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jueves, 1 de agosto de 2024

Falleció el padre Argenis Zambrano

SACERDOTE PARA SIEMPRE

         El 1 de agosto de 2024, a los 58 años de edad, entregó su alma sacerdotal al Dios Creador el querido padre Argenis Evangelista Zambrano Albarrán, después de una paciente y sufrida enfermedad y a varios años de haber dejado el encargo de la parroquia San Vicente Ferrer de La Playa, donde tuve la oportunidad de compartir muy de cerca con él.

         Con motivo de su cumpleaños 55, en diciembre de 2020, le dediqué unas palabras que no pretendo ahora repetir, pero dada la noticia de su fallecimiento es preciso ahondar un poco más en lo que pude conocer de este sacerdote merideño, que había nacido en la población de La Azulita el 27 de diciembre de 1965, del matrimonio de Ulises e Isolina.

         Recuerdo cuando el padre Ramón Olivo Gómez Huiza estaba dejando la parroquia San Vicente Ferrer luego de un brevísimo curato; por razones obvias estuve presente en todo el proceso de recibimiento del nuevo párroco, que sería el padre Argenis Zambrano; él venía de ser cura de La Mesa de los Indios de Ejido, parroquia “Santiago Apóstol”. Algunas veces lo había saludado de pasada en las multitudinarias reuniones del clero merideño que se realizan en el Seminario San Buenaventura. Hasta su llegada a La Playa yo no había tenido un trato cercano con él, pero me di con la sorpresa de que el padre Argenis decía conocerme, pues había leído alguno de mis artículos publicados en el Blog y en la revista del seminario.

         La primera vez que nos saludamos en la Casa Cural de La Playa, conversamos brevemente y lo que me dijo fue eso, que me conocía porque me había leído, además de seguir mis cuentas en las redes sociales (entonces muy activas); y me dedicó unas cuantas palabras elogiosas, pero, sobre todo, sembró en mí el ánimo de seguir adelante. Yo solo le recordé que en oportunidades nos habíamos saludado en el seminario.

         El padre Argenis llegó a La Playa con una gran mudanza. Cajas y cajas, de libros, de cosas, pero lo más importante para él era el cuidado de sus acompañantes, buenas amistades conseguidas en su paso por las parroquias, y sus queridas mascotas, que superaban la docena de caninos, todos con nombre propio y trato especial con cada uno de ellos. Al principio esto nos sorprendió muchísimo, porque no estábamos acostumbrados a ver animales en la casa cural y mucho menos en el templo; pero el padre Argenis nos enseñó a querer a estas criaturitas, que también son creación de Dios. Aunque en honor a la verdad, las mascotas estaban siempre en la casa, y rara vez en el templo.

         El Dr. Luis Alfonso Rodríguez fue su hijo predilecto y fiel, en el espíritu y en el aspecto humano de un hombre que era realmente un padre, tierno y responsable. Recuerdo la gran angustia del padre Argenis cuando no pudo asistir a la defensa de tesis doctoral de Luis Alfonso, a la que yo si pude ir. Mientras Luis Alfonso exponía su titánico trabajo, le tomé algunas fotos que compartí por teléfono con el padre Argenis, y él, desde La Playa, deseó haber acompañado a su hijo adoptivo, pero por alguna razón no fue posible. Se admiraban mutuamente, padre e hijo se reconocían el uno al otro como lo más importante. Ahora pienso en lo duro que habrá sido para el Dr. Luis Alfonso el haber visto morir al padre Argenis tan joven, tan sufrido por su enfermedad. De seguro él también sufrió con paciencia la agonía de su mentor.

         En las conversaciones privadas, era habitual verlo acariciar a uno de sus perros, que se acomodaba en sus piernas, obediente y confiado en su cariño. Nunca llegué a aprender el nombre de ninguno de sus perritos, pero no era necesario; ellos tenían un excelente dueño, y eso les bastaba. En las charlas más íntimas, siempre había lugar para buenos chistes, porque el padre Argenis, sin duda, poseía un gran sentido del humor. También aprovechaba para compartir recuerdos y experiencias de sus parroquias anteriores y hasta de su misma formación en el seminario. Aunque merideño de nacimiento y luego bien incardinado en la Arquidiócesis de Mérida, él siempre se supo venido de otro lugar, pues el Seminario Mayor San Judas Tadeo de San Felipe fue su etapa forjadora, moldeadora y configuradora, la base y guía de su ministerio sacerdotal.

         Del padre Argenis todos conocimos su amor abnegado por Venezuela, y de ahí su afincada animadversión con el actual narco-régimen dictatorial chavista que gobierna el país, pesadilla de nunca acabar. Nunca lo ocultó y no tenía por qué hacerlo, él tenía sus razones, pues era enemigo del comunismo y del socialismo empobrecedor de los pueblos. Como todo hombre bien formado en ideas, sabía que nada bueno se puede sacar de la ideología marxista-leninista, porque la historia así lo ha demostrado, y lo que está claro a la vista no necesita de anteojos. Tal fue su reconocido compromiso con la libertad y la democracia que, el movimiento político Vente Venezuela, liderado por María Corina Machado, en su seccional de Mérida, se expresó con nota de duelo en sus redes, lamentando el fallecimiento del padre Argenis. Estamos seguros de que el padre bajó al sepulcro con la certeza del triunfo de la oposición venezolana en las elecciones del 28 de julio, cuatro días antes de su muerte. Esta esperanza por la libertad de su pueblo lo acompañó hasta entregar su alma al cielo.

         Gran predicador, eximio evangelizador, eso fue el padre Argenis, a cuyo segundo nombre hizo honor merecido, pues realmente se le puede llamar Evangelista, porque hizo del evangelio su ideal de vida y su camino a seguir. Los que tuvimos la dicha de escucharlo a diario en la santa misa podemos dar testimonio de su sana doctrina, de su profundo conocimiento de las Sagradas Escrituras, y, sobre todo, de su tacto pastoral para acercar este mensaje de Dios al pueblo fiel, con palabras elocuentes y sencillas a la vez. Si las homilías diarias eran un verdadero deleite, aún más las dominicales. El padre Argenis transmitía un mensaje al hablar, no eran palabras sueltas ni vanas, sino cada una pronunciada de manera correcta y en el hilo conductor de su expresión. Fue un experto comunicador.

         Como buen padre, sacerdote, fue también buen maestro, pues a mí mismo me dio la oportunidad de compartir la reflexión de la palabra en sus eucaristías, poniendo un gran voto de confianza en mí, al disponer su rebaño a la escucha de mis pobres palabras juveniles. Al final de la misa él mismo me daba una brevísima opinión valorativa del discurso pronunciado, siempre animando a seguir adelante, y en ocasiones, antes de iniciar la misa, me decía que quería escucharme predicar, y me indicaba dos o tres puntos en los que él quería que yo centrase la predicación. Me lanzaba al ruedo, pero no me dejaba solo.

         Una cuestión que nunca se me olvidará fue el consejo sabio y prudente que el padre Argenis me dio aquella vez que le comenté que los frutos de mi investigación histórica sobre el patrono del pueblo los sometería en coautoría con el cronista del municipio para la publicación de un libro. Desde el primer momento y como iluminado del cielo él me animó a desistir de aquella idea, pues me aseguraba que yo no vería justicia en la publicación, pues según él iban a apropiarse de mi esfuerzo, a robar mi trabajo, cosa que efectivamente ocurrió cuando agregaron al grupo de dos coautores a un tercer personaje venido más allá de no sé dónde, y tampoco se sabe cuándo, pero que sí parecía un espanto. Cuánta razón tuvo, pero yo no le hice caso.

         Antes de la publicación del libro, él me acompañó en una pequeña ponencia en el templo de La Playa, sobre la devoción a san Vicente Ferrer en el pueblo y un poco de su historia, al menos la que hasta el momento se conocía y datos novedosos presentados por mí. Y no solo me acompañó en la Iglesia, sino que por iniciativa suya fuimos los dos a los estudios de Radio Occidente en la ciudad de Tovar, para hablar sobre el tema e invitar a los oyentes a participar del evento, que fue todo un éxito al menos en la concurrencia de la feligresía.

         La noticia de su fallecimiento la recibí con inmenso dolor y asombro, pues desde hacía bastante había perdido el contacto con él. El jueves (sacerdotal) primero de agosto, en la memoria de san Alfonso María de Ligorio, en horas de la madrugada, y luego de un mes internado, falleció el padre Argenis Zambrano en el Instituto Autónomo Hospital Universitario de Los Andes, de la ciudad de Mérida. Había sufrido muchísimo, su enfermedad le obligó a entrar a quirófano en numerosas oportunidades, y a solicitar de la buena generosidad de los cristianos el apoyo necesario para costear sus tratamientos tan elevados en los precios y tan difíciles de conseguir en un país en ruinas como Venezuela.

         El padre Argenis, como mencionamos anteriormente, nació en La Azulita y fue bautizado allí por el Patriarca del Sur del Lago, el padre Deogracias Corredor. Realizó sus estudios de seminario en la Diócesis de San Felipe en lugar de en Mérida, ya que, como él mismo me contó en una ocasión, había expresado su vocación al padre Corredor, quien a su vez lo presentó al entonces arzobispo de Mérida, Mons. Miguel Antonio Salas C.J.M. (actualmente en proceso de beatificación), pero el prelado no apostó por el joven azulitense, es decir, no le cayó en gracia (omito aquí la posible razón deducida por el entonces vocacionado); por lo que el padre Deogracias lo refirió al estado Yaracuy, donde  fue bien recibido, estudió y se ordenó de diácono el 7 de junio de 1992, recibiendo la ordenación presbiteral el 28 de noviembre del mismo año, de manos de Mons. Nelson Martínez. Como hemos visto, también los santos se equivocan.

En esa diócesis fue párroco en la parroquia Divina Pastora de Saloa y formador del seminario desde 1993 hasta 1997, año en el que regresó a su natal arquidiócesis de Mérida, para estar cercano a su familia y por razones de salud. En Mérida fue a la población de Guaraque, “Parroquia Santa Bárbara” desde 1997 hasta 1999, luego a Zea “Parroquia Nuestra Señora de las Mercedes” de 1999 a 2002, luego se fue a Mucurubá, en el páramo, “Parroquia Inmaculada Concepción”, de 2002 a 2007 de ahí a La Mesa de los Indios, parroquia “Santiago Apóstol de la Mesa” en Ejido de 2007 a 2017 y de allí lo recibimos en su último encargo pastoral, la parroquia “San Vicente Ferrer” de La Playa, de 2017 a 2021.

He escrito sobre el padre Argenis Zambrano, lo que conocí de él, la experiencia que tuve a su lado. Pero esto no acaba sin dar a conocer lo que él pensaba de mí. A continuación, dejo solo dos párrafos de un informe escrito por el padre Argenis el 31 de julio de 2019, sobre mí, al culminar la etapa de formación en Mérida.

“A Pedro, que acaba de culminar su segundo año de Teología, le conozco desde el inicio de su formación. Procede de una familia honrada, honesta, católicos practicantes, muy cercanos y colaboradores de la parroquia. Según el testimonio de los vecinos, desde su infancia siempre ha manifestado el deseo de ser sacerdote. Humanamente, se trata de un joven alegre, comunicativo, humilde, sincero y sociable. En el ámbito moral ha mantenido una conducta intachable desde su infancia. En cuanto a su vida espiritual, siempre se le ha observado como un joven piadoso, mariano, amante del Santo Rosario y de la Liturgia de las Horas (…); adorador del Santísimo Sacramento y eucaristía diaria. Intelectualmente, se puede afirmar que se trata de un joven amante del estudio y de la investigación. Sus recientes investigaciones acerca del culto y devoción de San Vicente Ferrer en La Playa, constituyen un valioso aporte para la historia profana y eclesiástica de esta parroquia, y vienen a dar fe a esta aseveración.

En cuanto al acompañamiento y seguimiento en estos años de formación, podemos decir que se ha caracterizado por la responsabilidad y cumplimiento de las tareas asignadas en el ámbito pastoral, desde las misiones que le han sido fijadas aun en los pueblos y aldeas más lejanas, pasando por sus responsabilidades de la pastoral vocacional del seminario. En sus tiempos libres, especialmente las vacaciones, las aprovecha para realizar convivencias y experiencias espirituales y pastorales, trabajar en la parroquia y así tener la oportunidad de aprender más acerca de la vida parroquial.”

Cuánto bien me hicieron estas palabras en su momento y ahora. Fue el apoyo que necesité en aquel año 2019. Saber que el párroco estaba conmigo, a pesar de las circunstancias, fue un verdadero consuelo, y ahora los es mayor, pues el cielo acorta las distancias y sé, que Dios lo recibe en el Reino de su Gloria, y desde allí el padre está más cercano a todos los que un día le conocimos y le veneramos como padre y pastor que fue de la grey de Dios.

Su cuerpo fue sepultado el viernes 2 de agosto en el Panteón Sacerdotal Arquidiocesano, al lado del Santuario Nuestra Señora de El Espejo, en la ciudad de Santiago de los Caballeros de Mérida, Venezuela, el viernes 2 de agosto de 2024.

Padre Argenis, que el Señor te tenga en su Gloria. Amén.

P.A

García

miércoles, 19 de julio de 2023

Los cuatro niños que el cerro sepultó

OTRA LEYENDA PARA LA PLAYA


En la precariedad de la primera década del siglo XVII, cuando apenas se confiaba, por voz popular, en que más allá del horizonte existían grandes pueblos y ciudades de blancos, un grupo de niños conformado por tres españoles y un indio gandul salió, luego de almorzar, a pasear contento por los campos cercanos a su casa, junto a los predios donde tranquilamente pastaba el ganado de más de quinientas cabezas. No se irían muy lejos, pues eran de corta edad: apenas contaban entre diez y doce años.


La cocinera de la casona, después de dar de comer a todos por igual, despidió a la comitiva de cuatro ingenuos infantes, quienes se marchaban solo por un par de horas, dispuestos a conocer lo que, a regañadientes, el indio les mostraría para divertirse un rato y regresar antes de que el sol se ocultara. No tenían permitido jugar hasta el anochecer, pues los peligros nocturnos y lo imprevisible del tiempo obligaban a resguardarse temprano.


Por el camino, el indio, en su desazón, les fue contando a los otros tres lo que para él era la más fabulosa historia que le había narrado su abuela: la de una princesa de su tribu que, cincuenta años atrás, antes de casarse con su prometido, lo había visto morir tras ser herido en una desigual batalla librada en los tupidos bosques de lo que sería el pueblo de La Veracruz, cuando llegaron los hombres blancos y barbados, vestidos de metal y montados sobre enormes bestias. El indio les narró con detalles cómo la princesa, llamada Carú, llevó desesperada en brazos el cuerpo sin vida de su prometido, el valeroso Toquisay, hasta lo alto de una montaña para implorar a las divinidades que le devolvieran la vida. Al no obtener respuesta, estalló en un llanto tan sonoro y profundo que, de sus lágrimas, se formó un torrente de agua que caía sobre una piedra desnuda y que hasta sus días seguía fluyendo en recuerdo de aquel penoso hecho.


Uno de los tres niños españoles, el mayor de todos, dudoso de lo que el indio les contaba, preguntó interesado por el lugar exacto del acontecimiento. A esto, el ingenioso indígena respondió que, en el próximo viaje al Valle del Espíritu Santo, cuando los llevaran a ellos a recibir la confirmación y a él para ser bautizado, les mostraría el lugar desde donde se podía observar la cascada de la princesa Carú, quien murió por amor, a espaldas de donde se había fundado el pueblo de los indios Bailadores, no muy lejos del sitio donde se encontraban.


Los niños quedaron esperanzados, pues para viajar a La Grita faltaba poco tiempo. Según las fechas mencionadas por sus padres durante la conversación del almuerzo, ese mismo día estaba por llegar un sacerdote agustino que regresaba de Mérida rumbo a Nueva Pamplona, y que les daría las indicaciones necesarias para que toda la familia se preparara para recibir los sacramentos pendientes. Sin embargo, lo que los niños no sabían era que aquel sacerdote ya había pasado por la casa y, al no encontrarlos, dejó el recado a sus padres de que subieran el próximo domingo a una casa del casi extinto pueblo de los Bailadores para recibir allí la catequesis junto a los demás catecúmenos de la zona. Aquellos tres niños nunca lograrían ser confirmados y el indiecillo moriría sin la inmersión en las aguas que le otorgarían el título de cristiano.


Habían pasado ya un buen rato jugando, imaginando que las vacas y los toros eran fieles servidores de un reino imaginario conformado por tres reyes españoles y un solo esclavo indígena. Pero sus destinos estaban por cambiar drásticamente. Las bestias bramaron y cayeron de rodillas cuando, a las tres de la tarde, la tierra comenzó a agitarse de manera tan estrepitosa que los niños no podían mantenerse en pie, pues sus piernas cedían ante la inestabilidad del suelo. Desorientados, los cuatro empezaron a llorar y a lanzar alaridos de auxilio, e intentaron correr en dirección a la casona, pero no lo lograron. Impotentes, observaron cómo una montaña entera se desplomaba sobre ellos como una pluma, sin darles oportunidad de alejarse del peligro. Sus vidas se oscurecieron a plena luz del día.


Inútilmente se acurrucaron juntos, se cubrieron la cabeza y, en posición fetal, mientras oraban al ángel de la guarda, fueron enterrados vivos por la enorme masa de tierra que cayó sobre ellos, sepultándolos para la eternidad en el sitio donde, en días posteriores, se formaría una inmensa laguna. El cerro desplomado había cortado la circulación natural del río que descendía de los páramos altos del Valle de los Bailadores, casi en contrapunto con el punto donde comienza el Valle del Espíritu Santo de La Grita, donde también se sintió el terremoto y hubo víctimas fatales.


Pasada la calamidad, y aún temblorosos por el acontecimiento, los angustiados padres de aquellas víctimas inocentes iniciaron la desesperada búsqueda. Primero corrieron al río de las Zarzas, pero no los hallaron allí; todo esfuerzo fue en vano. Uno de los adultos que había estado presente en el almuerzo recordó que los niños habían convencido al indio de llevarlos a conocer nuevas tierras, emulando en parte las faenas de sus padres y abuelos, quienes habían llegado de España para descubrir y evangelizar, para Dios, las tierras fértiles y habitadas por naturales que encontraran a su paso.


Los pocos sobrevivientes de aquel desastre natural comenzaron a preguntarse por qué había sucedido tal mortandad y desorden en la naturaleza. Se supo luego que el sacerdote visitante había profetizado el mal que azotaría al valle, pues en su paso por allí había sido blasfemado el sagrado nombre de Dios, al jactarse alguno de sus riquezas sin reconocer al verdadero sustento de su vida: el Señor Dios, Creador de todo cuanto existe. Para aquel sacerdote, no era posible que semejante soberbia y orgullo —solo comparables con los del mismísimo Satanás— quedaran impunes ante la justicia celestial.


Esta es la desafortunada historia de cuatro indefensos niños que fueron tragados por la tierra el día de san Blas, el 3 de febrero de 1610, medio siglo después de que el capitán Juan Rodríguez Suárez descubriera, conquistara y fundara la ciudad de Santiago de los Caballeros de Mérida, en 1558. En el Valle de los Bailadores —por donde primero tuvo que pasar dicho capitán antes de observar maravillado la Sierra Nevada— habitaban entonces laboriosos españoles e indígenas de tribus que inicialmente presentaron resistencia y luego se constituyeron en súbditos de la Corona. Estas familias, asentadas en el hermoso valle, de seguro habían sabido o participado en la fundación, en 1601, del pueblo de la Cruz de los Bailadores, y ya para 1610 estarían debidamente establecidas, con tierras distribuidas, casas bien levantadas y en avanzado proceso de integración con los lugareños.


Dos meses después del terremoto, los pocos que quedaron con vida en el valle donde se desplomó el cerro vieron que el agua les llegaba al cuello, pues no encontraba salida la gran cantidad que ingresaba por el río y las quebradas que lo alimentaban. Conscientes de que no podían vivir entre casas derrumbadas y amenazadas por el nivel creciente del agua, decidieron huir con sus pertenencias hacia un lugar más elevado. Eligieron una sencilla meseta a mano derecha, donde se establecieron a salvo. Era el día 5 de abril y, en honor al santo del día, pidieron a san Vicente Ferrer, patrono del convento dominico fundado en Mérida en 1568, su intercesión para prosperar allí y verse librados de futuros fenómenos naturales.


Con el paso de los años, las familias se consolidaron y crecieron. Por fe y devoción al santo predicador, los pobladores recibieron una hermosa tablita con la imagen del valenciano pintada al óleo, para la cual edificaron un sencillo templo en terrenos de la reconocida familia Escalante, seguros descendientes del encomendero Francisco de Escalante, testigo de los sucesos de 1610. Llegado el año de 1829, los hijos herederos decidieron entregar dichos terrenos en posesión al obispo de Mérida, completando así el agradecimiento por lo que, en favor de ellos, había obrado la fe en san Vicente Ferrer.


Es así como hoy La Playa, y específicamente el sector El Volcán, se levanta sobre los cuerpos de estas cuatro pueriles víctimas que un día salieron de casa a divertirse y encontraron la muerte de manera inesperada. Su recuerdo quedó grabado en la memoria de sus familiares y en los relatos que, dos años después del suceso, recogió el fraile franciscano español Pedro Simón, quien conoció la zona y escuchó los testimonios de lo ocurrido en 1612, cuando aún vibraba el dolor de quienes lloraban la desaparición de sus niños.


Cuatro inocentes víctimas prestan su inmensa sepultura a un pueblo pujante y laborioso que hoy desconoce su historia, convertida en leyenda.

P.A

García

lunes, 26 de junio de 2023

Canción: “Nuestro pueblo de La Playa”

LA PLAYA

         Con la emoción de aproximarse la fecha de presentación y bautizo de mi libro escrito en coautoría con el cronista de Rivas Dávila, mi mamá me animó a que juntos escribiéramos una canción dedicada al pueblo que nos vio crecer, aunque yo le di largas al asunto, ella insistió y, la noche del domingo 4 de junio, después de cenar, nos dispusimos a escribir la letra y seguidamente a buscarle la melodía adecuada, y este fue el resultado:

 

Canción: “Nuestro Pueblo de La Playa”

Letra y música: Pedro Andrés García Barillas y Clara Tahis Barillas Castillo.

Intérprete: Héctor Luis Castillo Mora

 

Coro

Nuestro pueblo de La Playa

entre Tovar y Bailadores

tierra de trabajo y descanso

digna de sus pobladores.

 

I Estrofa

De aquel acontecimiento

la tierra se estremecía

y entre las montañas

La Playa se formaría.

San Vicente mi patrono

con presencia inmemorable

la fe de gente devota

a este santo venerable.

 

Coro

Nuestro pueblo de La Playa

entre Tovar y Bailadores

tierra de trabajo y descanso

digna de sus pobladores.

 

 II Estrofa

Caña, guarapo y panela

sustento de los abuelos

mucha constancia y esfuerzo

para cumplir sus anhelos.

El mejor de los playenses

Gerónimo Maldonado

escritor de gran talento

es por todos recordado

 

Coro

Nuestro pueblo de La Playa

entre Tovar y Bailadores

tierra de trabajo y descanso

digna de sus pobladores.

 

III Estrofa

Las tierras de mi terruño

bañadas por el Zarzales

valle del Mocotíes

quebradas y manantiales.

En diciembre aguinaldos

chipola en Semana Santa

carnavales y disfraces

paradura aquí se canta.

 

Coro

Nuestro pueblo de La Playa

entre Tovar y Bailadores

tierra de trabajo y descanso

digna de sus pobladores.

 

P.A

García


miércoles, 1 de febrero de 2023

La fachada del templo de La Playa: una sencilla descripción artístico-arquitectónica.

“MI CASA ES CASA DE ORACIÓN”



         En el presente artículo pretendo describir con la ayuda del lenguaje artístico y arquitectónico lo que distinguimos a simple vista en la fachada del templo parroquial de San Vicente Ferrer de La Playa, una modesta estructura religiosa que por más de cien años ha acogido a todo un pueblo, convirtiéndose, sin duda alguna, en el símbolo visible de la idiosincrasia y religiosidad playense.

         Sobre el autor-arquitecto-constructor de esta fachada y año de realización, la revista de Alejandro Castillo (1999) indica que “fue acomodada y estructurada, tal como está en la actualidad hacia 1930 por el maestro Encarnación Roa.” Por los momentos nos vamos a quedar con estos datos, al no haber otra fuente que consultar.

         Ahora veamos algunos de los detalles más resaltantes:

1.     La puerta principal: el templo de La Paya tiene una sola puerta principal, es de madera, de dos alas que se abren hacia adentro. Tiene motivos decorativos tallados. Se asegura por dentro y están divididas cada una en diez partes. Actualmente hay otra puerta de acceso al templo, pero no está en la fachada, sino en la parte lateral colindando con la casa cural, siendo el acceso principal el estacionamiento de esta, intervención por años esperada y lograda en el 2022 por el Pbro. Luis Enrique Rodríguez, párroco de La Playa, para evitar el incómodo paso por la capilla del Santísimo Sacramento.

2.     El epígrafe: ya he dedicado un artículo completo a este tema. “Mi casa es casa de oración” es una cita bíblica del evangelio de Lucas 19, 46.

3.     Las ventanas: la fachada tiene dos ventanas. De madera de dos alas como la puerta, y protegidas por una hermosa obra de hierro forjado. Las primeras ventanas de la iglesia eran totalmente cerradas, con cristales transparentes para permitir el paso de la luz solar. También tuvo dos pequeñas ventanas en la segunda planta de la torre, eran de tamaño menor que las actuales, y fueron tapadas, tal vez, para evitar hurtos o la entrada de hojas secas de los árboles de la Plaza Bolívar.

4.     Las pilastras: la fachada del templo de La Playa no tiene columnas propiamente, sino pilastras, y es que las pilastras son un recurso decorativo y estético de la arquitectura que se encuentran unidas al muro o pared. En la fachada vemos siete pilastras, cuatro alternadas entre las dos ventanas y la puerta, y tres debajo de la única torre del templo. Las pilastras de la fachada son de orden jónico.

5.     El orden jónico: las características generales de este orden arquitectónico son el fuste con acanaladuras profundas y aristas aplanadas y el capitel de volutas, o curvas en espiral. Las siete pilastras del templo de La Playa tienen cada una cuatro acanaladuras, y con un par de volutas cada una. Las bases de las pilastras no llegan hasta el piso, sino que se soportan en rectangulares cimientos.

6.    El frontón: está sobre el arquitrabe que soportan las siete pilastras, y compartiendo espacio con la torre del templo. El frontón es ese característico triángulo que determina el techo de la estructura con caída a dos aguas. En el templo de La Playa el frontón está coronado con una pequeña cruz de Malta y en el centro da cabida a un gran nicho con la imagen del patrono San Vicente Ferrer, a cuyo lado derecho se dibuja en alto relieve una trompeta y al izquierdo de igual manera una Biblia. Sobre la iconografía de san Vicente ya hemos tratado en otro artículo.

7.    La torre: compuesta por cuatro niveles, la torre supera la altura de toda la estructura de la fachada del templo. Los dos primeros niveles se encuentran abrazados por las tres pilastras de la fachada, y los otros restantes se alzan sobre el arquitrabe, con cuatro grandes ventanas cada uno, sumando en total ocho ventanas, sin enrejado ni cristales, con tres campanas en el último nivel y hasta donde se puede llegar a través de escaleras internas. La torre está coronada por una cúpula piramidal con una cruz de metal en la parte superior y cuatro pequeñas torrecillas en cada extremo. Las pilastras de la torre son de orden dórico.

8.    El orden dórico: esta arquitectura es más sobria y maciza, la pilastra no tiene base, el fuste tiene acanaladuras poco profundas y el capitel es sencillamente geométrico, formado por ábaco y equino, que son los dos bordes de la parte superior. La torre del templo de La Playa no cuenta con todas las pilastras que deberían adornar las cuatro caras de los niveles tres y cuatro, es así como observando desde la parte trasera del templo, se nota la falta de acabados artísticos y se aprecia solo una pared limpia.

P.A

García

martes, 31 de enero de 2023

La Playa en 1978, un comentario de Homero Arellano comentado por mí en 2023.

“LA PLAYA, MUNICIPIO GERÓNIMO MALDONADO”

Templo parroquial de San Vicente Ferrer

         Firmado en Caracas en enero de 1978, el playense Homero Arellano escribe un breve comentario sobre La Playa a propósito de su elevación a la efímera categoría de municipio. Inicia su escrito describiendo la población, para finalizar sin ilación alguna en datos biográficos del epónimo de la naciente municipalidad.

         Sobre La Playa, Homero Arellano escribe lo siguiente:

         “La Playa, escribe José Ramón Rangel, es uno de los lugares más pintorescos de los Andes venezolanos, con amplios panoramas de cumbres que descienden de los páramos de La Negra, El Portachuelo y Mariño, con un altiplano cultivado de cañamelar, cafetos y hortalizas, regado por el rumoroso río Zarzales, que en tierras tovareñas toma el nombre de Mocotíes, o mejor Mucutíes, por tener una voz indígena.” En esta primera sección sitúa geográficamente al pueblo, además de indicar la posible correcta grafía del nombre del río Mocotíes, con lo que curiosamente concuerdo en mi escrito sobre el posible significado de esta voz indígena.

         Continúa Arellano: “Vista desde la Mesa de Adrián o desde el filo del Morretón, La Playa parece un pequeño mar de verdura en que las tonalidades del verde se dan todas. Los sauces parecen flotar su tristeza y su parsimonia durante el día y en la noche semejan centinelas solemnes de aquel paisaje vegetal. Verdes amenazados hoy por el reseco deterioro de los montes circunvecinos durante años consecutivos castigados por los incendios forestales.” Y es que Homero Arellano no ha sido el primero ni el único en preocuparse por las constantes quemas de las montañas que rodean a La Playa, si esto lo escribía en 1978, significa que es cuento de nunca acabar, pues todos conocemos cómo periódicamente se incendian los cerros para la destrucción de la flora y fauna y para el deslumbrante espectáculo observable por la noche desde el pueblo; aunque en los últimos años ha habido gran conciencia ambientalista, la misma que se ha visto reflejada en la minuciosa reforestación de las montañas y en el combate directo contra los incendios por comitivas de playenses comprometidos con el medio ambiente y a los que no les importa tanto arriesgar sus vidas para enfrentarse a llamaradas de fuego que sobrepasan los dos o tres metros de altura.

Arellano parece tener claro que La Playa en la que él nació y creció no era la misma que para el momento en el que escribía su comentario, y lo más notable del cambio era el descenso del nivel del agua, por lo cual apunta: “Las aguas otrora abundantes y sonoras, comienzan a escasear. El río de las remotas leyendas mucutíes está resentido y disminuido; ya los alisos no habitan en sus orillas como antaño. Rescatar su verdor y salvar el viejo río es un deber del hoy municipio Gerónimo Maldonado.”

Luego Arellano nos brinda una información bastante olvidada, o al menos poco conocida por las generaciones actuales, y es referente al licor playero: “Del alambique de los años veinte que dio el aguardiente más famoso de aquellos años en los Andes, el aguardiente playero o ahinojado de grato recuerdo para los sobrevivientes de la pasada generación”.

Finalmente, hace mención particular de una supuesta variedad de papa playera, de la cual desconozco su veracidad o vigencia en la actualidad: “De su agricultura es famosa y muy conocida en la región occidental venezolana la alta calidad de la papa playera variedad especial de la zona merideña de fines del siglo diecinueve y primera década de veinte.” El comentario, como ya dije al principio, culmina con datos biográficos del doctor Gerónimo Maldonado, pero como no aporta mayor novedad prefiero dejarlo hasta ahí.

Es así como La Playa ha sido amada y recordada también por sus hijos que una vez tuvieron que dejarla atrás para perseguir sus sueños, estudios, o trabajos anhelados, como en el caso de Homero Arellano, que ejerció el periodismo en la capital de la República, y como él tantos otros profesionales que han hecho sus vidas fuera del pueblo, pero que recuerdan cada detalle con orgullo y melancolía, pues siempre se cree que fueron mejor los tiempos pasados y que los actuales ya no son tan buenos.

P.A

García

viernes, 30 de diciembre de 2022

Sobre la revista “La Playa, Parroquia Gerónimo Maldonado. Una Visión al futuro”

PROFESOR ALEJANDRO CASTILLO

         En el año 1999 se publicó una revista de tan solo cuarenta páginas sobre La Playa, llevaba en su portada la especificación “Año I N° I” lo que dio a entender que era la primera de muchas más, pero todos sabemos que fue única e insuperable, por lo completa y famosa que se tornó, a la cual muchos acudimos sedientos de saber y conocer más sobre nuestro pueblo.

         Esta revista, que se tituló “La Playa, Parroquia Gerónimo Maldonado. Una Visión al futuro” fue editada y financiada por la Alcaldía del Municipio Rivas Dávila, siendo alcalde el bachiller Julio Rosales. Ya en la contraportada de la revista apareció una felicitación al responsable de la misma, y a quien comúnmente se le adjudica la autoría, el profesor Alejandro Castillo, que, en palabras de José Vicencio Medina, para entonces presidente de la Comisión de Cultura, su encargo fue una “dedicación a la compilación y trabajo en la investigación de los hechos y acontecimientos, costumbres y desarrollo de este oasis andino como es la Parroquia Dr. Gerónimo Maldonado, comúnmente conocida como La Playa `Seca´…”.

         En la misma felicitación inicial, José Vicencio vaticina que este trabajo “sirve de orientación para las nuevas generaciones, como material de apoyo para los estudiosos de la historia que encontrarán elementos que servirán para nuevas ediciones.” Y es que realmente esta revista, al menos en mi caso, fue el génesis del profundo interés y consecuente estudio de la historia de La Playa, pues desde que fue publicada un ejemplar de ella se resguardó en la biblioteca del hogar, ejemplar que era consultado con bastante periodicidad, hasta el punto de desgastar su material.

         El anhelo de dar continuidad a esta revista se reafirma en el comentario editorial, el cual expresa que “esta primera edición de La Playa, siendo una compilación, tratando de ofrecer una información muy general, al cual ahondaremos muy detalladamente en nuestra próxima edición.” ¿Qué pasaría con esta buena voluntad? ¿Sería que, cambiado el alcalde de turno, no se consiguió más apoyo económico tan indispensable para empresas de este tipo? Finalmente, el agradecimiento editorial es para la Alcaldía de Bailadores, a la Comisión de Educación y Cultura y al ingeniero Ramiro Márquez H.

         El cuadro editorial es bastante completo, allí se apunta el verdadero título de la revista, a saber: “La Playa. Una Visión al Futuro”, luego menciona al director de la misma: el profesor Alejandro Castillo Castillo, y a su redactor: Honorio Méndez, seguido de la lista de los distinguidos colaboradores, estos fueron: el geógrafo José Herrera Ramírez, el profesor universitario Gregorio Escalante, Humberto Arellano, el periodista Homero Arellano, el periodista Mario Rosales, Javier Berbesí, Golfredo Velazco, Elis Omar Salas y Mario Niro Moreno. Sin duda alguna, todos ellos aportaron su parte para la redacción de esta publicación. El depósito legal fue 199002ME556, el diseño y diagramación estuvo a cargo de José Oscar Rojas Ariza, y la impresión se realizó en la ciudad de Mérida, en los talleres de Producciones Karol C.A.

         El contenido de la revista está bastante bien estructurado, amenizado con fotografías que, aunque a escalas de grises, ilustran y dan color a la información presentada, pasando por los orígenes, la ubicación y los personajes populares de la población de La Playa. El bien y los aportes en la realización de esta breve publicación ha sido de gran valor para todos los playenses, pues ha sido el eje de los consecuentes trabajos escritos que sobre La Playa se han publicado desde entonces.

         Concluyo este comentario dejándoles para su deleite literario un poema del playense José Juan Vargas, apuntado en la página 19 de este revista, y el cual lleva por membrete: “Los cantos de la brisa”.

 

Yo le canto a la brisa enredadora

cuando juega a los trigos y a la risa,

cuando mece los prados tan huidiza

que su imagen de niña me enamora.

 

La celebro en los sauces trepadora,

la miro arrodillada en la ceniza…

y encima de la flor se diafaniza

inocente, gentil, evocadora…

 

Y a veces, cuando menos lo presiento,

columbro su mejilla en los rosales,

donde roza y modula enternecida;

 

La mendigo de hinojos, sin aliento…

¡Con sus dedos desprende los panales

y su boca me besa las heridas!


P.A

García


miércoles, 30 de noviembre de 2022

Escuela “Flor de Maldonado” de La Playa

 EXCELENCIA EDUCATIVA

Como lo enseña su escudo, esta escuela fue fundada en el año 1976, bajo de presidencia de Carlos Andrés Pérez, y se escogió por nombre el de esta distinguida maestra de maestras, oriunda de la población de Santa Cruz de Mora, pero que ejerció la docencia en La Playa y en Tovar.

Doña Flor de Maldonado estuvo en La Playa un decenio, entre 1936 y 1946, donde dejó una huella imborrable, la misma que le mereció prestar su nombre para la recién construida escuela. Las personas que la conocieron cuentan que esta maestra desarrolló una docencia admirable, pues autodidacta consumada, se caracterizó como excelente pedagoga, aún sin haber pasado por una escuela normal. El ministerio de educación la jubiló el 16 de abril de 1962, con 33 años de servicio abnegado.

Diez años después de la fundación de la Escuela de La Playa, se dio a paso a la creación del Preescolar “Elio Castillos” (1986), con sede y dependencia propia ubicados en terrenos vecinos a la institución matriz, gracias a la gestión de docentes y padres de familia de La Playa, entre las que se distinguió Eva Castillo y el playense Elio Castillo, quien a su vez pasó a ser el epónimo del Jardín de Infancia.

El himno de la hoy Escuela Básica Bolivariana “Flor de Maldonado” fue creación en su letra de Rosa Lina de Pérez, y en su musicalización participó el profesor Juan Moreno. Las crónicas oficiales datan esta canción escolar el primero de enero de 1976.

 

Nuestra Escuela “Flor de Maldonado”

hacia el logro de un gran ideal

en la Playa se encuentra enclavada,

y en su meta la cumbre escolar.

Con las notas de un coro sublime

cantaremos un himno de amor,

si la lucha y la fe nos redime,

nos alienta cumplir la misión.

 

Con laureles que glorias reflejan,

nuestro canto ha de honrar tu labor.

Hoy los ecos sonoros se elevan,

si llevamos tu nombre en honor.

Tierra hermosa de frutos copiosos,

en tu Escuela siempre viviremos.

El modelo ejemplar ¡qué orgullosos!,

de maestros como ella imitemos.

Con laureles que glorias reflejan,

nuestro canto ha de honrar tu labor.

Hoy los ecos sonoros se elevan,

si llevamos tu nombre en honor.

 

P.A

García