viernes, 19 de enero de 2018

Filosofía: La idea de Dios en Eckhart


 EL MAESTRO ECKHART
LA IDEA DE DIOS


Introducción

El tema de Dios, es como su mismo objeto de estudio, es decir, infinito. El Dios oculto de la Revelación no se hace conocer solamente a través de los testimonios que da de su obra y cuyo significado desentraña la teología especulativa. Se revela también directamente al alma. Es el «Dios sensible al corazón», cuyo fuego consumió el alma de Pascal[1], pensador cristiano francés del siglo XVII, que formuló a su vez, unas expresiones que alcanzaron fama rápidamente: «el Dios de los filósofos» y «el Dios de la fe». En primer lugar, el Dios de los filósofos sería lo que llega a conocer el hombre a través de su inteligencia natural, mientras que el Dios de la fe es el que se ha revelado a los hombres en Jesucristo[2].

En el presente trabajo, se verá implicado el tema de la idea de Dios en el teólogo alemán Eckhart de Hochheim, sintetizando de manera razonable los postulados de este eminente pensador cristiano, dejando claro que, al hablar de Eckhart se está hablando de mística y escolástica; el Maestro Eckhart fue lo que anheló ser, un maestro de vida, cuyas ideas tuvieron aceptación después de ser discutidas y condenadas. Como veremos, el pensamiento del Maestro Eckhart tuvo su momento difícil, sin embargo, hoy en día es considerado un aporte valiosísimo para la filosofía y la teología.

         Biografía del Maestro Eckhart: el autor estudiado nació en la ciudad de Hochheim hacia 1260, pudo haber sido discípulo del san Alberto Magno. Falleció en Colonia en 1327[3]. Perteneció a la Orden de Predicadores, ingresando al Monasterio de Erfurt, recibió el título de Magister Sacrae Theologiae “Maestro en Sagrada Teología” en 1302[4]. El Maestro Eckhart, después de estudiar en París dedicó su vida desempeñando varios cargos como superior de la Orden Dominicana, con ello visitó numerosos monasterios lo que le dio la oportunidad de destacarse en la predicación, fundando así un nuevo movimiento místico[5].

         El maestro Eckhart fue célebre por sus enseñanzas en las universidades, además de esto su fama creció por la predicación, ya que su cualidad en los sermones era una encantadora naturalidad. Fue su cátedra un recinto verdaderamente escolástico, sin embrago, se le ha querido representar como precursor del protestantismo y del moderno panteísmo[6].

         Obras del Maestro Eckhart y controversias: A pesar de ser el iniciador del pensamiento filosófico alemán, y de haber incluido este idioma como leguaje filosófico y teológico[7], se dice que escribió la mayor parte de sus obras en latín[8]. De las obras de este autor escolástico sobresalen las siguientes: Reden der Unterweisung, Quaestiones parisienses, Libros de las consolaciones divinas, Liber benedictus, Opus tripartitum[9].Eckhart y su doctrina fueron condenados dos años después de su muerte, en 1329, sin embargo, la Iglesia reconoció el error de esta medida[10]. Más que por equivocaciones doctrinales, el Maestro Eckhart fue malinterpretado a causa de las bruscas querellas teológicas entre dominicos y franciscanos, lo que lo llevó en 1327 a comparecer ante el Arzobispo de Colonia que era de la orden contrincante, todo concluyó con la condenación de 28 proposiciones por parte del Papa Juan XXII[11], aunque su ortodoxia fue defendida por uno de sus discípulos, Henry Suso[12].

         Por esta condenación y por figurar este autor al frente de los místicos alemanes se ha llegado a creer que la doctrina católica estaba en pugna con el misticismo. Lo particular es que el misticismo alemán en Eckhart fue esencialmente intelectualista, no hablando de unión por amor sino por entendimiento[13].

         La idea de Dios en el Maestro Eckhart: al profundizar en el pensamiento sobre Dios de este teólogo conviene dejar claro desde el principio que el Maestro Eckhart predica el desinterés y lo coloca por encima del amor, esto en relación a la comunión con Dios y los hombres. Según Eckhart, una razón de ello es que aunque «lo mejor del amor es que me fuerza a amar a Dios», es mejor para mí «mover a Dios hacia mí que yo moverme hacia Él, pues mi bienaventuranza eterna consiste en que yo y Dios seamos uno, y Él puede encajarse y unificarse mejor conmigo que yo con él». En principio se está manifestando la prontitud que tiene Dios para acercarse al ser humano, para encontrarlo. Otra razón es que «el amor me obliga a sufrir por amor de Dios, en tanto que el desinterés me hace sensible únicamente a Dios» (esto me lleva a «no poder recibir sino a Dios»)[14].

Todo esto lleva a considerar al Maestro Eckhart como un místico, y, además, como un místico para el cual la teología negativa es superior a la positiva, como se verá más adelante[15].

Se ha indicado que las fuentes de la teología negativa y mística del Maestro Eckhart se hallan en la tradición neoplatónica y del Pseudo-Dionisio. Hay que tener en cuenta, sin embargo, que el Maestro Eckhart, aún si lo consideramos como un místico, no es simplemente un místico que traduce los términos de la teología en términos de alguna "experiencia personal". El Maestro Eckhart es asimismo teólogo, y no siempre su teología es "negativa". Lo que sucede es que, como consta ya en sus diversas obras, la idea que el Maestro Eckhart se hace de Dios es una idea en la que aunque hay igualdad entre el esse  de Dios y su intelligere, lo que hubo en un principio era el intelligere (el "Logos", la "Palabra"), por lo que el esse o el hecho de ser un ens no es por sí mismo un predicado suficiente. De ahí que, desde el punto de vista del "mero ser" (que no es el "pleno ser" o el "ser en pureza), Dios aparezca como algo que "no es"[16].

Pero para el pensamiento eckhartiano Dios no es simplemente ser, porque es "más que ser". Cierto que en el posterior Opus tripartitum, el Maestro Eckhart declara que Dios es esse. Pero este esse es perfecta y completa unidad, la cuales la unidad del intelligere. Ahora bien, puesto que nada hay fuera de la perfecta unidad, puede concluirse que nada hay fuera de Dios. Esta es, una de las tesis que han llevado a algunos pensadores a considerar al Maestro Eckhart como un autor panteísta, por pensar que todo está en Dios. Pero decir que "fuera de Dios no hay nada" es como decir que "fuera de la Existencia nada existe", o, si se quiere, que todo lo que existe se mide por su relación con la Existencia. Por otro lado, no hay, según el Maestro Eckhart, nada tan distinto de Dios, el Creador, como lo creado y las criaturas. Así, pues, parece que el Maestro Eckhart subraya tanto la fusión como la separación[17].

Ahora daremos un paseo por el pensamiento del Maestro Eckhart como teólogo, al respecto él tiene varias consideraciones para la idea de Dios, la primera de ellas es plantear a Dios como pensamiento puro, y es que en la doctrina sobre Dios hace Eckhart siempre hincapié en que debemos antes decir lo que no es Dios que lo que es, (esto explica la llamada teología negativa). Por ello no quiere atribuir a Dios ni siquiera el concepto de ser. Para Eckhart Dios es entendimiento y entender (intellectus et intellegere). Con ello queda Dios bien definido como algo al margen de toda la realidad creada. Sin embargo, se pensó en tiempos de Eckhart, y después también, que con esa tesis se parecía quitar el ser a Dios. Pero, como la misma historia lo manifiesta, ya Aristóteles definió así a Dios; y asimismo santo Tomás de Aquino dice que, en Dios, entendimiento y esencia son idénticos; y, en san Alberto Magno, Dios es el intellectus universaliter agens y produce, en cuanto tal, la primera inteligencia[18].

La segunda consideración del Maestro Eckhart es ver a Dios como plenitud de ser. Y es que Eckhart puede también decir que el ser es Dios: ese est Deus. Siendo esta la primera tesis de su obra Prologus generalis. Con esto quiere decir: Dios es el ser, o lo que es lo mismo, la plenitud del ser. Todo ser emana de Él. «Dios todo lo ha hecho, no de forma que queden las cosas fuera de Él, como hacen los artífices manuales, sino que lo llamó de la nada, del no ser al ser, para que encontraran este ser, lo recibieran y lo tuvieran en Él». Ahora entendemos en qué sentido es Dios la plenitud del ser[19].

Y como tercera consideración, el Maestro Eckhart hace algunas disquisiciones sobre la Existencia de Dios, donde salta a la vista el platonismo cristiano del Maestro Eckhart cuando se pregunta si Dios existe, a lo que su respuesta es en efecto: «El ser es el ser de Dios» (ese est essentia Dei sive Deus; igitur Deum ese, verum aeternum est; igitur Deus est.). Así como las cosas blancas no son blancas sin la blancura, así tampoco son las cosas que existen sin Dios. Sin Él sería el ser una nada. En este sentido tampoco esto es panteísmo, sino la aplicación de la idea de participación al mundo de la existencia. Por un lado asegura Eckhart, apoyado en la teoría de las ideas, que las cosas sólo están en Dios en su ser «esencial», es decir, ideal, ejemplar, y Dios a su vez en ellas; y por otro lado nos dice ahora que también el ser espacial y temporal participa de Dios; pues cuando habla de existencia ciertamente entiende este mundo[20].

Cosa muy parecida a los planteamientos de Platón, cuando pretende explicar el mundo de las ideas, donde está la esencia de las cosas, cuyas imágenes e imitaciones están en la tierra, es decir, en este mundo.

Nicolás de Cusa será partidario del pensamiento del Maestro Eckhart, es por ello que ellos dos verán en Cristo una vía más intuitiva para nuestro mejor «yo», ya que Cristo es la palabra encarnada. En todo esto, Eckhart considera que si el alma humana fuera solo eso, no sería creada. Pero, por participar el alma de Dios, hay algo divino en ella, pensamiento paralelo al de Clemente de Alejandría, pero por participar sólo y no ser por tanto totalmente divina, se da en ella lo creado. Es el punto donde el hombre es un medio entre dos mundos, se conoce como perteneciendo a lo divino con auténtica participación[21].  

P.A
García




[1] Daniélou, J. (2003). Dios y nosotros. Madrid España. Ediciones Cristiandad. (p. 215).
[2] Lobo, G. (2003). Dios uno y Trino. Caracas Venezuela. Ediciones RIALP. (p. 16).
[3] Enciclopedia Universal Ilustrada (1924). Tomo XVIII (Parte II). Madrid España. Espasa Calpe. (p. 2769).
[4] Ferrater. J. (1990). Diccionario de Filosofía. Tomo II. Barcelona España. Alianza Editorial. (p. 885).
[5] Hirschberger, J. (1977). Historia de la Filosofía. Tomo I. Barcelona España. Editorial Herder. (p. 432).
[6] Enciclopedia Universal Ilustrada (1924). Tomo XVIII (Parte II). Madrid España. Espasa Calpe. (p. 2770).
[7] Ferrater. J. (1990). Diccionario de Filosofía. Tomo II. Barcelona España. Alianza Editorial. (p. 886).
[8] Hirschberger, J. (1977). Historia de la Filosofía. Tomo I. Barcelona España. Editorial Herder. (p. 432).
[9] Ibídem (p.p 432-433).
[10] Ibídem (p. 432).
[11] Ferrater. J. (1990). Diccionario de Filosofía. Tomo II. Barcelona España. Alianza Editorial. (p.p 885 - 886).
[12] Copleston, F. (). Historia de la Filosofía. Tomo III.
[13] Enciclopedia Universal Ilustrada (1924). Tomo XVIII (Parte II). Madrid España. Espasa Calpe. (p. 2770).
[14] Ferrater, J. (1990). Diccionario de Filosofía. Tomo II. Barcelona España. Alianza Editorial. (p. 886).
[15] Ibídem (p.886).
[16] Ferrater, J. (1990). Diccionario de Filosofía. Tomo II. Barcelona España. Alianza Editorial. (p. 886).
[17] Ibídem (p.886).
[18] Hirschberger, J. (1977). Historia de la Filosofía. Tomo I. Barcelona España. Editorial Herder. (p. 438).
[19]Ibídem. (pp. 438-439).
[20] Ibídem (pp. 439-440).
[21] Hirschberger, J. (1977). Historia de la Filosofía. Tomo I. Barcelona España. Editorial Herder. (pp. 441-442).

Reflexión sobre el Sacramento de la Confesión

CATEQUESIS SOBRE EL SACRAMENTO DE LA PENITENCIA

Queridos hermanos, en este día, la catequesis versará sobre el sacramento de sanación que nos lava el alma para devolvernos la gracia de Dios y así ser santos.

Para emplear el remedio es necesario conocer primero la enfermedad, es por eso que el Catecismo de la Iglesia Católica, define el pecado como una “ofensa a Dios, ruptura de la comunión con él. Al mismo tiempo, atenta contra la comunión con la Iglesia. Por eso la conversión implica a la vez el perdón de Dios y la reconciliación con la Iglesia, que es lo que expresa y realiza litúrgicamente el sacramento de la Penitencia y de la Reconciliación (Cf. LG 11)”[1].
Penitencia viene del latín penitere, que quiere decir dolerse, arrepentirse. A este sacramento se le puede llamar: penitencia, porque el acto más importante de él es la penitencia o dolor de los pecados; confesión, porque está establecido que para obtener el perdón hay que confesar los pecados; sagrado tribunal, porque el acusado es el penitente; el juez, el sacerdote; y la materia de juicio los pecados acusados[2].

La institución del sacramento de la penitencia tuvo lugar principalmente cuando, después de su resurrección, Cristo dijo a sus apóstoles: «La paz con vosotros. Como el Padre me envió, también yo os envío.» Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.» (Juan 20, 21-23).

El Código de Derecho Canónico expresa que “en el sacramento de la penitencia, los fieles que confiesan sus pecados a un ministro legítimo, arrepentidos de ellos y con propósito de enmienda, obtienen de Dios el perdón de los pecados cometidos después del bautismo, mediante la absolución dada por el mismo ministro, y, al mismo tiempo, se reconcilian con la Iglesia, a la que hirieron al pecar”[3].

La confesión puede ser válida o inválida, al respecto se sabe que “si no hay verdadero arrepentimiento tampoco existe sacramento; y seguiría sin existir aunque el confesor, engañado o no, diera la absolución”[4], además de esto, es necesario conocer que son los Obispos “los moderadores de la disciplina penitencial[5]”, a ellos les compete, entonces, conceder permisos a los sacerdotes para ejercer este ministerio, sin olvidar que “todo sacerdote, aun desprovisto de facultad para confesar, absuelve válida y lícitamente a cualquier penitente que esté en peligro de muerte de cualesquiera censuras y pecados, aunque se encuentre presente un sacerdote aprobado.[6]

En la vida ministerial de nuestros sacerdotes, es común encontrar en la mayoría de ellos, no en todos, la poca disponibilidad para atender las confesiones de los fieles católicos, esto sucede a pesar de que los mismos sacerdotes son conscientes de que se santifican y “se unen con la intención y con la caridad de Cristo en la administración de los Sacramentos, cosa que realizan especialmente cuando en la administración del Sacramento de la Penitencia se muestran enteramente dispuestos, siempre que, los fieles lo piden razonablemente.[7]

Como humanos estamos muy necesitados de signos sensibles para sentir la presencia y la gracia de Dios en nosotros, es por eso que, en cuanto a la intervención del confesor, el núcleo fundamental de la fórmula de absolución que pronuncia el rito latino son estas palabras: “Yo te absuelvo de tus pecados, en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo[8]”, pero es el mismo Cristo, es Dios mismo el que perdona, a través del Sacerdote, que actúa como canal entre Dios y los hombres.

Es muy válido el preguntarnos: ¿Por qué los católicos se confiesan con los sacerdotes, que son hombres como los demás?, y ante este cuestionamiento debemos respondernos: los sacerdotes no son hombres como los demás, porque tienen un poder especial que Cristo confirió a los Apóstoles y a sus sucesores[9], además de esto, la práctica de la confesión no es invento reciente del catolicismo, lo podemos notar en la cita bíblica de Hechos de los Apóstoles 19, 18, donde “muchos de los que habían creído venían a confesar y revelar todo lo que habían hecho”

Aunque el sacramento que estamos tratando es el canal legítimo para obtener el perdón de Dios, que no se nos olvide que “también Dios perdona por un acto de perfecta contrición, o sea cuando uno se arrepiente de verdad, prometiendo a Dios confesarlos después a un sacerdote. Si yo quiero confesarme bien, tengo que hacer primero, tres cosas: recordar mis pecados mortales no confesados, arrepentirme de ellos y prometer corregirlos en adelante. Y hecho esto, voy a decir al confesor mis pecados, sin mentir ni engañar y luego hago o rezo lo que mande. Así queda limpia mi alma de pecados y me reconcilio con Dios, como un hijo con su padre[10]

En este sacramento, la penitencia que impone el sacerdote, no debería únicamente ser rezar tal cantidad de padrenuestros o avemarías, si esto sucede, debe verse como una invitación a intensificar la vida de oración, que tiene como consecuencia la unión con Dios, sin embargo, la penitencia de una confesión, a la luz del Código de Derecho Canónico, “consiste en tener que hacer una obra de religión, de piedad o de caridad[11]”, es decir, no solo orar, sino también poner por obra la caridad cristiana.

Uno puede recibir frecuentemente el sacramento de la penitencia porque una y otra vez reincide en un pecado mortal y quiere obtener de Dios su perdón. La llamada gracia sacramental, que sólo es propia del sacramento de la penitencia y que por ningún otro sacramento se produce o puede producirse, es la gracia santificante, con carácter y fuerza especial para hacer desaparecer el decaimiento causado por los pecados veniales, el déficit de fuerza, valor e impulso espiritual, para fortalecer el alma y alejar los impedimentos que se oponen a la gracia y su operación eficaz en el alma[12].

¿Tiene lógica colocarnos una ropa limpia sin antes ducharnos? No, y en este sentido, la confesión de los pecados lava el alma, y la deja digna de recibir el Cuerpo de Cristo, que es un vestido de gracia y de salvación. Por eso, antes de comulgar, debemos estar debidamente bien confesados, sin pecado mortal.

La confesión no es una dirección espiritual, en esta se dicen los pecados cometidos y el sacerdote da un consejo y luego, si es posible, da la absolución, en una dirección espiritual, aunque guarda el mismo sigilo sacramental, es decir, que no se puede revelar por ningún motivo lo allí conversado, es una plática más amigable, donde pueden venirse otros temas que no precisamente son materia de confesión.

Para algunos es difícil creer y aceptar que, a pesar de que la confesión es un sacramento del amor de Dios, no todos están en disposición de recibir la absolución, por ejemplo, los no bautizados, los que viven en concubinato o los que cometieron pecados que están reservados al Obispo o al Papa.

Hermanos, para que no se nos olvide el gran amor de Dios por nosotros culmino esta catequesis compartiéndoles el pensamiento de un santo sacerdote: “Mira qué entrañas de misericordia tiene la justicia de Dios! -Porque en los juicios humanos, se castiga al que confiesa su culpa: y, en el divino, se perdona. - Bendito sea el santo Sacramento de la Penitencia![13]

P.A
García



[1] Catecismo de la Iglesia Católica. (# 1440).
[2] Faría, R. (1942). Curso superior de religión. Editorial Librería Voluntad. Bogotá, Colombia. (pp. 362-362).
[3] Código de Derecho Canónico. (#959).
[4] Moliné, E. (1999). Los siete sacramentos. Editorial Vértice. Caracas, Venezuela. (p. 123).
[5] Concilio Vaticano II. Constitución Dogmática "Lumen Gentium" Sobre la Iglesia. (#26).
[6] Código de Derecho Canónico. (#976).
[7] Concilio Vaticano II. Decreto "Presbyterorum ordinis" Sobre el ministerio y la vida de los presbíteros. (#13)
[8] Concilio de Florencia DS 1323
[9]Amatulli, F. (1986). La Iglesia Católica y las Sectas Protestantes. Apóstoles de la Palabra. Caracas, Venezuela. (p. 54).
[10] Fernández, T. (1975). Catecismo Popular. (p.33).
[11] Código de Derecho Canónico. (#1340).
[12] Benedikt Baur, O. S. B. “La confesión frecuente”
[13] Escrivá de Balaguer, J. (1965). Camino. (#309).

domingo, 31 de diciembre de 2017

Homilía Dominical del 31 de Diciembre de 2017

Homilía Dominical del 31 de Diciembre de 2017

Lecturas: (Si 2-6. 12-14; Sal 127, 1-2.3.4-5; Col 

3,12-21; Lc 2,22-40)


Queridos hermanos en la fe, sean bienvenidos a esta Eucaristía del 31 de diciembre, que corresponde al último día de este año 2017. Por eso, quiero invitarles a vivirla con espíritu de acción de gracias a Dios por todos los beneficios recibidos de él durante este año que hoy se acaba, y que como buenos cristianos vamos a culminar en su presencia.

Todos los 31 de diciembre, es ya una tradición el reunirnos en familia para despedir un año y dar la bienvenida a otro, y es en medio de esta realidad donde, por voluntad de Dios, vamos a festejar a la Sagrada Familia de Nazaret. No es coincidencia, es el querer de Dios que en este último día del año civil meditemos acerca del valor de la familia, a ejemplo de José, María y Jesús, el Dios humanado. Meditar sobre la familia y poner en práctica todo esto puede ser la clave para superar la grave crisis moral y de valores que sufrimos como sociedad venezolana. Las palabras que a continuación les voy a transmitir, no las reciban como palabras de hombres, sino como palabras inspiradas por Dios para su Pueblo, que está sediento de Él.

Para hacer más esquematizada la reflexión de este día, vamos a tener en cuenta tres puntos muy concretos, sacados a la luz de la Palabra que acabamos de escuchar.

1-   Honrar a padre y madre

Queridos hermanos, la primera lectura, tomada del libro de Sirácide, expone la gloria de aquellos que pongan en práctica el cuarto mandamiento de la ley de Dios, el cual reza: “Honrar a padre y madre”, y es que es una obligación de nosotros como hijos, el venerar, respetar, ayudar y amar a aquellos seres que nos han dado la vida, y que han servido como instrumentos de Dios para que nosotros estemos en este mundo. El honrar a padre y madre significa, como lo manifiesta la lectura, estar con ellos en las buenas y en las malas, valorar todo lo que han hecho por nosotros y apoyarlos cuando sus fuerzas no les permitan valerse por sí mismos. Valga con esto la reflexión sobre las actitudes malsanas y erróneas que muchos hijos toman con sus padres cuando éstos ya están ancianos.

Cuántos padres y madres ancianos pasarán esta noche en un lugar apartados de sus familias porque sus hijos no han querido hacerse cargo de ellos en la vejez y en la enfermedad. Cuántos padres y madres están olvidados por sus hijos que prefieren estar esta noche en la calle, rodeados de tantos peligros, y no compartir lo poco o lo mucho que se tenga con sus familiares.

La familia la hizo Dios para estar acompañados, para darnos calor y amor unos a otros. Es que hay que ser un desalmado, para no vivir aquello que dice la canción más popular de este día: “faltan cinco pa las doce, el año va a terminar, me voy corriendo a mi casa a abrazar a mi mamá”. Sí, es que la letra de esta canción es propicia para traerla a la reflexión. Hay que correr y abrazar a nuestros familiares y decirles cuánto le queremos y cuán importante son para nuestras vidas. Un hijo no es nada sin su padre y su madre y un padre y una madre no es nada sin su hijo, sin su hija. Podemos imaginarnos el hogar de Nazaret, a una María dedicada a los quehaceres del hogar y a un José trabajando en la carpintería y enseñando este oficio al joven Jesús, y es allí, en las cosas cotidianas donde se manifestó el amor de Dios y la misma santificación de la humanidad.

Podemos imaginarnos también a Jesús, que en su crecimiento fue aprendiendo a amar a sus padres, en especial a su madre la Santísima Virgen María, hasta el punto de dejarla encargada al Apóstol san Juan antes de morir y resucitar. Queridos hermanos, la misma vida de Cristo nos enseña que, nuestra relación con nuestros padres es el reflejo más aproximado de la relación de Dios con nosotros, pues, como lo dice la escritura: “como una madre siente ternura por sus hijos, así Dios siente ternura por los hombres”. Dios es un Dios de amor, de ternura, de familiaridad.

Pensemos ahora, cuando estos valores faltan en las familias, es entonces cuando se crían no hijos, sino delincuentes y antisociales que hacen daño porque eso ha sido lo único que han recibido desde sus hogares. La responsabilidad de la familia es tan grande, que, dependiendo de la educación de los hijos en el hogar es que se dará en el futuro un buen fruto a la sociedad, con personas que quieran trabajar por el bienestar de todos, trabajar por hacer de este mundo un lugar más humano. Estamos necesitados de familias formadoras de humanos, porque mientras más humanos más cristianos.

He dicho al principio que este 31 de diciembre está hecho para estar en familia, compartiendo los padres con sus hijos, pero no se nos puede olvidar que, gran número de familias venezolanas hoy en día están fragmentadas, pues muchos de nuestros hijos, jóvenes y adultos tuvieron que salir del país para buscar nuevos horizontes de trabajo y prosperidad. Para nadie es un secreto que el pueblo venezolano, y más aún la juventud, está viviendo un gran éxodo, que pareciera ser la única esperanza ante tanta decadencia. Que no se nos olvide, queridos hermanos, que Dios no es un Dios de división, por eso, esto que está sucediendo es producto del maligno, que nos quiere ver divididos, el maligno que primero nos dividió a los venezolanos dentro de nuestro mismo país, pero que ahora, con más furia nos está dividiendo sacando fuera a los hijos, a las hijas, esto es para reflexionarlo, no para lamentarnos. Es preciso, entonces, encomendar en nuestras oraciones del día de hoy a todos los venezolanos que están lejos de su patria, lejos de sus familias.

2-   Que la paz de Cristo sea nuestro árbitro

Colosenses, en la segunda lectura trae a la mente las características que deben imperar en nuestras familias, es por esto que nombra la misericordia entrañable, bondad, humildad, dulzura y comprensión como instrumentos eficaces de las relaciones humanas, donde el amor es el ceñidor de la unidad consumada. Queridos hermanos, pensemos ahora, en cuántas de nuestras familias falta alguno de estos valores, si no todos. Porque donde hay misericordia entrañable hay paz, donde hay bondad y humildad hay paz, donde hay dulzura y comprensión hay paz, y donde hay paz hay amor. Ya estamos cansados de tantas peleas, de tantas discordias entre los miembros de nuestras familias. Esta Navidad que estamos viviendo, y este último día del año debe convertirse en la oportunidad para apartar el egoísmo y el orgullo y darle un abrazo a aquel hermano, a aquella hermana o a aquel familiar que durante tanto tiempo ha estado alejado de mí. Hoy Cristo te está invitando a ser más humilde con tus familiares, a saber perdonarlos como Dios te ha perdonado a ti, a saber comprenderlos como ellos te han comprendido a ti, hoy el Señor, hecho niño en el portal de Belén, nos pide que le amemos a él amando a nuestros hermanos.

Queridos hermanos, hoy en día, en este contexto social en que estamos inmersos, amar al hermano significa desearle el bien, procurarle lo necesario para sobrevivir, comprenderle en las necesidades que tenga, compartirle de lo que tengamos porque todos estamos necesitados, hoy en día amar al hermano significa respetarlo en las colas que se hacen por reclamar alimentos, en las colas que se hacen por la gasolina, por el gas, por el efectivo necesario para hacer nuestras compras. Hoy en día amar al hermano significa ser misericordiosos como el Padre Dios es misericordioso. El cristiano del año 2018 que está por comenzar, es un cristiano que está comprometido a llevar la paz a todas esas realidades que he mencionado, llevar la paz y ser instrumento de la paz del Señor, como el gran san Francisco de Asís, que llevemos la paz a todas las circunstancias de la vida, porque donde hay paz hay amor, y todo estará bien.

Colosenses nos sigue haciendo la invitación a vivir en paz y recomienda, de manera especial a las familias, a vivir con la Palabra de Dios en medio, para alimentarnos de esa riqueza incomparable. De los padres de familia es el gran deber de educar a sus hijos, enseñándolos con toda sabiduría y corrigiéndolos cuando sea necesario, el que ama corrige. Que todo lo que hagamos, lo hagamos para dar gloria al nombre del Señor Jesús.

Que la paz de Cristo sea nuestro árbitro quiere significar también que en la vida familiar la mujer está llamada a vivir bajo la autoridad de su marido, pero que no es una autoridad machista, sino que, por el contrario, es una autoridad que viene de lo alto, y que lo constituye a él como el primero en dar ejemplo de amor y caridad. La palabra invita a los hombres a no ser ásperos con sus mujeres y a amarlas sin medida, de igual manera hace la gran exhortación a los hijos a obedecer a los padres en todo, ya que esto agrada a Dios. Queridos hermanos, la obediencia es la clave de la felicidad en la vida familiar, los hijos deben obedecer a ciegas a sus padres, porque el que obedece no se equivoca. Ya podemos imaginarnos a Jesús siendo obediente a María y a José, y más aún su Padre Dios, hasta el punto de morir en la cruz por amor y por obediencia a la voluntad de Dios, vemos entonces como la obediencia nos alcanza la salvación.

3-   Seguir los pasos de Jesús, María y José

En este domingo de la Sagrada Familia, el evangelista san Lucas nos muestra la escena de la presentación del Niño Jesús en el templo, que corresponde al cuarto misterio de gozo. Y en  esta escena debemos notar cómo José y María llevan al niño Jesús al templo para hacer las cosas según lo que estaba escrito en la ley del Señor. En esta primera parte ya la familia de Nazaret nos está dando un ejemplo y nos está haciendo una invitación, la de cumplir los mandamientos de la ley de Dios.

Bien sabemos que el entorno familiar es la primera escuela donde se educa a los hijos. Este evangelio nos enseña la pedagogía de Dios, que es enseñar con el ejemplo, vemos a María y a José ir al templo con Jesús, es decir, los padres no lo mandan solo, como hacen muchos padres hoy en día, sino que van con el niño para cumplir la ley, y ese ir con el niño es enseñarle las cosas buenas con el ejemplo, porque ellos, que son los padres, también están asistiendo.

Es muy común escuchar a un niño decir que cuando sea grande quiere ser como su padre o como su madre, y esto se convierte en un orgullo para la familia, porque está viendo en los adultos de la casa ese buen ejemplo que lo animará más adelante a esforzarse por cumplir sus metas y proyectos. Las familias de hoy en día no saben qué será de sus hijos, pues por la misma situación que vivimos, cada vez más jóvenes abandonan sus estudios porque se les hace imposible sobrellevar una vida estudiantil, donde lo económico juega un papel importante. En la familia de Nazaret notamos el gran esfuerzo de José y de María por brindarle la mejor educación a su hijo Jesús, podemos imaginarnos a José enseñando el oficio de la carpintería a Jesús, que se convertiría en el trabajo que sustentaría a él y a su madre.

Y es que el valor del trabajo es tan importante en la educación familiar, que la misma Sagrada Familia nos indica que es ese el camino de la santificación, sí, el trabajo es el camino de la santificación. Donde no se educa a los niños en el trabajo y el esfuerzo, se están formando los ladrones de la sociedad, que pretenden tomar lo ajeno como propio cuando no han trabajado para conseguirlo por sus propios medios. La delincuencia cada día aumenta, y con razón, pues muchas familias se han acostumbrado a que todo se los regalen, que todo les caiga de lo alto, y entonces se nos ha olvidado que es trabajando como se ganan las cosas y no viviendo esperanzados a que a alguien se le ocurra vivir la caridad para callar las conciencias de los más ignorantes.

Queridos hermanos, en la figura del anciano Simeón vemos al hombre y a la mujer que espera la venida del Señor, que se esfuerza y persevera por ver al Dios humanado, por ver al Emmanuel. Simeón esperó la venida del Salvador con mucha paciencia, preguntémonos ahora: ¿espero con paciencia las bendiciones de Dios en mi vida? Que también nosotros podamos decir en medio de nuestras vidas: ahora, Señor, según tu promesa puede dejar a tu siervo irse en paz, porque mis ojos han visto a tu salvador, luz para alumbrar a las naciones y gloria de tu pueblo Israel, éste, que es un himno de acción de gracias debemos repetirlo de manera especial en este día 31 de diciembre, dándole gracias al Señor porque nos ha permitido verlo, tocarlo, experimentarlo en este año 2017, y hemos aprendido de manera contundente que solo él es la luz que ilumina nuestra vida, y sólo él es el amigo que nunca falla.

Simeón se encuentra con la Familia y reconoce en medio de la Familia a la Luz que iluminará a todas las naciones. Si Dios está en medio de nuestras familias, nosotros seremos esos focos, esos rayos de luz que iluminarán a la sociedad. Estamos llamados a ser luz del mundo, luz en la calle y en la casa, luz que alumbre a todos y no a unos pocos, porque Dios nos ha nacido y ha venido para ser luz de las naciones todas.

Si algunas de estas palabras que he dicho, ha resonado en la conciencia de ustedes como lo ha hecho ya en la mía, demos gracias a Dios por eso, porque, a la Iglesia venimos a encontrarnos con Dios, y Dios está en las cosas cotidianas de la vida, y ahora, más que nunca, Dios está sufriendo con nosotros y nos está llamando con voz poderosa a rechazar el mal y elegir el bien, la prosperidad, la igualdad y el bienestar de todos. Que no se nos olvide que estamos llamados a “honrar a padre y madre”, a vivir para “que la paz de Cristo sea nuestro árbitro”, y “seguir los pasos de Jesús, María y José” siempre y en todo lugar.

Que veamos a Dios en los demás, que veamos la luz de Dios y dejemos de vivir en las tinieblas del engaño y del fracaso. Hoy Dios nos da la oportunidad de optar por él, de empezar en 2018 de su mano, en su presencia, con su bendición, no perdamos la oportunidad de decirle a Dios: aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad.

Feliz Navidad y Feliz Año Nuevo para todos.

P.A
García