jueves, 24 de septiembre de 2026

Charlando con el padre José Antonio Fortea sobre el diaconado

DESDE EL CONVENTO DE OCOPA

Pedro Andrés: Padre, nosotros estamos en el Perú. Yo soy venezolano y le he escrito varias veces desde hace años, desde que comencé el seminario, allá por 2013. Usted siempre me ha respondido, y por eso lo primero que quiero hacer es agradecerle.

Padre Fortea: Bueno, no siempre podré contestar, porque realmente hay tantas cosas que a veces no puedo responder a todos. Pero no te lo tomes como que me he enfadado o que ya no te responde por alguna razón. Simplemente, muchas veces no puedo contestar todos los mensajes. Sin embargo, el tema de los diáconos me pareció que merecía hacer un esfuerzo.

Pedro Andrés: Sí, padre. Por eso, como lo he seguido bastante en su canal y también en su blog, sé que no responde a todos. En ese sentido, permítame resaltar que a mí siempre me ha respondido. Por eso estoy muy agradecido.

Padre Fortea: Vaya, pues puedes considerarte afortunado. Algunas personas incluso se han enfadado un poquito por la razón contraria. Yo hago lo que puedo.

Pedro Andrés: Sí, padre. Somos dos seminaristas. Estoy aquí con mi compañero Juan Sixto; él es peruano y yo soy venezolano. Ambos estamos en Ayacucho. Usted me comentó que tuvo compañeros en Navarra que fueron a Ayacucho, sacerdotes o seminaristas.

Padre Fortea: Sí. Yo tuve varios compañeros que fueron allí. Incluso le pregunté al rector si podía marcharme como misionero. Pero el rector me dijo que no me veía para las misiones. Y se acabó todo.

Pedro Andrés: Sí. Imagínate, los hubiésemos tenido por aquí cerquita.

Padre Fortea: Sí, es verdad. Varios se fueron a Ayacucho, incluso uno de mi curso. Cuando le pregunté al rector si podía ser una posibilidad y si quizá Dios quería que fuera misionero, fue cuando recibimos una visita del obispo de La Guaira, Venezuela.

Pedro Andrés: ¿Quién era el obispo en ese entonces?

Padre Fortea: No recuerdo exactamente. El apellido era Guruceaga. Francisco de Guruceaga Iturriza

Pedro Andrés: No lo conozco. De repente fue algunos años atrás.

Padre Fortea: Estamos hablando de 1987 o 1988, aproximadamente.

Pedro Andrés: No habíamos nacido todavía.

Padre Fortea: Muy bien, pues adelante si tienes alguna duda o alguna cosa, yo sabré decir algo.

Pedro Andrés: Padre, gracias. Hemos leído el librito sobre el diaconado y, durante estos días, también hemos estado revisando otros folletos y documentos, entre ellos el documento de la Comisión Teológica Internacional de 2002 que usted cita en su libro. Entendemos que algunas de sus reflexiones parten precisamente de la lectura de ese documento. En primer lugar, quisiera preguntarle de manera muy puntual: ¿a qué se compromete un diácono? En nuestro caso, con el favor de Dios, pasaremos posteriormente al presbiterado, porque somos seminaristas y recibiremos el diaconado transitorio. Pero, concretamente, ¿a qué se compromete un diácono, tanto en las promesas propias del rito como en el ejercicio del ministerio?

Padre Fortea: Bueno, uno se compromete a lo que ya habéis firmado. Precisamente pedí que aquello que habéis firmado lo meditaseis bien. Lo que habéis firmado significa que, desde ese momento, estáis bajo la obediencia; estaréis incardinados en esa diócesis, estáis encaminados al ministerio, sois clérigos y asumís la obligación de rezar el Oficio Divino. Y, por último, está el compromiso de mantener el celibato. Ahora bien, si un diácono en la etapa transitoria llega a la convicción de que no debe seguir adelante con el sacerdocio, la dispensa se concede con facilidad. Y, además, si un diácono permanente quisiera dejar el camino hacia el presbiterado, se respetaría su vocación al diaconado. Hay cosas curiosas. A cambio, la diócesis, desde el momento en que uno es diácono, ya se compromete a mantenerlo. Es un compromiso laboral, y la remoción del puesto sería un proceso distinto al de un seminarista. Si el obispo quiere que un seminarista no siga, pues ya está. Pero un diácono no: ya es un clérigo de la diócesis.

Pedro Andrés: Claro, padre. También teníamos una duda con respecto a lo que puede hacer el diácono. Usted lo explica bastante bien en el libro. Además, vimos un video de su canal de YouTube en el que habló a los diáconos permanentes en México, y también lo estuvimos revisando. Nuestra duda era la siguiente: si el diácono no es ungido con el Santo Crisma, ¿cómo puede bautizar solemnemente? En ese caso, utilizaría también el Santo Crisma y el óleo de los catecúmenos. Entonces, ¿cómo se entiende esto?

Padre Fortea: Sí, realmente se podría haber ungido a un diácono. No habría ningún problema. Incluso a los laicos, en el sacramento del Bautismo, se les unge dos veces. No hay ningún problema teológico. El diácono, al recibir el sacramento del Orden y, en ese grado, realmente pasa a ser un ungido espiritual. No se puede decir que exista una razón teológica para afirmar una cosa y negar la otra. Se ha decidido hacer esa distinción entre la importancia del segundo y tercer grado respecto al primero: que ellos sean ungidos. Pero no hay que darle más trascendencia al hecho de que los diáconos no estén ungidos. Podría haber habido una unción para cada grado. De hecho, el sacerdocio levítico en sí mismo es menor que el sacerdocio del Nuevo Testamento, el sacerdocio de Cristo, y a los sacerdotes levíticos sí se les ungía. Teológicamente, se concede más en el sacerdocio del Nuevo Testamento que lo que recibían los sacerdotes cuando realizaban el ritual que cuenta el Deuteronomio para simplemente servir en la tienda. En el fondo, esa era una función muy diaconal: encender las velas, disponer el incienso, poner los panes de la proposición... Son funciones que podríamos llamar claramente diaconales.

El sacerdote propiamente dicho era el que iba al altar de bronce y allí ofrecía lo que se había presentado, inmolaba. Esa era una función sacerdotal, y el sumo sacerdote tenía además otras funciones, como la unción.

En el fondo, las labores que realizaban los distintos grados del orden levítico, salvo las funciones propiamente sacerdotales que acabo de mencionar, eran funciones que podríamos llamar diaconales. Y eran sacerdotes. Aunque, en sentido estricto, solo ejercían el sacerdocio los que ofrecían la víctima en el altar. Pero también había una distribución de funciones.

Pedro Andrés: Padre, en el caso del diaconado, hemos visto en los materiales que, efectivamente, es sacramento y es un grado del sacramento del Orden. Ahora bien, me parece que usted es muy enfático en el libro y en sus reflexiones en que el diaconado es el primer grado del Orden. No sé si hay otras perspectivas teológicas. Me parece que quizá el Catecismo o alguna otra reflexión teológica habla del episcopado como primer grado y del diaconado como tercer grado. ¿Es simplemente una variante para explicar cuál es el primero y cuál es el tercero?

Padre Fortea: Terminológicamente siempre se ha dicho que el primer grado es el diaconado, el segundo es el presbiterado y el tercero es el episcopado. Porque «Grado» en latín significa peldaño, como en una escalera. Por tanto, el diaconado sería el primer peldaño que uno comienza a subir.

Pedro Andrés: Sí, padre. Y, con respecto a lo del sacerdocio, hemos visto que el diácono participa del sacramento del Orden, pero, como dice el Concilio Vaticano II, está ordenado al ministerio y no al sacerdocio. Entonces, ¿ejerce algún tipo de sacerdocio el diácono? ¿Solamente el sacerdocio común de los fieles?

Padre Fortea: Es verdad que ese asunto, de forma natural, se ha prestado un poquito a que pudiera parecer que se confundían las cosas. No me da apariencia, pero se prestaba a ello. No. El diácono no tiene solamente el sacerdocio común de los fieles; ese lo tiene por el Bautismo. El diácono tiene el primer grado del sacerdocio de Cristo. No es simplemente una preparación para el segundo grado. Es el primer grado, aunque para aquellos que van a continuar hacia el presbiterado constituye también una preparación para el segundo grado. Porque Cristo quiso darle tanta importancia al servicio. El primer grado del sacerdocio sería precisamente ejercer esta función. En el libro, si tenéis la última versión —creo que la subí—, explico que, humanamente, nosotros podríamos haber organizado esto de otra manera: repartir los sacramentos entre los tres grados. ¿Tenéis esa versión en la que digo esto?

Pedro Andrés: Sí, la tenemos.

Padre Fortea: Creo que esa fue una añadidura que hice hace menos de un año. Humanamente, nosotros habríamos organizado las cosas de esta manera: «Pues que el diácono haga estos sacramentos; el presbítero, estos otros; y el obispo, estos». Pero no. Dios tiene otra forma de distribuir las funciones porque quiere dejar claro un mensaje de servicio. Precisamente para poner de relieve el servicio es por lo que despoja, por así decirlo, desnuda al primer grado de casi todo, dejándole muy pocas cosas.

Pedro Andrés: Padre, en el libro usted menciona que su opinión es que Jesús mismo, el Señor, pudo haber pensado en los tres grados del sacramento del Orden. Es decir, quizá Cristo no dio instrucciones explícitas a los apóstoles sobre que existiría el diaconado con ese nombre, pero usted considera que Jesús sí lo tuvo presente. Ahora bien, la Comisión Teológica Internacional y, por lo que hemos leído, buena parte de los teólogos sostienen que el diaconado habría sido una institución de la Iglesia apostólica. Me parece que el presbiterado y el episcopado tendrían su origen propiamente en Jesús y en los apóstoles, mientras que el diaconado habría sido establecido posteriormente por la Iglesia.

Padre Fortea: Ese asunto, reconozco que admite discusión. La Iglesia no ha dicho nada respecto de una cuestión tan, tan precisa.Pero, aun sabiendo que la mayor parte de los teólogos actuales e importantes consideran que el diaconado fue una institución de la Iglesia, yo pienso que no fue así. Yo pienso que, desde el principio, Jesús debió mencionar a los apóstoles que quería que hubiera tres grados. ¿Y por qué pienso eso? Porque Jesús habló de muchísimas cosas, pero los sacramentos eran una realidad muy importante, y mucho más todavía si hablamos del sacerdocio. Por eso, mi opinión es que Jesús enseñó, aunque fuera de una forma muy breve, las características esenciales de cada uno de los tres grados. Si no fuera así, si los tres grados hubieran nacido simplemente de una disposición humana, utilizando el poder de atar y desatar, nosotros no podríamos hacer algo tan tremendo como establecer grados dentro de un sacramento. Porque los teólogos, desde siempre, han dicho que el diaconado era el primer grado del sacramento del Orden, no un paso previo, como ocurría con las órdenes menores. Entonces, claramente, yo pienso que no. Los sacramentos fueron una disposición divina. Además, si esto hubiera sido una disposición humana, con toda razón alguien podría decir: «Si es humano, se han podido equivocar, aunque lo hayan aprobado con la autoridad de Cristo». ¿A qué me refiero? A que alguien podría decir: «Hombre, podrían haber instituido de otra manera el grado, o tal otra característica». Es decir, entraríamos dentro de lo opinable y, en ese caso, tendrían razón. Si Jesús no dijo nada al respecto y fue una decisión puramente humana, sería discutible. El diaconado podría haber sido de otra manera. Podría haber habido dos grados del Orden —presbiterado y episcopado— y que el diaconado fuera simplemente una preparación previa. O podría haberse organizado de muchas otras formas. Es decir, entraríamos ya en una gran cantidad de posibilidades para la Iglesia. Yo creo que es mucho más sensato pensar que, al menos, el ADN de la Iglesia futura ya contenía todo lo esencial de los sacramentos, incluyendo los tres grados del sacramento del Orden. Y desde esta perspectiva mía, no cabe esa ordenación femenina. Si la Iglesia lo aprobara, yo lo aceptaría totalmente, porque, si la Iglesia aprueba algo, se puede hacer. Aunque yo afirmo que no se puede cambiar, esa es mi opinión teológica. Si la Iglesia lo aprobara, yo lo aceptaría, claro que sí. Desde el mismo momento de la aprobación, lo aceptaría. Pero tendría que ser una aprobación oficial, no simplemente una opinión expresada en un sermón.

Pedro Andrés: Sí. Y ahí entra también, padre, lo que señala la Comisión Teológica Internacional. Allí se habla bastante de la historia del diaconado femenino, de Febe, en la Carta a los Romanos, y de lo que fue posteriormente esta realidad. Creo que la conclusión es que estas funciones fueron evolucionando hasta dar lugar a las actuales religiosas, incluso a las abadesas, como una figura femenina de servicio y también de autoridad.

Padre Fortea: Pero, evidentemente, este punto puede ser discutido por muy buenos teólogos. Yo les reconozco el derecho a discutirlo. A mí me convence más la tesis más «intervencionista» de Jesús a este respecto.

Pedro Andrés: ¿Y eso qué significa?

Padre Fortea: Que Jesús intervino en todo lo esencial de la Iglesia. En todo.

Pedro Andrés: Padre, con respecto al diaconado, ¿es claro que el diácono forma parte de la jerarquía de la Iglesia?

Padre Fortea: Bueno, perdón. Eso se decía en el Código que yo tenía en mis manos cuando era seminarista. Se decía que el diácono formaba parte de la jerarquía y que cada uno participaba de Cristo Cabeza, cada uno según su orden. Pero el papa Benedicto aprobó un cambio en la formulación de los cánones a ese respecto. Allí se establece que Cristo Cabeza corresponde solamente al presbiterado y al episcopado, mientras que los diáconos están ordenados para servir.

Pedro Andrés: Entonces, ¿cómo debemos entender esa diferencia?

Padre Fortea: Bueno, vamos a ver. Ese tema no presenta ningún problema. No hay ningún problema. La primera formulación no era heterodoxa; por eso estaba en el Código de Derecho Canónico. No era heterodoxa. Había una forma católica de entenderla. Y la siguiente afirmación que se hizo, yo afirmo que sí es verdadera, pero también hay una forma de entenderla que no es contradictoria con la primera formulación. Si ya los laicos tienen un grado de participación en el sacerdocio, aunque sea cualitativamente distinto —no es la misma realidad: una es la realidad sacramental del Bautismo y otra es la realidad sacramental del sacramento del Orden—, los diáconos, por lo tanto, no están al mismo nivel que el sacerdote o el obispo. Pero, si el laico es, en el sentido propio del sacerdocio común, sacerdote, el diácono lo es en un sentido superior. Representa a Cristo de un modo todavía más poderoso, más intenso. A pesar de lo anterior, los diáconos no forman parte de la jerarquía en cuanto a Cristo Cabeza y están ordenados para servir.

Pedro Andrés: Padre, cuando vemos las funciones del diácono, queda claro este servicio en la Palabra, en la liturgia y en la caridad. En el caso de la Palabra, el diácono predica. Entre sus facultades están la proclamación del Evangelio y la predicación. ¿Esa predicación no sería, de alguna manera, un acto propio de la jerarquía o de esa tríada de enseñar, santificar y regir? ¿La predicación del diácono entra dentro de ese campo?

Padre Fortea: El diácono ejerce en ese momento una función de Cristo. Es una función de Cristo, pero es una función de un servidor al que se le da la palabra para enseñar. Eso es todo. Por eso, propiamente hablando, no tiene derecho a predicar siempre. Si yo fuera el párroco, habría dicho: «Vamos a predicar al 50 %», es decir, que el diácono predicara la mitad de las veces, todos los días y en todas las fiestas, por importantes que fueran. Pero otros párrocos pueden pensar que no debe predicar, y ya está.

Pedro Andrés: es decir, el diácono puede no predicar en una misa; no es que sea un derecho suyo hacerlo.

Padre Fortea: Si el diácono predica, no lo decide él, sino el párroco o quien presida la celebración.

Pedro Andrés: Y en el caso de la proclamación del Evangelio, si hay un diácono, ¿sí es un derecho suyo o también es opcional?

Padre Fortea: ¿En qué caso?

Pedro Andrés: En el caso de la proclamación del Evangelio durante la celebración eucarística.

Padre Fortea: Eso es obligatorio. Si hay un diácono, tiene que hacerlo siempre.

Pedro Andrés: Correcto. Pero en la predicación es diferente.

Padre Fortea: Sí. En la predicación decide quien preside, porque quien preside es quien organiza la ceremonia. Por tanto, si quien preside dice: «Voy a predicar yo», pues ya está.

Pedro Andrés: Padre, también de acuerdo con esto, no sé cuál será la usanza en Europa. Acá en Latinoamérica tampoco es muy común la presencia de diáconos permanentes. ¿El diácono ejerce una cierta paternidad pastoral? ¿Se le llama «padre»? ¿Ejerce la cura de almas como un sacerdote?

Padre Fortea: La cura de almas implica muchas cosas: atender a las personas, ayudar a los pobres, hablar con los fieles y resolver los problemas que puedan surgir en la parroquia. Lo que pasa es que hacemos bien en ver al párroco como el padre y al diácono como el hijo que ayuda al padre; como un hermano mayor que ayuda al padre. Yo creo que esa visión es más adecuada. Ahora bien, en la práctica, claro que un diácono puede ejercer una cierta paternidad espiritual. Normalmente no, porque quien confiesa es el sacerdote, los feligreses están acostumbrados a su párroco de toda la vida y el diácono va a estar solamente un tiempo determinado. Si un sacerdote lleva muchos años en una parroquia, se convierte en párroco y, por tanto, existe una paternidad. Pero un diácono transitorio que va a estar solamente seis meses o un año en una parroquia poco podrá ejercer esa paternidad, salvo en el ámbito de la caridad. En cambio, un diácono que llevara muchos años en una parroquia, como puede suceder con un diácono permanente, sí podría convertirse en un faro, en un referente, incluso en un padre espiritual. Pero su labor, de por sí, es la de un hermano mayor que ayuda al padre en esa familia. Después, en la práctica, uno puede convertirse en padre espiritual, pero sigue siendo un hermano mayor que ayuda al único padre que hay en la parroquia.

Pedro Andrés: En ese sentido, el diácono debe mantener esa prudencia para no inmiscuirse en lo que sería propio del párroco.

Padre Fortea: Además, en España —y con toda la prudencia del mundo— basta decirlo: hay muchos párrocos que no quieren diáconos. Y es verdad que, en todas partes del mundo, siempre se habla de cierta rivalidad, de roces, de que el párroco no deja hacer nada al diácono. Bueno, eso ha sido así desde hace muchos siglos y hay que aceptarlo. El diácono tiene que someterse con bondad. Eso es todo. No hay que hacer un problema de ello. Cuando llegue el momento de que tengáis una parroquia, no debería ser así. No debería ser así, pero es así en muchísimas parroquias.

Pedro Andrés: Padre, ¿y usted ha tenido diáconos durante su etapa como párroco?

Padre Fortea: Tuve un diácono durante un año en el pueblo de al lado. El obispo me dijo que yo no me iba a tener que ocupar más que de celebrar la misa los sábados y domingos y administrar los sacramentos, porque de todo lo demás que no fueran los sacramentos —bautizos y bodas incluidos— se iba a ocupar el diácono que vivía allí y que sería ordenado como tal. Entonces, durante un año tuve un diácono. La verdad es que él me ayudaba principalmente en su iglesia, donde ejercía prácticamente como cabeza de la comunidad. Aunque formalmente era yo quien figuraba como administrador parroquial, en la práctica no era así. En la práctica lo llevaba todo, todo, todo aquel diácono. Es un ejemplo de cómo un diácono puede ejercer una cierta paternidad, en este caso de una manera muy particular.

Pedro Andrés: ¿El Código permite que un diácono sea administrador parroquial?

Padre Fortea: Yo creo que no, que tiene que ser un párroco. Pero, aunque a mí me nombró el obispo administrador parroquial, me dijo: «Bueno, él se va a encargar de todo». Y, por tanto, así lo respeté. El obispo quería que aquel diácono se encargara de todo y así lo hicimos. Era un pueblecito de quinientos habitantes.

Pedro Andrés: Padre, ¿y su diaconado cuánto duró? ¿Seis meses, un año?

Padre Fortea: Fue de poco más de medio año. Y eso que yo amaba mucho el diaconado; no me hubiera importado ejercerlo durante un año. Pero no: fue algo más de medio año, aunque no llegó a ocho meses. Creo que fueron siete meses. Más allá de lo litúrgico, seguía haciendo las funciones que realizaba durante los años de pastoral en aquel lugar: organizar muchas cosas, ayudar en la liturgia, mantener el despacho y muchísimas otras tareas, durante muchas horas y muchos días. Era una parroquia que tenía más de cincuenta mil feligreses, muy grande para España. Entonces seguí ejerciendo todo aquello, salvo el aspecto litúrgico propio de la misa. No hubo grandes cambios.

Pedro Andrés: Bien, padre. Muchísimas gracias por atendernos.

Padre Fortea: Si os he servido un poquito para algo, me alegro. Que os vaya muy bien y que seáis muy santos.

Pedro Andrés: Padre, como nosotros creemos, como usted, en el poder de la oración, por favor, rece por nosotros y dénos su bendición. El miércoles 2 nos ordenamos diáconos en la Catedral de Ayacucho. Además, el obispo de Ayacucho fue quien consagró obispo al papa León XIV aquí, en el Perú.

Padre Fortea: Ah, vaya.

Pedro Andrés: Entonces, las manos que hicieron obispo al actual Papa nos harán a nosotros diáconos. ¡Qué curioso!

Padre Fortea: Pues que seáis muy felices en vuestra diaconía, primero, y después como sacerdotes. Un fuerte abrazo.

Pedro Andrés: Gracias, padre. Muy amable. Que esté muy bien.

Padre Fortea: Hasta luego.

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