miércoles, 31 de diciembre de 2025

Exégesis del Salmo 22

 SALMO 22

Sufrimiento y esperanza del justo[1]

1 Del maestro de coro. Sobre “la cierva de la aurora”. Salmo. De David.

2 ¡Dios mío, Dios mío! ¿Por qué me has abandonado? Estás lejos de mi queja, de mis gritos y gemidos.

3 Clamo de día, Dios mío, y no respondes, también de noche, sin ahorrar palabras

4 ¡Pero tú eres el Santo, entronizado en medio de la alabanza de Israel!

5 En ti confiaron nuestros padres, confiaron y tú los libraste;

6 a ti clamaron y se vieron libres, en ti confiaron sin tener que arrepentirse.

7 Yo en cambio soy un gusano, no hombre, soy afrenta del vulgo, asco del pueblo;

8 todos cuantos me ven de mí se mofan, tuercen los labios y menean la cabeza:

9 “Se confió a Yahvé, ¡pues que lo libre, que lo salve si tanto lo quiere!”.

10 Fuiste tú quien del vientre me sacó, a salvo me tuviste en los pechos de mi madre;

11 a ti me confiaron al salir del seno, desde el vientre materno tú eres mi Dios.

12 ¡No te alejes de mí, que la angustia está cerca, que no hay quien me socorra!

13 Novillos sin cuento me rodean, me acosan los toros de Basán;

14 me amenazan abriendo sus fauces, como león que desgarra y ruge.

15 Como agua me derramo, mis huesos se dislocan, mi corazón, como cera, se funde en mis entrañas

16 Mi paladar está seco como teja y mi lengua pegada a mi garganta: tú me sumes en el polvo de la muerte.

17 Perros sin cuento me rodean, una banda de malvados de acorrala; mis manos y mis pies vacilan,

18 puedo contar mis huesos. Ellos me miran y remiran,

19 reparten entre sí mi ropa y se echan a suertes mi túnica.

20 Pero tú, Yahvé, no te alejes corre en mi ayuda, fuerza mía,

21 libra mi vida de la espada, mi persona de las garras de los perros;

22 sálvame de las fauces del león, mi pobre ser de los cuernos del búfalo.

23 Contaré tu fama a mis hermanos, reunido en asamblea te alabaré:

24 “Los que estáis por Yahvé, alabadlo, estirpe de Jacob, respetadlo, temedlo, estirpe de Israel.

25 Que no desprecia ni le da asco la desgracia del desgraciado; no le oculta su rostro, le escucha cuando pide auxilio”.

26 Tú inspiras mi alabanza en plena asamblea, cumpliré mis votos ante sus fieles.

27 Los pobres comerán, hartos quedarán, los que buscan a Yahvé lo alabarán: “¡Viva por siempre vuestro corazón!”.

28 Se acordarán, volverán a Yahvé todos los confines de la tierra; se postrarán en su presencia todas las familias de los pueblos.

29 Porque de Yahvé es el reino, es quien gobierna a los pueblos.

30 Ante él se postrarán los que duermen en la tierra, ante él se humillarán los que bajan al polvo. Y para aquel que ya no viva

31 su descendencia le servirá: hablará del Señor a la edad 32 venidera, contará su justicia al pueblo por nacer: “Así actuó el Señor”.

1.     Introducción[2]

El Salmo 22 presenta uno de los testimonios más intensos del sufrimiento humano en toda la literatura bíblica. En su primera parte (vv. 2–22), el yo poético aparece completamente agobiado: cercado por enemigos, debilitado por dolores, enfermo de muerte y experimentando la angustia suprema del silencio de Dios. Aunque sabe que pertenece a una tradición en la que Dios escucha el clamor de sus fieles, él se percibe como “antihistoria”: clama como sus antepasados, pero no recibe respuesta. La distancia entre Dios y el orante —«lejos de mi queja»— contrasta dramáticamente con la confesión insistente de su fe: «Dios mío», repetido tres veces. En medio de imágenes animales, acuáticas y de desintegración, el salmista se reconoce reducido a un “no-hombre”, objeto de burla y acoso.

A partir del v. 23, el salmo cambia radicalmente de tono. El lamento se transforma en una proclamación agradecida dirigida a la asamblea israelita. Ahora el centro es “el nombre” y la acción salvadora de Yahvé, quien no ha despreciado al humillado. El grito de muerte se vuelve grito de vida, y la experiencia personal de liberación se expande hasta abarcar a Israel, a todas las naciones e incluso a los muertos. El salmo culmina así en una visión universal en la que la cercanía divina sustituye a la soledad inicial y abre un horizonte de vida y esperanza.

Este movimiento —del abandono a la salvación, de la angustia extrema a la alabanza universal— convierte al Salmo 22 en una de las expresiones más profundas de la lucha contra la muerte y de la fe en la intervención vivificante de Dios.

2.     Género literario[3]

El Salmo 22 se inscribe plenamente en el género de la súplica individual, articulado en sus dos elementos clásicos: la petición de auxilio en la tribulación y la promesa de alabanza pública tras la liberación. La súplica se fundamenta en la descripción del sufrimiento extremo del orante y en la apelación a la identidad histórica y salvífica de Yahvé. Aunque la liberación es personal, el salmista se compromete a un agradecimiento comunitario y ritual.

Dentro del género, el poema destaca por su fuerte personalidad. Se trata de una súplica in extremis, nacida de repetidos clamores no escuchados, y expresada con extraordinaria urgencia e intensidad, combinando vigor retórico, imágenes hiperbólicas y descripciones que mezclan realismo y simbolismo. El orante no reconoce culpa alguna ni invoca castigos; más bien, su denuncia se expresa a través de la figura animalizada de los enemigos. La acción de gracias prevista ocupa una porción inusualmente amplia del salmo y aspira a una repercusión universal y duradera.

Por la fuerza de su dramatismo y por presentar a un inocente perseguido y luego salvado, este salmo ha ejercido una influencia decisiva en los relatos evangélicos de la pasión, y a su vez ha recibido de ellos una proyección interpretativa mayor. No obstante, el texto no debe vincularse a un individuo histórico concreto, sino que describe una situación humana típica, elaborada con un arte poético excepcional dentro del salterio.

3.     Estructura[4]

Respecto a la estructura de este salmo 22 hay diversas opiniones. Ahora presentamos el esquema de Aparicio (2005):

I.- Lamentación (vv. 2-22).

 Inicio: “¿por qué estás lejos?” (vv. 2-3).

 Primer movimiento: lejanía – cercanía (vv. 4-12).

 Segundo movimiento: animales y desmoronamiento físico (vv. 13-19).

 Final dramático: “no te alejes” (vv. 20-22).

 II.- Acción de gracias (vv. 23-27).

 Inicio: “anunciar – alabar” (v. 23).

 Enseñanza a la asamblea (vv. 24-25).

 Alabanza de un solista (v. 26).

 Final: “comer – alabar” (v. 27).

 III.- Himno a Yahvé, rey del universo (vv. 28-32).

 La realeza de Yahvé (v. 29).

           Cántico universal a Yahvé, rey (vv. 28.30-32).

            Por su parte, Alonso (1992)[5] propone un esquema bipartito para el Salmo 22, organizado en torno a elementos formales y repetitivos. El esquema puede resumirse así:

1. Primera parte: vv. 2–22 (Lamento y súplica)

Caracterizada por la repetición del término “lejos” en los vv. 2, 12 y 20, ubicados al inicio, en el centro y al final de esta sección.

Esta parte se estructura en tres momentos:

a) Primer “lejos” (v. 2) – Enunciativo

Le sigue una motivación contrastiva que recuerda lo que Dios fue para:

los antepasados (vv. 4–6), y para el orante en su infancia (vv. 7–11). 

b) Segundo “lejos” (v. 12) – Imperativo negativo

«No te quedes lejos».

Le sigue una descripción amplia del sufrimiento:

El enemigo: vv. 13–14, 17, 18b, 19 El orante: vv. 15–16, 18a 

Aquí también aparece la raíz “ayuda” en los vv. 12 y 20, reforzando la cohesión literaria.

c) Tercer “lejos” (v. 20) – Paralelo al segundo

Funciona como recapitulación de la súplica, acentuando nuevamente el poder del enemigo. Se introducen los verbos clásicos de liberación.

2. Segunda parte: vv. 23–31 (Acción de gracias y alabanza futura)

Empieza abruptamente en el v. 23 con un verbo que también aparece al final en v. 31b (narrar/contar), formando una inclusio que delimita claramente esta sección.

Aquí se desarrolla la alabanza futura y su expansión hacia:

la comunidad de Israel (“descendencia de Jacob e Israel”, v. 24), los pobres (v. 26), las naciones (vv. 28–29), y hasta “los que bajan al polvo”, es decir, los que están al borde de la muerte. 

Se observa además la repetición de la raíz “alabar” en:

v. 4 (primera parte), vv. 23, 24, 26, 27 (segunda parte). 

Esto muestra que la alabanza del pueblo antiguo se proyecta al futuro del orante, quien se integra a la tradición histórica de Israel.

4.     Exégesis[6]

El cántico de oración (v. 2-22) comienza con un repetido e insistente clamor: ¡Dios mío, Dios mío! La repetición de la invocación es señal de lo profunda que es la aflicción desde la cual el orante lanza su grito a Dios. A pesar de todo, la persona que se lamenta cree firmemente: Yahvé es «mi Dios»; ¡tengo derecho a esperar de él ayuda y salvación! El clamor atestigua que la persona ha asimilado y hecho suya la promesa del pacto, la promesa de salvación, dada a Israel.

El gravísimo e insondable sufrimiento de sentirse lejos de Dios y abandonado por él se expresa en la lamentación con un «¿por qué?» que sirve de introducción. El Dios de quien se tiene derecho a esperar ayuda y salvación es el Dios oculto y lejano (Jr 23,23). En densa yuxtaposición se hallan la invocación, llena de confianza, y el clamor desesperado “¿por qué me has abandonado?”. En el sufrimiento arquetípico del abandono por parte de Dios, aquel que se lamenta se aferra a «su Dios». Yahvé está lejos de la lamentación y del clamor del orante. En el verbo que designa el rugido del león (Is 5,29), se expresa de la manera más sombría el dolor extremo del sufrimiento. En esa profundísima aflicción de sentir se abandonado por Dios se vio sumido Cristo crucificado (Mt 27,46; Mc 15,34).

El v. 3 habla de incesante clamor y lamentación. El sufrimiento se extiende por un largo período de tiempo. Yahvé no responde. En eso consiste precisamente toda la amargura del abandono. Pero el que se lamenta no renuncia a Dios (Job 2,9). Se mantiene aferrado a «su Dios» y no calla.

El firme apoyo de la confianza, expresada en el clamor es el constante despliegue de poder y de actividad salvadora que ha hecho Yahvé en Israel (v. 4-6). Yahvé sigue siendo, inmutablemente, el mismo Dios. Está sentado en su trono como el Santo. La expresión “¡tú estás sentado en el trono como el Santo!” nos recuerda la de (Sal 99,1; 80,2), nos recuerda a aquel que tiene su trono en Sión (Sal 99,3; Is 6,3; 57,15). Yahvé está circundado de la acción de gracias y la alabanza de Israel. Yahvé es la causa, el objeto y la quintaesencia; y lo es, precisamente, porque los que confían están experimentando incesantemente, en demostraciones concretas de ayuda y salvación, el poder de Dios (v. 5). El verbo “confiar” arroja luz sobre la intención del lamento.

Está bien claro el sentido de las afirmaciones formuladas en los v. 4-6: el orante, en su lamentación, se consuela con el hecho de que Yahvé ha ayudado hasta ahora a quienes confiaban en él. La experiencia que Israel tiene de salvación (v. 4) es el consuelo del individuo. El poder de Yahvé se demostró cumplidamente en sus relaciones con los padres, y la persona que sufre se consuela con este hecho. Y, sin embargo, todo depende de la actitud que desencadena el poder salvador que se halla inmutablemente presente, actitud que significa: clamar de día y de noche, no cesar jamás (v. 3 y 6).

En el v. 7 el que se lamenta señala el hecho de que su vida 7-9 ha quedado desquiciada y que su dignidad humana está pisotea da en el polvo “he perdido toda semejanza con los hombres” (cf. Is 52,14; 53,3). Me parezco a un gusano que se arrastra por el polvo (a propósito de esta imagen, cf. Job 25,6; Is 41,14). A una persona así, humillada y desfigurada, la atacan inmediatamente los «enemigos». El escarnio y el oprobio ponen su sello de ignominia sobre aquella humillación y afirman que el que sufre está separado de Dios. “Menean la cabeza” significa un gesto de burla y escarnio (Sal 44,15; 64,9). El consejo mordaz de los «enemigos» se menciona luego en el lamento: ¡Que ponga su aflicción en manos de Yahvé! ¡Él le salvará de esa situación desesperada! ¿Acaso no le mira con simpatía? Esta recomendación de mordaz ironía nos hace escuchar en el fondo la idea de que: ¡Ayude Yahvé a quien se jacta de que Dios se complace en él!

Lo mismo que en los v. 4-6, el orante que entona la lamentación busca ahora apoyo en los v. 10.11. En el v. 10 se expresa la confianza: Tú me concediste graciosamente la vida. Y en el v. 11 esta afirmación se confirma con la viva certeza: Desde el instante mismo en que nací, mi vida se halla en tus manos. Sería concebible que en estas declaraciones del orante se escucharan prerrogativas reales, concedidas al ser «adoptado» el soberano como el «hijo de Dios». Lo que sucede es que el orante, en sus palabras que expresan confianza, adopta concepciones inspiradas en la manera en que el rey habla de su propia salvación.

En todo caso, las lamentaciones de los v. 2-11, interrumpidas dos veces por expresiones de confianza (v. 4-6 y 10-11), terminan en el v. 12 con una ardiente petición: ¡Quiera el «Dios lejano» (v. 2) poner fin al abandono de Dios en que se encuentra su siervo! La aflicción se halla cerca del orante y es como una fuerza independiente. ¡No hay nadie que pueda ayudar (con excepción de Yahvé)!

En el v. 13 comienza la descripción de esa «aflicción que está cerca» (v. 12). Y la descripción se hace por medio de imágenes y palabras simbólicas. «Toros» y «fuertes de Basán» rodean al que sufre. La expresión “fuertes de Basán” se refiere probablemente a una ganadería de toros de especial bravura que se criaban en Basán (cf. Am 4,1; Dt 32,14). Las comparaciones con las bestias no tenían nada ofensivo para la sensibilidad del mundo antiguo. Lejos de eso, el poeta, al hacer una comparación de esta clase, quiere darnos a entender únicamente que se trata de personas poderosas y principales, cuyo furor es muy de temer.

El v. 14 debe entenderse como mezcla de los más variados tipos de imágenes. Los poderes peligrosos abren amenazadoramente sus fauces; como leones, dando rugidos y zarpazos, se acercan al que sufre. Los v. 13.14 se refieren probablemente a demonios de enfermedades, como lo sugieren los v. 15s, que vienen a continuación. Los dos versículos 15 y 16 visualizan la agonía: el cuerpo se agota y se deshace bajo el ardor de la fiebre. El perfecto con sentido de presente describe el proceso con drásticas imágenes: «como agua» (cf. Jos 7,5; Ez 7,17; 21,12), «como cera» (cf. Dt 20,8; 2 Sam 17,10). Lo exterior y lo interior «se derriten». El ardor de la fiebre reseca la cavidad bucal (cf. el Sal 69,4). El que sufre se halla en el umbral mismo de la muerte.

Como una jauría de perros salvajes, “la cuadrilla de malhechores” rodea al que sufre y le ata de manos y pies. Los poderes demoníacos nos revelan de nuevo el rostro humano de los escarnecedores (v. 8.9). Caen sobre el que está enfermo de muerte. Por desgracia, el texto se halla defectuoso en este pasaje. No sabemos si lo de “me atan de manos y pies” representa una metáfora o un acontecimiento real. El que sufre ¿fue quizás apresado como trasgresor de los mandamientos de Dios? (Sal107, 10ss).

Los v. 18 y 19 nos indican que el que sufre fue despojado de sus vestiduras. Yace ahora, postrado y enflaquecido por la enfermedad y el sufrimiento (cf. Sal 102,6; Job 19,20; 33,21). Los malvados le miran con sorna. Se han apoderado de las vestiduras del moribundo encadenado y se las reparten echando suertes. A la persona marcada por el juicio de Dios, se le arrebata lo último. Lo de echar suertes sobre sus vestiduras le está diciendo al afligido: ¡Ya has muerto para nosotros! (Eclo 14,15). En un canto de Mesopotamia se dice: «Estaba abierto el féretro y cada uno se llevaba lo que le parecía bien de mis cosas preciosas; aun antes de que yo estuviera muerto, ya se había terminado la lamentación fúnebre».

En este punto en que se alcanza la máxima aflicción, escuchamos de nuevo (como en el v. 12) la petición dirigida a Yahvé de que no se quede lejos, que acuda pronto a socorrer a aquel desgraciado. La petición se extiende a lo largo de tres versículos (v. 20-22). “La espada” es, seguramente, una imagen del poder de la muerte (Sal 37,14), mientras que “perro” hace referencia al v. 17. En el fondo, el individuo que se lamenta pide que se le rescate de la mano de los poderes demoníacos que le separan de Dios. “León”, en el v. 22, hace referencia al v. 14.

La notable exclamación “¡Tú me has oído!” se halla entre las dos partes principales del salmo. Sirve de enlace entre la lamentación y el cántico de acción de gracias y de alabanza, que sigue ahora en los v. 23ss. Con una sola palabra el cantor declara: Yahvé me ha escuchado. La transición del lamento a la acción de gracias, que en algunos salmos es abrupta, se halla marcada en el Sal 22. Con ella se pone fin a la afirmación que se hacía en el v. 3 “no respondes”. Habrá que suponer que Yahvé, mediante un «oráculo de salvación», dio respuesta y concedió salvación al afligido que se lamentaba (Sal 107,20). Cuando las personas experimentan tal ayuda, «deben dar gracias a Yahvé» (Sal 107,21s). Aquí se halla claramente marcada la transición a los v. 23ss.

Las palabras “anunciaré tu nombre a mis hermanos” no son la fórmula de un voto que haga, en medio de su dolor, la persona que se lamenta, sino que son ya el comienzo del cántico de acción de gracias y de alabanza (Sal 66,16; 109,30; 107,32).

El cantor menciona el poder de Yahvé como el único tema de su cántico en presencia de la comunidad en adoración. El poder presente de Yahvé (cf. el comentario de Sal 20,2.6.8). Los oyentes del cántico son los que participan en la asamblea de culto de la comunidad de Israel (v. 4).

A todos los que han experimentado la realidad de Yahvé “los que teméis a Yahvé” se les invita a unir su voz a ese himno de alabanza. A este respecto, las construcciones en estado constructo “descendientes de Jacob” y “simiente de Israel” significan que se invita a la alabanza a todo el “verdadero Israel”. El v. 24b acentúa el estremecimiento ante el milagro en el que Yahvé manifiesta su presencia.

En el v. 25 se expresa el milagro de la salvación. Yahvé no ha menospreciado la aflicción del “pobre”. El que sufre se cuenta entre los “pobres”. A propósito de “no ha escondido de él su rostro”, podríamos preguntamos si, en el oráculo de salvación v. 22, una teofanía desempeñó también un papel auxiliar. En el v. 25b, la exclamación se expresa con las siguientes palabras “cuando él clamaba, le oyó”.

En sus actuaciones, Yahvé es un Dios que conduce a que se entonen alabanzas en su honor. A las obras de Yahvé, el hombre no puede responder sino con alabanza. La «gran asamblea» de la comunidad que se reúne con ocasión de las grandes fiestas del año. Con este motivo «se cumplen los votos». En medio de su aflicción, el que sufre promete ofrecer sacrificios (Lev 7,15-21) y dar gracias en los atrios del templo. «Semejante voto ofrecido en medio de la aflicción se entendería de manera totalmente errónea, si creyéramos que era una especie de negociación con Dios en el sentido de: 'Tú me das y yo te retribuyo'. No, sino que lo que se quiere expresar es que las relaciones entre el que ora ardientemente a Dios y Dios no terminan con el hecho de que Dios haya concedido la salvación, sino que continuarán después de experimentada la salvación, de tal manera que el que ha sido salvado proclame ante sus hermanos la salvación de que ha sido objeto».

Habrá que suponer probablemente que el cántico de alabanza 27 y de acción de gracias (v. 23-32) se entonaba probablemente con ocasión de un banquete sacrificial destinado a los pobres. Por lo menos, ésa es una buena manera de entender el v. 27. Los “pobres”, entre los que se cuenta el orante de nuestro salmo (v. 25), deben comer hasta saciarse. Ahora bien, este deseo-según el v. 27b- tiene un significado supremo: ¡Que los pobres experimenten la plenitud de vida que hay en todo momento en la cercanía de Dios!

Si ahora, en los v. 28s, se invita a todos «los confines de la tierra» y a «todos los linajes de los pueblos» a que entiendan, se conviertan y rindan homenaje, no se trata de una intensificación entusiástica del himno, sino de las tradiciones del culto de Jerusalén. El Dios que tiene su trono en Sión es el Creador y Señor del mundo entero. Ante esta realidad, válida en todos los tiempos, las naciones deben «reflexionar» y «convertirse». “Se postrarán” contiene la idea del homenaje rendido por los pueblos. Sobre todo, en el v. 29 aparece con claridad la relación con las tradiciones cultuales de Jerusalén. A Yahvé se le adora en Sión. Yahvé es el Señor del universo. Por eso, todos los pueblos tienen que tributarle alabanza.

Aun los muertos tienen que rendirle también ese gran homenaje. Esto es tanto más asombroso, cuanto más nos damos cuenta de que, según otros pasajes del antiguo testamento, existe una barrera infranqueable: los muertos no tienen ninguna conexión con Yahvé; los muertos no le alaban (cf. Sal 6,6; 88,11-13). El “Sheol” es un lugar muy alejado del culto. Pero ahora la barrera ha quedado rota. Aun los que duermen en la tierra.  (Dan 12,2) quedan incluidos en ese homenaje que se rinde a Yahvé.

En el v. 31 se da especial realce a los descendientes del que ha sido salvado. Estos deben servir a Yahvé. “Simiente” denota, como en el v. 24, la participación inmediata en la acción salvadora llevada a cabo por Dios. Se formará-nos asegura el salmista- una cadena irrompible de tradición, que trasmitirá a las generaciones venideras la noticia sobre las acciones salvadoras de Yahvé y que las proclame a las personas que todavía no han nacido. Mediante la trasmisión de la noticia sobre las grandes hazañas de Dios, las generaciones futuras herederán la certeza que el orante del Sal 32 expresaba en los v. 4-6.

5.     Lectura cristiana

Benedicto[7] XVI presenta el Salmo 22 como una de las oraciones más profundas y teológicamente ricas del Salterio, con un fuerte carácter cristológico, ya que aparece constantemente en los relatos de la pasión de Jesús. El salmo articula dos dimensiones inseparables: humillación y gloria, muerte y vida, y expresa la oración de un inocente perseguido cuya súplica se abre finalmente a la alabanza.

El papa subraya que el salmo alterna entre la realidad angustiosa del presente y la memoria consoladora de la acción de Dios en el pasado. El grito inicial, «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?», expresa el dolor por el silencio divino, pero también una radical confianza, pues el orante sigue llamando a Dios «mi Dios». Este mismo verso, citado por Jesús en la cruz, manifiesta que Cristo asume el sufrimiento humano hasta su extremo, pero no desde la desesperación, sino desde una fe que mira hacia la gloria.

El salmista evoca la fidelidad histórica de Dios con Israel y con su propia vida desde el nacimiento, lo que sostiene su esperanza aun en la situación presente de burla, agresión y aparente abandono. Las imágenes de los enemigos como fieras y de su propio cuerpo desmoronado acentúan la gravedad del peligro y evocan, proféticamente, escenas de la pasión de Cristo: la sed, el reparto de las vestiduras, el cerco hostil.

En el momento más oscuro surge la súplica decisiva: «Tú, Señor… ven en mi ayuda». Este clamor abre el paso a la intervención salvadora de Dios y transforma el lamento en alabanza: «Tú me has dado respuesta». La segunda parte del salmo se convierte así en un himno de acción de gracias que incluye al pueblo entero, a las generaciones futuras y a todas las naciones, proclamando la universalidad de la salvación.

Benedicto XVI concluye que el salmo conduce al creyente al misterio pascual: del Gólgota a la resurrección. Invita a leer la propia vida a la luz del camino de Cristo, descubriendo que incluso en el silencio y la aparente ausencia de Dios, la fe puede transformar el sufrimiento en esperanza y el grito de auxilio en canto de alabanza.

Tras mostrar cómo el Salmo 22 ilumina espiritualmente la pasión de Cristo, conviene situarlo dentro del conjunto de salmos que los evangelistas aplican al relato de la muerte de Jesús. Llama la atención, en primer lugar, la abundancia de referencias salmódicas en los relatos de la pasión: cerca de una veintena de citas o alusiones a unos diez salmos, concentradas sobre todo en los capítulos que narran la crucifixión y la muerte del Señor. Entre todos ellos, destacan de manera especial dos salmos: el Salmo 22 y el Salmo 69, utilizados masivamente para describir el misterio del Crucificado.

En el ciclo narrativo de la crucifixión, el Salmo 22 ocupa un lugar privilegiado. Todos los evangelistas —los tres sinópticos y también Juan— citan un mismo versículo del salmo (v. 19): «Se reparten mi ropa, se sortean mi túnica», viendo en él la clave para interpretar el gesto de los soldados al pie de la cruz. Del mismo modo, los evangelistas recogen diversas alusiones al versículo 8, que describe las burlas y gestos de desprecio hacia el inocente sufriente; Lucas destaca las mofas de los jefes, mientras que Marcos y Mateo evocan los meneos de cabeza de la multitud. Estos mismos evangelistas incorporan otra cita explícita del salmo (v. 9) en las palabras sarcásticas de quienes se burlan de Jesús: «Acudió al Señor; que lo ponga a salvo, si tanto lo quiere».

Pero la referencia más profunda al Salmo 22 se encuentra en los labios del propio Jesús. En Marcos y Mateo, su última palabra en la cruz es precisamente el verso inicial del salmo: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?», revelando que Jesús asume enteramente la oración del justo sufriente y la lleva a su pleno cumplimiento. Incluso la expresión «tengo sed» (Jn 19, 28) puede leerse como eco de este mismo salmo o del Salmo 69.

Así, los relatos de la pasión muestran cómo la Iglesia primitiva reconoció en el Salmo 22 —y en otros salmos del justo oprimido— la clave profética y teológica para comprender la muerte de Jesús, integrando sus padecimientos en la tradición bíblica del inocente perseguido cuya confianza inquebrantable en Dios abre el camino hacia la victoria pascual[8].

6.     Aplicación pastoral

Nuestra piedad cristiana conserva muy viva la imagen del salmo 22, pues en él reconocemos una de las siete palabras de Cristo en la cruz. Aquel “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” dirige inmediatamente nuestra mente al suplicio del Calvario, al sufrimiento del Justo y del Pobre por excelencia: Jesucristo. En la tarde del Viernes Santo, cuando los templos se llenan de fieles para la Meditación de las Siete Palabras, la cuarta de ellas resuena como un clamor profundamente humano y, al mismo tiempo, como una expresión de total confianza del Hijo en el Padre. De ahí que la interpretación unánime de la Iglesia reconozca en el salmo 22 un canto de confianza plena en el Señor.

Este salmo, que la Iglesia reza íntegro en la Liturgia de las Horas en la Hora Intermedia de los viernes de la tercera semana del salterio (bajo la numeración del Salmo 21), es a la vez un verdadero puente entre el Antiguo y el Nuevo Testamento. El Señor Jesús ora con palabras que el pueblo de Israel conocía desde siglos atrás. Al pronunciarlas desde la cruz, no improvisa su testamento final, sino que hace suyo el clamor del justo sufriente y lo lleva a su pleno cumplimiento. Jesús no cita simplemente un lamento veterotestamentario: toma un salmo entero, que comienza en el desconsuelo y culmina en la más profunda confianza y alabanza por las obras de Dios.

Con este horizonte, el salmo 22 nos presenta con total claridad el clamor del abandono y la experiencia profundamente humana del sufrimiento. El salmista —y, más tarde, Jesús— pregunta angustiado: “¿por qué?”. Es la misma pregunta que brota del corazón del enfermo, del que se siente solo, del que ha fracasado o ha sido humillado. El hombre, herido por la vida, primero se interroga a sí mismo y luego dirige su pregunta hacia Dios. Cuando Jesús sufre y pronuncia ese mismo “¿por qué?”, se solidariza plenamente con todo dolor humano, porque Él mismo fue pobre, abandonado, sin apariencia atrayente, considerado por muchos un fracaso. Y, sin embargo, incluso en ese interrogante, la fe —don y virtud infundida por Dios— no elimina la pregunta, sino que la sostiene. Quien se atreve a preguntar a Dios lo hace porque, en el fondo, cree que Él escucha y que, aunque no sea inmediata, existe una respuesta.

Como se ha dicho, la confianza en Dios es la columna vertebral de este salmo. No concluye en la oscuridad ni en la muerte; por el contrario, avanza hacia la certeza de que Dios escucha, de que no abandona, y de que actúa ofreciendo salvación y liberación. En su estructura interior aparece un verdadero movimiento espiritual: del abandono a la esperanza, del gemido al canto. A este dinamismo está llamado todo ser humano, y solo se recorre plenamente cuando se aprende a entregarse con total confianza en el Señor. Este salmo, entonces, nos enseña oportunamente a rezar en la prueba siguiendo el mismo ritmo espiritual de Jesús en la cruz.

Ya mencionábamos que este salmo permanece vivo en la mente de los fieles durante la liturgia del Viernes Santo. La Iglesia lo propone como una interpretación viva del misterio de la cruz, invitándonos a no caer en la desesperación, sino a perseverar en la oración, especialmente cuando la calamidad y el dolor nos alcanzan. En este día santo, el silencio litúrgico, el clima de recogimiento y el tono espiritual que mezcla luto y esperanza en la resurrección se convierten en criterios cristianos para afrontar la prueba. Así, el salmo 22 y la celebración del Viernes Santo nos conducen juntos a contemplar la cruz desde la fe en la resurrección.

Cristo, el pobre y el justo, sufre siendo inocente; y este sufrimiento revela, al mismo tiempo, la gravedad del mal y la inmensidad del amor de Dios. Nadie le quita la vida al Señor: Él la entrega libremente, en perfecta unión con la voluntad del Padre del cielo. Por eso, cuando cualquiera de nosotros padece injustamente, puede contemplarse reflejado en Cristo y encontrar en Él un sentido para su dolor. De este modo, puede orar con el salmo 22, elevando a Dios el mismo grito que pregunta “¿por qué?”, pero que, a la vez, espera la respuesta con la confianza de que Dios no abandona y librará del mal.

Así, el sufrimiento está llamado a transformarse en misión. Este salmo —como el misterio pascual— transita del dolor a la proclamación de las maravillas de Dios. Del sufrimiento de Cristo brota la salvación para todos: Dios salva muriendo, una verdad inmensa que la fe contempla con asombro. Por eso, el fiel que sufre está invitado, como recuerda san Pablo, a “completar en su carne lo que falta a los padecimientos de Cristo”, ofreciendo sus dolores por los demás: por los enfermos, por los alejados, y por tantas necesidades que claman en nuestro mundo

Finalmente, el salmo 22 culmina con una marcada dimensión comunitaria: el sufrimiento expresado al inicio se convierte, al final, en una proclamación ante la asamblea. No se trata solo de un dolor individual, sino de una experiencia que encuentra eco en la comunidad creyente. La Iglesia, pobre y para los pobres, acompaña siempre a quienes sufren; por eso, nadie está solo en su propio “Viernes Santo”. De ningún hijo de Dios puede decirse que está abandonado, porque la comunidad de fe sostiene, abraza y anuncia que Dios permanece siempre a su lado.

7.     Bibliografía

  ÁNGEL APARICIO RODRÍGUEZ, cmf, (2005), SALMOS 1-41, Comentarios a la Nueva Biblia de Jerusalén, Desclée de Brouwer.

  BENEDICTO XVI, AUDIENCIA GENERAL, Sala Pablo VI, Miércoles 14 de septiembre de 2011.

BIBLIA DE JERUSALÉN, (2019), Desclée de Brouwer.

  HANS-JOACHIM KRAUS, (1993), LOS SALMOS Sal 1-59 vol. I, Sígueme.

  LUIS ALONSO SCHOKEL y CECILIA CARNITI, (1992), (Salmos 1-72) Traducción, introducciones y comentario, Verbo Divino.

  MICHEL GOURGUES, (1980), Los salmos y Jesús. Jesús y los salmos, Verbo Divino.

[1] BIBLIA DE JERUSALÉN, (2019), Desclée de Brouwer, pp. 737-739.

[2] ÁNGEL APARICIO RODRÍGUEZ, cmf, (2005), SALMOS 1-41, Comentarios a la Nueva Biblia de Jerusalén, Desclée de Brouwer, pp. 215-216.

[3] LUIS ALONSO SCHOKEL y CECILIA CARNITI, (1992), (Salmos 1-72) Traducción, introducciones y comentario, Verbo Divino, pp. 369-370.

[4] ÁNGEL APARICIO RODRÍGUEZ, cmf, (2005), SALMOS 1-41, Comentarios a la Nueva Biblia de Jerusalén, Desclée de Brouwer, p. 217.

[5] Páginas 370-371.

[6] HANS-JOACHIM KRAUS, (1993), LOS SALMOS Sal 1-59 vol. I, Sígueme, pp. 415-424.

[7] BENEDICTO XVI, AUDIENCIA GENERAL, Sala Pablo VI, Miércoles 14 de septiembre de 2011.

[8] MICHEL GOURGUES, (1980), Los salmos y Jesús. Jesús y los salmos, Verbo Divino, p. 24.

miércoles, 10 de diciembre de 2025

Mi cumpleaños n° 30

Inicio los treinta y a por muchos más...


Cuenta la Tradición que Cristo inició su vida pública a los treinta años, luego de haber permanecido “oculto” en Nazaret y sus alrededores, dedicado al oficio de constructor o carpintero. A partir de esa edad comenzó la predicación del Reino durante tres años, hasta su crucifixión en Jerusalén. Hoy, precisamente, he alcanzado yo también esa cifra simbólica: treinta años de vida. Veinticinco vividos intensamente en Venezuela y los últimos cinco en el Perú, tierra que me ha acogido y donde continúo mi camino vocacional.


Mi esperado 10 de diciembre comenzó muy temprano. A las 5:30 de la mañana debíamos estar listos para dirigirnos al aeropuerto de Ayacucho con destino a Lima. Viajé acompañado de mis hermanos seminaristas de Ayacucho y de mis dos padres formadores, pues se trataba del paseo de fin de año programado para estas fechas decembrinas. En Lima, sin embargo, tuve que separarme momentáneamente del grupo y adelantar mi vuelo hacia Arequipa debido a una corrección en mi segundo apellido que figuraba en el boleto. La situación fue curiosa: bajé del avión y volví a subir al mismo, esta vez con rumbo a la llamada “ciudad blanca”.

Durante el trayecto aéreo, un tanto pensativo por la fecha que celebraba, recibí una grata sorpresa por parte de la tripulación de Latam. Uno de los azafatos se acercó para felicitarme por mi cumpleaños y me entregó una pequeña bolsa con galletas junto a una tarjeta de salutación. El gesto me tomó desprevenido y me conmovió sinceramente. Aunque no se tratara de amigos cercanos o conocidos, agradecí de corazón aquella delicadeza tan humana.

Ya en Arequipa aguardé en el aeropuerto a mis hermanos, muchos de los cuales —a pesar de conocer la fecha de mi onomástico— la habían pasado por alto, para mi desánimo. Nos instalamos en el hostal y luego salimos a almorzar al centro de la ciudad, en un mercado donde degustamos comida típica de la región. Por la tarde descansamos brevemente y después nos dirigimos a la Plaza de Armas y a la Catedral. Allí realizamos una visita devota y aprovechamos para tener un momento de oración ante el Santísimo Sacramento, en la capilla del sagrario. De rodillas ante el Señor, le presenté mis deseos e intenciones en este día en que cumplía treinta años. Dios sabe lo que le pedí con fe para el año 2026; solo Él conoce lo que es verdaderamente bueno para mí, y así lo acepto.

Esa noche participamos en la Santa Misa en un templo cercano a la catedral. Pude vivirla con especial recogimiento y gratitud, agradeciendo a Dios por el don de la vida y de la vocación, ahora con treinta años y cada vez más cerca de la meta, que no es un final, sino el comienzo de una vida consagrada totalmente a Dios y a su pueblo.

Más tarde, antes de cenar en una chifa, visitamos el imponente convento-museo de Santa Catalina de Siena, en Arequipa, lugar donde vivió y se santificó la beata Sor Ana de los Ángeles Monteagudo. Ya de regreso en el hostal, me adelanté para ducharme y descansar. Sin embargo, al estar listo, me llamaron a una pequeña sala donde me esperaban todos mis hermanos seminaristas junto a los dos formadores, con una torta improvisada para cantarme el “Cumpleaños feliz”. No había vela, pero uno de ellos, con notable ingenio, colocó en su teléfono la imagen de una vela encendida; al soplarla, apagó la pantalla con el dedo, haciendo ver que efectivamente había cumplido el rito. Luego siguieron las palabras de cada uno: mensajes sinceros, atentos y cargados de buenos deseos, que agradecí profundamente al final.

Este fue otro de tantos cumpleaños lejos de la familia. Ellos, no obstante, me habían escrito desde temprano, haciéndome sentir su cercanía. Mi mejor regalo fue, sin duda, la oportunidad de conocer el sur del Perú en un periplo que terminó siendo incluso binacional.

Desde Arequipa, el día 11 de diciembre, nos dirigimos al Santuario de la Virgen de Chapi, un moderno recinto de enormes proporciones, donde celebramos la Santa Misa. Luego, por la noche, continuamos hacia Puno, a donde llegamos el día 12, visitando su catedral y el lago Titicaca con sus islas flotantes. Al día siguiente, 13 de diciembre, arribamos a Desaguadero, la frontera entre Perú y Bolivia. A pesar de la negativa inicial de las autoridades migratorias bolivianas para permitirme el ingreso, finalmente crucé junto al grupo de seminaristas y sacerdotes, rogando a Dios que no encontráramos ningún control terrestre. El Señor escuchó nuestra súplica.

En Bolivia conocimos Tiawanaco, El Alto y La Paz, donde pasamos la noche. Al día siguiente, 14 de diciembre, partimos hacia Copacabana para visitar el Santuario de la Virgen; allí alcanzamos a escuchar media misa antes de emprender el regreso a Puno. Finalmente, el 15 de diciembre, nos dirigimos a Juliaca, desde donde tomamos un vuelo a Lima y regresamos ese mismo día a Ayacucho.

Así cumplí mis treinta años con alegría, en tres ciudades distintas del Perú: Ayacucho, Lima y Arequipa, recorriendo nuevos lugares y completando, casi sin buscarlo, mi paso por los cinco países liberados por Simón Bolívar. Dios me ha concedido conocer Caracas, en Venezuela; Bogotá, en Colombia; Quito, en Ecuador; Lima, en Perú; y La Paz, en Bolivia. Un itinerario geográfico que acompaña, silenciosamente, otro más profundo: el del alma que camina, agradecida, bajo la providencia de Dios.



lunes, 1 de diciembre de 2025

El Adviento significa decirle sí a la vida

SÍ A LA VIDA

Los católicos iniciamos un nuevo año litúrgico con el tiempo del Adviento, un período de preparación interior para el nacimiento del Niño Dios. Este tiempo nos invita a abrir el corazón, a disponernos con esperanza y alegría al misterio de la Encarnación. Recordamos con admiración a la humilde Virgen de Nazaret, que supo dejarse encontrar por Dios y aceptar su voluntad con fe total. En su seno llevó al Emmanuel, al “Dios con nosotros”, quien vendría a salvar al mundo. María, joven sencilla, comprometida con un carpintero pobre, pronunció su “sí” sin reservas, aceptando la misión más sublime: ser la Madre de Dios. Con ese acto de fe y obediencia, colaboró de manera única en la obra de la Redención realizada por su Hijo Jesús.

Durante el Adviento, María no se mantiene pasiva; al contrario, su espera es activa y servicial. Al recibir el anuncio del ángel, acude presurosa a servir a su prima Isabel, quien también espera un hijo. Su espera está marcada por el servicio, el amor y la disponibilidad. Luego, regresa a Nazaret, pero poco después debe emprender camino a Belén con José, obedeciendo un decreto imperial que ordenaba el empadronamiento. Así, el Adviento de María es una espera gozosa en medio del camino y del servicio, una vivencia profunda de fe y de entrega a la voluntad de Dios. María espera a Dios mismo, al que lleva en su seno, mientras camina y sirve, haciendo de su vida un verdadero testimonio de esperanza activa.

Los Evangelios narran con ternura el nacimiento del Hijo de Dios en una noche sencilla, en medio de la pobreza de un pesebre. En aquel lugar humilde, rodeados de animales, José y María reciben al Niño Jesús, cuyo nombre significa “Salvación de Dios”. Los pastores son los primeros testigos de este acontecimiento, signo de que la salvación se ofrece a todos, especialmente a los humildes. Este nacimiento nos revela que la vida de Jesús es en sí misma salvación y redención, un don divino que transforma la historia humana. En Él, Dios asume la fragilidad de la vida para dignificarla y rescatarla.

La maternidad virginal de María, la joven de Nazaret que nunca imaginó ser Madre del Rey de reyes, nos invita a reflexionar en este tiempo de Adviento sobre tantas mujeres jóvenes que, sin haberlo planeado, se enfrentan al don y al desafío de la maternidad. Muchas de ellas ven sus planes transformados radicalmente y, en medio de la confusión o el miedo, se debaten entre acoger la vida o rechazarla. El ejemplo de María nos recuerda que la vida no es una decisión privada ni una carga impuesta, sino un regalo divino que nos trasciende, porque su autor es Dios, el Creador de toda vida.

El Adviento también nos mueve a reconocer y valorar el coraje de aquellas mujeres valientes que, a pesar de las dificultades, deciden seguir adelante con su embarazo. Imitando a María, enfrentan con esperanza los retos de la pobreza, la soledad o la incomprensión, y llevan a término la vocación más sublime: dar vida. Ellas se convierten en signo visible del amor creador de Dios, porque participar en la creación de una nueva vida es prolongar el acto mismo de la creación divina.

Sin embargo, no podemos ignorar la dura realidad de muchas jóvenes que, desorientadas o sin apoyo, contemplan el aborto como una salida. En su soledad, la desesperanza les hace olvidar que en su vientre habita una vida inocente, un alma creada y amada por Dios. Toda vida humana, desde su concepción, es signo de bendición, nunca de maldición. Dios no se equivoca al dar la vida; cada niño concebido es expresión de su amor infinito, aun cuando las circunstancias parezcan adversas o contradictorias. Defender la vida, especialmente la más frágil e indefensa, es decirle sí al plan de Dios, como lo hizo María.

El Adviento, entonces, es una invitación profunda a decirle sí a la vida, siguiendo el ejemplo de la Santísima Virgen. Ella también enfrentó el cansancio, la pobreza, la incertidumbre y el dolor, pero nunca perdió la confianza en Dios. Caminó desde Nazaret hasta Belén, soportando las incomodidades del viaje, y dio a luz al Salvador en la más absoluta sencillez. Con su ejemplo, las madres gestantes de hoy pueden encontrar fortaleza y esperanza. Aunque el entorno sea difícil, aunque falten recursos o apoyo, Dios no las abandona: Él camina con ellas, como caminó con María y José.

Que este Adviento del 2025, Año de la Esperanza, nos impulse a comprometernos concretamente con el acompañamiento y apoyo a las mujeres embarazadas, especialmente a las más vulnerables. Que nuestra solidaridad sea signo del amor providente de Dios, para que toda mujer que espera una vida nueva pueda descubrir, en la ayuda de la comunidad cristiana, la presencia amorosa del Señor que no deja sola a ninguna de sus hijas. Digámosle, como María junto a José, un sí confiado a la vida, porque en cada nacimiento Dios vuelve a pronunciar su palabra creadora y su promesa de salvación.

viernes, 21 de noviembre de 2025

Palabras de despedida y agradecimiento al padre Eusebio Pascual, operario diocesan

SACERDOTE EJEMPLAR

Querido padre Eusebio:

De parte de los seminaristas de la Arquidiócesis de Ayacucho, quiero hacerle extensivo nuestro agradecimiento por estos años en los que ha servido en este Seminario San Pío X de Huancayo. Usted conoce a algunos de nuestros hermanos desde hace años; a otros nos ha recibido recientemente, pero todos, sin duda alguna, le guardamos el mismo cariño y el mismo respeto. Por supuesto, nos entristece que tenga que irse, pero sabemos que asumirá la nueva misión que le encarga la Hermandad de Operarios Diocesanos con la alegría y el optimismo que lo caracterizan, y que es precisamente lo que nos ha enseñado en nuestras clases, en las Eucaristías y, por supuesto, en la dirección espiritual. Nos ha enseñado a ser obedientes y a ver la voluntad de Dios en las decisiones de los superiores.

Llega entonces el momento de despedirlo. Queremos decirle que lo recordaremos siempre con mucho cariño. Esperamos mantener el contacto vía telefónica, como usted mismo lo ha sugerido, para cualquier consulta o necesidad que tengamos. Sabemos que en usted encontraremos ese consejo oportuno y esa voz de sacerdote y de anciano que nos ilumina y nos enseña lo que debemos hacer, porque usted ya ha vivido y tiene una experiencia profunda, sobre todo en este campo de la formación sacerdotal.

Padre Eusebio, muchísimas gracias por su presencia, por su testimonio, por su perseverancia. Cuando orábamos por su salud, lo hacíamos con mucha fe, y cuando lo vimos regresar de España, luego de su operación y de su recuperación, nos dimos cuenta de dos cosas: en primer lugar, que la oración tiene poder, y en segundo lugar, que en usted había ese ánimo y entusiasmo por seguir acompañándonos, por concluir su tarea con nosotros en este seminario. Eso se agradece; es un gran testimonio y lo vemos como un ejemplo a seguir.

Ahora, la nueva comunidad que lo recibirá —en cualquier parte del mundo donde esté— de seguro sabrá reconocer lo que nosotros hemos tenido: un sacerdote valioso, importante, que tiene muchísimo que aportar a la formación de los jóvenes seminaristas y futuros sacerdotes.

Gracias, padre Eusebio. Gracias a la Hermandad de Operarios Diocesanos por permitirnos compartir con sacerdotes como usted, a quien siempre recordaremos con mucho cariño. Esperamos que tenga un trabajo muy fructífero en su nueva misión.

domingo, 16 de noviembre de 2025

Fuera de los pobres no hay salvación

 Fuera de los pobres no hay salvación

Este título, tan sugerente como controversial, es el de uno de los libros del teólogo Jon Sobrino, publicado en 2007. También fue el título de la homilía dominical de un sacerdote jesuita venezolano[1] en la Jornada Mundial de los Pobres, el domingo 16 de noviembre de 2025, fecha en la que además se prologa este libro.

El padre Molina, desde la sede de Radio Nacional de Venezuela en Caracas, introduce su reflexión sobre el evangelio leído (Lc 10, 25-37, “El buen samaritano”), recordando que la Jornada Mundial de los Pobres fue instituida por el apreciado papa Francisco para recordarnos lo que, a su vez, caracterizó su pontificado: levantar la voz por los más excluidos, por los pobres, por los inmigrantes, por los pueblos atropellados, y por aquello a lo que estamos llamados como Iglesia.

Como testimonio de este llamado, el padre presentó la vida de Ignacio Ellacuría, S.I., uno de los seis jesuitas asesinados en El Salvador el 16 de noviembre de 1989. Ellacuría, entonces superior de la Universidad Centroamericana, fue ejecutado por el ejército junto a sus hermanos de comunidad y a una mujer laica con su hija.

Retomando el evangelio, el padre Molina resalta que la pregunta del Doctor de la Ley a Jesús es, en esencia, una pregunta por la salvación: “Maestro, ¿qué debo hacer para poseer la vida eterna?”. Recuerda de inmediato aquella conocida premisa de la doctrina católica que afirma que “fuera de la Iglesia no hay salvación”, para luego presentar la propuesta de Sobrino, teólogo centroamericano, quien afirmó: “fuera de los pobres no hay salvación”. Así, ante la pregunta del Doctor de la Ley sobre cómo alcanzar la salvación, Jesús no se limita al cumplimiento de los Mandamientos —amar a Dios y al prójimo como a uno mismo— que, aunque cruciales, no agotan su respuesta. Jesús va más allá y responde con la parábola del buen samaritano ante la nueva pregunta del Doctor de la Ley sobre quién es realmente su prójimo.

La parábola es conocida: un sacerdote y un levita pasaron junto al hombre medio muerto al borde del camino y lo ignoraron; pero un samaritano, al verlo, se compadeció de ese pobre, de ese hombre en extrema precariedad, despojado de todo por los salteadores. El padre Molina detalla entonces las actitudes del amor hacia los pobres y nuestras disposiciones para atenderlos. La primera es la compasión: ante los pobres, lo primero es compadecerse, es decir, sentir en nosotros lo que ellos viven. Compadecerse ante el rostro de los enfermos, los abandonados, los ancianos, los niños, los jóvenes en riesgo de caer en drogas o delincuencia, los indígenas, los inmigrantes, las madres que sufren porque tienen un hijo privado de libertad… El rostro del pobre de esta parábola era, además, el rostro de la muerte, pues el texto evangélico señala que lo habían dejado medio muerto. Lo primero es compadecerse.

En segundo lugar, el samaritano se acerca. Acercarse a los pobres significa ir donde ellos están y ponerse a su lado, sin rechazo ni distancia, superando la aporofobia —ese desprecio o repulsión hacia los pobres—. Esta actitud, señalada por el papa Francisco en la presentación del libro “Iglesia, pobre y para los pobres” del cardenal Gerhard Ludwig Müller, nos interpela cuando él pregunta: “¿Quién de nosotros no se siente incómodo incluso frente a la sola palabra «pobreza»?”[2]. Su reflexión subraya precisamente la dificultad humana de mirar la pobreza de frente, y al mismo tiempo nos invita a vencer ese miedo para imitar la cercanía compasiva del samaritano.

En tercer lugar, el samaritano lo unge con aceite y vino; con lo que llevaba consigo le brindó ayuda, un auxilio que le salvó la vida. Esta unción nos recuerda el gesto de la mujer anónima de Betania.

En cuarto lugar, luego de vendar sus heridas y montarlo en su cabalgadura, lo trasladó a una posada, a un lugar seguro. El padre Molina destaca que el samaritano dejó que el pobre encontrado en el camino cambiara su agenda. Y los cristianos de hoy estamos llamados a dejarnos cambiar la agenda por los pobres, quienes muchas veces no figuran en nuestros planes. El samaritano interrumpió su viaje, descendió de su mula, se puso al lado del pobre, lo atendió con lo poco que tenía en ese momento y luego derrochó en él su generosidad, dejando dos denarios para su cuidado y comprometiéndose a pagar cualquier gasto adicional a su regreso. El samaritano desaparece al final de la parábola porque sirve y ama sin hacer ruido.

Finalmente, es Jesús quien interroga al Doctor de la Ley, preguntándole cuál de los tres —el sacerdote, el levita o el samaritano— se había comportado como prójimo del hombre herido. La respuesta del Doctor de la Ley, aunque clara, es también evasiva, pues no menciona explícitamente al samaritano; se limita a decir: “el que tuvo compasión de él”.

El padre Molina concluye afirmando que aquel samaritano, ese día, se ganó el cielo: al atender al pobre, ganó la salvación, que era precisamente la pregunta inicial del Doctor de la Ley. En consecuencia, fuera de los pobres no hay salvación; o, dicho de otra manera, amar a Dios a través de la caridad hacia los pobres nos otorga la aprobación divina, nos hace más cercanos a Dios y, en definitiva, nos salva.

Como ya dijimos, el título del libro de Jon Sobrino, “Fuera de los pobres no hay salvación”, es a su vez el tercer capítulo de su obra "Extra pauperes nulla salus", frase que es tan novedosa como provocadora y, sin duda, profundamente contracultural. Como lo afirma el mismo autor en el prólogo de su libro, corresponderá al lector juzgar cuán racional o razonable resulta esta afirmación. Sobrino fue consciente de que, al abordar el tema, le asaltaron la perplejidad y el desasosiego; sin embargo, conservó la esperanza de que otros puedan criticar, enriquecer y completar esta reflexión. En cualquier caso, Sobrino mantiene el título como una llamada urgente a tomar en serio la postración de nuestro mundo y a reconocer que, en ese “abajo” de la historia tantas veces ignorado, incomprendido y despreciado, se encuentra también la posibilidad de salvación[3].

La soteriología no entra en conflicto con lo expuesto hasta ahora, pues nadie niega que la salvación nos viene de Jesús y solo de Él, el Hijo de María, a través de su muerte en la cruz y su gloriosa resurrección. Sin embargo, es igualmente cierto que el Cristo que murió en la cruz fue un Hombre-Dios pobre, porque —como ya hemos señalado— que el Verbo se haya hecho carne significa que Dios se hizo pobre. En consecuencia, fuera de Cristo pobre no hay salvación.



[2] MÜLLER, G., (2014), Iglesia pobre y para los pobres, con escritos de Gustavo Gutiérrez y Josef Sayer, San Pablo, p. 5.

[3] SOBRINO, J., (2007), Fuera de los pobres no hay salvación, pequeños ensayos utópico-proféticos, Trotta, p. 15.

sábado, 15 de noviembre de 2025

Jesús: ungido para los pobres

        Ungido para los pobres: una lectura pastoral de Mc 14,1-9

         No es casual que la crítica tan dura a la unción provenga de Judas, el traidor. Este detalle revela una gran verdad sintetizada por el papa Francisco: “quien no reconoce ni valora a los pobres, traiciona el corazón del mensaje de Jesús y no puede considerarse verdaderamente su discípulo”[1]. Es por eso que en esta exégesis se ha enfatizado en la estrecha relación de la unción con la opción de Jesús por los pobres.

Como se ha señalado, con este pasaje de Mc 14,1-9 comienza el relato de la pasión de Jesús. El contexto es claro: faltan solo dos días para la Pascua, la fiesta que conmemora la liberación de Israel, durante la cual el Mesías será entregado a la muerte y resucitará. En este momento decisivo, Jesús se encuentra en Betania, una localidad cercana a Jerusalén, en la casa de Simón, quien había sido leproso, pero fue sanado por el Señor. Ya no está frente a las multitudes enseñando en parábolas, sino que comparte una cena íntima con sus más cercanos. En medio de esta comida festiva, una mujer se acerca y, con un gesto de generosidad y ternura, unge a Jesús. Su acción transforma el ambiente: no busca protagonismo, sino que, a través de su gesto, sitúa a Jesús en el centro del encuentro. En ese instante, queda claro que lo más importante no es ella ni el perfume, sino Él y lo que está por acontecer.

La escena principal tiene lugar durante un banquete de los grandes preparativos ante las fiestas[2]. En aquella sociedad antigua, donde el pan era escaso y la mayoría del pueblo vivía en la pobreza, una comida abundante representaba una verdadera celebración. El anfitrión es Simón, llamado «el leproso», alguien que en su momento fue marginado por su enfermedad, pero que, una vez sanado, ahora abre su casa para compartir con otros. En este ambiente festivo —marcado por la comida, la alegría y el aroma de un perfume costoso que una mujer derrama sobre Jesús—, se anticipa, sin embargo, la cercanía de su pasión: la cruz ya proyecta su sombra sobre Él

Una mujer sin nombre —identificada como María, hermana de Lázaro, en Juan 12,3— derrama un costoso perfume de nardo puro sobre la cabeza de Jesús. Se trata de un ungüento de gran valor: teniendo en cuenta que un denario equivalía al salario de un día (Mt 20,2), el perfume representaba aproximadamente el sueldo de todo un año, unos trescientos denarios, según el cálculo de los hipócritas presentes. Frente a la cercanía de la muerte de Jesús, esta mujer “hizo lo que pudo”, al igual que la viuda del templo que “dio todo lo que tenía” (Mc 12,44). Mujeres como ellas transforman el mundo con gestos sencillos, pero profundamente significativos. La mujer de Betania realizó una “obra buena”: anticipó la unción del cuerpo de Jesús para su sepultura, tal como hacía Tobit (Tob 1,16-18). Por eso, Jesús la defiende con firmeza y la elogia con una promesa conmovedora: “dondequiera que se anuncie el evangelio en todo el mundo, se contará también lo que ella hizo, para que se recuerde su memoria”.

Jesús es el Mesías que sufre. En su evangelio, Marcos ofrece un detalle significativo: la mujer derrama el perfume “sobre la cabeza” de Jesús (Mc 14,3; Mt 26,3), a diferencia de lo que narran Juan y Lucas, donde el ungüento se vierte sobre los pies (Jn 12,3; Lc 7,38). En la tradición de Israel, la unción en la cabeza era un signo reservado para reyes, profetas y sacerdotes (1 Sam 10,1; 2 Re 9,3.6; Sal 133). Con este gesto, el evangelista insinúa que Jesús es el Mesías consagrado por Dios. Justo en el momento en que va a ser entregado a la muerte, una mujer piadosa reconoce su dignidad real y mesiánica. A pesar de la traición de los hombres, Jesús permanece como el escogido de Dios. Todo el relato gira en torno a Él: algunos buscan entregarlo, otros lo honran con amor. Jesús es, indiscutiblemente, el centro de la escena.

Así como Jesús ocupa el centro de la escena en Betania, también los pobres tienen un lugar central en su corazón y en todo su pensamiento. Su vida, su predicación y sus gestos lo confirman constantemente: Jesús no solo se acercó a los pobres, sino que se identificó con ellos hasta el extremo de decir que lo que se hace con ellos, se hace con él mismo (Mt 25,40). La opción preferencial por los pobres no es un añadido marginal al Evangelio, sino una consecuencia lógica y necesaria del seguimiento auténtico de Cristo.

Por eso, quien se proclame discípulo de Jesús —sea catequista, sacerdote, religioso o laico— no puede mantenerse indiferente ante el sufrimiento de los excluidos, ni vivir una espiritualidad desvinculada de la justicia. Ser amigo de los pobres no se reduce a un sentimiento pasajero de compasión, sino que implica un compromiso profundo, una relación de cercanía, respeto, escucha y solidaridad. Y es que, sin verdadera amistad con los pobres, no hay caridad real, porque la caridad evangélica no es dar desde arriba, sino compartir desde abajo, desde la humildad del servicio.

La mujer que unge a Jesús lo intuye: su gesto amoroso no es un lujo superfluo, sino un acto profético. Mientras algunos piensan en “el dinero que se podría haber dado a los pobres”, ella reconoce a Jesús, el primer pobre, el Mesías sufriente, y lo honra con lo mejor que tiene. En ese momento, sin palabras, ella recuerda que solo quien ama de verdad a Cristo, ama también a los pobres. Porque no se puede amar al Señor sin amar su cuerpo, que son los pequeños, los olvidados, los últimos. Allí donde están los pobres, está también el corazón de Cristo latiendo con fuerza.

Una Iglesia pobre y para los pobres puede parecer un mensaje revolucionario o novedoso, pero en realidad está enraizado profundamente en la tradición cristiana. Ya el Concilio Vaticano II afirmaba con claridad que “la Iglesia debe caminar, impulsada por el Espíritu Santo, por el mismo camino que recorrió Cristo: el camino de la pobreza, la obediencia y el servicio”[3]. La opción por los pobres no es una idea nueva, sino una llamada constante del cristianismo. En tiempos recientes, especialmente durante el pontificado del papa Francisco, se ha tomado mayor conciencia de que la Iglesia solo es fiel a Cristo si camina con los pobres y se deja evangelizar por ellos.

La homilía 50 de san Juan Crisóstomo sobre san Mateo sirve de resumen para esta opción preferencial por Jesús y por los pobres que se ha planteado; allí se trata sobre los frutos eficaces de la eucaristía y cómo proceder: “¿Queréis de verdad honrar el cuerpo de Cristo? No consintáis que esté desnudo. No lo honréis aquí con vestidos de seda y fuera le dejéis padecer de frío y desnudez (...) ¿Qué le aprovecha al Señor que su mesa esté llena toda de vasos de oro, si él se consume de hambre? Saciad primero su hambre y luego, de lo que os sobre, adornad también su mesa (...) Al hablar así, no es que prohíba que también en el ornato de la iglesia se ponga empeño; a lo que exhorto es que (...) antes que eso, se procure el socorro de los pobres (...) Mientras adornas, pues, la casa, no abandones a tu hermano en la tribulación, pues él es templo más precioso que el otro”[4].

La lógica del Evangelio es sencilla: primero los pobres. Primero está atender a Jesús, presente en los pobres, y luego todo lo demás: el ornato, la belleza de la liturgia, el orden, la pulcritud y la dignidad de los templos. Primero el vestido y el alimento de los demás, luego el nuestro. Esta es la enseñanza que nos deja Jesús en la unción de Betania: la preferencia por Jesús solo es auténtica cuando se expresa en la caridad, la amistad y el amor concreto hacia los pobres, sus predilectos.

No se puede servir a Dios y al dinero (Lc 16,13), expresó el Señor para darnos a entender que primero está él y los pobres y luego sí todo lo demás.



[3] CONCILIO VATICANO II, (1965), Decreto Ad Gentes, n°5.

[4] SAN JUAN CRISÓSTOMO, (1956), Obras completas II, Biblioteca de Autores Cristianos, pp. 80- 82.