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jueves, 31 de agosto de 2023

Resumen de la Instrucción Donum Veritatis, sobre la vocación eclesial del teólogo

DONUM VERITATIS

         El presente trabajo elaborado a modo de resumen buscará responder, luego de la lectura del documento magisterial, las siguientes interrogantes: ¿Cuál es el argumento principal del texto y qué ideas lo sostienen? ¿Qué aporta el texto para profundizar mi comprensión del quehacer teológico? ¿Encuentro alguna limitación en el argumento del texto?

Un interés personal me motivó al estudio de este documento, la reciente muerte de su suscriptor, el papa Benedicto XVI, quien fungía como Prefecto de la “Congregación para la Doctrina de la Fe” -otrora “Santa Inquisición” y “Santo Oficio” y actualmente “Dicasterio para la Doctrina de la Fe”- para el 24 de marzo de 1990, fecha en la que se publicó este texto. La muerte de Joseph Ratzinger se ha convertido en particular en una oportunidad para revalorizar su aporte teológico a la Iglesia contemporánea, principalmente en el estudio de sus diversos textos magisteriales. Es posible pensar que esta Instrucción haya sido especialmente preparada por el cardenal Ratzinger en comunión con sus colaboradores y bajo la venia de san Juan Pablo II, sobre todo cuando, al conocer su título, “Donum Veritatis”, encontramos una directa referencia al lema del escudo episcopal -luego pontificio- que el mismo Ratzinger eligió, porque realmente se comportó como un “Cooperatores Veritatis”, como un cooperador de la Verdad.

Esta Instrucción ha de ser entendida no únicamente como un aporte del cardenal Ratzinger, sino del conjunto total del Magisterio de la Iglesia, tal y como lo deja claro el mismo documento al expresar que, también forman parte del Magisterio los documentos aprobados por el Romano Pontífice en materia de moral y costumbres, y este es un caso de ellos.

La Verdad, que es un don de Dios a su Iglesia, nos hace libres y la ignorancia nos esclaviza, comienza afirmándose en la introducción del documento, a la vez aseverando que el cristianismo es conocimiento y vida, verdad y existencia, porque busca entender la fe encarnada en la cotidianidad de la vida, y no separándola de ella como si fuesen antagónicas entre sí. Esta Verdad, sin embargo, nos sobrepasa, de ahí que la búsqueda de la comprensión de la fe, es decir, la teología, sea ciertamente una exigencia y obligación de la Iglesia, porque efectivamente el hombre es capaz de Dios, como lo afirma el Catecismo de la Iglesia Católica.

El quehacer teológico pasa por el riesgo de permanecer en la verdad en la novedad de los problemas de los hombres de cada época, pues ciertamente Jesucristo es el mismo ayer, hoy y siempre, y bajo esta premisa se entiende que la fe deba superar las modas pasajeras y las corrientes de pensamientos que, aunque muy bien fundamentados, no guarden fidelidad a la tradición eclesial. Por su parte la teología en el Concilio Ecuménico Vaticano II contribuyó en la profundización de las cosas, aunque no sin crisis y tensión, esta misma Instrucción es producto de la realidad eclesial del postconcilio, donde se hizo necesario fijar claramente la postura que ha de ser acogida por todos en la obediencia a la fe recibida. Es esta instrucción una respuesta a una realidad concreta de los signos de los tiempos.

La Congregación para la Doctrina de la Fe, dirigió a los obispos de la Iglesia católica, y a través de ellos a los teólogos, esta Instrucción magisterial, para recordarles a ambos (obispos y teólogos) que la Verdad es un don de Dios a su pueblo, verdad que nos hace uno, porque la verdad busca la unidad de la fe, y es don de Dios a su pueblo, porque la totalidad de los fieles, que han recibido la unción del Espíritu Santo, no puede equivocarse cuando cree.

Hemos conocido al principio que esta Instrucción versa sobre “la vocación eclesial del teólogo”, pues bien, ¿cuál es en concreto esa vocación? El documento lo deja claro, el teólogo debe lograr, en comunión con el Magisterio, una profunda comprensión de la Palabra de Dios contenida en la Escritura inspirada y transmitida por la tradición viva de la Iglesia; podríamos ahora precisar las palabras claves en las que se desarrollará todo el contenido siguiente: Teólogo, Magisterio, Palabra de Dios, Escritura y Tradición.

Hacer teología es ponerse de cara a Dios, que es amor, por eso el amor desea conocer cada vez más a quien ama, y el teólogo que busca a Dios en sus estudios, lo ha de encontrar al unir siempre la investigación científica y la oración. Sabemos que, por una parte, el estudio científico procura una actitud crítica, y esto es aceptable, pero no es admisible un espíritu crítico, que todo lo cuestiona, que todo pretende depurar, en este sentido, la teología como vocación exige un esfuerzo espiritual de rectitud y de santificación, porque el teólogo no se sirve a sí mismo, sino a Dios y a los hermanos.

Donum Veritatis reconoce la capacidad que posee la razón humana para alcanzar la verdad, como también su capacidad metafísica de conocer a Dios a partir de lo creado, por eso se comprende que el teólogo recurra a la filosofía, a las ciencias históricas y humanas para ejercer su función, sin olvidar jamás que también es un miembro del pueblo de Dios, y que debe respetarlo y comprometerse a darle una enseñanza que no lesione en lo más mínimo la doctrina de la fe, pues el mundo puede condicionar el pensamiento del teólogo y hacerle creer que su razonar es infalible.

La Iglesia, por su parte, pondera la libertad para hacer teología dentro de la misma Iglesia, no fuera de ella, con discusiones imparciales y objetivas, en constante diálogo fraterno, apertura y disposición de cambio de cara a las propias opiniones. Esta libertad de investigación se inscribe dentro de un saber racional cuyo objeto ha sido dado por la revelación, transmitida e interpretada en la Iglesia bajo la autoridad del Magisterio y acogida por la fe. Rechazar estos datos, que tienen valor de principio, equivaldría a dejar de hacer teología. Nuevamente vemos la importancia de la intrínseca unidad que posee la vocación teologal, como se precisó anteriormente: Teólogo, Magisterio, Palabra de Dios, Escritura y Tradición.

La concepción de que la Verdad es un don de Dios a su pueblo significa también que él mismo dio a su Iglesia -que es el pueblo de Dios-, por el don del Espíritu Santo, una participación de su propia infalibilidad, es decir, que en lo que el pueblo cree no hay error, no significa de ningún modo que la Iglesia sea una democracia en la que la verdad sea determinada por el voto de la mayoría, como afirmó el mismo Benedicto XVI, pues esta creencia del pueblo ciertamente ha de ir en armonía con el Magisterio, la Palabra de Dios y la Tradición de la Iglesia, que son las fuentes de la Teología, aunque es cierto que se reserva solo a la autoridad del Magisterio la auténtica interpretación de la Verdad revelada por Dios.

Cristo mismo quiso encargar a hombres particulares, los apóstoles y sus sucesores, la misión de guardar, exponer y difundir la Palabra de Dios, este es el Magisterio, un elemento constitutivo de la Iglesia, y en este sentido, el servicio que el Magisterio presta a la verdad cristiana se realiza siempre en favor de todo el pueblo de Dios, llamado a ser introducido en la libertad de la verdad que Dios ha revelado en Cristo.

Entonces, ¿qué es el Magisterio y por qué es tan importante? A la reunión de los obispos en comunión con el Romano Pontífice, sucesor de Pedro, en la comunión del Espíritu Santo se conoce como Magisterio, y tiene infalibilidad en temas de fe y costumbres, lo que significa que lo que dice es la Verdad o está inspirado en esa Verdad. En este sentido, el Magisterio entendido como colegio episcopal, y ahora en los tiempos modernos desde la óptica de la sinodalidad, puede proponer de modo definitivo enunciados que, aunque no estén contenidos en las verdades de fe, se encuentran sin embargo íntimamente ligados a ellas, de tal manera que el carácter definitivo de esas afirmaciones deriva, en último análisis, de la misma Revelación.

Esta Revelación, es sabido por la Iglesia, contiene enseñanzas morales que de por sí podrían ser conocidas por la razón natural, pero cuyo acceso se hace difícil por la condición del hombre pecador, de ahí que cobre valor la vocación del teólogo, que está llamado a proclamar la fe en la verdad. Donum Veritatis aclara una cuestión de suma importancia en los diálogos y disquisiciones teológicas de este siglo XXI, y es que las decisiones magisteriales en materia de disciplina, aunque no estén garantizadas por el carisma de la infalibilidad, no están desprovistas de la asistencia divina y requieren la adhesión de los fieles, verbigracia: el celibato sacerdotal.

Al Papa, en su papel de Padre y Pastor Universal, le ayuda el Dicasterio para la Doctrina de la Fe y los documentos emitidos por este despacho de la Curia Romana son magisterio ordinario. Por su parte, en las iglesias particulares (patriarcados, arzobispados, obispados, prelaturas, vicariatos apostólicos, etc.), es el obispo es la autoridad para custodiar e interpretar la Palabra de Dios en comunión con el papa, comunión sin la cual no hay autenticidad. Las conferencias episcopales contribuyen al espíritu colegial con el Papa.

Tenemos hasta ahora, una distinción obvia entre la vocación del teólogo y el papel del Magisterio, de ambas se espera que exista una colaboración, la que se realiza especialmente cuando el teólogo recibe la misión canónica o el mandato de enseñar, es decir, la Iglesia autoriza canónicamente para que la vocación del teólogo pueda ser ejercida libremente en su razón de ser, a esto le conocemos como la “gracia de estado”.

Cuando el magisterio se pronuncia se exige adhesión de todos, sin embargo, puede que algunos documentos magisteriales tengan carencias, lo que no significa una relativización de los enunciados de la fe, pues solamente el tiempo ha permitido hacer un discernimiento y, después de serios estudios, lograr un verdadero progreso doctrinal.

Es normal que entre el teólogo y el Magisterio surjan algunas tensiones, esto ha de representar un factor de dinamismo y un estímulo que incita al Magisterio y a los teólogos a cumplir sus respectivas funciones practicando el diálogo. Por su parte el teólogo nunca debe presentar sus opiniones o sus hipótesis divergentes como si se tratara de conclusiones indiscutibles, y ha de renunciar a una intempestiva expresión pública de ellas. En definitiva, el teólogo debe ser humilde aun cuando no esté convencido de las enseñanzas magisteriales, y ha de cultivar una disponibilidad a acoger lealmente la enseñanza del Magisterio, que se impone a todo creyente en nombre de la obediencia de fe. Lo que refute el teólogo debe hacerlo con caridad, acudiendo a la autoridad y no a los medios de comunicación.

Finalmente, Donum Veritatis exhorta a evitar una especie de “magisterio paralelo” de los teólogos, en oposición y rivalidad con el magisterio auténtico, esto es lo que se conoce como el “disenso” que en ocasiones apela a una argumentación sociológica, según la cual la opinión de un gran número de cristianos constituiría una expresión directa y adecuada del sentido sobrenatural de la fe; el creyente en cambio puede tener opiniones erróneas, porque no todos sus pensamientos proceden de la fe. La libertad del acto de fe no justifica el derecho al disenso y el recurso al argumento del deber de seguir la propia conciencia no puede legitimarlo. El teólogo, para evitar estas tentaciones, está invitado a formar la conciencia rectamente.

Concluye la Instrucción proponiendo la figura de la Bienaventurada Virgen María como modelo de la Iglesia en su adhesión inmediata y sin vacilaciones a la Palabra de Dios, y ciertamente ella nos enseña a meditar y contemplar esas cosas en el corazón, pues Dios se revela a los humildes y sencillos y a quienes acojan con total disposición su mensaje de amor.

La Instrucción Donum Veritatis es, a mi modo de ver, un documento muy sólido y directo en sus proposiciones. Expresa lo que quiere transmitir de un modo diáfano para que sus destinatarios, los teólogos, se sientan aludidos a transmitir la fe con la misma sencillez y lenguaje que a todos pueda llegar, pues así mismo lo hizo Jesucristo, el Señor.

Me quedo con lo que pude corroborar a lo largo del estudio de este documento, que la vocación del teólogo pasa por la comunión con el Magisterio de la Iglesia, en la fidelidad a la verdad revelada y contenida en la Palabra de Dios y las Escrituras inspiradas y conservaba tal y como la Tradición viva de la Iglesia la ha mantenido durante dos milenios, en constante actitud de oración y buscando el testimonio y la santificación de la propia vida y la de los demás, pues el teólogo se debe al pueblo de Dios, al que debe respetar y evitarle, con la sana doctrina, los errores que le lleven a la perdición.

Personalmente no encuentro limitaciones en los argumentos propuestos por la Instrucción, mas bien una hermosa novedad e inspiración que me anima a seguir adelante en mis estudios teológicos, para hacerlos desde el sentir eclesial, sintiéndome parte del pueblo de Dios, en cuya creencia se manifiesta el don de la Verdad, y sin la cual no podría haber una teología recta y veraz.

Pedro Andrés García Barillas

P.D. Agradezco enormemente este primer curso de Introducción y método teológico dictado por el profesor Rolando Iberico Ruiz, pues en él pude encontrar las respuestas necesarias a los temas que me interesaban, y a su vez profundizar en los cuestionamientos que, estoy seguro, podré dar contestación en lo sucesivo de los estudios de esta Diplomatura en Teología.

P.A

García

domingo, 1 de enero de 2023

Murió Benedicto XVI

"COOPERATORES VERITATIS"

El 31 de diciembre de 2022 falleció en el Monasterio Mater Ecclesiae del Vaticano el papa Benedicto XVI, a las 9:34 de la mañana. Tenía 95 años de edad y casi 10 años de haber renunciado al ministerio petrino.

El 11 de febrero de 2013, el día en que Benedicto XVI anunció que renunciaría al pontificado, yo era seminarista del 5to año de bachillerato, en la Legión de Cristo. Recuerdo que la noticia se nos comunicó en el comedor, durante el desayuno, cuando el rector tomó el micrófono, interrumpiendo la lectura de la Imitación de Cristo de Thomas de Kempis, para informarnos con cierta confusión la decisión tomada esa misma mañana en Roma por el Santo Padre. Todos nosotros quedamos muy enredados y nos cuestionábamos si era posible que una papa pudiera renunciar. Ignorábamos las razones.

Durante los días sucesivos estuvimos muy atentos a las noticias que nos comunicaban los superiores con respecto al inminente cónclave y la elección del nuevo papa. Recuerdo que en una de las carteleras comunitarias del seminario se ubicó una imagen con las fotos de los cardenales que eran "papables" dentro de los que se encontraba el cardenal Bergoglio, de Buenos Aires, Argentina, pero ninguno apostó por él, nuestro favorito, no sé por qué, era un cardenal italiano y uno brasileño, o el estadounidense de Nueva York.

Los más nacionalistas pensábamos que había una remota posibilidad de tener un papa venezolano, pues al cónclave asistiría el arzobispo de Caracas, el cardenal Jorge Liberato Urosa Sabino, pero el elegido por Dios a través de los cardenales fue el argentino.

Benedicto XVI se notaba muy agotado, parecía cansado y sin fuerzas. Sus últimas ceremonias públicas fueron un hermoso momento para despedir al que fue padre y pastor universal, vicario de Cristo en la Tierra, con un pontificado impecable y con decisiones muy importantes para la congregación de los Legionarios de Cristo, si recordamos que fue Benedicto XVI quién desplazó definitivamente de la vida pública y de la dirección de la Legión al fundador, el padre Marcial Maciel, (nuestro padre) como le llamábamos. Fue también Benedicto XVI quien designó en 2010 al cardenal Velasio de Paolis como su enlace entre la Santa Sede y la Legión, le llamábamos nuestro Delegado Pontificio y también rezábamos por él, como por el Papa, superiores de la Legión y bienhechores.

La noticia del fallecimiento del presidente Hugo Chávez, el 5 de marzo de ese 2013, nos sorprendió días antes de celebrarse el cónclave en Roma. Supimos que el cardenal Urosa ofició una misa en alguna iglesia romana por el eterno descanso de Chávez. El cónclave vino unos días después, inició el 12 de marzo, y el elegido salió a saludar al pueblo cristiano congregado bajo la columnata de Bernini en la Plaza de San Pedro, el 13 de marzo tras la quinta votación. La transmisión la vimos totalmente en vivo, gracias a un proyector que se instaló en el comedor del seminario y a donde todos acudimos presurosos y contentos tras conocerse la fumata blanca y escuchar el sonido de la campana que estaba prevista para sonar en caso de conocerse el habemus papam.

Por esos días yo había memorizado el padrenuestro, Avemaría y Gloria en italiano, por lo que pude rezar con Francisco en su primera aparición en público desde el balcón de las bendiciones apostólicas. Ese mismo día se quitó la foto del papa Benedicto que presidía los salones de clases y se cambió por una del papa Francisco saludando con su mano derecha alzada desde el balcón. Recuerdo que la foto del nuevo papa se puso sobre la foto del que ahora llamaríamos papa emérito.

Esta fue la segunda elección papal que he podido presenciar a través de la pantalla de un televisor, pues la primera fue la del propio Ratzinger en 2005, ocasión que también recuerdo con mucha claridad. Vi por televisión la agonía de Juan Pablo II y la elección de su sucesor. En ese mismo 2005 me inicié como monaguillo y recibí una pequeña foto de Benedicto XVI como regalo del párroco. Todavía conservo esa foto en un pequeño portarretratos en mi habitación.

La muerte de Benedicto XVI ha entristecido muchos corazones, el mío también. Fue un papa maravilloso, sabio, amoroso y misericordioso. Fue traicionado por su propio mayordomo. Fue criticado e incomprendido. Fue comparado sin razón con su sucesor. Pero lo que lo hizo grande fue su humildad para saber retirarse cuando ya no sentía fuerzas para continuar. La renuncia de Benedicto XVI marcó un antes y un después en la forma de ver los pontificados en este siglo XXI. Recuerdo que seguida de la renuncia de Benedicto le siguieron en el gesto algunos monarcas y personalidades importantes, como S.M. el Rey don Juan Carlos I de España.

Ahora que ha fallecido Benedicto XVI, las voces de todos los sabidos en la materia reconocen que estamos despidiendo a un gran papa, futuro santo y doctor de la Iglesia. Estamos seguros de que pronto se iniciará su proceso de beatificación y canonización, para que todo el mundo sepa que la Iglesia católica es fuente de santidad, y que Benedicto XVI ahora nos ayuda y nos acompaña desde el cielo, porque goza de Dios.

"SEÑOR, TE AMO", fueron sus últimas palabras antes de perder el conocimiento y entrar en agonía. Ese mismo Señor a quien Benedicto tanto amó y sirvió ahora lo recibe en su morada eterna, donde algún día también iremos nosotros para estar con Dios y verle tal cual es. Amén.

P.A

García

martes, 5 de enero de 2021

La vocación y el celibato según Benedicto XVI

              RATZINGER

         El año pasado el africano Cardenal Robert Sarah publicó un libro titulado “Desde lo más hondo de nuestros corazones” en coautoría con Joseph Ratzinger, el papa emérito Benedicto XVI. La edición estuvo a cargo de Nicolas Diat y la traducción al castellano es de Gloria Esteban Villar. El título original en francés es “Des profondeurs de nos coeurs”, por lo que me agrada más traducirlo como “Desde lo más profundo de nuestros corazones”. El texto está dedicado: “En homenaje a los sacerdotes del mundo entero”. Agradezco a mi buen amigo Nilson Guerra Zambrano por compartirme este libro en PDF desde WhatsApp.

         La importancia de las cavilaciones del papa emérito, las justifica el mismo Cardenal Sarah, pues, ciertamente: “Debemos meditar las reflexiones de un hombre que se acerca al final de su vida. En una hora tan decisiva nadie toma la palabra a la ligera”. Animado por esta introducción, doy paso a resumir el capítulo I de este libro, “El Sacerdocio Católico”, cuyo autor es Benedicto XVI, haciendo énfasis únicamente en el tema del celibato sacerdotal y la vocación.

         La cuestión vocacional:

         Benedicto XVI plantea la diferencia vocacional entre el sacerdocio veterotestamentario y el sacerdocio neotestamentario, es decir, entre el antiguo sacerdocio judío y el actual cristiano-católico. El primero correspondía a una herencia familiar, puesto que para ser sacerdotes del Señor era preciso pertenecer a la familia-tribu de Leví, lo que no significa que estos no fueran llamados por Dios. Por su parte en el caso cristiano es Dios el que va eligiendo a sus sacerdotes, es una llamada divina personal, que debe ser reconocida y aceptada. Como ejemplo de esto tenemos la vocación de los apóstoles, que fueron llamados directamente por Jesús, fue el mismo Mesías, Dios y Hombre verdadero, quien pronunció sus nombres.

Si en el Antiguo Testamento el sacerdocio estaba asegurado por generaciones, porque los sacerdotes se podían casar y tener hijos, en el Nuevo Testamento no se tiene la misma seguridad, de ahí la recomendación evangélica de Mateo 9, 38: “Rogad, por tanto, al Señor de la mies que envíe obreros a su mies”, en este sentido expresa Benedicto XVI: “Generación tras generación, la Iglesia vive animada por la esperanza y el deseo de hallar a quienes son llamados”. La Iglesia acepta a los que se sienten llamados por Dios. Es Dios quien llama, es la Iglesia quien acepta. Ante una llamada de Dios debe corresponder una aceptación del que es llamado y de la Iglesia. Si la Iglesia no acepta, es decir, si la Iglesia rechaza –sin razones convincentes-, en vano ruega con las palabras de Mt 9, 38 y en este sentido falla a la generosidad de Dios que sigue enviando obreros a su mies.

         La cuestión del celibato:

        Este tema es de los más debatidos porque es de los menos comprendidos. Recientemente –en octubre de 2019- se celebró un Sínodo de la Amazonía donde se llevó a la palestra el supuesto “imposible celibato” en los pueblos indígenas, cuestión que animó a Robert Sarah y Benedicto XVI a publicar sus reflexiones.

En la conciencia judía los sacerdotes estaban obligados a abstenerse sexualmente mientras se encontraban ejerciendo su sacerdocio en el Templo, puesto que no era una situación perenne sino solamente por periodos específicos. La abstinencia era necesaria porque se estaba en contacto con el misterio divino. Explica Benedicto XVI: “Dado que los sacerdotes del Antiguo Testamento solo debían consagrarse al culto durante determinados períodos, el matrimonio y el sacerdocio eran compatibles”.

         Para los sacerdotes de la Nueva Alianza la situación cambia. Se sabe que la celebración de la Eucaristía “misterio divino” se hizo rápidamente cotidiano, era cuestión de todos los días, pues esto mismo era el (panem nostrum quotidianum) “el pan nuestro de cada día”, que insistentemente pedían los cristianos en la oración dominical. Es por esta razón que los sacerdotes de Jesucristo están constantemente en contacto con lo “divino”, exigiéndoseles naturalmente la exclusividad para las cosas de Dios, cuestión donde no es compatible el matrimonio.

         Es necesario aclarar que en la Iglesia primitiva ciertamente se contaba con obispos, sacerdotes y diáconos que estaban casados, sin embargo, estos hombres sólo podían recibir el sacramento del Orden si se comprometían a vivir la abstinencia sexual, lo que fue llamado el “matrimonio de san José”, cosa que fue muy normal en los primeros siglos del cristianismo.

         Dice Benedicto XVI: “El verdadero fundamento de la vida del sacerdote, la sal de su existencia, la tierra de su vida es Dios. El celibato que practican los obispos de toda la Iglesia oriental y occidental —y, según una tradición que se remonta a una época cercana a la de los apóstoles, los sacerdotes de la Iglesia latina en general— solo se puede comprender y vivir de forma irrevocable sobre este fundamento”.

         El celibato en el siglo XXI año 2021

         Como lo manifiesta el Catecismo de la Iglesia Católica, el celibato es una opción de vida a la que se accede desde la libertad. Leámoslo en el numeral 1599: “En la Iglesia latina, el sacramento del Orden para el presbiterado sólo es conferido ordinariamente a candidatos que están dispuestos a abrazar libremente el celibato y que manifiestan públicamente su voluntad de guardarlo por amor del Reino de Dios y el servicio de los hombres”. El celibato se abraza libremente por el Reino de Dios. “Libremente” significa que acepta con conocimiento de causa la obligación de ser célibe y lo hace por amor y porque ha recibido ese don de Dios, aparte de ser una norma eclesiástica que debe cumplir, como lo refiere expresamente el Código de Derecho Canónico en su numeral 277, parágrafo 1: “Los clérigos están obligados a observar una continencia perfecta y perpetua por el Reino de los cielos y, por tanto, quedan sujetos a guardar el celibato, que es un don peculiar de Dios mediante el cual los ministros sagrados pueden unirse más fácilmente a Cristo con un corazón entero y dedicarse con mayor libertad al servicio de Dios y de los hombres”.

Para el padre Fortea, exorcista español, el celibato es “ante todo un sacrificio que se ofrece a Dios por amor a Él. Un sacrificio que tendrá su recompensa, especial, en el Reino de los Cielos. Es una inmolación, un matrimonio espiritual con el Infinito Espíritu Creador”.

El celibato es un don de Dios para su Iglesia, es una joya preciosa que no podemos menospreciar. El mismo Jesucristo fue célibe, por eso los sacerdotes, que son otros Cristos, comprenden el celibato y lo viven para -como dijo el Santo Cura de Ars- “vivir el cielo en la tierra”. Apoyar el celibato católico no es ser fundamentalistas, es simplemente vivir una Fe clara, según el Credo de la Iglesia.

“Como los hijos buenos de Noé, cubre con la capa de la caridad las miserias que veas en tu padre, el Sacerdote”

San Josemaría Escrivá de Balaguer

Camino 75

 

P.A

García

jueves, 24 de octubre de 2019

El Diablo le teme a san Juan Pablo II, pero más a Benedicto XVI


BENEDICTUS P.P. XVI
Benedicto XVI
         
La fe nos enseña que nuestro Señor Jesucristo tiene poder sobre el Demonio, y así lo demuestran los Evangelios Sinópticos (Mateo, Marcos y Lucas), pues en varios relatos él expulsa a Satanás o a sus demonios, demostrando de esta manera que el Reino de Dios ha llegado: "Pero si por el Espíritu de Dios expulso yo los demonios, es que ha llegado a vosotros el Reino de Dios" (Mt 12, 28).

La Iglesia Católica, depositaria de la Verdad, manifiesta creer en el poder de Jesús sobre el Demonio; poder que a su vez suministró a sus discípulos, así lo reza el Catecismo de la Iglesia Católica en su numeral 1673, donde encontramos un compendio de todo lo que debemos creer acerca de los exorcismos y la posesión diabólica:

Cuando la Iglesia pide públicamente y con autoridad, en nombre de Jesucristo, que una persona o un objeto sea protegido contra las asechanzas del maligno y sustraída a su dominio, se habla de exorcismo. Jesús lo practicó, de él tiene la Iglesia el poder y el oficio de exorcizar. El exorcismo solemne sólo puede ser practicado por un sacerdote y con el permiso del obispo. En estos casos es preciso proceder con prudencia, observando estrictamente las reglas establecidas por la Iglesia. El exorcismo intenta expulsar a los demonios o liberar del dominio demoníaco gracias a la autoridad espiritual que Jesús ha confiado a su Iglesia. Es importante, asegurarse, antes de celebrar el exorcismo, de que se trata de una presencia del Maligno y no de una enfermedad.
El padre Gabriele Amorth[1] fue un famoso exorcista italiano, perteneció a la Sociedad de San Pablo, comunidad fundada por el Beato Santiago Alberione. En toda su vida sacerdotal realizó más de 160.000 exorcismos. Solamente él, con toda su experiencia, puede darnos semejante testimonio que titula este artículo: El Diablo le teme a san Juan Pablo II, pero más a Benedicto XVI.

Entre otras cosas, el padre Amorth habló abiertamente en su libro El último exorcista, mi batalla contra Satanás, en entrevista con Paolo Rodari, sobre una experiencia muy particular acontecida en la Plaza de San Pedro, en una acostumbrada Audiencia Papal con Benedicto XVI, en mayo de 2009.
Benedicto XVI y su secretario Mons. Georg Ganswein

La escena ubica a dos mujeres y dos muchachos. Las mujeres eran asistentes del padre Amorth, quienes le ayudaban durante los exorcismos, rezando por el padre Amorth y por los poseídos que a él acudían. Los dos jóvenes estaban poseídos y fuera de ellos cuatro más nadie lo sabía. Ese miércoles las mujeres deciden llevar a los dos a la audiencia del Papa porque piensan que les puede ser útil. No es un misterio que muchos gestos y palabras del Papa hacen enfurecer a Satanás. No es un misterio que incluso la sola presencia del Papa inquieta y en cierto modo ayuda a los poseídos en su batalla contra aquel que los posee.

La Guardia Suiza hace pasar a los 4 a los puestos reservados a las personas incapacitadas. Los dos poseídos no hablaban nada, pues estaban inexplicablemente callados. Al sonar las 10:00 a.m. sale Benedicto XVI en su jeep blanco, acompañado por Mons. Georg Ganswein, su secretario particular. Las 2 mujeres se vuelven hacia Giovanni y Marco. Instintivamente los sostienen con los brazos. Los dos, en efecto, empiezan a comportarse de manera extraña. Giovanni tiembla y rechina los dientes. Los dos jóvenes, por la presencia papal que se aproximaba, demuestran actitudes de energúmenos.

A la vuelta del jeep papal por toda la plaza, los 2 poseídos caen al suelo. Se golpean la cabeza en el piso. Los guardias suizos los observan pero no intervienen. El jeep cumple un largo recorrido. Luego llega al fondo de la plaza, a pocos metros del portón de la basílica vaticana. El Papa baja del coche y saluda a las personas que están en las primeras filas. Giovanni y Marco, juntos, empiezan a aullar. Tendidos en el suelo aúllan. Aúllan muy fuerte. —¡Santidad, santidad, aquí estamos! -grita al Papa una de las 2 mujeres tratando de atraer su atención. Benedicto XVI se gira pero no se acerca. Ve a las 2 mujeres y a los 2 jóvenes en el suelo que gritan, babean, tiemblan, montan en cólera. Ve la mirada de odio de los 2 hombres. Una mirada dirigida contra él. El Papa no se altera. Mira de lejos. Levanta un brazo y bendice a los 4. Para los 2 poseídos es un shock furibundo. Un latigazo asestado en todo el cuerpo. Tanto que caen 3 metros atrás, tirados en el suelo. Ahora ya no gritan. Pero lloran, lloran y lloran. Gimen durante toda la audiencia. Cuando el Papa se va, vuelven en sí. Vuelven a ser ellos mismos. Y no recuerdan nada.

Con esta anécdota el padre Amorth concluye que Satanás teme muchísimo a Benedicto XVI, pues sus misas, sus bendiciones, sus palabras, son como poderosos exorcismos; todo su pontificado es un gran exorcismo contra Satanás, eficaz y poderoso. La manera como Benedicto XVI vive la liturgia. Su respeto a las reglas. Su rigor. Su postura, son eficacísimos contra Satanás. La liturgia celebrada por el Pontífice es poderosa. Satanás es herido cada vez que el Papa celebra la eucaristía.
San Juan Pablo II y el Cardenal Joseph Ratzinger

Cuenta el padre Gabriele Amorth que Monseñor Andrea Gemma, en un libro publicado en Bérgamo en el año 2009, con el título de Confidencia de un exorcista, afirma que el maligno, durante los exorcismos, reacciona violentamente a la invocación del nombre de Juan Pablo II. Durante un exorcismo el diablo habría admitido: «El vejestorio (así llama a Juan Pablo II) nos ha hecho un daño enorme, pero el que está ahora es peor...». Palabras que confirman también la profunda aversión del maligno a Benedicto XVI.

Benedictus qui venit in nomine Domine
Bendito el que viene en el nombre del Señor

P.A
García


[1] Padre Gabriele Amorth, El último exorcista, mi batalla contra Satanás, Editorial San Pablo, p.p. 93-95.

lunes, 29 de octubre de 2018

La teología de la música de Benedicto XVI


LA MÚSICA EN LA TEOLOGÍA DE JOSEPH RATZINGER[1]


El Cardenal Ratzinger, estudioso de la Teología litúrgica, ha propuesto su visión acerca de la música desde la perspectiva teológica-litúrgica, así pues, su reflexión litúrgica será aplicada generalmente a las características de la música en el arte sagrado, es por eso que Ratzinger concreta que el verbo “cantar” como sinónimo de música aparece en el Antiguo Testamento unas trescientas nueve veces, mientras que en el Nuevo Testamento sólo treinta y seis, en nada relevante el descenso notable, pues lo seguro es que canto se sitúa en el centro de toda la historia de la salvación, contenida en las Sagradas Escrituras. Desde el Éxodo (15,1) con el canto de Moisés y los israelitas al Señor luego de la proeza del Mar Rojo, hasta el Apocalipsis (15,2) con el Cántico del Cordero se ve enmarcada toda historia salvífica con la música.

Para Ratzinger, el fundamento teológico del canto litúrgico se nos revela al comprender que Cristo ha superado en gran medida esa hazaña del Mar Rojo, por eso el cristiano puede cantar el “cántico nuevo” de alabanza al Señor, para esto la Biblia misma nos enseña con los Salmos, que expresan del pueblo de Israel sus lutos, lamentaciones, miedos y también sus esperanzas, confianza y gratitud; este libro de los Salmos es atribuido a David, el rey cantor, y para la fe Cristo es el nuevo David, que por el Espíritu Santo canta, de este modo, con el salterio la Iglesia canta. Dice el Cardenal Ratzinger que “la música de iglesia surge como carisma, como don del Espíritu: esta es la «glosolalia», la nueva «lengua» que procede del Espíritu. En esta se da sobre todo la «sobria embriaguez» de la fe porque son superadas todas las posibilidades de la pura racionalidad”

Ahora en el libro de Cantar de los Cantares Ratzinger consigue un motivo nuevo para cantar, es el amor; citando a san Agustín concluye que “cantar es propio del amor”, y esto se ve reflejado en el libro sagrado, además Cristo es el novio (Mc 2,19) y la misma Eucaristía es un anticipación del banquete nupcial del Reino, por eso expresa Ratzinger que “el canto de la Iglesia proviene en definitiva del amor: esto es lo que, en el fondo, hay en el origen del cantar”. En resumidas cuentas la música llega a ser el lenguaje universal del amor.

Reflexionando sobre el tema litúrgico en general, el Cardenal alemán opina que “las formas artísticas que niegan la presencia del Logos en la realidad y fijan la atención del hombre en la apariencia sensible, no son compatibles con el sentido de las imágenes de la Iglesia”, esto puede aplicársele también al ámbito musical de la liturgia, donde “sin fe no hay arte adecuado a la liturgia”, por ende la música para Ratzinger debe apoyar el misterio vivido en la liturgia sagrada, no distraerlo.

P.A
García



[1] Un resumen del artículo de JORDI-AGUSTI PIQUÉ I COLLADO