jueves, 3 de noviembre de 2022

San Martín de Porres, resumen de su historia en estrofas

“MARTÍN DE LA CARIDAD”


En Lima, de madre panameña

y de honrado padre español,

nació Martín el 9 de diciembre

para la gloria del Señor.

 

Juan de Porres y Ana Velázquez

en amor y a edad temprana,

tuvieron dos bellos hijos:

san Martín y su hermana Juana.

 

El pequeño hijo creció

a la sombra de su madre piadosa

y en las calles, entre mendigos,

forjó su alma generosa.

 

Solía visitar los templos

de la ciudad de los reyes, Lima,

empapándose de la piedad

que en la vida le llevó a la cima.

 

Se cuenta que socorría

a pobres, vagabundos y hambrientos

con sus ahorros les asistía

procurándoles alimentos.

 

De niño se habituó a la oración,

hasta le tenían por santo,

contaba con siete años

y su alma ya daba tanto.

 

Se fue a Guayaquil con su hermana

bajo la tutela de su padre,

en Lima quedó esperanzada

su buena y piadosa madre.

 

Por encargo del virrey

el padre se va a Panamá,

Juana se queda en Guayaquil

y Martín con su mamá.

 

En Lima siguió sus estudios

aprendiendo un buen castellano,

perfeccionó sus oficios

de barbero y artesano.

 

Martín conoció de medicina

hiervas y buenos remedios,

a todos bien atendía,

a pobres y dueños de predios.

 

Mientras hacía sus labores

aprovechaba de evangelizar

infundiendo a sus clientes

el gusto de oírle hablar.

 

Se adiestró con empeño

en el bisturí y la cirugía,

hacía un trabajo impecable

sanando a quien a él acudía.

 

Oraba y estudiaba de noche

sumido en profunda concentración,

pedía al Señor las fuerzas

para ejercer su profesión.

 

Asistía a la misa diaria

comulgando en cada ocasión,

después las horas pasaban

en sincera contemplación.

 

Su mayor lucha la tenía

en evitar el invencible sueño,

tomaba posturas incómodas

para lograr sus empeños.

 

En la iglesia de los dominicos

fue forjando su alma inmortal,

confesando sus pecados

y la dirección espiritual.

 

Un día habló con el prior

manifestando su pensamiento,

este alegre le recibió

como terciario en el convento.

 

Allí pudo atender a los religiosos

y a los pobres sin excepción,

se esforzaba por mantenerles

sanos y limpios en toda ocasión.

 

Una deuda del convento construido

le llevó en su amor apreciado

postular en pago concreto

el ofrecerse como esclavo.

 

Pero las fatigas del trabajo

su humanidad no aguantó

y entre tantos quehaceres

fray Martín se enfermó.

 

El prior lo mandó a descansar

hasta verlo de salud sana,

los religiosos lo descubrieron

con los zapatos puestos en cama.

 

Señal de desobediencia

reposo no había guardado,

el prior conoció en conciencia

que el santo no había pecado.

 

La habitación de fray Martín

estaba exenta de comodidades,

solo tenía lo necesario

para obrar sus caridades.

 

Una tabla sobre dos hierros

que sostenían un jergón,

un par de mantas roídas

no le hacían tan dormilón.

 

Armario bien equipado

de hiervas, vasos y ungüentos,

el santo tenía a su lado

todos los medicamentos.

 

Pero nada de eso era suyo,

nada para sí tenía,

todo era de los pobres,

providencial enfermería.

 

En su austera habitación

su mejor devocionario

una cruz, santo Domingo

y la Virgen del Rosario.

 

Como arma poderosa

el rosario a diario rezaba

uno al cuello, otro al hábito,

que siempre le acompañaba.

 

En la curación de los enfermos

tres métodos él aplicaba

la oración, los medicamentos

y al tocarlos los sanaba.

 

Al oído y susurrando

a todos él comentaba

la fe es la que está obrando,

“yo te curo, Dios te sana”.

 

Introducía en el convento

los enfermos de la calle,

los religiosos se enojaban,

no le entendían a detalle.

 

En la atención de moribundos

su propia cama disponía,

velando toda la noche

hasta encontrar su mejoría.

 

Estas buenas actitudes

le valieron penitencias,

y al final el superior

permitió sus diligencias.

 

Autorizó a fray Martín

para atender al momento,

a todo aquel necesitado

que trajera hasta el convento.

 

Por un espacio de tiempo

en Limatombo sirvió,

trabajando con los indios

a quienes les predicó.

 

De vuela en la ciudad

notó huérfanos por doquier,

agilizó un proyecto

¡algo tenía que hacer!

 

El virrey y el arzobispo

en su apoyo concretaron

buenas sumas de dinero

entre todos colectaron.

 

Fray Martín fundó orgulloso

el Asilo de Santa Cruz,

como escuela para huérfanos

quienes vieron una luz.

 

Primero acogió a las niñas

procurando su educación,

luego asistieron varones

todo fue una bendición.

 

Su caridad no tenía límites

pues también curaba animales,

a un perro sangrando vio

y le reparó de sus males.

 

Una semana en su cuarto

sobre una alfombra de paja,

le aplicó sus medicinas

y el canino se amortaja.

 

Martín fue amigo de todos

amaba a Dios y a su creación,

no era raro verle a menudo

con animales en conversación.

 

Pero los traviesos ratones

hicieron muchísimo daño,

pues rompieron todas las telas

del convento y sus escaños.

 

El sacristán del convento

preparó un fuerte veneno,

quería matarlos a todos,

pensando que sería bueno.

 

Fray Martín lo impidió

hablando con un ratoncito,

a quién dio orden explícita

de abandonar aquel sitio.

 

Les buscó un mejor lugar

para tenerlos guardados,

llevándoles alimentos,

todo había mejorado.

 

A la Virgen del Rosario

sus velitas encendía,

bonitos ramos de flores

a su imagen le ponía.

 

De santo Domingo de Guzmán

fray Martín con devoción

practicaba tres disciplinas

en grata mortificación.

 

Una por los pecadores

en acto muy meritorio,

la otra por los agonizantes

y las almas del purgatorio.

 

Con su ángel de la guarda

tuvo buena relación,

este le guiaba de noche

evitando cualquier distracción.

 

Por la ciudad y a oscuras

caminaba tranquilo Martín

contaba con su ángel guardián

que le guiaba hasta el fin.

 

La viruela llegó a Lima,

todos sufrían la infección

el convento quedó cundido

y Martín no fue la excepción.

 

Aún enfermo se dispuso

atender a los necesitados

le veían ir y venir,

nunca se le vio agotado.

 

Entraba en lugares cerrados

sin aparente razón,

hacía el bien solicitado

y volvía a la oración.

 

Muchos le vieron presente

en varios sitios a la vez

curando y cuidando gente,

en dos lugares o tres.

 

En sus éxtasis milagrosos

los curiosos le perseguían,

pero por designio divino

fray Martín desaparecía.

 

Muchos trabajos y vigilias

fueron menguando su cuerpo

los ayunos y quehaceres

los mantuvo todo el tiempo.

 

Resolvía los conflictos

de hermanos y enemigos

matrimonios y negocios,

todo lo mal habido.

 

En mil seiscientos treinta y nueve

el santo predijo su suerte

y contrajo una gran fiebre

que le llevaría a la muerte.

 

El diablo más le tentaba,

apareciéndosele iluminado,

en las llamas del infierno

que Martín había evitado.

 

Agonizando e inquieto

compañía pudo tener

María, José, Domingo,

Catalina y Vicente Ferrer.

 

Alrededor de su cama

los religiosos reunidos,

a todos pidió perdón

por algún mal cometido.

 

Pidió rezaran el credo

en clara y fuerte voz

y en “el Verbo se hizo carne”

Martín durmió en el Señor.

 

Las campas bien que sonaron

y a todos les anunció

que el santo había abandonado

este mundo para ir con Dios.

 

Llegaron rápido al convento

el virrey y el arzobispo

religiosos y autoridades

se encontraron aquel abismo.

 

Fray Martín había muerto

y Lima lloraba triste

fue muy santa aquella vida

que en esta historia leíste.

 

         Este resumen de la historia de san Martín de Porres fue tomado en su totalidad del libro “Año Cristiano IV”, de la Biblioteca de Autores Cristianos, número 186, sección V de Historia y Hagiografía, páginas 288 a la 302, biografía escrita por Antonio García Figar, O. P. quien a su vez citó los principales documentos de la causa de canonización del entonces beato Martín de Porres, en 1959. San Martín de Porres fue canonizado por el papa Juan XXIII el 6 de mayo de 1962.

 

P.A

García

martes, 1 de noviembre de 2022

10mo aniversario Eva Angelina Castillo

“NONITA EVA”

         El jueves 1 de noviembre de 2012 recibí una de las noticias más dolorosas en mi vida. Era casi el mediodía, me encontraba muy normal en clases de inglés, en el seminario menor de los Legionarios de Cristo, cuando el rector, P. Pernía se asomó por una de las grandes ventanas del salón, me buscó con la mirada y pidió al profesor que me dejara salir. Estando fuer me dijo que me esperaba una llamada en la rectoría, él conversaba caminando con uno de los padres. Una corazonada me advirtió que algo había pasado, aunque era común recibir llamadas de la familia cuando no correspondía.

         Cuando llegué a la rectoría, estaba el teléfono personal del padre Pernía sobre el escritorio, lo tomé y me lo acerqué al oído. Aló, -dije algo nervioso-. Del otro lado escuché una voz quebrada, era la de mi mamá avisándome que mi querida abuela, (nona Eva) había fallecido hacía un par de horas. Yo reaccioné de inmediato con algunas palabras de ánimo, quedamos en que esa misma tarde iría a la casa para participar del entierro… colgué la llamada y salí de la rectoría aturdido, confundido, desorientado, solo, con un sentimiento de tristeza indescriptible.

         Fuera de la rectoría estaba el padre Pernía, cuando me vio no me dijo nada, solamente señaló en dirección a la capilla y comprendí que debía ir a ese lugar. El corto recorrido se me hizo infinito, no veía la hora de llegar a la capilla. Las piernas me temblaban y recuerdo dar pasos agigantados. Dentro de la capilla no pude aguantar más y empecé a llorar desconsoladamente. De rodillas frente al tabernáculo recuerdo haber hecho una sincera oración de agradecimiento a Dios por la vida de mi nona Eva, por su buen ejemplo y por todo lo que me quiso. Yo solo decía “gracias”. No sé cuánto tiempo estuve rezando.

         Al salir de la capilla fui de nuevo a la rectoría, allí el padre Pernía me hizo esperar unos minutos mientras llegaba el profesor de Castellano y Literatura, quien se encargó de acompañarme a almorzar en el comedor de profesores, para luego llevarme hasta el terminal de pasajeros de Mérida, donde me deseó buen viaje y que por favor le informara cuando hubiese llegado a casa.

         En el viaje de dos horas desde la ciudad de Mérida hasta Tovar no recuerdo que hice, no recuerdo en qué pensé, tal vez dormí un poco. En Tovar, para llegar más rápido, tomé un taxi, pero este taxista aprovechó la carrera para hacer “un par de diligencias”, por lo que demoré más de lo esperado en llegar a la casa en La Playa.

         Recuerdo que cuando bajé del taxi, frente a la casa, saludé en primer lugar a los que estaban en las rejas de la entrada, algunos conocidos. En el porche había gente reunida, en la sala, con el féretro, estaban rezando un Rosario, por lo que no entré de inmediato a ver el cuerpo sin vida. Pasé por la puerta de atrás, porque primero quería saludar a mi mamá y a mis hermanas. Los recuerdos de esos momentos son muy borrosos, tal vez por las lágrimas en los ojos, pues lo que uno recuerda son imágenes concretas, las más impactantes, como el tráiler de una película.

         Dentro de la casa saludé a la familia. Luego de unos minutos, fui acompañado por mis hermanas a ver el ataúd en la sala, y ahí estaba mi querida nona. Esa imagen nunca la olvidaré. Recuerdo ver en uno de sus dedos pulgares una pequeña curita o adhesivo; resulta que la última vez que la vi con vida fue quince días antes, cerca de su cumpleaños 67, cuando yo estaba de visita de fin de semana en la casa y la acompañé a la clínica Roa en Tovar, para que le quitaran una uña que tenía encarnada.

         Luego de unos momentos allí, todavía no oscurecía, salimos a recibir a mi tío Vladimir, que estaba llegando de Caracas. Saludamos más personas. Yo aproveché un momento para rezar un Rosario, ya había entrado la noche. Recuerdo también cuando salimos a recibir a los Calatayud, una familia cercana con quienes habíamos tenido algunas diferencias y por eso teníamos varios años sin tener contacto, sin embargo, ellos vinieron, pues eran sobrinos de mi nona Eva.

Esa noche del velorio dormidos poco, hablamos mucho y rezamos mucho también. La gente entraba y salía de la casa. El tiempo se pasó en saludar a los conocidos y conversar entre familia.

Al día siguiente, 2 de noviembre, fue el entierro. Primero llevamos el féretro hasta el Preescolar “Elio Castillo”, institución que había sido fundada por mi nona Eva junto a un grupo de playenses. En el preescolar la recibieron con el sonido del timbre, algo que me conmovió bastante y me hizo soltar algunas lágrimas. Había también allí gran cantidad de personas. Se rezó un Rosario y se cantaron algunas canciones. Recuerdo ver a familiares evangélicos participando de aquel acto de piedad católico.

Al salir del Preescolar nos dirigimos al templo parroquial San Vicente Ferrer de La Playa. Allí estuvimos en la Misa Exequial presidida por el padre Jaime Duque. Yo participé revestido en el altar. La homilía del padre Jaime fue muy sentida y sus palabras propicias para todos nosotros. Él conocía muy bien a mi nona Eva y pudo resaltar genéricamente su vida cristiana y caritativa. En el momento del responso final que se canta, no pude aguantar el llanto.

Terminada la misa subimos al cementerio, pasando por el frente de la casa. Entregué mi alba a alguien para que la guardara y seguimos con el ataúd para el entierro. En el cementerio una de mis hermanas se descompensó. Esa misma noche, fui a Bailadores con mi tía Tania, a la ordenación sacerdotal del diácono Ramón Alberto Parra Bustamante. Su ordenación diaconal en la catedral de Mérida fue a la primera que asistí, al igual que su ordenación sacerdotal.

Regresé al seminario de los Legionarios de Cristo el sábado 3 de noviembre, y esa misma noche tuve un sueño bastante particular: me elevaba sobre la cama, hasta que mi nariz tocó en techo, en ese momento caí de golpe a la cama y quedé inmóvil por largo rato, sudé frío y me asusté.

P.A

García

martes, 25 de octubre de 2022

Protestas de la UNSCH

PRIMUM VIVERE, DEINDE PHILOSOPHARE

Querido Athiel, buenas noches.

Hoy subí al centro de la ciudad, aproximadamente a las 6:00 p.m., porque quería asistir a la Santa Misa y me encontré con que el acceso a la catedral y a la Plaza de Armas estaba impedido por una multitud de jóvenes estudiantes. Era una cantidad muy considerable la que estaba allí reunida, imagino que usted estaba también por ahí... A quienes me impedían el paso les comenté que quería pasar a la catedral, pero me dijeron que estaba cerrada, finalmente me dejaron pasar... Alguno de ellos me identificó como "religioso" por lo que fueron condescendientes en darme paso, aunque también tuve que insistir en mi propósito. La catedral estaba cerrada y parece que no hubo misa. En medio de tanto caos y aglomeración, vi que varios jóvenes, unos 4 o 5 al mismo tiempo estaban miccionando en las paredes del templo mayor de esta católica ciudad de Ayacucho, no creo que haya sido con mala intención, sino más bien como improvisada salida, fugazmente inoportuna.

Pude ver en los rostros de esos jóvenes estudiantes la impotencia de su actual situación, ciertamente reclaman lo que consideran justo y parece que están ya cansados de ser ignorados por las autoridades competentes. Recuerdo que hace un año, precisamente por estas fechas, también se habían convocado paros y manifestaciones con los mismos propósitos de ahora, lo que evidencia que nada ha mejorado. Vi en el rostro de esos jóvenes, aunque algunos estuviesen tapados, las ganas de luchar por conseguir su cometido y ver definitivamente mejorada la situación de la Universidad Nacional San Cristóbal de Huamanga, esa es una gestión genuina y digna de todo el apoyo y consideración de la población en general, porque la ciudad es la universidad y la universidad es la ciudad, así ha sido y así debería seguir siendo. Y si no son los mismos ayacuchanos los que protestan y reclaman por su universidad, entonces nadie más lo hará… Veo también que a los estudiantes se le han sumado los padres y madres, con toda su pasión y fortaleza.

Es lamentable que sucedan algunos episodios de violencia, destrucción o deterioro de lugares públicos e infraestructura pública y de la misma casa de estudios, como el incendio de la puerta de la rectoría de la universidad, es de suponer que en medio de la desesperación se opte por tomar dichas opciones, actuando tal vez con la imprudencia que más adelante será mencionada y de la que seguramente se pasará factura, sin embargo, el sentir general que se respira es el de un reclamo justo y pacífico, el cual esperamos tenga resultados positivos, aunque sabemos que la solución no llegará de la noche a la mañana, pero al menos sí se podría empezar con pequeños pasos, los mismos que propicien menguar la efervescencia estudiantil que invade la ciudad y a largo plazo la obtención de las mejoras requeridas para la universidad y sus usuarios.

La violencia nunca será ni el fin ni los medios para lograr un cometido. Éxitos, Athiel, cuídese mucho y le deseo lo mejor a usted y a sus compañeros universitarios...

Respuesta de Athiel: “Sí, es lamentable que haya sucedido lo que pasó ayer. Hay bastante intriga y desconcierto por parte de los estudiantes, porque las autoridades universitarias no están tomando en cuenta varios puntos; prácticamente ellos se sientan y reciben su sueldo, no ven la realidad universitaria, no ven cómo los estudiantes están en cada aula, cómo reciben los estudiantes de medicina, los que son de trabajo de laboratorio, no están bien implementados. Esperamos una pronta salida para todo ello y ojalá y monseñor pueda enterarse de todo esto.”

P.A

García

jueves, 13 de octubre de 2022

Biblioteca del Convento San Francisco de Asís de Ayacucho

INVESTIGACIÓN HISTÓRICA

Para 1953, el padre Elías Prado Tello escribió una "Guía de Ayacucho", en la que habla sobre la Biblioteca del Convento de San Francisco de Asís, de la cual dice lo siguiente: "Es la más notable de la ciudad. En ella se encuentran documentos históricos de Huamanga, de la Universidad de S. Cristóbal, del Seminario y de otras instituciones de la localidad. Todos los periódicos que se editaron en Huamanga se conservan, así también las revistas locales y de la República. Son dignos de estudio los Archivos del Obispado y del Cabildo Eclesiástico."

En el mismo año, el franciscano Fray Pedro Mañaricúa O.F.M., con motivo del IV centenario de la fundación del convento, sobre la biblioteca precisó: "La Biblioteca principió en 1898, con unos cuantos libros. Después se han ido aumentando con los esfuerzos religiosos y cooperación de algunos bienhechores, como la familia de la Sra. Ángela Sáez, viuda de Francisco Fernández. En 1942 se trasladaron los libros al actual local, con la nueva estantería, trabajada por el Hno. Fr. José María Agüero, siendo Guardián el P. Jesús María Gaintza."

Desde hace algunos meses he venido investigando sobre las estatuas ecuestres de Sucre y Bolívar existentes en esta ciudad de Ayacucho, este proyecto me ha permitido conocer diversas instituciones y personalidades académicas ayacuchanas. Tengo la investigación abierta en el Archivo Histórico de Ayacucho, al cual he recurrido varias veces y donde he podido leer en su totalidad el Libro de Actas del Comité Pro Centenario de la Batalla de Ayacucho, entre otros documentos antiguos.

A Joel Amiquero, funcionario del Ministerio de Cultura, lo conocí en el Centro Cultural Simón Bolívar, sede de la Dirección Desconcentrada de Cultura de Ayacucho; él me recomendó visitar, para ampliar mi información, la biblioteca del Convento de San Francisco de Asís. De inmediato me puse en contacto con esta institución y, cumplidos los requisitos, empecé a investigar en ese maravilloso lugar.

Ayacucho, 13 de octubre de 2022

R. P. Jorge Horna

Personal. – 

Paz y Bien.

Reciba un cordial saludo en nuestro Señor Jesucristo, deseándole bendiciones en su ministerio sacerdotal.

Quien suscribe, Pedro Andrés García Barillas, CPP N° 001470990, mayor de edad y vecino de esta ciudad de Ayacucho; docente de primaria en la I.E.P. “Discovery” de la Parroquia Santa Rosa de Lima.

Por medio de la presente misiva solicito su autorización para consultar el material de la Biblioteca del Convento San Francisco de Asís, investigación que enmarca su propósito en la próxima celebración del Bicentenario de la Batalla de Ayacucho, de aquel glorioso 9 de diciembre de 1824.

Según las exigencias propias mencionadas por usted en la conversación privada que mantuvimos, me comprometo a hacer uso correcto del material que me sea facilitado, evitando en todo momento su deterioro y propiciando su mejor conservación. De igual manera quedo comprometido con usted para, una vez concluida la investigación, hacerle llegar copia del resultado, la cual pasaría a formar parte del inventario bibliográfico de dicha casa religiosa.

De acuerdo con el horario facilitado en la recepción, estaría acudiendo a la Biblioteca durante el turno de la tarde, a saber: de 3:00 p.m. a 6:00 p.m. sin especificar los días de la semana, por tratarse de un asunto a largo plazo.

Sin más a qué hacer mención, me despido de usted, asegurándole mi gratitud y afecto fraterno.

Suyo en Cristo.

Firma: Pedro García.

Descripción de la Biblioteca

La Biblioteca del Convento San Francisco de Asís de la ciudad de Ayacucho, Perú, es un tesoro de textos antiguos de diversas materias, principalmente de filosofía y teología, ciencias afines a la formación religiosa, sin embargo, también hay gran cantidad de libros de índole histórica y una buena colección de revistas y periódicos de la ciudad y el país.

Ingresando por el despacho de la parroquia, nos dirigimos hacia la derecha y, una vez se llegue a la esquina del patio central del convento, la primera puerta que se consigue es la entrada a la magnífica biblioteca, la misma que ocupa en total 5 habitaciones de la planta baja o primer piso del ala mencionada del convento. La biblioteca cuenta con suficientes ventanas, pero estas se encuentran tapadas con estanterías para la ubicación de libros.

Los cinco cuartos están repletos de libros, del piso al techo, guardando las distancias obvias entre el suelo y la primera fila de libros y de igual forma entre el techo y la última fila de libros. En el primer cuarto hay algunas mesas que parecen estar ahí como depositadas, pero sin uso efectivo para la misma biblioteca, siendo en el tercer espacio de los cinco en la que sí hay una buena mesa de madera, presta para la lectura de los libros, principalmente de aquellos de gran tamaño, como las colecciones de periódicos y revistas.

La división de los cinco cuartos según sus materias es la siguiente:

Cuarto 1: 1 Biblia, 2 Historia Universal, 3 Franciscanismo, 4 Historia Eclesiástica, 5 Teología Moral, 6 Teología Dogmática.

Cuarto 2: 7 Pedagogía Catequesis, 8 Enciclopedias Diccionarios, 9 Derecho Civil, 10 Apologética, 11 Idiomas, 12 Mariología, 13 Literatura Castellana, 14 Filosofía.

Cuarto 3: 15 Oratoria Sagrada, 15 Teología Pastoral, 16 Derecho Canónico, 17 Liturgia, 18 Teología Espiritual, 19 Biografías de Santos.

Cuarto 4: 20 Revistas de España y otras (siglo XX), 21 Periódicos y Revistas de Ayacucho (siglos XIX y XX), 22 Periódicos y Revistas del Perú (siglo XX), 23 Periódicos y Revistas del Perú (siglo XIX), 24 Revistas Extranjeras (siglos XVIII-XIX), 25 Sociología, 26 Ciencias Naturales, 27 Revistas Peruanas (siglo XX), 28 Revistas Extranjeras (siglo XX), 29 Periódicos del Perú (siglos XIX-XX), 30 Revistas de España (siglo XX).

Cuarto 5: 31 Documentos Oficiales de la Iglesia, 32 Obras Ayacuchanas.

Al tratarse principalmente de libros antiguos, los matices de las paredes son únicamente de colores oscuros, y tonos propios del cuero, marrón, negro, rojo, dorado, verde, entre otros. Los nervios de los lomos son siempre dorados y bastante decorativos. Hay libros forrados en pergamino bastante antiguo, ya tieso por los siglos.

La biblioteca se encuentra en perfecto orden, al menos en la secuencia de su catalogación, cada libro con su etiqueta en el lomo, aunque un poco sucia, ya que está sin uso desde hace varios años, cuando todavía se permitía la entrada a visitantes o investigadores. En la actualidad no se presta el servicio de consultas.

Le falta a esta biblioteca una limpieza general y mejor iluminación, además de acomodar los libros que, con el pasar de los años, se han ido desordenado en sus lugares, los que se han deteriorado en sus carátulas y hojas que se doblan al escurrirse de sus puestos originales.

Cuenta esta ciudad de Ayacucho con una fuente invaluable de sabiduría y un espacio donde la historia y los años parecen haberse detenido.

P.A

García



domingo, 2 de octubre de 2022

94 aniversario de la Obra de Dios

OPUS DEI

  Hoy es 2 de octubre de 2022, y hace 94 años, en Madrid, España, el joven sacerdote Josemaría Escrivá fundó el Opus Dei (la Obra de Dios). A continuación, contaré cómo conocí la Obra y cómo ha sido mi relación con esta hermosa familia desde entonces hasta ahora.

En mi infancia fui un apasionado telespectador del canal católico EWTN, allí veía embelesado los programas de la Madre Angélica, que por alguna razón me llamaban muchísimo la atención, con lo cual me sentía identificado con la pequeña niña que fungía como introducción a los episodios; ella muy sonriente, corriendo hacia la sala de su casa para ver a la Madre Angélica en compañía de su tierna mamá. La alegría y premura mías eran las mismas que la de aquella, pero no la compañía.

Los domingos por las tardes, transmitían por aquel maravilloso canal, algunas de las tertulias que san Josemaría Escrivá tuvo con sus hijos españoles e hispanoamericanos. Recuerdo ver infinidad de veces su conversación en Altoclaro, una hermosa casa de retiros en el estado Miranda, Venezuela, la cual había recibido la última visita del fundador de la Obra en febrero de 1975, meses antes de morir en Roma. Esa tertulia en particular me llenaba de mucha paz, pues imaginaba a aquel padre dirigiendo sus palabras a los venezolanos, palabras proféticas y motivadoras, dichas especialmente para mí.

Pasaron los años y llegué al seminario mayor San Buenaventura de Mérida. En el curso propedéutico, conocí a un joven de la Diócesis de El Vigía – San Carlos del Zulia, llamado Ricardo Daniel Quevedo Contreras, y una vez estando con él en la biblioteca de la casa de formación, dimos con un pequeño librito, de piel, hojas biblia y 999 numerales de reflexión y meditación, habíamos conseguido un coqueto ejemplar de “Camino” la obra cumbre de la espiritualidad de este sacerdote español y su Obra. Ricardo y yo quedamos conmovidos por el hallazgo, nos pareció algo importante y decidimos googlear un poco, para saber más sobre san Josemaría, y fue así como supimos que había fundado el Opus Dei y, además, que había un centro para hombres en Mérida, la ciudad donde nos encontrábamos. Hicimos planes y el miércoles más próximo decidimos ir a aquel lugar.

Los miércoles por la tarde los teníamos libre, de 1:00 p.m. a 6:00 p.m. Según la dirección que nos arrojó la web, debíamos bajar hasta la urbanización Las Tapias, a la altura del Museo de Ciencias y Tecnología. Fuimos a esa dirección, nos desorientamos un poco, pero, preguntando a algunas personas, llegamos al Centro “Los Nevados”, allí tocamos el timbre y salió un joven muy serio, nos presentamos como seminaristas en busca de algún sacerdote, aquel joven nos aclaró que no se encontraba el padre Max, que era el sacerdote de esa casa, pero que en sustitución suya estaba el padre Cuan. Ricardo y yo sin saber de quiénes nos hablaba le dijimos que igual queríamos hablar con algún sacerdote. Nos hizo pasar y nos condujo hasta el oratorio de la casa.

En el oratorio hicimos una breve visita al Santísimo Sacramento. En aquel lugar se podía respirar una espiritualidad única y novedosa y paz, mucha paz. Ricardo y yo no salíamos del asombro, pues estábamos encontrando lo que buscábamos en la Obra de Dios y de san Josemaría.

Salimos del oratorio con el joven y nos dirigimos hacia una pequeña sala de recibo. Allí esperamos algunos minutos mientras llegaba el padre Cuan. El silencio reinaba, de afuera oímos unos pasos que venían de la escalera de madera. Entró en la sala de recibo un sacerdote, vestido de sotana blanca, nos saludó amablemente y preguntó quién de los dos quería conversar primero, haciendo señas para que alguno abandonara la sala, pero rápidamente le manifestamos que veníamos los dos en plan de conocer un poco sobre el Opus Dei. Se sentó y conversamos largo rato, al principio todo muy frío y protocolar, pero ya luego entramos en confianza y quedamos convencidos de que aquella obra era realmente una Obra de Dios.

El padre Cuan nos invitó para que viniéramos de nuevo el miércoles siguiente, pues quería que le acompañáramos en una romería hasta la iglesia de Santiago Apóstol de la Punta.

Por razones obvias, aquella visita al Centro “Los Nevados” se efectuó en el mes de marzo de 2014. La romería consistió en el piadoso rezo de tres rosarios, el primero fue del Centro hasta la iglesia, en plena calle, los tres, rezando. El segundo fue en la iglesia, y el tercero fue de la iglesia al Centro. Allí nos despedimos del padre Cuan y quedamos para próximos encuentros. Desde esa fecha empecé a conocer la vida de san Josemaría y su obra, el Opus Dei.

En lo sucesivo de la formación en el seminario, mis directores espirituales fueron sacerdotes del Opus Dei, el primero fue el padre Max Thompson, el segundo fue el padre Julio Cuan, y el tercero fue el padre Jaime Molina. Con todos tuve una buena relación de amistad y cercanía, pero he compartido más con el padre Jaime Molina. Otro sacerdote que me ha hecho mucho bien es el padre Martín Carbonell, a quien conocí en Caracas, en uno de mis viajes a Altoclaro. Con el padre Martín siempre mantengo contacto vía telefónica, además de recibir mensualmente sus “entregas” por correo electrónico.

El Opus Dei me ha hecho mucho bien. Creo en la santidad de san Josemaría, del beato Álvaro del Portillo y también creo que algún día llegará a serlo don Javier Echevarría, a quien escribí una carta que envié con un sacerdote de Mérida que viajó a Roma, pero que nunca llegó a sus manos, pues la carta se traspapeló.

Sobre san Josemaría y el Opus Dei he escrito varias cosas en este blog. Aquí solo quería recordar su 94 aniversario y con el recuerdo agradecer a Dios por tantas buenas oportunidades que he podido vivir gracias a mi cercanía a la Obra, que es una gran familia.

P.A

García