miércoles, 19 de marzo de 2025

Exégesis de la Segunda Carta de san Juan (1-13)

“que caminéis en el amor”

INTRODUCCIÓN:

El Presbítero, con entrañable solicitud pastoral, se dirige a una de sus queridas Iglesias del Asia Menor (2 Jn). Con tono paternal y lleno de afecto, saluda a la comunidad encarnada en la figura simbólica de la “Señora Elegida y sus hijos” (v. 1). Su mensaje, breve pero denso en contenido espiritual, gira en torno a dos ejes fundamentales: el mandamiento del amor (vv. 4-6) y la fidelidad a la verdad revelada en Jesucristo hecho carne (vv. 7-11).

La opinión tradicional ha identificado al autor de esta epístola con Juan[1], el Anciano que escribe como quien acompaña de cerca a sus hijos en la fe, incluso a la distancia. Los exhorta a permanecer firmes en el mandamiento que han recibido “desde el principio” (v. 5), a perseverar en el amor fraterno, y al mismo tiempo, los previene contra los falsos maestros —los anticristos— que niegan que Jesucristo ha venido en la carne (v. 7). Esta negación es una herejía doctrinal y constituye una ruptura con el corazón mismo del Evangelio encarnado.

No habla como teólogo abstracto, sino como testigo privilegiado: el discípulo amado, aquel que estuvo junto al Señor en la Última Cena, que se recostó en su pecho y escuchó los latidos del Verbo hecho carne (Jn 13,25). Desde esa intimidad con Cristo, el autor transmite con autoridad y ternura su llamado a vivir en la verdad y en el amor. Y al concluir, expresa su deseo de no limitarse a escribir con tinta y papel, sino de acudir en persona a la comunidad, para que “nuestro gozo sea completo” (v. 12).

Esta breve carta (2 Jn), con solo 13 versículos, es el libro más breve de la Biblia y una joya de la literatura joánica que condensa con fuerza y sencillez las grandes temáticas del Evangelio: amor, verdad, fidelidad y comunión. En esta exégesis nos proponemos desentrañar su riqueza teológica y pastoral, acogiendo su mensaje como palabra viva también para nuestras comunidades de hoy.

 

PROFUNDIZACIÓN:

El texto elegido 2 Jn 1-13 en griego koiné[2] y castellano:

Para el desarrollo del presente trabajo exegético se utilizará la Biblia de Jerusalén, en su quinta edición completamente revisada, publicada por la editorial Desclée de Brouwer y aprobada por la Conferencia Episcopal Española el 2 de octubre de 2018.

1πρεσβύτερος ἐκλεκτῇ κυρίᾳ καὶ τοῖς τέκνοις αὐτῆς, οὓς ἐγὼ ἀγαπῶ ἐν ἀληθείᾳ, καὶ οὐκ ἐγὼ μόνος ἀλλὰ καὶ πάντες οἱ ἐγνωκότες τὴν ἀλήθειαν,

El Presbítero a la Señora Elegida y a sus hijos, a quienes amo en la verdad; y no solo yo, sino también todos los que han conocido la Verdad.

2 διὰ τὴν ἀλήθειαν τὴν μένουσαν ἐν ἡμῖν, καὶ μεθ’ ἡμῶν ἔσται εἰς τὸν αἰῶνα.

Os amo en razón de la verdad que se mantiene en nosotros y que estará con nosotros para siempre.

3 ἔσται μεθ’ ἡμῶν χάρις ἔλεος εἰρήνη παρὰ θεοῦ πατρός, καὶ παρὰ Ἰησοῦ Χριστοῦ τοῦ υἱοῦ τοῦ πατρός, ἐν ἀληθείᾳ καὶ ἀγάπῃ.

La gracia, la misericordia y la paz de parte de Dios Padre y de Jesucristo, el Hijo del Padre estarán con nosotros según la verdad y el amor.

4 Ἐχάρην λίαν ὅτι εὕρηκα ἐκ τῶν τέκνων σου περιπατοῦντας ἐν ἀληθείᾳ, καθὼς ἐντολὴν ἐλάβομεν παρὰ τοῦ πατρός.

Me alegré mucho al encontrar entre tus hijos a quienes viven conforme a la verdad, al mandamiento que recibimos del Padre.

5 καὶ νῦν ἐρωτῶ σε, Κυρία, οὐχ ὡς ἐντολὴν καινὴν γράφων σοι ἀλλὰ ἣν εἴχαμεν ἀπ’ ἀρχῆς, ἵνα ἀγαπῶμεν ἀλλήλους.

Y ahora te ruego, Señora -y no te escribo un mandamiento nuevo, sino el que tenemos desde el principio-, que nos amemos unos a otros.

6 καί αὕτη ἐστὶν ἡ ἀγάπη, ἵνα περιπατῶμεν κατὰ τὰς ἐντολὰς αὐτοῦ· αὕτη ἡ ἐντολή ἐστιν, ἵνα καθὼς ἠκούσατε ἀπ’ ἀρχῆς, ἵνα ἐν αὐτῇ περιπατῆτε.

Y el amor consiste en que vivamos según sus mandamientos. Éste es el mandamiento que oísteis desde el principio: que caminéis en el amor.

7 ὅτι πολλοὶ πλάνοι ἐξῆλθαν εἰς τὸν κόσμον, οἱ μὴ ὁμολογοῦντες Ἰησοῦν Χριστὸν ἐρχόμενον ἐν σαρκί· οὗτός ἐστιν ὁ πλάνος καὶ ὁ ἀντίχριστος.

Han venido al mundo muchos seductores negando que Jesucristo haya venido en carne mortal. Ése es el Seductor y el Anticristo.

8 βλέπετε ἑαυτούς, ἵνα μὴ ἀπολέσητε ἃ εἰργάσασθε, ἀλλὰ μισθὸν πλήρη ἀπολάβητε.

Cuidad de vosotros, para no perder el fruto de vuestro trabajo, sino para que recibáis una amplia recompensa.

9 πᾶς ὁ προάγων καὶ μὴ μένων ἐν τῇ διδαχῇ τοῦ Χριστοῦ θεὸν οὐκ ἔχει· ὁ μένων ἐν τῇ διδαχῇ, οὗτος καὶ τὸν πατέρα καὶ τὸν υἱὸν ἔχει.

Todo el que se excede y no permanece en la doctrina de Cristo, no posee a Dios. En cambio, el que permanece en la doctrina posee al Padre y al Hijo.

10 εἴ τις ἔρχεται πρὸς ὑμᾶς καὶ ταύτην τὴν διδαχὴν οὐ φέρει, μὴ λαμβάνετε αὐτὸν εἰς οἰκίαν καὶ χαίρειν αὐτῷ μὴ λέγετε·

Si alguno va a visitaros y no os lleva esta doctrina, no lo recibáis en casa ni lo saludéis,

11 ὁ λέγων γὰρ αὐτῷ χαίρειν κοινωνεῖ τοῖς ἔργοις αὐτοῦ τοῖς πονηροῖς.

pues el que lo saluda se hace solidario de sus malas obras.

12 Πολλὰ ἔχων ὑμῖν γράφειν οὐκ ἐβουλήθην διὰ χάρτου καὶ μέλανος, ἀλλὰ ἐλπίζω γενέσθαι πρὸς ὑμᾶς καὶ στόμα πρὸς στόμα λαλῆσαι, ἵνα ἡ χαρὰ ἡμῶν πεπληρωμένη ᾖ.

Aunque me queda mucho por escribir, prefiero no hacerlo con papel y tinta, pues espero ir a veros y hablar de viva voz, para que nuestro gozo sea completo.

13 ἀσπάζεταί ἀσπάζομαι σε τὰ τέκνα τῆς ἀδελφῆς σου τῆς ἐκλεκτῆς.

Te saludan los hijos de tu hermana Elegida.

Autor y fecha de 2 Jn

         Las tres cartas atribuidas a san Juan guardan profundas afinidades con el cuarto evangelio. Las semejanzas son notorias, especialmente en lo doctrinal, en el uso del vocabulario y en el estilo literario. Estos escritos revelan un universo teológico y un modo de expresión que son propios y característicos del Apóstol Juan. Su lenguaje, a la vez sencillo y elevado, comunica con claridad un mensaje esencial centrado en la verdad, la luz, la pureza y el amor. Todo el pensamiento teológico que contienen lleva el sello inconfundible de Juan[3].

         El autor de la Segunda Carta de san Juan se identifica como “el Presbítero”. Este título sugiere que se trataba de una figura conocida y respetada por la comunidad, alguien cuya autoridad era ampliamente reconocida. El uso de este término, en lugar de su nombre propio, es coherente con el estilo del apóstol Juan, quien en el cuarto evangelio se refiere a sí mismo como “el discípulo a quien Jesús amaba”. Aunque “presbítero” no implica necesariamente que se trate de un apóstol, tampoco lo excluye —como lo demuestra el caso de san Pedro, que se llama a sí mismo “copresbítero” (1 Pe 5,1). En los escritos de los Padres apostólicos, el término griego presbyteros designa a los líderes de la comunidad, y su uso está más relacionado con la autoridad que con la edad. Así, el título de “el Presbítero” aplicado a san Juan refleja sobre todo su prestigio y autoridad espiritual, más que su condición de anciano[4].

Respecto al año de composición, ni la tradición ni los datos internos de la carta permiten establecer con certeza la fecha exacta en que fue redactada. Tampoco es posible determinar con precisión el orden cronológico entre las cartas de san Juan. Sin embargo, se puede suponer que tanto 2 Jn como 3 Jn fueron escritas en un período cercano al de 1 Jn, aproximadamente entre los años 90 y 110 d.C[5].

 

Ubicación del texto (2 Jn 1-13) en el contexto de los escritos joánicos

2 Jn muestra claras afinidades con 1 Jn, evidentes tanto en el contenido como en la forma. Entre las coincidencias más destacadas se encuentran: la mención conjunta de Dios Padre y Jesucristo, su Hijo (v. 3; 1 Jn 1,3); la insistencia en el mandamiento del amor fraterno recibido desde el principio, expresado como “amarse unos a otros” (v. 5; 1 Jn 2,7-11); el uso de fórmulas típicas para resumir el mensaje, como “este es el mandamiento” (v. 6; 1 Jn 4,21); la advertencia sobre la presencia de numerosos seductores en el mundo, identificados con el Anticristo (v. 7; 1 Jn 4,2); y el uso de contrastes tajantes para expresar la verdad (v. 4; 1 Jn 3,19). Además, ambas cartas comparten la expresión “para que nuestro gozo sea completo” (v. 12; 1 Jn 1,4), reflejo del tono pastoral y afectuoso del autor[6].

 

Justificación de la unidad literaria

         La presente perícopa comprende los trece versículos del único capítulo de la Segunda Carta de san Juan. Esta delimitación se justifica por las razones previamente mencionadas: se trata del libro más breve de toda la Sagrada Escritura y presenta una estructura clara, con un desarrollo temático coherente y lineal, lo que permite abordar el texto como una unidad literaria completa y bien definida.

         El autor de la 2 Jn se muestra claro y directo en lo que desea comunicar. Tal como lo revela la estructura del escrito —un saludo inicial, un cuerpo central en dos bloques temáticos bien definidos y una conclusión—, toda la perícopa se presenta como una unidad textual coherente y digna de ser estudiada en su conjunto. No obstante, esto no impide que ambos bloques temáticos puedan ser analizados por separado, dada la riqueza y profundidad que ofrecen para un estudio detallado.

 

Estructura de 2 Jn[7]

La Segunda Carta de Juan presenta claramente el formato típico de una nota epistolar. A diferencia de 1 Jn, en esta se observan con nitidez las convenciones habituales de una carta, lo que permite identificar su estructura de forma más precisa. Así, se puede reconocer:

Una sección de apertura, donde "el Anciano" dirige su saludo a "la Señora Elegida" (vv. 1-3).

Un cuerpo central que se puede dividir en dos bloques bien diferenciados: el mandamiento del amor (vv. 4-6) y los anticristos (8-11), los cuales están conectados por un versículo que funciona como puente temático: el v. 7.

Finalmente, los saludos de cierre se ajustan al estilo tradicional de conclusión epistolar (vv. 12-13).

 

 

 

 

 

 

EXÉGESIS POR VERSÍCULO

Composición literaria en cuatro partes:

Sección de apertura (vv. 1-3)

1 El Presbítero a la Señora Elegida y a sus hijos, a quienes amo en la verdad; y no solo yo, sino también todos los que han conocido la Verdad.

         El término “πρεσβύτερος” (presbítero) se emplea para designar a los líderes de las comunidades cristianas, como se observa en Tt 1,5, y en este caso hace referencia al apóstol Juan, figura principal al frente de las iglesias del Asia Menor. La expresión “Señora Elegida” o “Gran Señora” es una metáfora poética que alude a una comunidad concreta, cuya identidad permanece desconocida, pero que se encuentra bajo la autoridad del presbítero y amenazada por la influencia de falsos maestros. Por su parte, la fórmula “los que han conocido la Verdad”, con un matiz levemente polémico similar al de 1 Timoteo 4,3, se utiliza para referirse a los auténticos creyentes que, a diferencia de los seductores mencionados en el versículo 7, se han mantenido fieles a la verdad y a la doctrina de Cristo (v. 9)[8].

         Este encabezamiento epistolar se ajusta perfectamente al modelo habitual de las cartas cristianas. La Segunda de Juan sigue el esquema típico de las epístolas paulinas, con la única diferencia de que sustituye el título de apóstol por el de Presbítero. San Juan dirige su segunda carta a la “señora Electa y a sus hijos”, un título que, aunque parece referirse a una persona, muy probablemente simboliza una comunidad cristiana del Asia Menor. Esto se deduce del uso alternado del singular y plural en la carta. Los “hijos” de esta señora representan a los fieles, amados por quienes conocen la verdad. En el versículo final, se menciona a la “hermana” de la Electa, igualmente llamada Elegida, lo que refuerza el carácter simbólico de estos nombres, similares a expresiones usadas por san Pedro (1 Pe 5,13). Esta representación de comunidades como figuras femeninas es común en la Biblia, tanto en los profetas como en el Apocalipsis, donde se personifican iglesias locales y a la Iglesia entera como una mujer[9].

         El autor expresa un afecto profundo hacia la “Señora Elegida” y sus hijos, diciendo que los ama “en la verdad”. Esta expresión no se limita a un amor sincero, sino que implica una comunión en la fe. Además, aclara que este amor no es solo suyo, sino compartido por todos los que han conocido la Verdad, es decir, por los miembros de su comunidad. En este contexto, la “Verdad” hace referencia a Jesucristo, tal como se afirma en Jn 8,32, donde se dice que conocer la Verdad libera al discípulo[10].

 

2 Os amo en razón de la verdad que se mantiene en nosotros y que estará con nosotros para siempre.

         Juan insiste repetidamente en la importancia de permitir que la palabra de Dios penetre y transforme interiormente nuestra vida. Cuando la verdad habita en el corazón del creyente, se convierte en la fuente que nutre y sostiene el amor cristiano; a esto es a lo que el autor se refiere con la expresión “estar en la verdad y el amor” (v. 3)[11].

         El fundamento profundo del amor cristiano es la verdad que habita en los creyentes. Esta verdad no es solo una idea, sino una fuerza viva que permanece en el alma, similar a la Palabra de Dios mencionada en 1 Jn 2,14. Algunos interpretan esta verdad como el Espíritu Santo, llamado también Espíritu de verdad, pero es más probable que se refiera a la doctrina de Cristo. Mientras esta verdad revelada por Jesús permanezca en el creyente, éste estará unido a Dios[12].

En el Evangelio de san Juan 14,6, Jesús dice: “Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí”. Esta frase concentra una profunda enseñanza teológica y espiritual, primero porque Jesús no solo enseña el camino a Dios, sino que Él mismo es el camino. Seguirlo implica vivir como Él vivió: con fe, amor y obediencia al Padre; segundo porque Jesús revela la verdad de Dios y del ser humano. En Él se manifiesta plenamente quién es Dios y cuál es nuestro destino; y, finalmente, Jesús es fuente de vida eterna. Quien cree en Él tiene vida en abundancia, no solo después de la muerte, sino ya aquí, en una existencia transformada por su amor. Esta declaración no es una simple información doctrinal; es una invitación a una relación viva y personal con Cristo.

 

3 La gracia, la misericordia y la paz de parte de Dios Padre y de Jesucristo, el Hijo del Padre estarán con nosotros según la verdad y el amor.

Solo una referencia a la misericordia se puede conseguir en los escritos joánicos y es este versículo[13]. La verdad que habita en el cristiano, entendida como la presencia del Espíritu Santo o la doctrina de Cristo, atrae consigo tres grandes dones: gracia, misericordia y paz. La gracia es el favor divino; la misericordia, la compasión de Dios que perdona y auxilia; y la paz no es solo un saludo, sino la reconciliación con Dios y la seguridad interior que Cristo trae, algo que el mundo no puede ofrecer. Estos dones provienen tanto del Padre como del Hijo, lo que revela su unidad divina. San Beda subraya que el Hijo, igual al Padre, concede los mismos dones. Todo esto refleja el mensaje del Evangelio de Juan, donde se enseña que el Padre envía al Hijo para darnos vida, verdad y el perdón de los pecados. Estos dones crecen en la vida del creyente por medio de la fe y el amor, vividos en la verdad[14].

El autor desea a los fieles estos tres dones: gracia, misericordia y paz. La gracia representa el amor salvador de Dios; la misericordia amplía esta idea, mostrando la compasión divina; y la paz es el don mesiánico de reconciliación, expresado en el término bíblico shalom. Todos estos bienes provienen de Dios Padre y de Jesucristo, el Hijo del Padre, afirmando así la fe cristiana en la divinidad y filiación de Jesús. Esta mención es clave, ya que responde a las herejías que negaban la verdadera identidad de Cristo[15].

El saludo de la Segunda Carta de san Juan —“La gracia, la misericordia y la paz estarán con nosotros de parte de Dios Padre y de Jesucristo, el Hijo del Padre, en la verdad y en el amor”— encuentra eco en la liturgia de la Iglesia, particularmente en los ritos iniciales de la Santa Misa. Tras santiguarse el sacerdote y la asamblea, el celebrante, extendiendo las manos, proclama: “La gracia y la paz de parte de Dios, nuestro Padre, y de Jesucristo, el Señor, estén con todos vosotros”. Este saludo litúrgico no es una fórmula vacía ni un simple gesto de cortesía, sino una profunda expresión de comunión eclesial y de presencia trinitaria. Invocar la gracia, la misericordia y la paz es reconocer que toda la vida cristiana brota del don gratuito de Dios, que nos perdona, nos acompaña y nos reconcilia.

 

Cuerpo central (vv. 4-11)

El mandamiento del amor (vv. 4-6)

 

4 Me alegré mucho al encontrar entre tus hijos a quienes viven conforme a la verdad, al mandamiento que recibimos del Padre.

         El apóstol expresa su alegría por haber encontrado creyentes de la comunidad que viven según la verdad, es decir, que cumplen los mandamientos. Esta fidelidad no es un reproche, sino un motivo de alabanza, pues refleja bien a toda la Iglesia a la que escribe. “Caminar en la verdad” significa vivir de acuerdo con la enseñanza evangélica, especialmente creyendo en Jesucristo y practicando la caridad fraterna, un mandamiento que no es nuevo, sino parte fundamental de la enseñanza cristiana desde el inicio[16].

“Vivir conforme a la verdad”, o más literalmente “caminar en la verdad”, es una expresión que indica la fidelidad a los mandamientos de Dios, los cuales se cumplen auténticamente cuando se viven en el amor[17]. Aquí los tres empleos del verbo “caminar” ponen ritmo al texto: “caminar en verdad” (v. 4), “caminar según sus mandamientos (v. 6), “caminar en él”, es decir, en el amor o en el mandamiento (v. 6). La palabra “mandamiento” es la palabra clave de la sección[18].

Recordemos brevemente el pasaje del hombre rico (Mc 10,17-22), en el que Jesús enseña que el cumplimiento auténtico de los mandamientos no se limita a una observancia externa, sino que exige una entrega radical: “Vende lo que tienes, dáselo a los pobres, y luego ven y sígueme” (v. 21). Con estas palabras, el Señor revela que seguirlo implica desprenderse de todo lo que impide el amor pleno a Dios y al prójimo, pues solo en esa libertad se puede vivir verdaderamente según la voluntad del Padre. Amar a los pobres y, en consecuencia, trabajar por erradicar la pobreza, es una prueba concreta e irrefutable de que se vive en fidelidad a los mandamientos del Señor. No se trata solo de un deber moral, sino de una exigencia evangélica: el amor auténtico a Dios se manifiesta en el amor efectivo al prójimo, especialmente al más necesitado. Allí donde se defiende la dignidad del pobre, se hace visible el Reino de Dios y se confirma que el mandamiento del amor está verdaderamente en el corazón de la vida cristiana.

 

5 Y ahora te ruego, Señora -y no te escribo un mandamiento nuevo, sino el que tenemos desde el principio-, que nos amemos unos a otros.

         El amor verdadero se demuestra cumpliendo todos los mandamientos del Señor, pero hay uno que destaca por encima de los demás: amar al prójimo. San Juan, retomando lo dicho en su primera carta, afirma que el amor a Dios se verifica, ante todo, en el amor hacia los hermanos. Es esta actitud la que prueba que realmente somos hijos de Dios[19].     Este versículo destaca por dos aspectos importantes. Primero, su coincidencia con la enseñanza de la primera Carta de Juan, tanto en las palabras como en el mensaje. Segundo, el uso de la expresión “amarse unos a otros”, una fórmula característica de la tradición joánica, presente también en su evangelio y en otras partes del Nuevo Testamento, como una síntesis del mandamiento cristiano fundamental[20].

Esta idea se extiende más en la Primera Carta de san Juan, pues lo expresa con contundencia: “Si alguien dice: Yo amo a Dios, pero odia a su hermano, es un mentiroso. Porque quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve” (1 Jn 4,20). Aquí desmonta cualquier forma de espiritualismo vacío o de religiosidad desconectada del amor concreto. El amor a Dios no se verifica en palabras ni en intenciones abstractas, sino en la relación real con el prójimo. El hermano visible —especialmente el pobre, el marginado, el herido— se convierte en el lugar tangible donde se pone a prueba la autenticidad de nuestra fe. Así, el amor al pobre no es opcional, ni un gesto accesorio de la caridad cristiana: es el criterio por el cual se reconoce si verdaderamente se ama a Dios. Donde hay indiferencia o desprecio por el hermano, se niega de hecho la comunión con Dios, por más que se invoque su nombre.

 

6 Y el amor consiste en que vivamos según sus mandamientos. Éste es el mandamiento que oísteis desde el principio: que caminéis en el amor.

Otras versiones expresan este versículo de la siguiente manera. “Este mandamiento lo debéis observar tal como habéis oído desde el comienzo”[21]. La expresión “caminar en la verdad” equivale a vivir según los mandamientos de Dios, al igual que “caminar en la luz”. El mandamiento central, antiguo y recibido desde el principio, es el amor. El versículo 6 establece una equivalencia clara entre amor y obediencia a los mandamientos, usando una estructura paralela: primero dice que amar es cumplir los mandamientos, y luego que el mandamiento es vivir en el amor. Así, se identifica “caminar en la verdad” con “caminar en el amor”, mostrando que vivir en la verdad cristiana es, esencialmente, amar a los demás[22].

Juan tiene claro que Jesús es el Camino (Jn 14,6), mientras que Lucas nos lo presenta como el Caminante, aquel que se acerca a los suyos en el camino de Emaús, los escucha, camina a su paso y les abre las Escrituras (Lc 24,13-35). En Él se unen el rumbo y la compañía, el sentido del viaje y la presencia fiel.

Jesús es, entonces, el Camino y el que camina con nosotros. Con Él, se avanza en la verdad, se crece en la fe y, sobre todo, se camina en el amor y con el Amor. Su presencia transforma cada trayecto humano en una peregrinación hacia el Padre, donde el corazón arde y los ojos se abren al partir el Pan.

 

Puente temático (v. 7)

7 Han venido al mundo muchos seductores negando que Jesucristo haya venido en carne mortal. Ése es el Seductor y el Anticristo.

El versículo 7 marca un giro en el tono de la carta y actúa como un puente entre sus dos partes. Aunque parece interrumpir la continuidad de los versículos 4–6, en realidad amplía la reflexión sobre “caminar en la verdad” al presentar su opuesto: “salir al mundo”, una expresión joánica que identifica a los falsos hermanos. Aquí el autor introduce un lenguaje apocalíptico, denunciando a quienes han salido como “el seductor y el anticristo”, figuras que simbolizan la oposición directa a Cristo y que solo aparecen en la literatura joánica. La negación de la encarnación —no confesar que Cristo ha venido en carne— es un signo claro de esta desviación del verdadero mensaje cristiano. Además, el uso del término “ahora” resalta la urgencia de la situación, pues sitúa el conflicto en un contexto escatológico: la comunidad vive un momento decisivo y está amenazada por la presencia activa del anticristo.[23].

La exhortación a vivir la caridad se vuelve más urgente debido a la presencia de falsos maestros en la comunidad. Estos negaban la encarnación de Jesucristo, rechazando así el amor que Dios mostró al hacerse hombre y morir por nosotros. Para San Juan, fe y caridad son inseparables: negar a Cristo encarnado es también rechazar el modelo del amor cristiano. Estos herejes, ya mencionados en la primera carta como seudoprofetas, son identificados ahora con el “seductor” y el “anticristo”. A diferencia de la primera epístola, donde la encarnación se presenta como un hecho pasado, aquí se afirma como una realidad permanente. El “anticristo” actúa ya en el mundo a través de estos falsos maestros, quienes, al negar la verdad, ejercen una influencia contraria al Evangelio[24].

Entonces, el autor advierte que muchos falsos maestros han salido al mundo, como ya se decía en 1 Jn 2,18 y 4,1-6. Su error principal es negar que Jesucristo haya venido en carne verdadera, es decir, en una naturaleza humana real. Esta enseñanza, también atribuida a los falsos profetas en la primera carta, refleja la doctrina de los gnósticos, especialmente los docetas, quienes sostenían que la humanidad de Cristo fue solo una apariencia y que su muerte no fue auténtica. Tal negación contradice el fundamento del cristianismo, por lo que el autor emite una seria advertencia en los versículos siguientes[25].

El hermoso prólogo del Evangelio de Juan lo expresa con fuerza y claridad: “Y la Palabra se hizo carne” (Jn 1,14). En este versículo, el término carne no alude simplemente al cuerpo, sino que designa a la humanidad en su condición de fragilidad, vulnerabilidad y mortalidad.

Así, al hacerse carne, la Palabra de Dios —el Hijo— asumió plenamente nuestra condición humana, con todas sus limitaciones, excepto el pecado (Hb 4,15). En Cristo, Dios no solo habla al hombre, sino que entra en su historia, abraza su debilidad e incluso experimenta la muerte, manifestando un amor sin medida que redime desde dentro la existencia humana. Negar esto es imposible para Juan.

 

Los anticristos (vv. 8-11)

8 Cuidad de vosotros, para no perder el fruto de vuestro trabajo, sino para que recibáis una amplia recompensa.

         La expresión “vuestro trabajo” —o, según algunas variantes, “nuestro trabajo”— hace referencia al esfuerzo apostólico o comunitario por mantenerse fieles a la verdad. Aunque Pablo, desde otra perspectiva, distingue e incluso contrapone la fe y las obras, el evangelista Juan orienta todas las obras del creyente hacia la obra de la fe (Jn 6,29). En este contexto, dichas obras aluden a la profesión de fe en Jesucristo y a la fidelidad a su enseñanza (vv. 7 y 9). Las expresiones “perder el fruto” y “recibir una recompensa” deben entenderse en clave escatológica, es decir, en relación con el juicio final y la plenitud de la vida eterna[26].

El apóstol advierte a los fieles que estén alerta frente al error, ya que dejarse arrastrar por él significaría perder todo lo alcanzado con esfuerzo. La vida cristiana implica lucha y sacrificio, pero trae consigo una gran recompensa ante Dios. Quienes se mantengan firmes en la fe transmitida por los apóstoles recibirán el premio completo: la vida eterna. En cambio, quienes abandonen esa verdad habrán trabajado en vano. Llamar “recompensa” o “galardón” a la vida eterna indica que, aunque es un don de Dios, puede ser verdaderamente merecida por las buenas obras hechas en la gracia[27].

Renegar de la verdadera fe en Cristo haría inútiles todos los sacrificios realizados por mantenerse fiel a Él. Por eso, el autor exhorta a la perseverancia, recordando que solo la fidelidad sostiene la esperanza de la recompensa. Esta misma llamada a mantenerse firmes aparece también en el Apocalipsis, en las cartas a las iglesias de Esmirna, Tiatira y Filadelfia, donde se anima a los creyentes a conservar lo que tienen hasta el final para recibir la corona de la vida[28].

El autor aquí recuerda una enseñanza central que proviene del mismo Cristo: “El que persevere hasta el final, se salvará” (Mt 24,13). Estas palabras nos recuerdan que la fidelidad constante en medio de las pruebas, dificultades y tentaciones es condición para alcanzar la salvación. No basta un momento de fervor o una adhesión pasajera; el seguimiento de Jesús exige constancia, paciencia y esperanza firme, hasta el último día. La perseverancia es, por tanto, la expresión concreta del amor fiel a Dios en el caminar de la vida.

 

9 Todo el que se excede y no permanece en la doctrina de Cristo, no posee a Dios. En cambio, el que permanece en la doctrina posee al Padre y al Hijo.

         Los que se exceden son los herejes, quienes se autodenominaban “avanzados” al pretender ir más allá de los límites establecidos por la enseñanza apostólica, incurriendo así en meras especulaciones, como se observa en 1 Jn 2,18.23. La expresión “la doctrina de Cristo” puede referirse tanto a la enseñanza impartida por Cristo como a la enseñanza que tiene a Cristo como contenido central[29].

La expresión «ir demasiado lejos» (v. 9) se refiere a abandonar la auténtica doctrina cristiana siguiendo a los falsos maestros, y equivale a “salir al mundo”. Aunque podría interpretarse como una crítica a los “progresistas”, en realidad el verbo proagó (“avanzar” o “adelantarse”) debe entenderse en contraste con “permanecer en” la enseñanza de Cristo. El uso de “caminar” asociado a la “verdad” en la primera parte de la carta muestra que la tradición joánica no rechaza el crecimiento espiritual. De hecho, en el Evangelio de Juan, Jesús anuncia que el Espíritu Santo guiará a sus discípulos a una comprensión más profunda de su palabra. Sin embargo, este progreso solo es auténtico si permanece en comunión con Cristo. “Tener al Padre y al Hijo” significa participar de la vida divina, algo que solo es posible a través del Hijo, quien revela al Padre[30].

En este versículo 9, el autor presenta una clara antítesis para contrastar a los falsos maestros con los verdaderos creyentes. Quienes “se exceden”, es decir, los seductores que se apartan de la doctrina apostólica en busca de supuestos avances gnósticos, no poseen a Dios. En cambio, quien permanece fiel a la enseñanza de Cristo, expresada en la fe recta y el amor fraterno, tiene al Padre y al Hijo. Esta oposición entre “excederse” y “permanecer” refleja una constante en la tradición joánica, donde se usan fórmulas breves y contundentes para afirmar la fidelidad como camino de comunión con Dios[31]. Esta perseverancia tiene su modelo en el mismo Cristo, cuya fidelidad no cambia con el tiempo, porque “Jesucristo es el mismo ayer, hoy y siempre” (Heb 13,8).

 

10 Si alguno va a visitaros y no os lleva esta doctrina, no lo recibáis en casa ni lo saludéis,

         El verbo “saludar” debe entenderse aquí en el sentido de “dar la bienvenida”. El autor no prohíbe un simple saludo cordial, como lo comprendemos hoy, sino que desaconseja acoger al hereje en la propia casa, brindarle hospitalidad como a un hermano y establecer con él vínculos de comunión. Este enfoque riguroso, que también se encuentra en Pablo (1 Co 5,6.9), responde a la necesidad de proteger la pureza de la fe cristiana y resguardarla del riesgo de contaminación por la herejía[32].

Este versículo refleja una situación concreta: algunos predicadores de doctrinas falsas llegan a la comunidad, y acogerlos implicaría compartir su enseñanza y, por tanto, participar en sus malas obras (v. 11). Esto rompería la comunión con el autor y con los verdaderos creyentes, tal como se expresa en 1 Jn 1,3. La auténtica comunión cristiana exige rechazar las tinieblas y mantenerse libre de la influencia del error. La firmeza contra los falsos profetas se enmarca en un contexto de fuerte tensión escatológica, ante la amenaza del anticristo. Sin embargo, esta postura plantea una tensión dentro del mismo pensamiento joánico: ¿cómo conciliar la exclusión de los herejes con el mandamiento del amor? Si “amarse unos a otros” se limita al círculo interno, corre el riesgo de volverse excluyente, en contraste con el mensaje universal del Evangelio: “amad a vuestros enemigos” (Mt 5,43.46-47). Esto deja abierta una pregunta sobre cómo equilibrar fidelidad doctrinal y apertura evangélica[33].

El recibir a un hereje implicaría estar en la capacidad de defender la fe, y al respecto es sabido lo que san Pedro en su Primera Carta recomienda, a estar preparados para dar razón de la esperanza que hay en nosotros, lo cual implica una defensa firme y a la vez respetuosa de la fe frente a las críticas o enseñanzas erróneas. El pasaje clave se encuentra en 1 Pe 3,15: “Estén siempre dispuestos a dar razón de su esperanza a todo el que les pida una explicación. Pero háganlo con dulzura y respeto, y con buena conciencia…”. El estar siempre dispuestos es necesario, pues la fe no es algo pasivo, sino que exige preparación constante. Dar razón se refiere a la apologética cristiana, es decir, poder explicar con argumentos y testimonio personal por qué creemos en Cristo, pero no de cualquier forma, sino con dulzura y respeto, ya que la defensa de la fe no debe ser agresiva ni altanera, sino humilde, como corresponde a quien sigue a Cristo, y con buena conciencia, en lo que se requiere coherencia de vida; no basta con saber, sino también vivir lo que se cree. Este llamado cobra especial importancia en contextos donde hay falsos maestros, como también señala san Pedro en su Segunda Carta (2 Pedro 2), donde advierte con fuerza contra quienes introducen herejías y desvían a los fieles.

 

11 pues el que lo saluda se hace solidario de sus malas obras.

         La expresión “hacerse solidario de sus malas obras” no se limita a conductas moralmente censurables, como la falta de amor fraterno, sino que alude principalmente a la actitud herética en sí misma: el rechazo de la verdad de Cristo y la difusión de una doctrina falsa y dañina[34].

Aquí se advierte que quien acoge o saluda a los herejes se convierte en cómplice de sus malas acciones, compartiendo su responsabilidad y sus errores. Por eso, el apóstol insiste en proteger a los creyentes del riesgo de contaminarse con falsas doctrinas. Esta enseñanza puede aplicarse más ampliamente: no solo se refiere a los herejes, sino también a las malas influencias en general, como amistades perjudiciales, lecturas o medios que pongan en peligro la fe y la moral cristiana[35].

El rechazar tajantemente a los que se equivocan en la profesión de la fe puede parecer dura o contraria al espíritu evangélico, pero en este contexto responde a una situación crítica de confusión y división dentro de la comunidad. En contextos así, medidas firmes son necesarias para preservar la fe. Incluso el Evangelio de Mateo (18,17) habla de romper la relación con quien no escucha a la Iglesia. En estos casos, una actitud demasiado tolerante —irenismo— no sería caridad, sino participación en el error y en el mal[36].

La Iglesia católica, a lo largo de los siglos, se configuró como una firme defensora del depósito de la fe, asumiendo con responsabilidad su misión de custodiar la verdad revelada. En este propósito, se erigieron instituciones como el Santo Oficio —hoy Congregación para la Doctrina de la Fe— que actuaban como tribunales doctrinales, encargados de discernir y condenar las herejías, así como de corregir a quienes las sostenían. Aunque estos mecanismos hoy se perciben con recelo y son calificados por muchos como expresiones de autoreferencialidad o incluso de fanatismo religioso, no se puede negar que existía un claro criterio de verdad y error. La doctrina era reconocida como un bien a preservar, y se actuaba en consecuencia, buscando proteger a los fieles de enseñanzas desviadas que pudieran poner en peligro su salvación.

En contraste, en el contexto actual, esta claridad doctrinal parece haberse diluido. Las advertencias públicas frente a errores teológicos o espirituales son cada vez menos frecuentes, y en muchos casos, los canales oficiales guardan silencio ante la proliferación de nuevas formas de sincretismo religioso, como el New Age, el Yoga con enfoque esotérico, la astrología, las terapias energéticas y otras expresiones que, aunque presentadas como inofensivas o incluso complementarias a la fe, en realidad contradicen elementos fundamentales del cristianismo.

Esta falta de discernimiento y advertencia, sumada a una actitud de aparente indiferencia doctrinal, ha permitido que muchas de estas prácticas penetren incluso en ambientes eclesiales, sin que los fieles sean suficientemente formados para distinguir entre lo auténticamente cristiano y lo que no lo es. El riesgo es claro: una fe debilitada, difusa, carente de identidad, vulnerable a modas espirituales que, lejos de acercar a Dios, desvían de la verdad revelada en Jesucristo.

 

Conclusión epistolar (vv. 12-13)

12 Aunque me queda mucho por escribir, prefiero no hacerlo con papel y tinta, pues espero ir a veros y hablar de viva voz, para que nuestro gozo sea completo.

El cierre de la carta, similar al de 3 Jn 13-14 y a los finales del evangelio (Jn 20,30; 21,25), expresa el deseo del autor de visitar pronto a la comunidad para que el gozo compartido sea pleno, en línea con la comunión anhelada (1 Jn 1,4). El término “gozo” crea una inclusión con el versículo 4, donde se alegraba al ver que algunos caminaban en la verdad. El autor espera encontrarse con una comunidad fiel a la enseñanza recibida. Queda la interrogante de si la carta logró convencer a los “hijos de la Señora Elegida” de rechazar al anticristo y sus falsas doctrinas[37].

En este versículo el autor señala que tiene mucho más que decir, pero prefiere hacerlo en persona, “de viva voz”, lo que refleja su papel de líder con autoridad para dirigirse a una iglesia hermana. Esta actitud ha llevado a la tradición a atribuir la carta al apóstol Juan. La expresión «para que nuestro gozo sea completo» refuerza la conexión con el mismo ambiente espiritual de la primera carta y del evangelio de Juan (15,11), donde la plenitud del gozo se encuentra en la comunión con Jesucristo y en la fraternidad entre los creyentes[38].

De todos los apóstoles, san Juan es uno de los que ofrece mayores evidencias históricas respecto a la sucesión apostólica. Se sabe con razonable certeza que tuvo discípulos directos, entre ellos san Ignacio de Antioquía, uno de los Padres Apostólicos más destacados de la Iglesia primitiva. Ignacio no solo fue obispo de una de las comunidades cristianas más importantes del mundo antiguo, sino que también dejó por escrito una serie de cartas profundamente teológicas y eclesiológicas, que testimonian la vitalidad del cristianismo en su tiempo y la transmisión fiel de la enseñanza recibida de los apóstoles.

A su vez, san Ignacio de Antioquía habría influido en otros grandes personajes de la Iglesia primitiva, entre ellos san Policarpo de Esmirna, quien también fue discípulo directo de san Juan. San Policarpo, por su parte, fue maestro de san Ireneo de Lyon, otro gigante de la teología patrística, quien en sus obras (especialmente Adversus Haereses) defendió vigorosamente la fe apostólica frente a las herejías de su tiempo, como el gnosticismo.

Este linaje espiritual y doctrinal —san Juan → san Ignacio/Policarpo → san Ireneo— constituye una de las cadenas de sucesión más claras y documentadas de la Iglesia primitiva. No se trató solo de una transmisión de autoridad episcopal, sino de una verdadera transmisión viva de la fe, con nombres, rostros, obras y martirios concretos, que dan fe de la autenticidad de lo que se enseñaba y vivía.

Este testimonio histórico refuerza la comprensión católica de la sucesión apostólica no solo como una línea jerárquica, sino también como una garantía de fidelidad al Evangelio tal como fue recibido por los apóstoles y custodiado en la Iglesia. Así, se muestra que la fe católica no es una interpretación tardía ni un desarrollo artificial, sino una tradición viva, enraizada directamente en la enseñanza de Cristo y sus testigos inmediatos, y en parte gracias a estas cartas escritas por los apóstoles para animar a las comunidades, aunque también lo hicieron de “viva voz”.

 

13 Te saludan los hijos de tu hermana Elegida.

La “Elegida” mencionada se refiere a la Iglesia a la que pertenecía el “Presbítero” del versículo 1. La profunda comunión entre las comunidades cristianas, como señala 1 Jn 1,3, permitía que se considerasen mutuamente como Iglesias “hermanas”. Algunos estudiosos sostienen que esta “Elegida” podría haber sido la Iglesia de Éfeso[39].

San Juan cierra la carta con un saludo de parte de los hijos de la hermana de la “señora Electa”, también llamada Electa (v. 13). Estos “hijos” representan a los miembros de la comunidad desde donde escribe, probablemente Éfeso, como se ha visto. El apóstol no envía un saludo individual porque se considera parte de esa misma iglesia que saluda, subrayando así el fuerte sentido de comunión eclesial entre las comunidades joánicas[40].

Vemos aquí que el hecho de que el autor de la carta transmita saludos de unos miembros a otros no es un simple detalle epistolar, sino un signo elocuente de comunión eclesial. Esta práctica revela que su intención de escribir —e incluso de visitar personalmente a las comunidades— no era un asunto reservado o individual, sino algo comunicado y compartido entre todos los miembros de la Iglesia. En otras palabras, era “puesto en común”, lo que expresa con fuerza una vivencia concreta de la sinodalidad, en su sentido más original: caminar juntos, en la fe, en el discernimiento y en la misión.

Estos saludos personales, que encontramos frecuentemente en las cartas paulinas y joánicas, dan cuenta de una Iglesia viva y fraterna, donde cada miembro era reconocido, donde existían vínculos reales entre las distintas comunidades, y donde la autoridad apostólica se ejercía en un tono de cercanía y afecto, más que de distancia jerárquica.

Así, la práctica de enviar saludos o comunicar intenciones de visita no solo fortalece la unidad doctrinal, sino también la unidad afectiva y pastoral entre las Iglesias. Este detalle, muchas veces pasado por alto, es en realidad una expresión concreta del carácter sinodal de la Iglesia primitiva, donde la comunión no era teórica, sino vivida en el intercambio mutuo, la preocupación por el otro, y la construcción del Cuerpo de Cristo en sus diversas comunidades locales.

Hoy, en un tiempo en que la Iglesia ha recuperado con fuerza el concepto de sinodalidad, conviene redescubrir estos elementos aparentemente simples, pero profundamente significativos, como verdaderas raíces de nuestra identidad eclesial.

 

SÍNTESIS TEOLÓGICA

Et Verbum caro factum est, et habitavit in nobis (Jn 1,14)

Esta Segunda Carta de san Juan, aunque breve, ofrece enseñanzas esenciales que siguen teniendo vigencia. Entre ellas destaca el llamado a mantener la fe íntegra frente a las falsas doctrinas, especialmente aquellas que niegan la encarnación real de Jesucristo. A diferencia de la Primera Carta, 2Jn resalta con más fuerza la necesidad de permanecer en la enseñanza recibida y advierte contra el “propasarse”, entendido no como un progreso sano en la fe, sino como una desviación peligrosa, como la de los gnósticos, que rompen con la verdad revelada en Jesús.

El autor insiste en que apartarse de esta doctrina esencial equivale a perder la comunión con Dios y con Cristo. Aunque estas advertencias pueden parecer duras o incluso contrarias al espíritu evangélico de apertura, deben entenderse en un contexto de crisis y amenaza para la comunidad. Más que integrismo, se trata de defender el núcleo del cristianismo: la fe en Jesús como Dios encarnado.

 

Deus caritas est

El amor es, sin duda, uno de los temas fundamentales de la Segunda Carta de San Juan, el libro más breve de toda la Sagrada Escritura. Lejos de ser un simple sentimiento o una exhortación genérica, el amor se presenta aquí como una forma concreta de vida: caminar en el amor significa vivir según los mandamientos que la comunidad ha recibido desde el principio.

El autor no introduce un mensaje nuevo ni pretende imponer normas inéditas. Al contrario, recuerda un precepto ya conocido y fundamental: el mandamiento del amor, que constituye el corazón mismo del Evangelio y el cimiento sobre el cual se ha edificado la comunidad cristiana. Por eso, Juan no hace otra cosa que reavivar la conciencia de pertenecer al Señor, en quien se ha manifestado plenamente el amor del Padre.

Recordar este mandamiento no es un gesto autoritario, sino una llamada a la fidelidad y autenticidad del discipulado cristiano. Tal como Jesús lo expresó en el Evangelio de Juan: “En esto conocerán todos que son mis discípulos: en que se aman los unos a los otros” (Jn 13,35). Así, el apóstol busca que el amor fraterno sea la señal visible de que la comunidad permanece en la verdad y no se deja engañar por los falsos maestros ni por doctrinas extrañas. Por eso, el amor no es una opción secundaria, sino el criterio decisivo de la fe auténtica. Recordarlo —como lo hace Juan— es también una forma de custodiar la comunión, renovar la identidad cristiana y proteger a la Iglesia de toda forma de división o engaño.

 

Adversus haereses

Los versículos 10-11 de la Segunda Carta de san Juan, en los que se prohíbe acoger o saludar a quienes no traen la verdadera doctrina, pueden resultar chocantes a la sensibilidad actual, especialmente si se leen fuera de contexto o de manera literalista. Sin embargo, es importante comprender que estas palabras expresan una seria advertencia frente al peligro real de diluir el Evangelio hasta desfigurarlo, y no una invitación al rechazo indiscriminado de las personas.

El autor no está promoviendo una actitud de intolerancia hacia quienes buscan sinceramente la verdad o atraviesan dudas de fe. Más bien, se refiere a quienes, con conciencia y persistencia, difunden errores doctrinales —en aquel contexto, los misioneros gnósticos— y ponen en riesgo la fidelidad de la comunidad. Frente a este peligro, la carta exhorta a mantener una clara delimitación entre la verdad del Evangelio y los mensajes que lo contradicen.

Aunque hoy estas directrices no se aplican del mismo modo que en el siglo I, su espíritu permanece vigente: proteger la fe sin caer en el rechazo humano. Se trata de discernir el error sin deshumanizar al que yerra, y de recordar que la acogida cristiana no puede hacerse a costa de la verdad revelada. La hospitalidad, signo distintivo del cristianismo primitivo, encuentra su límite cuando el acogido pone en peligro la unidad y la fidelidad doctrinal de la comunidad.

Es también relevante destacar que la carta está dirigida a toda la comunidad eclesial, no solo a individuos. Por tanto, el llamado a la vigilancia y al discernimiento es una responsabilidad compartida. La comunidad entera está llamada a custodiar el depósito de la fe y a vivir en la verdad y el amor. Fe y caridad no pueden separarse, porque renunciar a lo esencial de la fe equivale también a romper la comunión, fundamento de la vida cristiana.

 

Pastor bonus sicut Bonus Pastor

La epístola joánica halla su razón de ser en una profunda motivación pastoral: proteger a la comunidad de la desviación doctrinal y custodiar la unidad de la fe. Impulsado por un amor paternal que no conoce distancias, el anciano apóstol toma la pluma y empapa la tinta con afecto y desvelo. Sus palabras no son meros recordatorios de la verdad; son un gesto concreto de cercanía que hace palpable su aprecio por cada miembro de la Iglesia y su anhelo de confirmarles en la verdad recibida.

Más aún, Juan declara su deseo de estar físicamente con ellos—un detalle que revela cuánto valora la presencia personal como medio privilegiado para fortalecer la comunión. Sabe que, frente a la amenaza del error, nada sustituye el encuentro cara a cara, donde la fe se robustece mediante la palabra viva, la mirada y el testimonio. Así, el autor demuestra que la auténtica autoridad apostólica se ejerce no desde la distancia, sino desde la proximidad afectuosa y el acompañamiento concreto; su carta es, en definitiva, una extensión de ese abrazo pastoral que aspira a mantener a la comunidad “en la verdad y en el amor” (2 Jn 3).

Todo pastor auténtico en la Iglesia —sea obispo, presbítero, diácono o incluso un agente pastoral laico— está llamado a configurarse con Cristo, el Buen Pastor, y no simplemente a ejercer una función. Ser pastor bonus sicut Bonus Pastor implica mucho más que guiar o administrar; significa vivir una entrega de sí mismo al estilo del mismo Jesús, que dice en el Evangelio: “Yo soy el Buen Pastor. El Buen Pastor da la vida por sus ovejas” (Jn 10,11). Esta frase encierra una verdad clave: Cristo no solo enseña, sino que se entrega. No se limita a conducir, sino que se ofrece por completo por su rebaño. Por tanto, el pastor cristiano debe ser imagen visible y concreta de este amor oblativo, que no busca el beneficio propio, sino la salvación de las almas.

 

APLICACIÓN PASTORAL

         ¡Somos los hijos de la Iglesia Elegida por Dios! ¡San Juan nos ha escrito una hermosa carta!

         Es una gran verdad: la Segunda Carta de san Juan posee una vigencia indiscutible, como toda Palabra de Dios, viva y eficaz, que actúa como espada de doble filo y penetra hasta lo más profundo del alma (Hb 4,12). Dejémonos interpelar por estas breves líneas que el anciano apóstol Juan nos dirige, como un susurro al oído o como una proclamación solemne en nuestras asambleas litúrgicas, para que acojamos con el corazón abierto este mensaje de amor y verdad.

Al atardecer de su peregrinación terrena, el anciano apóstol Juan—último testigo ocular del Verbo hecho carne—vela con esmero por el rebaño que el Señor le confió. Con la ternura de un padre y la firmeza de un pastor, se dirige a la “Señora Elegida y a sus hijos” (v. 1), imagen de la Iglesia local, y les dirige un saludo colmado de densidad teológica: gracia, misericordia y paz que brotan del Padre y del Hijo, inseparables en el lazo del Amor, que es el Espíritu Santo (v. 3). No se trata de una fórmula de cortesía; en esas tres palabras se condensa el anuncio cristiano: la gratuidad del don divino (gracia), el entrañable desvelo de Dios por el pecador (misericordia) y la plenitud de la reconciliación alcanzada en Cristo (paz).

A renglón seguido, Juan elogia a sus destinatarios porque “caminan en la verdad”. Para él, la verdad no es un simple enunciado doctrinal, sino la persona misma de Jesús (“Yo soy la verdad”, Jn 14,6) y la vida que brota de su Espíritu. Permanecer en la verdad equivale a permanecer en Cristo (Jn 15,4), y ese arraigo se verifica en la práctica concreta del amor fraterno. Al reconocer la fidelidad de la comunidad elegida, Juan fortalece su ánimo frente a las tensiones internas y las doctrinas desviadas que amenazan su unidad. Así, sus breves líneas se convierten en un doble llamado: conservar la pureza de la fe recibida y encarnarla en un amor que haga visible, aquí y ahora, la comunión trinitaria.

¡Qué hermoso debió ser aquel momento en que el anciano Presbítero, con manos marcadas por los años y el alma llena de celo pastoral, tomó un sencillo pergamino, pluma y tinta, y comenzó a trazar aquellas líneas! Palabras que sus primeros destinatarios leyeron con lágrimas en los ojos, y que hoy nosotros, con corazón reverente, estudiamos y queremos acoger como dirigidas también a nosotros, en la certeza de que la Palabra de Dios no envejece ni pierde su fuerza.

Tras el saludo inicial, el apóstol expone el motivo de su alegría (v. 4): ha hallado “hijos”, es decir, creyentes que viven conforme a la verdad recibida del Padre. Vivir en la verdad supone siempre la posibilidad de caer en la mentira—fuente de tristeza y, en última instancia, de condenación—; pero ese no es el caso de la Iglesia Elegida. Los hijos de la Señora permanecen fieles y ello colma de gozo a san Juan. Si así se regocija un servidor del Señor, ¡cuánto más no se alegrará el mismo Jesús al ver que sus hermanos perseveran en la obediencia, la gracia y la paz, esforzándose cada día por mantenerse en la verdad!

Y a eso precisamente estamos llamados los católicos del siglo XXI: a vivir de tal manera que llenemos de alegría el corazón de Dios, llevando nuestras vidas en el amor y la fidelidad. No se trata de una tarea fácil; implica superar pruebas, sortear obstáculos y permanecer vigilantes en la oración para no caer en la tentación. Pero en ese esfuerzo perseverante por ser coherentes con nuestra fe, contribuimos a instaurar el Reino de Dios, ese Reino de justicia, paz y verdad que tanto necesita nuestro mundo herido y fragmentado. Ser discípulos hoy es, más que nunca, ser luz en medio de las tinieblas.

Continúa san Juan (v. 5), con tono sereno y paternal, sin la intención de imponer nuevas cargas ni añadir normas adicionales a la vida de los creyentes. Muy por el contrario, el apóstol se limita a recordar lo esencial, aquello que han oído desde el principio—desde el momento en que él mismo fundó la comunidad y les anunció el kerigma con la fuerza del Espíritu y la alegría del Resucitado—: que se amen los unos a los otros. No hay en sus palabras una novedad doctrinal, sino una llamada a la permanencia en lo fundamental, porque el amor fraterno no es una opción secundaria, sino el mandamiento que resume y da cumplimiento a toda la vida cristiana. Para Juan, amar es caminar en la verdad; es hacer visible a Cristo en medio de la comunidad.

Y entonces nos preguntamos, con humildad y sinceridad: ¿conservamos hoy los cristianos aquella clara conciencia del amor mutuo que animaba a los hijos de la Señora Elegida? ¿Vivimos con la misma sencillez y grandeza ese mandamiento que es a la vez el corazón del Evangelio y el distintivo del verdadero discípulo? O, por el contrario, ¿nos hemos dejado arrastrar por la indiferencia, el juicio fácil, la frialdad espiritual y la comodidad que nos alejan del amor con que Dios mismo nos ha amado? Es un cuestionamiento necesario y urgente, porque solo desde el amor —auténtico, concreto, perseverante— el mundo podrá reconocer que somos verdaderamente hijos de Dios.

¿Pero en qué consiste ese amor? San Juan, con la claridad que lo caracteriza, nos responde: “en proceder según sus mandamientos” (v. 6). Y, a su vez, ¿cuáles son esos mandamientos? El apóstol vuelve a recordarlo con firmeza y ternura: es el mismo que habéis recibido desde el principio, es decir, “que viváis en el amor”. Así, Juan establece un círculo virtuoso en el que amar es cumplir los mandamientos, y el mandamiento por excelencia es amar.

Hay, por tanto, una fuerza gravitacional que recae sobre el amor: no como un sentimiento pasajero o una idea abstracta, sino como un compromiso concreto de vida que se expresa en la obediencia a la voluntad de Dios y en el trato fraterno hacia los demás. El amor cristiano, tal como lo entiende Juan, es fidelidad activa, entrega sostenida, coherencia entre lo que se cree y lo que se vive. No hay espacio para duplicidades: quien ama, camina en la verdad; quien permanece en la verdad, ama de verdad.

¿Vivimos realmente en el amor?

Cuando nos alejamos de quienes menos nos agradan y no somos capaces de soportar con paciencia las deficiencias del prójimo: ¿Vivimos en el amor?

Cuando, ante las múltiples necesidades de los demás, no somos capaces ni de dar ni de darnos: ¿Vivimos en el amor?

Cuando no nos interesa siquiera pensar, y mucho menos orar, por el cese de las guerras sangrientas que sufren tantos pueblos oprimidos: ¿Vivimos en el amor?

¿Vivimos en el amor cuando parcializamos a la Iglesia según ideologías mundanas y pretendemos, con grosera simpleza, dividir a los bautizados entre “conservadores” y “progresistas”?

¿Es verdadero amor cuando no nos esforzamos por conocer nuestra fe, cuando ignoramos la doctrina católica, desoímos los documentos del Magisterio y no nos preocupamos por poner en práctica el Evangelio?

Estas preguntas no son acusaciones, sino un llamado a la conversión. Porque amar, en la lógica del Evangelio, no es un vago sentimiento, sino una decisión constante, concreta, exigente y liberadora. Y sólo quien ama verdaderamente puede decir que camina en la verdad.

San Juan ha conocido al Amor. Él es el discípulo amado, el que reposó su cabeza sobre el pecho del Señor, y por eso puede hablar con autoridad del amor que ha tocado, visto y oído. Con él, también nosotros queremos conocer ese Amor de Dios. Pero para conocerlo de verdad, no basta con una vaga emoción: es necesario creer en Él. Creer de verdad implica profesar la fe en Jesucristo, el Hijo de Dios hecho carne (v. 7), que vino al mundo por medio del virginal vientre de la bienaventurada Virgen María. Negar esta verdad no es una opción secundaria: es, en el fondo, decirle “no” a Dios.

La irrupción de Dios en la historia no es un mito ni una leyenda piadosa, sino una verdad que salva y libera. Salva, porque Jesús es “la salvación de Dios” (Lc 2,30); y libera, porque Él mismo, siendo la Verdad, nos hace libres para amar (Jn 8,32). Por eso, no podemos quedarnos en una fe superficial o cultural: es necesario profesar con firmeza, de palabra y con la vida, que creemos en Jesucristo, el Hijo de Dios, nacido de Santa María Virgen, verdadero hombre sin dejar de ser verdadero Dios. Solo desde esta fe encarnada en la vida podremos, como san Juan, vivir en el Amor, caminar en la Verdad y permanecer fieles al Dios que se nos ha revelado en Jesucristo.

Y, sin embargo, hubo quienes negaron esta verdad que para nosotros hoy resulta tan evidente.

Sí, esta Segunda Carta de san Juan da testimonio de que ya en la Iglesia primitiva surgieron quienes rechazaron el misterio de la Encarnación. Cayeron en la herejía al afirmar que la venida de Cristo al mundo no se había realizado por medios naturales y humanos, sensibles y palpables, sino por caminos oscuros y pseudofísicos, propios de fantasías religiosas más que de la auténtica fe cristiana. Sus mentes se enredaron en suposiciones absurdas, incapaces de acoger la desbordante simplicidad del Dios hecho Niño.

Olvidaron —o rechazaron— que el Verbo eterno se encarnó en la historia concreta, en la carne frágil de un niño que nació en una noche fría, en la humildad de un portal en Belén, de una madre virgen y bajo el patrocinio venturoso del justo san José. Frente a toda especulación vacía, la fe apostólica proclama con firmeza: Dios se hizo hombre, verdadero hombre, sin dejar de ser verdadero Dios, y vino a habitar entre nosotros para salvarnos desde dentro de nuestra humanidad.

San Juan no duda en calificar a estos desviados de la fe como “anticristos”. Es una palabra que solemos asociar al género apocalíptico, cargada de imágenes sombrías y dramáticas, pero que aparece también con toda claridad en esta breve carta que hoy meditamos. Y aunque suene dura o incluso estremecedora, el término “anticristo” no es una exageración ni un recurso literario, sino una seria advertencia.

El anticristo —como lo define san Juan en el versículo 7— es el gran impostor, aquel que niega que Jesucristo ha venido en carne mortal. Es decir, todo aquel que se opone a la verdad central del cristianismo: la encarnación del Hijo de Dios. No se trata simplemente de una opinión equivocada o de un matiz doctrinal, sino de una ruptura frontal con la fe apostólica. Negar que el Verbo se hizo carne es negar la salvación misma, es poner en entredicho el misterio de Dios que ha querido habitar entre nosotros.

Por eso, para Juan, el anticristo no es solamente una figura futura y apocalíptica, sino una realidad presente en todo aquel que —por engaño, indiferencia o soberbia— se opone a la verdad de Cristo. Frente a ello, el creyente está llamado a permanecer firme en la doctrina recibida, discernir los espíritus y no dejarse seducir por discursos brillantes pero vacíos de verdad.

Y entonces no podemos sino asombrarnos —y dolernos— al constatar la multitud de “anticristos” que pululan en nuestro mundo actual. No se trata solo de figuras oscuras o de personajes de fantasía apocalíptica, sino de actitudes concretas, visibles, que se oponen frontalmente a Cristo y a su Evangelio.

Son anticristos quienes aprueban el aborto y la pena de muerte, negando el valor inviolable de la vida humana desde la concepción hasta su fin natural.

Son anticristos quienes cierran el corazón y las fronteras a los migrantes, ignorando el rostro sufriente de Cristo en el extranjero, el desplazado, el refugiado.

Son anticristos los que invaden territorios por ambición de poder o intereses económicos, tiñendo de sangre inocente los mapas del mundo.

Son anticristos quienes oprimen a sus pueblos bajo regímenes totalitarios, secuestrando la libertad, sembrando miedo, y sumiendo en la miseria a naciones enteras.

Son anticristos, también, quienes se conmueven más por el bienestar de una mascota que por el hambre de un huérfano o el abandono de un anciano, perdiendo el sentido de la justicia y de la verdadera compasión.

Estas realidades nos gritan que el espíritu del anticristo no es una teoría lejana, sino una amenaza presente, contra la cual debemos mantenernos vigilantes, firmes en la verdad y activos en el amor. Porque cada vez que se niega a Cristo en el rostro del hermano, cada vez que se desprecia la vida, la dignidad y la libertad, se le vuelve a decir “no” al Verbo encarnado.

En medio de tanta distracción sembrada por el maligno, la exhortación de san Juan es clara y urgente (v. 8): estar atentos, vigilantes, para no perder el fruto de nuestro trabajo, sino más bien recibir la recompensa perfecta.

La salvación es, sin duda, obra gratuita de Dios, pero perseverar en la gracia requiere nuestra colaboración libre, nuestra disposición constante a hacer su voluntad. En esto, María Santísima es nuestro modelo supremo: libre entre todas las criaturas, se declaró esclava del Señor, porque su corazón siempre estuvo abierto al fiat, al “hágase” que permitió al Verbo hacerse carne en ella.

Estar atentos significa vivir con los ojos del alma bien abiertos, y con los oídos del corazón dispuestos a escuchar la voz de Dios que habla en los signos de cada día. Es discernir con la luz del Espíritu Santo qué nos conduce a Dios y qué nos aleja de Él. Como nos recuerda san Pablo: “Todo me está permitido, pero no todo me conviene” (1 Cor 6,12). No basta con evitar el mal; es necesario buscar activamente lo que nos santifica.

La verdadera recompensa es la salvación, la comunión eterna con Dios, la gloria de la patria celestial. No está en los honores de este mundo, ni en el éxito ni en la aprobación humana. Aunque el Señor, en su bondad, bendice también aquí en la tierra a quienes le son fieles, su promesa más alta es la vida eterna. Y esa promesa se alcanza pidiendo con fe, pero sobre todo pidiendo lo que nos haga santos, lo que nos conforme cada vez más con la voluntad de Dios.

La doctrina (v. 9) de la que nos habla san Juan no es un tratado complejo ni un sistema teológico reservado para unos pocos ilustrados. No, de ninguna manera. La doctrina de Cristo es, en su esencia más pura y verdadera, el amor. Un amor concreto, exigente, encarnado; un amor que llega hasta el dolor, como bien lo han recordado nuestros santos contemporáneos.

Lejos de ser inaccesible o abstracta, la auténtica enseñanza de Cristo es clara, sencilla y profundamente transformadora: él es el Hijo de Dios, que murió por nosotros para nuestra salvación; que, siendo rico, se hizo pobre para enriquecernos con su pobreza (2 Cor 8,9). Esta es la buena nueva, la verdad que libera, la luz que no se apaga.

La doctrina de Cristo es su vida misma, es su entrega sin medida, su perdón, su compasión, su fidelidad al Padre y su cercanía a los más pequeños.

Y su voluntad —como lo expresa san Pablo— es clara: que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad (1 Tim 2,4). Esa es la misión, esa es la enseñanza: un amor que se dona, una verdad que se comunica, una salvación que se ofrece a todos sin excepción.

Como hemos visto, el amor que el apóstol profesa por la Señora Elegida —es decir, por su amada comunidad— es un amor radical, profundo y auténtico. Este amor lo impulsa a tomar posiciones igualmente firmes, como se evidencia en el versículo 10 de esta Segunda Carta de Juan, cuando, casi al despedirse de su breve misiva, advierte con claridad que no es bueno acoger, aceptar ni dialogar con quienes se presentan con enseñanzas o normas distintas a las ya recibidas. En especial, muestra preocupación por aquellos que niegan la encarnación del Señor Jesús, pues dicha negación socava el fundamento mismo de la fe cristiana.

Esto nos lleva a reflexionar, por ejemplo, sobre aquellas denominaciones cristianas que, puerta por puerta, realizan proselitismo religioso. Muchas veces son recibidos por católicos poco formados o incluso por personas sin fe, y con un notable poder de persuasión —más basado en la manipulación emocional que en la verdad del Evangelio— logran atraer hacia sus filas a los más vulnerables. Por eso, la advertencia del apóstol cobra una gran vigencia para nosotros, los fieles católicos: cuando no nos preparamos, cuando no conocemos ni vivimos nuestra fe, nos volvemos fácilmente manipulables y propensos a extraviarnos del camino verdadero.

Pienso ahora en denominaciones como los mormones, quienes abiertamente se presentan con “otro testamento de Jesucristo”. En un primer momento se muestran muy respetuosos, amables y acogedores, lo cual genera una buena disposición en quienes los reciben. Sin embargo, con el tiempo y con perseverancia, van desglosando sus creencias que, lejos de ser auténticamente cristianas, configuran una cosmovisión totalmente ajena a lo que la Tradición y el Magisterio, junto con la Sagrada Escritura, han custodiado fielmente en el seno de la Iglesia católica. De ellos y de otras tantas creencias menos capaces hay que cuidar al rebaño del Señor.

Y así como los mormones, existen muchas otras denominaciones que promueven el llamado “evangelio de la prosperidad”, donde la pobreza es vista como un signo de maldición divina y las bendiciones de Dios se miden exclusivamente en términos de progreso económico y bienestar material. Lejos de ofrecer un mensaje verdaderamente esperanzador, presentan a un dios manipulable y complaciente, que solo favorece a quienes pertenecen a sus propias filas.

Muchas de estas agrupaciones, que se autodenominan cristianas, en sus prédicas, canciones y en su peculiar manera de interpretar las Escrituras, reducen a Cristo a un simple hombre favorecido con una gracia extraordinaria, pero sin reconocerlo como el verdadero Hijo de Dios. Tal es el caso de la peligrosísima secta de los Testigos de Jehová, quienes no vacilan en afirmar que Jesucristo no es Dios, sino una reencarnación del arcángel Miguel, negando así frontalmente el misterio central de nuestra fe: la encarnación del Verbo eterno.

No seamos nosotros “cómplices de sus malas acciones” (2 Jn 11), porque la Verdad es una sola: Cristo el Señor. Y su Iglesia también es una, y no solo una, sino una, santa, católica y apostólica. Esta es parte esencial de la enseñanza que todos hemos recibido desde el principio.

Sin embargo, ante este panorama, el católico no está llamado a cerrarse o a refugiarse en una autorreferencialidad estéril y peligrosa. Todo lo contrario: estamos llamados a salir de nuestra comodidad y, mediante el testimonio de vida, hacer apostolado. Es decir, a dar a conocer, con nuestras obras concretas, la fe que profesamos. Porque, en definitiva, es nuestra vida la que puede convencer a otros de que Dios existe. Como dice el conocido adagio popular: nuestra vida puede ser la única página de la Biblia que los demás lleguen a leer.

Ya en los versículos finales de esta carta (vv. 12-13), el apóstol vuelve a manifestar su profundo amor por la comunidad. Deja en claro que son muchas las cosas que aún quisiera compartir, pero reconoce que no todo puede escribirse en una carta. Esta idea nos remite al final de su Evangelio, donde afirma que Jesús hizo muchas otras obras que no están escritas, y que, si se quisieran contar una por una, “ni en el mundo cabrían los libros que se habrían de escribir” (Jn 21,25).

De este modo, san Juan expresa su deseo de continuar enseñando, guiando y acompañando, pero sabe que esto solo podrá realizarlo plenamente mediante su presencia personal. Por eso añade con ternura y esperanza que espera poder ir a visitarlos, para que la alegría —la suya y la de ellos— sea completa.

La conmovedora imagen del anciano apóstol Juan, visitando personalmente a sus comunidades, adquiere hoy una profunda resonancia para los católicos de nuestro tiempo. Esta experiencia se actualiza cada vez que nuestras parroquias reciben la visita de los sucesores de los apóstoles: los obispos. En esos momentos (de la Visita Pastoral), no solo se fortalece nuestra comunión con la Iglesia universal, sino que también se experimenta de forma tangible la continuidad apostólica. Al escuchar sus enseñanzas, al participar en la liturgia presidida por ellos, comprendemos mejor que la Iglesia es una, santa, católica y apostólica, sostenida por la Palabra, los sacramentos y el ministerio pastoral.

Este sentimiento se intensifica aún más cuando nuestros países tienen el privilegio de acoger una visita del Papa, el sucesor de Pedro y Vicario de Cristo en la tierra. La llegada del Santo Padre no es simplemente un evento protocolar o mediático, sino un acontecimiento profundamente espiritual y eclesial. Todo el pueblo de Dios —autoridades civiles y religiosas, creyentes y no creyentes, jóvenes y ancianos— se moviliza para recibirlo. En su presencia, muchos perciben la voz del Buen Pastor que quiere hablar al corazón de su rebaño; otros reconocen en él al signo visible de la unidad de la Iglesia y al mensajero de esperanza que viene a confirmar en la fe a sus hermanos.

Así como las primeras comunidades cristianas del Asia Menor esperaban con anhelo la visita de los apóstoles, sabiendo que traían consigo el consuelo del Espíritu y la autoridad de Cristo, así también nosotros acogemos con alegría y devoción a quienes hoy continúan esa misma misión apostólica. Ellos no vienen por sí mismos, sino en nombre de Aquel que los envió. Vienen a exhortar, a consolar, a edificar, a comunicar una gracia: la gracia de sentirse parte viva del Cuerpo de Cristo, guiado y amado por sus pastores.

En el Papa y en los obispos vemos reflejados a Juan, a Pedro y a los demás apóstoles: hombres elegidos por Dios para guiar, exhortar y cuidar con solicitud pastoral al rebaño del Señor. A través de ellos, Cristo continúa conduciendo a su Iglesia con la misma ternura y firmeza con que lo hizo en los primeros tiempos. Su voz, su enseñanza y su presencia nos recuerdan que no estamos solos, que formamos parte de una Iglesia viva, enraizada en la fe apostólica y sostenida por el Espíritu Santo.

El sentimiento de gratitud y fidelidad que la Señora Elegida expresó en su tiempo, ha de ser también el nuestro. Su actitud de acogida, obediencia y permanencia en la verdad es un modelo para todo creyente que desea ser discípulo auténtico del Señor. Porque si permanecemos fieles a la verdad revelada, si escuchamos y seguimos a nuestros pastores con un corazón dócil, entonces podemos tener la certeza de que Dios habita en nosotros, y nosotros en Él.

Permanecer en la comunión con los sucesores de los apóstoles no es solo un acto de disciplina eclesial, sino una expresión de amor a Cristo y a su Iglesia. Es la señal visible de que caminamos en la luz, de que no nos dejamos seducir por doctrinas extrañas ni por voces que siembran división. En esa fidelidad se manifiesta la comunión plena con Dios, que se hace presente en medio de su pueblo, conduciéndolo con amor hacia la plenitud de la verdad y la vida.

 

 

 

 

BIBLIOGRAFÍA

BIBLIA DE JERUSALÉN, (2019), Introducción a las epístolas católicas, Desclée de Brouwer.

BIBLIA DE JERUSALÉN, (2019), Segunda epístola de san Juan, Desclée de Brouwer.

DÍAZ, R., (1954), Las epístolas católicas, en la Biblia de Monserrat vol. 22, Monestir de Montserrat.

MORGEN, M., (1988), Las cartas de Juan, Verbo Divino.

MUÑOZ, D., (2010), Cartas de Juan, comentarios a la Nueva Biblia de Jerusalén, Desclée de Brouwer.

NESTLE-ALAND, (1995), Novum Testamentum Graece, Deutsche Bibelgesellschaft.

RAMOS, F., (1971), Escritos de san Juan, Evangelio, Cartas, Apocalipsis, PPC.

SALGUERO, J, (1960), Biblia comentada, vol. VII, epístolas católicas y Apocalipsis, Biblioteca de Autores Cristianos.



[2] NESTLE-ALAND, (1995), Novum Testamentum Graece, Deutsche Bibelgesellschaft, pp.625.626.

[3] DÍAZ, R., (1954), Las epístolas católicas, en la Biblia de Monserrat vol. 22, Monestir de Montserrat, p. 164.

[5] RAMOS, F., (1971), Escritos de san Juan, Evangelio, Cartas, Apocalipsis, PPC, p. 133.

[6] MUÑOZ, D., (2010), Cartas de Juan, comentarios a la Nueva Biblia de Jerusalén, Desclée de Brouwer, p. 210.

[8] BIBLIA DE JERUSALÉN, (2019), Segunda epístola de san Juan, Desclée de Brouwer, p.1875.

[9] SALGUERO, J, (1960), Biblia comentada, vol. VII, epístolas católicas y Apocalipsis, Biblioteca de Autores Cristianos, p. 265.

[13] BIBLIA DE JERUSALÉN, (2019), Segunda epístola de san Juan, Desclée de Brouwer, p.1875.

[15] MUÑOZ, D., (2010), Cartas de Juan, comentarios a la Nueva Biblia de Jerusalén, Desclée de Brouwer, pp. 214-215.

[18] MORGEN, M., (1988), Las cartas de Juan, Verbo Divino, p. 62.

[21] BIBLIA DE JERUSALÉN, (2019), Segunda epístola de san Juan, Desclée de Brouwer, p.1875.

[25] MUÑOZ, D., (2010), Cartas de Juan, comentarios a la Nueva Biblia de Jerusalén, Desclée de Brouwer, p. 217.

[28] MUÑOZ, D., (2010), Cartas de Juan, comentarios a la Nueva Biblia de Jerusalén, Desclée de Brouwer, p. 217.

[29] BIBLIA DE JERUSALÉN, (2019), Segunda epístola de san Juan, Desclée de Brouwer, p.1875.

[30] MORGEN, M., (1988), Las cartas de Juan, Verbo Divino, p. 63.

[31] MUÑOZ, D., (2010), Cartas de Juan, comentarios a la Nueva Biblia de Jerusalén, Desclée de Brouwer, p. 218.

[34] BIBLIA DE JERUSALÉN, (2019), Segunda epístola de san Juan, Desclée de Brouwer, p.1875.

[35] SALGUERO, J, (1960), Biblia comentada, vol. VII, epístolas católicas y Apocalipsis, Biblioteca de Autores Cristianos, p. 270.

[36] MUÑOZ, D., (2010), Cartas de Juan, comentarios a la Nueva Biblia de Jerusalén, Desclée de Brouwer, p. 218.

[37] MORGEN, M., (1988), Las cartas de Juan, Verbo Divino, p. 64.

[38] MUÑOZ, D., (2010), Cartas de Juan, comentarios a la Nueva Biblia de Jerusalén, Desclée de Brouwer, p. 219.

[39] BIBLIA DE JERUSALÉN, (2019), Segunda epístola de san Juan, Desclée de Brouwer, p.1875.

[40] SALGUERO, J, (1960), Biblia comentada, vol. VII, epístolas católicas y Apocalipsis, Biblioteca de Autores Cristianos, p. 270.

sábado, 15 de marzo de 2025

Una espiritualidad encarnada

Una espiritualidad encarnada

         Como se ha visto, resulta grosero y forzado separar la relación con Jesús de la vivencia de la caridad. Todo aquel que se encuentra verdaderamente con el Maestro de Galilea experimenta una transformación radical para bien. Así lo demuestra el caso de Zaqueo, quien, tras recibir a Jesús en su casa, decidió restituir y compartir generosamente con los pobres (Lc 19,1-10).

Definitivamente, no es posible seguir a Jesús sin encarnar su mensaje; no se puede llamar cristiano quien no actúa frente al sufrimiento del prójimo. La indiferencia ante la necesidad ajena contradice el corazón mismo del Evangelio. Jesús lo dejó claro en la parábola del buen samaritano (Lc 10,25-37): amar a Dios implica, inseparablemente, hacerse prójimo de quien sufre y actuar con compasión.

La espiritualidad, entendida como un acto de amor, unión y comunión con Dios, pasa necesariamente por el amor al prójimo. En efecto, nadie puede afirmar que ama a Dios, a quien no ve, si no ama a su hermano, a quien sí ve (1 Jn 4,20) y aquí entiéndase amar como darse como persona y dar de lo poco o mucho que se tiene. Jesús mismo lo expresó con claridad al decir que todo lo que se haga por uno de los más pequeños, a Él mismo se refiere (Mt 25,40), revelando así su presencia casi sacramental en los pobres y necesitados.

En conclusión, la unción de Jesús en Betania, leída a la luz de su opción por los pobres y de la respuesta amorosa de la mujer[1] que lo ungió, revela el corazón del Evangelio: una espiritualidad encarnada que une inseparablemente el amor a Dios con el compromiso concreto con los necesitados. Jesús, el Ungido de Dios, acoge el gesto gratuito y profético de una mujer que intuyó la profundidad de su entrega, y con ello anticipa no solo su Pasión, sino también la lógica del Reino: un amor preferencial por los pequeños, por los pobres, por los excluidos. Esta escena desafía a todo creyente a vivir una fe auténtica, no reducida a ritos vacíos, sino expresada en el servicio, la compasión y la solidaridad. Seguir a Jesús implica reconocerlo en los rostros sufrientes de nuestros hermanos y hermanas, y optar cada día, como la mujer de Betania, por amar con generosidad, con ternura y con una entrega sin reservas.



[1] VALVERDE, J., (1993), La mujer en la Biblia, Equipo de Coordinación de Lectura Pastoral de la Biblia, p. 150.

viernes, 28 de febrero de 2025

21 días en el VRAEM ayacuchano

MISIÓN FEBRERIANA

Sábado 1 de febrero: Rumbo a la misión: esperanza, fraternidad y entrega.

Hoy he estado preparando la maleta para el viaje a Sivia. Ya tengo todo listo, especialmente los materiales que me servirán mucho —eso espero— en la tarea evangelizadora: la computadora, el proyector y el parlante con micrófono.

Por la noche, después de la misa de las 6:00 p.m. y de la cena, tuvimos una reunión con el padre César. Después de llamarnos la atención por ciertas actitudes de descuido y algunos supuestos hurtos, nos comunicó los destinos misioneros y los equipos en los que iríamos.

A mí me tocó ir con los jóvenes Santiago y Paúl a la comunidad de San Gerardo. Deseo de corazón que todo salga bien, que podamos hacer un buen trabajo y dejar una huella positiva en esa comunidad.

También espero tener una buena convivencia con los dos hermanos seminaristas que me acompañarán. Quisiera que vivamos como verdaderos hermanos, los tres. Y, por mi parte, deseo ser el primero en rezar y en hacer.

Domingo 2 de febrero: un viaje a Sivia bajo la luz de la Candelaria

Celebramos la festividad de Nuestra Señora de la Candelaria con una jornada intensa y significativa. A las 7:00 a.m. participamos de la Santa Misa en el templo de Santa Clara, presidida por Monseñor, junto con todos los seminaristas. Más tarde, a las 10:00 a.m., celebramos una segunda Eucaristía en la catedral, también en comunidad.

Después del almuerzo, alrededor de la 1:30 p.m., emprendimos el viaje rumbo a Sivia, hacia la parroquia Inmaculada Concepción. Tras una travesía de siete horas —serena y agradable— llegamos a nuestro destino a las 7:30 p.m.

En Sivia, el padre Ronald nos recibió con calidez, nos presentó a los feligreses y compartimos una cena fraterna. Luego, nos mostró la casa parroquial y salimos a caminar por la plaza del pueblo, donde conversamos hasta las 10:00 p.m., hora en la que regresamos para descansar.

La misión apenas comienza y, por lo visto, me ha tocado el pueblito más pequeño… pero también el de mejor clima.

Lunes 3 de febrero: oración, reflexión y deporte en Sivia.

Con buena disposición iniciamos este primer día en la parroquia Inmaculada Concepción de Sivia. A las 7:30 a.m. nos reunimos los seminaristas en el templo para el rezo de Laudes. Luego de un suculento desayuno, realizamos una limpieza ligera en la casa parroquial, especialmente en los espacios que habíamos utilizado. Yo pasé la noche en la habitación que normalmente se reserva para el obispo.

El padre Ronald preparó unas charlas a modo de retiro espiritual para comenzar la misión con profundidad y recogimiento. Compartió con nosotros parte de su propia experiencia pastoral y se explayó en un tema inspirado en san Ignacio de Loyola, el gran santo de los Ejercicios Espirituales. La mañana se dividió en estos momentos de meditación y enseñanza.

Después del almuerzo, el padre nos animó a jugar fútbol en el grass sintético más cercano, curiosamente llamado "Balón de Oro". Estuvimos bien distribuidos en los equipos, equilibrando a los que tienen habilidad natural con el balón y a los que no tanto. En mi caso, mi participación estuvo, digamos, bien enmarcada —y uso esta palabra con intención—, pues me dediqué a custodiar el arco y detener los intentos del equipo contrario. Fue una experiencia divertida, vivida con mucho entusiasmo y en un ambiente de verdadera fraternidad.

Al terminar, intentamos integrarnos a un grupo que jugaba vóley, pero recibimos un rechazo directo. Prefirieron seguir su peculiar juego recreativo: dos mujeres contra un hombre.

A las 7:00 p.m. celebramos la Misa, en la que tuve la oportunidad de servir como acólito. Luego compartimos la cena y vimos una película sobre un sacerdote australiano que llegó a ser el primer cardenal de su país.

Martes 4 de febrero: viajes, lluvias y fraternidad.

Comenzamos el día rezando Laudes luego de que el padre Ronald concluyera la Misa de las 7:00 a.m. Nos encontramos todos en el templo y, después de la oración canónica, pasamos a tomar el desayuno. Las comidas se han convertido en verdaderos espacios de fraternidad, donde he procurado participar con humor y alegría. También he sido objeto de varias bromas, que lejos de incomodarme, han servido para fortalecer la confianza y el compañerismo entre los seminaristas.

Después del desayuno hicimos una breve limpieza en la casa parroquial. A las 9:00 a.m. salimos juntos para llevar a los dos grupos de seminaristas que debían instalarse en sus respectivas comunidades de misión. Viajamos en la camioneta blanca que utiliza el padre Ronald. Por falta de espacio, cuatro “desventurados” —entre ellos José Félix, Santiago, Brewin y yo— nos acomodamos en la parte trasera del vehículo.

En medio del trayecto, una lluvia intensa y tropical nos sorprendió. Nos cubrimos con una lona, que no solo nos protegió a nosotros, sino también evitó que se mojaran las maletas de los que iban adelante.

Pasamos por Anato y Llochegua, hasta llegar a Mayapo, donde se quedaron François, Juan José, Bryan Giancarlo. Celebramos la Misa allí y luego compartimos el almuerzo. Después, el padre continuó el viaje con los seminaristas destinados a Canayre, la comunidad más alejada atendida desde Sivia. En Canayre se quedaron Ernesto Huamán Tonccochi, Juan Sixto y Alex Cirilo.

Al regresar a la parroquia, llamé la atención a los pequeños Juan Uziel y Andrés Leonel, quienes inexplicablemente se habían quedado en la casa sin justificación. Por la noche, celebramos la Misa a las 7:00 p.m., en la cual me tocó predicar. Luego, continuamos con la segunda parte de la película que habíamos empezado la noche anterior.

Miércoles 5 de febrero: San Gerardo: entre la incomodidad y la bendición.

Hoy, por fin, llegamos a la comunidad de San Gerardo, que nos fue asignada a Santiago Ferrer y a mí. Partimos de Sivia a las 12:30 p.m. con rumbo a Huamanpata, donde se encuentran en misión nuestros hermanos José Félix y Juan Uziel. Allí celebramos la Santa Misa y luego compartimos el almuerzo.

Durante la comida, supe que muchas personas de Huamanpata y comunidades cercanas siguen al padre Luis Toro, un conocido apologista venezolano que ha ganado popularidad en redes sociales por sus intensos debates con protestantes. Me contaron que estuvo recientemente en Pichari y que su presencia hizo mucho bien a la comunidad católica de Sivia y del VRAEM.

Luego continuamos nuestro viaje, y a las 4:00 p.m. llegamos finalmente a la capilla de San Gerardo. En el camino habíamos probado una sopa de "paco", un sabroso pescado local que puede llegar a pesar hasta medio kilo.

La capilla es de reciente construcción, de dimensiones regulares. En su interior hay un pequeño cuadro de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro y otro más grande de San Gerardo María Mayela, el santo patrono, de origen italiano y redentorista. Una cruz grande pintada de azul y varias sillas de plástico completan el mobiliario, suficiente para los asistentes.

Después de la misa, bajamos a la casa donde nos hospedaremos durante estos días. Nuestro anfitrión es el hermano Rodrigo Gutiérrez, quien se presenta como predicador católico. Nos asignó una de las habitaciones que aún está en construcción, sin puertas ni ventanas. Colocó dos mosquiteros, y allí pasamos nuestra primera noche, con bastante calor y casi a la intemperie... o como se diga.

La misión es, sin duda, una mezcla de incomodidad y bendición.

Jueves 6 de febrero: Una jornada entre avispas, caminos y oración.

En el recuerdo litúrgico de san Pablo Miki y sus compañeros mártires del Japón, comenzamos nuestra jornada saliendo temprano rumbo a la capilla de San Gerardo. La travesía fue a pie desde la casa de Rodrigo —donde nos hospedamos— hasta el centro poblado, pues la vivienda está bastante alejada. Caminamos por más de una hora cargando nuestras pertenencias: yo con el parlante que traje para animar las celebraciones, y Santiago con su guitarra, que ha sido de gran ayuda en los cantos litúrgicos.

Al llegar a la capilla, nos pusimos manos a la obra e hicimos una limpieza general: barrimos el piso, reordenamos objetos, acomodamos las sillas, retiramos unas cadenetas colgadas del techo que daban mal aspecto y, con cierta valentía, eliminamos dos panales de avispas que se habían formado cerca del altar.

Al mediodía, almorzamos en un pequeño restaurante en la calle principal. Después de un breve descanso, salimos a visitar algunas casas. Sin embargo, nos encontramos con un detalle que no nos habían advertido: durante las mañanas y buena parte de la tarde, la mayoría de los habitantes sale a trabajar, por lo que encontramos muchas casas vacías.

Al llegar la noche, Santiago y yo rezamos el Santo Rosario y las Vísperas mientras esperábamos que la gente llegara a la capilla. Alrededor de las 8:30 p.m. dimos inicio a la celebración de la Palabra, con un pequeño grupo de fieles. Al final, compartimos algunos avisos respecto a las actividades de la misión.

A pesar de que un grupo de niños no dejó de moverse durante toda la celebración —distrayéndonos tanto a nosotros como a los feligreses—, la experiencia fue, para mí, profundamente grata. Poco a poco vamos sembrando con esperanza.

Viernes 7 de febrero: Sembrar en lo pequeño: visita a Torre Rumi.

Temprano, después del desayuno, partimos hacia la comunidad de Torre Rumi —nombre que significa "piedra de torre" o "torre de piedra"—. Cada uno fue trasladado en moto. Esta comunidad no cuenta con una capilla católica, aunque sí tiene tres templos protestantes.

Llegamos alrededor de las 9:00 a.m. y, para las 10:00 a.m., ya habíamos recorrido todo el lugar, que más bien parece un pequeño caserío. Nuevamente encontramos muchas casas cerradas, y se confirmó lo que ya nos habían advertido: la gran mayoría de personas sale a trabajar durante el día y solo unos pocos permanecen en casa. Visitamos a esos pocos, más como un saludo y una invitación para la celebración que, aunque anunciada para las 5:00 p.m., terminó empezando alrededor de las 8:20 p.m.

Antes de la celebración, rezamos el Santo Rosario con los niños, a quienes obsequié 14 camándulas que me habían sobrado de las que compré para visitar los penales de varones en Ayacucho y mujeres en Huanta. Fue un momento sencillo pero muy significativo.

Desde las 10:00 a.m. hasta la 1:00 p.m., estuvimos simplemente sentados en el grass sintético de la comunidad. Confieso que en ese rato experimenté una pequeña frustración: sentía que estaba perdiendo el tiempo, cuando bien podría haber estado leyendo o escribiendo con mis libros y mi computadora. Sin embargo, a veces la misión también exige ese “estar”, incluso sin hacer mucho.

Después de almorzar, volvimos al mismo lugar para esperar la tarde y la noche. Algunos niños se acercaron con sus preguntas, y junto a Santiago y su guitarra, cantaron con entusiasmo varias canciones. Fue una forma sencilla de compartir y sembrar.

Ya entrada la noche, cuando por fin se reunió la gente, celebramos la Palabra. La participación fue alegre y acogedora, y todos quedaron muy contentos. Nos pidieron volver y, con entusiasmo, ya pautamos una próxima visita… con película incluida.

Sábado 8 de febrero: Donde el corazón habla quechua: un día en familia.

Un día más en nuestra misión de febrero de 2025. La familia que nos ha acogido en su hogar está compuesta por don Rodrigo Gutiérrez, un hombre de Dios, conocedor de la Palabra y trabajador incansable; y doña Florentina, su esposa, una mujer profundamente humilde y abnegada, que no se deja limitar por estereotipos: trabaja codo a codo con su esposo como una obrera más del campo.

Tienen dos hijas. La mayor está culminando este año el quinto de secundaria. Es sonriente, servicial y colabora en todo lo que puede con sus padres. La menor es una niña vivaz e inteligente; le encanta traducir frases largas del quechua al castellano y viceversa, como si el lenguaje fuera para ella un juego y un puente al mismo tiempo.

Las comidas con ellos se han convertido en momentos entrañables de compartir y conversar. Aunque la mayoría de las veces hablan en quechua, se cuentan anécdotas y ríen a carcajadas. Santiago, que sí los entiende, se ríe con ellos con naturalidad. Yo, en cambio, tengo que esperar a que don Rodrigo me traduzca lo que se ha dicho, lo cual también da pie a nuevas risas.

Hoy tuvimos una nueva celebración en la capilla de San Gerardo. La misión avanza, y con ella también crecen el cariño y el aprendizaje mutuo.

Domingo 9 de febrero: Entre divisiones y fidelidad: desafío pastoral.

Hoy domingo también tuvimos la celebración de la Palabra en la capilla de San Gerardo. La asistencia fue escasa, y hay una razón clara detrás de ello: con motivo de la construcción de la capilla —que aún está inconclusa—, la comunidad se ha dividido.

Por un lado, están quienes han colaborado generosamente para ver avanzar la obra; por otro, aquellos que no lo hicieron, en parte porque se resistieron a la propuesta de no realizar fiestas patronales con grandes gastos, licor y grupos musicales. Parece que, para muchos que se dicen católicos, esos elementos siguen siendo lo más atractivo y esencial de su participación religiosa.

Rodrigo, con su actitud recta y su fidelidad al Evangelio, ha mantenido una postura firme, pero eso también ha contribuido a que algunos se alejen. Él no ha querido ceder ante prácticas que desvían el sentido auténtico de la fe. Irónicamente, su coherencia ha generado distancia entre los mismos miembros del pueblo.

Roguemos para que sea él mismo, con la gracia de Dios, quien pueda ayudar a reunir nuevamente a esta pequeña comunidad dividida, y que la construcción de la capilla sea, finalmente, también una obra de reconciliación.

Lunes 10 de febrero: Miel dulce y fe sencilla: visita a Caservine Norte.

Después del desayuno, salimos bajo la lluvia rumbo a la comunidad de Caservine Norte, donde fuimos recibidos con gran amabilidad por don Percy Landeo. Nos ofreció pan con miel de abeja y café con leche, y compartió con nosotros una larga conversación sobre la riqueza frutal de la zona, especialmente la de su propia chacra. Habló con entusiasmo de la pitahaya, una fruta deliciosa, aunque poco consumida, que cultiva con dedicación.

Don Percy también nos explicó —según sus conocimientos— el posible origen del nombre del lugar. "Caservine", decía él, provendría de la frase “a cazar vine”, en alusión a que ese territorio era muy propicio para la caza de animales. Así se distinguen hoy Caservine Norte, donde nos encontrábamos, y Caservine Sur, un poco más abajo.

La capilla de Caservine Norte es pequeña e improvisada, hecha de madera, y se llena fácilmente con apenas 25 o 30 personas. Allí, en la noche, nos reunimos para rezar el Rosario y celebrar la Palabra. Supimos que la patrona es la Asunción de María, cuya imagen está resguardada en la escuelita del pueblo.

En cambio, Caservine Sur, a pesar de ser una comunidad más pequeña, cuenta con una capilla en construcción bastante más sólida y bonita. Le faltan solo las puertas, ventanas, el piso y el tarrajeado de las paredes. A la celebración en el Norte acudieron los fieles con piedad y fervor; también llegaron algunos vecinos de San Gerardo, entre ellos Rodrigo y sus más cercanos colaboradores.

Es admirable cómo la gente sencilla y humilde espera con ilusión la visita de los misioneros. En sus gestos y palabras se descubre una fe viva, que florece en medio de lo cotidiano.

Martes 11 de febrero: A veinte años de la vaguada: la memoria y la misión.

Hoy es imposible no recordar el trágico suceso que marcó nuestra niñez: la vaguada del Mocotíes, aquel viernes 11 de febrero de 2005. Se cumplen ya veinte años de aquel desastre natural. En las redes sociales varios se pronunciaron al respecto; entre ellos, Baltazar Porras, aunque en mi opinión con un mensaje un tanto deslucido, más por cumplir que por convicción. Las imágenes difundidas correspondían solo a Santa Cruz de Mora, la zona más afectada. Sin embargo, todo el Valle del Mocotíes fue cubierto de lodo y piedras aquella fatídica mañana.

Desde entonces, una palabra se incrustó para siempre en nuestro vocabulario: "damnificados", y se contaban por cientos. Recuerdo que ese mismo día tomé un lápiz y escribí en una hoja de cuaderno un breve texto sobre lo que había pasado. Cuando llegó Concha a casa, se lo mostré. Ella agradeció el gesto y alabó la idea de que escribiera algo, al menos, para dejar testimonio. No sé qué fue de ese papel; no lo conservo y ni siquiera puedo decir que lo guardé alguna vez.

Volviendo a nuestra misión: hoy regresamos por segunda vez a la comunidad de Torre Rumi, con el compromiso de proyectar una película para los vecinos. Lamentablemente, casi nadie acudió, ya que la mayoría se encontraba en el velorio de un difunto apellidado Sánchez, quien era protestante. Terminada la jornada, nos dirigimos a la comunidad de Guayaquil, donde pasamos la noche en casa de la hermana Maribel.

Miércoles 12 de febrero: Guayaquil: entre montañas, niños y misión.

Pasamos una noche muy placentera en Guayaquil. El clima aquí es más fresco, incluso frío, lo que se agradece después del calor de otras comunidades. Al ingresar al centro poblado, noté un letrero que indicaba que se encuentra a 1250 metros sobre el nivel del mar, es decir, a la misma altitud que mi querido pueblo de La Playa, entre Tovar y Bailadores.

Guayaquil debe su nombre a una variedad local de plátano comestible. La capilla es impresionante: de buenas dimensiones y, aunque aún en construcción, deja ver el esmero con que ha sido edificada. Se nota el uso de buenos materiales y criterios técnicos adecuados. La torre, por ejemplo, ha sido vaciada en cemento, lo que le da solidez y una presentación limpia tanto por dentro como por fuera. Aunque aún le faltan las ventanas, ya cuenta con una hermosa puerta corrediza de madera que le da un carácter sagrado muy especial.

Nos sorprendió saber que esta capilla se utiliza solo una vez al año, el 30 de agosto, durante la fiesta patronal en honor a Santa Rosa de Lima. El resto del año permanece cerrada.

En la mañana trabajamos con más de treinta niños que se reunieron en el lugar. Cantamos, bailamos, rezamos y finalmente les proyectamos una película animada con historias bíblicas. Por la tarde llovió intensamente, y permanecimos en la capilla con los niños, quienes se entretuvieron dibujando el Sagrado Corazón de Jesús.

La celebración del Rosario y la Liturgia de la Palabra comenzó a las 7:00 p.m., aunque con poca asistencia de la comunidad. Aun así, fue una jornada de gracia. Regresamos a casa de la hermana Maribel para pasar la noche, pues nos pidieron quedarnos un día más.

Jueves 13 de febrero: Un sacerdote entre balas y la esperanza que me sostiene.

Este jueves eucarístico y sacerdotal terminé de leer la fascinante historia del padre Gereon Goldmann, un franciscano alemán que narró en su autobiografía su experiencia como seminarista en las SS, dentro del régimen nazi. Su relato me hizo muchísimo bien. Fue conmovedor descubrir cómo, en medio de la guerra, sin haber culminado formalmente sus estudios teológicos y con una dispensa especial del papa de aquel tiempo, logró ser ordenado sacerdote en Argelia por un obispo francés.

El padre Goldmann fue, como su apellido lo sugiere, un verdadero "hombre de oro": testigo y protagonista del poder de la oración. Muchas personas intercedieron constantemente por él, deseando que algún día pudiera llegar al sacerdocio.

También yo me siento sostenido por la oración de muchas personas. Sueño cada noche con el día de mi ordenación sacerdotal y con la primera Misa que celebraré en mi pueblo, con mi gente. Ese día —lo presiento— seré el hombre más feliz del mundo. Y quién sabe si tanta felicidad pueda caber en un ser humano; quizás, en ese momento, Dios me llame a su encuentro, y eso sería lo mejor: morir después de haber sido, siquiera por un día, sacerdote del Altísimo.

Esta noche volvimos a celebrar en la capilla de Guayaquil. La asistencia fue aún menor, probablemente por la intensa lluvia. Luego regresamos a casa de don Rodrigo. Allí pudimos asearnos como corresponde y descansar en nuestra habitación, que compartimos con la mayor de las presencias: Jesús Sacramentado.

Viernes 14 de febrero: La cruz de la misión: un signo que permanece.

Hoy empecé a leer El proceso, el fascinante relato de mi amigo Franz Kafka. Ya lo había escuchado como audiolibro, pero esta vez me he propuesto disfrutarlo con mis propios ojos. Este, junto con otro libro, fue uno de los únicos textos que traje conmigo para la misión.

Durante la mañana, fui un rato a ver el trabajo en la chacra de don Rodrigo y su familia. Todos colaboran: desde Rodrigo y su esposa, hasta las hijas, especialmente la menor, quien se encarga de traer agua, buscar herramientas, y ayudar con diligencia. Me ofrecieron una mazorca de cacao, que curiosamente me supo como guanábana. Me la comí completa.

Por la noche regresamos por segunda vez a Caservine Norte. Teníamos el compromiso de bendecir una cruz de madera que sugerí hacer como recuerdo de esta misión, y para ser colocada en el altar de la capilla. Don Percy Landeo se comprometió a fabricarla, y felizmente cumplió. Allí estaba: una gran cruz de casi tres metros de altura, sólida, pesada, hecha con buen material.

La cruz me sirvió como punto de partida para predicar sobre el amor de Cristo, simbolizado en ese madero. También meditamos los Misterios Dolorosos del Rosario, ya que era viernes. Al finalizar la celebración de la Palabra, tuvimos un espacio de preguntas y respuestas, centrados en cómo organizar una verdadera fiesta patronal que sea religiosa, significativa y sin los excesos que muchas veces distraen del verdadero sentido.

Después compartimos cacao con galletas, y nos despedimos alegres. Nos queda ahora un recuerdo visible y duradero de esta visita: la Santa Cruz, que más adelante será secada, pintada y embellecida. Un signo sencillo, pero profundo, de que Jesús estuvo presente en esta misión.

Sábado 15 de febrero: Sábado de diálogo y testimonio bajo la lluvia.

La conversación con don Rodrigo se hace cada vez más interesante. Es un hombre que conoce profundamente las Sagradas Escrituras; tiene memorizadas muchas citas tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento, y sabe emplearlas correctamente en la apologética de la Iglesia católica. Nos ha contado que, en su juventud, deseó formarse para ser pastor evangélico, pero en su estudio autodidacta de la Biblia llegó al convencimiento de que el centro de la vida cristiana es la Eucaristía. Este descubrimiento lo llevó, finalmente, a profundizar y abrazar con firmeza su fe católica.

En otro plano más cotidiano, ya llevo más de 15 días sin afeitarme, y tengo una barba bastante crecida. Lejos de agradarme, con sinceridad, me ha resultado un fastidio frecuente, provocándome picazón. He decidido que, apenas regrese a Ayacucho y antes de volver al Seminario de Huancayo, retomaré el hábito de afeitarme diariamente como he hecho hasta ahora.

Por la noche tuvimos la celebración de la Palabra con el rezo del Santo Rosario en la capilla de San Gerardo. A pesar de la lluvia y de no contar con energía eléctrica, la gente se reunió con entusiasmo. La sencillez del momento, iluminado solo por la fe de los presentes, hizo de esta noche una auténtica ofrenda de oración.

Domingo 16 de febrero: Recuerdos que resuenan en el silencio de la misión.

Hoy es el segundo domingo de estas misiones tan particulares. El compartir con Santiago me ha permitido conocerlo un poco más, aunque siento que no ha estado tan abierto conmigo como yo lo he estado con él.

Durante estos días he recordado mucho mi época de seminarista en Mérida, rememorando las bondades y todo lo positivo que aquella casa de formación me ofreció en ese tiempo glorioso. Solo yo sé cuánto disfruté en ese seminario, tanto con los compañeros como con algunos sacerdotes que marcaron mi camino.

Hoy, nuevamente celebramos en San Gerardo, tal como lo ha solicitado el padre Ronald.

Lunes 17 de febrero: Vocación, memoria y caminos que se cruzan.

Me afano y me esfuerzo por leer a Franz Kafka, pero siento que estoy perdiendo el tiempo. Mi verdadero deber y anhelo debería ser la lectura y el conocimiento de la Biblia, la Palabra de Dios, de la que soy ministro desde hace un año. Fue precisamente por estas fechas cuando recibí el ministerio del lectorado y el acolitado en la catedral de Ayacucho, de manos de monseñor Salvador Piñeiro. Aquel día fui feliz… y lo sigo siendo hasta ahora.

Hoy, conversando con José Alfonso Rosales Morales, seminarista venezolano, me enteré de que nuestro compañero Carlos Vivas fue convocado por el obispo de Acarigua-Araure, monseñor Gerardo Salas, para retomar su formación hacia el sacerdocio. Sin embargo, finalmente el obispo villorro decidió no continuar con el apoyo, comunicándole mediante un escueto mensaje al celular.

Pobre Carlos... ha sufrido tanto como yo para seguir este camino que nos fue truncado —con razón— en el seminario de Mérida en el año 2019. De cualquier manera, le deseo lo mejor en su camino vocacional. Espero que, si es voluntad de Dios, algún día nos reencontremos ya como sacerdotes del Altísimo, otros Cristos.

Hacia las 3:30 de la tarde, miembros de la comunidad de Rosario Ancón vinieron por nosotros. El viaje fue largo, agradable, aunque por caminos difíciles. Al llegar, cenamos y luego fuimos a la capilla, que logramos preparar adecuadamente.

Durante la noche, el hermano Rodrigo nos acompañó en la celebración. Al finalizar, se dirigió a los presentes, desarrollando algunos temas de apologética católica, apoyado por citas bíblicas que leía el hermano Santiago.

Martes 18 de febrero: Bajo la lluvia y entre verdades.

Anoche llovió como nunca: una lluvia intensa y persistente, con apenas breves pausas de minutos o incluso segundos. Nos quedamos en una casita de madera, típica de la zona, en el segundo piso. Una pequeña gotera caía justo sobre mí y logró empapar la mitad de la colcha con la que me arropaba.

Desayunamos en la casa vecina, donde tuvimos una grata conversación con los integrantes de la familia, especialmente con uno de los hijos, un joven casi de nuestra edad. Mostró gran inteligencia y empatía al hablar sobre Venezuela, haciendo comentarios certeros y realistas sobre la dura situación política y económica del país.

Rosario Ancón es un pequeño pueblo de altitud intermedia. Personalmente, no lo consideraría parte de la selva, sino más bien de la sierra. Sin embargo, sus habitantes se identifican como parte de la selva o de la ceja de selva. El lugar cuenta con una buena fuente de agua, de mejor calidad que la de San Gerardo: más limpia, más cristalina y de mejor sabor. Aun así, por recomendación médica, no la hemos bebido directamente, sino hervida y aromatizada.

La familia nos confió que, en ocasiones, han vendido su producción de hojas de coca a los llamados “pozos”, lugares donde se procesa la droga —cocaína— para su comercialización y distribución. Una realidad dura y compleja que convive con la sencillez de la vida rural.

Pasamos nuevamente la noche en Rosario Ancón, ya sin la amenaza de aquellas lluvias que tanto daño hacen a los caminos de tierra.

Miércoles 19 de febrero: Caminos difíciles, corazones abiertos.

A las 4:00 a.m. salimos de Rosario Ancón rumbo a San Gerardo, a la casa de Rodrigo, quien ya nos esperaba con el siguiente destino pautado: Corazonpata. Al llegar, apenas descargamos las maletas y nos cambiamos de ropa, pues de inmediato vinieron a buscarnos.

Primero subimos a un vehículo que nos llevó hasta cierto punto del camino, donde el paso vehicular se había interrumpido por un pequeño riachuelo que excavó la tierra. Caminamos el breve trayecto a pie, y enseguida abordamos el vehículo de la gente de Corazonpata, una pequeña comunidad a la que llegamos a media mañana. Allí nos ofrecieron el desayuno, descansamos un poco y luego salimos a visitar las casas. Fue una tarea casi imposible, pues estos son pueblos que parecen fantasmas: como ya sabemos, todos —hombres, mujeres y hasta niños— salen temprano a trabajar.

Por la tarde, a pesar de no haber electricidad, logramos congregarnos en buen número en la capilla. Rezamos el Santo Rosario y celebramos la Palabra. Le pedí al hermano Santiago que predicara, pero no quiso. Ojalá esto no nos traiga alguna reprimenda, pues ambos somos seminaristas y debemos cumplir con nuestra misión. Yo intenté hacerlo de la mejor manera posible, tratando de enseñarle con el ejemplo, aunque sé que no soy ejemplo de nada. Me equivoco mucho, y en realidad estoy también para aprender de los demás.

Rodrigo nos acompañó también en Corazonpata y pernoctó con nosotros.

Jueves 20 de febrero: Palabra, chacra y niños atentos.

Segundo día en la comunidad de Corazonpata, aún con la compañía del hermano Rodrigo, ya que las lluvias frecuentes no le permitieron regresar a casa. Desayunamos en la vivienda donde nos hospedábamos y, poco después, fuimos los tres —Pedro, Santiago y Rodrigo— a otra casa vecina para compartir un segundo desayuno.

Las conversaciones con el hermano Rodrigo giran casi siempre en torno a la Biblia y las numerosas citas que tiene memorizadas. La gente lo escucha con mucha atención y suele hacerle preguntas, especialmente sobre cómo organizar una fiesta patronal. Rodrigo es un verdadero especialista en el tema, y suele explayarse con claridad cuando surge la preocupación por los festejos desordenados y las borracheras que empañan estas celebraciones.

Por la tarde, Rodrigo salió con los miembros de la casa para acompañarlos a la chacra. Nosotros preferimos quedarnos para descansar un poco. A las 4:00 p.m. ya estábamos en la capilla, preparando todo para la proyección del video sobre el Jardín del Edén, un tema que los niños dominan con facilidad.

Como en Rosario Ancón y otras comunidades, compramos gaseosa y galletas para compartir con ellos durante la actividad. La merienda se ofreció a mitad del video, que duró solo 44 minutos. Al finalizar, hicimos preguntas relacionadas con el contenido, y quienes respondieron correctamente recibieron como premio chupetines Boom Boom Bum. Este ha sido, sin duda, el grupo de niños con mejor comportamiento que hemos tenido hasta ahora.

La celebración de la Palabra se realizó a las 7:00 p.m., después del rezo del Santo Rosario. En esta ocasión se congregó el mayor número de fieles que hemos visto en esta comunidad: quizá unas treinta personas. La conversación se prolongó hasta tarde, pero nos acostamos temprano, pues al día siguiente nos esperaba un viaje de madrugada.

Viernes 21 de febrero: Compromisos que nacen al final del camino.

Nos despertamos a las 4:00 a.m. para salir de Corazonpata rumbo a San Gerardo. El viaje fue tranquilo. Al llegar al paso dañado por las lluvias, tuvimos que detenernos y esperar a que pasara algún vehículo que pudiera cruzar. Por suerte, no tardó en llegar uno, nos cambiamos y continuamos el trayecto hasta San Gerardo, a donde llegamos felizmente sin novedad.

Desayunamos y descansamos un rato en la habitación. Por la tarde nos dirigimos a una comunidad que está equidistante tanto de San Gerardo como de Huamanpata: Chuvivana. Allí fueron antes que nosotros los hermanos José Félix y Juan Uziel. La capilla de esta comunidad es una de las más bonitas y mejor construidas de la zona, aunque, como suele ocurrir en el campo, algo descuidada y sucia.

Sabíamos que José Félix y Juan Uziel ya habían visitado esta comunidad durante la primera semana de las misiones. Su celebración fue a las 3:00 p.m., mientras que la nuestra estaba programada para las 7:00 p.m., iniciando con el rezo del Santo Rosario. Me llamó la atención el ambón de cristal azul, de proporciones muy armoniosas.

Al finalizar la celebración, ocurrió algo inesperado. El hermano encargado de la comunidad se dirigió a los presentes con el objetivo de comprometer a algunos de ellos como catequistas. Lo logró, después de varios minutos de insistencia, utilizando el quechua para expresarse con mayor cercanía. A mí me pidió que hiciera una oración para sellar ese momento, lo cual acepté hacer, aunque soy consciente de que no es el modo más adecuado de proceder en estos casos.

Aun así, los compromisos quedaron hechos. Que Dios los acompañe y fortalezca en esta nueva responsabilidad.

Comentario postmissionem

Terminadas ya las visitas, los caminos polvorientos, los amaneceres fríos y las noches bajo lluvia; terminado el reparto de galletas, los rosarios rezados, las palabras proclamadas con temor y esperanza... queda el silencio. Un silencio lleno de nombres, de gestos sencillos, de niños atentos, de hermanos que escucharon, de capillas pobres y corazones dispuestos.

Miro hacia atrás y comprendo que, aunque llevábamos la Palabra, también fuimos evangelizados. La fe de los más humildes nos interrogó; su perseverancia nos empujó a seguir, incluso cuando el cuerpo ya pedía descanso.

Ahora, en la quietud, sólo me queda decir: Gracias, Señor, por confiar en nosotros. Gracias por enviarnos. No somos más que servidores inútiles, pero felices de haber trabajado en tu viña, aunque solo haya sido por unos días.

Evaluación de las misiones y propuestas para la vida comunitaria y pastoral.

Los seminaristas compartieron sus experiencias durante las misiones, destacando los siguientes aspectos:

La misión fue una experiencia profundamente enriquecedora para todos los participantes. Se valoró la buena coordinación y el acompañamiento de los catequistas locales, así como el trabajo en equipo y el compartir entre los misioneros. Varios manifestaron su deseo de retornar a la selva en el futuro, motivados por la acogida y el compromiso de las comunidades.

Algunos misioneros vivieron cambios en sus lugares asignados, lo que les permitió adaptarse a nuevas realidades. Realizaron visitas domiciliarias y a comunidades, y destacaron el valor formativo de estas experiencias. Se subrayó la numerosa presencia de jóvenes y niños en algunas zonas, lo que permitió un trabajo pastoral más dinámico con ellos.

Fue significativo misionar en comunidades de origen de algunos participantes, quienes valoraron el esfuerzo diario de su gente y su constante búsqueda de Dios en medio de una realidad compleja. El acompañamiento entre los misioneros y la presencia del sacerdote también fueron aspectos muy valorados, así como el testimonio de fe y servicio de la población local.

Se evidenció la diferencia entre la realidad de la sierra y la selva, y se resaltó la importancia de contar con medios de movilidad adecuados para el desarrollo eficaz de la misión. Las dificultades en el idioma en algunas zonas fueron un obstáculo, lo que lleva a proponer una preparación previa en lenguas originarias, como el quechua.

Asimismo, se notó la escasa participación de jóvenes en ciertos lugares, lo que plantea el desafío de revitalizar la pastoral juvenil. También se recomendó que no se realicen misiones de manera individual y se refuerce el trabajo en equipo.

Algunas comunidades presentaron dificultades internas y poca asistencia, por lo que se sugirió priorizar las misiones en tiempos como Semana Santa, cuando hay mayor presencia de personas. También se propuso priorizar zonas con presencia pastoral permanente, más allá de la sola celebración de la misa.

Finalmente, se hizo un llamado a fomentar el respeto mutuo y el apoyo entre los misioneros, especialmente hacia quienes tienen mayor experiencia. Se destacó la unidad y el entusiasmo del grupo misionero, como signo de comunión y compromiso con la evangelización.



sábado, 15 de febrero de 2025

La opción preferencial por Jesús y por los pobres

La opción preferencial por Jesús y por los pobres

         Como se ha visto, el ejemplo de la mujer en Betania ha sido conservado en las cuatro tradiciones evangélicas, pues ella optó por amar a Jesús de manera extraordinaria con un gesto profundamente significativo. No sería exagerado pensar que estuvo dispuesta incluso a dar la vida por aquel a quien tanto amaba, porque mucho le había sido perdonado (Lc 7,47).

Esta mujer eligió a Jesús de forma preferencial: irrumpió en la cena en casa de Simón, ya sea haciendo uso de cierta posición o, por el contrario, superando la barrera de su aparente indignidad como mujer. Se atrevió a formar parte de la escena y ungió a Jesús, coronándolo no solo con perfume, sino con la atención de todos los presentes. Sin embargo, su gesto, más que abrir los ojos de los demás, pareció distraerlos, incapaces de reconocer lo que ella sí había percibido con claridad. La opción preferencial de esta mujer por Jesús se entiende mejor a la luz de la inminencia de su Pasión.

Ahora bien, es razonable pensar que aquella misma mujer —cuyo gesto fue acogido y alabado por Jesús—, testigo privilegiada de su aprobación y de la enseñanza: “a los pobres podréis hacerles el bien siempre que queráis” (cf. Mc 14,7), haya sido también una pionera en la vivencia auténtica de la caridad. No se trata de un simple asistencialismo, sino de una forma de amor comprometido, nacido del encuentro personal con el Señor.

Habiendo comprendido el valor único de Jesús y la urgencia de su entrega, es muy posible que esta mujer haya canalizado ese amor hacia los más necesitados, siguiendo el espíritu del Maestro: un amor que no se limita a dar cosas, sino que se entrega a sí mismo con gratuidad, ternura y misericordia. Su gesto anticipa así no solo la unción para la sepultura, sino también una manera nueva de relacionarse con Dios y con los pobres, desde el amor total y desinteresado; definitivamente, ella optó con preferencia por Jesús y por los pobres.

¿Quiénes son los pobres de nuestros días?

Son, ante todo, aquellos que no llevan a Dios en el corazón. Y entonces no podemos sino asombrarnos —y dolernos— al constatar la multitud de “pobres” que habitan en nuestro mundo actual. No son solo cifras anónimas ni rostros invisibles, sino personas concretas que nos interpelan y reclaman nuestra fidelidad a Cristo y a su Evangelio.

Son pobres los niños no nacidos que no llegan a ver la luz porque el aborto les arrebata la vida; y son pobres las madres que, engañadas o desesperadas, llegan a eliminar a sus propias criaturas cuando ya están formadas en su vientre.

Son pobres los condenados a muerte, despojados de toda esperanza y dignidad; y son pobres también quienes, en nombre de la justicia, imparten injusticias.

Son pobres los migrantes que encuentran cerradas las fronteras y los corazones, cargando en su rostro el sufrimiento de Cristo en el extranjero, el desplazado, el refugiado; y son pobres los que, cegados por ideologías y nacionalismos extremos, los rechazan con dureza.

Son pobres los pueblos invadidos por la ambición de poder o de intereses económicos, teñidos con la sangre de inocentes; y son pobres los dictadores que se creen eternos y proclaman la inmortalidad de sus regímenes.

Son pobres las naciones sometidas a regímenes totalitarios, donde la libertad se secuestra, el miedo se siembra y la miseria se extiende; y son pobres quienes, cegados por el ansia de poder, se aferran a cargos en los que ya no sirven.

Son pobres los huérfanos hambrientos y los ancianos abandonados, olvidados por una sociedad que a veces se conmueve más por el bienestar de una mascota que por el clamor de los más vulnerables.

Son pobres los que dedican su vida a la producción y tráfico de drogas, arrastrando consigo a tantos jóvenes y apagando prematuramente sus existencias.

Son pobres los que, habiendo hecho una opción por Dios, llevan una doble vida, marcada por la inmoralidad y el escándalo.

Son pobres los que, movidos por envidias y resentimientos, se convierten en piedra de tropiezo para sus compañeros, incapaces de alegrarse del bien ajeno o del éxito de los demás.

Son pobres, finalmente, los que solo saben ver lo negativo, los que se detienen en los defectos y debilidades de los demás, sin reconocer la abundancia de bondad, de belleza y de cosas positivas que este mundo aún guarda.  

A estos pobres no es necesario buscarlos en rincones ocultos ni en parajes lejanos: están a nuestro lado, son nuestros vecinos, nuestros familiares… somos también nosotros mismos. Porque llevamos dentro la fragilidad de una fe inconstante y la tibieza de una caridad que tantas veces se apaga. Reconozcamos, entonces, nuestra propia pobreza y dejemos que sea la gracia de Dios la que la sane, la transforme y la colme de plenitud.