ORDEN SACERDOTAL
La sociedad actual suele considerar a Dios como una realidad
obsoleta, propia del pasado, debido a que se ha priorizado una comprensión
científica de la realidad en la que lo trascendental parece ya no tener
importancia. En este sentido, la secularización y el pluralismo religioso se
presentan como horizontes de referencia para comprender el mundo contemporáneo.
Sin embargo, desde estas nuevas perspectivas también se advierte un retorno a
lo religioso; se cree que no es que el hombre ya no tenga fe, sino que ahora
cree en todo o en cualquier cosa. Ante este panorama, el papel del sacerdote se
presenta como luz, y su testimonio cobra un valor más sublime, pues de lo que
el sacerdote viva y predique dependerá, en gran medida, que la sociedad entre
en experiencia de Dios.
La pregunta acerca de dónde y cómo encontrar a Dios hoy puede
desarrollarse desde diversos matices; sin embargo, aquí nos inclinamos más
hacia el camino de la creación, pues contemplando la creación se puede conocer
o encontrar a su Creador. En este mundo del hombre secularizado, el cuidado de
la creación y el involucrarse en ella ha permitido introducir una nueva
mentalidad capaz de reconocer en lo creado a un ser superior y trascendental.
El hombre mismo, como obra de Dios y hechura de sus manos, se constituye en
lugar teológico desde el cual se puede llegar a encontrar a Dios.
A propósito de esta reflexión, es propicio recordar lo que canta
aquel himno de la Hora Sexta de la Liturgia de las Horas, y que busca responder
la pregunta inicial sobre dónde encontrar a Dios:
“Quien diga que Dios ha muerto,
que salga a la luz y vea
si el mundo es o no tarea
de un Dios que sigue despierto.
Ya no es su sitio el desierto
ni en la montaña se esconde;
decid, si preguntan dónde,
que Dios está sin mortaja
en donde un hombre trabaja
y un corazón le responde”.
El lugar de la Iglesia en la sociedad actual pasa por las mismas
circunstancias que al hablar de Dios, pues esta institución, conformada por
hombres, busca responder a un mandato divino: evangelizar y llevar a todos la
verdad. De ahí que la institución esté, se podría decir, entre dicho, pues si
se duda de Dios o si se pone en tela de juicio al Creador, pierde todo sentido
una institución que lo predica y que lo quiere hacer presente en medio del
mundo. La Iglesia es, en este mundo, el testimonio de fidelidad a Dios que
navega a contracorriente, luchando contra los enemigos de la vida y de la
verdad del hombre. Es ahora cuando más vale la pena ser sacerdote y trabajar en
la Iglesia por el Reino de Dios, del que ella misma es ya presencia misteriosa.
A partir del Concilio Ecuménico Vaticano II, convocado e
inaugurado por San Juan XXIII y concluido por San Pablo VI, la constitución Presbyterorum Ordinis precisó el
lugar del sacerdote en la Iglesia y en el mundo actual. Lo hizo, en primer
lugar, aclarando que todo el conjunto de la Iglesia es nación santa, pueblo
escogido y pueblo sacerdotal, desarrollando de este modo, y diferenciando a la
vez, el sacerdocio común de los fieles, otorgado por el bautismo, del
sacerdocio ministerial, que se recibe por el sacramento del Orden.
Este pueblo sacerdotal se constituye jerárquicamente según el
querer divino, en donde cada miembro ocupa el lugar de servicio que le
corresponde según la vocación recibida y que la Iglesia acoge en su seno. Por
otra parte, la estructura interna de la comunidad cristiana responde a los
diferentes carismas que Dios otorga a su Iglesia, que, con la teología paulina,
conforman el Cuerpo Místico de Cristo. A todos los fieles los une la fe y la
vocación a la santidad, pero no todos tienen idénticas obligaciones en su modo
de responder a Dios. Sin embargo, Dios quiere que todos los hombres se salven y
lleguen al conocimiento de la verdad.
Profundizando un poco más en lo anteriormente expuesto, se puede
precisar que el papel que juegan los ministerios y carismas en la edificación
de la Iglesia es de vital importancia, en cuanto que sin ellos la vida de la
comunidad no sería lo que es: una comunidad organizada y constituida
jerárquicamente. En este sentido, cada cristiano responde a su llamado
particular según el estilo de vida al que Dios lo ha convocado. Así, es fácil
concluir que no se espera lo mismo de una monja de clausura que de una madre de
familia. Ambas son hijas de Dios y llamadas a la santidad, pero sus respuestas
o modos de vivir esa vocación serán muy distintos según sus propias
posibilidades.
De este modo, la monja de clausura edifica a la Iglesia desde su
vocación contemplativa y fiel a su carisma, mientras que la madre de familia lo
hace en la atención del hogar, la crianza cristiana de sus hijos o el
desarrollo profesional al que se dedique. En definitiva, todos los carismas
contribuyen a la edificación de la Iglesia; todos son necesarios en esta
complementariedad de vocaciones y carismas.
El sacerdote, como hombre pleno en sus potencialidades humanas y
cristianas, está llamado a compaginar con su vida y ministerio la unidad
antropológica de la persona, que se constituye en cuerpo y alma, y desde allí
servir de testimonio de coherencia como individuo en medio de una comunidad,
llevando al mundo hacia Dios. El presbítero es pontífice, es decir, puente o
creador de puentes; desde la plena vivencia de su vocación sacerdotal, solo
asumiendo con conciencia su propia naturaleza y debilidad, y dejándose
transformar por la gracia, logrará cambiar la llamada escisión antropológica en
respuesta fiel y realización humana según la voluntad de Dios.
El sacerdote es puente que une el cielo con la tierra cuando
administra los sacramentos de la Iglesia y vive y considera lo que realiza. Por
eso, la dimensión discipular del sacerdote resulta esencial. El discípulo no es
más que su maestro, dice el Señor. En este sentido, el sacerdote nunca deja de
ser discípulo de Cristo, el Maestro, pues Él lo ha llamado a seguirle. Primero
va el Maestro y detrás los discípulos. El sacerdote nunca deja de ser discípulo
porque nunca dejará de aprender de su Maestro; solo así podrá mantener en el
horizonte la actitud humilde de aquel que se reconoce necesitado de Dios.
Junto a ello aparece también la dimensión apostólica del
sacerdote. Esta dimensión discipular y apostólica sitúa al sacerdote en
referencia constante a Cristo, que lo llamó y lo eligió para estar con Él y
para enviarlo a predicar el Evangelio, con poder de sanar enfermos y expulsar
demonios. El sacerdote que obra como discípulo y apóstol lo hace con la
humildad de sentirse poca cosa en sí mismo, pero transformado por la gracia de
un sacramento cuya unción es huella indeleble de la bondad y misericordia de Dios,
que llama no a los mejores ni a los sabios y entendidos, sino a los pequeños y
a los que saben confiar todo en Él, que, en definitiva, son los humildes.
Finalmente, una nota que siempre es importante precisar al hablar
sobre el sacerdocio y su ministerio, especialmente en el marco del sacramento
del Orden como asignatura de estudio, es que la vida del presbítero ha de
encarnar los mismos sentimientos de Cristo y su atención preferencial por los
pobres. Como se dijo una vez en el retiro de inicio de año, la atención a los
pobres será el termómetro de la vocación, pues estar cerca de ellos es estar
cerca de Dios mismo, que se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza.

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