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martes, 22 de septiembre de 2026

Me cuentan mi vida en coplas

POR MI ORDENACIÓN DIACONAL

        El 2 de septiembre de 2026 fue el día de mi ordenación diaconal. Esa misma tarde recibí un regalo inolvidable: un compendio de 70 vídeos recopilados por mi madre, quien había pedido a la gente de mi pueblo unas palabras de felicitación. Eran mensajes de familiares, amigos, conocidos, parroquianos y personas que me vieron crecer desde niño. Sin embargo, entre todas las muestras de cariño, una destacó por su genialidad y arte: la de la profesora Ana Emerenciana Toro. En apenas tres minutos y cuarenta y tres segundos, me dedicó 26 coplas en las que resumió mi vida con un acierto biográfico sencillamente admirable.

Paren muy bien la oreja

que les voy a contar
un cuento de resiliencia
de un muchacho ejemplar.

 

Como ya indiqué más arriba, la autora de esta hermosa dedicatoria es la profesora Ana Emerenciana Toro, docente de educación primaria y colega de mi madre en la Escuela Bolivariana Mariño de Bailadores, en Mérida, Venezuela. A ella le expreso mi más sincera gratitud por tan conmovedor homenaje. La profesora Ana me conoció desde muy niño, ya que solíamos frecuentar la escuela donde trabajaba mi madre; por ello, cada uno de sus versos es reflejo fiel de la verdad, habiendo sido ella testigo directo de lo que hoy relata con tanta gracia. A continuación, comparto algunos detalles que me gustaría comentar.

 

En la población de La Playa un niño dijo:

«Maestra, quiero ser cura»,

allí se sintió el llamado

de esa, su hermosa locura.

 

Es plenamente cierto que, desde mis años escolares, siempre respondía que quería ser «padre de la Iglesia, de los que dan la misa» cuando nos preguntaban por nuestros sueños de futuro. Aquella aspiración infantil echó raíces en mí a partir de mi bautismo, recibido en Tovar el 23 de diciembre del año 2000, cuando tenía cinco años. Como he compartido en varias ocasiones, mi vocación sacerdotal nació en ese mismo instante en que renací a la fe en las aguas bautismales.

 

En el año noventa y cinco,
el día diez de diciembre,
pujaba una mujer fuerte,
con el anhelo más ardiente.

 

Cuenta mi madre que nací un domingo a las nueve de la mañana. Estuve a punto de llegar al mundo en la casa de La Playa —¡cuánto me habría gustado que así fuera!—, pero lograron trasladarnos a tiempo al Hospital San José de Tovar en el vehículo de mi tía Coromoto. El 10 de diciembre no solo es el día de Nuestra Señora de Loreto, sino que también se celebra la Declaración Universal de los Derechos Humanos y se conmemora a santa Eulalia de Mérida y al papa san Melquiades.

 

De recibir en sus brazos
el tercer hijo de ese hogar,
ese niño tan deseado,

que ya no se quería esperar.

 

Nací del matrimonio civil de mis padres y soy el menor de tres hermanos, aunque no el más bajo de estatura. Mis hermanas mayores son Reyna Tahís y Raymar Thalía. Además, por parte de mi padre, tengo dos hermanos más: Reylis Aurisbel García Tique, quien vive en La Playa, y Reinaldo Andrés García Castro, residente en Santiago de Chile. Actualmente tengo cinco sobrinos: Paula Valeria Omaña García y Elías Andrés Yance García (hijos de mi hermana Reyna), junto con Juan David, Valery Luciana y Juan Manuel Roa García (hijos de mi hermana Reylis).

 

Pedro Andrés García Barillas,
un nombre que suena a justicia,
creció en un hogar humilde

con fe, amor, sin malicia.

 

Llevo el nombre de Pedro en honor a mi abuelo, Pedro Julián Barillas Pereira —ateo, comunista, apasionado por las armas de fuego, gran lector y conversador—, a quien no llegué a conocer pues falleció antes de mi nacimiento. Mi segundo nombre, Andrés, me fue dado a petición de mi padre en homenaje al famoso beisbolista venezolano Andrés Galarraga, ya que papá era su fiel admirador y en su juventud también practicó el deporte nacional. Qué hermosa coincidencia resulta que ahora, consagrado a Jesús como su fiel discípulo, lleve los nombres de dos de los hermanos apóstoles más entrañables del Maestro: Pedro y Andrés, los hermanos oriundos de Betsaida.

 

Soñaba con dar la misa,
con ayudar a los demás.

Entre juegos y travesuras
hizo bautizos, matrimonios y más.

Antes de ser monaguillo, viví mis primeras experiencias en la misa. La primera fue mi propio bautismo en el Santuario de Nuestra Señora de Regla, en Tovar. Le siguieron las misas de exequias de mi bisabuela Tomasa Rafaela Castillo y de mi tía María Margarita de Coromoto Salas de Calatayud, ambas en 2003. Recuerdo con precisión la homilía del anciano sacerdote en esa ocasión, que versó sobre la pesca en tiempos de Jesús. A partir de entonces jugaba a ser monaguillo, vestido de blanco y con una feligresía «obligada» a escucharme; hasta improvisé un cáliz con un recipiente de Coca-Cola. Tiempo después llegaron a mis manos los libros litúrgicos, como el Pan Diario de la Palabra que la Librería San Pablo editaba mensualmente.

Con ese librito guardo una anécdota entrañable: estando en cuarto grado, la profesora Elena Sánchez me prestó el ejemplar del mes de abril, en cuya portada figuraba san Vicente Ferrer. Me gustó tanto que decidí conservarlo sin decir nada. Aunque sentía la incomodidad de no devolver lo prestado, la profesora, con su infinita pedagogía, prefirió no reclamármelo al notar mi fascinación por el texto. Años más tarde, su mirada aún me recordaba con gracia aquel pequeño desatino. Pero, como dice el refrán: «Lo que es del cura, va para la iglesia».

Ha sido un hijo ejemplar,
responsable, educado, cariñoso,
destacado en sus estudios,
y con su madre muy amoroso.

Al ser el menor de la casa, la relación con mi madre siempre ha tenido un matiz muy especial. Sin embargo, como bien se dice, una madre quiere a todos sus hijos por igual, deteniéndose simplemente en aquellos que, en cada etapa, más lo necesitan. Hoy, al llegar al diaconado a mis treinta años de edad, valoro enormemente la presencia constante y el abrazo oportuno de mi madre. Estoy convencido de que, sin ella, el camino de mi vida habría sido infinitamente más difícil de lo que ha sido.

Su sueño de ser monaguillo
lo realizó entradito en años,
cuando a la escuela todavía
lo llevaban de la mano.

En una ocasión participé en un concurso con motivo del Encuentro de Monaguillos en el Seminario de Mérida. Para la convocatoria, elaboré junto a mi madre un pequeño folleto ilustrado con fotos donde narraba mis comienzos y mi vivencia como monaguillo. Recuerdo que adjuntamos fotografías de la misa con nuestro párroco, el padre Alfredo Uzcátegui. Mi trabajo resultó ganador y recibí como premio un balón de fútbol que nunca llegué a patear; en su lugar, lo coloqué en la vitrina como si se tratara de un auténtico trofeo. El premio me lo entregó la canciller de la Arquidiócesis de Mérida, que por aquel entonces era una religiosa. Todo esto ocurrió poco después de la dolorosa vaguada del Mocotíes de febrero de 2005. Para agosto de ese mismo año, a mis nueve años de edad, ya me había incorporado formalmente al grupo de monaguillos de La Playa.

Allí en “Flor de Maldonado”
cursó cuatro años de estudios,
y una persona sin alma
le reprochó a futuro.

De septiembre a diciembre de aquel año, durante apenas dos meses y medio, la profesora Alicia Alarcón fue mi docente de quinto grado de primaria. Sin embargo, no pude continuar mis estudios en la escuela de La Playa debido al trato hostil e injustificado que ella asumió hacia mí por el simple hecho de ser monaguillo. Fue una época de un cruel hostigamiento que me marcó profundamente. Pasé cuatro años de mi preescolar en la sede original del «Elio Castillo» en La Playa; un edificio histórico para mi familia, ya que mi abuela materna formó parte de quienes lo construyeron, y allí se destacó durante varios años como portera de la institución.

«Pa´ padres, los de familia;
pa´ curas, los aguacates;
¡vaya y dele a las campanas!
¡vaya y jale ese mecate!»

La profesora Ana logra captar en sus coplas, con un lenguaje coloquial y de gran perspicacia, lo que tuve que afrontar a diario en aquella aula. Por motivos que jamás entendí, mi condición de monaguillo le resultaba incómoda. Llegó al punto de prohibirme cantar las canciones de moda o tener cualquier actitud infantil que, a su juicio, no fuera «digna» de un monaguillo. Todo lo hacía desde la burla y el autoritarismo. Como el niño vulnerable que era, soporté en silencio esa opresión durante meses, hasta que en las fiestas de Año Nuevo abrí mi corazón con mi madre y le supliqué que me cambiara de escuela, pidiéndole que no confrontara a la maestra; un traslado que, afortunadamente, pudimos concretar.

Fue frustración el momento,
pero también fue un gran impulso;
el camino hacia Dios
no lo destruyen los impuros.

A la profesora Alicia no la volví a ver desde aquellos días. Sin embargo, el destino quiso que más adelante, durante mis años de bachillerato en Bailadores, su esposo, el profesor Bulmaro, fuera mi docente de Física, con quien me llevé muy bien. Me parece que él era sabedor de aquel episodio del pasado.

En la escuela de San Pablo
culminó su primaria,
en el Liceo Gerónimo Maldonado
hasta tercero llegaba.

En la Escuela Bolivariana San Pablo culminé el quinto y sexto grado. Mi maestra en quinto fue la profesora Carmen Aurora; mientras que, en sexto, tras una primera semana con el profesor Carlos Guerrero, asumió el grupo la profesora Nadir Montoya. Mi llegada a San Pablo no fue sencilla: la bienvenida de mis compañeros consistió en una golpiza de dos contra uno. Sin embargo, en esa misma institución tuve una maravillosa oportunidad de la mano del profesor Eduardo Moret, quien me impulsó a representar a la escuela en el centro de ciencias con la ponencia del proyecto titulado «Efectividad del método de cultivo organopónico con plantas de lechuga (Lactuca sativa americana ferri)».

Al graduarme, decidí estudiar en el liceo de Bailadores simplemente porque todos mis compañeros de promoción se iban para allá. En el Liceo Gerónimo Maldonado volví a vivir una situación similar a la de La Playa, esta vez con el profesor Luis Gómez, de Historia de Venezuela. Cuando decidí defenderme por mis propios medios ante la agresión física de un compañero, este docente me encaró públicamente cuestionando la opción sacerdotal que yo mantenía.

De allí, con muchos sacrificios,
se fue a estudiar muy lejos;
los Legionarios de Cristo
las puertas allí le abrieron.

La etapa en el Seminario Menor de la Inmaculada Concepción —conocido también como el Centro Vocacional o «La Apostólica»— fue una de las mejores de mi vida. A pesar de las incomprensiones con el padre José Gutstein, guardo una memoria sumamente positiva de aquel tiempo, pues allí se forjaron la humanidad y la espiritualidad que me sostienen hasta el día de hoy. Estoy infinitamente agradecido con los Legionarios de Cristo por todo el bien que sembraron en mi vida. Los llevo siempre en mi recuerdo y en mis oraciones, y les guardaré una gratitud eterna por el acompañamiento y las bendiciones recibidas.

Más tarde en el Seminario
Arquidiocesano San Buenaventura
estudió formación sacerdotal
con buenas asignaturas.

        Mi formación en el Seminario Arquidiocesano de Mérida comenzó el domingo 27 de septiembre de 2013, día en que ingresé al curso propedéutico en la iglesia La Tercera —Santuario de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro—. Esta importante etapa se extendió hasta el viernes 5 de julio de 2019, momento en que culminé el segundo año de Teología.

La Sagradas Escrituras,
Filosofía y Teología,
historia y labor social
configuraban sus teorías.

        Mi tesis de Filosofía se tituló «Filosofía de la educación orientada desde la paideia divina en la obra El Pedagogo de Clemente de Alejandría». Tuve como asesor formal al Pbro. Dr. Horacio Carrero, de quien recibí la orientación puntual para definir el título y delimitar el tema. Sin embargo, a partir de ese momento no obtuve observaciones ni correcciones a las entregas que le presentaba, por lo que tuve que sacar adelante la investigación por mi propia cuenta. Aquel esfuerzo en solitario culminó con una nota de 17 puntos; una calificación que, a decir verdad y para mi desdicha, sentí que merecía un mayor reconocimiento.

Allí recibió otro duro golpe
que puso a prueba su fe:
«Muchacho, usted va pa' afuera
por no apegarse a la ley».

        Como mencioné anteriormente, el viernes 5 de julio de 2019 fui convocado por el obispo auxiliar, Mons. Luis Enrique Rojas Ruiz, para la lectura de mi informe final de año. En dicho documento se concluía que no podía continuar mi formación en ese seminario ni en ningún otro, bajo el subjetivo argumento de no poseer «rectitud de intención». Por el momento reservaré los detalles de aquella expulsión; permanecen bien custodiados para ser dados a conocer cuando llegue el tiempo oportuno.

Y vinieron tiempos difíciles,
todo parecía perdido;
pero en los caminos del Señor
son incomprensibles sus designios.

        En medio de aquella tormenta, acudí en busca de auxilio a monseñor Fernando Castro Aguayo, obispo de Margarita; monseñor Alfredo Torres, obispo de San Fernando y monseñor Mario Moronta (+), obispo de San Cristóbal. No obstante, ninguno quiso o pudo extenderme una mano. La puerta providencial se abrió finalmente cuando fui llamado por Monseñor Juan de Dios Peña Rojas, obispo de El Vigía–San Carlos del Zulia, para realizar una experiencia pastoral en su jurisdicción. Fue así como participé en las misiones de diciembre en un pueblo de la Panamericana y, posteriormente, presté mi servicio de enero a julio en la Rectoría Santa Lucía de Caño Blanco, en el estado Zulia.

Un país hermano hace cinco años,

las puertas le abrió;
allá en Ayacucho, Perú,
otras batallas libró.

 

        Llegué a Ayacucho el martes 24 de noviembre de 2020. Ese mismo día asistí a la santa misa en el templo de Santa Ana, donde tuve la oportunidad de conocer al padre Yoni Palomino Bolívar, quien muy amablemente gestionó en los días posteriores mi audiencia con el arzobispo. En esos primeros diálogos se me brindó inicialmente una cordial bienvenida para concluir mis estudios teológicos; sin embargo, más adelante se determinó que permaneciera un tiempo como laico y trabajara en la zona, con el fin de insertarme y conocer de cerca la idiosincrasia del pueblo ayacuchano.

 

Como profesor de colegio,
como secretario privado,
con devoción y probidad
sirvió al obispado.

        Para marzo de 2021 me incorporé a las aulas del Colegio Discovery como docente de sexto grado. Inicié con un grupo de ocho alumnos y, debido a las restricciones de la pandemia, las primeras clases se dictaron en modalidad virtual hasta que paulatinamente pudimos retornar a la presencialidad. En 2022 asumí la formación de una nueva promoción, esta vez de 16 estudiantes, el doble del año anterior. Fue una experiencia maravillosa e inolvidable que me enseñó que la labor docente no conoce de horarios, pues requiere una dedicación profunda, exigente y delicada.

En este periplo, el padre Braulio Alarcón Contreras confió en mí desde el primer instante. Por esa estrecha fraternidad, tuvo el bien merecido gesto de acompañarme como mi padrino de ordenación, junto al padre Carlos Boulanger, sacerdote venezolano, operario diocesano y rector del Seminario de Huancayo. Fue el propio padre Braulio quien me recomendó ante el señor arzobispo para asumir la secretaría arzobispal, un cargo que ejercí con entrega desde marzo de 2023 hasta julio de 2024.

Culminó sus estudios
en teología y filosofía,
recibió en donación
la biblioteca del padre Pernía.

Un hecho providencial marcó mi vocación y amor por la lectura: la recepción de la biblioteca personal del presbítero Ramón Emilio Pernía Noguera, un valioso fondo de más de 5.000 volúmenes teológicos, filosóficos e históricos. Mi vínculo comenzó en agosto de 2016 cuando visité en San Juan de Lagunillas al anciano sacerdote —tío de mi madrina de agua, Elda Pernía—, a quien hallé leyendo en francés entre torres de libros. Tras su fallecimiento en abril de 2017 a los 91 años, la familia ofreció la colección al Seminario Arquidiocesano de Mérida; sin embargo, al no concretarse el traslado por desinterés logístico de la institución, los textos quedaron en custodia de su heredero, Tony. En una primera visita recuperé 120 ejemplares, pero el destino de la totalidad del acervo quedó pendiente por años hasta que la Providencia intervino.

En 2022, mientras residía en Perú, mi madrina se reencontró con Tony, quien decidió obsequiarme la colección completa para evitar su deterioro y en reconocimiento a mi afecto por la Iglesia. El 5 de marzo de 2022, gracias a un camión facilitado por mi cuñado Juan Alí Roa Ramírez, los libros fueron trasladados a la sala de mi casa en La Playa y organizados en estantes metálicos. Aunque permanezco a la distancia con el compromiso pendiente de catalogar cada obra, bauticé mi acervo como «Biblioteca Personal Presbítero Ramón Emilio Pernía Noguera» en homenaje a quien considero un referente sacerdotal e intelectual, conservando la ilusión de reunirme con este tesoro bibliográfico en el momento propicio.

Para moverse en sus redes,
con su canal y su blog,
resalta la formación
de Teología de la liberación.

Mi blog nació en septiembre de 2015, en medio de mi formación en el seminario, inicialmente como un ejercicio para compartir algunas reflexiones y experiencias. Con el paso de los años se convirtió en mucho más que un espacio para publicar textos: ha sido una especie de diario intelectual y espiritual, en el que he ido dejando constancia de mi camino de formación, mis inquietudes, mis lecturas, mis experiencias pastorales y los acontecimientos que han marcado mi vida. En sus páginas conviven reflexiones bíblicas y teológicas, homilías, artículos de opinión, entrevistas, crónicas, experiencias vocacionales, recuerdos personales y algunos acercamientos a la literatura. Al mirar ahora todo lo publicado, descubro que el blog también constituye una memoria de mi propio recorrido: Venezuela, el seminario, la llegada al Perú, la filosofía, la teología, la pastoral y, más recientemente, el camino hacia el diaconado y el sacerdocio.

Durante estos años he intentado que la escritura fuera también una manera de pensar y de interpretar la realidad desde la fe. La Biblia, la filosofía, la teología y la experiencia pastoral han sido algunas de las principales fuentes de mis textos, pero también he procurado acercarme a la literatura, a la historia, a la cultura y a las personas que he encontrado en el camino. Por eso, el blog ha ido adquiriendo diversos géneros y estilos: algunas entradas nacieron como reflexiones personales; otras, como trabajos académicos o pastorales; otras, como entrevistas o crónicas; y otras simplemente como el deseo de conservar por escrito una experiencia significativa. Con el tiempo también he descubierto que escribir no consiste solamente en transmitir una idea, sino en aprender a mirar, escuchar, recordar y encontrar las palabras adecuadas para comunicar aquello que he vivido o pensado. En ese sentido, el blog ha acompañado no solo mi formación académica y sacerdotal, sino también mi progresivo aprendizaje como escritor.

Hoy considero que mi blog es, sobre todo, un archivo de mi propia historia y de mi vocación convertida en escritura. No todos los textos tienen la misma calidad ni pertenecen al mismo género, pero precisamente esa diversidad permite observar mi evolución a lo largo de estos once años. Los primeros escritos tienen un carácter más formativo y explicativo; posteriormente fueron apareciendo una voz más personal, mayor libertad temática y una creciente preocupación por narrar experiencias y conservar la memoria. Literariamente, reconozco que todavía tengo mucho que aprender, especialmente en la concisión, la descripción, la construcción de escenas y el manejo de algunos recursos narrativos; sin embargo, también descubro una voz propia, marcada por la reflexión, la experiencia y el deseo de comunicar. Al releer el conjunto, comprendo que quizá el mayor valor del blog no está en cada publicación aislada, sino en la historia que todas ellas cuentan juntas: la historia de una persona que, mientras caminaba, fue aprendiendo a pensar, a creer y también a escribir.

Escritor, cantante y músico,
sus talentos particulares,
pero la defensa de los pobres
son sus grandes cualidades.

        Desde pequeño aprendí a tocar el cuatro y la guitarra, mostrando facilidad para la percusión, mientras que en el seminario aprendí a leer partituras para piano y a apreciar el canto gregoriano cultivado con los Legionarios de Cristo. Aunque no me considero un compositor profesional, la música ha sido otra forma de registrar mi vida y mis afectos. Cuento con tres composiciones documentadas: «Bolívar en Bailadores» (2016), de corte histórico e identificada con la memoria local; «Mi Doctorísimo» (2020), compuesta junto a Jorge David Morales como una fusión de fe y música campesina merideña en honor al beato José Gregorio Hernández; y «Nuestro pueblo de La Playa» (2023), creada junto a mi madre, Clara Tahís Barillas, como homenaje a nuestras raíces. En conjunto, estas piezas plasman tres dimensiones esenciales de mi identidad: la historia, la fe y la memoria.

        En el ámbito de la producción intelectual, he desarrollado una trayectoria vinculada principalmente con la historia, la cultura, la filosofía, la teología y la reflexión pastoral. He publicado seis libros: Historia básica de La Playa (2022), en coautoría con Eufemiano Antonio Oballos Ramírez; Artículos sobre La Playa (2022); Desde Ayacucho, «Santuario de la Peruanidad» (2023), una selección de 80 artículos de mi blog; Libro de Actas de Sesiones del Comité Pro Centenario de la Batalla de Ayacucho. Transcripción y comentarios (2024); Filosofía de la educación orientada desde la Paideia Divina en la obra El Pedagogo de Clemente de Alejandría (2025), fruto de una investigación realizada originalmente en 2017; y Pobres tendréis siempre con vosotros y podréis hacerles bien cuando queráis: Exégesis bíblica y pastoral de Mc 14,1-9 (2025), mi trabajo más reciente de carácter bíblico-pastoral.

También he participado en proyectos editoriales, especialmente como editor de la obra Monseñor Salvador Piñeiro García-Calderón. Un pastor con corazón de padre, publicada en 2024 con motivo de sus 50 años de ordenación sacerdotal. Paralelamente, continúo desarrollando mi producción literaria y autobiográfica. Actualmente preparo un poemario de autoría propia y Memorias de seminarista, obra en la que recojo parte de mi experiencia y trayectoria de formación sacerdotal. Ambas publicaciones están proyectadas para el año 2026 y representan una continuación de mi interés por poner por escrito la memoria, la experiencia y las reflexiones que han acompañado mi camino personal, académico y vocacional.

Hoy con alegría y orgullo
su familia y en la fe hermanos,
un pueblo está de pie
celebrando su diaconado.

        Como mencioné al inicio, cada uno de los videos recibidos ha sido un verdadero estímulo para el alma. Recordar es volver a vivir, y la vida, en definitiva, se compone de la suma de estos momentos entrañables. Expreso mi más profundo agradecimiento a todas las personas que dedicaron un instante de su tiempo para hacerme llegar sus palabras de afecto. Que estas líneas sirvan como un sincero testimonio de mi gratitud hacia cada uno de ustedes.

La Virgen de aquel salón
que entre todos compraron,
es reflejo de esperanza
para los niños que han rezado.

        Guardo un cariño muy especial por un episodio de mi infancia en tercer grado de primaria, cuando tuve como maestra a mi familiar Betsaida Barillas, con quien disfrutamos muchísimo. En aquel tiempo se me ocurrió la idea de organizar a mis compañeros de clase para reunir el dinero necesario y adquirir una pequeña imagen de Nuestra Señora de Coromoto que había visto en la tienda de don Pedro Ganga, frente a la plaza de La Playa. Gracias a mi insistencia y al valioso respaldo de mi abuela Eva, quien me acompañó junto a mi madre a hacer la diligencia, logramos el cometido. La virgencita fue entronizada en una repisa en la esquina del aula, convirtiéndose en un altar donde colocábamos estampas y flores en honor a la Madre de Dios.

Desde el cielo también sonríe
una abuela emocionada,
doña Eva Castillo,
la matrona de la casa.

        Doña Eva Angelina Castillo fue un ser incomparable y único en mi vida; una verdadera segunda madre, atenta, cariñosísima y la principal orante por mi vocación sacerdotal. La Providencia la llamó a su presencia en noviembre de 2012, una partida temprana que afronté mientras cursaba el quinto año de secundaria en el Seminario Menor. El amor que eternamente le guardaré es el de un nieto consciente de haber recibido de su abuela solo bien, bondad y ternura sin medida.

Diácono Pedro García Barillas,
un ejemplo de constancia y probidad,
siga haciendo camino al andar,
llevando esperanza, nobleza y caridad.

        Y bien, estas fueron las 26 coplas que me obsequió la profesora Ana. Como se aprecia, cada verso encierra una gracia perfecta: esa simpatía tan suya y la forma entrañable de relatarme mi propia vida convierten este texto en una auténtica obra de arte. Gracias. Infinitamente gracias por narrarnos este “cuento de resiliencia”.

martes, 13 de agosto de 2024

Una nueva etapa, la última

DE AYACUCHO A HUANCAYO

El día 31 de julio de 2024 dejé de trabajar como secretario del Sr. arzobispo de Ayacucho, tarea que desempeñé por casi un año y medio en esa ciudad, y para cambiar de rumbo oficialmente, Mons. Salvador Piñeiro tuvo la gentileza de firmar un decreto por el cual me admitía como seminarista de esta Arquidiócesis, en consideración al proceso vivido durante tres años y medio en tierras peruanas.

El mencionado DECRETO ARZOBISPAL se registró con el número N°055-2024, y mencionó de manera muy sucinta seis puntos resaltantes a consideración, los cuales comentaré a continuación para dejar plasmada mi apreciación en cada uno de ellos que, en última instancia, pasan a formar parte de la historia de mi vida:

En cursivas cada frase del decreto arzobispal:

1. Que Pedro Andrés García Barillas llegó al Perú en noviembre de 2020 manifestando la intención de continuar con sus estudios teológicos en el Seminario; aconsejándosele un tiempo de discernimiento.

El 24 de noviembre de 2020 llegué a Ayacucho, esa misma tarde fui a la parroquia Santa Ana para conocer y conversar con el padre Yoni Palomino Bolívar; de este encuentro quedó pautada la cita con el obispo para el día 30, la que se llevó a cabo en términos muy cordiales. Mas adelante, en misiva recibida a mediados de diciembre de ese año 2020, el Sr. arzobispo me hizo saber el parecer del Concejo Presbiteral. Mientras yo rezaba el santo rosario de rodillas frente al Santísimo de la Catedral, antes de la misa de 6:00 p. m., él me entregó el sobre con la carta, en cuyo destinatario se leyó “Sr. Pedro García-Barillas”, la cual leí al finalizar el piadosísimo rezo, llevándome una gran desilusión, pues en la conversación privada del 30 de noviembre me había asegurado otra cosa. Lo cierto fue que, yo con 25 años cumplidos y sin ningún título universitario, pensé por primera vez en buscar un trabajo el cual felizmente no tardó en llegar.

A veces las cosas no son “soplar y hacer botellas”, lo sabemos, hay que lucharlas, esperarlas y, sobre todo, trabajar por ellas, pero, aunque nos cueste mucho o poco y al final se logre, siempre es Dios el que se apiada y concede las gracias que se le piden, o, mejor dicho, como se le adjudica a algún santo: “lo que Dios te quiere dar él mismo te lo hará desear”.

Sí, el trabajo dignifica y santifica, no hay duda de eso, la cuestión es conseguir trabajar en el lugar en el que uno pueda ser más útil, y afortunadamente ese fue mi caso. Cuando pensé en buscar trabajo lo primero que se me pasó por la mente fue dar clases, al menos de Religión, que es lo que groso modo sé, y el Señor me escuchó con una claridad impresionante.

2. Que ejerció la docencia de Primaria desde marzo de 2021 hasta febrero de 2023 en la I.E.P. "Discovery" de la parroquia "Santa Rosa de Lima", bajo la guía del Pbro. Braulio Alarcón Contreras; así como también diversos encargos pastorales.

Mi etapa como profesor ha sido de las más provechosas que he tenido, pues tuve la valiosa oportunidad de enseñar al que no sabe, pero antes pasé por tener que enseñarme a mí mismo las cosas que ya había olvidado y otras tantas novedosas; una auténtica acción autodidacta que, afortunadamente, -modestia aparte- me salió muy bien a juzgar por los resultados laborales.

En la entrevista de trabajo con el padre Braulio, en marzo de 2021, él pensó inicialmente en ocuparme como docente del primer grado de primaria, es decir, con los niños más pequeños, sin embargo, pasados los días me correspondió finalmente el sexto grado, llevando así dos promociones, la del año 2021 y la siguiente del 2022. Qué hubiese sido de esos pequeños niños con un profesor tan alto, corrían el peligro de haber sido pisados por un gigante.

El primer año de trabajo tuve solo 8 alumnos y en el segundo la cifra se multiplicó por dos, pero conté con el consuelo de la cámara de seguridad dentro del salón, para eso de “guardar la disciplina” de los churres. A ellos les enseñé todas las asignaturas de la educación básica para su grado, a excepción de Educación Física, de la que sí gozaron de un especialista en el área. En 2021 de marzo a septiembre las clases las llevamos por la plataforma Zoom, desde octubre obtuvimos una autorización especial del director para tener clases presenciales, aun cuando no había permiso por parte del Ministerio de Educación. Ya el 2022 si fue totalmente normal, dejando a un lado la barrera de la virtualidad.

Todas las mañanas rezábamos en castellano o quechua o latín o inglés, el Padrenuestro, Avemaría y Gloria, principales oraciones del cristiano que no tardaron en memorizar al mejor nivel. Hice todo mi esfuerzo por preparar unas clases interesantes y participativas, con materiales audiovisuales y ejemplos concretos. Un norte determinante fue inculcarles el hábito por la lectura, es así como los pequeños alumnos leyeron varios libros, entre los que se encontraron: el Diario de Ana Frank, el Principito, el Niño con el pijama de rayas, el Caballero de la armadura oxidada, Los cuatro acuerdos y una selección de las Tradiciones peruanas de Ricardo Palma, entre otros. Muchos mejoraron la fluidez al leer, todos lo notamos al final del curso.

Pero no todo el aprendizaje se llevó dentro del aula, pues también hubo algunas salidas, sobre todo a museos, para la asignatura de Personal Social, para conocer la Historia con las evidencias de los hechos.

El trato con los colegas docentes fue impecable. Todos ellos tuvieron para conmigo las consideraciones necesarias del que está llegando de lejos y desconoce la dinámica de un ambiente laboral tan agitado como lo es un colegio de Primaria y Secundaria. Con todos entablé una buena amistad y el respeto primó en todas las actividades docentes.

Respecto a los encargos pastorales ejercidos en la parroquia Santa Rosa de Lima, algunos de ellos fueron la preparación del Colegio de Monaguillos; el servicio en el altar los domingos; la Celebración de la Palabra en diversas comunidades foráneas y en la misma sede parroquial; acompañamiento en procesiones de fiestas de santos; charlas a grupos de jóvenes, catequistas, catequizandos y demás grupos de apostolado de la parroquia; charlas prebautismales para padres y padrinos vía internet, llegando a reunirse en algunas ocasiones más de 100 personas; entre otras actividades puntuales que no alcanzo a recordar.

La parroquia es una escuela para los que deseamos ser párrocos. En Santa Rosa estuve con el padre Braulio y sus dos vicarios, el padre Jesús Chuchón y el padre Edwin Laurente, ambos me animaban constantemente a seguir perseverando en la vocación y me iluminaban sobre los pasos venideros en el proceso de formar parte de la Arquidiócesis de Ayacucho. El padre Braulio me brindó toda su confianza, al punto de ocuparme para diversas actividades con un mínimo de anticipación de 5 minutos; él estaba seguro de que lo que me encomendara yo lo haría de la mejor manera. Solo una vez me corrigió con ímpetu, y fue cuando en las clases vacacionales saqué con métodos inapropiados a un alumno indisciplinado que estaba poniendo en riesgo la integridad de sus compañeros y mi paz interior, la que finalmente logró quebrantar, para vergüenza mía.

3. Que trabajó como secretario de este Arzobispado de Ayacucho desde el 28 de febrero de 2023 hasta el 31 de julio de 2024.

Me tocó vivir lo que nunca se me había pasado por la cabeza, y fue que, por recomendación del padre Braulio y vista la necesidad del arzobispo, él me llamó a ser su secretario, para entrar paulatinamente en el ambiente de la arquidiócesis, de modo que pasé de ser un profesor del Colegio Discovery a ser el secretario del arzobispo y del Arzobispado de Ayacucho, un espacio privilegiado para servir y conocer de cerca el gobierno de la Iglesia, atendiendo a sacerdotes, religiosas y laicos, cada uno de ellos con su tema.

A la Curia Arzobispal de Ayacucho llegaba todos los días a eso de 8:00 a. m., siendo el horario de atención de 9:00 a. m. hasta la 1:00 p. m. A los pocos días de haber asumido el cargo me entregaron las llaves de ingreso. Al igual que en el Colegio, en la Curia las relaciones con los demás trabajadores fueron óptimas. En la Sindicatura don Alejandro y el señor Edwin estuvieron siempre atentos a lo que se necesitara en la oficina; con el apoyo de ellos logramos hacer algunos pequeños cambios en la secretaría, procurando el mejor servicio al arzobispo y a quienes acudieran por allí. En la Cancillería el padre Orlando, vicario general, y el padre Percy, canciller, junto a la secretaria Sra. Janet, fueron un consultorio gratuito en los casos en los que no supe cómo proceder y no estaba el obispo para conversarlo con él. En la recepción estuvo Carlos, a quien dejé como dignísimo sucesor en el puesto, él siempre amable, respetuoso y atento, como también lo fue el señor Fernando, encargado de la limpieza.

El ingeniero Jorge era frecuente conversador, así como el padre Orlando, pues en los ratos libres acudían a la oficina para conversar, sobre todo de temas arquidiocesanos, pues ellos con varios años de servicio, de todas se las sabían todas. Los encargados del Archivo Arzobispal también pasaban por la oficina, a sacar sus impresiones de los materiales de trabajo; Cristian, el director del Archivo, antropólogo de profesión siempre manifestaba y llevaba a cabo sus iniciativas afines a la preservación de la historia y de los documentos contenidos en su Archivo, secundado por la incondicional ayuda y técnica de Romel, con quien más tuve la oportunidad de conversar. En ocasiones muy puntuales venía el señor Juan, administrador del Centro Turístico Cultural “San Cristóbal de Huamanga”.

Abriéndose una nueva oficina, la Vicaría Judicial Adjunta, colaboré de cerca con el padre Melquiades, quien recibió de monseñor el encargo de atender con diligencia los casos de nulidad matrimonial. Prácticamente todas las semanas llegaba alguien interesado en saber el procedimiento para declarar nulo su matrimonio eclesiástico, aunque en realidad venían buscando el divorcio, cosa que no es lo que sucede con la nulidad.

El aspecto de trabajo cambió rotundamente cuando con el apoyo de mi mamá me dediqué a ornamentar los pasillos y la misma oficina con plantas. Eran varios los maceteros vacíos que había ya en la Curia, los que ocupé con tupidas y verdes plantas, mas otros que fui llevando poco a poco para “darle vida” al lugar. Así fue como tuve que dedicar un tiempo cada semana para regar las plantitas, que recibían buen sol y florecían agradecidas.

Como buen secretario estuve atento a lo que el arzobispo necesitara. Transcribir o redactar cartas, protocolos, oficios, decretos, informes, discursos, constancias, certificados de donación, declaraciones juradas, reconocimientos, entre otros. También compendié sus homilías de Semana Santa, fruto de este trabajo fue el libro autobiográfico que presentó Mons. Salvador con motivo de sus Bodas de Oro Sacerdotales y al cumplir sus 75 años de edad. Monseñor escribe de manera muy sencilla y diáfana, no le gusta la palabrería, es decir, su ideal es decirlo todo con pocas palabras, en un texto directo y afable, porque a veces menos es más…

Si la parroquia es una escuela para los que queremos ser párrocos, la secretaría del arzobispo es una escuela para los que quieren guiar por el camino correcto al pueblo de Dios que nos será encomendado. Cada conversación con monseñor Salvador era un cúmulo de aprendizajes, aquello era una verdadera cátedra. De muchas cosas tomé apuntes personales, para tenerlos en cuenta más adelante, en el futuro ministerio. Monseñor siempre sereno, alegre, conversador y sobre todo siempre padre y pastor; su sola presencia irradia paz, su palabra es obligada referencia a la representación divina que su posición encarna. Nunca recibí de él ningún improperio, pues creo que tampoco le di motivos. Los refranes saltaban a menudo, y casi siempre yo los traducía a la usanza venezolana, para deleite de ambos. De historia conversábamos muy seguido, él conoce e indaga sobre la obra bolivariana en el Perú, reconociendo a Bolívar y a Sucre como los hombres que liberaron estas tierras suramericanas.

4. Que fue instituido Lector y Acólito de la Santa Iglesia el 18 de febrero de 2024.

En octubre de 2023 presenté a Mons. Salvador la carta petitoria de los ministerios laicales, su respuesta rápida fue positiva: “con mucho gusto, busquemos la fecha…”. En razón de la pastoral que estaba ejerciendo en el penal, me fueron conferidos ambos ministerios, el de Lector y el de Acólito, en la fecha arriba mencionada. Antes de la ceremonia participé del retiro anual del clero en la Casa de Retiros San Juan Pablo II en Luricocha, Huanta, por invitación exclusiva del arzobispo.

En la misa de colación de los ministerios, monseñor tuvo unas palabras hacia mí muy significativas, las mismas que no quedaron grabadas en la transmisión en vivo de la santa misa por el Facebook de la Catedral, como para que solo quedaran grabadas en mi mente y en mi corazón, por eso con el salmista puedo decir “¿cómo le pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho?”.

Recibir un ministerio es algo ciertamente importante, mas cuando se desea, cuando se pide y uno se prepara para recibirlo. Recuerdo los dolores de cabeza que esto significaba en el seminario donde estuve 6 años, era casi un Armagedón, el fin del mundo, porque uno simplemente quería dar el paso que tocaba, vivir paulatinamente la vocación. Los que conocen de la formación sacerdotal me entenderán con facilidad.

5. Que cursó estudios de diplomatura en Teología en la Pontificia Universidad Católica del Perú desde agosto de 2023 hasta julio de 2024.

Un buen día de junio de 2023 me interesé en una publicidad de la PUCP en la que anunciaba el próximo inicio de una Diplomatura, con facilidades de pago o incluso con la opción de una beca o media beca. El arzobispo estuvo de acuerdo desde el principio y gracias a su carta de presentación obtuve la beca completa. Durante todo un año consagré los sábados en la mañana, de 9:00 a. m. a 1:30 p. m. a conectarme vía Zoom con el docente y los compañeros (que ahora son amigos) para participar de las interesantísimas clases de esta Diplomatura en Teología, de un nivel académico muy elevado y exquisito como también exigente. Todos los trabajos escritos de ese año los publiqué en mi Blog y también están impresos en mi libro “Desde Ayacucho. Santuario de la Peruanidad…”.

El ambiente de la PUCP en su Departamento de Teología es muy afín a la Teología de la liberación, de ahí que me interesara por saberlo todo sobre este tema que nació en el Perú, por eso se me dio la oportunidad de conocer personalmente al mismísimo padre Gustavo Gutiérrez, padre de la Teología de la liberación, a quien visité en compañía de un amigo de la diplomatura, así como también adquirí su libro base en la edición de sus bodas de oro, del cual hasta el momento solo he leído y resumido para mi Blog la introducción “Mirar lejos”, una especie de síntesis de su Teología. En opinión de monseñor Salvador, el padre Gustavo Gutiérrez es un hombre de Iglesia, nunca ha estado fuera de las verdades reveladas, es decir, no es un hereje ni mucho menos un reformador al estilo revolucionario; lo que sí hay que hacer es reconocerlo como un gran teólogo, pensador, misionero y un hombre que encarnó la opción preferencial por los pobres.

6. Que colaboró con la Pastoral Carcelaria Arquidiocesana desde enero de 2023 hasta julio de 2024.

Mi paso por la cárcel, no como recluso sino como agente pastoral, fue también muy provechoso como necesario. Fui a la cárcel a visitar a Jesús, el Hijo de Dios, que estuvo preso y fuimos a visitarlo. En cada rostro está el Señor, en cada vida Dios se manifiesta, todos son valiosos, merecen respeto, un trato digno y dignificante, su mejor presentación es seguir siendo hijos de Dios. En la cárcel fui consciente de lo débiles que somos, lo fácil que es pecar, o transgredir las leyes, que no siempre es lo mismo. La debilidad humana se ejemplifica en breves instantes, pero tiene consecuencias largas, penas duras, años y años sin libertad. Si es así aún con la esperanza puesta en Dios, cuán duro será cuando no se tiene fe.

Comprendí que no se trataba tanto de ir a hablar, a decir o a “entretener” a los internos, como lo pensó alguno de los directivos, sino que la sola presencia, la escucha atenta y el trato amable fueron suficientes para restaurar la fe, para evangelizar; porque ya es suficiente condena la que viven allí recluidos, por eso como agente pastoral me enfoqué en hacer de los espacios permitidos y de las actividades planificadas, una vivencia fraterna, distinta, amigable, que desearan seguir participando, para que, como lo dice la Sagrada Escritura, veamos “qué alegría y qué paz convivir los hermanos unidos.”, en contraste con la opresión y los malos tratos que a menudo reciben de los encargados y de sus mismos compañeros de prisión.

Una experiencia triste fue el hecho de sentirnos y vernos realmente traicionados por aquellos en quienes habíamos puesto toda nuestra confianza para el correcto funcionamiento de las actividades de la pastoral allí dentro, en la capilla del penal, pues equivocándose en el obrar y transgrediendo las normas internas que el INPE estipula, se hicieron daño a sí mismos y las consecuencias las vivimos todos, pues a partir de aquel escándalo ya nada fue igual. Fue un recomenzar, un volver a poner la confianza solo en Dios, que nunca falla. Aquel episodio nos movió al llanto amargo.

La pastoral carcelaria me dejó un buen puñado de auténticos amigos, con ideas en común, con confianza y comunicación abierta y, sobre todo, con tiempo para compartir y deseos de vernos progresar en la fe, me refiero tanto a los agentes pastorales, como a los mismos internos. La calidad humana de algunos nos permite seguir creyendo en la humanidad, porque no todo está perdido, sí hay gente buena en el mundo.

Todos los martes iba al penal para dictar el taller bíblico. Me ayudaba con la laptop y el proyector para dinamizar un poco las sesiones. Procuraba llevar un canto o un vídeo distinto para cada encuentro, así como materiales impresos; hubo también pequeñas evaluaciones, como para tantear un poco el progreso del curso. Desde un principio les dejé claro a los internos asistentes que yo era un simple facilitador del taller, pues no soy experto en Sagradas Escrituras, solo un apasionado en pañales; lo cierto fue que aprendimos juntos, fue un camino hermoso, y la gratitud se evidenció en la despedida y entrega de certificados. Algunos martes me acompañó una joven psicóloga, Keiko, que ocupaba la mitad de la tarde, permitiéndome así descansar un poco de tanto hablar dictando el taller, pues la garganta se seca y duele la cabeza por el esfuerzo de mantener la atención de los presentes.

Como todos los martes, también los domingos iba al penal, prácticamente todo el día, pues había dos misas, una en la mañana para los señores y otra en la tarde para las señoras. El ingreso era a las 9:00 a. m., almorzábamos allí dentro y salíamos a eso de las 4:30 p. m. Solía acompañar al padre David en la santa misa, él me pedía que leyera el evangelio, y por las tardes me encargaba que predicara para las señoras. Cuando no estaba el capellán, me encargaba de la Celebración de la Palabra dominical.

Desde que pisé por primera vez el penal no ha habido un solo día en que no me acuerde de ellos, de sus penas y necesidades, pero sobre todo del gran potencial humano y cristiano que cada uno posee.

El trabajo en común con la piurana madre Julia Huiman Ipanaqué, Hermana de la Caridad de Leavenworth, me dejó buenos aprendizajes y una gran ayuda, pues nos invitó a vivir a mi mamá y a mí en la Casa de Acogida “San Vicente de Paúl” que ella está fundando desde la Pastoral Carcelaria Arquidiocesana de Ayacucho, en una casa que es propiedad del mismo Arzobispado. Con gusto aceptamos su generosidad, además de colaborarle en todo lo que sea necesario respecto a la administración y mantenimiento de dicha casa. Allá se quedó mi mamá sola, pues yo ahora estoy en Huancayo, aunque en las vacaciones volveré.

Finalmente, el decreto arzobispal que he ido desglosando, culmina con una séptima consideración y la admisión: 7. Habiendo recibido el informe del Seminario Mayor San Buenaventura de Mérida, con el visto positivo del rector del Seminario Mayor San Pio X de Huancayo y del rector del Seminario Conciliar San Cristóbal de Huamanga. Por las presentes letras: ADMITIMOS a Pedro Andrés García Barillas como seminarista de nuestra Arquidiócesis de Ayacucho para que curse estudios teológicos en el Seminario Mayor San Pio X de Huancayo, con nuestra bendición y agradecidos por su entrega a la Iglesia ayacuchana. Que Jesús el Buen Pastor y la Santísima Virgen María le acompañen en este camino vocacional. Dado en la Curia Arzobispal a los doce días del mes de julio de dos mil veinticuatro. Comuníquese, regístrese y archívese. Y siguen sendas firmas de Mons. Salvador Piñeiro García-Calderón, Arzobispo Metropolitano de Ayacucho y del Pbro. Percy Quispe Misaico, Canciller.

Pues bien, parece ser el final feliz de una historia, pero de ninguna manera es así, pues es en realidad es el feliz comienzo de la última etapa de formación. Estas letras las escribo desde Huancayo, en el Seminario San Pío X, a los 13 días del mes de agosto, en la memoria de los santos Ponciano, papa, e Hipólito, presbítero, mártires; seminario al que arribé el día martes 9 de agosto, Bicentenario de la Batalla de Junín, luego de mi visita turística a la ciudad del Cusco.

P.A

García




miércoles, 31 de mayo de 2023

Albas nuevas para el servicio de Dios

GÁLATAS 3, 27

Monasterio de Santa Clara de la Concepción

Ayacucho, 31 de mayo de 2023

 

SOR MARÍA INÉS DE SAN JOSÉ

Religiosa del Monasterio de Santa Clara de la Concepción

 

         Muy estimada hermana, la gratitud me mueve a dedicarle estas letras por la labor realizada por usted en beneficio mío con la dilecta confección de dos albas para el servicio del Altar.

Como es bien sabido por nosotros, el jubileo vocacional y la celebración de las Bodas de Oro Sacerdotales de nuestro arzobispo, me motivó a solicitar de usted la elaboración de un alba para acompañar a Mons. Salvador Piñeiro en esta solemne eucaristía, la cual se llevó a cabo el pasado sábado 6 de mayo, a las 10:00 a.m. en la Catedral Basílica de esta hermosa ciudad, donde felizmente pude estrenar dicho ornamento. Usted y sus hermanas asistieron a esta misa y pudieron observar que al alba le faltaba un pequeñísimo detalle, y es que, por las proporciones de mi talla, hubo un desliz de cálculo y entonces el alba se arrastraba con el piso, pero eso no representó mayor complicación, pues toda buena costurera sabe complacer al cliente para que la satisfacción sea al mismo tiempo un motivo de gratitud a Dios por los dones y carismas recibidos y perfeccionados al ponerse al servicio del prójimo.        

Agradezco también la iniciativa suya en decidirse por elaborar otra alba más sencilla para el uso menos solemne que yo pueda darle, pues ciertamente aquella alba que me regaló el padre Braulio y que intenté alargarla lo máximo posible, no tenía más alternativa que cambiarla por otra nueva. Y me complace también, el hecho de que esa alba haya permanecido en la sacristía del templo del Monasterio, para el uso oportuno de aquel sacerdote que guarde cierta similitud con mi talla, aunque bien sabemos que no son muchas las probabilidades de que esto suceda.        

La remuneración monetaria por las dos albas, aunque la hubo, no deja de ser simbólica, pues el valor espiritual que esto conlleva no puede ser pagado por ninguna suma, por generosa que esta sea. Usted me pide oraciones, y es lo mismo que yo solicito de usted, de manera que ahora estaremos unidos en la oración, por la perseverancia de nuestra vocación de entrega total al Señor. Cuando ore por las vocaciones sacerdotales, acuérdese de mí, y pida a Dios y a María Santísima que me dé la gracia de llegar a ser un sacerdote santo, como el padre Javier Obón, que vino del extranjero a santificar al pueblo ayacuchano. Yo oraré por usted y le estaré siempre agradecido por la paciencia y el cariño puesto en el trabajo realizado.

Suyo en Cristo.

P.A

García

domingo, 12 de febrero de 2023

Conversé con un “loco” que estaba “cuerdo”

¡TIENE TODA LA RAZÓN!


         Hace unos días atrás me dispuse a visitar la Biblioteca Municipal de la ciudad de Ayacucho, iba en busca de un libro de José de la Riva-Agüero, “Paisajes peruanos”, pero no lo conseguí allí. La cuestión es que llegué quince minutos antes de que abrieran la biblioteca, por lo que tenía que esperar a que se hicieran las 3 de la tarde. Para pasar el rato revisando el teléfono fui al Parque Magdalena, allí busqué la sombra de un frondoso árbol, ya que el cielo azul despejado dejaba que los inclementes rayos del Inti golpearan directamente mi espalda.

Eran las 2:50 p.m. y a esa hora algunas personas también descasaban en el parque: vendedores ambulantes, viandantes, parejas de enamorados, etc. Los choferes de taxis recostados en el césped conversaban amenamente, algunos jugaban a las cartas, otros simplemente se soportaban la cabeza con una mano mientras con la otra revisaban sus teléfonos o cabeceaban quedándose dormidos. Yo me ubiqué de espaldas al mercado y mirando hacia la iglesia de la Magdalena, que es la que da seudónimo al parque, ya que este originalmente está dedicado al ilustre “brujo de los Andes” el Mariscal Cáceres.

Mientras revisaba mi teléfono se me acercó por detrás un joven de apariencia reprobable, rápidamente noté que se trataba de un dipsómano o tal vez un toxicómano, o ambas cosas a la vez, es decir, un hombre entregado al alcohol y a las drogas, de esos que prácticamente viven en la calle, llevan su ropa sucia, van por ahí hambrientos, pidiendo algunas monedas, o peor aún, rebuscando en los tachos de basura algo para comer; malolientes, despistados e incómodos para la sociedad. Pero este hombre no venía a pedirme nada, solo quería conversar conmigo, tenía algo importante que decirme.

Al iniciar nuestro informal encuentro hubo algo que me causó curiosidad, y fue cómo este sujeto me identificó -según él y sin razón aparente- como “padre”. Lo primero que dijo fue: “padre, cómo está”. Le respondí el saludo y por mi mente solo pasó un natural pensamiento: “me va a pedir dinero”, pero no fue así. Me preguntó mi nombre, y al escucharlo me dijo que no le gustaba, que era un nombre muy “común”, que tenía cara de llamarme “Elías”. Bromeé con él aclarándole que yo estaba muy a gusto con llamarme Pedro.

Le pregunté su nombre, pero no me lo dijo, prefirió quedar en el anonimato. Prosiguió preguntándome que, si yo era feliz, a lo que respondí en afirmativo, pero él me interrumpió opinando contrariamente. - ¿Por qué dice eso? - le proferí, y su respuesta me dejó más perplejo aún, pues me dijo en voz baja: “porque no sabes decir que no”, y se extendió aconsejándome que había que aprender a decir que no… recordé a san Josemaría y su texto en Camino, numeral cinco, que reza oficialmente “Acostúmbrate a decir que no”.

Yo le devolví la pregunta acerca de si él se consideraba una persona feliz, y la respuesta fue rápida: lamentablemente no lo era. Pero fui un poco más allá y le increpé sobre su concepto de felicidad. - ¿Qué es la felicidad para usted? – le interrogué, y su diáfana opinión personal fue: “la felicidad es hacer felices a todos los demás, a los que merecen ser felices y a los que no también”.

¡Qué gran verdad la de este hombre! Somos realmente felices cuando hacemos felices a los demás… recordé aquel pasaje del Nuevo Testamento en el que le adjudican a Jesús la aseveración que dicta: “hay más alegría en dar que en recibir” (Hch 20, 35), es decir, la alegría auténtica parte del servicio desinteresado a los demás, buscando ser útiles y generosos, porque siempre habrá alguien que requiera de nosotros, de nuestra palabra o nuestro tiempo, como este hombre que se acercó para hablarme, pero, pienso que en realidad no creo que él necesitara de mí, sino más bien era yo el que necesitaba escuchar exactamente eso que él me dijo.

Fueron los diez minutos mejor aprovechados de mis tiempos de espera, que han sido muchos y muy largos. La esperanza es una virtud teologal, pero saber esperar es un don que hay que pedir a Dios con constancia y humildad: saber esperar. ¿Realmente no sé decir que no? ¿Realmente no soy feliz? ¿Por qué escribo estas cosas? Porque simplemente no puedo no hacerlo, porque realmente no sé decir que no… y eso, paradójicamente, me hace feliz.

Este mismo día conocí la Biblioteca de la Universidad Nacional San Cristóbal de Huamanga (UNSCH), que curiosamente comparte similar historia con la Universidad de Los Andes (ULA), de mi natal Mérida, pues ambas casas de estudios fueron fundadas por obispos como seminarios para la formación del clero local, y ambas casas han visto su camino exitoso separándose del ámbito estrictamente religioso para pasar a diversificarse y postularse prestigiosamente en la lista de las universidades de renombre de sus respectivos países. Al igual que Mérida, Ayacucho puede ser “una ciudad dentro de una universidad”. Por eso puedo decir que me siento como en casa.

P.A

García




lunes, 6 de febrero de 2023

Consejos sencillos para una joven madre

LA FE DE LOS HIJOS

Ya me es común que alguno de mis amigos comparta mi número de WhatsApp con personas desconocidas para mí para conversar con ellas acerca de la religión católica o la fe en Dios. Por lo general la conversa es corta, algunas veces por chat, otras son notas de voz y muy pocas son llamadas telefónicas que no puedo transcribir con fidelidad.

La de esta oportunidad es una madre joven que desea educar a su pequeño hijo en la fe, pero no lo tiene fácil, porque ella misma no está muy segura de seguir una religión en particular, aunque reconoce su pasado católico y su actual creencia anárquica en Dios.

Les comparto a continuación nuestra conversa. En redonda sus comentarios y en cursiva los míos.

Hola, buenas tardes, un amigo me lo ha recomendado para consultar algunas dudas que tienen que ver con la religión católica en particular.

Hola, qué tal, buenas tardes. Sí, ya me había comentado. En qué le puedo ayudar. Estoy a su disposición…

¿Cómo podría abordar el tema de la religión con mi hijo de 3 años? Me resulta un poco difícil porque mi crianza fue muy diversa, por así decirlo.

Bueno, tres años es una edad muy temprana para abordar el tema. Por lo general una familia podría influir en la religión de su hijo a esa edad si frecuenta prácticas piadosas, en el caso de la Iglesia católica el hecho de ir a misa o rezar en casa. Los niños van captando que eso que hacen los padres es algo normal, cotidiano y bueno. En esta etapa de la infancia lo que más queda en los pequeños es el ejemplo de las acciones que realizan los padres, si estos son practicantes le inculcarán poco a poco la fe, en este caso la fe católica.

Es que ese es el problema. Verá, sé que lo siguiente no es muy bien visto, pero mi madre es santera o como pueda llamarle... El niño directamente convive con ella, y yo pues... Soy muy extraña en mis creencias, entonces no es como que vaya a misa o siga algo religioso, pero creo que un niño necesita creer en algo sólido, no como yo. Entonces mirando cada religión, en la que se me educó, la católica, es la más conveniente y fácil de comprender, creo yo.

A lo que se dedica la abuela influenciará la religiosidad del niño, es algo inevitable y lamentable. El catolicismo es una fe maravillosa, bien entendida y bien vivida, hace felices a las personas.

Para mí no es lamentable, pero ese tipo de cosas lleva su tiempo. De niña yo fui monaguilla, tiempo más tarde viví con religiosas por una tía mía, y la creencia de mis padres nunca me influenció, pero al ser adulto he tomado la decisión de ser más diversa y conocer más creencias, ya que en el catolicismo hay muchos vacíos y las acciones de algunos sus seguidores van muy por el contrario de lo que fundamentan. Solo quiero que mi hijo tenga noción y fe en algo.

La creencia de sus padres no le influenció a usted, tal vez, porque fue monaguilla, y tuvo una experiencia personal de fe, con la cercanía a la iglesia y los sacramentos, esas cosas no se olvidan. Yo también fui monaguillo de niño y eso marcó mi vida positivamente...

La fe es un don que tiene sus dos dimensiones, la personal y la comunitaria. Ciertamente cuando el entorno no es favorable y la formación es débil nos podemos ir por otros caminos que, no siendo malos, se alejan de la verdad de la que es depositaria la fe católica.

Que usted quiera educar en la fe a su hijo es algo muy admirable. Conozco madres que quieren que sus hijos decidan su fe personalmente cuando sean adultos, pero es un error, porque si de pequeños no tuvieron ni la más mínima experiencia o noción de lo religioso, difícilmente de adultos podrán inclinarse a una fe como la católica o cristiana. Sin ocultar que el poder de Dios es innegable y en cierta manera estamos sujetos a su voluntad omnipotente y creadora.

De hecho, todas las religiones nos llevan al mismo punto que es Dios. Creo en él, pero no en prácticas generales de ciertas religiones; pero mi forma de expresión muchas veces no es apta para mi hijo, ya que soy muy cruda con todos los temas, por eso recurrí a preguntar cómo debería tratar este tema, porque si puede ser natural es muy complejo y grande. En realidad, no quiero que mi hijo solo repita la misma oración una y otra vez, quiero que él comprenda por lo que está orando.

Bueno, es una gran aseveración eso de que "todas las religiones nos llevan al mismo punto", pero no es del todo cierta. Comprenderá usted que hay pseudoreligiones cuyo fin no es Dios, sino otras "deidades". Aquí lo que nos atañe es que usted y yo creemos en el Dios de la Biblia. Creer en Dios y no en ninguna religión es una cierta contradicción de alguien que realmente busca a Dios en su plenitud y en esta búsqueda se encuentra con las prácticas religiosas más como un obstáculo que como una ayuda, puede pasar, aunque se espera que sea todo lo contrario.

Como buena madre, usted está pensado en el futuro de su hijo y por eso quiere que crezca con una mente sana y un espíritu fortalecido por la fe, y eso es un gran paso.

La cuestión es que, volvemos al principio, un infante de tres años no está todavía como para memorizar el padrenuestro o cualquier otra oración, ya le llegará su tiempo oportuno. En lo sucesivo, lo mejor que puede hacer usted es empezar a hablarle del cielo, de Dios como Padre y Creador, tal vez hacer pequeñas oraciones, tal cual imagen devocional como un crucifijo o la imagen de la santísima virgen María, o cualquier santo de devoción; estas prácticas van despertando el interés de los niños por conocer más y de seguro hará preguntas que apunten al deseo de saber quién es Dios y cuestiones alusivas a la fe.

Comprendo, gracias por tomar mis dudas.

Siempre a su orden. Si desea apunta por ahí mi número y cuando guste puede escribirme. Mucho ánimo y bendiciones para su pequeño. Que Dios les bendiga y los haga felices.

P.A

García