miércoles, 17 de junio de 2026

Entrevista: la cultura del cuidado.

LA CULTURA DEL CUIDADO

ALGUNAS PALABRAS

¿Podrías contarnos brevemente en qué consiste el servicio, trabajo o actividad que realizas actualmente y qué personas forman parte de ese camino contigo?

Buenas noches Flor de María, buenas noches a los dos compañeros invitados. Mi nombre es Pedro García, soy seminarista y en la pastoral en la que me estoy dedicando últimamente trabajo con niños, jóvenes, adultos y también personas mayores en lo que es la formación de la catequesis.

Soy el encargado de preparar junto con los catequistas de primera comunión y de confirmación las sesiones que ellos tienen los días domingo con el grupo de jóvenes y de niños que asisten a la parroquia. En este sentido soy como una especie de facilitador o de profesor de estos temas para tratar de comprenderlos y tratar de llegar a una profundización en la fe que luego ellos como catequistas lo transmiten a sus niños y a sus jóvenes.

 

¿Podrías compartir una experiencia reciente en la que hayas sentido que estabas cuidando de alguien o de algo? ¿Qué ocurrió y qué significó para ti?

 

Bien, en mi caso quisiera recordar una experiencia que tuve hace unos domingos atrás en la parroquia de Jauja, donde voy los fines de semana. Antes de la misa me propuse estar en la puerta para tratar de dar la bienvenida, para saludar a las personas, a los feligreses que iban ingresando a partir de las seis y media de la mañana. Esto no es la costumbre, pero se me ocurrió hacerlo como para hacer algo distinto y dar un poquito más, y se aparece entonces un joven que en principio no responde el saludo de los buenos días, pero ingresa con una piedad y con una preocupación, sale llorando de la iglesia y luego al salir pues expresa toda su situación.

Esto me llamó muchísimo la atención porque de no haber estado yo allí o cualquier otra persona que le pudiera escuchar, aquel joven se hubiese ido simplemente con las ganas de desahogarse, y más que el responderle o el solucionarle, estuvo en mí el hecho de estar en ese sitio, la presencia y la escucha que me parece marcó de manera muy positiva para este joven aquella situación que estaba desahogando, aquello por lo cual lloraba e incluso le pedía tanto al Señor. Esto es un momento en el que ciertamente me sentí que estaba cuidando a aquella persona, escuchándole, comprendiéndole, estando allí para él y no tanto enfrascado en hacerle preguntas y en tratar de buscar soluciones como si se tratase de una enfermedad con un remedio, sino que ciertamente dejándolo todo en las manos de Dios, pero estando en el lugar, escuchándole y siendo consciente de su problema. Me di cuenta que en esos lugares, en esos pequeños servicios, en esos detalles somos muy útiles para el cuidado de los demás.

 

Desde tu experiencia ¿quiénes o qué realidades consideras que hoy necesitan ser especialmente cuidadas y por qué?

 

Yo diría que todos, absolutamente todos necesitamos de cuidado y de atención, niños, jóvenes, adultos, ancianos, seminaristas, sacerdotes, catequistas, profesores, estudiantes, todos necesitamos en gran medida atención y cuidado, pero de todos estos los niños me parece a mí que es, o la infancia, la niñez es una etapa en la que hay que estar, en la que hay que cuidar y en la que hay que brindar todas las herramientas para que los niños se desarrollen de la mejor manera, sin duda alguna lo que se hace a un niño o lo que se le deja de hacer a un niño en la infancia repercute para toda la vida, ahí está el tema de la educación y coincido con la compañera en lo que ha mencionado, en las catequesis, en nuestras parroquias, los monaguillos, todos los niños con los que tenemos contacto nos damos cuenta de la importancia que tiene el cuidado, la atención, el tratarlos bien, el orientarlos, el escucharlos para que pues estos sean las bases, los fundamentos de un desarrollo sano, de un desarrollo feliz y aún así pues también la pastoral de la iglesia se centra, como no, en los enfermos, en los presos, en los ancianos, en los agonizantes, pero todos en gran medida, vuelvo al inicio, necesitamos de ayudas y de cuidados, los más vulnerables serían los niños.

 

¿Qué te mueve a dedicar tiempo, esfuerzo o incluso a hacer sacrificios por ese servicio o por otras personas?

 

Les comento, estoy en la última etapa de la formación del seminario, dentro de unos meses con el favor de Dios estaré siendo ordenado diácono y diácono significa servidor y esa ordenación será para mí ciertamente el volverle a decir sí al Señor en esta vocación a la que me ha llamado. Lo que me mueve entonces a servir, a donarme, a entregarme es sentirme parte de la obra de Dios, de la misión de Dios y sentirme instrumento suyo.

Si me transmito a mí mismo no tiene sentido, si transmito a Dios, si llevo a Dios, si comunico a Dios a las personas, hay entonces allí el gran motivo, el gran motor para seguir entregándome y para seguir sirviendo. En gran medida lo que me mueve es la alegría de las personas, la gratitud muchas veces de ellas y al sentirme instrumento de Dios.

 

En estos momentos ¿Quién o qué te sostiene a ti?

 

En el ámbito de la formación, los seminaristas tenemos a nuestro director espiritual y es esa persona que ayuda, que cuida, que fortalece y que guía, sobre todo en los momentos de cansancio, de dificultad, en los momentos de confusión. Lo vivimos muy a diario.

Nosotros en el seminario estamos durante toda la semana, pero los fines de semana vamos al encuentro de las personas, tratamos con ellas y nos llenamos de sus alegrías, de sus tristezas, de sus realidades. Luego esto ciertamente lo canalizamos con los amigos, en la oración, con el director espiritual, de modo que ciertamente hay personas que nos brindan esa ayuda, que a la vez nosotros brindamos a los demás. Se me viene a la mente aquella frase de san Pablo, el hecho de poder nosotros consolar con aquel consuelo con el que fuimos o con el que somos consolados por Dios.

 

¿Crees que el cuidado corresponde solamente a la familia o a ciertas personas o piensas que es una responsabilidad que debería asumir toda la comunidad y la sociedad? ¿Por qué?

 

A mí me ayuda a responder la parábola del buen samaritano.

El hecho de que no coincidamos con el idioma, con la cultura, con la religión, no significa que no sintamos responsabilidad por los demás. En ese sentido, el cuidado es sentirnos familia. Al ser familia, al ser todos hijos de Dios, reconocemos que tenemos este deber cristiano, este deber humano de velar por los demás.

Por eso, el cuidado, pues ciertamente, como dice el dicho, la caridad empieza desde casa, pero también ha de expandirse a todos aquellos incluso a los que no conocemos.

 

¿Qué has aprendido sobre ti mismo o sobre la vida gracias a las experiencias de cuidado que has vivido?

 

Ahora mismo estoy recordando la experiencia que viví cuando empecé a trabajar en el penal de Ayacucho. Fui con todas las ganas de llevarle a Dios a los internos, dice uno, cuando no ha ido por primera vez a una cárcel, pero después se da cuenta que en la cárcel está Dios y los internos también nos transmiten su experiencia de fe, su humanidad.

¿Qué he aprendido entonces en este servicio? Pues, como lo dice la compañera, a sentirme vulnerable, a sentirme necesitado, a saber que hay un montón de cosas que no sé y que debo aprender y que caminando en comunidad, yendo de la mano con aquellos que están a mi lado, puedo fortalecerme y no presentarme solo como aquel que plantea soluciones o como el que lo sabe todo. Esa es una gran tentación que tenemos en la iglesia, los seminaristas, los sacerdotes, los catequistas o aquellos que nos dedicamos al pastoreo o al cuidado, creer o pretender que no lo sabemos todo, pero en realidad no es así. Eso es lo que yo he aprendido.

Y la gran frase es la humildad de saberme hermano entre los hermanos para caminar juntos, para descubrir juntos.

 

Si pudieras cambiar una cosa en nuestra sociedad para fortalecer una verdadera cultura del cuidado, que ya han ido mencionando, ¿qué cambiarías?

 

Flor de María se está poniendo más difícil este cuestionario.

A ver, no quiero ser cursi, pero se me viene a la mente que cambiaría yo mismo, cambiaría mi actitud.

Porque todas estas preguntas providencialmente me llaman a la reflexión. Está muy bien lo que hago, lo poco que hago, pero hace falta hacer mucho más para calcar en esta cultura del cuidado, para sentirme protagonista del cuidado de los demás. Cambiaría yo mismo.

Y ahora que el papa León está en España, el himno de esta visita es “Alza la mirada”. Yo creo que por allí va un poquito eso de cambiar en el mundo, que ese alzar la mirada signifique darnos cuenta de las realidades de los demás y no ensimismarnos a nosotros mismos. Por eso mi respuesta va por allí.

Cambiaría yo mismo mi actitud para despertar, para darlo todo, para comprometerme mucho más y en definitiva para entregarme al mundo que me necesita.

 

¿Hay algo o alguien que como sociedad estamos dejando de cuidar y que te preocupe especialmente?

 

Yo respondería desde una perspectiva más espiritual, en el sentido de que, si descuidamos nuestra relación con Dios, si descuidamos a ese Alguien con mayúscula, pues ciertamente las consecuencias serán lo que estamos viendo.

Una cultura de guerra, de destrucción, una cultura que no respeta la vida humana, la dignidad de la persona humana, como nos está recordando actualmente el papa León XIV. Cuidar la relación con Dios, cuidar lo eterno, lo verdadero, lo que trasciende lo sobrenatural y no conformarnos simplemente con lo momentáneo, con lo que pasa y ya no se tiene más. Esto del cuidado de los demás y el cuidado de la casa común tiene su referente inicial en Dios.

Nuestra cultura cristiana nos enseña a reconocer que Dios es el Creador de todas las cosas y teniendo a Dios en la mente y en el corazón, cuidando nuestra relación con Él, pues sale todo lo demás, el amor por el prójimo, por la creación, por nosotros mismos. Pienso que esto es un punto importante. La razón de la que haya tanta enemistad, tanta guerra, tanta polarización es porque estamos descuidando a Dios.

 

¿Cómo definirían o cómo entienden el cuidado ustedes en vuestras propias palabras?

 

Hace días, cuando Flor de María me indicaba más o menos de qué sería esta entrevista interesante sobre el cuidado, me tomé el tiempo de ver en el diccionario de la Real Academia Española la etimología de la palabra cuidado, y es muy interesante. Parece que viene de cogitare en latín, que es pensar, y esto se devino en un castellano por allá antiguo, coidare, y ahora tenemos cuidar.

Pero cuidar, según esto, viene de pensar. Y coincido entonces con esto que ya nos ha dicho la compañera. Para mí, el cuidado o el cuidar sería, en principio, empezando, básicamente por pensar, pensar que es ya una acción que me pone en camino para estar, para ayudar, para colaborar.

Pero en este sentido, el cuidar es básicamente estar, pensar, y ya desde allí colaborar con lo que se pueda, desde las herramientas, desde las propias facultades, desde las dificultades que tengamos también. Pero principalmente eso, estar con los demás.

 

¿Algunas palabras finales?

 

Bueno, a mí en principio me enriquece bastante esta conversación. La verdad que todo lo que nos propone Flor de María es para crecer, gracias a Dios y bendito sea Dios por estas amistades. Escuchar al Padre, escuchar a Tania es enriquecedor porque cada uno tenemos nuestra manera de pensar, nuestra manera de responder, pero coincidimos en muchísimas cosas de las que hemos dicho.

Ciertamente somos seres humanos, somos cristianos y todo lo demás. Tenemos muchas cosas en común, pero cada uno me parece que ha aportado desde su particularidad y nos ha enriquecido a los demás. Es muy motivador. Gracias, Flor de María.

 

¿Un relato de tu infancia respecto al cuidado de la casa común y la cultura del cuidado en general?

Cuando era niño, aproximadamente entre los 8 y 10 años, ingresé al grupo de scouts (exploradores) de mi pueblo. Allí comencé a conocer el escultismo, movimiento fundado por Robert Baden-Powell, un militar inglés que, a partir de su experiencia y reflexión, propuso un camino educativo orientado a formar personas responsables, serviciales y comprometidas con la sociedad.

Mi experiencia en los scouts marcó profundamente mi vida. Allí aprendí tres dimensiones fundamentales del cuidado: el cuidado de la naturaleza, el cuidado de los demás y el cuidado de uno mismo. Estos valores, además, estaban muy unidos a la vida cristiana, pues nuestro grupo tenía una fuerte cercanía con la Iglesia: de hecho, el jefe y fundador del grupo en nuestro pueblo era el sacerdote párroco. Aquella experiencia fue una verdadera riqueza para la comunidad, para los jóvenes y para la vida eclesial.

Recuerdo especialmente las jornadas de reforestación que realizábamos en las montañas y en las nacientes de agua. Llevábamos árboles y arbustos, los sembrábamos y asumíamos el compromiso de regresar periódicamente para revisar su crecimiento, cuidarlos y regarlos. No era simplemente sembrar un árbol y marcharnos; era aprender la responsabilidad de acompañar la vida que habíamos ayudado a plantar.

También recuerdo las largas jornadas de limpieza por todo el pueblo. Éramos grupos numerosos, de 50 o 60 niños y jóvenes, caminando con bolsas para recoger los desperdicios de las calles. Recolectábamos basura, separábamos materiales como las latas de aluminio para reciclarlas y buscábamos que esos recursos pudieran tener un nuevo propósito en beneficio del grupo y del medio ambiente.

Pero el escultismo no solo nos enseñaba a cuidar la creación; también nos enseñaba a cuidar nuestra propia vida. Se nos hablaba sobre la prevención de las adicciones, el buen uso del tiempo, la importancia de ocupar la mente y el corazón en actividades positivas: el servicio al prójimo, la recreación sana, la contemplación de la naturaleza, la disciplina personal y la disposición permanente a ayudar. Todo esto estaba resumido en aquel ideal scout de estar “siempre listos” para servir, cumplir nuestros deberes y vivir con honor.

Aquella formación dejó una huella que permanece hasta hoy. Algo tan sencillo como no arrojar nunca un papel a la calle se convirtió para mí en un principio adquirido desde la infancia. Muchas veces vemos cómo algunas personas tiran envoltorios o desperdicios sin mayor preocupación, incluso desde un vehículo o caminando por la calle. Para mí, después de aquella experiencia, cuidar los espacios comunes se volvió un acto básico de respeto, educación y responsabilidad.

Por eso, cuando hoy escucho hablar de la cultura del cuidado, del respeto por la casa común y de la responsabilidad ecológica —temas que el papa Francisco ha profundizado bellamente en Laudato si’—, siento que son valores muy cercanos, porque de alguna manera ya los había vivido desde pequeño en el escultismo. Antes de conocer una reflexión teológica más elaborada sobre estos temas, ya había aprendido en la práctica que la naturaleza es un regalo que debemos custodiar.

En los scouts descubrí el amor por la creación, por las personas, por mi pueblo y por el servicio. Aprendí que cada cosa tiene su lugar, que nuestras acciones pequeñas tienen consecuencias y que cuidar aquello que Dios nos confía también es una manera concreta de vivir nuestra fe.

domingo, 14 de junio de 2026

Reflexión del Evangelio – XI Domingo del Tiempo Ordinario (Mt 9,36–10,8)

RUEGUEN AL DUEÑO DE LA MIES

Queridos hermanos:

Nos encontramos en el XI Domingo del Tiempo Ordinario. El Evangelio de hoy corresponde al evangelio de san Mateo 9,36–10,8, donde se narra el llamado y el envío de los Doce Apóstoles.

Este llamado parte, en primer lugar, de una realidad que el Señor contempla. Dice el Evangelio que Jesús vio a la multitud y se compadeció de ella, porque estaba «como ovejas que no tienen pastor». Movido por esa compasión, invita a sus discípulos a elevar una oración que la Iglesia continúa haciendo hasta nuestros días: «Rueguen al dueño de la mies para que envíe trabajadores a su mies».

Después de esta exhortación, es el mismo Jesús quien llama a sus discípulos. El Evangelio nos dice que los envió con autoridad para expulsar espíritus inmundos y para curar toda clase de enfermedades y dolencias.

San Mateo se detiene a mencionar uno por uno a los doce apóstoles, comenzando por Simón Pedro y concluyendo con Judas Iscariote, el que lo traicionó. Con ello nos recuerda que aquellos hombres fueron elegidos por Jesús, vivieron junto a Él y recibieron directamente de su Señor la autoridad para continuar su obra evangelizadora. Se les confió la misión de sanar a los enfermos, liberar a los oprimidos y anunciar que el Reino de Dios estaba cerca.

Finalmente, Jesús concluye con una enseñanza que sigue siendo actual para todos los discípulos: «Gratis han recibido; den gratis». Todo don recibido de Dios está destinado a convertirse en servicio generoso para los demás.

Este domingo nos invita a contemplar, ante todo, la compasión de Jesús. Él conoce nuestra realidad, ve nuestras necesidades y comprende cuánto necesitamos pastores que nos orienten, nos acompañen y nos conduzcan hacia Dios. Por eso envía a sus apóstoles, haciéndolos partícipes de su misión salvadora y dándoles autoridad para realizar los signos que manifiestan la cercanía del Reino de los cielos.

Queridos hermanos, acerquémonos hoy a Jesús y dejémonos cuidar por los pastores que Él ha puesto al frente de su Iglesia. Pidamos que el Reino de Dios, que se manifiesta en la paz, la alegría y la liberación, llegue a nuestra vida. Y que también nosotros, siguiendo el ejemplo de los apóstoles, nos sintamos enviados a servir, a aliviar el sufrimiento de nuestros hermanos y a compartir gratuitamente todas las gracias que hemos recibido del Señor.

Que María Santísima nos bendiga y nos acompañe durante toda esta semana. Amén.

viernes, 5 de junio de 2026

A Federico García Lorca, el poeta mártir de los marginados

FEDERICO

DEL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS

GARCÍA LORCA

 

Eres joven y eres rico,

¿qué más quieres, Federico?

 

En el pueblo de Fuente Vaqueros,

toda Granada cantará aquel día,

cuando, siendo el cinco de junio,

nació el hijo de Federico García.

 

Como su padre fue nombrado,

y del Sagrado Corazón de Jesús

doña Vicenta Lorca ha dado

a su primer hijo a la luz.

 

Luis, que murió temprano;

Francisco, María e Isabel

fueron los cuatro hermanos

que tuvo en aquel vergel.

 

En Asquerosa vivieron,

y allí estudió la primaria;

creció entre lecturas y fueron

muy propios de zona agraria.

 

Almería le vio llegar

para cursar el bachillerato,

pero hubo de enfermar,

por lo que regresó al rato.

 

Una nueva mudanza familiar,

como para acomodarse de la nada:

dejaron Valderrubio

para vivir en Granada.

 

Continuó su bachillerato

en el Colegio del Sagrado Corazón;

a la par estudiaba música,

para lo que siempre tuvo sazón.

 

Ya en la Universidad de Granada,

por Derecho, Filosofía y Letras,

estudió el poeta granadino,

formando su hábil impetra.

 

Con sus amigos en el Café

Rinconcillo, en Alameda de Granada,

surgió como poeta apócrifo

y sus primeros dibujos plasmaba.

 

Cuando escribió en prosa “Mi pueblo”,

abandonó la música, su pasión,

pues su maestro Segura

pasaba a la defunción.

 

En un viaje de estudios

a Baeza fue convocado,

y para su dicha fue propicio

conocer a Antonio Machado.

 

En un segundo periplo

conoció a Miguel de Unamuno,

y el joven García Lorca

gozaba como ninguno.

 

El paseo se mezclaba

con recital de piano

que Federico tocaba,

y de lo más cotidiano.

 

El veintinueve de junio

del diecisiete fue la ocasión

para escribir su primer poema:

“Canción. (Ensueño y confusión)”.

 

Pasando por Madrid y Palencia,

Burgos y demás parajes,

escribe en prosa el futuro libro

“Impresiones y paisajes”.

 

Libro que leyó en Granada,

en el Centro Artístico y Literario,

juntando la escritura

con su aparición en escenarios.

 

Por fin se fue a Madrid,

donde primero estuvo de pensión,

y a la Residencia de Estudiantes

llegó con gran ilusión.

 

Allí vivió ocho años,

volviendo por temporadas

a visitar a su gente

en su querida Granada.

 

Con “El maleficio de la mariposa”,

el dramaturgo fracasó;

y, a la par, con Ortega y Gasset,

en “España” poemas publicó.

 

En “La Pluma”, de Manuel Azaña,

se recogen textos, entre otros,

y su “Libro de poemas”

publica en la imprenta de Maroto.

 

Con el apoyo de varios prepara

el Concurso del Cante Jondo;

de ahí “Canciones” y “Poema...”

con el sentir más hondo.

 

Lee estas composiciones

en Granada y el Alhambra Palace Hotel;

con la “Tragicomedia de don Cristóbal y la señá Rosita”

tiene el teatro de títeres por escabel.

 

Soñador de mil ensueños,

dio por sentado y por hecho

haber terminado por fin

sus estudios de Derecho.

 

No así la Filosofía

ni las Letras de Diploma,

pero su vida fue ilustre,

canto que su letra entona.

 

Fue en aquella Residencia

de Estudiantes de Madrid

donde encarna su amistad

con Salvador Dalí.

 

Con esta familia en Gerona,

lector de sus propios poemas,

allí debutó recitando

su recién “Mariana Pineda”.

 

Y, como si esta amistad

nunca llegara a su fin,

dedica a su catalán

la “Oda a Salvador Dalí”.

 

Por fin publica “Verso y Prosa”

y también su libro “Canciones”;

estrena “Mariana Pineda”,

de Dalí las decoraciones.

 

Sus estancias con la familia

en la Huerta de San Vicente

le inspiran grandes poemas;

el peso de su fama se siente.

 

Como ilusión literaria,

con amigos publica “Gallo”;

el primer número en marzo

y el último el mismo mayo.

 

Con “Revista de Occidente”

sale el “Romancero gitano”,

el más famoso poema

que de García Lorca se ha dado.

 

Desesperado de sí,

con sus caídas de amor,

decide emprender viaje

para ir a Nueva York.

 

Hospedado en Furnald Hall,

de la Universidad de Columbia,

se matricula en inglés;

y aquel idioma le enturbia.

 

De Florida hasta La Habana,

dictando sus conferencias,

entre poetas y amigos

se cuentan sus ocurrencias.

 

A la par de sus poemas,

del arte nunca se abdujo;

publicando ya sus letras,

también lo hizo con sus dibujos.

 

Fue el teatro “Bodas de sangre”

otra de sus grandes obras;

su lectura, estreno y actuación

tienen comentarios de sobra.

 

Y “El amor de don Perlimplín

con Belisa en su jardín”

tuvo como paladín

de su talento sin fin.

 

Tanto en el verso pulido

como en la brillante prosa,

publicados por García Lorca,

como “La zapatera prodigiosa”.

 

Firmó un papel contra Hitler

y acompañó con el piano

a la gran “La Argentinita”,

quien bailó al son de sus manos.

 

Viajó a Buenos Aires,

repleto de fama onerosa;

durante el viaje trabaja

para publicar otras prosas.

 

Allí fue muy aclamado,

codeándose con escritores,

y la vida bonaerense

le rindió buenos honores.

 

En el atardecer de sus días

dejó su manuscrito mayor,

que no vio publicar en vida:

aquel “Poeta en Nueva York”.

 

Con “La casa de Bernarda Alba”

a sus vecinos “honrados”

el poeta granadino

dejó mal evidenciados.

 

Por estos malentendidos

de familias y vecinos

García Lorca se ganó

aquel trágico destino.

 

Fue amigo de unos y otros

pero más de republicanos

por eso levanta sospechas

del bando sublevado.

 

Odiado por ser hombre libre,

denunciado por homosexual;

Federico sufrió el suplicio

que le dio gloria inmortal.

 

El once de agosto, temprano,

se refugió con los Rosales;

se sentía perturbado,

pues le rodeaban los males.

 

Y el dieciséis fue apresado

el poeta de la cabeza gorda,

conducido al Gobierno Civil;

su presencia les estorba.

 

El diecinueve, en la alborada,

García Lorca fue asesinado;

mataron al gran poeta

de los pueblos marginados.

 

Solo treinta y ocho años

vivió nuestro Federico;

murió joven y afamado,

murió el pobre de los ricos.

 

Sus restos aún no aparecen,

Federico no está enterrado,

pues él vive y está presente

allí donde lo han recitado.



Después de leer este librito,

no se puede abandonar

al gran poeta Federico,

que tiene mucho por dar.

 

Cada palabra ahí escrita

transporta a quien lo ha leído;

y todo aquel que lo haga

quedará “enlorquecido”.

 

Él fue hombre del mundo

y hermano de todos;

defensor de los marginados

desde sus letras, a su modo.

 

Al gitano le hizo cantar

su dolor verde y su pena;

legítimo hombre andaluz,

la libertad fue su condena.

 

Y con “La casada infiel”

se recrea la mente con brío,

pues creyendo que era mozuela,

bajó con ella hasta el río.

 

“Verde que te quiero verde”;

“huye, luna, luna, luna”;

los gitanos y guardias civiles:

historias como ninguna.

 

Del veinticuatro al veintisiete

recopiló con sus manos;

publicó en Revista de Occidente

su primer Romancero gitano.

 

El éxito fue total

y recitado por doquier;

Federico, el granadino,

vio su gloria florecer.

 

Gracias, Federico García,

por escribir enamorado

los poemas que hoy leemos

perpetuando tu legado.