por poner un ejemplo, estas comunidades indígenas se ven en notable detrimento. Son felices a su modo de ver el mundo, pero se reconocen cruzados de brazos ante un mundo cada vez más desarrollado y donde el ser humano y sus capacidades son más tomadas en cuenta.

         ¿Será que estas pequeñas comunidades están destinadas a desaparecer? No lo sabemos, ni lo deseamos, lo que sí podemos advertir es que el asfixiante materialismo, sin menospreciar los derechos humanos, cundirá como pólvora en las conciencias de los más débiles.

         La Iglesia católica, a través del trabajo de la Compañía de Jesús, los padres jesuitas, hace extensiva la voz del Romano Pontífice que quiere bendecir a todos sus hijos repartidos por el mundo entero, allí donde se encuentren, en sus faenas diarias, en sana relación con el medio ambiente, la casa común que debemos conocer para amar y cuidar.

P.A

García










miércoles, 4 de octubre de 2023

La Teología de la Política y del Trabajo

Ensayo reflexivo

Análisis del capítulo III de la obra “Especificidad de la democracia cristiana” (2002) del Dr. Rafael Caldera, desde la perspectiva de la Antropología Teológica aplicada a la política y el trabajo

Dr. Rafael Caldera Rodríguez

Introducción metodológica

El presente ensayo reflexivo justifica su desarrollo dentro de la opción “c” de la evaluación final (35%) de la asignatura Antropología Teológica, Creación, Gracia y Salvación, de la Diplomatura en Teología de la Pontificia Universidad Católica del Perú, impartida por el profesor Juan Miguel Espinoza Portocarrero, en la que posibilita orientar el trabajo bajo la siguiente premisa: “Me interesa analizar algún problema social, político, cultural o religioso, o quizás una película, un documental, una pieza de arte o una obra literaria, empleando el material del curso”. Es así como el presente ensayo sostendrá un discurso analítico y crítico de una postura política comparada y enriquecida con los fundamentos de la Antropología Teológica vistos en las clases virtuales.

Datos del autor y de la obra

El Dr. Rafael Caldera Rodríguez (1916-2009) fue un político venezolano formado en su juventud en la Acción Católica, siendo en dos ocasiones presidente de la República de Venezuela[1], destacándose en su praxis por una profunda fe, considerándosele como la figura modelo del “político católico”, aunque sabemos que no existe propiamente una “política de índole católica”. En 1972 publicó su libro “Especificidad de la democracia cristiana”, siendo este el producto de las notas de clase para cursos dictados en el IFEDEC (Instituto de Formación Demócrata Cristiana) en la ciudad de Caracas, con la intención de formar y aclarar el pensamiento de los dirigentes más jóvenes de los diversos países de Latinoamérica[2]. La edición que utilizamos para este ensayo corresponde al año 2002.

Análisis del capítulo III “El elemento cristiano”

La Antropología Teológica encamina al pensamiento humano en la propia autocomprensión como ser creado por Dios y con el fin objetivo en su Creador, como lo plantea la visión judeocristiana del creacionismo, aunque -sabemos- esta idea no solo es bíblica, sino que nace de la misma experiencia humana, pues comprendemos que nadie puede ser la causa de su propia existencia[3], pero esta antropología también abarca la vida concreta, personal y social de los hombres, partiendo del mensaje integral de Cristo[4], y será en este aspecto social -de la política y el trabajo- donde nos enfocaremos con mayor profundidad.

El hombre posee una vocación social, a la política y al trabajo, la misma que le invita a participar en las realidades temporales de este mundo, dentro de las que se encuentra la sociedad, la política y la economía[5], y siguiendo el consejo evangélico, los creyentes en Jesús saben que son la sal de la tierra y la luz del mundo (Cf. Mt 5, 13-14), es decir, son capaces de aportar un sabor distinto al mundo, el sabor de Dios. Allí donde se pare un cristiano ha de percibirse la presencia del mismo Cristo y, por ende, todo lo que hagamos o dejemos de hacer estará orientado a testimoniar nuestra identidad cristiana. No existe la política cristiana, pero sí cristianos políticos.

El capítulo III, intitulado “El elemento cristiano”, de la obra “Especificidad de la democracia cristiana”, logra sentar las bases antropológicas del hombre, desde la perspectiva sociopolítica del autor, teniendo como principal modelo la persona de Jesucristo, el hijo de Dios, e inicia su paso en defensa del modelo cristiano, afirmando que “el problema social es, ante todo, un problema moral[6]”, pues, ciertamente la política “no es un simple arte de conveniencias sino un mantenimiento de actitudes, un ejercicio de comportamientos que, como todo lo relativo a la conducta del hombre, están sujetos al orden ético…”[7]. Notamos cómo la política tiene un primer acercamiento a la fe a través de los aspectos éticos y morales, pero no se limitará solo a esto, como lo veremos más adelante.

La Iglesia, por su parte, comprende que la política mira al bien común, y aporta en los medios y en la ética de las relaciones sociales del género humano en su relación con la creación de Dios, por lo tanto, es de interés eclesial, pues puede entenderse a la política como una forma de dar culto al Dios único, desacralizando y a su vez consagrando el mundo a él[8], donde todo se orienta a la justa armonía de un mundo creado bueno por Dios. La participación de los cristianos en la política se anima en la comprensión de una teología política que “subraya el carácter público del mensaje cristiano”[9], que lo hace presente en todos los escenarios de la contemporaneidad, según el mismo querer de Jesús (Cf. Mt 28, 19).

Para Caldera la filosofía cristiana, en los ámbitos de la política y el bienestar social, contribuye con un elemento de suma importancia, y esta es la afirmación de lo espiritual, pues, “la nuestra es una concepción que no se agota en lo material, y que ve en lo espiritual, un principio positivo de superación, la aspiración del hombre a un destino mejor[10]”, y sobre este eje va la predicación de la Iglesia, la que no se cansará nunca de anunciar el Reino de Dios, que no es solo bien material, sino un reino de justicia y paz para todos (Cf. Rom 14, 17), donde lo transcendente importa tanto como lo temporal, pues “no solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que procede de la boca de Dios” (Mt 4, 4).

El autor tiene claro que la política posee un “fondo ético”, pues se hace necesario una “subordinación de la conducta política a las normas éticas”, ya que, el hombre como fin objetivo de la acción política, ha de saberse invitado a desarrollar su ideal político en “subordinación a las normas morales que rigen la conducta de los hombres”, esto es, en el caso de la democracia cristiana, los ideales del Evangelio de Jesucristo[11], pero aclarando que la acción política, cuyo centro han de ser los hombres y en particular los pobres, no es para la Iglesia una opción cultural, sociológica, política o filosófica, sino que en realidad es una “categoría teológica”[12], es decir, la Iglesia trabaja por los pobres porque son los elegidos de Dios (Cf. Lc 1, 52-53).

Existen otros tres aspectos constituyentes de una antropología teológica y política que desarrolla el capítulo III de la mencionada obra, y estos son, en primer lugar, la dignidad de la persona humana, seguido de la primacía del bien común, y la perfectibilidad de la sociedad civil. Veámoslos brevemente.

La concepción antropológica del hombre para la democracia cristiana se centra en la siguiente idea cardinal de la dignidad de la persona humana: “(…) el hombre es un valor fundamental, considerado, no como individuo, sino como persona; no como número, con señorío aislado y excluyente en torno a determinados intereses, sino como sujeto cuya substancia lo distingue de los otros animales y le da una calificación especial dentro del conjunto de los seres creados, la cual reside en la racionalidad y en la libertad”[13], esta libertad no será para la “autoafirmación egocéntrica, sino para el ejercicio del amor servicial”[14], como Cristo, que “no vino a ser servido, sino a servir” (Mt 20, 28). El hombre es, pues, un ser libre y racional, libre para trabajar y racional para hacer política.

Qué importante es reconocer que el llamado “gobierno del pueblo” o democracia no puede estar por encima de la libertad del hombre como individuo y como ser creado por Dios con todas las posibilidades de desarrollarse. Bien sabemos que no siempre lo que el pueblo dicte será lo correcto, pues, como lo recordaba Benedicto XVI “la verdad no la determina el voto de la mayoría”[15], pensemos, por ejemplo, en la decisión injusta que tomó Poncio Pilato con respecto a Jesús, animado por los gritos de la multitud (Cf. Lc 23, 23-25).

La primacía del bien común pretende encarnar la propia idea de la dignidad de la persona humana, entendiéndose por bien común: “no el simple beneficio mayoritario, numérico, de la población, sino del conjunto más armónico posible, de manera que la población pueda disfrutar, a través de normas de justicia, de los beneficios que el orden social asegura, para que cada uno pueda cumplir sus propios fines de manera satisfactoria”[16], esta dignidad radica en que el ser humano ha sido creado a imagen y semejanza de Dios (Cf. Gn 1, 26), y por esto aspira a la perfección de su persona, la cual se conforma de cuerpo y alma.

El hombre es, pues, según su vocación social y política, un ser en relación con los demás, en donde la “vulnerabilidad” es entendida como base para construir esas relaciones que exige la política. Esta vulnerabilidad es, según James Keenan, una “dimensión ontológica del ser humano[17]” que facilita las relaciones de unos con otros. Podríamos pensar las relaciones entre los que tienen el poder político y los menos favorecidos, los pobres, donde los primeros han de “resultar heridos”, al ser capaces de comprender que comparten la responsabilidad con la vida de los segundos, lo que no comprendió Caín, cegado por la soberbia (Cf. Gn 4, 9). El sentirnos vulnerables nos capacita para trabajar por nosotros y por los demás.

La teología del trabajo

La perfectibilidad de la sociedad civil es entendida por Caldera en el sentido bíblico del Génesis 1, 28, cuando Dios encarga a los hombres gobernar (trabajar) la tierra, y en este sentido, “el hombre y la sociedad -integrada por hombres- tienen en última instancia capacidad de decidir sobre su propio destino, de actuar y transformar las circunstancias y las realidades[18]”, pero no bajo cualquier criterio, sino inspirados en la moral y ética del cristianismo, es decir, teniendo una visión cristiana del trabajo santificado[19], y la política, en este sentido, ha de trabajar en diálogo con la economía, colocándose definitivamente al servicio de la vida humana[20], para lograr esa perfectibilidad de la sociedad civil, que no es una ilusión utópica, sino que es posible con la implementación de las políticas correctas.

En el desarrollo de “El elemento cristiano”, Caldera plantea la valía esencial del trabajo, lo que para él constituye un valor fundamental de la sociedad. El autor es consciente de que, a diferencia de otros credos religiosos, en cuyos fundadores se encontraron grandes personajes de noble procedencia, en el caso del cristianismo se ve un origen más humilde, pues “tuvo su fundador en un obrero, un trabajador manual[21]”, Jesús de Nazaret, quien era considerado el hijo de un carpintero (Mc 6, 3), pero la gran diferencia con los demás es que este personaje no es solo intermediario entre Dios y los hombres, sino que es Dios mismo. En este sentido, la figura de Jesucristo no ha de politizarse, pues su persona no puede parcializarse o ideologizarse. No fue Jesús ningún político o líder revolucionario, sino el Señor de la Historia[22], que enseñó con el ejemplo.

Sin embargo, este reconocimiento del trabajo como valor fundamental del hombre cristiano y de todos los credos, siendo uno de los elementos históricos más importantes del cristianismo, se excluye y deforma a través de los tiempos[23]. Es en este espacio donde la Antropología Teológica hace su aporte en la correcta comprensión y aplicación del mandato de Dios a Adán y Eva de dominar la tierra, al respecto comprendemos que este dominio humano debe existir dentro del dominio de Dios, orientándose al cuidado de la creación y su sano desarrollo, participando del poder divino en servicio de la creación, no solo como dominio interesado[24].

Conclusión

Como se ha visto, la concepción del hombre para la democracia cristiana se podría resumir en la esencia de un ser superior a las demás obras de la creación de Dios con la capacidad de participar en esa creación a través del trabajo, sin embargo, aunque esta visión social y política no se aleja mucho del ideal de la fe, es cierto que le falta una mayor comprensión del fin ultimo del hombre, que es la salvación, en este sentido, la salvación ha de ser entendida como gracia de Dios y no basada solo en “preceptos morales, sino en acontecimientos que comprometen a las personas”[25], es decir, en el trabajo por esa salvación, pues “creer en la salvación de Dios no es cruzarse de brazos a esperar una recompensa después de la muerte, sino exige que cada persona asuma su responsabilidad en el cosmos y la humanidad”[26], es decir, cada uno desde su labor cotidiana, contribuye a la edificación del Reino que es la Iglesia, la que a su vez es sacramento universal de salvación.

Así, pues, el trabajo es mandato divino, como lo recordó san Pablo con su vida y sus escritos a los cristianos de Tesalónica, cuando claramente les expresó que “el que no quiera trabajar que tampoco coma” (2 Tes 3, 10), pues Dios mismo había ordenado desde antiguo que seis días habrían de dedicarse al trabajo, y el séptimo sería para el descanso (Cf. Ex 20, 9), por eso, podríamos concluir que la Biblia registra la vida de un pueblo trabajador, y que la ministerio de Cristo y su llamado a los apóstoles se llevó a cabo en medio de sus trabajos, pues “dejando las redes le siguieron” (Mc 1, 18)[27].

Finalmente, veamos en el cambio de actitud de aquel hijo que primero dijo que no iría a trabajar, pero que después se arrepintió y fue (Mt 21, 29), el modelo a seguir en nuestro propio ideal cristiano, pues solo si somos conscientes de la dignidad del trabajo humano, seremos capaces de consagrarnos al servicio político y social de los hermanos que necesitan del pan material y del espiritual.

El trabajo de Dios y de su hijo Jesucristo no ha acabado, es constante (Cf. Jn 5, 18) y, aunque el Creador haya descansado en el séptimo día (Gn 2, 2-3), nunca ha dejado de obrar en el mundo y Jesús completa en su persona y en sus seguidores la obra de Dios, por lo que todo aquel que haga política y trabaje por el prójimo vive y encarna los mismos sentimientos de Cristo (Cf. Flp 2, 5), que busca la salvación de los hombres, y en cuya tarea ha querido involucrar a los mismos hombres, pero no porque necesite de nuestra ayuda, sino que así lo dispuso para mayor gloria de la Iglesia, su esposa[28], a la que le basta su gracia (Cf. 2 Cor 12, 9), sin la cual el hombre es “incapaz de alcanzar el fin divino al que está llamado y orientado por Dios”[29], la salvación, que “se manifiesta en la materialidad de nuestro mundo y es experimentada por nuestros cuerpos, pues después de todo el ser humano es uno en cuerpo y espíritu”[30].

En síntesis, el capítulo III “El elemento cristiano” de la obra “Especificidad de la democracia cristiana” abre un interesante debate sobre la concepción que tiene el hombre sobre su responsabilidad política y vocación al trabajo como identificación con Jesucristo, obrero y Señor. El cristiano ha de conocerse llamado por Dios a hacer política y democracia con los ideales cristianos, sin ideologizar la fe, sabiendo que es bueno trabajar por el bien común y “dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios” (Mt 22, 21).

P.A

García



[1] Cf. La Enciclopedia, (2004), volumen 3, Salvat Editores, Madrid, España, p. 2356

[2] Caldera, R., (2002), “Especificidad de la democracia cristiana”, p. 6. (Nota del autor para la quinta edición castellana).

[3] Guía de estudio Nº 1, p. 1

[4] Cf. Documento de Puebla, Nº 517

[5] Cf. Catecismo de la Iglesia Católica, Nº 898-899

[6] Caldera, R., op. cit. p. 49

[7] Ídem

[8] Constitución Dogmática Lumen Gentium, Nº. 34. Documento de Puebla, Nº 521

[9] Gutiérrez, G., (1980), La fuerza histórica de los pobres, Centro de Estudios y Publicaciones, Lima, Perú, p. 332

[10] Caldera, R., op. cit. p. 51

[11] Ídem

[12] Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium, Nº 198

[13] Caldera, R., op. cit. p. 52

[14] Ruiz, J. (1993) Creación, gracia y salvación, Editorial Sal Terrae, Bilbao, España, pp. 44-75. Guía de estudio Nº 2, P. 1

[16] Caldera R., op. cit. p. 53

[17] Guía de estudio Nº 2, p. 3

[18] Caldera R., op. cit. p. 54

[19] Cf. Documento de Puebla, Nº 956

[20]Carta Encíclica Laudato Si´, Nº 189

[21] Caldera R., op. cit. p. 57

[22] Cf. Documento de Puebla, Nº 178

[23] Cf. Caldera, R., op. cit. p. 58

[24] Cf. Guía de estudio Nº 1, p. 4

[25] Maldamé, J. (2014) El pecado original. Fe cristiana, mito y metafísica. Editorial Sanesteban p. 152

[26] Guía de Estudio Nº 1, p. 8

[27] Cf. Diccionario ilustrado de la Biblia (1974) Editorial Caribe, Barcelona, España, p. 668

[28] Haring, B., (1968), El mensaje cristiano y la hora presente, Editorial Herder, Barcelona, España, p. 530

[29] Guía de estudio Nº 4, p. 3

[30] Ibidem, p. 6