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sábado, 31 de enero de 2026

El lugar de Dios, la Iglesia y el sacerdote en la sociedad contemporánea

ORDEN SACERDOTAL

La sociedad actual suele considerar a Dios como una realidad obsoleta, propia del pasado, debido a que se ha priorizado una comprensión científica de la realidad en la que lo trascendental parece ya no tener importancia. En este sentido, la secularización y el pluralismo religioso se presentan como horizontes de referencia para comprender el mundo contemporáneo. Sin embargo, desde estas nuevas perspectivas también se advierte un retorno a lo religioso; se cree que no es que el hombre ya no tenga fe, sino que ahora cree en todo o en cualquier cosa. Ante este panorama, el papel del sacerdote se presenta como luz, y su testimonio cobra un valor más sublime, pues de lo que el sacerdote viva y predique dependerá, en gran medida, que la sociedad entre en experiencia de Dios.

La pregunta acerca de dónde y cómo encontrar a Dios hoy puede desarrollarse desde diversos matices; sin embargo, aquí nos inclinamos más hacia el camino de la creación, pues contemplando la creación se puede conocer o encontrar a su Creador. En este mundo del hombre secularizado, el cuidado de la creación y el involucrarse en ella ha permitido introducir una nueva mentalidad capaz de reconocer en lo creado a un ser superior y trascendental. El hombre mismo, como obra de Dios y hechura de sus manos, se constituye en lugar teológico desde el cual se puede llegar a encontrar a Dios.

A propósito de esta reflexión, es propicio recordar lo que canta aquel himno de la Hora Sexta de la Liturgia de las Horas, y que busca responder la pregunta inicial sobre dónde encontrar a Dios:

“Quien diga que Dios ha muerto,
que salga a la luz y vea
si el mundo es o no tarea
de un Dios que sigue despierto.
Ya no es su sitio el desierto
ni en la montaña se esconde;
decid, si preguntan dónde,
que Dios está sin mortaja
en donde un hombre trabaja
y un corazón le responde”.

El lugar de la Iglesia en la sociedad actual pasa por las mismas circunstancias que al hablar de Dios, pues esta institución, conformada por hombres, busca responder a un mandato divino: evangelizar y llevar a todos la verdad. De ahí que la institución esté, se podría decir, entre dicho, pues si se duda de Dios o si se pone en tela de juicio al Creador, pierde todo sentido una institución que lo predica y que lo quiere hacer presente en medio del mundo. La Iglesia es, en este mundo, el testimonio de fidelidad a Dios que navega a contracorriente, luchando contra los enemigos de la vida y de la verdad del hombre. Es ahora cuando más vale la pena ser sacerdote y trabajar en la Iglesia por el Reino de Dios, del que ella misma es ya presencia misteriosa.

A partir del Concilio Ecuménico Vaticano II, convocado e inaugurado por San Juan XXIII y concluido por San Pablo VI, la constitución Presbyterorum Ordinis precisó el lugar del sacerdote en la Iglesia y en el mundo actual. Lo hizo, en primer lugar, aclarando que todo el conjunto de la Iglesia es nación santa, pueblo escogido y pueblo sacerdotal, desarrollando de este modo, y diferenciando a la vez, el sacerdocio común de los fieles, otorgado por el bautismo, del sacerdocio ministerial, que se recibe por el sacramento del Orden.

Este pueblo sacerdotal se constituye jerárquicamente según el querer divino, en donde cada miembro ocupa el lugar de servicio que le corresponde según la vocación recibida y que la Iglesia acoge en su seno. Por otra parte, la estructura interna de la comunidad cristiana responde a los diferentes carismas que Dios otorga a su Iglesia, que, con la teología paulina, conforman el Cuerpo Místico de Cristo. A todos los fieles los une la fe y la vocación a la santidad, pero no todos tienen idénticas obligaciones en su modo de responder a Dios. Sin embargo, Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad.

Profundizando un poco más en lo anteriormente expuesto, se puede precisar que el papel que juegan los ministerios y carismas en la edificación de la Iglesia es de vital importancia, en cuanto que sin ellos la vida de la comunidad no sería lo que es: una comunidad organizada y constituida jerárquicamente. En este sentido, cada cristiano responde a su llamado particular según el estilo de vida al que Dios lo ha convocado. Así, es fácil concluir que no se espera lo mismo de una monja de clausura que de una madre de familia. Ambas son hijas de Dios y llamadas a la santidad, pero sus respuestas o modos de vivir esa vocación serán muy distintos según sus propias posibilidades.

De este modo, la monja de clausura edifica a la Iglesia desde su vocación contemplativa y fiel a su carisma, mientras que la madre de familia lo hace en la atención del hogar, la crianza cristiana de sus hijos o el desarrollo profesional al que se dedique. En definitiva, todos los carismas contribuyen a la edificación de la Iglesia; todos son necesarios en esta complementariedad de vocaciones y carismas.

El sacerdote, como hombre pleno en sus potencialidades humanas y cristianas, está llamado a compaginar con su vida y ministerio la unidad antropológica de la persona, que se constituye en cuerpo y alma, y desde allí servir de testimonio de coherencia como individuo en medio de una comunidad, llevando al mundo hacia Dios. El presbítero es pontífice, es decir, puente o creador de puentes; desde la plena vivencia de su vocación sacerdotal, solo asumiendo con conciencia su propia naturaleza y debilidad, y dejándose transformar por la gracia, logrará cambiar la llamada escisión antropológica en respuesta fiel y realización humana según la voluntad de Dios.

El sacerdote es puente que une el cielo con la tierra cuando administra los sacramentos de la Iglesia y vive y considera lo que realiza. Por eso, la dimensión discipular del sacerdote resulta esencial. El discípulo no es más que su maestro, dice el Señor. En este sentido, el sacerdote nunca deja de ser discípulo de Cristo, el Maestro, pues Él lo ha llamado a seguirle. Primero va el Maestro y detrás los discípulos. El sacerdote nunca deja de ser discípulo porque nunca dejará de aprender de su Maestro; solo así podrá mantener en el horizonte la actitud humilde de aquel que se reconoce necesitado de Dios.

Junto a ello aparece también la dimensión apostólica del sacerdote. Esta dimensión discipular y apostólica sitúa al sacerdote en referencia constante a Cristo, que lo llamó y lo eligió para estar con Él y para enviarlo a predicar el Evangelio, con poder de sanar enfermos y expulsar demonios. El sacerdote que obra como discípulo y apóstol lo hace con la humildad de sentirse poca cosa en sí mismo, pero transformado por la gracia de un sacramento cuya unción es huella indeleble de la bondad y misericordia de Dios, que llama no a los mejores ni a los sabios y entendidos, sino a los pequeños y a los que saben confiar todo en Él, que, en definitiva, son los humildes.

Finalmente, una nota que siempre es importante precisar al hablar sobre el sacerdocio y su ministerio, especialmente en el marco del sacramento del Orden como asignatura de estudio, es que la vida del presbítero ha de encarnar los mismos sentimientos de Cristo y su atención preferencial por los pobres. Como se dijo una vez en el retiro de inicio de año, la atención a los pobres será el termómetro de la vocación, pues estar cerca de ellos es estar cerca de Dios mismo, que se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza.

miércoles, 30 de agosto de 2023

Festividad de Santa Rosa de Lima 2023

“MI PRIMER BAUTIZO”

El 30 de agosto es la festividad litúrgica de Santa Rosa de Lima en el Perú, y es día feriado no laborable, por lo que no asistí a la oficina del Arzobispado de Ayacucho para cumplir con mis funciones administrativas en esa entidad religiosa.

Este día asistí temprano a la parroquia Santa Rosa de Lima en la avenida Arenales de la ciudad de Ayacucho, para cumplir con lo que me había comprometido; y es que días antes me habían pedido el favor de salir a dos pequeñas comunidades que pertenecen a la jurisdicción eclesiástica para hacer la Celebración de la Palabra. Aunque la parroquia tenga tres sacerdotes para la atención pastoral, este día no podían salir, pues con motivo de la fiesta patronal, debían acompañar al celebrante principal del día, el señor arzobispo metropolitano.

En los preparativos para salir me informaron que, como de costumbre, debía llevar la reserva del Santísimo Sacramento, pero además me entregaron el Ritual de los Sacramentos y los santos óleos, a saber, el de los catecúmenos y el santo crisma, pues en una de las localidades que nos esperaban se debía celebrar un bautismo. Yo quedé extrañado, pues no se me notificó con tiempo, para al menos prepararme “litúrgicamente”, es decir, para echar un vistazo al rito de este sacramento para poder celebrarlo o “administrarlo” según la tradición de la Iglesia y las rúbricas de rigor. Así que, sin previo aviso, salimos en la camioneta de la parroquia. Manejaba un ministro extraordinario de la Eucaristía, quien además ejecuta el piano y canta las celebraciones; él en compañía de su mamá y yo de la mía.

El viaje no era tan largo para la primera comunidad, por lo que llegamos en al menos 30 minutos. Un pequeño caserío en las afueras de San Juan de la Frontera, una localidad que lleva el mismo nombre con el que fue fundada la actual Ayacucho por los españoles. En este lugar nos dieron mondongo y luego sí se realizó la celebración en honor a la santa peruana. Asistencia reducida y en un lugar incómodo, a plena calle, pues no hay templo católico. Yo bajo un techo donde se ubicó un improvisado altar, y la feligresía en la calle bajo el sol y a merced de cuanta distracción existiese a causa de los viandantes.

Particularmente no me agradan mucho los espacios abiertos para las celebraciones, porque la gente se distrae, incluso uno mismo puede empezar a fijarse en cosas externas y perder el sentido de lo que se está haciendo. No sucede lo mismo, por ejemplo, en un campo abierto en medio de la naturaleza, donde se sabe que estamos solo los que estamos y no habrá mayor distracción que la de la misma creación de Dios que no es en sí distracción sino, por el contrario, un buen medio para conectar con el Creador.

Esta primera celebración fue sencilla, comulgaron muy pocos, al final las fotos de rigor que evidenciaran históricamente que el evento se había llevado a cabo, y por supuesto, la gente merece tener un registro gráfico de la talla del “padrecito” que en la mayoría de las veces preguntan de dónde es y comprenden que se trata de un extranjero de mal supuesta nacionalidad española o norteamericana. Hay quien ha pensado en voz alta y se ha dejado escuchar un “pero si es que habla español”, como haciendo alusión a que no comparta la misma herramienta idiomática. Y la dificultad está es en el quechua, no por ellos, sino por mí.

Salimos para la otra comunidad, un poco más alejada, de nombre Pucuhuilca. De inmediato sentí curiosidad por saber el significado etimológico de esta toponimia, por lo que la consulté con el chofer que es nativo          quechuahablante. Viene de la quechuanización del castellano “poco”, es decir, “pucu”, y “huilca” significa “nietos”, por lo que comprendí que nos dirigíamos al pueblo de los “Pocos Nietos”, lugar en el que ya había hecho una Celebración de la Palabra en el cementerio local.

Llegados al pequeño pueblo, que sí cuenta con capilla, dejamos el Santísimo Sacramento en el altar y luego salimos invitados a desayunar, donde nuevamente recibimos un palto de mondongo, que no se puede negar bajo ninguna justificación, “para no desairar a las personas”. El ambiente era festivo, a los alrededores de lo que en el futuro puede ser la plaza del pueblo, habían carpas de comercio ocasional, y en una esquina una tarima de buenas proporciones donde parece se estaban presentando grupos musicales durante las noches anteriores y quien sabe hasta qué día se prolongaría esta “fiesta patronal” en honor a Santa Rosa de Lima de Pucuhuilca.

Con los mayordomos en sus lugares y todo listo para la celebración de la Palabra, se dio inicio con el canto de entrada. Aquella capilla es pequeña, dentro de la cual no cabrían más de 40 personas, por eso estaba “abarrotada de gente”. Luego de la reflexión de la Palabra de Dios y haciendo énfasis en la santa del día, se dio lugar el bautismo.

Siempre he enseñado y predicado que “en caso de necesidad” cualquier persona puede bautizar, incluso un no cristiano, pero jamás pensé que me tocaría a mí semejante responsabilidad sin ser sacerdote. Las razones pastorales que me llevaron a obedecer en este encargo quedan en la conciencia del párroco que me autorizó, yo solo obedecí con filial sumisión, pues anteriormente ya me había negado ante una propuesta pasada. Esta vez era diferente, esta vez no pude decir que no, principalmente porque no me dijeron con tiempo y ya todo estaba organizado de esa manera.

Recordé a un compañero de seminario, ahora ya felizmente sacerdote, a quien le “obligaron” prácticamente a bautizar a 16 niños en una iglesia casi catedral de una ciudad importante. Las fotos no tardaron en llegar al rector del seminario y fueron días angustiantes para aquel joven, porque incluso se manejó la posibilidad de la expulsión del seminario, por incurrir en tan evidente falta, pero todo finalmente se aclaró, ya que el sacerdote “i-responsable” asumió la defensa y el percance pudo superarse, para alivios de todos.

“Julianita Yandí, yo te bautizo en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.” Las cámaras fotográficas encima de nosotros, la niña ya grandecita no lloró por razones obvias, el agua bendita fue derramada directamente de mi mano derecha, pues no había otro objeto más digno para esto. ¿Nervios? No. ¿Confusión? Sí, un poco. Como ya he dicho, jamás imaginé que yo pudiera agregar a esta criatura en el libro de los hijos de Dios por la gracia del bautismo sin aún ser sacerdote.

De regreso, y en el silencio de mi interior, busqué una explicación a lo sucedido, y la obtuve en la serenidad y con la certeza de saber que, en este día, 30 de agosto, Santa Rosa de Lima me estaba indicando que debo seguir esforzándome por ser cada día mejor y responder con generosidad y radicalidad al llamado sobrenatural que Dios me ha hecho en ser pescador de hombres.

P.A

García

martes, 5 de enero de 2021

La vocación y el celibato según Benedicto XVI

              RATZINGER

         El año pasado el africano Cardenal Robert Sarah publicó un libro titulado “Desde lo más hondo de nuestros corazones” en coautoría con Joseph Ratzinger, el papa emérito Benedicto XVI. La edición estuvo a cargo de Nicolas Diat y la traducción al castellano es de Gloria Esteban Villar. El título original en francés es “Des profondeurs de nos coeurs”, por lo que me agrada más traducirlo como “Desde lo más profundo de nuestros corazones”. El texto está dedicado: “En homenaje a los sacerdotes del mundo entero”. Agradezco a mi buen amigo Nilson Guerra Zambrano por compartirme este libro en PDF desde WhatsApp.

         La importancia de las cavilaciones del papa emérito, las justifica el mismo Cardenal Sarah, pues, ciertamente: “Debemos meditar las reflexiones de un hombre que se acerca al final de su vida. En una hora tan decisiva nadie toma la palabra a la ligera”. Animado por esta introducción, doy paso a resumir el capítulo I de este libro, “El Sacerdocio Católico”, cuyo autor es Benedicto XVI, haciendo énfasis únicamente en el tema del celibato sacerdotal y la vocación.

         La cuestión vocacional:

         Benedicto XVI plantea la diferencia vocacional entre el sacerdocio veterotestamentario y el sacerdocio neotestamentario, es decir, entre el antiguo sacerdocio judío y el actual cristiano-católico. El primero correspondía a una herencia familiar, puesto que para ser sacerdotes del Señor era preciso pertenecer a la familia-tribu de Leví, lo que no significa que estos no fueran llamados por Dios. Por su parte en el caso cristiano es Dios el que va eligiendo a sus sacerdotes, es una llamada divina personal, que debe ser reconocida y aceptada. Como ejemplo de esto tenemos la vocación de los apóstoles, que fueron llamados directamente por Jesús, fue el mismo Mesías, Dios y Hombre verdadero, quien pronunció sus nombres.

Si en el Antiguo Testamento el sacerdocio estaba asegurado por generaciones, porque los sacerdotes se podían casar y tener hijos, en el Nuevo Testamento no se tiene la misma seguridad, de ahí la recomendación evangélica de Mateo 9, 38: “Rogad, por tanto, al Señor de la mies que envíe obreros a su mies”, en este sentido expresa Benedicto XVI: “Generación tras generación, la Iglesia vive animada por la esperanza y el deseo de hallar a quienes son llamados”. La Iglesia acepta a los que se sienten llamados por Dios. Es Dios quien llama, es la Iglesia quien acepta. Ante una llamada de Dios debe corresponder una aceptación del que es llamado y de la Iglesia. Si la Iglesia no acepta, es decir, si la Iglesia rechaza –sin razones convincentes-, en vano ruega con las palabras de Mt 9, 38 y en este sentido falla a la generosidad de Dios que sigue enviando obreros a su mies.

         La cuestión del celibato:

        Este tema es de los más debatidos porque es de los menos comprendidos. Recientemente –en octubre de 2019- se celebró un Sínodo de la Amazonía donde se llevó a la palestra el supuesto “imposible celibato” en los pueblos indígenas, cuestión que animó a Robert Sarah y Benedicto XVI a publicar sus reflexiones.

En la conciencia judía los sacerdotes estaban obligados a abstenerse sexualmente mientras se encontraban ejerciendo su sacerdocio en el Templo, puesto que no era una situación perenne sino solamente por periodos específicos. La abstinencia era necesaria porque se estaba en contacto con el misterio divino. Explica Benedicto XVI: “Dado que los sacerdotes del Antiguo Testamento solo debían consagrarse al culto durante determinados períodos, el matrimonio y el sacerdocio eran compatibles”.

         Para los sacerdotes de la Nueva Alianza la situación cambia. Se sabe que la celebración de la Eucaristía “misterio divino” se hizo rápidamente cotidiano, era cuestión de todos los días, pues esto mismo era el (panem nostrum quotidianum) “el pan nuestro de cada día”, que insistentemente pedían los cristianos en la oración dominical. Es por esta razón que los sacerdotes de Jesucristo están constantemente en contacto con lo “divino”, exigiéndoseles naturalmente la exclusividad para las cosas de Dios, cuestión donde no es compatible el matrimonio.

         Es necesario aclarar que en la Iglesia primitiva ciertamente se contaba con obispos, sacerdotes y diáconos que estaban casados, sin embargo, estos hombres sólo podían recibir el sacramento del Orden si se comprometían a vivir la abstinencia sexual, lo que fue llamado el “matrimonio de san José”, cosa que fue muy normal en los primeros siglos del cristianismo.

         Dice Benedicto XVI: “El verdadero fundamento de la vida del sacerdote, la sal de su existencia, la tierra de su vida es Dios. El celibato que practican los obispos de toda la Iglesia oriental y occidental —y, según una tradición que se remonta a una época cercana a la de los apóstoles, los sacerdotes de la Iglesia latina en general— solo se puede comprender y vivir de forma irrevocable sobre este fundamento”.

         El celibato en el siglo XXI año 2021

         Como lo manifiesta el Catecismo de la Iglesia Católica, el celibato es una opción de vida a la que se accede desde la libertad. Leámoslo en el numeral 1599: “En la Iglesia latina, el sacramento del Orden para el presbiterado sólo es conferido ordinariamente a candidatos que están dispuestos a abrazar libremente el celibato y que manifiestan públicamente su voluntad de guardarlo por amor del Reino de Dios y el servicio de los hombres”. El celibato se abraza libremente por el Reino de Dios. “Libremente” significa que acepta con conocimiento de causa la obligación de ser célibe y lo hace por amor y porque ha recibido ese don de Dios, aparte de ser una norma eclesiástica que debe cumplir, como lo refiere expresamente el Código de Derecho Canónico en su numeral 277, parágrafo 1: “Los clérigos están obligados a observar una continencia perfecta y perpetua por el Reino de los cielos y, por tanto, quedan sujetos a guardar el celibato, que es un don peculiar de Dios mediante el cual los ministros sagrados pueden unirse más fácilmente a Cristo con un corazón entero y dedicarse con mayor libertad al servicio de Dios y de los hombres”.

Para el padre Fortea, exorcista español, el celibato es “ante todo un sacrificio que se ofrece a Dios por amor a Él. Un sacrificio que tendrá su recompensa, especial, en el Reino de los Cielos. Es una inmolación, un matrimonio espiritual con el Infinito Espíritu Creador”.

El celibato es un don de Dios para su Iglesia, es una joya preciosa que no podemos menospreciar. El mismo Jesucristo fue célibe, por eso los sacerdotes, que son otros Cristos, comprenden el celibato y lo viven para -como dijo el Santo Cura de Ars- “vivir el cielo en la tierra”. Apoyar el celibato católico no es ser fundamentalistas, es simplemente vivir una Fe clara, según el Credo de la Iglesia.

“Como los hijos buenos de Noé, cubre con la capa de la caridad las miserias que veas en tu padre, el Sacerdote”

San Josemaría Escrivá de Balaguer

Camino 75

 

P.A

García

domingo, 7 de junio de 2020

Sobre mi bautismo

UNUM BAPTISMA
Un solo Señor,
una sola fe,
un solo bautismo,
un solo Dios y Padre de todos,
que está sobre todos,
por todos y en todos.
(Efesios 4, 5-6)

A Su Excelencia Luis Alfonso Márquez Molina, “obispo jubilado pero no desocupado”, le gusta preguntar a la feligresía, en sus homilías, sobre la fecha en que fueron bautizados; a más de uno le pone una tarea difícil, sobre todo a los de avanzada edad. Para Monseñor Márquez es un inmenso placer explicar cómo los cristianos deberíamos celebrar con gran gozo el día de nuestro bautismo, pues es el verdadero nacimiento, el nacimiento a la fe Católica, a la vida en abundancia.

         Personalmente tuve la oportunidad de conocer mi fecha de bautismo cuando estaba por ingresar al Propedéutico del Seminario de Mérida, pues era un requisito necesario para la admisión presentar la Fe de Bautismo actualizada. En aquel 2013 no tenía ni idea del día y el año exacto, lo que lograba recordar mi mamá era que fue por un diciembre. Al pedir la Fe de Bautismo en el Despacho Parroquial de Regla, me fue exonerado el estipendio convenido, por disposición del Presbítero Aldemar Villasmil Torres, noble gesto de gran ayuda para un bachiller en diligencias previas al ingreso de un Seminario.

         Según esa Fe de Bautismo, que en realidad es un “Certificado de Bautismo”, los datos están ubicados en el Libro XLIX, en el Folio 011, en el Número 32, del Año 2000-2002, y para los documentos oficiales de la Iglesia Católica en la posteridad, mis padrinos fueron Williams Riobot y Marina del Carmen Ramírez Albarrán, el ministro fue el Presbítero Honegger Molina, y la fecha de mi nacimiento oficial a la fe, fue el glorioso 23 de diciembre del año 2000, en el templo parroquial de Nuestra Señora de Regla de Tovar, hoy día Santuario Arquidiocesano. Contaba yo con 5 años de edad, por eso las fotografías me ayudan a rememorar aquella escena, y recordar es vivir. Ahora bien, el relato no termina aquí, sino que apenas comienza. ¿Por qué me animo a escribir estas líneas?

         Estando en mi año de trabajo pastoral, en la Rectoría de Santa Lucía en Caño Blanco, estado Zulia, me correspondió dictar dos rondas de talleres sobre los siete sacramentos de la Iglesia. En estas circunstancias, al meditar y estudiar personalmente sobre el sacramento del Bautismo, noté que había algo por definir en cuanto a mi propio Bautismo. De inmediato recordé que yo tenía “padrinos de agua” y “padrinos de bautizo”, pero ¿qué significaba eso realmente? ¿Es que acaso fui bautizado dos veces?

Desde pequeño me acostumbré a ver en el álbum familiar las fotografías de mi infancia. En ellas tenemos una imagen con un evento bastante particular, ya que mi mamá había decidido “echarnos el agua”, a mi hermana y a mí, para ello buscó a mi bisabuela Tomasa Rafaela Castillo, de 90 años de edad, y por padrinos para mí buscó a Williams Riobot y Elda Pernía, todos se reunieron en casa de mi abuela Eva, y es así como en la noche del 13 de abril de 1996, con motivo del cumpleaños de mi hermana mayor, fueron pronunciadas sobre mí las palabras que abren el cielo: “Yo te bautizo, en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo”. Tenía cuatro meses y tres días de nacido.

Entonces, si la Fe de Bautismo dice que fui bautizado el 23 de diciembre del 2000, ¿por qué me “echaron el agua”, es decir, me bautizaron el 13 de abril de 1996? ¿Recibí dos bautismos? ¿Cuál es el válido y cuál no lo es?

Para responder estas interrogantes debemos tener claro lo que nos dice el Catecismo de la Iglesia Católica, en resumen:

“El rito esencial del Bautismo consiste en sumergir en el agua al candidato o derramar agua sobre su cabeza, pronunciando la invocación de la Santísima Trinidad…”; “El Bautismo imprime en el alma un signo espiritual indeleble, el carácter, que consagra al bautizado al culto de la religión cristiana. Por razón del carácter, el Bautismo no puede ser reiterado”; “En caso de necesidad, toda persona puede bautizar, con tal que tenga la intención de hacer lo que hace la Iglesia, y que derrame agua sobre la cabeza del candidato diciendo: "Yo te bautizo en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo"[1]”.
         Ahora bien, vamos a tratar de concluir de manera justa. Ciertamente el primer bautizo, cuando me “echaron el agua”, es el válido, entonces, preciso y manifiesto públicamente que fui bautizado por mi bisabuela cuando yo tenía cuatro meses y tres días de nacido. Pero, ¿qué pasa con el Bautismo en la Iglesia de Tovar? Pienso que no era necesario volverme a bautizar, pues ya estaba bautizado. Lo único necesario era “manifestar[2]” al sacerdote que yo ya había sido bautizado por mi bisabuela, el sacerdote, conocedor de la teología católica habría procedido a ungirme con el Santo Crisma, para así asentarme en un libro oficialmente, como bautizado, como católico. ¿Por qué las cosas no sucedieron así? Porque la ignorancia es atrevida.

         La costumbre de “echar el agua” fue una opción de la pastoral de la Iglesia, que en momentos de escasez de sacerdotes, y buscando la salvación de las almas, permitió que personas distinguidas bautizaran a los recién nacidos, para luego solamente ser ungidos por el sacerdote. Se trataba de personas designadas para eso, no existía ningún problema en crismar a esos infantes ya bautizados por laicos, era la flexibilidad de la Iglesia, por la escasez de sacerdotes y lo retirado de las comunidades rurales. Esta costumbre es actualmente innecesaria, pero no ha sido abolida del todo por el común de los fieles. Sin embargo, para el Concilio Plenario de Venezuela, “La costumbre de “echar el agua” a los niños propicia el hábito de retrasar el Bautismo de éstos[3]”, lo que significa claramente, que para el texto citado, esta costumbre no representaría el Bautismo sacramental como tal. ¿Se equivoca el Concilio Plenario de Venezuela en esta materia? No lo sé. Pero lo diáfano que es el texto del Catecismo de la Iglesia Católica no deja lugar a dudas.
“Unus Dominus,
una fides,
unum baptisma;
unus Deus et Pater omnium,
qui super omnes et per omnia et in omnibus”
(Ephesios 4, 5-6)

P.A
García



[1] Catecismo de la Iglesia Católica, numerales: 1278, 1280, 1284.
[2] 878 Si el bautismo no fue administrado por el párroco ni estando él presente, el ministro, quienquiera que sea, debe informar al párroco de aquella parroquia en la cual se administró el sacramento, para que haga la inscripción según indica el c. 877 § 1.
[3] Concilio Plenario de Venezuela, Documento Conciliar N°10,  La Celebración de los Misterios de la
Fe, #8.