POR MI ORDENACIÓN DIACONAL
El 2 de septiembre de 2026 fue el día de
mi ordenación diaconal. Esa misma tarde recibí un regalo inolvidable: un
compendio de 70 vídeos recopilados por mi madre, quien había pedido a la gente
de mi pueblo unas palabras de felicitación. Eran mensajes de familiares,
amigos, conocidos, parroquianos y personas que me vieron crecer desde niño. Sin
embargo, entre todas las muestras de cariño, una destacó por su genialidad y
arte: la de la profesora Ana Emerenciana Toro. En apenas tres minutos y
cuarenta y tres segundos, me dedicó 26 coplas en las que resumió mi vida con un
acierto biográfico sencillamente admirable.
Paren
muy bien la oreja
que
les voy a contar
un cuento de resiliencia
de un muchacho ejemplar.
Como ya indiqué más
arriba, la autora de esta hermosa dedicatoria es la profesora Ana Emerenciana
Toro, docente de educación primaria y colega de mi madre en la Escuela
Bolivariana Mariño de Bailadores, en Mérida, Venezuela. A ella le expreso mi
más sincera gratitud por tan conmovedor homenaje. La profesora Ana me conoció
desde muy niño, ya que solíamos frecuentar la escuela donde trabajaba mi madre;
por ello, cada uno de sus versos es reflejo fiel de la verdad, habiendo sido
ella testigo directo de lo que hoy relata con tanta gracia. A continuación,
comparto algunos detalles que me gustaría comentar.
En
la población de La Playa un niño dijo:
«Maestra,
quiero ser cura»,
allí
se sintió el llamado
de
esa, su hermosa locura.
Es plenamente cierto
que, desde mis años escolares, siempre respondía que quería ser «padre de la
Iglesia, de los que dan la misa» cuando nos preguntaban por nuestros sueños de
futuro. Aquella aspiración infantil echó raíces en mí a partir de mi bautismo,
recibido en Tovar el 23 de diciembre del año 2000, cuando tenía cinco años.
Como he compartido en varias ocasiones, mi vocación sacerdotal nació en ese
mismo instante en que renací a la fe en las aguas bautismales.
En
el año noventa y cinco,
el día diez de diciembre,
pujaba una mujer fuerte,
con el anhelo más ardiente.
Cuenta mi madre que
nací un domingo a las nueve de la mañana. Estuve a punto de llegar al mundo en
la casa de La Playa —¡cuánto me habría gustado que así fuera!—, pero lograron
trasladarnos a tiempo al Hospital San José de Tovar en el vehículo de mi tía Coromoto.
El 10 de diciembre no solo es el día de Nuestra Señora de Loreto, sino que
también se celebra la Declaración Universal de los Derechos Humanos y se
conmemora a santa Eulalia de Mérida y al papa san Melquiades.
De
recibir en sus brazos
el tercer hijo de ese hogar,
ese niño tan deseado,
que
ya no se quería esperar.
Nací del matrimonio
civil de mis padres y soy el menor de tres hermanos, aunque no el más bajo de
estatura. Mis hermanas mayores son Reyna Tahís y Raymar Thalía. Además, por
parte de mi padre, tengo dos hermanos más: Reylis Aurisbel García Tique, quien
vive en La Playa, y Reinaldo Andrés García Castro, residente en Santiago de
Chile. Actualmente tengo cinco sobrinos: Paula Valeria Omaña García y Elías
Andrés Yance García (hijos de mi hermana Reyna), junto con Juan David, Valery
Luciana y Juan Manuel Roa García (hijos de mi hermana Reylis).
Pedro
Andrés García Barillas,
un nombre que suena a justicia,
creció en un hogar humilde
con
fe, amor, sin malicia.
Llevo el nombre de
Pedro en honor a mi abuelo, Pedro Julián Barillas Pereira —ateo, comunista,
apasionado por las armas de fuego, gran lector y conversador—, a quien no
llegué a conocer pues falleció antes de mi nacimiento. Mi segundo nombre,
Andrés, me fue dado a petición de mi padre en homenaje al famoso beisbolista
venezolano Andrés Galarraga, ya que papá era su fiel admirador y en su juventud
también practicó el deporte nacional. Qué hermosa coincidencia resulta que
ahora, consagrado a Jesús como su fiel discípulo, lleve los nombres de dos de
los hermanos apóstoles más entrañables del Maestro: Pedro y Andrés, los
hermanos oriundos de Betsaida.
Soñaba
con dar la misa,
con ayudar a los demás.
Entre
juegos y travesuras
hizo bautizos, matrimonios y más.
Antes de ser monaguillo, viví mis primeras
experiencias en la misa. La primera fue mi propio bautismo en el Santuario de
Nuestra Señora de Regla, en Tovar. Le siguieron las misas de exequias de mi
bisabuela Tomasa Rafaela Castillo y de mi tía María Margarita de Coromoto Salas
de Calatayud, ambas en 2003. Recuerdo con precisión la homilía del anciano
sacerdote en esa ocasión, que versó sobre la pesca en tiempos de Jesús. A
partir de entonces jugaba a ser monaguillo, vestido de blanco y con una
feligresía «obligada» a escucharme; hasta improvisé un cáliz con un recipiente
de Coca-Cola. Tiempo después llegaron a mis manos los libros litúrgicos, como
el Pan Diario de la Palabra que la Librería San Pablo editaba
mensualmente.
Con ese librito guardo una anécdota entrañable:
estando en cuarto grado, la profesora Elena Sánchez me prestó el ejemplar del
mes de abril, en cuya portada figuraba san Vicente Ferrer. Me gustó tanto que
decidí conservarlo sin decir nada. Aunque sentía la incomodidad de no devolver
lo prestado, la profesora, con su infinita pedagogía, prefirió no reclamármelo
al notar mi fascinación por el texto. Años más tarde, su mirada aún me
recordaba con gracia aquel pequeño desatino. Pero, como dice el refrán: «Lo que
es del cura, va para la iglesia».
Ha
sido un hijo ejemplar,
responsable, educado, cariñoso,
destacado en sus estudios,
y con su madre muy amoroso.
Al ser el menor de la
casa, la relación con mi madre siempre ha tenido un matiz muy especial. Sin
embargo, como bien se dice, una madre quiere a todos sus hijos por igual,
deteniéndose simplemente en aquellos que, en cada etapa, más lo necesitan. Hoy,
al llegar al diaconado a mis treinta años de edad, valoro enormemente la
presencia constante y el abrazo oportuno de mi madre. Estoy convencido de que,
sin ella, el camino de mi vida habría sido infinitamente más difícil de lo que
ha sido.
Su
sueño de ser monaguillo
lo realizó entradito en años,
cuando a la escuela todavía
lo llevaban de la mano.
En una ocasión
participé en un concurso con motivo del Encuentro de Monaguillos en el
Seminario de Mérida. Para la convocatoria, elaboré junto a mi madre un pequeño
folleto ilustrado con fotos donde narraba mis comienzos y mi vivencia como
monaguillo. Recuerdo que adjuntamos fotografías de la misa con nuestro párroco,
el padre Alfredo Uzcátegui. Mi trabajo resultó ganador y recibí como premio un
balón de fútbol que nunca llegué a patear; en su lugar, lo coloqué en la
vitrina como si se tratara de un auténtico trofeo. El premio me lo entregó la
canciller de la Arquidiócesis de Mérida, que por aquel entonces era una
religiosa. Todo esto ocurrió poco después de la dolorosa vaguada del Mocotíes
de febrero de 2005. Para agosto de ese mismo año, a mis nueve años de edad, ya
me había incorporado formalmente al grupo de monaguillos de La Playa.
Allí
en “Flor de Maldonado”
cursó cuatro años de estudios,
y una persona sin alma
le reprochó a futuro.
De septiembre a
diciembre de aquel año, durante apenas dos meses y medio, la profesora Alicia
Alarcón fue mi docente de quinto grado de primaria. Sin embargo, no pude
continuar mis estudios en la escuela de La Playa debido al trato hostil e
injustificado que ella asumió hacia mí por el simple hecho de ser monaguillo.
Fue una época de un cruel hostigamiento que me marcó profundamente. Pasé cuatro
años de mi preescolar en la sede original del «Elio Castillo» en La Playa; un
edificio histórico para mi familia, ya que mi abuela materna formó parte de
quienes lo construyeron, y allí se destacó durante varios años como portera de
la institución.
«Pa´
padres, los de familia;
pa´ curas, los aguacates;
¡vaya y dele a las campanas!
¡vaya y jale ese mecate!»
La profesora Ana logra
captar en sus coplas, con un lenguaje coloquial y de gran perspicacia, lo que
tuve que afrontar a diario en aquella aula. Por motivos que jamás entendí, mi
condición de monaguillo le resultaba incómoda. Llegó al punto de prohibirme
cantar las canciones de moda o tener cualquier actitud infantil que, a su
juicio, no fuera «digna» de un monaguillo. Todo lo hacía desde la burla y el
autoritarismo. Como el niño vulnerable que era, soporté en silencio esa
opresión durante meses, hasta que en las fiestas de Año Nuevo abrí mi corazón
con mi madre y le supliqué que me cambiara de escuela, pidiéndole que no
confrontara a la maestra; un traslado que, afortunadamente, pudimos concretar.
Fue
frustración el momento,
pero también fue un gran impulso;
el camino hacia Dios
no lo destruyen los impuros.
A la profesora Alicia
no la volví a ver desde aquellos días. Sin embargo, el destino quiso que más
adelante, durante mis años de bachillerato en Bailadores, su esposo, el
profesor Bulmaro, fuera mi docente de Física, con quien me llevé muy bien. Me
parece que él era sabedor de aquel episodio del pasado.
En
la escuela de San Pablo
culminó su primaria,
en el Liceo Gerónimo Maldonado
hasta tercero llegaba.
En la Escuela Bolivariana San Pablo culminé el
quinto y sexto grado. Mi maestra en quinto fue la profesora Carmen Aurora;
mientras que, en sexto, tras una primera semana con el profesor Carlos
Guerrero, asumió el grupo la profesora Nadir Montoya. Mi llegada a San Pablo no
fue sencilla: la bienvenida de mis compañeros consistió en una golpiza de dos
contra uno. Sin embargo, en esa misma institución tuve una maravillosa
oportunidad de la mano del profesor Eduardo Moret, quien me impulsó a
representar a la escuela en el centro de ciencias con la ponencia del proyecto
titulado «Efectividad del método de cultivo organopónico con plantas de
lechuga (Lactuca sativa americana ferri)».
Al graduarme, decidí estudiar en el liceo de
Bailadores simplemente porque todos mis compañeros de promoción se iban para
allá. En el Liceo Gerónimo Maldonado volví a vivir una situación similar a la
de La Playa, esta vez con el profesor Luis Gómez, de Historia de Venezuela.
Cuando decidí defenderme por mis propios medios ante la agresión física de un
compañero, este docente me encaró públicamente cuestionando la opción
sacerdotal que yo mantenía.
De
allí, con muchos sacrificios,
se fue a estudiar muy lejos;
los Legionarios de Cristo
las puertas allí le abrieron.
La etapa en el
Seminario Menor de la Inmaculada Concepción —conocido también como el Centro
Vocacional o «La Apostólica»— fue una de las mejores de mi vida. A pesar de las
incomprensiones con el padre José Gutstein, guardo una memoria sumamente
positiva de aquel tiempo, pues allí se forjaron la humanidad y la
espiritualidad que me sostienen hasta el día de hoy. Estoy infinitamente
agradecido con los Legionarios de Cristo por todo el bien que sembraron en mi
vida. Los llevo siempre en mi recuerdo y en mis oraciones, y les guardaré una
gratitud eterna por el acompañamiento y las bendiciones recibidas.
Más
tarde en el Seminario
Arquidiocesano San Buenaventura
estudió formación sacerdotal
con buenas asignaturas.
Mi
formación en el Seminario Arquidiocesano de Mérida comenzó el domingo 27 de
septiembre de 2013, día en que ingresé al curso propedéutico en la iglesia La
Tercera —Santuario de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro—. Esta importante
etapa se extendió hasta el viernes 5 de julio de 2019, momento en que culminé
el segundo año de Teología.
La
Sagradas Escrituras,
Filosofía y Teología,
historia y labor social
configuraban sus teorías.
Mi
tesis de Filosofía se tituló «Filosofía de la educación orientada desde la paideia
divina en la obra El Pedagogo de Clemente de Alejandría». Tuve como
asesor formal al Pbro. Dr. Horacio Carrero, de quien recibí la orientación
puntual para definir el título y delimitar el tema. Sin embargo, a partir de
ese momento no obtuve observaciones ni correcciones a las entregas que le
presentaba, por lo que tuve que sacar adelante la investigación por mi propia
cuenta. Aquel esfuerzo en solitario culminó con una nota de 17 puntos; una
calificación que, a decir verdad y para mi desdicha, sentí que merecía un mayor
reconocimiento.
Allí
recibió otro duro golpe
que puso a prueba su fe:
«Muchacho, usted va pa' afuera
por no apegarse a la ley».
Como
mencioné anteriormente, el viernes 5 de julio de 2019 fui convocado por el
obispo auxiliar, Mons. Luis Enrique Rojas Ruiz, para la lectura de mi informe
final de año. En dicho documento se concluía que no podía continuar mi
formación en ese seminario ni en ningún otro, bajo el subjetivo argumento de no
poseer «rectitud de intención». Por el momento reservaré los detalles de
aquella expulsión; permanecen bien custodiados para ser dados a conocer cuando
llegue el tiempo oportuno.
Y
vinieron tiempos difíciles,
todo parecía perdido;
pero en los caminos del Señor
son incomprensibles sus designios.
En
medio de aquella tormenta, acudí en busca de auxilio a monseñor Fernando Castro
Aguayo, obispo de Margarita; monseñor Alfredo Torres, obispo de San Fernando y
monseñor Mario Moronta (+), obispo de San Cristóbal. No obstante, ninguno quiso
o pudo extenderme una mano. La puerta providencial se abrió finalmente cuando
fui llamado por Monseñor Juan de Dios Peña Rojas, obispo de El Vigía–San Carlos
del Zulia, para realizar una experiencia pastoral en su jurisdicción. Fue así
como participé en las misiones de diciembre en un pueblo de la Panamericana y,
posteriormente, presté mi servicio de enero a julio en la Rectoría Santa Lucía
de Caño Blanco, en el estado Zulia.
Un
país hermano hace cinco años,
las
puertas le abrió;
allá en Ayacucho, Perú,
otras batallas libró.
Llegué
a Ayacucho el martes 24 de noviembre de 2020. Ese mismo día asistí a la santa
misa en el templo de Santa Ana, donde tuve la oportunidad de conocer al padre
Yoni Palomino Bolívar, quien muy amablemente gestionó en los días posteriores
mi audiencia con el arzobispo. En esos primeros diálogos se me brindó
inicialmente una cordial bienvenida para concluir mis estudios teológicos; sin
embargo, más adelante se determinó que permaneciera un tiempo como laico y
trabajara en la zona, con el fin de insertarme y conocer de cerca la
idiosincrasia del pueblo ayacuchano.
Como
profesor de colegio,
como secretario privado,
con devoción y probidad
sirvió al obispado.
Para marzo de 2021 me incorporé a las
aulas del Colegio Discovery como docente de sexto grado. Inicié con un grupo de
ocho alumnos y, debido a las restricciones de la pandemia, las primeras clases
se dictaron en modalidad virtual hasta que paulatinamente pudimos retornar a la
presencialidad. En 2022 asumí la formación de una nueva promoción, esta vez de
16 estudiantes, el doble del año anterior. Fue una experiencia maravillosa e
inolvidable que me enseñó que la labor docente no conoce de horarios, pues requiere
una dedicación profunda, exigente y delicada.
En este periplo, el padre Braulio Alarcón
Contreras confió en mí desde el primer instante. Por esa estrecha fraternidad,
tuvo el bien merecido gesto de acompañarme como mi padrino de ordenación, junto
al padre Carlos Boulanger, sacerdote venezolano, operario diocesano y rector
del Seminario de Huancayo. Fue el propio padre Braulio quien me recomendó ante
el señor arzobispo para asumir la secretaría arzobispal, un cargo que ejercí
con entrega desde marzo de 2023 hasta julio de 2024.
Culminó
sus estudios
en teología y filosofía,
recibió en donación
la biblioteca del padre Pernía.
Un hecho providencial marcó mi vocación y amor
por la lectura: la recepción de la biblioteca personal del presbítero Ramón
Emilio Pernía Noguera, un valioso fondo de más de 5.000 volúmenes teológicos,
filosóficos e históricos. Mi vínculo comenzó en agosto de 2016 cuando visité en
San Juan de Lagunillas al anciano sacerdote —tío de mi madrina de agua, Elda
Pernía—, a quien hallé leyendo en francés entre torres de libros. Tras su
fallecimiento en abril de 2017 a los 91 años, la familia ofreció la colección
al Seminario Arquidiocesano de Mérida; sin embargo, al no concretarse el
traslado por desinterés logístico de la institución, los textos quedaron en
custodia de su heredero, Tony. En una primera visita recuperé 120 ejemplares,
pero el destino de la totalidad del acervo quedó pendiente por años hasta que
la Providencia intervino.
En 2022, mientras residía en Perú, mi madrina
se reencontró con Tony, quien decidió obsequiarme la colección completa para
evitar su deterioro y en reconocimiento a mi afecto por la Iglesia. El 5 de
marzo de 2022, gracias a un camión facilitado por mi cuñado Juan Alí Roa
Ramírez, los libros fueron trasladados a la sala de mi casa en La Playa y
organizados en estantes metálicos. Aunque permanezco a la distancia con el
compromiso pendiente de catalogar cada obra, bauticé mi acervo como «Biblioteca
Personal Presbítero Ramón Emilio Pernía Noguera» en homenaje a quien considero
un referente sacerdotal e intelectual, conservando la ilusión de reunirme con
este tesoro bibliográfico en el momento propicio.
Para
moverse en sus redes,
con su canal y su blog,
resalta la formación
de Teología de la liberación.
Mi blog nació en septiembre de 2015, en medio
de mi formación en el seminario, inicialmente como un ejercicio para compartir
algunas reflexiones y experiencias. Con el paso de los años se convirtió en
mucho más que un espacio para publicar textos: ha sido una especie de diario
intelectual y espiritual, en el que he ido dejando constancia de mi camino de
formación, mis inquietudes, mis lecturas, mis experiencias pastorales y los
acontecimientos que han marcado mi vida. En sus páginas conviven reflexiones
bíblicas y teológicas, homilías, artículos de opinión, entrevistas, crónicas,
experiencias vocacionales, recuerdos personales y algunos acercamientos a la
literatura. Al mirar ahora todo lo publicado, descubro que el blog también
constituye una memoria de mi propio recorrido: Venezuela, el seminario, la
llegada al Perú, la filosofía, la teología, la pastoral y, más recientemente,
el camino hacia el diaconado y el sacerdocio.
Durante estos años he intentado que la
escritura fuera también una manera de pensar y de interpretar la realidad desde
la fe. La Biblia, la filosofía, la teología y la experiencia pastoral han sido
algunas de las principales fuentes de mis textos, pero también he procurado
acercarme a la literatura, a la historia, a la cultura y a las personas que he
encontrado en el camino. Por eso, el blog ha ido adquiriendo diversos géneros y
estilos: algunas entradas nacieron como reflexiones personales; otras, como trabajos
académicos o pastorales; otras, como entrevistas o crónicas; y otras
simplemente como el deseo de conservar por escrito una experiencia
significativa. Con el tiempo también he descubierto que escribir no consiste
solamente en transmitir una idea, sino en aprender a mirar, escuchar, recordar
y encontrar las palabras adecuadas para comunicar aquello que he vivido o
pensado. En ese sentido, el blog ha acompañado no solo mi formación académica y
sacerdotal, sino también mi progresivo aprendizaje como escritor.
Hoy considero que mi blog es, sobre todo, un
archivo de mi propia historia y de mi vocación convertida en escritura. No
todos los textos tienen la misma calidad ni pertenecen al mismo género, pero
precisamente esa diversidad permite observar mi evolución a lo largo de estos
once años. Los primeros escritos tienen un carácter más formativo y
explicativo; posteriormente fueron apareciendo una voz más personal, mayor
libertad temática y una creciente preocupación por narrar experiencias y
conservar la memoria. Literariamente, reconozco que todavía tengo mucho que
aprender, especialmente en la concisión, la descripción, la construcción de
escenas y el manejo de algunos recursos narrativos; sin embargo, también
descubro una voz propia, marcada por la reflexión, la experiencia y el deseo de
comunicar. Al releer el conjunto, comprendo que quizá el mayor valor del blog
no está en cada publicación aislada, sino en la historia que todas ellas
cuentan juntas: la historia de una persona que, mientras caminaba, fue aprendiendo
a pensar, a creer y también a escribir.
Escritor,
cantante y músico,
sus talentos particulares,
pero la defensa de los pobres
son sus grandes cualidades.
Desde pequeño aprendí a tocar el cuatro
y la guitarra, mostrando facilidad para la percusión, mientras que en el
seminario aprendí a leer partituras para piano y a apreciar el canto gregoriano
cultivado con los Legionarios de Cristo. Aunque no me considero un compositor
profesional, la música ha sido otra forma de registrar mi vida y mis afectos.
Cuento con tres composiciones documentadas: «Bolívar en Bailadores» (2016),
de corte histórico e identificada con la memoria local; «Mi Doctorísimo»
(2020), compuesta junto a Jorge David Morales como una fusión de fe y música
campesina merideña en honor al beato José Gregorio Hernández; y «Nuestro
pueblo de La Playa» (2023), creada junto a mi madre, Clara Tahís Barillas,
como homenaje a nuestras raíces. En conjunto, estas piezas plasman tres
dimensiones esenciales de mi identidad: la historia, la fe y la memoria.
En el ámbito de la producción
intelectual, he desarrollado una trayectoria vinculada principalmente con la
historia, la cultura, la filosofía, la teología y la reflexión pastoral. He
publicado seis libros: Historia
básica de La Playa (2022), en coautoría con Eufemiano Antonio
Oballos Ramírez; Artículos
sobre La Playa (2022); Desde
Ayacucho, «Santuario de la Peruanidad» (2023), una selección de 80
artículos de mi blog; Libro de
Actas de Sesiones del Comité Pro Centenario de la Batalla de Ayacucho.
Transcripción y comentarios (2024); Filosofía de la educación orientada desde la Paideia Divina
en la obra El Pedagogo de Clemente de Alejandría (2025), fruto de
una investigación realizada originalmente en 2017; y Pobres tendréis siempre con vosotros y
podréis hacerles bien cuando queráis: Exégesis bíblica y pastoral de Mc 14,1-9
(2025), mi trabajo más reciente de carácter bíblico-pastoral.
También he participado en proyectos
editoriales, especialmente como editor de la obra Monseñor Salvador Piñeiro García-Calderón. Un pastor con
corazón de padre, publicada en 2024 con motivo de sus 50 años de
ordenación sacerdotal. Paralelamente, continúo desarrollando mi producción
literaria y autobiográfica. Actualmente preparo un poemario
de autoría propia y Memorias
de seminarista, obra en la que recojo parte de mi experiencia y
trayectoria de formación sacerdotal. Ambas publicaciones están proyectadas para
el año 2026 y representan una continuación de mi interés por poner por escrito
la memoria, la experiencia y las reflexiones que han acompañado mi camino
personal, académico y vocacional.
Hoy
con alegría y orgullo
su familia y en la fe hermanos,
un pueblo está de pie
celebrando su diaconado.
Como
mencioné al inicio, cada uno de los videos recibidos ha sido un verdadero
estímulo para el alma. Recordar es volver a vivir, y la vida, en definitiva, se
compone de la suma de estos momentos entrañables. Expreso mi más profundo
agradecimiento a todas las personas que dedicaron un instante de su tiempo para
hacerme llegar sus palabras de afecto. Que estas líneas sirvan como un sincero
testimonio de mi gratitud hacia cada uno de ustedes.
La
Virgen de aquel salón
que entre todos compraron,
es reflejo de esperanza
para los niños que han rezado.
Guardo
un cariño muy especial por un episodio de mi infancia en tercer grado de
primaria, cuando tuve como maestra a mi familiar Betsaida Barillas, con quien
disfrutamos muchísimo. En aquel tiempo se me ocurrió la idea de organizar a mis
compañeros de clase para reunir el dinero necesario y adquirir una pequeña
imagen de Nuestra Señora de Coromoto que había visto en la tienda de don Pedro
Ganga, frente a la plaza de La Playa. Gracias a mi insistencia y al valioso
respaldo de mi abuela Eva, quien me acompañó junto a mi madre a hacer la
diligencia, logramos el cometido. La virgencita fue entronizada en una repisa
en la esquina del aula, convirtiéndose en un altar donde colocábamos estampas y
flores en honor a la Madre de Dios.
Desde
el cielo también sonríe
una abuela emocionada,
doña Eva Castillo,
la matrona de la casa.
Doña
Eva Angelina Castillo fue un ser incomparable y único en mi vida; una verdadera
segunda madre, atenta, cariñosísima y la principal orante por mi vocación
sacerdotal. La Providencia la llamó a su presencia en noviembre de 2012, una
partida temprana que afronté mientras cursaba el quinto año de secundaria en el
Seminario Menor. El amor que eternamente le guardaré es el de un nieto
consciente de haber recibido de su abuela solo bien, bondad y ternura sin
medida.
Diácono
Pedro García Barillas,
un ejemplo de constancia y probidad,
siga haciendo camino al andar,
llevando esperanza, nobleza y caridad.
Y bien, estas fueron
las 26 coplas que me obsequió la profesora Ana. Como se aprecia, cada verso
encierra una gracia perfecta: esa simpatía tan suya y la forma entrañable de
relatarme mi propia vida convierten este texto en una auténtica obra de arte.
Gracias. Infinitamente gracias por narrarnos este “cuento de resiliencia”.

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