Madre de los
Dolores,
junto a tu imagen
tarmeña
quiero meditar la
reseña
de tus
sufrimientos y honores.
Ya el anciano
Simeón
te profetizó,
María,
que tu Hijo Jesús
sería
signo de
contradicción.
Y esta palabra
imprimió
en tu santo
corazón
la cruenta
meditación
desde que el
Verbo nació.
Luego, para
salvar la vida,
corriste con
Jesús a Egipto,
y san José de
aquel edicto
que obligó a tal
huida.
Y el Niño Jesús,
crecido,
con doce años
contados,
en el Templo fue
encontrado
cuando en
Jerusalén fue perdido.
Virgen buena del
Rosario,
primera discípula
de Cristo,
aun con todo lo
previsto,
del pesebre hasta
el Calvario.
Madre bendita,
sufriste
al tener a tu
Hijo Jesús
muerto, colgado
en la cruz,
cuando vejado lo
viste.
Y cuando en tus
brazos reposó
aquel cuerpo ya
sin aliento,
soportaste el
sufrimiento
que solo Juan
consoló.
Y en el sepulcro
no arredra
presenciar la
sepultura,
en cándida
envoltura,
cuando rodaron la
piedra.
Virgen María, te
pido
por todas mis
intenciones;
a ti elevo mis
oraciones
cuando de ti me
despido.
Gracias, Madre
bondadosa,
por visitar mi
habitación
y darme la
bendición
de tus manos
generosas.
Nadie pase este
portal
sin que diga por
su vida
que María fue
concebida
sin pecado
original.
Amén.

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