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sábado, 23 de agosto de 2025

Mons. Alexander Rivera Vielma, obispo de San Carlos, Cojedes, Venezuela

UN PASTOR HUMILDE Y PRUDENTE

Ya son dos los rectores que he tenido en el seminario a quienes han ordenado obispos. El primero fue monseñor Juan de Dios Peña Rojas, nombrado obispo de El Vigía–San Carlos del Zulia en julio de 2015. Ahora se trata de monseñor Alexander Rivera Vielma, quinto obispo de San Carlos.

A monseñor Alexander lo tuve como rector entre los años 2015 y 2018. Bajo su guía recibí la admisión a las sagradas órdenes del diaconado y presbiterado el 15 de julio de 2018. Puedo dar fe de que es un hombre recto, disciplinado y profundamente obediente y humilde. Su humildad es tan evidente que, en un primer momento, me sorprendió su aceptación del episcopado. Sin embargo, comprendí pronto que, así como la humildad lo define, también lo caracteriza una obediencia firme y sincera. De ahí se entiende que haya aceptado ceñir su cabeza con el peso de la mitra, no por ambición, sino por fidelidad al querer de Dios y de la Iglesia.

En su última etapa como rector —pues ya lo había sido antes— se mostró como un formador sereno y comprensivo, muy distinto a lo que se comentaba de sus primeros años en el Seminario San Buenaventura de Mérida, en el que fue muy rígido. Tenía la costumbre, cada domingo después de completas en la capilla, de hacer un resumen de la semana. Aprovechaba para dar indicaciones, correcciones oportunas y observaciones que llevaba anotadas cuidadosamente en su agenda, muchas veces expresadas con buen humor. Todos esperábamos ese momento, para enterarnos de los últimos acontecimientos de nuestra casa de formación.

Recuerdo una ocasión en que yo mismo fui objeto de una de sus correcciones. Una noche, mientras me conectaba de manera furtiva al wifi en el sótano del seminario para publicar un artículo en mi blog, apareció de improviso el padre Alexander. Me sorprendió enormemente y, tras preguntarme qué hacía allí en la oscuridad, solo me dijo en tono de reprensión: “Ay, Pedrito, Pedrito…”. Sin más, se fue. Sin embargo, el domingo siguiente relató la anécdota frente a todos, con un toque de humor, y fui objeto de las bromas de mis compañeros, que asumí con gracia.

Otra vez, en una reunión comunitaria, se nos reclamaba por el uso de un salón para la dirección espiritual que algunos seminaristas teníamos con un sacerdote del Opus Dei. Aunque noté que no era del todo de su agrado, me animé a intervenir recordando que se nos había dado libertad para elegir nuestro director espiritual, ya que la lista propuesta por el arzobispo incluía sacerdotes de diversas congregaciones y carismas. Tras escuchar mis razones, el padre Alexander no hizo comentarios, y se comprometió a facilitar la llave del salón todos los martes por la tarde. Desde entonces, fielmente, cada martes acudía a pedirle la llave en su oficina, siempre pulcra y ordenada.

Era un hombre sencillo y cercano. A veces, yo le solicitaba permiso para salir a comprar pan, al regresar de la calle compartíamos con él una taza de café con pan, especialmente cuando era café de La Azulita, su pueblo natal, lo cual aceptada gustosísimo. Se notaba cuánto lo disfrutaba, y al poco rato devolvía la taza ya lavada. En una ocasión me pidió que le ayudara a recargar el saldo de su teléfono; desde entonces tuve su número personal, algo que no todos tenían. Más adelante comenzó a enviarme por WhatsApp breves notas de voz con un fondo musical, en las que hacía una oración y compartía una reflexión sencilla sobre el Evangelio del día.

Sus homilías eran verdaderas joyas: siempre bien preparadas, breves, con frases concretas y llenas de imágenes que iluminaban la vida cotidiana, muy al estilo del papa Francisco. En una salida comunitaria a unas piscinas, tras dar algunas indicaciones, terminó diciendo con buen humor: “Prohibido pasarlo mal”, lo que nos arrancó risas y gratitud.

También fue un hombre de escucha. Recuerdo que acudí a él para contarle la situación con un compañero que me humillaba y había llegado incluso a confesarme que quería golpearme. El padre Alexander me escuchó con atención y me aseguró que hablaría con él. Al poco tiempo, noté un cambio radical: aquel seminarista dejó de molestarme e incluso comenzó a buscarme para charlar sobre filosofía y teología, muchas veces acompañados de un café en mi habitación.

De él aprendí también lecciones firmes. Una vez, llevado por rumores de mi parroquia, le comenté que un sacerdote interino se hacía acompañar por una señora en la casa cural, lo que provocaba habladurías en el pueblo. Él me escuchó y me respondió con claridad: “Pedro, no se deje llevar por la gente. Entre bomberos no nos pisamos la manguera”. Como corrección, me prohibió usar la sotana durante un tiempo.

Guardo recuerdos muy vivos: el 12 de diciembre de 2016, mientras rezaba el rosario de noche frente al Sagrario, sentí su presencia detrás. Al terminar, me dijo simplemente: “Pedro, ha fallecido monseñor Javier Echevarría, prelado del Opus Dei”, sabiendo mi cercanía espiritual con la Obra.

Una tarde, durante la cena, me pidió que ayudara a un sacerdote a preparar unas diapositivas sobre la encíclica Laudato si’ para un grupo de profesores universitarios. Acepté, sin saber que de esa colaboración surgirían serias dificultades que más adelante motivarían mi injusta salida del seminario, cuando ese sacerdote llegó a ser rector.

Sin embargo, aun después de que el padre Alexander dejara la rectoría para ser vicario general de la arquidiócesis y párroco universitario, lo seguí buscando. Me recibió en su oficina, escuchó mis inquietudes y trató de darme ánimo. Aunque se equivocó al confiar en la bondad del sacerdote que luego me haría tanto daño, yo no lo culpo: simplemente me escuchó y me dio el aliento que necesitaba.

Tras dejar el seminario continué escribiéndole por correo electrónico. Siempre me respondió con palabras de ánimo y fortaleza. La última vez fue para felicitarlo por su nombramiento episcopal, y recibí de él una respuesta agradecida: “Pedro. Agradecido por su saludo y felicitaciones, alegría porque va haciendo camino. En la formación todo el tiempo, ya en el sacerdocio toda una vida. Así que no hay que ir con prisa hermanito. Un abrazo.”

Tuve la gracia de seguir en vivo, a través de la transmisión por YouTube de su diócesis, la ordenación episcopal de monseñor Alexander hoy sábado 23 de agosto. Me conmovió profundamente la homilía del arzobispo de Mérida, ordenante principal, quien recordó con cariño la trayectoria del padre Alexander y le expresó que dejaba atrás las frías montañas merideñas para acrisolarse bajo el sol de los llanos venezolanos, invitándole a ser un evangelizador itinerante, como lo ha sido hasta ahora.

Uno de los momentos más emotivos fue cuando, ya revestido como obispo, con mitra y báculo, saludó con un tierno abrazo a su madre y a sus familiares presentes en la ceremonia. Esa escena me tocó el corazón, pues despertó en mí un anhelo muy personal: poder algún día replicar ese gesto con mi santa madre, quien ha sufrido y caminado conmigo en este largo itinerario vocacional.

Hoy, al recordar al ahora monseñor Alexander Rivera Vielma, quinto obispo de la diócesis de San Carlos (Cojedes, Venezuela), solo puedo desearle un fructífero episcopado. Que sea un pastor con olor a oveja, a ejemplo del papa Francisco, del papa Benedicto y de tantos santos pastores que entregaron su vida por sus ovejas.

El padre Martín Carbonell con monseñor Rivera Vielma



jueves, 1 de agosto de 2024

Falleció el padre Argenis Zambrano

SACERDOTE PARA SIEMPRE

         El 1 de agosto de 2024, a los 58 años de edad, entregó su alma sacerdotal al Dios Creador el querido padre Argenis Evangelista Zambrano Albarrán, después de una paciente y sufrida enfermedad y a varios años de haber dejado el encargo de la parroquia San Vicente Ferrer de La Playa, donde tuve la oportunidad de compartir muy de cerca con él.

         Con motivo de su cumpleaños 55, en diciembre de 2020, le dediqué unas palabras que no pretendo ahora repetir, pero dada la noticia de su fallecimiento es preciso ahondar un poco más en lo que pude conocer de este sacerdote merideño, que había nacido en la población de La Azulita el 27 de diciembre de 1965, del matrimonio de Ulises e Isolina.

         Recuerdo cuando el padre Ramón Olivo Gómez Huiza estaba dejando la parroquia San Vicente Ferrer luego de un brevísimo curato; por razones obvias estuve presente en todo el proceso de recibimiento del nuevo párroco, que sería el padre Argenis Zambrano; él venía de ser cura de La Mesa de los Indios de Ejido, parroquia “Santiago Apóstol”. Algunas veces lo había saludado de pasada en las multitudinarias reuniones del clero merideño que se realizan en el Seminario San Buenaventura. Hasta su llegada a La Playa yo no había tenido un trato cercano con él, pero me di con la sorpresa de que el padre Argenis decía conocerme, pues había leído alguno de mis artículos publicados en el Blog y en la revista del seminario.

         La primera vez que nos saludamos en la Casa Cural de La Playa, conversamos brevemente y lo que me dijo fue eso, que me conocía porque me había leído, además de seguir mis cuentas en las redes sociales (entonces muy activas); y me dedicó unas cuantas palabras elogiosas, pero, sobre todo, sembró en mí el ánimo de seguir adelante. Yo solo le recordé que en oportunidades nos habíamos saludado en el seminario.

         El padre Argenis llegó a La Playa con una gran mudanza. Cajas y cajas, de libros, de cosas, pero lo más importante para él era el cuidado de sus acompañantes, buenas amistades conseguidas en su paso por las parroquias, y sus queridas mascotas, que superaban la docena de caninos, todos con nombre propio y trato especial con cada uno de ellos. Al principio esto nos sorprendió muchísimo, porque no estábamos acostumbrados a ver animales en la casa cural y mucho menos en el templo; pero el padre Argenis nos enseñó a querer a estas criaturitas, que también son creación de Dios. Aunque en honor a la verdad, las mascotas estaban siempre en la casa, y rara vez en el templo.

         El Dr. Luis Alfonso Rodríguez fue su hijo predilecto y fiel, en el espíritu y en el aspecto humano de un hombre que era realmente un padre, tierno y responsable. Recuerdo la gran angustia del padre Argenis cuando no pudo asistir a la defensa de tesis doctoral de Luis Alfonso, a la que yo si pude ir. Mientras Luis Alfonso exponía su titánico trabajo, le tomé algunas fotos que compartí por teléfono con el padre Argenis, y él, desde La Playa, deseó haber acompañado a su hijo adoptivo, pero por alguna razón no fue posible. Se admiraban mutuamente, padre e hijo se reconocían el uno al otro como lo más importante. Ahora pienso en lo duro que habrá sido para el Dr. Luis Alfonso el haber visto morir al padre Argenis tan joven, tan sufrido por su enfermedad. De seguro él también sufrió con paciencia la agonía de su mentor.

         En las conversaciones privadas, era habitual verlo acariciar a uno de sus perros, que se acomodaba en sus piernas, obediente y confiado en su cariño. Nunca llegué a aprender el nombre de ninguno de sus perritos, pero no era necesario; ellos tenían un excelente dueño, y eso les bastaba. En las charlas más íntimas, siempre había lugar para buenos chistes, porque el padre Argenis, sin duda, poseía un gran sentido del humor. También aprovechaba para compartir recuerdos y experiencias de sus parroquias anteriores y hasta de su misma formación en el seminario. Aunque merideño de nacimiento y luego bien incardinado en la Arquidiócesis de Mérida, él siempre se supo venido de otro lugar, pues el Seminario Mayor San Judas Tadeo de San Felipe fue su etapa forjadora, moldeadora y configuradora, la base y guía de su ministerio sacerdotal.

         Del padre Argenis todos conocimos su amor abnegado por Venezuela, y de ahí su afincada animadversión con el actual narco-régimen dictatorial chavista que gobierna el país, pesadilla de nunca acabar. Nunca lo ocultó y no tenía por qué hacerlo, él tenía sus razones, pues era enemigo del comunismo y del socialismo empobrecedor de los pueblos. Como todo hombre bien formado en ideas, sabía que nada bueno se puede sacar de la ideología marxista-leninista, porque la historia así lo ha demostrado, y lo que está claro a la vista no necesita de anteojos. Tal fue su reconocido compromiso con la libertad y la democracia que, el movimiento político Vente Venezuela, liderado por María Corina Machado, en su seccional de Mérida, se expresó con nota de duelo en sus redes, lamentando el fallecimiento del padre Argenis. Estamos seguros de que el padre bajó al sepulcro con la certeza del triunfo de la oposición venezolana en las elecciones del 28 de julio, cuatro días antes de su muerte. Esta esperanza por la libertad de su pueblo lo acompañó hasta entregar su alma al cielo.

         Gran predicador, eximio evangelizador, eso fue el padre Argenis, a cuyo segundo nombre hizo honor merecido, pues realmente se le puede llamar Evangelista, porque hizo del evangelio su ideal de vida y su camino a seguir. Los que tuvimos la dicha de escucharlo a diario en la santa misa podemos dar testimonio de su sana doctrina, de su profundo conocimiento de las Sagradas Escrituras, y, sobre todo, de su tacto pastoral para acercar este mensaje de Dios al pueblo fiel, con palabras elocuentes y sencillas a la vez. Si las homilías diarias eran un verdadero deleite, aún más las dominicales. El padre Argenis transmitía un mensaje al hablar, no eran palabras sueltas ni vanas, sino cada una pronunciada de manera correcta y en el hilo conductor de su expresión. Fue un experto comunicador.

         Como buen padre, sacerdote, fue también buen maestro, pues a mí mismo me dio la oportunidad de compartir la reflexión de la palabra en sus eucaristías, poniendo un gran voto de confianza en mí, al disponer su rebaño a la escucha de mis pobres palabras juveniles. Al final de la misa él mismo me daba una brevísima opinión valorativa del discurso pronunciado, siempre animando a seguir adelante, y en ocasiones, antes de iniciar la misa, me decía que quería escucharme predicar, y me indicaba dos o tres puntos en los que él quería que yo centrase la predicación. Me lanzaba al ruedo, pero no me dejaba solo.

         Una cuestión que nunca se me olvidará fue el consejo sabio y prudente que el padre Argenis me dio aquella vez que le comenté que los frutos de mi investigación histórica sobre el patrono del pueblo los sometería en coautoría con el cronista del municipio para la publicación de un libro. Desde el primer momento y como iluminado del cielo él me animó a desistir de aquella idea, pues me aseguraba que yo no vería justicia en la publicación, pues según él iban a apropiarse de mi esfuerzo, a robar mi trabajo, cosa que efectivamente ocurrió cuando agregaron al grupo de dos coautores a un tercer personaje venido más allá de no sé dónde, y tampoco se sabe cuándo, pero que sí parecía un espanto. Cuánta razón tuvo, pero yo no le hice caso.

         Antes de la publicación del libro, él me acompañó en una pequeña ponencia en el templo de La Playa, sobre la devoción a san Vicente Ferrer en el pueblo y un poco de su historia, al menos la que hasta el momento se conocía y datos novedosos presentados por mí. Y no solo me acompañó en la Iglesia, sino que por iniciativa suya fuimos los dos a los estudios de Radio Occidente en la ciudad de Tovar, para hablar sobre el tema e invitar a los oyentes a participar del evento, que fue todo un éxito al menos en la concurrencia de la feligresía.

         La noticia de su fallecimiento la recibí con inmenso dolor y asombro, pues desde hacía bastante había perdido el contacto con él. El jueves (sacerdotal) primero de agosto, en la memoria de san Alfonso María de Ligorio, en horas de la madrugada, y luego de un mes internado, falleció el padre Argenis Zambrano en el Instituto Autónomo Hospital Universitario de Los Andes, de la ciudad de Mérida. Había sufrido muchísimo, su enfermedad le obligó a entrar a quirófano en numerosas oportunidades, y a solicitar de la buena generosidad de los cristianos el apoyo necesario para costear sus tratamientos tan elevados en los precios y tan difíciles de conseguir en un país en ruinas como Venezuela.

         El padre Argenis, como mencionamos anteriormente, nació en La Azulita y fue bautizado allí por el Patriarca del Sur del Lago, el padre Deogracias Corredor. Realizó sus estudios de seminario en la Diócesis de San Felipe en lugar de en Mérida, ya que, como él mismo me contó en una ocasión, había expresado su vocación al padre Corredor, quien a su vez lo presentó al entonces arzobispo de Mérida, Mons. Miguel Antonio Salas C.J.M. (actualmente en proceso de beatificación), pero el prelado no apostó por el joven azulitense, es decir, no le cayó en gracia (omito aquí la posible razón deducida por el entonces vocacionado); por lo que el padre Deogracias lo refirió al estado Yaracuy, donde  fue bien recibido, estudió y se ordenó de diácono el 7 de junio de 1992, recibiendo la ordenación presbiteral el 28 de noviembre del mismo año, de manos de Mons. Nelson Martínez. Como hemos visto, también los santos se equivocan.

En esa diócesis fue párroco en la parroquia Divina Pastora de Saloa y formador del seminario desde 1993 hasta 1997, año en el que regresó a su natal arquidiócesis de Mérida, para estar cercano a su familia y por razones de salud. En Mérida fue a la población de Guaraque, “Parroquia Santa Bárbara” desde 1997 hasta 1999, luego a Zea “Parroquia Nuestra Señora de las Mercedes” de 1999 a 2002, luego se fue a Mucurubá, en el páramo, “Parroquia Inmaculada Concepción”, de 2002 a 2007 de ahí a La Mesa de los Indios, parroquia “Santiago Apóstol de la Mesa” en Ejido de 2007 a 2017 y de allí lo recibimos en su último encargo pastoral, la parroquia “San Vicente Ferrer” de La Playa, de 2017 a 2021.

He escrito sobre el padre Argenis Zambrano, lo que conocí de él, la experiencia que tuve a su lado. Pero esto no acaba sin dar a conocer lo que él pensaba de mí. A continuación, dejo solo dos párrafos de un informe escrito por el padre Argenis el 31 de julio de 2019, sobre mí, al culminar la etapa de formación en Mérida.

“A Pedro, que acaba de culminar su segundo año de Teología, le conozco desde el inicio de su formación. Procede de una familia honrada, honesta, católicos practicantes, muy cercanos y colaboradores de la parroquia. Según el testimonio de los vecinos, desde su infancia siempre ha manifestado el deseo de ser sacerdote. Humanamente, se trata de un joven alegre, comunicativo, humilde, sincero y sociable. En el ámbito moral ha mantenido una conducta intachable desde su infancia. En cuanto a su vida espiritual, siempre se le ha observado como un joven piadoso, mariano, amante del Santo Rosario y de la Liturgia de las Horas (…); adorador del Santísimo Sacramento y eucaristía diaria. Intelectualmente, se puede afirmar que se trata de un joven amante del estudio y de la investigación. Sus recientes investigaciones acerca del culto y devoción de San Vicente Ferrer en La Playa, constituyen un valioso aporte para la historia profana y eclesiástica de esta parroquia, y vienen a dar fe a esta aseveración.

En cuanto al acompañamiento y seguimiento en estos años de formación, podemos decir que se ha caracterizado por la responsabilidad y cumplimiento de las tareas asignadas en el ámbito pastoral, desde las misiones que le han sido fijadas aun en los pueblos y aldeas más lejanas, pasando por sus responsabilidades de la pastoral vocacional del seminario. En sus tiempos libres, especialmente las vacaciones, las aprovecha para realizar convivencias y experiencias espirituales y pastorales, trabajar en la parroquia y así tener la oportunidad de aprender más acerca de la vida parroquial.”

Cuánto bien me hicieron estas palabras en su momento y ahora. Fue el apoyo que necesité en aquel año 2019. Saber que el párroco estaba conmigo, a pesar de las circunstancias, fue un verdadero consuelo, y ahora los es mayor, pues el cielo acorta las distancias y sé, que Dios lo recibe en el Reino de su Gloria, y desde allí el padre está más cercano a todos los que un día le conocimos y le veneramos como padre y pastor que fue de la grey de Dios.

Su cuerpo fue sepultado el viernes 2 de agosto en el Panteón Sacerdotal Arquidiocesano, al lado del Santuario Nuestra Señora de El Espejo, en la ciudad de Santiago de los Caballeros de Mérida, Venezuela, el viernes 2 de agosto de 2024.

Padre Argenis, que el Señor te tenga en su Gloria. Amén.

P.A

García

domingo, 26 de junio de 2022

Mi error fue servir

¿SEMILLERO DE QUÉ?

Palabras más o palabras menos, aquí una narración sincera de los acontecimientos. Sirva de recuerdo, para que no se repita.

Padre, es cierto que hubo ingenuidad de mi parte, pues tal vez me dejé llevar por las circunstancias y no me detuve a pensar mejor las cosas.

Reconozco que actué mal en muchas cosas, pero lo que ellos ven peor es que hayan escrito al señor Nuncio Apostólico y demás obispos y rectores de seminarios de Venezuela, cosa que yo no hice y es de lo que me responsabilizan. Con toda tranquilidad puedo afirmar que nadie en Mérida, ni en el seminario, ni los compañeros, ni el arzobispo tiene pruebas para sustentar que yo haya hecho eso. Se basan en suposiciones, así como creen que yo redacté la carta que todos firmaron, cosa que también es falsa. Por esa parte se equivocan en culparme de algo que yo no he hecho. Les escuché decir que lo más probable es que haya sido yo, pues como me dedico a escribir y tengo un blog… pero razonan mal, en su equivocación me perjudican muchísimo.

Le comento detalladamente cómo sucedieron las cosas en ese 2019. En diciembre de 2018, en la casa de retiros San Javier del Valle, fui llamado por K. R. seminarista de filosofía y C. V. seminarista de teología para que yo les ayudara a organizar un acercamiento al Cardenal con la intención de manifestarle el malestar general del seminario. Ya estábamos notando el ambiente del seminario muy pesado e incómodo. Las conversaciones con el Cardenal en ese diciembre no fueron posibles, pues él tenía ordenaciones sacerdotales y una agenda muy apretada y no hubo tiempo para nosotros.

En enero de 2019, después de la sorpresiva expulsión de E. V. seminarista de teología y otros más, se decidió hablar con sacerdotes externos al seminario para hacer llegar al Cardenal el descontento, confiamos en esos sacerdotes y ellos mismos nos animaron a no quedarnos callados, supuestamente ellos nos respaldarían. Ya se habían sumado a esta intención aproximadamente 10 seminaristas, que pusimos en común las experiencias vividas en los meses anteriores. Yo nunca fui líder de ese grupo, no lo fui, porque realmente los que llevaban la batuta eran los de 3ero y 4to de teología, de mi curso 2do de teología habíamos dos. Les apoyé, opiné oportunamente y me involucré en la cuestión como los demás lo estaban haciendo. Era una preocupación de todos y no hacer nada nos hacía sentir mal.

En febrero de 2019, el seminarista J. R., asesorado por Mons. J. de D. obispo de E.V.S.C.Z. y el p. G. M. vicario general de la misma diócesis, redactó la carta que firmaron 34 seminaristas, de las diferentes diócesis que hacían presencia en el seminario. 34 seminaristas representaban más de la mitad, es decir, la mayoría, pienso yo, porque no era cosas de dos o tres, éramos la mayoría.

Al momento de firmar la carta yo estaba en mi habitación, me trajeron la carta, la leí, vi algunos errores ortográficos pero no pude corregirla porque ya varios la habían firmado, nunca tuve en mis manos la carta lo suficiente como para obligar a otros a firmarla, cosa que también se me acusa. Fue otro seminarista el que pasó habitación por habitación con la carta para que los que quisieran la firmaran, yo no hice eso. No escribí esa carta, pues, ya vino refrendada desde la Diócesis de E.V.S.C.Z., cuyos seminaristas en Mérida fueron amparados en todo momento por su obispo y reubicados en diferentes seminarios de Venezuela luego de la expulsión masiva. Ellos corrieron con la suerte de ser extradiocesanos. Los de la Arquidiócesis estábamos como oveja sin pastor, literalmente.

Para finales de febrero de 2019 se logró que el Cardenal hablara con nosotros los seminaristas, en esa oportunidad le expresé personalmente lo que había preparado por escrito, un “informe” personal de 5 páginas con 14 puntos desarrollados, de cosas reales que se vivían en el seminario. Se lo dije a él, no se lo mandé a decir con nadie, ni lo publiqué en ningún sitio web o periódicos del orbe. En esa conversación que tuvimos en el Palacio Arzobispal, el Cardenal quiso discutirme algunos puntos que le mencioné, tratando de hacerme pensar que él estaba informado de todo, pero no era cierto. Él conocía solo una parte de lo que los formadores y el rector le comunicaban. Escuchó pero hizo caso omiso, no creyó, confiaba más en sus sacerdotes, los de "confianza".

Esa fue mi actuación. Nunca fui líder ni cabecilla de ninguna rebelión. Nunca escribí a nadie fuera del seminario ni dentro. Nunca obligué a nadie a nada. Los cabecillas fueron otros, yo participé como invitado y todos opinamos con libertad. Callar no era una opción, voltear la mirada no era posible.

El día antes de la entrevista con el Cardenal, 5 seminaristas fuimos animados y asesorados por el p. J. M. para escribir nuestras experiencias desagradables con respecto a la “inmoralidad” del rector. Éramos 10 los seminaristas que teníamos algo que decir, pero solo 5 nos atrevimos a decirlo y a ponerlo por escrito, con firma. Igualmente esos testimonios eran sumamente privados y fueron entregados por un sacerdote al arzobispo. De eso no tengo copia, de los demás textos sí. Todo con fecha y hora. El Cardenal desestimó los testimonios porque todos fueron redactados bajo los cánones del Código de Derecho Canónico, cuestión que él consideró inapropiada para el uso de seminaristas. Creo que le tuvo miedo a esos papeles y nos dijo que eso no servía de nada, cosa grave, porque valen muchísimo.

Mi único error fue creer que todo iba a funcionar bien. Los comentarios pudieron más. El seminario se acabó por dentro.

Quise conversar directamente con el rector y él no me lo permitió. Lo busqué varias veces en su oficina y nunca tuvo tiempo, descaradamente no me quiso atender, aun cuando era su obligación escucharme. Me tuvo miedo, le tuvo miedo a la verdad, ya tenía una decisión tomada, sin considerar nada, sin sustento ni caridad ni misericordia. Hablé con el Vicario General de la Arquidiócesis y se lavó las manos sin importarle lo que le decía, manifestando una amistad entrañable con el rector. No creyó las actitudes que denunciábamos, el rector demostraba ser demasiado "bueno" como para andar en cosas raras.

Mi único error fue expresar lo que sentía, lo que vivía, lo que veía, pienso que de no haberlo hecho, me hubiera formado como un perro mudo, al que le pueden decir haz esto o aquello y sin pensar, sin analizar si es bueno o malo. Los seminaristas estamos para obedecer, pero antes de obedecer a los formadores, que son hombres y por ende se pueden equivocar, estamos para obedecer a Dios que nos habló claro en nuestras conciencias. No había opción, o decir las cosas o guardar silencio, y el silencio no es una opción ante la injusticia. La Iglesia es sabia, la Iglesia no es una democracia, lo sé, pero donde no hay caridad, con dificultad se puede conseguir a Dios. El padre R. fue el primero en faltar a la caridad con todos nosotros. Él abusó de su poder sobre toda la comunidad. La maldad le brilla en los ojos. Su corazón no tiene nada bueno, es un manipulador, ese es su mejor currículum. Es tan manipulador que ninguno es capaz de imitar al Cardenal como él lo sabe hacer.

Los demás formadores fueron unos perfectos títeres de él. Nadie pudo llevarle la contraria. Y al final del año académico la mayoría de ellos salió del seminario a tizón venteado, todos amargados, insatisfechos y contentos a la vez porque salían de esa casa de terror y opresión.

¿Cómo fue mi desempeño groso modo en el seminario?

En el seminario yo escribía las notas noticiosas e informativas para la prensa de la Arquidiócesis de Mérida e incluso algunas veces esas notas pasaron al Departamento de Prensa de la Conferencia Episcopal Venezolana. También en mis ratos libres corregía las tesis de compañeros de filosofía y teología, en cuestiones metodológicas y de redacción. Era el más empapado en protocolos cuando había algún evento especial. Para lo que me ocupaban siempre decía que sí, estaba disponible para todo y para todos. Traté de darle institucionalidad al seminario. Era el secretario del departamento de pastoral vocacional y encargado de las redes sociales del seminario. Era el presidente de la Legión de María. El profesor de historia de la Iglesia me nombró su sustituto para mi curso cuando él faltara. Desde hace 7 años mantengo mi propio blog, donde subía material de filosofía y teología. He formado amistades con personalidades externas en el campo académico. Tenía una investigación abierta en el archivo arquidiocesano. Era miembro de la biblioteca del seminario, a la cual dediqué horas de trabajo organizativo, hasta el punto de enfermedad por estar tanto tiempo en contacto con los libros. En mi propio cuarto tenía más de mil libros que gustosamente prestaba a quien los necesitara, e incluso perdí algunos porque los presté y no me los devolvieron. Rezaba, me veían en la capilla, le ponía seriedad a la liturgia, al santo rosario, a los estudios, al uso de la sotana, al vestir decentemente, al proceder honradamente. Muchos me consultaban cosas, confiaban en mi buen criterio para opinar.

Además de todo eso, semanalmente conversaba con un santo sacerdote del Opus Dei, confesión semanal y dirección espiritual. No soportaron tanto, no podía estar ahí, me tenían que sacar, ¡qué peligro!

Definitivamente, mi error fue servir.

P.A

García

lunes, 5 de julio de 2021

Unas palabras 730 días después…

«“LATAE SENTENTIAE”»


         Dos años después del oscuro acontecimiento que involucró una prestigiosa institución eclesiástica y la vida y fama de 30 de sus miembros -ahora ex miembros muchos de ellos- me animo a escribir unas palabras de reflexión y, tal vez, de conclusión valorativa de dichos sucesos. Expreso desde el comienzo que estas no son palabras de animadversión, sino de idónea transparencia y humilde verdad, porque la verdad nos hace libres (Cf. Juan 8, 32).

 

         Aclaro el término “latae sententiae”, que es una expresión latina de uso canónico para indicar el tipo de excomunión en la que incurre el católico después de haber cometido “delitos” o faltas específicas; explica el Catecismo (#1463): “Ciertos pecados particularmente graves están sancionados con la excomunión, la pena eclesiástica más severa, que impide la recepción de los sacramentos y el ejercicio de ciertos actos eclesiásticos y cuya absolución, por consiguiente, sólo puede ser concedida, según el derecho de la Iglesia, al Papa, al obispo del lugar, o a sacerdotes autorizados por ellos. Para el Código de Derecho Canónico (#1314): una excomunión “latae sententiae, [significa que se efectúa de manera instantánea] de modo que incurre ipso facto [automáticamente] en ella quien comete el delito”.

 

         Las circunstancias concretas por las que ahora escribo estas palabras son conocidas por muchos –o desconocidas-, pero no es lugar mi Blog (por ahora), para relatarlas detalladamente como quisiera. Ya llegará su momento. A continuación solamente un recuerdo personal, una experiencia dolorosa y un testimonio que marca la diferencia.

 

         El viernes 5 de julio de 2019, viví una de las más trágicas experiencias que nunca pasó por mi mente, recogí mis posesiones (en circunstancias injustas) de la institución eclesiástica a la que había pertenecido abnegadamente desde el 27 de septiembre de 2013. Fueron 32 cestas llenas de libros las que tuve que bajar, con la ayuda de unos compañeros, hasta el camión que nos esperaba en la puerta, para llevarnos la mudanza. Mis compañeros también recogían sus cosas, también se despedían con dolor de “la casa”.

 

         En estas circunstancias, hubo alguno que hizo burla de nosotros al vernos en tal situación, efectivamente se reía porque había logrado sus objetivos más íntimos y viscerales, vernos salir cabizbajos, después de que nosotros le habíamos abierto las puertas con natural receptividad, y es que el odio es así, infundado, no hay razón para odiar, por el contrario hay muchas razones para amar. Pienso ahora mismo en un nombre y un apellido, que me reservaré, pero que tampoco vale la pena precisar. Lo advierto aquí no porque guarde alguna rencilla, sino porque está bíblicamente condenado burlarse de los desgraciados (Proverbios 17, 5 “Quien se burla de un pobre, ultraja a su Hacedor, quien se ríe de la desgracia no quedará impune”) y es menester corregir al que yerra.

 

         Esa mañana del 5 de julio de 2019, antes de despedirnos del Santísimo Sacramento, pasamos a despedirnos de un anciano sacerdote, quien se encontraba en su habitación, conocedor de lo que estaba pasando, sabía que estábamos recogiendo nuestras cosas, por eso había preferido estar encerrado, pues ciertamente lamentaba todo aquello.

 

         Cuatro compañeros nos dirigimos hasta su habitación, le tocamos la puerta con el rigor de costumbre y de inmediato nos abrió, alguno le manifestó que íbamos a despedirnos de él, por lo que se tomó unos segundos para sacar de su bolsillo de la guayabera blanca, unas pequeñas estampas con la imagen del Inmaculado Corazón de María. Y nos dijo: “donde quiera que vayan recuerden que tienen una Madre” y empezó a llorar. Luego levantando su mano derecha nos dijo: “Dios los bendiga” y conmovido cerró la puerta de su pieza.

Esas lágrimas valen oro.

Gracias por todo y por tanto…

05-07-2019

        

Esta estampa está fechada el 11 de febrero de 1938, y fue impresa en Alemania, su representación gráfica es sencilla pero maravillosa, pues retrata a la Santísima Virgen María, con su rostro sereno, en el pecho su Inmaculado Corazón, coronado de rosas y traspasado por una espada, sostenido por su mano derecha, y en la izquierda un notorio lirio con al menos 5 flores. Esa espada que atraviesa el corazón de María es la mejor representación de la espada de la traición que atravesó aquel día los corazones de mis compañeros y el mío, sin ser éstos para nada inmaculados. El dolor que sentimos en aquella oportunidad es totalmente semejable a lo que la imagen dibuja.

 

Las palabras que pongo en cursiva las escribí ese mismo día en el reverso de la estampa, como aparece en la foto, sabía que aquello no se podía perder de mi memoria, por eso lo plasmé, porque, como dijo Poncio Pilato “lo escrito, escrito está” (Juan 19, 22), y estas palabras no sólo están escritas en un papel, sino en el corazón.

 

Ahora bien, el recuerdo doloroso está fundamentado en las irregulares circunstancias que obligaron nuestro abandono de la casa de formación, y el testimonio gratificante fueron las palabras y acciones realizadas por este anciano y sabio sacerdote, quien lloró con nosotros y por nosotros, porque sabía la injusticia que se estaba llevando a cabo, sin nadie poder hacer nada.

 

Aquellos que antes habían jurado frente a Dios ser custodios, guías, padres, maestros y protectores de nosotros, (porque todo eso significa la palabra formador) no estuvieron allí para despedirnos y mucho menos se preocuparon por impedir nuestra salida irregular. Simplemente inclinaron sus cabezas y cerraron sus bocas ante el abuso de poder y autoritarismo del “jefe” de la casa (con minúscula), porque el Jefe en realidad es Cristo, Jefe y Señor, a quien no se puede engañar y a quien verdaderamente le compete juzgar.

 

Dos años después no ha habido disculpas, palabras enmendadoras o intento de acercamiento por parte de ninguno de los “formadores” de aquel extinto “seminario”. Pero a nosotros sí nos tocó pedir perdón, reconocer errores, asumir culpas, soportar calumnias y majestuosas mentiras, arrastrarnos por el suelo suplicando misericordia para que finalmente nos enviaran a nuestras casas con una “excomunión latae sententiae”, no de derecho, pero sí de facto. Vivimos en carne propia el ser señalados por todos, juzgados por todos, el ser considerados “persona non grata” en el territorio al que habíamos dedicado tantas horas de trabajo y consagración desinteresada.

 

Aquel que era la única pero no la última esperanza de salvación, porque después de él viene el Papa, no nos comprendió, nos convocó pero no para escucharnos, sino para amonestarnos, no dio crédito a nuestras palabras, no creyó ni una sola letra de las muchas que le expresamos con el objeto de esclarecer la situación, pero todo esfuerzo fue en vano, para él hubo solo una versión certera y creíble, la de la parte victimizada, cuando en realidad los más vulnerables éramos nosotros y efectivamente, con pruebas en mano, teníamos la razón en lo que expresábamos y en lo que habíamos denunciado por escrito. El tiempo nos dará la razón.

 

Dos años después me cuestiono a mí mismo, me pregunto si todo esto tiene sentido, si tal vez todo ha pasado con un propósito, y la respuesta es un , con mayúsculas. La Sagrada Escritura nos consuela: “Por lo demás, sabemos que en todas las cosas interviene Dios para bien de los que le aman; de aquellos que han sido llamados según su designio” (Romanos 8, 28). Todo lo sucedido nos ha hecho más fuertes, porque hemos sido probados como oro en el crisol (Cf. Sabiduría 3, 6) y hemos perseverado, unos en un lugar, otros en otro, unos con mejores oportunidades, otros más perjudicados pero con más ganas de seguir adelante, y así…

 

¿Perdonar? Definitivamente sí. ¿A quién o quiénes? Muy en primer lugar es preciso perdonarnos a nosotros mismos, por actuar con ingenuidad, por creer en los que nos decían apoyar, por pensar que seríamos escuchados en una institución marcadamente clasificada, donde los de arriba sí pueden hablar, decidir y equivocarse, pero los de abajo no; y en segundo lugar perdonar a los que nos hicieron daño –en nombre de Dios y por el supuesto bien de la Iglesia-, porque al igual que los verdugos romanos, no sabían lo que hacían (Cf. Lucas 23, 34).

 

La conclusión de todo esto es que no hay mal que por bien no venga, y “si Deus cum nobis, ¿quis contra nos?”, si Dios está con nosotros, ¿quién contra nosotros? (Romanos 8, 31). Siempre adelante, con la frente muy en alto, porque la vida es de los que saben levantarse, no de los que se quedan en el suelo después de una caída, y este escrito es parte de ése “levantarse”, no vayan a creer que es parte de sentirse uno todavía en la caída, porque no es así, repito, no es así…

 

Por los momentos aquí seguiré, lejos de mi Patria, (exilio producto de la injusticia vivida), haciendo lo que me corresponde, respondiendo a Dios en la medida que Él lo permita, porque mi vida está en sus manos y sólo a Él quiero servir, y esto me parece que ya lo he dejado muy claro, con mis palabras y con mis acciones: soy de Dios, le pertenezco a Él, quiero vivir y morir por aquel que se ha dignado escogerme, elegirme, para que forme parte de su enorme ejército de pescadores de hombres, de salvadores de la humanidad.

 

No tengo enemigos, no considero a nadie mi enemigo, ni mi adversario. No compito con nadie, yo no actúo movido por otro sentimiento que no sea el dar gloria a Dios. Me considero una persona libre, sin cadenas, una persona como tantas en este mundo a las que les pasa cosas buenas y cosas malas, afortunadamente han sido más las buenas que las malas, y de las malas se aprende.

 

A mis compañeros les recuerdo siempre en la oración. Con pocos de ellos todavía mantengo alguna comunicación. La mayoría tomó su rumbo propio, sin mirar atrás, sin estancarse en nada, por eso me alegro por ellos, porque donde están sé que hacen las cosas bien, por amor a Dios y a la Iglesia, o al menos espero que así sea.

 

Que no se nos olvide orar por las vocaciones sacerdotales y religiosas de nuestra Iglesia Católica, pero más importante aún, orar por los que están a cargo de esas vocaciones, para que las valoren, no las maltraten, no las obstinen, les ayuden con el ejemplo más que con palabras bonitas. Porque para ser sacerdotes no hace falta solo la vocación divina, también es necesaria la vocación canónica, que es aquella que se da cuando un candidato es llamado por el obispo para formar parte del Orden Sacerdotal.

 

“Porque muchos son llamados, pero pocos escogidos”

(Mateo 22, 14).

 

P.A

García

miércoles, 30 de diciembre de 2020

El misterio del Nacimiento de Dios, según Juan Arias

JUAN BAUTISTA ARIAS


         El presente artículo, sobre el misterio del nacimiento de Dios, aprovechando que estamos en la octava de Navidad, está inspirado en un vídeo que poseo en mi computadora personal titulado: “Sr. Juan Arias. Conversaciones”, el cual fue grabado el lunes 6 de julio de 2015, a las 4:15 p.m. con una duración total de 21 minutos y 16 segundos.

El protagonista del vídeo es el señor Juan Bautista Arias, que ha sido durante muchos años, el acompañante del padre Juan de Dios Peña Rojas, hoy Obispo de la Diócesis de El Vigía – San Carlos del Zulia. El señor Juan Arias acostumbraba pasear por los pasillos del seminario San Buenaventura de Mérida, para conversar con los seminaristas que estuvieran fuera de sus habitaciones, en los salones o en la biblioteca, durante las horas de estudio o de receso.

         La escena de éste vídeo se ubica en lo que fue para nosotros el salón de I de Filosofía, que estaba recién restaurado e inaugurado por nuestro curso, en compañía del padre Juan Rangel. Aquella tarde nos encontrábamos estudiando en común los seminaristas José Abrahán Rangel, Eudes Ovidio Puentes y yo, Pedro Andrés García, cuando recibimos la grata interrupción del señor Juan, a quién invitamos de inmediato a pasar y sentarse con nosotros, para charlar.

Valga la acotación: las conversaciones con el señor Juan no siempre eran interesantes, la mayoría de las veces versaban sobre temas jocosos y burlones, casi nadie le tomaba en serio, y él por su parte vivía en una eterna pelea con Dios por su pasado, pero esta vez fue diferente. Decidimos grabar sus palabras con mi computadora, organizamos el fondo: luz, cámara y acción.

         A continuación copio textualmente las palabras del señor Juan Arias, hablando sobre la Virgen María y el misterio del nacimiento de Jesús, un aproximado de 5 minutos del total del vídeo.

Debemos creer en el poder que Dios tiene para hacer las cosas. Dios tiene poder para hacer y deshacer. ¿Cómo explico yo eso?, que con el gran poder de Dios no puede nadie. Poder para hacer y deshacer, es el que tiene Dios, como lo tuvo con María, eligió a una mujer que no fue una cualquiera, fue una mujer que se dedicó en la obediencia del papá y la mamá, san Joaquín y santa Ana, que eran otros santos, y fueron santos porque esas dos personas lo demostraron en la vida conyugal, esa santidad en saber formar a su hija, de la cual ni se imaginaban que iba a ser elegida por Dios por medio del Espíritu Santo, y que después de parir a su Hijo iba a ser Virgen; antes de concebirlo en su vientre, virgen; virgen en mantenerlo nueve meses en su vientre y virgen fue después que nos lo dio a nosotros, al mundo, no se lo dio a Dios, nos lo dio a nosotros.

¿Por qué?, porque Dios vio en esa mujer, que era mujer, la esencia de la vida de Jesús, venir a nacer de un vientre, porque nosotros no vamos a creer, que si Dios hubiera bajado directamente del cielo, tierra no quedaría buena. Si Jesucristo hubiera bajado directamente de la mano de Dios, la tierra no hubiera quedado buena. Si Jesucristo hubiera bajado directamente de la mano de Dios, ¿cómo hubiera quedado la tierra?, hubiera sido un estruendo tan grande, porque al abrirse el cielo iba a reventar todo, Jesucristo tuvo que nacer de mujer para que nosotros consideráramos a la Madre de él nuestra madre, y a la madre de nosotros respetarla como madre, porque los mismos dolores que sintió María por Jesús, pariendo a Jesús, los siente la madre de uno pariéndolo a uno. Nosotros nos debemos a la mamá, nosotros no nos debemos a otra mujer que no es ni arte ni parte de uno, sino a la mamá, a la que lo pare a uno.

Lo primero a lo que hace referencia Juan Arias es a la fe en el gran poder de Dios, solamente así se puede explicar que haya elegido a una mujer para ser su Madre. Luego resalta las virtudes de María, especialmente la obediencia a sus padres, quienes también fueron santos. Después resalta la perpetua virginidad de María, antes, durante y después del parto. Finalmente opina que María dio a luz a Jesús para el mundo y no para Dios, como tratando de resaltar que el nacimiento de este Salvador sólo tendrá sentido si nosotros como humanidad le recibimos, pues ciertamente Jesús es Mesías en referencia estricta al pueblo que vino a redimir, la raza humana.

En un segundo plano, Juan Arias resalta la importancia del nacimiento de Jesús a partir del vientre de una mujer, porque, si hubiera bajado Dios directamente del cielo -expresa Juan- “la tierra no hubiera quedado buena”, y esto demuestra la humildad del Todopoderoso, que para venir al mundo lo hace por los medios más regulares o normales, el vientre de una mujer. En esta frase de Juan Arias, podemos notar su profunda fe en Dios, pues él se imagina la omnipotencia y estruendo que ocasionaría la venida de Dios al mundo, comparando la escena con el mismo apocalipsis, en sentido pavoroso. Valga esta reflexión para imaginarnos la “Parusía” que es la segunda venida de nuestro Señor Jesucristo a la tierra, con todo su esplendor y gloria.

En tercer y último lugar, Juan Arias reflexiona en la importancia de la madre, para Jesús y para la humanidad. Reconoce a María como madre de Dios y de los hombres. Manifiesta su profunda devoción a la Virgen María y recomienda la misma devoción o veneración por cada una de nuestras madres, a quienes nos debemos, como hijos.

Quién se iba a imaginar que palabras tan acertadas salieran de la boca de este señor que es marginado por muchos y a veces hasta tenido por trastornado. Definitivamente, Dios se manifiesta en los humildes y sencillos, su sabiduría se derrama sobre aquellos que de corazón le temen.

Timor Domini Initium Sapientiae: el inicio de la sabiduría es el temor de Dios

P.A

García

sábado, 5 de diciembre de 2020

Certificado de Admisión a las Sagradas Órdenes del Diaconado y Presbiterado


ADMITIDO

        Reconociendo el rito de Admisión como un paso importantísimo en la vida vocacional, dirigí una carta al Canciller de la Arquidiócesis de Mérida, que rezaba lo siguiente:

 

Mérida, 12 de noviembre de 2019

 

 

 

Señor Presbítero:

Méndez Sánchez José Gregorio

Canciller-Secretario de la Arquidiócesis de Mérida

 

 

Reciba un cordial saludo en nuestro Señor Jesucristo, Buen Pastor, deseándole éxitos y bendiciones en su ministerio.

 

Quien suscribe GARCÍA BARILLAS PEDRO ANDRÉS, titular de la cédula de identidad V-23.555.390, mayor de edad, domiciliado en La Playa, Bailadores, Parroquia Gerónimo Maldonado, Parroquia Eclesiástica San Vicente Ferrer.

 

La presente misiva tiene como única finalidad hacer petición formal del Certificado de Admisión a las Sagradas Órdenes del Diaconado y Presbiterado, que naturalmente debe expedir la Cancillería de la Arquidiócesis de Mérida, a su cargo encomendada.

 

A razón de ello, manifiesto ante su dependencia haber recibido la Admisión a las Sagradas Órdenes del Diaconado y Presbiterado, a tenor del Canon #1034, parágrafo #1 del Código de Derecho Canónico, el día viernes, 13 de julio de 2018, a las 11:00 A. M. en la Capilla del Seminario Mayor de Mérida “San Buenaventura”, de manos de Su Eminencia Reverendísima Baltazar Enrique Cardenal Porras Cardozo, Arzobispo Metropolitano de Mérida y Administrador Apostólico de Caracas, estando presente en la recepción de dicho rito el Señor Presbítero Licenciado Alexander Rivera Vielma, quien fungía como Rector del Seminario, y Su Excelencia Reverendísima Luis Enrique Rojas Ruiz, Obispo Auxiliar de la Arquidiócesis de Mérida, así como un notable número de presbíteros, formadores, profesores, familiares y amigos.

 

Sin más a qué hacer referencia, me despido de usted, anhelando en su diligencia la contestación positiva a esta natural petición.

 

Pedro Andrés García Barillas

C.I.V-23-555-390

 

         La contestación a esta carta no tardó en llegar:

 

ARQUIDIÓCESIS DE MÉRIDA

GOBIERNO SUPERIOR ECLESIÁSTICO

CANCILLERÍA

 

AM/Cancillería/Cartas/2019/96

 

A QUIEN PUEDA INTERESAR

 

Quien suscribe, Pbro. José Gregorio Méndez Sánchez, C.I.: 10.904.062, Canciller-Secretario de la Arquidiócesis de Mérida – Venezuela. Por medio de la presente hace constar que:

 

PEDRO ANDRÉS GARCÍA BARILLAS

C.I. 23.555.390

 

Recibió la Admisión a las Sagradas Ordenes del Diaconado y Presbiterado, a tenor del Canon N° 1034, parágrafo 1 del Código de Derecho Canónico, el 13 de julio de 2018 en la Capilla del Seminario Mayor “San Buenaventura” de Mérida, de manos de S.E.R. Baltazar Enrique Cardenal Porras Cardozo.

 

Constancia que se expide en el Palacio Arzobispal de Mérida, a petición de parte interesada.

 

Pbro. José Gregorio Méndez

Canciller-Secretario