miércoles, 10 de diciembre de 2025

Mi cumpleaños n° 30

Inicio los treinta y a por muchos más...


Cuenta la Tradición que Cristo inició su vida pública a los treinta años, luego de haber permanecido “oculto” en Nazaret y sus alrededores, dedicado al oficio de constructor o carpintero. A partir de esa edad comenzó la predicación del Reino durante tres años, hasta su crucifixión en Jerusalén. Hoy, precisamente, he alcanzado yo también esa cifra simbólica: treinta años de vida. Veinticinco vividos intensamente en Venezuela y los últimos cinco en el Perú, tierra que me ha acogido y donde continúo mi camino vocacional.


Mi esperado 10 de diciembre comenzó muy temprano. A las 5:30 de la mañana debíamos estar listos para dirigirnos al aeropuerto de Ayacucho con destino a Lima. Viajé acompañado de mis hermanos seminaristas de Ayacucho y de mis dos padres formadores, pues se trataba del paseo de fin de año programado para estas fechas decembrinas. En Lima, sin embargo, tuve que separarme momentáneamente del grupo y adelantar mi vuelo hacia Arequipa debido a una corrección en mi segundo apellido que figuraba en el boleto. La situación fue curiosa: bajé del avión y volví a subir al mismo, esta vez con rumbo a la llamada “ciudad blanca”.

Durante el trayecto aéreo, un tanto pensativo por la fecha que celebraba, recibí una grata sorpresa por parte de la tripulación de Latam. Uno de los azafatos se acercó para felicitarme por mi cumpleaños y me entregó una pequeña bolsa con galletas junto a una tarjeta de salutación. El gesto me tomó desprevenido y me conmovió sinceramente. Aunque no se tratara de amigos cercanos o conocidos, agradecí de corazón aquella delicadeza tan humana.

Ya en Arequipa aguardé en el aeropuerto a mis hermanos, muchos de los cuales —a pesar de conocer la fecha de mi onomástico— la habían pasado por alto, para mi desánimo. Nos instalamos en el hostal y luego salimos a almorzar al centro de la ciudad, en un mercado donde degustamos comida típica de la región. Por la tarde descansamos brevemente y después nos dirigimos a la Plaza de Armas y a la Catedral. Allí realizamos una visita devota y aprovechamos para tener un momento de oración ante el Santísimo Sacramento, en la capilla del sagrario. De rodillas ante el Señor, le presenté mis deseos e intenciones en este día en que cumplía treinta años. Dios sabe lo que le pedí con fe para el año 2026; solo Él conoce lo que es verdaderamente bueno para mí, y así lo acepto.

Esa noche participamos en la Santa Misa en un templo cercano a la catedral. Pude vivirla con especial recogimiento y gratitud, agradeciendo a Dios por el don de la vida y de la vocación, ahora con treinta años y cada vez más cerca de la meta, que no es un final, sino el comienzo de una vida consagrada totalmente a Dios y a su pueblo.

Más tarde, antes de cenar en una chifa, visitamos el imponente convento-museo de Santa Catalina de Siena, en Arequipa, lugar donde vivió y se santificó la beata Sor Ana de los Ángeles Monteagudo. Ya de regreso en el hostal, me adelanté para ducharme y descansar. Sin embargo, al estar listo, me llamaron a una pequeña sala donde me esperaban todos mis hermanos seminaristas junto a los dos formadores, con una torta improvisada para cantarme el “Cumpleaños feliz”. No había vela, pero uno de ellos, con notable ingenio, colocó en su teléfono la imagen de una vela encendida; al soplarla, apagó la pantalla con el dedo, haciendo ver que efectivamente había cumplido el rito. Luego siguieron las palabras de cada uno: mensajes sinceros, atentos y cargados de buenos deseos, que agradecí profundamente al final.

Este fue otro de tantos cumpleaños lejos de la familia. Ellos, no obstante, me habían escrito desde temprano, haciéndome sentir su cercanía. Mi mejor regalo fue, sin duda, la oportunidad de conocer el sur del Perú en un periplo que terminó siendo incluso binacional.

Desde Arequipa, el día 11 de diciembre, nos dirigimos al Santuario de la Virgen de Chapi, un moderno recinto de enormes proporciones, donde celebramos la Santa Misa. Luego, por la noche, continuamos hacia Puno, a donde llegamos el día 12, visitando su catedral y el lago Titicaca con sus islas flotantes. Al día siguiente, 13 de diciembre, arribamos a Desaguadero, la frontera entre Perú y Bolivia. A pesar de la negativa inicial de las autoridades migratorias bolivianas para permitirme el ingreso, finalmente crucé junto al grupo de seminaristas y sacerdotes, rogando a Dios que no encontráramos ningún control terrestre. El Señor escuchó nuestra súplica.

En Bolivia conocimos Tiawanaco, El Alto y La Paz, donde pasamos la noche. Al día siguiente, 14 de diciembre, partimos hacia Copacabana para visitar el Santuario de la Virgen; allí alcanzamos a escuchar media misa antes de emprender el regreso a Puno. Finalmente, el 15 de diciembre, nos dirigimos a Juliaca, desde donde tomamos un vuelo a Lima y regresamos ese mismo día a Ayacucho.

Así cumplí mis treinta años con alegría, en tres ciudades distintas del Perú: Ayacucho, Lima y Arequipa, recorriendo nuevos lugares y completando, casi sin buscarlo, mi paso por los cinco países liberados por Simón Bolívar. Dios me ha concedido conocer Caracas, en Venezuela; Bogotá, en Colombia; Quito, en Ecuador; Lima, en Perú; y La Paz, en Bolivia. Un itinerario geográfico que acompaña, silenciosamente, otro más profundo: el del alma que camina, agradecida, bajo la providencia de Dios.



viernes, 21 de noviembre de 2025

Palabras de despedida y agradecimiento al padre Eusebio Pascual, operario diocesan

SACERDOTE EJEMPLAR

Querido padre Eusebio:

De parte de los seminaristas de la Arquidiócesis de Ayacucho, quiero hacerle extensivo nuestro agradecimiento por estos años en los que ha servido en este Seminario San Pío X de Huancayo. Usted conoce a algunos de nuestros hermanos desde hace años; a otros nos ha recibido recientemente, pero todos, sin duda alguna, le guardamos el mismo cariño y el mismo respeto. Por supuesto, nos entristece que tenga que irse, pero sabemos que asumirá la nueva misión que le encarga la Hermandad de Operarios Diocesanos con la alegría y el optimismo que lo caracterizan, y que es precisamente lo que nos ha enseñado en nuestras clases, en las Eucaristías y, por supuesto, en la dirección espiritual. Nos ha enseñado a ser obedientes y a ver la voluntad de Dios en las decisiones de los superiores.

Llega entonces el momento de despedirlo. Queremos decirle que lo recordaremos siempre con mucho cariño. Esperamos mantener el contacto vía telefónica, como usted mismo lo ha sugerido, para cualquier consulta o necesidad que tengamos. Sabemos que en usted encontraremos ese consejo oportuno y esa voz de sacerdote y de anciano que nos ilumina y nos enseña lo que debemos hacer, porque usted ya ha vivido y tiene una experiencia profunda, sobre todo en este campo de la formación sacerdotal.

Padre Eusebio, muchísimas gracias por su presencia, por su testimonio, por su perseverancia. Cuando orábamos por su salud, lo hacíamos con mucha fe, y cuando lo vimos regresar de España, luego de su operación y de su recuperación, nos dimos cuenta de dos cosas: en primer lugar, que la oración tiene poder, y en segundo lugar, que en usted había ese ánimo y entusiasmo por seguir acompañándonos, por concluir su tarea con nosotros en este seminario. Eso se agradece; es un gran testimonio y lo vemos como un ejemplo a seguir.

Ahora, la nueva comunidad que lo recibirá —en cualquier parte del mundo donde esté— de seguro sabrá reconocer lo que nosotros hemos tenido: un sacerdote valioso, importante, que tiene muchísimo que aportar a la formación de los jóvenes seminaristas y futuros sacerdotes.

Gracias, padre Eusebio. Gracias a la Hermandad de Operarios Diocesanos por permitirnos compartir con sacerdotes como usted, a quien siempre recordaremos con mucho cariño. Esperamos que tenga un trabajo muy fructífero en su nueva misión.

domingo, 16 de noviembre de 2025

Fuera de los pobres no hay salvación

 Fuera de los pobres no hay salvación

Este título, tan sugerente como controversial, es el de uno de los libros del teólogo Jon Sobrino, publicado en 2007. También fue el título de la homilía dominical de un sacerdote jesuita venezolano[1] en la Jornada Mundial de los Pobres, el domingo 16 de noviembre de 2025, fecha en la que además se prologa este libro.

El padre Molina, desde la sede de Radio Nacional de Venezuela en Caracas, introduce su reflexión sobre el evangelio leído (Lc 10, 25-37, “El buen samaritano”), recordando que la Jornada Mundial de los Pobres fue instituida por el apreciado papa Francisco para recordarnos lo que, a su vez, caracterizó su pontificado: levantar la voz por los más excluidos, por los pobres, por los inmigrantes, por los pueblos atropellados, y por aquello a lo que estamos llamados como Iglesia.

Como testimonio de este llamado, el padre presentó la vida de Ignacio Ellacuría, S.I., uno de los seis jesuitas asesinados en El Salvador el 16 de noviembre de 1989. Ellacuría, entonces superior de la Universidad Centroamericana, fue ejecutado por el ejército junto a sus hermanos de comunidad y a una mujer laica con su hija.

Retomando el evangelio, el padre Molina resalta que la pregunta del Doctor de la Ley a Jesús es, en esencia, una pregunta por la salvación: “Maestro, ¿qué debo hacer para poseer la vida eterna?”. Recuerda de inmediato aquella conocida premisa de la doctrina católica que afirma que “fuera de la Iglesia no hay salvación”, para luego presentar la propuesta de Sobrino, teólogo centroamericano, quien afirmó: “fuera de los pobres no hay salvación”. Así, ante la pregunta del Doctor de la Ley sobre cómo alcanzar la salvación, Jesús no se limita al cumplimiento de los Mandamientos —amar a Dios y al prójimo como a uno mismo— que, aunque cruciales, no agotan su respuesta. Jesús va más allá y responde con la parábola del buen samaritano ante la nueva pregunta del Doctor de la Ley sobre quién es realmente su prójimo.

La parábola es conocida: un sacerdote y un levita pasaron junto al hombre medio muerto al borde del camino y lo ignoraron; pero un samaritano, al verlo, se compadeció de ese pobre, de ese hombre en extrema precariedad, despojado de todo por los salteadores. El padre Molina detalla entonces las actitudes del amor hacia los pobres y nuestras disposiciones para atenderlos. La primera es la compasión: ante los pobres, lo primero es compadecerse, es decir, sentir en nosotros lo que ellos viven. Compadecerse ante el rostro de los enfermos, los abandonados, los ancianos, los niños, los jóvenes en riesgo de caer en drogas o delincuencia, los indígenas, los inmigrantes, las madres que sufren porque tienen un hijo privado de libertad… El rostro del pobre de esta parábola era, además, el rostro de la muerte, pues el texto evangélico señala que lo habían dejado medio muerto. Lo primero es compadecerse.

En segundo lugar, el samaritano se acerca. Acercarse a los pobres significa ir donde ellos están y ponerse a su lado, sin rechazo ni distancia, superando la aporofobia —ese desprecio o repulsión hacia los pobres—. Esta actitud, señalada por el papa Francisco en la presentación del libro “Iglesia, pobre y para los pobres” del cardenal Gerhard Ludwig Müller, nos interpela cuando él pregunta: “¿Quién de nosotros no se siente incómodo incluso frente a la sola palabra «pobreza»?”[2]. Su reflexión subraya precisamente la dificultad humana de mirar la pobreza de frente, y al mismo tiempo nos invita a vencer ese miedo para imitar la cercanía compasiva del samaritano.

En tercer lugar, el samaritano lo unge con aceite y vino; con lo que llevaba consigo le brindó ayuda, un auxilio que le salvó la vida. Esta unción nos recuerda el gesto de la mujer anónima de Betania.

En cuarto lugar, luego de vendar sus heridas y montarlo en su cabalgadura, lo trasladó a una posada, a un lugar seguro. El padre Molina destaca que el samaritano dejó que el pobre encontrado en el camino cambiara su agenda. Y los cristianos de hoy estamos llamados a dejarnos cambiar la agenda por los pobres, quienes muchas veces no figuran en nuestros planes. El samaritano interrumpió su viaje, descendió de su mula, se puso al lado del pobre, lo atendió con lo poco que tenía en ese momento y luego derrochó en él su generosidad, dejando dos denarios para su cuidado y comprometiéndose a pagar cualquier gasto adicional a su regreso. El samaritano desaparece al final de la parábola porque sirve y ama sin hacer ruido.

Finalmente, es Jesús quien interroga al Doctor de la Ley, preguntándole cuál de los tres —el sacerdote, el levita o el samaritano— se había comportado como prójimo del hombre herido. La respuesta del Doctor de la Ley, aunque clara, es también evasiva, pues no menciona explícitamente al samaritano; se limita a decir: “el que tuvo compasión de él”.

El padre Molina concluye afirmando que aquel samaritano, ese día, se ganó el cielo: al atender al pobre, ganó la salvación, que era precisamente la pregunta inicial del Doctor de la Ley. En consecuencia, fuera de los pobres no hay salvación; o, dicho de otra manera, amar a Dios a través de la caridad hacia los pobres nos otorga la aprobación divina, nos hace más cercanos a Dios y, en definitiva, nos salva.

Como ya dijimos, el título del libro de Jon Sobrino, “Fuera de los pobres no hay salvación”, es a su vez el tercer capítulo de su obra "Extra pauperes nulla salus", frase que es tan novedosa como provocadora y, sin duda, profundamente contracultural. Como lo afirma el mismo autor en el prólogo de su libro, corresponderá al lector juzgar cuán racional o razonable resulta esta afirmación. Sobrino fue consciente de que, al abordar el tema, le asaltaron la perplejidad y el desasosiego; sin embargo, conservó la esperanza de que otros puedan criticar, enriquecer y completar esta reflexión. En cualquier caso, Sobrino mantiene el título como una llamada urgente a tomar en serio la postración de nuestro mundo y a reconocer que, en ese “abajo” de la historia tantas veces ignorado, incomprendido y despreciado, se encuentra también la posibilidad de salvación[3].

La soteriología no entra en conflicto con lo expuesto hasta ahora, pues nadie niega que la salvación nos viene de Jesús y solo de Él, el Hijo de María, a través de su muerte en la cruz y su gloriosa resurrección. Sin embargo, es igualmente cierto que el Cristo que murió en la cruz fue un Hombre-Dios pobre, porque —como ya hemos señalado— que el Verbo se haya hecho carne significa que Dios se hizo pobre. En consecuencia, fuera de Cristo pobre no hay salvación.



[2] MÜLLER, G., (2014), Iglesia pobre y para los pobres, con escritos de Gustavo Gutiérrez y Josef Sayer, San Pablo, p. 5.

[3] SOBRINO, J., (2007), Fuera de los pobres no hay salvación, pequeños ensayos utópico-proféticos, Trotta, p. 15.

sábado, 15 de noviembre de 2025

Jesús: ungido para los pobres

        Ungido para los pobres: una lectura pastoral de Mc 14,1-9

         No es casual que la crítica tan dura a la unción provenga de Judas, el traidor. Este detalle revela una gran verdad sintetizada por el papa Francisco: “quien no reconoce ni valora a los pobres, traiciona el corazón del mensaje de Jesús y no puede considerarse verdaderamente su discípulo”[1]. Es por eso que en esta exégesis se ha enfatizado en la estrecha relación de la unción con la opción de Jesús por los pobres.

Como se ha señalado, con este pasaje de Mc 14,1-9 comienza el relato de la pasión de Jesús. El contexto es claro: faltan solo dos días para la Pascua, la fiesta que conmemora la liberación de Israel, durante la cual el Mesías será entregado a la muerte y resucitará. En este momento decisivo, Jesús se encuentra en Betania, una localidad cercana a Jerusalén, en la casa de Simón, quien había sido leproso, pero fue sanado por el Señor. Ya no está frente a las multitudes enseñando en parábolas, sino que comparte una cena íntima con sus más cercanos. En medio de esta comida festiva, una mujer se acerca y, con un gesto de generosidad y ternura, unge a Jesús. Su acción transforma el ambiente: no busca protagonismo, sino que, a través de su gesto, sitúa a Jesús en el centro del encuentro. En ese instante, queda claro que lo más importante no es ella ni el perfume, sino Él y lo que está por acontecer.

La escena principal tiene lugar durante un banquete de los grandes preparativos ante las fiestas[2]. En aquella sociedad antigua, donde el pan era escaso y la mayoría del pueblo vivía en la pobreza, una comida abundante representaba una verdadera celebración. El anfitrión es Simón, llamado «el leproso», alguien que en su momento fue marginado por su enfermedad, pero que, una vez sanado, ahora abre su casa para compartir con otros. En este ambiente festivo —marcado por la comida, la alegría y el aroma de un perfume costoso que una mujer derrama sobre Jesús—, se anticipa, sin embargo, la cercanía de su pasión: la cruz ya proyecta su sombra sobre Él

Una mujer sin nombre —identificada como María, hermana de Lázaro, en Juan 12,3— derrama un costoso perfume de nardo puro sobre la cabeza de Jesús. Se trata de un ungüento de gran valor: teniendo en cuenta que un denario equivalía al salario de un día (Mt 20,2), el perfume representaba aproximadamente el sueldo de todo un año, unos trescientos denarios, según el cálculo de los hipócritas presentes. Frente a la cercanía de la muerte de Jesús, esta mujer “hizo lo que pudo”, al igual que la viuda del templo que “dio todo lo que tenía” (Mc 12,44). Mujeres como ellas transforman el mundo con gestos sencillos, pero profundamente significativos. La mujer de Betania realizó una “obra buena”: anticipó la unción del cuerpo de Jesús para su sepultura, tal como hacía Tobit (Tob 1,16-18). Por eso, Jesús la defiende con firmeza y la elogia con una promesa conmovedora: “dondequiera que se anuncie el evangelio en todo el mundo, se contará también lo que ella hizo, para que se recuerde su memoria”.

Jesús es el Mesías que sufre. En su evangelio, Marcos ofrece un detalle significativo: la mujer derrama el perfume “sobre la cabeza” de Jesús (Mc 14,3; Mt 26,3), a diferencia de lo que narran Juan y Lucas, donde el ungüento se vierte sobre los pies (Jn 12,3; Lc 7,38). En la tradición de Israel, la unción en la cabeza era un signo reservado para reyes, profetas y sacerdotes (1 Sam 10,1; 2 Re 9,3.6; Sal 133). Con este gesto, el evangelista insinúa que Jesús es el Mesías consagrado por Dios. Justo en el momento en que va a ser entregado a la muerte, una mujer piadosa reconoce su dignidad real y mesiánica. A pesar de la traición de los hombres, Jesús permanece como el escogido de Dios. Todo el relato gira en torno a Él: algunos buscan entregarlo, otros lo honran con amor. Jesús es, indiscutiblemente, el centro de la escena.

Así como Jesús ocupa el centro de la escena en Betania, también los pobres tienen un lugar central en su corazón y en todo su pensamiento. Su vida, su predicación y sus gestos lo confirman constantemente: Jesús no solo se acercó a los pobres, sino que se identificó con ellos hasta el extremo de decir que lo que se hace con ellos, se hace con él mismo (Mt 25,40). La opción preferencial por los pobres no es un añadido marginal al Evangelio, sino una consecuencia lógica y necesaria del seguimiento auténtico de Cristo.

Por eso, quien se proclame discípulo de Jesús —sea catequista, sacerdote, religioso o laico— no puede mantenerse indiferente ante el sufrimiento de los excluidos, ni vivir una espiritualidad desvinculada de la justicia. Ser amigo de los pobres no se reduce a un sentimiento pasajero de compasión, sino que implica un compromiso profundo, una relación de cercanía, respeto, escucha y solidaridad. Y es que, sin verdadera amistad con los pobres, no hay caridad real, porque la caridad evangélica no es dar desde arriba, sino compartir desde abajo, desde la humildad del servicio.

La mujer que unge a Jesús lo intuye: su gesto amoroso no es un lujo superfluo, sino un acto profético. Mientras algunos piensan en “el dinero que se podría haber dado a los pobres”, ella reconoce a Jesús, el primer pobre, el Mesías sufriente, y lo honra con lo mejor que tiene. En ese momento, sin palabras, ella recuerda que solo quien ama de verdad a Cristo, ama también a los pobres. Porque no se puede amar al Señor sin amar su cuerpo, que son los pequeños, los olvidados, los últimos. Allí donde están los pobres, está también el corazón de Cristo latiendo con fuerza.

Una Iglesia pobre y para los pobres puede parecer un mensaje revolucionario o novedoso, pero en realidad está enraizado profundamente en la tradición cristiana. Ya el Concilio Vaticano II afirmaba con claridad que “la Iglesia debe caminar, impulsada por el Espíritu Santo, por el mismo camino que recorrió Cristo: el camino de la pobreza, la obediencia y el servicio”[3]. La opción por los pobres no es una idea nueva, sino una llamada constante del cristianismo. En tiempos recientes, especialmente durante el pontificado del papa Francisco, se ha tomado mayor conciencia de que la Iglesia solo es fiel a Cristo si camina con los pobres y se deja evangelizar por ellos.

La homilía 50 de san Juan Crisóstomo sobre san Mateo sirve de resumen para esta opción preferencial por Jesús y por los pobres que se ha planteado; allí se trata sobre los frutos eficaces de la eucaristía y cómo proceder: “¿Queréis de verdad honrar el cuerpo de Cristo? No consintáis que esté desnudo. No lo honréis aquí con vestidos de seda y fuera le dejéis padecer de frío y desnudez (...) ¿Qué le aprovecha al Señor que su mesa esté llena toda de vasos de oro, si él se consume de hambre? Saciad primero su hambre y luego, de lo que os sobre, adornad también su mesa (...) Al hablar así, no es que prohíba que también en el ornato de la iglesia se ponga empeño; a lo que exhorto es que (...) antes que eso, se procure el socorro de los pobres (...) Mientras adornas, pues, la casa, no abandones a tu hermano en la tribulación, pues él es templo más precioso que el otro”[4].

La lógica del Evangelio es sencilla: primero los pobres. Primero está atender a Jesús, presente en los pobres, y luego todo lo demás: el ornato, la belleza de la liturgia, el orden, la pulcritud y la dignidad de los templos. Primero el vestido y el alimento de los demás, luego el nuestro. Esta es la enseñanza que nos deja Jesús en la unción de Betania: la preferencia por Jesús solo es auténtica cuando se expresa en la caridad, la amistad y el amor concreto hacia los pobres, sus predilectos.

No se puede servir a Dios y al dinero (Lc 16,13), expresó el Señor para darnos a entender que primero está él y los pobres y luego sí todo lo demás.



[3] CONCILIO VATICANO II, (1965), Decreto Ad Gentes, n°5.

[4] SAN JUAN CRISÓSTOMO, (1956), Obras completas II, Biblioteca de Autores Cristianos, pp. 80- 82.

miércoles, 22 de octubre de 2025

Un testimonio de amor a los pobres

Un testimonio de amor a los pobres

         El 15 de julio de 2024 tuve la dicha de conocer al padre Gustavo Gutiérrez-Merino, sacerdote limeño, padre de la Teología de la Liberación y referente mundial de la reflexión teológica sobre los pobres y el servicio a los más necesitados. Tenía entonces 96 años de edad cuando lo visité en su departamento, apenas tres meses antes de su fallecimiento, ocurrido el 22 de octubre de ese mismo año.

En la recepción le presenté dos de sus libros con la esperanza de que pudiera firmarlos: la última edición de Teología de la liberación. Perspectivas y La fuerza histórica de los pobres. Al tomar este último entre sus manos, nos dirigió una reflexión conmovedora. Señalando el texto, dijo con voz serena pero firme que, efectivamente, él había escrito aquel libro; sin embargo —añadió—, la misión aún no había concluido, porque todavía era necesario ir en busca de los pobres.

Consciente de sus limitaciones físicas y de su avanzada edad, reconoció que él ya no podía hacerlo, pero nos miró uno a uno y, señalándonos con profunda ternura y autoridad espiritual, nos confió esa tarea: amar a los pobres.

El padre Gustavo escribió mucho sobre esta realidad, pero más allá de sus libros, su vida misma fue un mensaje. Sus palabras y su testimonio siguen inspirando a tantos a optar con amor, decisión y esperanza por los pobres, en quienes Cristo continúa manifestando su rostro.

Y así es. La misión continúa, porque “pobres tendremos siempre con nosotros”, y debemos estar dispuestos a hacerles bien siempre, con todas nuestras fuerzas y desde nuestra propia pobreza. Darlo todo, darnos, donarnos, como Cristo, hasta la muerte.

Mons. Pedro Casaldáliga Pla escribió un hermoso poema[1] dedicado, principalmente, al padre Gustavo Gutiérrez. Sin embargo, su contenido no se centra tanto en la persona del teólogo, sino en la misión que compartimos todos los cristianos: la opción preferencial por Jesús presente en los pobres.

Comparto a continuación algunos de los versos que mejor expresan esta llamada a amar a Dios haciendo algo concreto por los pobres, quienes estarán siempre entre nosotros.

 

¿Por dónde iréis hasta el cielo

si por la tierra no vais?

¿Para qué vais al Carmelo

si subís y no bajáis?

Ese subir al Carmelo representa, sin lugar a dudas, la vocación del ser humano al encuentro con Dios en la oración. Sin embargo, no se trata de permanecer allí, en una elevación que ignore la realidad terrena, sino de saber descender: mirar el mundo con sus necesidades y actuar en consecuencia. Porque a la oración se lleva la acción, para que la acción misma se transforme en oración.

Esta idea la recuerda el papa León XIV en Dilexi te n.° 98, citando la Instrucción sobre algunos aspectos de la “Teología de la liberación” (1984), cuando afirma: “La preocupación por la pureza de la fe ha de ir unida a la preocupación por aportar, con una vida teologal integral, la respuesta de un testimonio eficaz de servicio al prójimo, y particularmente al pobre y al oprimido.”

Hay una frase atribuida a Ludwig Wittgenstein que ilumina profundamente este llamado a comprometernos con los pobres. El filósofo, al dirigirse a sus alumnos y animarlos a una experiencia viva y concreta, exclamó: “¡No piensen, miren!”.

De modo semejante, podemos decirnos nosotros al finalizar esta lectura reflexiva: no pensemos únicamente en los pobres, miremos a los pobres. Es decir, vayamos a su encuentro, contemplemos sus rostros, reconozcamos sus sufrimientos y percibamos su profunda necesidad de justicia.

Solo al mirar verdaderamente podremos actuar, porque el mirar es el primer paso para involucrarnos en la construcción del Reino de Dios, un Reino de paz, justicia y fraternidad.

 

¿Es la curia o es la calle

donde grana la misión?

Si dejáis que el Viento calle

¿qué oiréis en la oración?

Aquí encontramos una invitación muy particular dirigida a la curia, es decir, a todos aquellos que participan en el gobierno de la Iglesia. En primer lugar, se alude especialmente a los sacerdotes, a quienes se interpela acerca de su vivencia de la misión. No se trata de afirmar que la curia no sea misión —pues ciertamente necesitamos del buen pastoreo que se gesta y se bendice también desde las curias—, sino de recordar que no podemos quedarnos encerrados en la oficina, porque la misión florece en la calle, donde realmente grana el Evangelio.

Desde mi propia experiencia como trabajador de una curia, he podido comprobar que también allí llegan los pobres buscando ser escuchados y atendidos. La curia, en ese sentido, es también misión y evangelización, siempre que se acoja con espíritu de paternidad, cercanía y disponibilidad a quienes llegan. Muchos de ellos acuden con sus problemas, pero también con sus dones: con lo poco o mucho que producen sus manos, piden la ayuda espiritual y material que la Iglesia puede ofrecerles.

De modo que tanto la curia como la calle son espacios de misión. En ambos lugares se puede —y se debe— servir a los pobres. Porque en las calles hay pobres, y a las curias también llegan los pobres. Sin embargo, no basta con esperar a que vengan: lo más evangélico es salir a su encuentro, para encontrarnos nosotros mismos con Cristo en ellos.

 

Si el Señor es Pan y Vino

y el Camino por do andáis,

si al andar se hace camino

¿qué caminos esperáis?

Este último verso encierra una profundísima reflexión teológica, pues, en primer lugar, reconoce la presencia real de Cristo en la Eucaristía, pero enseguida lo presenta también como el Camino por donde se debe andar. Cristo es, efectivamente, el Camino, la Verdad y la Vida, y en Él la Iglesia encuentra su rumbo y su destino. La expresión evoca, además, aquella célebre frase de Antonio Machado: “se hace camino al andar”. Así, el camino que hoy recorre la Iglesia es el camino de la pobreza, entendido como testimonio concreto del amor de Dios.

La vocación a la que estamos llamados en este tercer milenio, como nos recuerda el papa Francisco, es la vocación a la sinodalidad: a escucharnos mutuamente, a encontrarnos, a salir de nuestros propios esquemas mentales y a poner a Cristo en el centro. Se trata de llevar el Evangelio en el corazón y manifestarlo en las obras, comenzando —como bien sabemos— por los más pobres, en quienes Cristo mismo se hace presente y nos sale al encuentro.

miércoles, 15 de octubre de 2025

La letanía de los santos que más amaron a los pobres

La letanía de los santos que más amaron a los pobres

         El Santo Padre León XIV en su primer documento pontificio de carácter magisterial, -su exhortación apostólica Dilexi te- propone y desarrolla una lista de santos y santas que se han caracterizado por un amor especial a los pobres, y a través de los pobres al mismo Señor. Estos cristianos lograron la santidad por su entrega, reconocimiento y servicio de Cristo en los más desfavorecidos del mundo. A ellos, pues, podemos rogar para tener nosotros sus mismos sentimientos y dedicarnos al hacer el bien siempre y en todo lugar a los más pequeños, los desposeídos, los maginados y desamparados.

         La lista la conforman un total de cuarenta santos mencionados por el Papa, que ahora presento ordenados cronológicamente, desde los primeros siglos del cristianismo hasta la época contemporánea. Cada uno de ellos, a su modo, encarnó el Evangelio del amor y del servicio, siendo testimonio vivo de la caridad que nace del encuentro con Cristo.

Y al final, me tomo la libertad de agregar un último santo, canonizado recientemente, cuyo ejemplo en el ejercicio de su profesión destaca por la caridad y la entrega a los pobres, signo luminoso de que la santidad sigue floreciendo en nuestros días desde el trabajo ordinario.

1.     San Pablo, que siempre se acordó de los pobres en su ministerio (Ga 2,10). (Dilexi te, n° 33).

2.     San Ignacio de Antioquía, que camino del martirio, exhortaba a los fieles de la comunidad de Esmirna a no descuidar el deber de la caridad para con los más necesitados. (Dilexi te, n° 39).

3.     San Justino Mártir, destacó que en el centro de la liturgia cristiana no se puede separar el culto a Dios de la atención a los pobres. (Dilexi te, n° 40).

4.     San Cipriano de Cartago, que durante una peste en la esta ciudad recordó a los cristianos la importancia del cuidado de los infectados. (Dilexi te, n° 49).

5.     San Lorenzo, diácono, que mostró a los pobres a las autoridades romanas, diciendo: “Estos son los tesoros de la Iglesia”. (Dilexi te, n° 38).

6.     San Basilio Magno, que no vio contradicción entre la vida de oración y recogimiento de los monjes y la acción en favor de los pobres. (Dilexi te, n° 53).

7.     San Gregorio Nacianceno, que, refiriéndose a la atención a los pobres, invitó a sus contemporáneos con etas palabras: “visitemos a Cristo, curemos a Cristo, alimentemos a Cristo, vistamos a Cristo, hospedemos a Cristo, honremos a Cristo…”. (Dilexi te, n° 118).

8.     San Juan Crisóstomo, que expresó “La limosna es el ala de la oración; si no le das alas a la oración, no volará”. (Dilexi te, n° 118).

9.     San Ambrosio de Milán, que manifestó “Lo que das al pobre no es tuyo, es suyo. Porque te has apropiado de lo que fue dado para uso común.” (Dilexi te, n° 43).

10.                       San Agustín de Hipona, que vio en el pobre no sólo a alguien a quien se ayuda, sino la presencia sacramental del Señor. (Dilexi te, n° 44).

11.                       San Benito de Nursia, que apuntó en su Regla monástica “Mostrad sobre todo un cuidado solícito en la recepción de los pobres y los peregrinos, porque sobre todo en ellos se recibe a Cristo”. (Dilexi te, n° 55).

12.                       San Gregorio Magno, que amonestó a sus fieles, diciendo: “Todos los días, si lo buscamos, hallamos a Lázaro, y, aunque no lo busquemos, le tenemos a la vista. Ved que a todas horas se presentan los pobres y que ahora nos piden ellos, que luego vendrán como intercesores nuestros…”. (Dilexi te, n° 108)

13.                       San Bernardo de Claraval, que “reclamó con decisión la necesidad de una vida sobria y moderada, tanto en la mesa como en la indumentaria y en los edificios monásticos, recomendando la sustentación y la solicitud por los pobres.” (Dilexi te, n° 58).

14.                       San Juan de Mata, fundador junto con san Félix de Valois de la Orden de la Santísima Trinidad, Redención de Cautivos (trinitarios), con el carisma específico de liberar a los cristianos esclavizados. (Dilexi te, n° 60).

15.                       San Félix de Valois, que junto con san Juan de Mata vivió el lema “Gloria Tibi Trinitas et captivis libertas (Gloria a Ti, Trinidad, y a los cautivos libertad)”. (Dilexi te, n° ).

16.                       San Francisco de Asís, que tomó la pobreza como esposa, e imitó a Cristo pobre, desnudo y crucificado. (Dilexi te, n° 64).

17.                       Santa Clara de Asís, fundadora de la Orden de las Damas Pobres (clarisas), que con su “vida orante y oculta fue un grito contra la mundanidad y una defensa silenciosa de los pobres y olvidados.” (Dilexi te, n° 65).

18.                       Santo Domingo de Guzmán, fundador de la Orden de Predicadores, que junto a sus hermanos vivió entre los pobres y aprendió la verdad del Evangelio “desde abajo”, como discípulos del Cristo humillado. (Dilexi te, n° 66).

19.                       San Pedro Nolasco, que con el apoyo de san Raimundo de Peñafort fundaron la Orden de la Bienaventurada Virgen María de la Merced (mercedarios), para ofrecer su propia vida a cambio de los esclavos. (Dilexi te, n° 60).

20.                       San Raimundo de Peñafort, que, con los mercedarios de san Pedro Nolasco, añadió un cuarto voto a la pobreza, castidad y obediencia, el de Redención, por el que prometen “dar la vida como Cristo la dio por nosotros, si fuere necesario, para salvar a los cristianos que se encuentran en extremo peligro de perder su fe, en las nuevas formas de cautividad.” (Dilexi te, n° 60).

21.                       San Juan de Dios, que fundó la Orden Hospitalaria, creando hospitales modelo que acogían a todos, independientemente de su condición social o económica, y viviendo el lema “¡Haced el bien, hermanos!”. (Dilexi te, n° 50).

22.                       San Camilo de Lelis, fundador de la Orden de los Ministros de los Enfermos (los camilos), dedicándose a “servir a todos los enfermos con el mismo afecto que una madre amorosa suele asistir a su único hijo enfermo.” (Dilexi te, n° 50).

23.                       San José de Calasanz, fundador de la Orden de Clérigos Regulares Pobres de la Madre de Dios de las Escuelas Pías (escolapios), con la que educó a los jóvenes pobres de Roma en la ciencia profana y la sabiduría del Evangelio. (Dilexi te, n° 69).

24.                       San Vicente de Paúl, fundador junto con santa Luisa de Marillac de las Hijas de la Caridad, congregación femenina de especialísima atención a los más necesitados. (Dilexi te, n° 51).

25.                       Santa Luisa de Marillac, que recordó a sus hermanas de congregación que habían “recibido una bendición especial de Dios para servir a los pobres enfermos en los hospitales.” (Dilexi te, n° 51).

26.                       San Juan Bautista de La Salle, que fundó a los Hermanos de las Escuelas Cristianas, para ofrecer educación gratuita, sólida formación y ambiente fraternal a los hijos de los obreros y campesinos. (Dilexi te, n° 69).

27.                       San Benito Menni, fundador de las Hermanas Hospitalarias del Sagrado Corazón de Jesús. (Dilexi te, n° 79).

28.                       San Marcelino Champagnat, fundó el Instituto de los Hermanos Maristas de las Escuelas, para dedicarse “de lleno, en una época en la que el acceso a la educación era todavía privilegio de unos pocos, a la misión de educar y evangelizar a los niños y jóvenes, sobre todo a los más necesitados”. (Dilexi te, n° 70).

29.                       San Juan Bosco, fundó la Pía Sociedad de San Francisco de Sales (salesianos), obra basada en los tres principios del “sistema preventivo”: razón, religión y amor, para educar a los jóvenes más marginados. (Dilexi te, n° 70).

30.                       San Juan Bautista Scalabrini, “obispo de Piacenza, fundó los Misioneros de San Carlos para acompañar a los migrantes en sus comunidades de destino, ofreciéndoles asistencia espiritual, jurídica y material.” (Dilexi te, n° 74).

31.                       Santa Francisca Javier Cabrini, patrona de todos los migrantes, construyó en Estados Unidos “escuelas, hospitales y orfanatos para multitud de desheredados que se aventuraban a buscar trabajo en el nuevo mundo.” (Dilexi te, n° 74).

32.                       Santa Katharine Drexel, estadounidense, fundó las Hermanas del Santísimo Sacramento, para atender a los grupos más desfavorecidos de Norteamérica (Dilexi te, n° 79).

33.                       San Carlos de Foucauld, apóstol de los pobres del Sahara, (Dilexi te, n° 79).

34.                       Beato Antonio Rosmini, fundó el Instituto de la Caridad, en “el que la ´caridad intelectual´ junto con la ´material´ y, en la cúspide, la ´espiritual-pastoral´ se presentaba como una dimensión indispensable para cualquier acción caritativa que mirase al bien y al desarrollo integral de la persona.” (Dilexi te, n° 70).

35.                       San Juan XXIII, pionero de la opción por los pobres, cuando dijo, al iniciar el Concilio Vaticano II: “La Iglesia se presenta como es y como quiere ser, como Iglesia de todos, en particular como la Iglesia de los pobres.” (Dilexi te, n° 84).

36.                       San Pablo VI, abogado de los pueblos pobres, que en su encíclica Populorum progressio, expresó que nadie puede considerarse autorizado a “reservarse en uso exclusivo lo que supera a la propia necesidad cuando a los demás les falta lo necesario” (Dilexi te, n° 86).

37.                       San Óscar Romero, arzobispo de San Salvador, que fue martirizado porque “sintió como propio el drama de la gran mayoría de sus fieles y los hizo el centro de su opción pastoral.” (Dilexi te, n° 89).

38.                       San Juan Pablo II, gran pontífice de nuestros tiempos que nos recordó que “en la persona de los pobres hay una presencia especial [de Cristo], que impone a la Iglesia una opción preferencial por ellos.” (Dilexi te, n° 79).

39.                       Santa Teresa de Calcuta, fundadora de las Misioneras de la Caridad e icono universal de la caridad vivida hasta el extremo en favor de los más indigentes y descartados por la sociedad. (Dilexi te, n° 77).

40.                       Santa Dulce de los Pobres, el ángel bueno de Bahía (Brasil), fundó una de las mayores obras sociales del país, atendiendo a miles de personas al día, sin perder nunca su dulzura, haciéndose pobre con los pobres por amor al sumamente Pobre. (Dilexi te, n° 78).

41.                       San José Gregorio Hernández Cisneros.

Este último (que yo agrego a estas letanías), san José Gregorio Hernández, canonizado el 19 de octubre de este año por el papa León XIV, es el primer santo venezolano, conocido con cariño como el Médico de los pobres. En el ejercicio de la medicina se distinguió por su profunda bondad y generoso desprendimiento. Era costumbre suya regalar las medicinas a los enfermos más necesitados y, en no pocas ocasiones, en lugar de recibir una remuneración, él mismo ofrecía ayuda económica a sus pacientes.

De él se recuerda una frase que expresa con sencillez su grandeza de alma: “La mayoría de estas personas no tienen recursos; no les voy a negar la consulta ni hacerles pasar la pena de decirme que no tienen dinero. Dios ayudará”.

San José Gregorio Hernández es, así, un testimonio luminoso de la caridad cristiana vivida en el ejercicio profesional, un modelo de servicio desinteresado y de amor concreto hacia los más pobres y enfermos.

El papa Francisco[1] destacó que san José Gregorio Hernández fue un hombre humilde, amable y siempre dispuesto a servir, movido por un profundo deseo de vivir para Dios y para los demás. Su fragilidad física no lo encerró en sí mismo, sino que lo hizo más compasivo y atento al sufrimiento ajeno. Confiando siempre en la providencia, José Gregorio orientó su vida a lo esencial, entendiendo que su vocación médica era una forma concreta de cumplir la voluntad de Dios, al curar a los enfermos, consolar a los pobres y dar testimonio de fe con su ejemplo más que con palabras. De este modo, asumió su profesión como un auténtico “sacerdocio del dolor humano”, expresión viva de su celo apostólico y caridad cristiana.

La pobreza que caracterizó su vida se transformó en una inmensa riqueza espiritual que atrajo a muchos hacia Dios. Su proceso de beatificación y canonización fue uno de los más anhelados por el pueblo venezolano: durante décadas se elevaron oraciones y se buscó con perseverancia el milagro que lo llevara a los altares. Finalmente, se comprobó un hecho extraordinario atribuido a la intercesión del “médico de los pobres”.

Para su canonización, el camino fue distinto. El papa Francisco dispensó la exigencia de un segundo milagro, considerando que el santo gozaba ya de una profunda y extendida fama de santidad. Además, en el proceso se registraron más de tres millones de testimonios de personas que afirmaron haber recibido favores por su intercesión. Todo ello confirma que, verdaderamente, el Señor enaltece a los humildes.