martes, 22 de septiembre de 2026

Me cuentan mi vida en coplas

POR MI ORDENACIÓN DIACONAL

        El 2 de septiembre de 2026 fue el día de mi ordenación diaconal. Esa misma tarde recibí un regalo inolvidable: un compendio de 70 vídeos recopilados por mi madre, quien había pedido a la gente de mi pueblo unas palabras de felicitación. Eran mensajes de familiares, amigos, conocidos, parroquianos y personas que me vieron crecer desde niño. Sin embargo, entre todas las muestras de cariño, una destacó por su genialidad y arte: la de la profesora Ana Emerenciana Toro. En apenas tres minutos y cuarenta y tres segundos, me dedicó 26 coplas en las que resumió mi vida con un acierto biográfico sencillamente admirable.

Paren muy bien la oreja

que les voy a contar
un cuento de resiliencia
de un muchacho ejemplar.

 

Como ya indiqué más arriba, la autora de esta hermosa dedicatoria es la profesora Ana Emerenciana Toro, docente de educación primaria y colega de mi madre en la Escuela Bolivariana Mariño de Bailadores, en Mérida, Venezuela. A ella le expreso mi más sincera gratitud por tan conmovedor homenaje. La profesora Ana me conoció desde muy niño, ya que solíamos frecuentar la escuela donde trabajaba mi madre; por ello, cada uno de sus versos es reflejo fiel de la verdad, habiendo sido ella testigo directo de lo que hoy relata con tanta gracia. A continuación, comparto algunos detalles que me gustaría comentar.

 

En la población de La Playa un niño dijo:

«Maestra, quiero ser cura»,

allí se sintió el llamado

de esa, su hermosa locura.

 

Es plenamente cierto que, desde mis años escolares, siempre respondía que quería ser «padre de la Iglesia, de los que dan la misa» cuando nos preguntaban por nuestros sueños de futuro. Aquella aspiración infantil echó raíces en mí a partir de mi bautismo, recibido en Tovar el 23 de diciembre del año 2000, cuando tenía cinco años. Como he compartido en varias ocasiones, mi vocación sacerdotal nació en ese mismo instante en que renací a la fe en las aguas bautismales.

 

En el año noventa y cinco,
el día diez de diciembre,
pujaba una mujer fuerte,
con el anhelo más ardiente.

 

Cuenta mi madre que nací un domingo a las nueve de la mañana. Estuve a punto de llegar al mundo en la casa de La Playa —¡cuánto me habría gustado que así fuera!—, pero lograron trasladarnos a tiempo al Hospital San José de Tovar en el vehículo de mi tía Coromoto. El 10 de diciembre no solo es el día de Nuestra Señora de Loreto, sino que también se celebra la Declaración Universal de los Derechos Humanos y se conmemora a santa Eulalia de Mérida y al papa san Melquiades.

 

De recibir en sus brazos
el tercer hijo de ese hogar,
ese niño tan deseado,

que ya no se quería esperar.

 

Nací del matrimonio civil de mis padres y soy el menor de tres hermanos, aunque no el más bajo de estatura. Mis hermanas mayores son Reyna Tahís y Raymar Thalía. Además, por parte de mi padre, tengo dos hermanos más: Reylis Aurisbel García Tique, quien vive en La Playa, y Reinaldo Andrés García Castro, residente en Santiago de Chile. Actualmente tengo cinco sobrinos: Paula Valeria Omaña García y Elías Andrés Yance García (hijos de mi hermana Reyna), junto con Juan David, Valery Luciana y Juan Manuel Roa García (hijos de mi hermana Reylis).

 

Pedro Andrés García Barillas,
un nombre que suena a justicia,
creció en un hogar humilde

con fe, amor, sin malicia.

 

Llevo el nombre de Pedro en honor a mi abuelo, Pedro Julián Barillas Pereira —ateo, comunista, apasionado por las armas de fuego, gran lector y conversador—, a quien no llegué a conocer pues falleció antes de mi nacimiento. Mi segundo nombre, Andrés, me fue dado a petición de mi padre en homenaje al famoso beisbolista venezolano Andrés Galarraga, ya que papá era su fiel admirador y en su juventud también practicó el deporte nacional. Qué hermosa coincidencia resulta que ahora, consagrado a Jesús como su fiel discípulo, lleve los nombres de dos de los hermanos apóstoles más entrañables del Maestro: Pedro y Andrés, los hermanos oriundos de Betsaida.

 

Soñaba con dar la misa,
con ayudar a los demás.

Entre juegos y travesuras
hizo bautizos, matrimonios y más.

Antes de ser monaguillo, viví mis primeras experiencias en la misa. La primera fue mi propio bautismo en el Santuario de Nuestra Señora de Regla, en Tovar. Le siguieron las misas de exequias de mi bisabuela Tomasa Rafaela Castillo y de mi tía María Margarita de Coromoto Salas de Calatayud, ambas en 2003. Recuerdo con precisión la homilía del anciano sacerdote en esa ocasión, que versó sobre la pesca en tiempos de Jesús. A partir de entonces jugaba a ser monaguillo, vestido de blanco y con una feligresía «obligada» a escucharme; hasta improvisé un cáliz con un recipiente de Coca-Cola. Tiempo después llegaron a mis manos los libros litúrgicos, como el Pan Diario de la Palabra que la Librería San Pablo editaba mensualmente.

Con ese librito guardo una anécdota entrañable: estando en cuarto grado, la profesora Elena Sánchez me prestó el ejemplar del mes de abril, en cuya portada figuraba san Vicente Ferrer. Me gustó tanto que decidí conservarlo sin decir nada. Aunque sentía la incomodidad de no devolver lo prestado, la profesora, con su infinita pedagogía, prefirió no reclamármelo al notar mi fascinación por el texto. Años más tarde, su mirada aún me recordaba con gracia aquel pequeño desatino. Pero, como dice el refrán: «Lo que es del cura, va para la iglesia».

Ha sido un hijo ejemplar,
responsable, educado, cariñoso,
destacado en sus estudios,
y con su madre muy amoroso.

Al ser el menor de la casa, la relación con mi madre siempre ha tenido un matiz muy especial. Sin embargo, como bien se dice, una madre quiere a todos sus hijos por igual, deteniéndose simplemente en aquellos que, en cada etapa, más lo necesitan. Hoy, al llegar al diaconado a mis treinta años de edad, valoro enormemente la presencia constante y el abrazo oportuno de mi madre. Estoy convencido de que, sin ella, el camino de mi vida habría sido infinitamente más difícil de lo que ha sido.

Su sueño de ser monaguillo
lo realizó entradito en años,
cuando a la escuela todavía
lo llevaban de la mano.

En una ocasión participé en un concurso con motivo del Encuentro de Monaguillos en el Seminario de Mérida. Para la convocatoria, elaboré junto a mi madre un pequeño folleto ilustrado con fotos donde narraba mis comienzos y mi vivencia como monaguillo. Recuerdo que adjuntamos fotografías de la misa con nuestro párroco, el padre Alfredo Uzcátegui. Mi trabajo resultó ganador y recibí como premio un balón de fútbol que nunca llegué a patear; en su lugar, lo coloqué en la vitrina como si se tratara de un auténtico trofeo. El premio me lo entregó la canciller de la Arquidiócesis de Mérida, que por aquel entonces era una religiosa. Todo esto ocurrió poco después de la dolorosa vaguada del Mocotíes de febrero de 2005. Para agosto de ese mismo año, a mis nueve años de edad, ya me había incorporado formalmente al grupo de monaguillos de La Playa.

Allí en “Flor de Maldonado”
cursó cuatro años de estudios,
y una persona sin alma
le reprochó a futuro.

De septiembre a diciembre de aquel año, durante apenas dos meses y medio, la profesora Alicia Alarcón fue mi docente de quinto grado de primaria. Sin embargo, no pude continuar mis estudios en la escuela de La Playa debido al trato hostil e injustificado que ella asumió hacia mí por el simple hecho de ser monaguillo. Fue una época de un cruel hostigamiento que me marcó profundamente. Pasé cuatro años de mi preescolar en la sede original del «Elio Castillo» en La Playa; un edificio histórico para mi familia, ya que mi abuela materna formó parte de quienes lo construyeron, y allí se destacó durante varios años como portera de la institución.

«Pa´ padres, los de familia;
pa´ curas, los aguacates;
¡vaya y dele a las campanas!
¡vaya y jale ese mecate!»

La profesora Ana logra captar en sus coplas, con un lenguaje coloquial y de gran perspicacia, lo que tuve que afrontar a diario en aquella aula. Por motivos que jamás entendí, mi condición de monaguillo le resultaba incómoda. Llegó al punto de prohibirme cantar las canciones de moda o tener cualquier actitud infantil que, a su juicio, no fuera «digna» de un monaguillo. Todo lo hacía desde la burla y el autoritarismo. Como el niño vulnerable que era, soporté en silencio esa opresión durante meses, hasta que en las fiestas de Año Nuevo abrí mi corazón con mi madre y le supliqué que me cambiara de escuela, pidiéndole que no confrontara a la maestra; un traslado que, afortunadamente, pudimos concretar.

Fue frustración el momento,
pero también fue un gran impulso;
el camino hacia Dios
no lo destruyen los impuros.

A la profesora Alicia no la volví a ver desde aquellos días. Sin embargo, el destino quiso que más adelante, durante mis años de bachillerato en Bailadores, su esposo, el profesor Bulmaro, fuera mi docente de Física, con quien me llevé muy bien. Me parece que él era sabedor de aquel episodio del pasado.

En la escuela de San Pablo
culminó su primaria,
en el Liceo Gerónimo Maldonado
hasta tercero llegaba.

En la Escuela Bolivariana San Pablo culminé el quinto y sexto grado. Mi maestra en quinto fue la profesora Carmen Aurora; mientras que, en sexto, tras una primera semana con el profesor Carlos Guerrero, asumió el grupo la profesora Nadir Montoya. Mi llegada a San Pablo no fue sencilla: la bienvenida de mis compañeros consistió en una golpiza de dos contra uno. Sin embargo, en esa misma institución tuve una maravillosa oportunidad de la mano del profesor Eduardo Moret, quien me impulsó a representar a la escuela en el centro de ciencias con la ponencia del proyecto titulado «Efectividad del método de cultivo organopónico con plantas de lechuga (Lactuca sativa americana ferri)».

Al graduarme, decidí estudiar en el liceo de Bailadores simplemente porque todos mis compañeros de promoción se iban para allá. En el Liceo Gerónimo Maldonado volví a vivir una situación similar a la de La Playa, esta vez con el profesor Luis Gómez, de Historia de Venezuela. Cuando decidí defenderme por mis propios medios ante la agresión física de un compañero, este docente me encaró públicamente cuestionando la opción sacerdotal que yo mantenía.

De allí, con muchos sacrificios,
se fue a estudiar muy lejos;
los Legionarios de Cristo
las puertas allí le abrieron.

La etapa en el Seminario Menor de la Inmaculada Concepción —conocido también como el Centro Vocacional o «La Apostólica»— fue una de las mejores de mi vida. A pesar de las incomprensiones con el padre José Gutstein, guardo una memoria sumamente positiva de aquel tiempo, pues allí se forjaron la humanidad y la espiritualidad que me sostienen hasta el día de hoy. Estoy infinitamente agradecido con los Legionarios de Cristo por todo el bien que sembraron en mi vida. Los llevo siempre en mi recuerdo y en mis oraciones, y les guardaré una gratitud eterna por el acompañamiento y las bendiciones recibidas.

Más tarde en el Seminario
Arquidiocesano San Buenaventura
estudió formación sacerdotal
con buenas asignaturas.

        Mi formación en el Seminario Arquidiocesano de Mérida comenzó el domingo 27 de septiembre de 2013, día en que ingresé al curso propedéutico en la iglesia La Tercera —Santuario de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro—. Esta importante etapa se extendió hasta el viernes 5 de julio de 2019, momento en que culminé el segundo año de Teología.

La Sagradas Escrituras,
Filosofía y Teología,
historia y labor social
configuraban sus teorías.

        Mi tesis de Filosofía se tituló «Filosofía de la educación orientada desde la paideia divina en la obra El Pedagogo de Clemente de Alejandría». Tuve como asesor formal al Pbro. Dr. Horacio Carrero, de quien recibí la orientación puntual para definir el título y delimitar el tema. Sin embargo, a partir de ese momento no obtuve observaciones ni correcciones a las entregas que le presentaba, por lo que tuve que sacar adelante la investigación por mi propia cuenta. Aquel esfuerzo en solitario culminó con una nota de 17 puntos; una calificación que, a decir verdad y para mi desdicha, sentí que merecía un mayor reconocimiento.

Allí recibió otro duro golpe
que puso a prueba su fe:
«Muchacho, usted va pa' afuera
por no apegarse a la ley».

        Como mencioné anteriormente, el viernes 5 de julio de 2019 fui convocado por el obispo auxiliar, Mons. Luis Enrique Rojas Ruiz, para la lectura de mi informe final de año. En dicho documento se concluía que no podía continuar mi formación en ese seminario ni en ningún otro, bajo el subjetivo argumento de no poseer «rectitud de intención». Por el momento reservaré los detalles de aquella expulsión; permanecen bien custodiados para ser dados a conocer cuando llegue el tiempo oportuno.

Y vinieron tiempos difíciles,
todo parecía perdido;
pero en los caminos del Señor
son incomprensibles sus designios.

        En medio de aquella tormenta, acudí en busca de auxilio a monseñor Fernando Castro Aguayo, obispo de Margarita; monseñor Alfredo Torres, obispo de San Fernando y monseñor Mario Moronta (+), obispo de San Cristóbal. No obstante, ninguno quiso o pudo extenderme una mano. La puerta providencial se abrió finalmente cuando fui llamado por Monseñor Juan de Dios Peña Rojas, obispo de El Vigía–San Carlos del Zulia, para realizar una experiencia pastoral en su jurisdicción. Fue así como participé en las misiones de diciembre en un pueblo de la Panamericana y, posteriormente, presté mi servicio de enero a julio en la Rectoría Santa Lucía de Caño Blanco, en el estado Zulia.

Un país hermano hace cinco años,

las puertas le abrió;
allá en Ayacucho, Perú,
otras batallas libró.

 

        Llegué a Ayacucho el martes 24 de noviembre de 2020. Ese mismo día asistí a la santa misa en el templo de Santa Ana, donde tuve la oportunidad de conocer al padre Yoni Palomino Bolívar, quien muy amablemente gestionó en los días posteriores mi audiencia con el arzobispo. En esos primeros diálogos se me brindó inicialmente una cordial bienvenida para concluir mis estudios teológicos; sin embargo, más adelante se determinó que permaneciera un tiempo como laico y trabajara en la zona, con el fin de insertarme y conocer de cerca la idiosincrasia del pueblo ayacuchano.

 

Como profesor de colegio,
como secretario privado,
con devoción y probidad
sirvió al obispado.

        Para marzo de 2021 me incorporé a las aulas del Colegio Discovery como docente de sexto grado. Inicié con un grupo de ocho alumnos y, debido a las restricciones de la pandemia, las primeras clases se dictaron en modalidad virtual hasta que paulatinamente pudimos retornar a la presencialidad. En 2022 asumí la formación de una nueva promoción, esta vez de 16 estudiantes, el doble del año anterior. Fue una experiencia maravillosa e inolvidable que me enseñó que la labor docente no conoce de horarios, pues requiere una dedicación profunda, exigente y delicada.

En este periplo, el padre Braulio Alarcón Contreras confió en mí desde el primer instante. Por esa estrecha fraternidad, tuvo el bien merecido gesto de acompañarme como mi padrino de ordenación, junto al padre Carlos Boulanger, sacerdote venezolano, operario diocesano y rector del Seminario de Huancayo. Fue el propio padre Braulio quien me recomendó ante el señor arzobispo para asumir la secretaría arzobispal, un cargo que ejercí con entrega desde marzo de 2023 hasta julio de 2024.

Culminó sus estudios
en teología y filosofía,
recibió en donación
la biblioteca del padre Pernía.

Un hecho providencial marcó mi vocación y amor por la lectura: la recepción de la biblioteca personal del presbítero Ramón Emilio Pernía Noguera, un valioso fondo de más de 5.000 volúmenes teológicos, filosóficos e históricos. Mi vínculo comenzó en agosto de 2016 cuando visité en San Juan de Lagunillas al anciano sacerdote —tío de mi madrina de agua, Elda Pernía—, a quien hallé leyendo en francés entre torres de libros. Tras su fallecimiento en abril de 2017 a los 91 años, la familia ofreció la colección al Seminario Arquidiocesano de Mérida; sin embargo, al no concretarse el traslado por desinterés logístico de la institución, los textos quedaron en custodia de su heredero, Tony. En una primera visita recuperé 120 ejemplares, pero el destino de la totalidad del acervo quedó pendiente por años hasta que la Providencia intervino.

En 2022, mientras residía en Perú, mi madrina se reencontró con Tony, quien decidió obsequiarme la colección completa para evitar su deterioro y en reconocimiento a mi afecto por la Iglesia. El 5 de marzo de 2022, gracias a un camión facilitado por mi cuñado Juan Alí Roa Ramírez, los libros fueron trasladados a la sala de mi casa en La Playa y organizados en estantes metálicos. Aunque permanezco a la distancia con el compromiso pendiente de catalogar cada obra, bauticé mi acervo como «Biblioteca Personal Presbítero Ramón Emilio Pernía Noguera» en homenaje a quien considero un referente sacerdotal e intelectual, conservando la ilusión de reunirme con este tesoro bibliográfico en el momento propicio.

Para moverse en sus redes,
con su canal y su blog,
resalta la formación
de Teología de la liberación.

Mi blog nació en septiembre de 2015, en medio de mi formación en el seminario, inicialmente como un ejercicio para compartir algunas reflexiones y experiencias. Con el paso de los años se convirtió en mucho más que un espacio para publicar textos: ha sido una especie de diario intelectual y espiritual, en el que he ido dejando constancia de mi camino de formación, mis inquietudes, mis lecturas, mis experiencias pastorales y los acontecimientos que han marcado mi vida. En sus páginas conviven reflexiones bíblicas y teológicas, homilías, artículos de opinión, entrevistas, crónicas, experiencias vocacionales, recuerdos personales y algunos acercamientos a la literatura. Al mirar ahora todo lo publicado, descubro que el blog también constituye una memoria de mi propio recorrido: Venezuela, el seminario, la llegada al Perú, la filosofía, la teología, la pastoral y, más recientemente, el camino hacia el diaconado y el sacerdocio.

Durante estos años he intentado que la escritura fuera también una manera de pensar y de interpretar la realidad desde la fe. La Biblia, la filosofía, la teología y la experiencia pastoral han sido algunas de las principales fuentes de mis textos, pero también he procurado acercarme a la literatura, a la historia, a la cultura y a las personas que he encontrado en el camino. Por eso, el blog ha ido adquiriendo diversos géneros y estilos: algunas entradas nacieron como reflexiones personales; otras, como trabajos académicos o pastorales; otras, como entrevistas o crónicas; y otras simplemente como el deseo de conservar por escrito una experiencia significativa. Con el tiempo también he descubierto que escribir no consiste solamente en transmitir una idea, sino en aprender a mirar, escuchar, recordar y encontrar las palabras adecuadas para comunicar aquello que he vivido o pensado. En ese sentido, el blog ha acompañado no solo mi formación académica y sacerdotal, sino también mi progresivo aprendizaje como escritor.

Hoy considero que mi blog es, sobre todo, un archivo de mi propia historia y de mi vocación convertida en escritura. No todos los textos tienen la misma calidad ni pertenecen al mismo género, pero precisamente esa diversidad permite observar mi evolución a lo largo de estos once años. Los primeros escritos tienen un carácter más formativo y explicativo; posteriormente fueron apareciendo una voz más personal, mayor libertad temática y una creciente preocupación por narrar experiencias y conservar la memoria. Literariamente, reconozco que todavía tengo mucho que aprender, especialmente en la concisión, la descripción, la construcción de escenas y el manejo de algunos recursos narrativos; sin embargo, también descubro una voz propia, marcada por la reflexión, la experiencia y el deseo de comunicar. Al releer el conjunto, comprendo que quizá el mayor valor del blog no está en cada publicación aislada, sino en la historia que todas ellas cuentan juntas: la historia de una persona que, mientras caminaba, fue aprendiendo a pensar, a creer y también a escribir.

Escritor, cantante y músico,
sus talentos particulares,
pero la defensa de los pobres
son sus grandes cualidades.

        Desde pequeño aprendí a tocar el cuatro y la guitarra, mostrando facilidad para la percusión, mientras que en el seminario aprendí a leer partituras para piano y a apreciar el canto gregoriano cultivado con los Legionarios de Cristo. Aunque no me considero un compositor profesional, la música ha sido otra forma de registrar mi vida y mis afectos. Cuento con tres composiciones documentadas: «Bolívar en Bailadores» (2016), de corte histórico e identificada con la memoria local; «Mi Doctorísimo» (2020), compuesta junto a Jorge David Morales como una fusión de fe y música campesina merideña en honor al beato José Gregorio Hernández; y «Nuestro pueblo de La Playa» (2023), creada junto a mi madre, Clara Tahís Barillas, como homenaje a nuestras raíces. En conjunto, estas piezas plasman tres dimensiones esenciales de mi identidad: la historia, la fe y la memoria.

        En el ámbito de la producción intelectual, he desarrollado una trayectoria vinculada principalmente con la historia, la cultura, la filosofía, la teología y la reflexión pastoral. He publicado seis libros: Historia básica de La Playa (2022), en coautoría con Eufemiano Antonio Oballos Ramírez; Artículos sobre La Playa (2022); Desde Ayacucho, «Santuario de la Peruanidad» (2023), una selección de 80 artículos de mi blog; Libro de Actas de Sesiones del Comité Pro Centenario de la Batalla de Ayacucho. Transcripción y comentarios (2024); Filosofía de la educación orientada desde la Paideia Divina en la obra El Pedagogo de Clemente de Alejandría (2025), fruto de una investigación realizada originalmente en 2017; y Pobres tendréis siempre con vosotros y podréis hacerles bien cuando queráis: Exégesis bíblica y pastoral de Mc 14,1-9 (2025), mi trabajo más reciente de carácter bíblico-pastoral.

También he participado en proyectos editoriales, especialmente como editor de la obra Monseñor Salvador Piñeiro García-Calderón. Un pastor con corazón de padre, publicada en 2024 con motivo de sus 50 años de ordenación sacerdotal. Paralelamente, continúo desarrollando mi producción literaria y autobiográfica. Actualmente preparo un poemario de autoría propia y Memorias de seminarista, obra en la que recojo parte de mi experiencia y trayectoria de formación sacerdotal. Ambas publicaciones están proyectadas para el año 2026 y representan una continuación de mi interés por poner por escrito la memoria, la experiencia y las reflexiones que han acompañado mi camino personal, académico y vocacional.

Hoy con alegría y orgullo
su familia y en la fe hermanos,
un pueblo está de pie
celebrando su diaconado.

        Como mencioné al inicio, cada uno de los videos recibidos ha sido un verdadero estímulo para el alma. Recordar es volver a vivir, y la vida, en definitiva, se compone de la suma de estos momentos entrañables. Expreso mi más profundo agradecimiento a todas las personas que dedicaron un instante de su tiempo para hacerme llegar sus palabras de afecto. Que estas líneas sirvan como un sincero testimonio de mi gratitud hacia cada uno de ustedes.

La Virgen de aquel salón
que entre todos compraron,
es reflejo de esperanza
para los niños que han rezado.

        Guardo un cariño muy especial por un episodio de mi infancia en tercer grado de primaria, cuando tuve como maestra a mi familiar Betsaida Barillas, con quien disfrutamos muchísimo. En aquel tiempo se me ocurrió la idea de organizar a mis compañeros de clase para reunir el dinero necesario y adquirir una pequeña imagen de Nuestra Señora de Coromoto que había visto en la tienda de don Pedro Ganga, frente a la plaza de La Playa. Gracias a mi insistencia y al valioso respaldo de mi abuela Eva, quien me acompañó junto a mi madre a hacer la diligencia, logramos el cometido. La virgencita fue entronizada en una repisa en la esquina del aula, convirtiéndose en un altar donde colocábamos estampas y flores en honor a la Madre de Dios.

Desde el cielo también sonríe
una abuela emocionada,
doña Eva Castillo,
la matrona de la casa.

        Doña Eva Angelina Castillo fue un ser incomparable y único en mi vida; una verdadera segunda madre, atenta, cariñosísima y la principal orante por mi vocación sacerdotal. La Providencia la llamó a su presencia en noviembre de 2012, una partida temprana que afronté mientras cursaba el quinto año de secundaria en el Seminario Menor. El amor que eternamente le guardaré es el de un nieto consciente de haber recibido de su abuela solo bien, bondad y ternura sin medida.

Diácono Pedro García Barillas,
un ejemplo de constancia y probidad,
siga haciendo camino al andar,
llevando esperanza, nobleza y caridad.

        Y bien, estas fueron las 26 coplas que me obsequió la profesora Ana. Como se aprecia, cada verso encierra una gracia perfecta: esa simpatía tan suya y la forma entrañable de relatarme mi propia vida convierten este texto en una auténtica obra de arte. Gracias. Infinitamente gracias por narrarnos este “cuento de resiliencia”.

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