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sábado, 23 de agosto de 2025

Mons. Alexander Rivera Vielma, obispo de San Carlos, Cojedes, Venezuela

UN PASTOR HUMILDE Y PRUDENTE

Ya son dos los rectores que he tenido en el seminario a quienes han ordenado obispos. El primero fue monseñor Juan de Dios Peña Rojas, nombrado obispo de El Vigía–San Carlos del Zulia en julio de 2015. Ahora se trata de monseñor Alexander Rivera Vielma, quinto obispo de San Carlos.

A monseñor Alexander lo tuve como rector entre los años 2015 y 2018. Bajo su guía recibí la admisión a las sagradas órdenes del diaconado y presbiterado el 15 de julio de 2018. Puedo dar fe de que es un hombre recto, disciplinado y profundamente obediente y humilde. Su humildad es tan evidente que, en un primer momento, me sorprendió su aceptación del episcopado. Sin embargo, comprendí pronto que, así como la humildad lo define, también lo caracteriza una obediencia firme y sincera. De ahí se entiende que haya aceptado ceñir su cabeza con el peso de la mitra, no por ambición, sino por fidelidad al querer de Dios y de la Iglesia.

En su última etapa como rector —pues ya lo había sido antes— se mostró como un formador sereno y comprensivo, muy distinto a lo que se comentaba de sus primeros años en el Seminario San Buenaventura de Mérida, en el que fue muy rígido. Tenía la costumbre, cada domingo después de completas en la capilla, de hacer un resumen de la semana. Aprovechaba para dar indicaciones, correcciones oportunas y observaciones que llevaba anotadas cuidadosamente en su agenda, muchas veces expresadas con buen humor. Todos esperábamos ese momento, para enterarnos de los últimos acontecimientos de nuestra casa de formación.

Recuerdo una ocasión en que yo mismo fui objeto de una de sus correcciones. Una noche, mientras me conectaba de manera furtiva al wifi en el sótano del seminario para publicar un artículo en mi blog, apareció de improviso el padre Alexander. Me sorprendió enormemente y, tras preguntarme qué hacía allí en la oscuridad, solo me dijo en tono de reprensión: “Ay, Pedrito, Pedrito…”. Sin más, se fue. Sin embargo, el domingo siguiente relató la anécdota frente a todos, con un toque de humor, y fui objeto de las bromas de mis compañeros, que asumí con gracia.

Otra vez, en una reunión comunitaria, se nos reclamaba por el uso de un salón para la dirección espiritual que algunos seminaristas teníamos con un sacerdote del Opus Dei. Aunque noté que no era del todo de su agrado, me animé a intervenir recordando que se nos había dado libertad para elegir nuestro director espiritual, ya que la lista propuesta por el arzobispo incluía sacerdotes de diversas congregaciones y carismas. Tras escuchar mis razones, el padre Alexander no hizo comentarios, y se comprometió a facilitar la llave del salón todos los martes por la tarde. Desde entonces, fielmente, cada martes acudía a pedirle la llave en su oficina, siempre pulcra y ordenada.

Era un hombre sencillo y cercano. A veces, yo le solicitaba permiso para salir a comprar pan, al regresar de la calle compartíamos con él una taza de café con pan, especialmente cuando era café de La Azulita, su pueblo natal, lo cual aceptada gustosísimo. Se notaba cuánto lo disfrutaba, y al poco rato devolvía la taza ya lavada. En una ocasión me pidió que le ayudara a recargar el saldo de su teléfono; desde entonces tuve su número personal, algo que no todos tenían. Más adelante comenzó a enviarme por WhatsApp breves notas de voz con un fondo musical, en las que hacía una oración y compartía una reflexión sencilla sobre el Evangelio del día.

Sus homilías eran verdaderas joyas: siempre bien preparadas, breves, con frases concretas y llenas de imágenes que iluminaban la vida cotidiana, muy al estilo del papa Francisco. En una salida comunitaria a unas piscinas, tras dar algunas indicaciones, terminó diciendo con buen humor: “Prohibido pasarlo mal”, lo que nos arrancó risas y gratitud.

También fue un hombre de escucha. Recuerdo que acudí a él para contarle la situación con un compañero que me humillaba y había llegado incluso a confesarme que quería golpearme. El padre Alexander me escuchó con atención y me aseguró que hablaría con él. Al poco tiempo, noté un cambio radical: aquel seminarista dejó de molestarme e incluso comenzó a buscarme para charlar sobre filosofía y teología, muchas veces acompañados de un café en mi habitación.

De él aprendí también lecciones firmes. Una vez, llevado por rumores de mi parroquia, le comenté que un sacerdote interino se hacía acompañar por una señora en la casa cural, lo que provocaba habladurías en el pueblo. Él me escuchó y me respondió con claridad: “Pedro, no se deje llevar por la gente. Entre bomberos no nos pisamos la manguera”. Como corrección, me prohibió usar la sotana durante un tiempo.

Guardo recuerdos muy vivos: el 12 de diciembre de 2016, mientras rezaba el rosario de noche frente al Sagrario, sentí su presencia detrás. Al terminar, me dijo simplemente: “Pedro, ha fallecido monseñor Javier Echevarría, prelado del Opus Dei”, sabiendo mi cercanía espiritual con la Obra.

Una tarde, durante la cena, me pidió que ayudara a un sacerdote a preparar unas diapositivas sobre la encíclica Laudato si’ para un grupo de profesores universitarios. Acepté, sin saber que de esa colaboración surgirían serias dificultades que más adelante motivarían mi injusta salida del seminario, cuando ese sacerdote llegó a ser rector.

Sin embargo, aun después de que el padre Alexander dejara la rectoría para ser vicario general de la arquidiócesis y párroco universitario, lo seguí buscando. Me recibió en su oficina, escuchó mis inquietudes y trató de darme ánimo. Aunque se equivocó al confiar en la bondad del sacerdote que luego me haría tanto daño, yo no lo culpo: simplemente me escuchó y me dio el aliento que necesitaba.

Tras dejar el seminario continué escribiéndole por correo electrónico. Siempre me respondió con palabras de ánimo y fortaleza. La última vez fue para felicitarlo por su nombramiento episcopal, y recibí de él una respuesta agradecida: “Pedro. Agradecido por su saludo y felicitaciones, alegría porque va haciendo camino. En la formación todo el tiempo, ya en el sacerdocio toda una vida. Así que no hay que ir con prisa hermanito. Un abrazo.”

Tuve la gracia de seguir en vivo, a través de la transmisión por YouTube de su diócesis, la ordenación episcopal de monseñor Alexander hoy sábado 23 de agosto. Me conmovió profundamente la homilía del arzobispo de Mérida, ordenante principal, quien recordó con cariño la trayectoria del padre Alexander y le expresó que dejaba atrás las frías montañas merideñas para acrisolarse bajo el sol de los llanos venezolanos, invitándole a ser un evangelizador itinerante, como lo ha sido hasta ahora.

Uno de los momentos más emotivos fue cuando, ya revestido como obispo, con mitra y báculo, saludó con un tierno abrazo a su madre y a sus familiares presentes en la ceremonia. Esa escena me tocó el corazón, pues despertó en mí un anhelo muy personal: poder algún día replicar ese gesto con mi santa madre, quien ha sufrido y caminado conmigo en este largo itinerario vocacional.

Hoy, al recordar al ahora monseñor Alexander Rivera Vielma, quinto obispo de la diócesis de San Carlos (Cojedes, Venezuela), solo puedo desearle un fructífero episcopado. Que sea un pastor con olor a oveja, a ejemplo del papa Francisco, del papa Benedicto y de tantos santos pastores que entregaron su vida por sus ovejas.

El padre Martín Carbonell con monseñor Rivera Vielma



jueves, 1 de agosto de 2024

Falleció el padre Argenis Zambrano

SACERDOTE PARA SIEMPRE

         El 1 de agosto de 2024, a los 58 años de edad, entregó su alma sacerdotal al Dios Creador el querido padre Argenis Evangelista Zambrano Albarrán, después de una paciente y sufrida enfermedad y a varios años de haber dejado el encargo de la parroquia San Vicente Ferrer de La Playa, donde tuve la oportunidad de compartir muy de cerca con él.

         Con motivo de su cumpleaños 55, en diciembre de 2020, le dediqué unas palabras que no pretendo ahora repetir, pero dada la noticia de su fallecimiento es preciso ahondar un poco más en lo que pude conocer de este sacerdote merideño, que había nacido en la población de La Azulita el 27 de diciembre de 1965, del matrimonio de Ulises e Isolina.

         Recuerdo cuando el padre Ramón Olivo Gómez Huiza estaba dejando la parroquia San Vicente Ferrer luego de un brevísimo curato; por razones obvias estuve presente en todo el proceso de recibimiento del nuevo párroco, que sería el padre Argenis Zambrano; él venía de ser cura de La Mesa de los Indios de Ejido, parroquia “Santiago Apóstol”. Algunas veces lo había saludado de pasada en las multitudinarias reuniones del clero merideño que se realizan en el Seminario San Buenaventura. Hasta su llegada a La Playa yo no había tenido un trato cercano con él, pero me di con la sorpresa de que el padre Argenis decía conocerme, pues había leído alguno de mis artículos publicados en el Blog y en la revista del seminario.

         La primera vez que nos saludamos en la Casa Cural de La Playa, conversamos brevemente y lo que me dijo fue eso, que me conocía porque me había leído, además de seguir mis cuentas en las redes sociales (entonces muy activas); y me dedicó unas cuantas palabras elogiosas, pero, sobre todo, sembró en mí el ánimo de seguir adelante. Yo solo le recordé que en oportunidades nos habíamos saludado en el seminario.

         El padre Argenis llegó a La Playa con una gran mudanza. Cajas y cajas, de libros, de cosas, pero lo más importante para él era el cuidado de sus acompañantes, buenas amistades conseguidas en su paso por las parroquias, y sus queridas mascotas, que superaban la docena de caninos, todos con nombre propio y trato especial con cada uno de ellos. Al principio esto nos sorprendió muchísimo, porque no estábamos acostumbrados a ver animales en la casa cural y mucho menos en el templo; pero el padre Argenis nos enseñó a querer a estas criaturitas, que también son creación de Dios. Aunque en honor a la verdad, las mascotas estaban siempre en la casa, y rara vez en el templo.

         El Dr. Luis Alfonso Rodríguez fue su hijo predilecto y fiel, en el espíritu y en el aspecto humano de un hombre que era realmente un padre, tierno y responsable. Recuerdo la gran angustia del padre Argenis cuando no pudo asistir a la defensa de tesis doctoral de Luis Alfonso, a la que yo si pude ir. Mientras Luis Alfonso exponía su titánico trabajo, le tomé algunas fotos que compartí por teléfono con el padre Argenis, y él, desde La Playa, deseó haber acompañado a su hijo adoptivo, pero por alguna razón no fue posible. Se admiraban mutuamente, padre e hijo se reconocían el uno al otro como lo más importante. Ahora pienso en lo duro que habrá sido para el Dr. Luis Alfonso el haber visto morir al padre Argenis tan joven, tan sufrido por su enfermedad. De seguro él también sufrió con paciencia la agonía de su mentor.

         En las conversaciones privadas, era habitual verlo acariciar a uno de sus perros, que se acomodaba en sus piernas, obediente y confiado en su cariño. Nunca llegué a aprender el nombre de ninguno de sus perritos, pero no era necesario; ellos tenían un excelente dueño, y eso les bastaba. En las charlas más íntimas, siempre había lugar para buenos chistes, porque el padre Argenis, sin duda, poseía un gran sentido del humor. También aprovechaba para compartir recuerdos y experiencias de sus parroquias anteriores y hasta de su misma formación en el seminario. Aunque merideño de nacimiento y luego bien incardinado en la Arquidiócesis de Mérida, él siempre se supo venido de otro lugar, pues el Seminario Mayor San Judas Tadeo de San Felipe fue su etapa forjadora, moldeadora y configuradora, la base y guía de su ministerio sacerdotal.

         Del padre Argenis todos conocimos su amor abnegado por Venezuela, y de ahí su afincada animadversión con el actual narco-régimen dictatorial chavista que gobierna el país, pesadilla de nunca acabar. Nunca lo ocultó y no tenía por qué hacerlo, él tenía sus razones, pues era enemigo del comunismo y del socialismo empobrecedor de los pueblos. Como todo hombre bien formado en ideas, sabía que nada bueno se puede sacar de la ideología marxista-leninista, porque la historia así lo ha demostrado, y lo que está claro a la vista no necesita de anteojos. Tal fue su reconocido compromiso con la libertad y la democracia que, el movimiento político Vente Venezuela, liderado por María Corina Machado, en su seccional de Mérida, se expresó con nota de duelo en sus redes, lamentando el fallecimiento del padre Argenis. Estamos seguros de que el padre bajó al sepulcro con la certeza del triunfo de la oposición venezolana en las elecciones del 28 de julio, cuatro días antes de su muerte. Esta esperanza por la libertad de su pueblo lo acompañó hasta entregar su alma al cielo.

         Gran predicador, eximio evangelizador, eso fue el padre Argenis, a cuyo segundo nombre hizo honor merecido, pues realmente se le puede llamar Evangelista, porque hizo del evangelio su ideal de vida y su camino a seguir. Los que tuvimos la dicha de escucharlo a diario en la santa misa podemos dar testimonio de su sana doctrina, de su profundo conocimiento de las Sagradas Escrituras, y, sobre todo, de su tacto pastoral para acercar este mensaje de Dios al pueblo fiel, con palabras elocuentes y sencillas a la vez. Si las homilías diarias eran un verdadero deleite, aún más las dominicales. El padre Argenis transmitía un mensaje al hablar, no eran palabras sueltas ni vanas, sino cada una pronunciada de manera correcta y en el hilo conductor de su expresión. Fue un experto comunicador.

         Como buen padre, sacerdote, fue también buen maestro, pues a mí mismo me dio la oportunidad de compartir la reflexión de la palabra en sus eucaristías, poniendo un gran voto de confianza en mí, al disponer su rebaño a la escucha de mis pobres palabras juveniles. Al final de la misa él mismo me daba una brevísima opinión valorativa del discurso pronunciado, siempre animando a seguir adelante, y en ocasiones, antes de iniciar la misa, me decía que quería escucharme predicar, y me indicaba dos o tres puntos en los que él quería que yo centrase la predicación. Me lanzaba al ruedo, pero no me dejaba solo.

         Una cuestión que nunca se me olvidará fue el consejo sabio y prudente que el padre Argenis me dio aquella vez que le comenté que los frutos de mi investigación histórica sobre el patrono del pueblo los sometería en coautoría con el cronista del municipio para la publicación de un libro. Desde el primer momento y como iluminado del cielo él me animó a desistir de aquella idea, pues me aseguraba que yo no vería justicia en la publicación, pues según él iban a apropiarse de mi esfuerzo, a robar mi trabajo, cosa que efectivamente ocurrió cuando agregaron al grupo de dos coautores a un tercer personaje venido más allá de no sé dónde, y tampoco se sabe cuándo, pero que sí parecía un espanto. Cuánta razón tuvo, pero yo no le hice caso.

         Antes de la publicación del libro, él me acompañó en una pequeña ponencia en el templo de La Playa, sobre la devoción a san Vicente Ferrer en el pueblo y un poco de su historia, al menos la que hasta el momento se conocía y datos novedosos presentados por mí. Y no solo me acompañó en la Iglesia, sino que por iniciativa suya fuimos los dos a los estudios de Radio Occidente en la ciudad de Tovar, para hablar sobre el tema e invitar a los oyentes a participar del evento, que fue todo un éxito al menos en la concurrencia de la feligresía.

         La noticia de su fallecimiento la recibí con inmenso dolor y asombro, pues desde hacía bastante había perdido el contacto con él. El jueves (sacerdotal) primero de agosto, en la memoria de san Alfonso María de Ligorio, en horas de la madrugada, y luego de un mes internado, falleció el padre Argenis Zambrano en el Instituto Autónomo Hospital Universitario de Los Andes, de la ciudad de Mérida. Había sufrido muchísimo, su enfermedad le obligó a entrar a quirófano en numerosas oportunidades, y a solicitar de la buena generosidad de los cristianos el apoyo necesario para costear sus tratamientos tan elevados en los precios y tan difíciles de conseguir en un país en ruinas como Venezuela.

         El padre Argenis, como mencionamos anteriormente, nació en La Azulita y fue bautizado allí por el Patriarca del Sur del Lago, el padre Deogracias Corredor. Realizó sus estudios de seminario en la Diócesis de San Felipe en lugar de en Mérida, ya que, como él mismo me contó en una ocasión, había expresado su vocación al padre Corredor, quien a su vez lo presentó al entonces arzobispo de Mérida, Mons. Miguel Antonio Salas C.J.M. (actualmente en proceso de beatificación), pero el prelado no apostó por el joven azulitense, es decir, no le cayó en gracia (omito aquí la posible razón deducida por el entonces vocacionado); por lo que el padre Deogracias lo refirió al estado Yaracuy, donde  fue bien recibido, estudió y se ordenó de diácono el 7 de junio de 1992, recibiendo la ordenación presbiteral el 28 de noviembre del mismo año, de manos de Mons. Nelson Martínez. Como hemos visto, también los santos se equivocan.

En esa diócesis fue párroco en la parroquia Divina Pastora de Saloa y formador del seminario desde 1993 hasta 1997, año en el que regresó a su natal arquidiócesis de Mérida, para estar cercano a su familia y por razones de salud. En Mérida fue a la población de Guaraque, “Parroquia Santa Bárbara” desde 1997 hasta 1999, luego a Zea “Parroquia Nuestra Señora de las Mercedes” de 1999 a 2002, luego se fue a Mucurubá, en el páramo, “Parroquia Inmaculada Concepción”, de 2002 a 2007 de ahí a La Mesa de los Indios, parroquia “Santiago Apóstol de la Mesa” en Ejido de 2007 a 2017 y de allí lo recibimos en su último encargo pastoral, la parroquia “San Vicente Ferrer” de La Playa, de 2017 a 2021.

He escrito sobre el padre Argenis Zambrano, lo que conocí de él, la experiencia que tuve a su lado. Pero esto no acaba sin dar a conocer lo que él pensaba de mí. A continuación, dejo solo dos párrafos de un informe escrito por el padre Argenis el 31 de julio de 2019, sobre mí, al culminar la etapa de formación en Mérida.

“A Pedro, que acaba de culminar su segundo año de Teología, le conozco desde el inicio de su formación. Procede de una familia honrada, honesta, católicos practicantes, muy cercanos y colaboradores de la parroquia. Según el testimonio de los vecinos, desde su infancia siempre ha manifestado el deseo de ser sacerdote. Humanamente, se trata de un joven alegre, comunicativo, humilde, sincero y sociable. En el ámbito moral ha mantenido una conducta intachable desde su infancia. En cuanto a su vida espiritual, siempre se le ha observado como un joven piadoso, mariano, amante del Santo Rosario y de la Liturgia de las Horas (…); adorador del Santísimo Sacramento y eucaristía diaria. Intelectualmente, se puede afirmar que se trata de un joven amante del estudio y de la investigación. Sus recientes investigaciones acerca del culto y devoción de San Vicente Ferrer en La Playa, constituyen un valioso aporte para la historia profana y eclesiástica de esta parroquia, y vienen a dar fe a esta aseveración.

En cuanto al acompañamiento y seguimiento en estos años de formación, podemos decir que se ha caracterizado por la responsabilidad y cumplimiento de las tareas asignadas en el ámbito pastoral, desde las misiones que le han sido fijadas aun en los pueblos y aldeas más lejanas, pasando por sus responsabilidades de la pastoral vocacional del seminario. En sus tiempos libres, especialmente las vacaciones, las aprovecha para realizar convivencias y experiencias espirituales y pastorales, trabajar en la parroquia y así tener la oportunidad de aprender más acerca de la vida parroquial.”

Cuánto bien me hicieron estas palabras en su momento y ahora. Fue el apoyo que necesité en aquel año 2019. Saber que el párroco estaba conmigo, a pesar de las circunstancias, fue un verdadero consuelo, y ahora los es mayor, pues el cielo acorta las distancias y sé, que Dios lo recibe en el Reino de su Gloria, y desde allí el padre está más cercano a todos los que un día le conocimos y le veneramos como padre y pastor que fue de la grey de Dios.

Su cuerpo fue sepultado el viernes 2 de agosto en el Panteón Sacerdotal Arquidiocesano, al lado del Santuario Nuestra Señora de El Espejo, en la ciudad de Santiago de los Caballeros de Mérida, Venezuela, el viernes 2 de agosto de 2024.

Padre Argenis, que el Señor te tenga en su Gloria. Amén.

P.A

García

sábado, 1 de enero de 2022

Posible significado de “Mocotíes”

¿VALLE DE LAS PERSONAS?

         La etimología es la especialidad de la lingüística que se encarga de estudiar el origen de las palabras, la razón de su existencia y su significado; y la toponimia hace lo mismo con los nombres propios de los lugares, por lo que nos adentraremos brevemente en estas dos ciencias para conocer el posible significado de la palabra “Mocotíes”.

         Advertencia: el presente artículo carece de respaldo netamente científico, aquí solo se presentan las conclusiones personales del autor, que no dejan de ser interesantes y, en el mejor de los casos, aproximadas a la verdad.

         Mocotíes es el nombre que recibe un río que atraviesa tres municipios del suroeste del estado Mérida, concretamente Rivas Dávila, Tovar y Pinto Salinas, respectivamente. El río da nombre al valle geográfico que a su vez agrupa distintas poblaciones como Bailadores, La Playa, Tovar, El Peñón, Santa Cruz de Mora, todas estas en la cuenca hidrográfica del mismo río, y otras poblaciones como Guaraque y Zea, esta última no se ubica dentro de la cuenca, pero sí dentro de la región denominada Valle del Mocotíes.

         Es poco probable que el término “Mocotíes” se haya originado para dar nombre al río, lo más lógico sería pensar que en principio este servía para denominar a los habitantes de la zona (gentilicio), pasando luego a designar al río, “el río de los Mocotíes”, el río Mocotíes.

         Mocotíes puede ser una palabra compuesta que tendría origen timote-cuica, una extinta lengua del oeste venezolano, cuya zona de uso se concentró en los actuales estados Trujillo, Barinas y Mérida. Según la tradición, los cuicas, de carácter pacífico, habitaron Trujillo, y los timotes, de temperamento bélico, Mérida. Cuica y timote son dos etnias cercanas, pero no son la misma. Lingüísticamente pudieron tener alguna variación, aunque con mayoritaria similitud, es así como se tiene por cierto que el timote se habló entre los actuales Timotes y La Grita y desde los pueblos del sur de Mérida hasta la zona baja cercana al Lago de Maracaibo, es decir, todo lo que es actualmente el Estado Bolivariano de Mérida, dejándose el cuica para el estado vecino de Trujillo.

         Los principales estudios lingüísticos de los timotocuicas se deben a don Tulio Febres Cordero, entre otros autores de la época, sin embargo, la crítica actual prefiere mirar con cuidado las contribuciones de don Tulio, aunque se le reconoce su gran aporte e interés en la materia.

         Ahora sí, pasemos al estudio toponímico y etimológico:

         El prefijo mucu es común de la toponimia timote, teniéndose numerosos ejemplos como Mucuchíes, Mucuchachí, Mucutujote, Mucubají, entre otros más. El significado de este prefijo, según estudios actuales, puede ser el de “gente”, “comunidad” o “pueblo”, en relación a “grupo de personas” y no a “lugar o sitio”, como siempre se ha creído. El prefijo o también sufijo ti, haría referencia a la pluralidad en la palabra que lo contenga, es así como, Timotes y Mocotíes podrían estar compartiendo similitud en sus significados.

         De timote, se podría deducir ti como prefijo plural [los] y el mote probablemente una corrupción de moto o mucu [gente], cuyo significado aproximado sería [las personas], algo curiosamente parecido a la forma de denominar algunas lenguas indígenas como el pemón, que a su vez significa [persona], o el runa simi (quechua) que significa [idioma del hombre].

         En el caso de Mocotíes, todo parece indicar que es una corrupción castellanizada de mucutí, lo que sería simplemente [personas] presumiendo que el prefijo de pluralidad ti se presenta como sufijo del sustantivo mucu [gente, comunidad, pueblo]. Es así como Timotes [timucu] podría significar “Las personas” y Mocotíes [mucutí] simplemente “Personas” o “Comunidades”.

         Sirva este comentario como estímulo para los peritos en la materia, a ver si nos pueden corroborar la deducción aquí realizada o simplemente desestimarla por carecer de veracidad o raciocinio.

P.A

García

lunes, 20 de septiembre de 2021

Tres ciudades distintas y un mismo nombre: Mérida

“LAS TRES MÉRIDAS”


         La venezolana, andina y universitaria ciudad de Mérida, capital del estado bolivariano homónimo, comparte su nombre con otras dos urbes en el mundo, éstas son: la primera y madre de todas, la Mérida de Extremadura, en el Reino de España y la segunda, la Mérida de Yucatán, en los Estados Unidos Mexicanos. En el presente artículo conoceremos las realidades de éstas tres capitales, pero no en su actualidad, cuestión que sería muy sencilla con solo googlear, sino que nos trasladaremos a las “Méridas” de hace 228 años atrás.

         Antes de desarrollar el tema, permítanme presentarles la joya bibliográfica en la que me baso para escribir este artículo aficionado de historia local. Se trata de un “Diccionario Geográfico Universal, que comprende la descripción de las cuatro partes del mundo; y de las naciones, imperios, reinos, repúblicas y otros estados, provincias, territorios, ciudades, villas y lugares memorables, lagos, ríos, desiertos, montañas, volcanes, mares, puertos, golfos, islas, penínsulas, istmos, bancos, cabos, etc. que se encuentran en el Globo Terráqueo”.

Éste antiguo libro fue publicado en 1793, fecha que está impresa en la portada con números romanos (M.DCC.XCIII), por lo que podemos llamarle “libro de cuatro siglos”, pues, impreso a finales del XVIII, lo tenemos en buen estado en estos principios del XXI; tratándose en detalle de la quinta edición, corregida y enmendada por D. Antonio Montpalau, tomo segundo, impreso en dos columnas de 39 líneas cada una, en Madrid, en la oficina de la viuda e hijo de D. Pedro Marín, a costa de la Real Compañía de Impresores y Libreros, con las licencias necesarias. Está cifrado éste volumen con el número (003026) y al ser el tomo segundo de un diccionario, solo contiene las letras de la G a la O. El libro lo compré por 5 dólares, y está valorado según los expertos en antigüedades en más de 120 dólares.

Otros detalles es que consta de un total de 424 páginas, y en su portada hay un sello editorial que recrea dos trompetas enlazadas con ramas de alguna planta común de heráldicas, y en su interior un rostro humano mirando hacia abajo y desprendiendo a su vez rayos luminosos sobre el conjunto de letras que, sin temor a equivocarme, sería el abecedario oficial de la lengua castellana para 1793, conformado por 25 letras, faltando la (ch, ll, ñ y la w); además variando en la ubicación final de las letras (t, v, u, x, y, z), y no t, u, v, como en nuestros días. A mi interpretación, este sello editorial rinde un precioso homenaje a las letras que conformaron el total de grafemas para escribir en castellano esa obra de recolección de datos tan precisa y universal.

Ahora sí, vamos a conocer en detalle lo que éste libro nos brinda sobre nuestras Méridas. La primera en aparecer, en obediencia a una justa jerarquía, es la Mérida española, y propone su auténtico nombre latino “Emérita Augusta”, continuando su descripción: “célebre y antigua Ciudad de España en la Extremadura, sobre el río Guadiana, en una colina suave, cuyo terreno abunda de granos, frutas, y pastos. Fue en tiempo de los Romanos una Colonia considerable, Convento Jurídico, y Cabeza de la Lusitania. Manifiestan su pasada grandeza los muchos fragmentos de la antigüedad que conserva a pesar de la barbarie de los Godos y Moros, y de la iracunda de los modernos. Aún subsisten el circo, el teatro, varios arcos, columnas, acueductos, estatuas, inscripciones, &c. bien que en un deplorable y ruinoso estado.  Se han celebrado en ella varios Concilios cuando la Silla Metropolitana, que después se trasladó a Santiago. Fue recobrada del poder de los Sarracenos en 1230. Pertenece a la Orden Militar de Santiago; y el Prior de S. Marcos de León nombra en ella un Provisor Eclesiástico con jurisdicción en todo su partido. Hoy está reducida a una población de cerca de (?) vecinos, 3 Parroquias, 5 Conventos de Frailes, 4 de Monjas, y 2 Hospitales. Es patria de muchos Varones insignes en letras y armas. Dista 18 leguas S.E. de Alcántara, y 56 S.O. de Madrid. Longitud 12. 15. Latitud 38. 45”.

La segunda Mérida en relatar es la mexicana, diciendo de ella que es una “Ciudad de la América Septentrional de la Nueva España, Capital de la Provincia de Yucatán, donde reside Obispo y Gobernador de esta Provincia. La habitan Españoles e Indios. Está a 12 leguas del mar. Longitud 289. 30´. Latitud 20. 10´”.

Y finalmente nos habla sobre la Mérida venezolana, precisando su jerarquía urbanística como una “Villa de la América Meridional, en el Nuevo Reino de Granada, en un terreno abundante en todas suertes de frutos. Está a 40 leguas N.E. de Pamplona. Longitud 309. 17´. Latitud 8. 30´”.

Como hemos visto, éste diccionario parece desarrollar sus ciudades de acuerdo a la importancia de las mismas. Es evidente que, de  la Mérida española abunda en detalles, menguando un poco en la Mérida mexicana y casi solo limitándose a nombrar a la Mérida venezolana. Pero de lo poco que nos habla sobre ésta última, podemos sacar varias conclusiones, como lo haremos a continuación.

Lo primero que precisa es su jerarquía urbanística, como hemos visto, nuestra Mérida para 1793, y según este diccionario, era una Villa del Nuevo Reino de Granada, y conociendo el orden propuesto en la portada del diccionario, las villas se encontraban por debajo de las ciudades y por encima de los “lugares memorables”. En 1793, la villa de Mérida ya era sede episcopal, dato no mencionado por el diccionario, además contaba con su Seminario, fundado en 1785.

Sobre el Nuevo Reino de Granada, o el “Virreinato de Nueva Granada”, como comúnmente le conocemos a éste antiguo territorio del Imperio Español, el diccionario menciona algunos datos importantes, a saber: “de una extensión muy considerable. Se extiende en la Costa del mar del Sur desde Panamá hasta el Golfo de Guayaquil; y en el mar del norte, desde el Reino de México hasta el Orinoco; y se interna tanto, que llega hasta el Reino de Quito. El interior de este País es la mayor parte montuoso, lleno de bosques impenetrables, y comúnmente estéril. Santa Fe de Bogotá es su Capital”. Nuestra Mérida de finales del siglo XVIII era súbdita de Bogotá.

Luego continúa especificando que este territorio: “Pertenece al Rey de España desde 1536, por el valor y habilidad de Sebastián de Benalcázar, y de Gonzalo Ximenez de Quesada. Cuenta 943 poblaciones y sitios, entre ellas 62 Ciudades y 21 Villas”. Nuestra Mérida venezolana era una de esas 21 villas del Virreinato de Nueva Granada. Sigue el diccionario: “El terreno de esta Provincia está tan elevado sobre el nivel del mar, que aunque muy próximo a la línea, su clima es bastante templado. Sus valles no ceden en fertilidad a ningunos de la América; y en las partes elevadas encuentran piedras preciosas de diferentes especies. […] Las Ciudades de esta Provincia están florecientes, muy pobladas, y con señales de nuevos acrecentamientos por medio del cultivo, y la industria, y por la comunicación con Cartagena y el río Drinoceo”.

Pues bien, esta era la realidad de la Mérida neogranadina, hoy venezolana, una villa fértil en frutos al norte de la Nueva Pamplona. Pudiéramos quedar inconformes con los datos contenidos en este diccionario, pero, en honor a la verdad, eso era para su momento la ciudad y eso es lo que en el resto del mundo se sabía de ella, o al menos según la visión general de D. Antonio Montpalau, quien, es de suponer, nunca estuvo personalmente en todas las ciudades descritas en su obra, pudiéndose comprender alguna imprecisión.

A juzgar por el mapa que acompaña este artículo, que es fechado en 1776, es decir, 17 años antes de la publicación del libro citado, la descripción del mismo no se aleja tanto de la realidad puntualizada por el diccionario, ya que, como se evidencia en dicho mapa, la villa de Mérida constaba de al menos 6 templos y una treintena de casas, algo realmente pequeño, considerando las dimensiones de otras ciudades venezolanas de la época, como Maracaibo, del que se dice en este diccionario que era una: “Ciudad rica y considerable de la América Meridional, Capital de la Provincia de Venezuela. Hay en ella un gran comercio en cueros, cacao el mejor de toda la América, y excelente tabaco. Se apoderaron de ella los Flibustieres en 1666, y 1678. Está sobre la boqueta o garganta de mar que comunica con el gran lago de su nombre”.

P.A

García

martes, 17 de noviembre de 2020

Los límites de La Playa en 1929

“ALDEA LA PLAYA”


         La Playa es conocida como aldea desde época no precisa. Al menos, según el testimonio de Mons. Jáuregui ya se habla de “aldea La Playa” para 1887. Sin embargo, no es sino hasta 1929 (42 años después del mencionado testimonio) cuando se delimita oficialmente los espacios de la jurisdicción playense, mediante Decreto del Concejo Municipal de la época, integrado por cinco Concejales, dirigidos por el Presidente de la institución, el ciudadano Abelardo Oballos; como Vicepresidente, Víctor Belandria; como Síndico Procurador, Remigio Barillas y dos restantes Concejales; según lo expresa el Acta número 16, del 26 de junio del año aludido, se estableció mediante Decreto Municipal lo que a continuación se copia textualmente, sobre materia correspondiente a la división política y territorial del Municipio Bailadores.

De conformidad con lo acordado en la Sesión del veintiséis de junio del corriente, sobre lo que se refiere en su cuenta N° 5 que trata del proyecto de ley de División Territorial y habiéndosele dado los tres debates de ley, se hace el siguiente Decreto.

Artículo 1° El territorio del Municipio Bailadores, se compone de las siguientes aldeas que se denominarán: La Playa, Mariño, San Pablo, Bodoque, La Villa, Otra-Banda, Las Tapias, Las Playitas y por último, Mesa de la Laguna, ésta elevada a tal categoría por este Decreto.

Artículo 2° La aldea La Playa, queda con estos límites: por el norte, saliendo del río Mocotíes (llamado Zarzales en su nacimiento) síguese el viso de El Volcán, luego una línea inclinada hacia la derecha buscando el punto llamado El Mojón, separa el Municipio Tovar: por el Este el cauce del río mencionado aguas arriba hasta llegar a la peña de la Periquera y el río, se sigue una línea recta a la quebrada La Batalla, luego el cauce de ésta hasta su naciente, de este punto sigue por un callejón llamado El Filo, de aquí buscando la dirección a un pequeño manantial “Aguas de Juvenal”, de aquí por una línea de sur a norte, llegando a otro manantial, llamado “Nieto”, luego se traza una línea inclinada hasta llegar al camino que de Mariño conduce a Tovar, síguese por este camino hasta llegar al punto llamado “El Mojón”, límite del Norte, separa en su línea Sur Oeste y Noreste de la aldea Mariño.

El texto anterior es bastante diáfano en cuanto a la delimitación de La Playa (Artículo 2°), sin embargo, lo que me interesa dejar claro en este breve comentario es que en el citado Decreto se tiene como novedad la creación de la aldea Mesa de la Laguna (Artículo 1°), el 26 de junio de 1929.

P.A

García

sábado, 4 de abril de 2020

Efemérides del Seminario de Mérida, Venezuela.


“SAN BUENAVENTURA”
Escudo del Seminario de Mérida

        
A continuación, presento un resumen a modo de efemérides que refleja las fechas más importantes y curiosas de la historia del Seminario Arquidiocesano San Buenaventura de Mérida, Venezuela. Al final expongo las obras consultadas para la realización de este trabajo, el cual dedico con todo respeto al Cardenal Baltazar Enrique Porras Cardozo, tal como fuera mi intención primaria, cuando di inicio a esta investigación en 2018.

Ø 17 de febrero de 1778: se crea la Diócesis de Mérida de Maracaibo.
Ø 31 de agosto de 1780: Fray Juan Ramos de Lora es creado Obispo de Mérida por el Rey Carlos III.
Ø 24 de septiembre de 1782: el Papa Pío VI aprueba el nombramiento del Rey Carlos III.
Ø 4 de enero de 1785: Fray Juan Ramos de Lora escribe al Rey sobre la problemática situación de sus diocesanos que deben ir a Santa Fe o a Caracas para cursar estudios.
Ø 26 de Febrero de 1785: llegada de Fray Juan Ramos de Lora Mérida, después de permanecer casi un año en la ciudad de Maracaibo.
Ø 29 de marzo de 1785: Fray Juan Ramos de Lora da a conocer unas “Constituciones” sobre una “casa de educación” que funcionaría en el convento abandonado de los franciscanos.
Ø 6 de mayo de 1785: Fray Juan Ramos de Lora escribe al Rey la necesidad de fundar en Mérida un “Seminario Tridentino”. Pide al Rey la erección del “Colegio Seminario Tridentino”.
Ø 5 de agosto de 1785: Fray Juan Ramos de Lora compra a Miguel López una casa de tapias y teja, situada en la esquina de la plaza mayor, primera sede oficial del Seminario.
Ø 11 de septiembre de 1785: la carta de Fray Juan Ramos de Lora fue remitida al Consejo de Indias.
Ø 14 de septiembre de 1786: Real Orden de aprobación de erección del “Seminario conciliar”. el Rey Carlos III aprobó la erección con el título de “Real Seminario de San Buenaventura”, afiliado a la Universidad de Caracas.
Ø 6 de febrero de 1787: Fray Juan Ramos de Lora escribe un agradecimiento al Secretario de Estado por la noticia de la erección del Seminario.
Ø 21 de abril de 1787: el seminario cuenta con 42 alumnos y Fray Juan Ramos de Lora escribe al Rey para construir un nuevo edificio y que éste sea erigido con el título de San Buenaventura.
Ø 9 de junio de 1787: el Rey Carlos III, por  Real Cédula que aprueba la fundación del Seminario de Mérida en el antiguo convento de los franciscanos y le adjudica bienes de los jesuitas.
Ø 20 de marzo de 1789: el Rey Carlos IV por Real Cédula que aprueba la construcción de la casa para seminario conciliar. Aprueba el título de San Buenaventura. Aprueba la convalidación de estudios a la Universidad de Caracas.
Ø 13 de junio de 1790: Fray Juan Ramos de Lora escribe al Rey un informe de sobre los trabajos del nuevo seminario.
Ø 20 de junio de 1790: el mayordomo Juan Moreno describe la construcción del primer edificio del Colegio Seminario Tridentino de San Buenaventura.
Ø 21 de junio de 1790: Comunicación dirigida al Ayuntamiento para que evalúe los trabajos de la fábrica y la descripción del Mayordomo Juan Moreno.
Ø 21 de junio de 1790: una nueva carta a la Corte informando sobre los mismos asuntos.
Ø 5 de agosto de 1790: Fray Juan Ramos de Lora dona al Seminario su biblioteca conformada por 617 volúmenes.
Ø 1 de noviembre de 1790: el Pbro. Mateo José Mas y Rubí bendijo la capilla del colegio seminario. Esa misma tarde enviste las primeras becas a los primeros cinco colegiales: Buenaventura Arias, Domingo Antonio Pacheco, Emigdio Briceño, Ignacio Frías y José Hipólito Monsant. Instalación del “Colegio Seminario” y de su Archivo que sirve de base para la Universidad.
Ø 2 de noviembre de 1790: se verificó la instalación del seminario en su nuevo edificio.
Ø 9 de noviembre de 1790: a las 6:45 AM fallece Fray Juan Ramos de Lora, fundador del Seminario de Mérida.
Ø 1793: se inician los cursos de Teología, antes no se podía por la falta de alumnos.
Ø 22 de mayo de 1795: primera reestructuración organizativa del Seminario por el Licenciado Hipólito Elías González.
Ø 9 de enero de 1800: el Licenciado Francisco Xavier de Irastorza plantea la necesidad de solicitar al Rey la expedición de la Real Cédula de erección de la Universidad con las facultades de Pontificia y Real.
Ø 1 de mayo de 1800: se escribe a Carlos IV para hacer dicha petición.
Ø 14 de marzo de 1803: el Obispo Santiago Hernández Milanés escribe al Rey Carlos IV notificándole las condiciones del Seminario y solicitándose le concediese algunos bienes de los jesuitas.
Ø 18 de junio de 1806: el Rey Carlos IV por Real Cédula concedió al Seminario de San Buenaventura de Mérida la gracia de conferir grados menores y mayores, por gestiones del Obispo Santiago Hernández Milanés.
Ø 6 de octubre de 1807: ratificación de la real cédula del 18 de junio de 1806.
Ø 4 de diciembre de 1808: en la capilla, a las once de la mañana, el Colegio Seminario de San Buenaventura de Mérida otorgó los primeros grados mayores.
Ø 21 de septiembre de 1810: erección de la “Real Universidad de San Buenaventura de Mérida de los Caballeros” por la Junta Superior Patriótica de Mérida, con todos los privilegios de la de Caracas para otorgar títulos.  Su primer rector fue el Pbro. Buenaventura Arias.
Ø 26 de marzo de 1812: terremoto que derrumbó la Catedral de Mérida, el Seminario y el palacio episcopal entre otras estructuras de la ciudad. El Obispo Hernández Milanés murió a causa de este desastre natural.
Ø 1813: el seminario es trasladado a Maracaibo.
Ø 1816: regresa a Mérida bajo la rectoría del Presbítero Buenaventura Arias.
Ø 1821: con el Obispo Rafael Lasso de la Vega se restituye el funcionamiento en Mérida.
Ø 21 de septiembre de 1872: el General Antonio Guzmán Blanco decreta la extinción de los seminarios del país pasando todos sus bienes primero al colegio nacional y luego a la universidad.
Ø 23 de mayo de 1881: el Obispo Román Lovera en carta pastoral solicita a su feligresía ayuda para la formación del clero y crea el colegio episcopal de Mérida.
Ø 1897: se inicia la construcción del edificio del seminario en Scharpenheuvel en las afueras de Willemstad.
Ø 1898: Mons. Antonio Ramón Silva García instala el Seminario en la isla de Curazao que duró hasta 1901 en funcionamiento y del cual salieron 21 sacerdotes.
Ø 1900: se levanta la prohibición de abrir seminario en territorio nacional.
Ø 1912: desde enero de 1912 hasta julio de 1914 estuvo el seminario bajo la dirección de los padres dominicos holandeses.
Ø 1914: desde este año hasta 1925 volvió a estar en manos del clero secular.
Ø 1925: se encargan de la formación los Padres de la Congregación de Jesús y María, Eudistas.
Ø 1953: sólo desde 1953 hasta 1960 funcionó el seminario mayor, por la disposición de Caracas.
Ø 09 de octubre 1958: el actual local del seminario fue inaugurado, estuvo presente el Presidente de la Junta de Gobierno Wolfang Larrazábal junto a Mons. Acacio Chacón Guerra.
Ø 1971: los padres Eudistas abandonan la dirección del Seminario y pasa a manos del clero secular.
Ø 1979: vuelven los Eudistas a trabajar en conjunto con los diocesanos en el Seminario de Mérida.
Ø 1983: se restituye el seminario mayor con el ciclo completo de estudios filosóficos y teológicos.
Ø 29 de marzo de 1985: se develó la estatua de Fray Juan Ramos de Lora en el Seminario de Mérida, obra de los talleres de Fe y Alegría del Valle de Mérida.
Ø 1988: se ordenó el primer grupo de seminaristas que hicieron todos sus estudios en esta casa.

Las obras consultadas para este trabajo fueron:
Archivo de Historia y Variedades. Tomo II. Tulio Febres Cordero. Caracas. Parra León Editores. 1931. (p. 192).
El Ciclo Vital de Fray Juan Ramos de Lora. Baltazar Enrique Porras Cardozo. Ediciones del Rectorado. Universidad de Los Andes. Mérida. 1992. (p. 103)
Escritos de Auxiliar 1988-1991. Baltazar Enrique Porras Cardozo. Universidad de Los Andes. 2007. (p.p. 139-141)
Historia y simbolismo: el edificio central de la Universidad de Los Andes. Edda O. Samudio A. Ediciones del Rectorado. Mérida. 2007. (p.p. 20-…)
P.A
García