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domingo, 1 de marzo de 2026

Los golpistas, de Jaime Bayly: la participación de la Iglesia

LOS GOLPISTAS


Publicada en Lima por Revuelta Editores en enero de 2026, la nueva novela de Jaime Bayly reconstruye literariamente dos episodios decisivos de la historia reciente de Venezuela: el intento de golpe de Estado de febrero de 1992 y el golpe de abril de 2002. El primero fue protagonizado por Hugo Chávez cuando aún era teniente coronel del Ejército venezolano; el segundo, una década después, fue ejecutado contra el propio Chávez, ya presidente de la República. Aunque este último logró concretarse de manera momentánea, no prosperó y culminó con la restitución del mandatario en el Palacio de Miraflores.

La obra intenta responder una pregunta central: ¿por qué fracasó el movimiento de abril de 2002 y cómo fue posible que Chávez regresara al poder tras haber sido depuesto? Para ello, Bayly construye una narración paralela que alterna los acontecimientos de 1992 y 2002, e intercala episodios significativos de la vida del líder barinés: su campaña presidencial, sus encuentros con Fidel Castro e incluso aspectos de su intimidad. El resultado es un relato dinámico que combina hechos históricos con recursos propios de la ficción política.

Sin embargo, el punto que merece especial atención es la presunta implicación de la jerarquía de la Iglesia católica en los sucesos de 2002. En la novela —y también en diversas presentaciones públicas— Bayly señala como figuras clave al cardenal Velasco, entonces arzobispo de Caracas, y a monseñor Baltazar Porras, para ese momento arzobispo de Mérida y presidente de la Conferencia Episcopal Venezolana.

Según el relato novelado, el golpe de abril habría sido impulsado por sectores disidentes del alto mando militar con la bendición, o al menos el beneplácito, del cardenal Velasco. Incluso se describe un supuesto encuentro entre Pedro Carmona Estanga —quien se autoproclamó presidente interino— y el cardenal, a quien habría solicitado interceder para que los generales le confiaran la presidencia transitoria de la República.

Asimismo, Bayly narra que, durante su detención en la isla La Orchila, Chávez habría pedido la presencia de monseñor Baltazar Porras para confesarse, temiendo ser fusilado por traición a la patria tras los sucesos del paro nacional de abril de 2002. El autor detalla con tono casi cinematográfico los pecados del mandatario y las palabras del arzobispo. Sin embargo, un episodio de tal naturaleza resulta altamente improbable de conocerse con semejante precisión, dado que el sigilo sacramental obliga a los sacerdotes, bajo cualquier circunstancia, a guardar absoluto secreto sobre lo escuchado en confesión.

Lo cierto es que dicho encuentro nunca ocurrió. Baltazar Porras no estuvo en La Orchila ni sostuvo confesión alguna con el presidente Chávez en esos días.

Ante esta inexactitud, tomé la iniciativa de contactar directamente al cardenal Porras por correo electrónico. Amablemente, respondió aclarando que no estuvo en La Orchila, que varias afirmaciones del libro no se ajustan a la realidad y que su testimonio sobre aquellos acontecimientos fue escrito desde los mismos días de abril de 2002 bajo el título Memorias de un obispo, texto que —según indica— nunca fue cuestionado ni por Chávez ni por sus seguidores. Asimismo, negó que el cardenal Velasco hubiera sido un “golpista”, afirmando que tales acusaciones carecen de fundamento.

A partir de esa recomendación, revisé dichas memorias, en las que se precisan varios elementos relevantes.

Abril de 2002 fue uno de los momentos más críticos de la historia política reciente de Venezuela. El país vivía una profunda polarización, marcada por el conflicto entre el gobierno, la oposición y diversos sectores sociales. Entre los detonantes se encuentran los despidos públicos en PDVSA, que intensificaron el malestar nacional y derivaron en la convocatoria de una gran marcha el 11 de abril. Ese día, tras el desvío de la movilización hacia el centro de Caracas y la activación del Plan Ávila por orden presidencial, se produjeron enfrentamientos armados con el trágico saldo de muertos y heridos en Puente Llaguno.

En ese contexto, monseñor Porras —quien había regresado de Buenos Aires el 9 de abril— hizo llamados públicos a la calma y procuró mantener una postura pastoral no partidista, en un intento de que la Iglesia actuara como factor de pacificación.

La madrugada del 12 de abril marcó un momento decisivo. Según su testimonio, a las 12:30 a.m. el presidente Chávez lo llamó directamente: pidió perdón por ofensas pasadas, solicitó garantías para preservar su vida y manifestó su disposición a abandonar el poder, condicionando su renuncia a la posibilidad de salir del país. Porras se trasladó a Fuerte Tiuna y sostuvo allí su único encuentro personal con el mandatario durante esos acontecimientos. Chávez reiteró su intención de viajar a Cuba, pero los mandos militares decidieron no autorizar su salida, quedando bajo custodia.

Entre el 12 y el 13 de abril se produjo un vacío de poder en cuyo marco ocurrió la autoproclamación de Pedro Carmona, hecho que sigue siendo objeto de debate sobre su legalidad constitucional. Durante esas horas, la Iglesia intentó mediar. Chávez fue trasladado a La Orchila y recibió la visita del cardenal Velasco por iniciativa propia de este último. Finalmente, el 13 de abril fue restituido en la presidencia.

El 24 de abril tuvo lugar un encuentro formal entre los obispos y el presidente Chávez, quien expresó públicamente su agradecimiento a monseñor Porras por su actuación, aunque las diferencias políticas persistieron.

En medio del poder, la crisis y la confrontación, emergió un episodio profundamente humano: un presidente solicitando protección y un sacerdote dispuesto a preservar la vida por encima de las diferencias.

Conviene además precisar las visitas de monseñor Porras a Miraflores el 12 de abril. Tras la proclamación de Carmona —acto que observó por televisión— acudió al Palacio acompañado de monseñor Azuaje a petición de diputados preocupados por el respeto al procedimiento constitucional. Intentó dialogar con Carmona, transmitiéndole la necesidad de encauzar la situación dentro del marco legal. No participó en juramentaciones ni en decisiones políticas. Más tarde regresó para insistir en una salida constitucional y se retiró al advertir que se estaban tomando decisiones al margen del orden institucional.

Su actuación, según su propio relato, se enmarcó en un esfuerzo de mediación y preservación del hilo constitucional, no en la promoción de una ruptura.

Finalmente, agradecemos a Jaime Bayly la fuerza narrativa y el atractivo literario de su relato. Sin embargo, no puede considerarse una “novela histórica” en sentido estricto, pues no se ajusta con fidelidad a los hechos documentados.

Y quizá tampoco pretende hacerlo. Se trata, ante todo, de una obra de ficción inspirada en sucesos reales, que se permite las licencias propias del género novelístico. Por ello, aunque reconocemos su calidad narrativa, resulta indispensable distinguir entre recreación literaria e historia verificable.



viernes, 25 de octubre de 2024

Servidor de la Iglesia perseguido por Sendero Luminoso

“EL CHOFER ARZOBISPAL”

         El grupo terrorista Sendero Luminoso se originó en Ayacucho, siendo la Universidad Nacional San Cristóbal de Huamanga el contexto propicio para su desarrollo. Esta casa de estudios, recién reabierta, contrató como profesor titular al controvertido Doctor en Filosofía Abimael Guzmán, fundador de esta organización. Sendero Luminoso, que se constituyó como un partido político de ideología comunista, buscó tomar el poder a través de la violencia, declarando la guerra al Estado peruano.

         Ayacucho fue la primera ciudad y departamento en sufrir las devastadoras consecuencias de las ideas revolucionarias de Sendero Luminoso, caracterizadas por el terror y la violencia. La Iglesia católica local fue testigo de estos acontecimientos. El 3 de diciembre de 1987, el padre Víctor Acuña Cárdenas fue brutalmente asesinado por jóvenes senderistas mientras celebraba la misa en el mercado de Magdalena, a plena luz del día y ante la presencia de sus feligreses. Este trágico suceso lo convirtió en el primer sacerdote en caer a manos del terrorismo. En esta ocasión, me enfocaré en otra persona cercana a la jerarquía eclesiástica de ese tiempo, que aún vive y que, en su ancianidad, sufre por la persecución que padeció.

         El Sr. Leoncio Atauje Calderón, oriundo de La Oroya, Junín, contrajo matrimonio a una edad temprana con una joven de origen ayacuchano, lo que lo llevó a establecer su residencia en esta ciudad. Allí, además de cumplir con su servicio militar, formó una numerosa familia con siete hijos. Durante su carrera militar, Leoncio se acercó al general huamanguino Pedro Ángel Richter Fernández-Prada, quien le presentó a su hermano, Mons. Federico Richter Fernández-Prada, arzobispo de Ayacucho, para que le ayudara como chofer. Así, con una prometedora carrera en el ejército y una familia que mantener, Leoncio decidió servir a la Iglesia ayacuchana como chofer del Arzobispado. En esta función, tuvo la oportunidad de trabajar junto al padre Víctor Acuña Cárdenas, encargado de Cáritas, manejando los camiones del Arzobispado para distribuir alimentos en las zonas periféricas y más empobrecidas de la jurisdicción eclesiástica andina.

         En una ocasión, recuerda don Leoncio, yendo a entregar una carga de alimentos a la Casa Hogar Juan Pablo II de Huancapi, en compañía de una religiosa franciscana, fueron interceptados por cuatro senderistas armados, quienes al encañonarlos les hicieron bajar del camión. El trato fue rudo y directo, querían la mercancía para ellos, porque, según su pensamiento, esos alimentos servirían para comprar a los pobres, y en cambio ellos los necesitaban para mantener su grupo. En principio Leoncio se negó, pero a falta de armas finalmente tuvo que acceder. Él y la religiosa pasaron el susto de sus vidas y, entre lamentos por la pérdida de los alimentos y la acción de gracias a Dios por mantener la vida, regresaron a Ayacucho sin lograr el cometido.

         En su trabajo como conductor, se ganó la plena confianza de Mons. Federico, quien lo trataba como a un hijo. Le encomendaba las tareas más delicadas e incluso le pedía que lo acompañara en sus viajes a la capital. De tanto viajar juntos, Leoncio llegó a ser confundido con un fraile franciscano, debido a su frecuente presencia en los conventos de esta orden en Lima, durante sus andanzas con el obispo ayacuchano.

         Leoncio trabajaba a tiempo completo para el Arzobispado, siempre había tareas que realizar, especialmente en el transporte de sacerdotes, religiosas y del propio obispo por toda la Arquidiócesis. Sin embargo, en sus ratos libres atendía un taller de planchado y pintura de vehículos, donde contaba con la ayuda de aprendices. Con el tiempo, algunos de ellos lo invitaron a unirse a Sendero Luminoso, dada su formación militar.

Una tarde, uno de los jóvenes del taller le propuso acompañarlo a la desolada zona del barrio Santa Ana, donde probarían las armas del grupo, aprovechando los conocimientos que Leoncio había adquirido en el ejército sobre el manejo de fusiles. Sin embargo, Leoncio rechazó la invitación, prefiriendo mantenerse alejado de cualquier vinculación con Sendero Luminoso, ya que era un hombre con valores cristianos, respetuoso de la vida y temeroso de Dios. Su negativa no fue bien recibida por los senderistas, lo que marcó un cambio en su vida, ya que comenzaron las amenazas y persecuciones hacia él y su familia.

Leoncio informó a monseñor Richter sobre la situación, y este decidió acogerlo a él y a su familia en su propia casa, que en ese momento correspondía a lo que hoy es el local del Seminario San Cristóbal, es decir, los anexos de la catedral de Ayacucho. Allí se instalaron, viviendo con la humillante sensación de ser perseguidos para ser asesinados, ya que Leoncio era considerado un enemigo de la revolución. Además, su dedicación a la Iglesia lo desacreditaba aún más ante la ideología atea de Sendero Luminoso. 

La protección del entonces arzobispo de Ayacucho se mantuvo hasta su remoción a inicios de la década de los noventa, lo que obligó a la familia Atauje a abandonar la ciudad y trasladarse a Huancayo, donde se sintieron más seguros, lejos de la persecución y del constante temor por su vida.

En Huancayo, Leoncio pudo dedicarse a trabajos menores tras dejar su querido Ayacucho. Sin embargo, sufrió un accidente en su taller cuando un trozo de soldadura caliente le cayó en el ojo, lo que le causó la pérdida de la vista en ese ojo. Impedido para trabajar, terminó cayendo en la mendicidad, acompañado por su esposa, quien ha estado a su lado en todo momento.

         Sus hijos son numerosos, pero no han podido hacerse cargo de sus ancianos padres. Solo uno de ellos los ha acogido en su casa, que es de alquiler, y les ha proporcionado un espacio donde acomodarse, a pesar de las limitaciones que enfrentan como dos personas mayores, enfermas y sin ningún apoyo económico periódico que alivie sus necesidades.

Don Leoncio y su esposa sufren por no contar con lo básico para vivir cómodamente. Ella recuerda con nostalgia cómo llegó a ser secretaria de asuntos menores de monseñor Federico, a quien evocan como un santo, por su bondad y gentileza, y especialmente por el incondicional apoyo que les brindó en sus momentos más difíciles.

Este par de ancianos a veces se acuestan sin comer, y prefieren no pedir a sus hijos, para no ser carga y motivo de discordia entre ellos, aún cuando por ley divina y humana les corresponde a ellos hacerse cargo de sus enfermos padres. En esta situación tan deprimente llevan ya varios años, y comenta don Leoncio que a veces, desesperado y desesperanzado ha deseado la muerte, para aliviar sus sufrimientos, a los que se le suma haber solicitado indemnización a la Iglesia por sus años de servicio, pero aún no tienen respuesta. Hay quienes los han animado a proceder legalmente, pero se niegan, pues por respeto a la memoria de Mons. Richter, prefieren sufrir con paciencia.

La historia de don Leoncio Atauje es un reflejo de la resistencia del espíritu humano frente a la adversidad. A pesar de los años de sufrimiento y la falta de apoyo en sus momentos más críticos, él y su esposa han mantenido su dignidad y fe, eligiendo el camino de la paciencia en lugar de la confrontación. Su experiencia, marcada por el sacrificio y la lealtad a sus principios, nos recuerda la importancia de la compasión y la solidaridad, especialmente hacia aquellos que han dedicado sus vidas al servicio de los demás.

A través de su dolorosa realidad, don Leoncio encarna la lucha por la justicia y la búsqueda de un reconocimiento que parece esquivo. Su historia no solo resalta el impacto de la violencia en las vidas de los inocentes, sino que también nos invita a reflexionar sobre el papel de la comunidad y la Iglesia en el cuidado de los más vulnerables. En tiempos de incertidumbre y sufrimiento, la voz de quienes como él han padecido se convierte en un poderoso llamado a la acción y a la memoria colectiva, recordándonos que el verdadero valor reside en la humanidad que mostramos hacia nuestros semejantes.

El Departamento de Cáritas del Arzobispado de Huancayo se ha comprometido a asistir a don Leoncio con víveres de manera periódica, gracias a la generosa gestión del administrador de la Arquidiócesis, el Ing. Luis Samaniego. En una ocasión anterior, él visitó personalmente a don Leoncio en su hogar, donde pudo constatar la difícil situación que enfrenta.

Además, yo mismo he solicitado ayuda al párroco del lugar, a instancias de don Leoncio, quien también ha respondido positivamente. Así como Cáritas Huancayo. Ojalá pueda hacer más por él, además de mantenerlo presente en mis oraciones.

Don Leoncio, bienaventurado eres cuando lloras, porque serás consolado; bienaventurado eres porque tienes hambre y sed de justicia, porque serás saciado.

jueves, 16 de mayo de 2024

Resumen de la Introducción “Mirar lejos” del libro Teología de la liberación. Perspectivas. Gustavo Gutiérrez

"TEOLOGÍA DE LA LIBERACIÓN"

Padre Gustavo Gutiérrez O.P.

Mirar lejos. Es el título de la introducción a la nueva edición de febrero1988, al cumplirse veinte años del inicio de esta reflexión teológica llamada “Teología de la liberación”.

Con citas del Documento de Medellín (1968) el autor realza la transformación a la que está sometida Latinoamérica, una transformación personal, económica y también religiosa, transformación que es signo del Espíritu, pues nos encontramos en una nueva época que aspira a la liberación integral.

El padre Gutiérrez recuerda que su Conferencia sobre la Teología de la liberación, se dio en Chimbote, en julio de 1968, en momentos previos a Medellín. Ya desde el inicio el llamado sentido por este teólogo era el de guardar fidelidad a Dios y al pueblo, porque no se puede separar el proceso histórico liberador y el discurso sobre Dios. A dos décadas de su génesis, esta reflexión latinoamericana ha pasado por una “inevitable decantación”, como consecuencia de las críticas, las interpretaciones simplistas y las resistencias de “algunos”. Esta depuración es evidente, pues no es fácil tratar temas conflictivos con las mejores fórmulas teológicas, además que “en todo lenguaje hay búsqueda”, por eso es necesario precisar, mejorar y corregir formulaciones.

Gutiérrez reconoce que fruto del trabajo teológico de Latinoamérica el Magisterio ha publicado diversos documentos que advierten sobre el camino a seguir, dejando clara su intención eclesial, aunado a esto, el autor registra que diversas denominaciones cristianas han tomado el impulso de la liberación luego de una maduración en el mensaje del Reino más que de influencias teológicas, por las realidades de opresión y marginación que exigen la radicalidad del Evangelio.

Se habla de teología de la liberación desde la perspectiva latinoamericana por ser el campo de experiencia del autor, lugar de su maduración y aportes. Siguiendo las conclusiones de Medellín, la “nueva época histórica” es asimilada como un kairós, es decir, “un tiempo propicio y exigente de interpelación del Señor”, donde se retoman los tres puntos básicos de esta teología: “el punto de vista del pobre, el quehacer teológico y el anuncio del Reino de vida”.

1.    UNA NUEVA PRESENCIA

Hay un “hecho mayor” en la vida de la Iglesia latinoamericana, es la “irrupción de los pobres”, esta es la nueva presencia de quienes estaban ausentes: “negros, indios, árabes, asiáticos” los países pobres y las mujeres. Liberatis nuntius (1984) reconoce que existe una “poderosa y casi irresistible aspiración de los pueblos a una liberación”, que es sigo de los tiempos, de amplitud universal manifestaba de manera diversa según cada pueblo.

La teología de la liberación es la “expresión del derecho de los pobres a expresar su fe”, y no un resultado de sus vivencias, es más acertadamente un “intento de lectura” de esta irrupción de los últimos, siguiendo el consejo de san Juan XXIII y el Concilio convocado por él.

a.     Un universo complejo

La Teología de la liberación enmarca su reflexión en la innegable dominación de los pueblos, la explotación de las clases sociales, el desprecio por las razas, la marginación de culturas y la discriminación de las mujeres, lo que constituye la “injusta situación de los pobres”, que pertenecen a una colectividad social, negar el aspecto intrínseco de la socio-economía en esta pobreza, el cual necesariamente hay que tomar en cuenta, sin olvidar otros temas.

Aunque “la pobreza significa, en última instancia, muerte”, también se reconoce que “la pobreza no consiste solo en carencias”, pues “ser pobre es un modo de vivir, de pensar, de amar, de orar, de creer y esperar, de pasar el tiempo libre, de luchar por su vida.” Este es el complejo mundo del pobre, entre la muerte y la vida, donde la discriminación racial es evidente e inaceptable desde lo humano y lo cristiano. Este racismo ha llevado a la exigencia de los derechos humanos fundamentales. Personajes como Bartolomé de Las Casas y Antonio Valdivieso llaman la atención de la Iglesia para desterrar actitudes que posterguen y maltraten a las personas.

El futuro de esta teología latinoamericana está fundado en el protagonismo de los mismos excluidos, con énfasis en las mujeres, culturas y razas, desde la apertura a realidades distintas, donde se clarifiquen más los aspectos de estos pueblos, además, desde el compartir de ideas entre los teólogos y protagonistas, “lo más importante es escuchar lo que otros tienen que decir a partir de sus respectivas situaciones.”

El simplismo a la hora de analizar a los pobres fue superándose con los aportes del Magisterio de la Iglesia, pues este análisis estructural ha destacado en los esfuerzos de la teología de la liberación, donde se ha buscado tanto describir realidades como definir sus causas. Dicho análisis ha pasado por transformaciones propias del quehacer científico, cuya característica es ser “crítico frente a sus supuestos y logros.”

Aunque la dimensión socio-económica sea un factor clave de esta reflexión, se tiene claro que es preciso ir más allá, pues el mundo es más complejo que una vaga visión de enfrentamientos de orden ideológicos (capitalismo-socialismo); entran al concurso las ciencias humanas como la psicología, la etnología y la antropología para que, unidas a la comprensión de las culturas, permitan explicar los aspectos de la realidad, porque “la pobreza es una condición humana compleja y no puede tener sino causa complejas también.” La teología de la liberación a usado siempre las ciencias sociales como auxiliares para sus análisis (análisis marxista), sin temor sus aportes y con profunda actitud de crítica y discernimiento, pues estas ciencias suelen presentarse ideologizadas.

b.    Optar por el Dios de Jesús

La teología busca leer la pobreza desde la Palabra de Dios, saber cuál es el significado bíblico de esta realidad que, aunque clásica en el cristianismo, la nueva presencia de los pobres replantea su comprensión. Las reflexiones posteriores a Medellín fijaron tres aspectos importantes: la pobreza real como un mal no deseado por Dios, la pobreza espiritual como apertura a la voluntad de Dios y la solidaridad con los pobres a la par de la crítica por su situación. Esta es la “opción preferencia por los pobres” (que vio la luz con Puebla), y con “preferencial” no se dice “exclusiva”, pues el mensaje cristiano no puede ser mutilado, al contrario, se busca mantener la universalidad del amor de Dios, solo es necesario precisar quiénes van primero: los pobres.

La opción de la que se habla tiene su antecedente en septiembre de 1962, cuando, antes de iniciar el Concilio Vaticano II, san Juan XXIII expresó: “frente a los países subdesarrollados la Iglesia es, y quiere ser, la Iglesia de todos y en particular la Iglesia de los pobres.” Este espíritu se reflejó en sucesivos documentos magisteriales y fue usado también por san Juan Pablo II, fruto de la toma de conciencia cuyo protagonismo se puede adjudicar al pensamiento eclesial latinoamericano. Fue el papa polaco quien apuntó que de esta opción o amor preferencial por los pobres daba testimonio la Tradición de la Iglesia. Optar por los pobres es, definitivamente, acoger el amor gratuito de Dios que elige a los débiles, es por tanto una opción teocéntrica y profética.

El dominico De Las Casas comprendió que la Iglesia no debe olvidarse de los pobres, “porque del más chiquito y del más olvidado tiene Dios la memoria muy reciente y muy viva”, fue en este espíritu que la Conferencia Episcopal Peruana aportó para Puebla que “los pobres merecen una atención preferencial, cualquiera que sea la situación moral o personal en que se encuentren”, entonces, la preferencia por el pobre no radica en que este sea mejor religiosa o moralmente, sino por la dinámica de un Dios que hace de los últimos los primeros, esto indiscutiblemente forma parte de “la comprensión que la Iglesia en su conjunto tiene hoy de su tarea en el mundo.”

2.    UN MOMENTO DE REFLEXIÓN

La Iglesia latinoamericana, anterior a la nueva presencia de los pobres, hacía teología copiando conceptos europeos que, lejos de los contextos históricos propios, eran afirmaciones abstractas o con la intención de adaptarse sin lograr su objetivo. Este continente a la hora de pensar ha procurado mirar fue de sí y buscar modelos o pautas, esta situación empezó a cambiar a partir de los años 60, cuando la teología de la liberación se enarbola como un signo de madurez con el apoyo de Medellín, teniendo sus raíces en las comunidades cristianas de base, pues “el modo como un pueblo vive su fe y su esperanza, y practica su caridad, es lo más importante a los ojos de Dios.”

En el contexto de la postmodernidad, la teología de la liberación reconoce en su interlocutor, que es el pobre, el “no persona”, es decir, aquel a quien le son conculcados sus principales derechos. Esta premisa en nada pretende hacer de la teología latinoamericana “el ala radical y política de la teología progresista europea”, pues cada una surge en sus ambientes y también América Latina ha demostrado la capacidad de reflexionar autónomamente, sin negar influencias y diálogos que son propios de un mundo en constante y fácil comunicación.

a.     La vida de un pueblo

El quehacer teológico es “una reflexión crítica sobre la praxis a la luz de la Palabra de Dios.” En este sentido, la teología de la liberación comparte la aseveración de K. Brath cuando dice que “el verdadero auditor de la Palabra es el que la pone en obra.” En esta inspiración empezaron a surgir de entre los pobres quienes se preocupaban por cambiar las situaciones de sufrimiento vividas, los mismo oprimidos se convirtieron en agentes de sus destinos, los cristianos que se involucraron en esto animaron el surgimiento de una reflexión teológica liberadora.

Esta solidaridad con el pobre hace eco del shalom evangélico que es la paz que busca justicia y fraternidad, es decir, instaurar el Reino cuya plenitud se dará en la eternidad, pero que desde ahora puede ser acogido en atención a los aspectos sociales, entre otros. Problemas reales como el racismo o el machismo, o la marginación de ancianos y niños reclaman gestos concretos, lo mismos que han de evitar brindarse desde un trato impersonal, pues solo desde la amistad con los marginados y pobres se puede dar una verdadera praxis de liberación. Latinoamérica lucha, cree y espera. Es un pueblo en constante oración y de profunda devoción popular. En Asia se hace teología desde la contemplación heredada de antiguas religiones, en Estados Unidos la teología negra enfatiza la música religiosa, en el África las expresiones artísticas delinean el pensamiento teologal. La profunda oración agónica de Jesús es en definitiva un combate interno por la vida.

Ante los infortunios de la vida que sufren los pobres, la teología de la liberación no propone un espiritualismo como refugio, pero si defiende el dualismo práctico de la solidaridad con los pobres y la oración. Esta es una manera de ser cristiano, vivir en compromiso y oración, esto es la teología de la liberación, seguir a Jesús, estando insertos en la vida del pueblo, como él lo hizo.

b.    El lugar de una reflexión

“Revelación e historia, fe en Cristo y vida de un pueblo, escatología y práctica, constituyen (…) el círculo hermenéutico.” El desafío de la teología pasa por responder a las exigencias del Evangelio desde la fe, esperanza y caridad que dinamiza la práctica cristiana, corrigiendo las desviaciones de quienes actúan políticamente desde la inmediatez, pues sin compromiso permanente con los pobres se está cada vez mas alejados del mensaje de Cristo.

Primero es la fe y después la teología, porque creemos para comprender. Este proceso se hace dentro de la Iglesia, guiados por los carismas de profecía, gobierno y magisterio. La fe expresa oración y compromiso, la reflexión teológica viene después, leyendo con discernimiento desde la Palabra de Dios la praxis cristiana, teniendo siempre como fuente la verdad revelada, el depósito de la fe. La ortopraxis y ortodoxia apuntan hacia la correcta reflexión de la práctica a la luz de la fe.

“¿Cómo hacer teología durante Ayacucho?” es una interrogante de la reflexión teológica de la liberación, pues Ayacucho fue sinónimo de “desprecio, sufrimiento y muerte del pobre”. La teología, como discurso sobre Dios, busca responder a la incógnita por el amor de Dios en las situaciones marginales de los pueblos. Peruano, como lo es el padre Gutiérrez, ha citado a connacionales como Guamán Poma, Vallejo, Mariátegui y Arguedas, pues estos autores “vivieron a fondo el momento que les tocó” y además “supieron expresar (…) el alma nacional, india y mestiza”, y la teología debe estar en dialogo con las culturas, pues “un pueblo que conoce el pasado de sus sufrimientos y esperanzas está en mejores condiciones para reflexionar sobre el presente y para enfrentar el tiempo que viene.”

La teología de la liberación, como cualquier otra teología, haba con acento propio, y es el dejo característico de los pueblos de donde ha salido, así como la teología europea tiene su propia manera de hablar de Dios. “Particularidad no significa aislamiento”, por eso al tener una identidad y maneras propias, se reconoce que el fruto de esta reflexión no puede ni debe ser aplicada automáticamente en lugares de donde no ha salido. La teología de la liberación no es una receta, pero de seguro puede tener alcance universal en cuanto a discurso sobre Dios, no apuntando hacia la uniformidad, pero sí hacia la unidad verdadera.

3.    AMIGOS DE LA VIDA

La vida es la última palabra de la historia, y no la muerte, la resurrección de Cristo nos lo recuerda. La Iglesia que predica el Reino de amor y justicia tiene en la teología de la liberación la misión de evangelizar en la historia propia de Latinoamérica, esta es la perspectiva inicial, su constante preocupación y su alimento, y en los últimos años ha ganado espacios nuevos y presencia que antes no tenía, pues la opción preferencial por los pobres, aunque ha generado resistencias, en conclusión, ha despertado un antes y un después en la iglesia latinoamericana.

a.     Liberar es dar vida

La experiencia latinoamericana ha visto la salvación de Cristo en clave de liberación y ha hecho de esta la médula de su evangelización. Esta liberación se puede distinguir en tres niveles: liberación de estructuras socio-económicas; liberación interior que construye “un hombre nuevo”; y la liberación del pecado, que va a la fuente de la injusticia social, “polo orientador del proceso global de liberación” que apunta al desarrollo integral de Populorum progressio de san Pablo VI.

Los obispos peruanos supieron precisar una idea fundamental sobre la concepción de la Historia de la Salvación como el conjunto de acciones divinas y acciones humanas, estas en cuanto a respuesta a la iniciativa de Dios, a los designios divinos; es en esta historia donde los hombres tienen la libertad de decir un sí o un no a la salvación de Dios, por ende, teología de la liberación quiere decir también teología de la salvación gratuita de Dios, sin yuxtaponer lo político y lo religioso, sino abarcando incluso una antropología que sitúe una nueva concepción del hombre.

b.    Por el camino de la pobreza y del martirio

En el espíritu del Concilio Vaticano II en pensar la evangelización de los pobres como eje primordial se ve el aporte del cardenal Lercano; Lumen gentium afirma que la Iglesia vive en pobreza y persecución como Cristo, y Ad gentes arguye que la Iglesia debe ir por los caminos de la pobreza, como el Señor. “Evangelizar es anunciar con gestos y palabras la liberación de Cristo”, esto es tarea de toda la Iglesia, desligándose de poderes económicos y políticos en total independencia y sin privilegios.

La Iglesia de los pobres, en Latinoamérica se ido fortaleciendo con las experiencias de las pequeñas comunidades de base, que “han hecho más cercano el Evangelio a los pobres, y los pobres al Evangelio” lo que ha permitido descubrir que los pobres llaman constantemente a la conversión, además de vivenciar los valores evangélicos de “solidaridad, servicio, sencillez y disponibilidad para acoger el don de Dios.” Dentro de la misma Iglesia ha habido experiencias de incomprensión al llamado de esta reflexión, pues hay quienes se han sentido amenazados en sus intereses, o quienes abiertamente han ganado la excomunión por no acatar las elementales exigencias del evangelio en detrimento de los derechos humanos de los más necesitados, amenazando la comunión de la Iglesia que es don de Dios, vocación y tarea a la vez.

Desde la eclesiología se han preguntado si es que la Iglesia pierde su identidad en la opción preferencial por los pobres, pero de ninguna manera es así, pues la solidaridad con los más pobres fortalece la identidad eclesial como “signo del Reino al que están llamados los seres humanos y en el que se privilegian los últimos e insignificantes.”

Uno de los costos de ser Iglesia de los pobres fue el martirio de san Oscar Arnulfo Romero en San Salvador en 1980, como el del beato Enrique Angelelli en la Argentina de 1976. Murieron por dar predilección a los pobres y oprimidos, entregaron su vida por el Evangelio dando prueba de la coherencia que él exige. “Los que siembran la muerte se irán con las manos vacías (…) los que defienden la vida tienen las manos llenas de historia.”

Conclusión

La teología de la liberación es una “inteligencia de la fe puesta al servicio de la tarea evangelizadora de la Iglesia”. San Juan Pablo II dijo de ella que era “no solo oportuna, sino útil y necesaria” siempre en comunión con la Iglesia y la Tradición. Su novedad viene de la “atención a las vicisitudes históricas de nuestros pueblos y a sus vivencias de fe.” Es novedad y a la vez una nueva etapa, es decir, continuidad, pues sus raíces están en la Escritura, la Tradición y el Magisterio; y a la vez está en constante evolución, en cuanto a “reflexión de la práctica a la luz de la fe.”

La nueva evangelización planteada por san Juan Pablo II en el V Centenario de la Evangelización de América implica ruptura y cambio de rumbo, pues el anuncio del Reino como la vivencia del mandamiento del amor es siempre algo novedoso y ha de afrontarse sin temor para seguir transparentando el rostro de una Iglesia latinoamericana pobre, misionera y pascual.

San Juan XXIII comprendió que “no es el evangelio que cambia; somos nosotros que comenzamos a comprenderlo mejor,” de ahí la necesidad de mirar lejos, frase que da título a esta introducción del padre Gustavo Gutiérrez para la edición al cumplirse las dos décadas de la teología de la liberación, cuyo libro, en sus propias palabras, es “una carta de amor a Dios, a la Iglesia y al pueblo al que pertenece.”

P.A

García

miércoles, 30 de agosto de 2023

Festividad de Santa Rosa de Lima 2023

“MI PRIMER BAUTIZO”

El 30 de agosto es la festividad litúrgica de Santa Rosa de Lima en el Perú, y es día feriado no laborable, por lo que no asistí a la oficina del Arzobispado de Ayacucho para cumplir con mis funciones administrativas en esa entidad religiosa.

Este día asistí temprano a la parroquia Santa Rosa de Lima en la avenida Arenales de la ciudad de Ayacucho, para cumplir con lo que me había comprometido; y es que días antes me habían pedido el favor de salir a dos pequeñas comunidades que pertenecen a la jurisdicción eclesiástica para hacer la Celebración de la Palabra. Aunque la parroquia tenga tres sacerdotes para la atención pastoral, este día no podían salir, pues con motivo de la fiesta patronal, debían acompañar al celebrante principal del día, el señor arzobispo metropolitano.

En los preparativos para salir me informaron que, como de costumbre, debía llevar la reserva del Santísimo Sacramento, pero además me entregaron el Ritual de los Sacramentos y los santos óleos, a saber, el de los catecúmenos y el santo crisma, pues en una de las localidades que nos esperaban se debía celebrar un bautismo. Yo quedé extrañado, pues no se me notificó con tiempo, para al menos prepararme “litúrgicamente”, es decir, para echar un vistazo al rito de este sacramento para poder celebrarlo o “administrarlo” según la tradición de la Iglesia y las rúbricas de rigor. Así que, sin previo aviso, salimos en la camioneta de la parroquia. Manejaba un ministro extraordinario de la Eucaristía, quien además ejecuta el piano y canta las celebraciones; él en compañía de su mamá y yo de la mía.

El viaje no era tan largo para la primera comunidad, por lo que llegamos en al menos 30 minutos. Un pequeño caserío en las afueras de San Juan de la Frontera, una localidad que lleva el mismo nombre con el que fue fundada la actual Ayacucho por los españoles. En este lugar nos dieron mondongo y luego sí se realizó la celebración en honor a la santa peruana. Asistencia reducida y en un lugar incómodo, a plena calle, pues no hay templo católico. Yo bajo un techo donde se ubicó un improvisado altar, y la feligresía en la calle bajo el sol y a merced de cuanta distracción existiese a causa de los viandantes.

Particularmente no me agradan mucho los espacios abiertos para las celebraciones, porque la gente se distrae, incluso uno mismo puede empezar a fijarse en cosas externas y perder el sentido de lo que se está haciendo. No sucede lo mismo, por ejemplo, en un campo abierto en medio de la naturaleza, donde se sabe que estamos solo los que estamos y no habrá mayor distracción que la de la misma creación de Dios que no es en sí distracción sino, por el contrario, un buen medio para conectar con el Creador.

Esta primera celebración fue sencilla, comulgaron muy pocos, al final las fotos de rigor que evidenciaran históricamente que el evento se había llevado a cabo, y por supuesto, la gente merece tener un registro gráfico de la talla del “padrecito” que en la mayoría de las veces preguntan de dónde es y comprenden que se trata de un extranjero de mal supuesta nacionalidad española o norteamericana. Hay quien ha pensado en voz alta y se ha dejado escuchar un “pero si es que habla español”, como haciendo alusión a que no comparta la misma herramienta idiomática. Y la dificultad está es en el quechua, no por ellos, sino por mí.

Salimos para la otra comunidad, un poco más alejada, de nombre Pucuhuilca. De inmediato sentí curiosidad por saber el significado etimológico de esta toponimia, por lo que la consulté con el chofer que es nativo          quechuahablante. Viene de la quechuanización del castellano “poco”, es decir, “pucu”, y “huilca” significa “nietos”, por lo que comprendí que nos dirigíamos al pueblo de los “Pocos Nietos”, lugar en el que ya había hecho una Celebración de la Palabra en el cementerio local.

Llegados al pequeño pueblo, que sí cuenta con capilla, dejamos el Santísimo Sacramento en el altar y luego salimos invitados a desayunar, donde nuevamente recibimos un palto de mondongo, que no se puede negar bajo ninguna justificación, “para no desairar a las personas”. El ambiente era festivo, a los alrededores de lo que en el futuro puede ser la plaza del pueblo, habían carpas de comercio ocasional, y en una esquina una tarima de buenas proporciones donde parece se estaban presentando grupos musicales durante las noches anteriores y quien sabe hasta qué día se prolongaría esta “fiesta patronal” en honor a Santa Rosa de Lima de Pucuhuilca.

Con los mayordomos en sus lugares y todo listo para la celebración de la Palabra, se dio inicio con el canto de entrada. Aquella capilla es pequeña, dentro de la cual no cabrían más de 40 personas, por eso estaba “abarrotada de gente”. Luego de la reflexión de la Palabra de Dios y haciendo énfasis en la santa del día, se dio lugar el bautismo.

Siempre he enseñado y predicado que “en caso de necesidad” cualquier persona puede bautizar, incluso un no cristiano, pero jamás pensé que me tocaría a mí semejante responsabilidad sin ser sacerdote. Las razones pastorales que me llevaron a obedecer en este encargo quedan en la conciencia del párroco que me autorizó, yo solo obedecí con filial sumisión, pues anteriormente ya me había negado ante una propuesta pasada. Esta vez era diferente, esta vez no pude decir que no, principalmente porque no me dijeron con tiempo y ya todo estaba organizado de esa manera.

Recordé a un compañero de seminario, ahora ya felizmente sacerdote, a quien le “obligaron” prácticamente a bautizar a 16 niños en una iglesia casi catedral de una ciudad importante. Las fotos no tardaron en llegar al rector del seminario y fueron días angustiantes para aquel joven, porque incluso se manejó la posibilidad de la expulsión del seminario, por incurrir en tan evidente falta, pero todo finalmente se aclaró, ya que el sacerdote “i-responsable” asumió la defensa y el percance pudo superarse, para alivios de todos.

“Julianita Yandí, yo te bautizo en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.” Las cámaras fotográficas encima de nosotros, la niña ya grandecita no lloró por razones obvias, el agua bendita fue derramada directamente de mi mano derecha, pues no había otro objeto más digno para esto. ¿Nervios? No. ¿Confusión? Sí, un poco. Como ya he dicho, jamás imaginé que yo pudiera agregar a esta criatura en el libro de los hijos de Dios por la gracia del bautismo sin aún ser sacerdote.

De regreso, y en el silencio de mi interior, busqué una explicación a lo sucedido, y la obtuve en la serenidad y con la certeza de saber que, en este día, 30 de agosto, Santa Rosa de Lima me estaba indicando que debo seguir esforzándome por ser cada día mejor y responder con generosidad y radicalidad al llamado sobrenatural que Dios me ha hecho en ser pescador de hombres.

P.A

García

domingo, 12 de marzo de 2023

“Hacia una Iglesia sinodal en salida a las periferias”: los migrantes.

SINODALIDAD Y MIGRANTES

        El Concejo del Episcopado Latinoamericano y del Caribe CELAM publicó en octubre de 2022 un texto muy bien logrado que refleja las reflexiones y propuestas pastorales a partir de la Primera Asamblea Eclesial de América Latina y el Caribe, intitulado: “Hacia una Iglesia sinodal en salida a las periferias”. Como todo texto de carácter teológico-magisterial, este se presenta enumerado para el mejor aprovechamiento del mismo, es así como, a continuación, veremos los numerales que tratan el tema que atañe a este comentario: las migraciones.

         En el numeral 67 se inicia con una nota introductoria la realidad migratoria latinoamericana: Las migraciones masivas constituyen una realidad estructural cada vez más extendida y lacerante. No se habla solo del fenómeno migratorio como desplazamiento normal de seres humanos, sino que se califica de “masivo” y “lacerante”, es decir, desproporcionado en número e hiriente en sus derivaciones. Continúa el mismo numeral dando razón al porqué de este fenómeno: Son consecuencia de la falta de trabajo, la violencia generalizada, el desorden social, la persecución política, la falta de futuro y, […], la degradación ambiental. Si pensamos en la migración clásica, la mexicana-estadounidense, podemos aplacar las conciencias al pensar que se trata de algo común, sin embargo, el documento del CELAM aclara que: En los países caribeños y sudamericanos se han incrementado los flujos migratorios, profundizando los intercambios culturales. Podríamos entender estos “intercambios culturales” como una consecuencia positiva de la migración masiva, porque, como ya se ha visto en la realidad, no todo es negativo en la migración. Un dato inquietante: Hoy, diez millones de latinoamericanos y caribeños viven en un país que no es donde nacieron. Necesario sería aclarar que la lista de estas nacionalidades la encabeza el pueblo venezolano. ¿Quiénes son los principales afectados? La migración forzada afecta a millones de personas, pero de modo particular, a las más vulnerables: niños, niñas, adolescentes y adultos mayores que están expuestos a enfermedades y al riesgo de la propia muerte.

Ya finalizando este numeral 67, se hace mención de una realidad innegable, pero que en ocasiones ha sido aumentada por los medios de comunicación: Además, acechan los mercaderes de la muerte que se dedican a la trata y el tráfico de personas, que someten a los menores a diversas formas de esclavitud y de violencia sexual, laboral o a la extracción de órganos para trasplantes. Sobre este tema, del tráfico de órganos, tuve una experiencia de “fake news[1]” en la que se adjudicaba a una supuesta organización criminal de origen venezolano hechos vandálicos en la ciudad de Ayacucho, cuestión que, luego de una exhaustiva investigación personal que realicé, resultó ser una mentira difundida con propósitos xenófobos. Finaliza el numeral 67 concretando que la migración masiva latinoamericana: […] es un desafío para las comunidades eclesiales en los lugares de partida, de paso y de acogida. Y aquí hay algo importante, pues el proceso migratorio es un desafío, efectivamente para los lugares de partida, es decir, los países originarios de los desplazados, también para los países de paso, por la aglomeración desprevenida de necesitados, a veces en situación de calle y mendicante y, finalmente, para los países de acogida, por razones obvias; se habla de un “desafío”, no de una maldición.

Más adelante, en el numeral 217, se tocan otros tópicos de la migración, pero desde una perspectiva iluminada por las Sagradas Escrituras, al respecto se dice, a modo de exhortación que: La fraternidad samaritana se manifiesta también en la acogida hospitalaria al extraño. “Entre las personas más afectadas por la grave crisis ecológica, climática y social en los países de nuestro subcontinente están los migrantes. Muchos se exponen a altos riesgos por su vida, seguridad y salud al migrar a otro país porque no ven un futuro viable para ellos y sus familias en su lugar de origen” (SN p. 18[2]). Jesús nos sigue diciendo: “fui forastero y me recibieron” (Mt 25,35). La Regla de San Benito consagró la fórmula de la hospitalidad: “todos los huéspedes deben ser acogidos como a Cristo” (cap. 53). La fe lleva a mirar y hospedar al otro como a Cristo. Por eso las migraciones son un reto para reconocer las alteridades y desarrollar las actitudes hospitalarias: acoger, proteger, promover e integrar. La hospitalidad es un desafío mayor en América, continente con muchos migrantes del sur al norte. Estamos llamados a colaborar en la inclusión de todos y favorecer un intercambio entre hermanos y hermanas de distintas culturas. Todo este numeral no necesita mayor profundización, pues está muy bien fundamentado, solo es necesaria la praxis pastoral de nuestra Iglesia, para dar ejemplo a las demás organizaciones altruistas y sin fines de lucro.

         El numeral 360 habla de lo que esta Asamblea Eclesial precisó como: situaciones particulares para que la Iglesia les dedique una atención especial: migrantes y refugiados, encarcelados discapacitados. Y lo fundamenta bellamente con las citas bíblicas con las que: La tradición bíblica llama a la acogida al extranjero (cf. Lv 19,33-34; Gn 18,4-7). El Nuevo Testamento identifica a los enfermos, a los que están de paso, y en la cárcel, con hermanos más pequeños de Jesús, ante los cuales se define el destino final (cf. Mt 25,35-44), y exhorta a las comunidades a la práctica de la hospitalidad (cf. 1Pe 4,9; Rm 12,13). Los migrantes y refugiados, los encarcelados y los que sufren alguna discapacidad representan situaciones de vulnerabilidad que demandan el cuidado de la Iglesia. Ya he escrito extendidamente sobre “La Teología del Migrante”, una reflexión bíblica y magisterial.

         El numeral 361 aporta un apéndice más a la llamada de conciencia para acoger y socorrer a los migrantes, ya que: Son víctimas de diversas violencias y de la trata de personas, formando parte de los que más sufren. Constituyen un grupo que necesita una atención particular, que busca refugio y que, lamentablemente, no siempre despierta la solidaridad de muchos hermanos. La Iglesia debe darles ayuda porque su realidad configura un signo de este tiempo. Y es muy cierto eso de que la migración “no siempre despierta la solidaridad de muchos hermanos”, por diversas razones, la principal de ellas podría ser por la notable xenofobia en los países de acogida. Sobre “La Xenofobia y la Migración” he escrito un comentario profundo, y sin lugar a dudas es una realidad cruda y en el mayor de los casos injusta.

         El numeral 364 propone, por fin, algunas líneas de acción para con el tema en exposición. Pues ciertamente es preciso: acoger, proteger, promover e integrar a las personas migrantes y refugiados. Con acciones como: 1 Establecer como prioridad la atención, promoción, defensa de sus derechos y acompañamiento de las personas obligadas a migrar, desplazarse y refugiarse. 2 Crear espacios de expresión de la fe, formación, espiritualidad, y diálogo sociocultural para los migrantes, refugiados y desplazados, que les ayuden a experimentar la fraternidad en sus nuevos lugares y los visibilicen como miembros de las comunidades cristianas. 3 Trabajar en redes locales, regionales, continentales e internacionales para exigir, defender y promover la generación de políticas públicas para el respeto del derecho humano a migrar y a no migrar, al refugio y al asilo. 4 Sensibilizar a las comunidades eclesiales sobre las causas de la migración forzada para trabajar por su erradicación y favorecer la hospitalidad solidaria.

Todas estas líneas de acción podrían sintetizarse con una mejor formación al pueblo cristiano sobre el tema, pues es poco común, por ejemplo, escuchar en la homilía de un sacerdote que debamos estar dispuestos a acoger a los migrantes, no así en el Papa, quien sí ha hablado a grandes voces pidiendo ayuda a los desplazados, e incluso, incluyendo en las letanías a Nuestra Señora una dedicada a María “Consuelo para los Migrantes”. Sobre esta nueva letanía he escrito un comentario también bastante motivador como los anteriormente mencionados en este texto.

         Y ahora sí, el último numeral que se cita es el 381, donde se vuelve a proponer, como en el anterior, unas líneas de acción: Acoger, cuidar, proteger a los migrantes y a los que sufren en las periferias geográficas y existenciales, particularmente al creciente grupo de los refugiados y desplazados climáticos, fomentando procesos de evangelización, integración y compromiso social.

         Todo aporte doctrinal por parte del Magisterio de la Iglesia es bienvenido y necesario para seguir trabajando en beneficio de los migrantes y necesitados, sin embargo, hace falta mayor compromiso por parte de los encargados de la pastoral eclesial, principalmente de los obispos y sacerdotes, quienes son los guías y maestros del pueblo de Dios. En la medida en que estos pastores respondan al llamado de Dios en las necesidades de los migrantes, todo el pueblo cristiano se verá motivado, por el testimonio de sus pastores, a avocarse en la misma tarea, que es responsabilidad de todos, pues somos ciudadanos del cielo y en esta tierra estamos solo de paso.

P.A

García



[1] Las fake news son noticias falseadas, es decir información creada como si fuese real con la intención de desinformar. El objetivo es manipular a las masas y difundir unos bulos específicos sobre temas trascendentales por diferentes portales de noticias: prensa, radio, televisión y redes sociales. Por definición, es un concepto que se centra en la creación de una mentira y la posterior difusión para lograr un engaño de masas con fines políticos o ideológicos.

[2] SN CELAM, Documento Síntesis Narrativa. La escucha en la primera Asamblea Eclesial para América Latina y el Caribe (1 de octubre 2021)