sábado, 29 de junio de 2024

Exégesis de Filipenses 1, 19-26

 “PARA MÍ LA VIDA ES CRISTO Y EL MORIR UNA GANANCIA”

INTRODUCCIÓN

La elección del texto de la Carta a los Filipenses (1, 19-26) encuentra su razón en un testimonio sacerdotal, y desde preguntas constantes en la vida propia, como; ¿Qué es la vida? ¿Qué sentido tiene la vida? ¿Por qué san Pablo decía que la vida para él es Cristo?, cuestionamientos firmes que forman parte de vida vocacional, interrogantes que fueron clave para elegir este camino. Así mismo, el testimonio de un sacerdote que decía con mucha convicción, que para él “la vida es Cristo…”; eso me generó mucha atracción, de cómo así llegó a tal punto de repetir las mismas palabras de Pablo. Desde luego, la pregunta seguía presente cuando tenía momentos existenciales o crisis de carácter vocacional. De igual modo, por la profundidad y radicalidad del texto con respecto a la vivencia en la fe. En ese sentido, quiero profundizar en estos versículos y entrar en sintonía con la vida de fe en Cristo, como lo vivió el Apóstol de los gentiles, san Pablo, a quien festejaremos el próximo sábado 29 de junio.

 

PROFUNDIZACIÓN

 

El texto elegido Flp. 1, 19-26 en griego koiné:

 

19 οδα Γγρ τι τοτό μοι άπο- βήσεται ες σωτηρίαν δι τς μν δεήσεως κα πιχορη- γίας το πνεύματος ησο Χριστο

20 κατ τν Γπο- καραδοκίαν κα λπίδα μου, τι ν οδεν ασχυνθήσο- μαι λλ' ν πάση παρρησί ς πάντοτε κα νν μεγαλυν- θήσεται Χριστς ν τ σώματί μου, ετε δι ζως ετε διά θανάτου.

21 μο γρ τ ζν Χριστς κα τ ποθανεν κέρδος.

22 δ τ ζν ν σαρκί, τοτό μοι καρπς ργου, κα τί Γαρήσομαι ο γνωρίζω.

23 συν- έχομαι δ κ τν δύο, τν πιθυμίαν χων Θες τ να- λσαι κα σν Χριστ εναι, πολλ [γάρ] μλλον) κρεσσον·

24 τ δ Γπιμένειν ο[ν] τ σαρκ ναγκαι- ότερον δι' μς.

25 κα τοτο πεποιθώς οδα Γτι μεν κα παραμεν πσιν μν ες τν μν προκοπν κα χαρν τς πίστεως,

26 να τ καύχημα μν περισσεύ ν Χριστ ησο ν μο δι τς μς παρουσίας πάλιν πρς μς

 

Para el desarrollo del presente trabajo exegético, utilizaremos la cuarta edición, totalmente revisada, de la Biblia de Jerusalén de la Conferencia Episcopal Española, aprobada el 18 de febrero de 2009.

19 yo sé que esto servirá para mi salvación, gracias a vuestras oraciones y a la ayuda prestada por el Espíritu de Jesucristo

20 pues espero firmemente no sentirme en modo alguno fracasado. Por el contrario, tengo la plena seguridad, ahora como siempre, de que Cristo será glorificado en mi cuerpo, por mi vida o por mi muerte

21 pues para mí la vida es Cristo, y el morir una ganancia.

22 pero si el vivir en el cuerpo significa para mi trabajo fecundo, no sé qué escoger…

23 me siento apremiado por ambos extremos. Por un lado, desearía partir y estar con Cristo, lo cual, ciertamente, es con mucho lo mejor;

24 más, por otro, quedarme en el cuerpo es más necesario para vosotros.

25 con esta convicción, sé que me quedaré y seguiré con vosotros para progreso y gozo de fe,

26 a fin de que tengáis por mi causa un nuevo motivo de satisfacción en Cristo Jesús, cuando yo vuelva estar entre vosotros.

 

UBICACIÓN DEL TEXTO (1, 19-26) EN EL CONTEXTO DE LA CARTA A LOS FILIPENSES

Este apartado lo desarrollaremos en cuatro aspectos importantes: la situación epistolar o de la comunidad; quién es el autor de la carta, su autenticidad y su remitente; cuál es la tesis general y los temas de la carta; y finalmente, cuál es la estructura de la misma y cómo podemos ubicar nuestra perícopa en ella.

Autor y fecha

La mayoría de los exegetas confluyen en que Pablo escribió esta carta hacia el año 56 en Éfeso[1], sin embargo, hay quienes mencionan que pudo hacerlo hacia el 61-63 desde Roma, o incluso antes, por los años 58-60 desde Cesarea[2]. Está dirigida a la comunidad de los cristianos de Filipos, una colonia romana (como lo refiere Hch. 17, 12) en donde los veteranos recibieron tierras para asentarse tras las batallas de las guerras civiles (42. a.C.). Como Tesalónica (situada más a Occidente), era Filipos un importante centro comercial en la Via Egnatia. Esta comunidad fue evangelizada por Pablo hacia el año 50 en su segundo viaje misionero. En la misma línea, Filipos se encuentra en la actual Grecia, a 180 m.s.n.m. Fue conquistada por el rey macedonio Filipo II de Macedonia (padre de Alejandro Magno) y en el 360 a.C. fue tomada de los tasios por ser estratégicamente un paso de control de las minas de oro de la zona, la ciudad tenía una mina aurífera importante, por lo cual fue motivo de grandes batallas[3].

En Filipos no había sinagogas judías, ni comerciantes judíos por la zona, posiblemente por ser muy conflictiva. En el aspecto religioso la ciudad era considerada como un lugar de profunda presencia pagana y supersticiosa[4]. Sin embargo, Pablo, apóstol destacado para la fecha, tal como hace mención, se encuentra en prisión, no se sabe con exactitud ni dónde ni cuándo, pero sí que se encuentra bajo una situación de privación de su libertad. La situación lo lleva a pensar sobre su “herencia” y la alegría, aún en la adversidad. Invita a los filipenses a seguir su ejemplo, y mejor, a seguir el ejemplo de Cristo[5].

Autoría de san pablo

La Carta a los Filipenses en cuanto a su autoría no se puede dudar de su autenticidad, pues efectivamente Pablo la escribió, o más precisamente la dictó; y con respecto a la unidad textual, ciertamente hay muchas discuciones frente a ello, incluso los investigadores están divididos al cincuenta por ciento, es decir, se encuentran repartidos en dos grupos, es así como hay quienes defienden que un redactor combinó dos o tres cartas para formar Flp, pero la defensa de la unidad tiene también argumentos muy fiables[6].

 

JUSTIFICACIÓN DE LA UNIDAD LITERARIA

Pablo se expresa aquí momentáneamente, como si no estuviera prisionero de los romanos. Su decisión, sus proyectos no proceden de un análisis empírico de la situación, sino de una necesidad religiosa, de un imperativo salvífico que siente él que, ante todo es apóstol del Evangelio. Quizás se le pueda reprochar su falta de sentido práctico, pero no es posible dejar de admirar el celo que saca de su fe[7].

La dicotomía, prisión - libertad o muerte - vida, es analizada por Pablo en (Flp 1, 19-26) como dos posibilidades idénticas de vivir en Cristo. Por eso, la lectura general del texto escogido es de una profunda fe y esperanza en el Señor, pues ante cualquier circunstancia, desde la prisión o volviendo a compartir con los filipenses, desde una muerte martirizada -que finalmente padeció Pablo- o desde una salvación (libertad) de las cadenas, Pablo encuentra su plena realización, el sentido de su existencia en la glorificación de Cristo a través de él, de su vida como de su muerte[8].

 

ESTRUCTURA DE LA CARTA

 

Saludo (1,1-2).
Acción de gracias y súplica (1,3-11).
Situación personal de Pablo (1,12-26).
Lucha por la fe (1,27-30).
Unidad en la humildad. La “kénosis” (2,1-11).
Trabajar en la obra de la salvación (2,12-18).
Misión de Timoteo y Epafrodito (2,19-30).
El verdadero camino de la salvación cristiana (3,1-4,1).

Últimos consejos (4,2-9).
Agradecimiento por la ayuda recibida (4,10-20).

Despedida (4,21-23)[9].

 

La perícopa tomada (1, 19 – 26) plantea la línea general de la Carta a los Filipenses, donde Pablo es totalmente consciente de las exigencias de la llamada y se plantea la disyuntiva de optar por Cristo definitivamente con la muerte o servir a la comunidad de la cual se siente responsable.

 

EXÉGESIS POR VERSÍCULO

 

Filipenses 1, 19-26 es un pasaje del Nuevo Testamento que contiene las palabras del apóstol Pablo, donde expresa su confianza en el propósito divino a través de las dificultades que enfrenta. Vamos a proceder con una exégesis del pasaje, fruto de la reflexión personal y en sintonía con las principales interpretaciones sobre esta perícopa paulina. El versículo, enunciado con el número encarnado se presentará en cursiva, y la reflexión posterior en redonda.

 

19 yo sé que esto servirá para mi salvación, gracias a vuestras oraciones y a la ayuda prestada por el Espíritu de Jesucristo

 

Pablo, citando a el libro de Job 13, 16 comienza expresando su confianza en que su situación (probablemente su encarcelamiento) cambiará debido a las oraciones de los filipenses y la provisión del Espíritu Santo. Esto muestra su firme creencia en el poder de la oración y la intervención divina. Aunque privado de su libertad, no se reconoce solo, todo lo contrario, la presencia de Dios y los suyos a quienes escribe le hacen de compañía.

 

20 pues espero firmemente no sentirme en modo alguno fracasado. Por el contrario, tengo la plena seguridad, ahora como siempre, de que Cristo será glorificado en mi cuerpo, por mi vida o por mi muerte

 

Aquí Pablo revela su motivación principal: “que Cristo sea glorificado”, ya sea que continúe viviendo o que muera. Su enfoque principal no está en su propia situación, sino en cómo su vida puede reflejar la gloria de Cristo, independientemente del resultado. La cárcel plantea a Pablo una hipotética derrota de su ministerio, pensamiento que no prospera pues está seguro de que su opción por el evangelio, dando testimonio con su muerte o continuando con la predicación a las comunidades, tendrá el éxito de los trabajan para Dios.

 

21 pues para mí la vida es Cristo, y el morir una ganancia.

 

Este verso es uno de los más famosos de san Pablo en la Carta a los Filipenses. En él el autor expresa su convicción de que vivir significa servir a Cristo y que morir significaría estar con Él en su plenitud, lo cual considera una ganancia superior. Como lo refiere más adelante en el capítulo 3, versículo 8, todo lo considera basura con tal de poseer Cristo, y con esto se refiere el Apóstol a un vínculo vital íntimo. El pensamiento fariseo del autor le asegura la vida después de la muerte y esto sin duda compagina con la propuesta central de la predicación de Jesús de Nazaret. Frases como esta compendian del Corpus Paulino toda la existencia de su autor; ciertamente ha sido el texto elegido para el epitafio de san pablo en Roma. Ahora bien, nosotros nos preguntamos: ¿por qué la muerte es ganancia para Pablo?, y nos respondemos sabiendo que desde la perspectiva cristiana, el trance de la muerte no es simplemente el fin de la vida terrena, sino que es propiamente la entrada en el gozo de Dios, la posesión total de Jesucristo, ya no por la fe sino en visión cara a cara[10].

 

22 pero si el vivir en el cuerpo significa para mi trabajo fecundo, no sé qué escoger…

 

Aquí Pablo reflexiona sobre la dualidad de su deseo: por un lado, le gustaría morir y estar con Cristo, pero, por otro lado, ve que su vida en la tierra aún puede ser útil para el ministerio y la obra de Dios. La intuición profética de Pablo nunca descartó la posibilidad del martirio, sin embargo, todo apunta a una preferencia por la vida debido al provecho espiritual de los filipenses y de otras comunidades fundadas por él y en estrecha relación epistolar.

 

23 me siento apremiado por ambos extremos. Por un lado, desearía partir y estar con Cristo, lo cual, ciertamente, es con mucho lo mejor;

 

Pablo revela su inclinación personal hacia la muerte, porque sabe que esto significaría estar con Cristo, lo cual considera extremadamente superior a cualquier cosa que esta vida pueda ofrecer. Vida y muerte son dos modos de estar con Cristo. Lo característico de este versículo sería la profunda convicción de Pablo de sentirse, a través de la muerte, encaminado de inmediato a la gloria del Señor sin esperar la resurrección universal final, de la cual desarrolla él mismo su teología.

 

24 más, por otro, quedarme en el cuerpo es más necesario para vosotros.

 

A pesar de su preferencia personal por estar con Cristo, reconoce que es más necesario para la iglesia en Filipos que él permanezca en la tierra para continuar ministrando y fortaleciendo a los creyentes. Pablo, fundador de comunidades, fomentó un vínculo paternalista o pastoral que lo llevó a desarrollar una comunicación eficaz a través de sus cartas, en las que, tratando diversos temas teológicos, no dejó de manifestar su amor por aquellos a quienes había engendrado en el Evangelio.

 

25 con esta convicción, sé que me quedaré y seguiré con vosotros para progreso y gozo de fe,

 

Pablo concluye diciendo que está seguro de que permanecerá con ellos para contribuir a su crecimiento espiritual y su alegría en la fe cristiana. El deseo del Apóstol de regresar personalmente a Filipos es evidente en este versículo pues, escribiendo desde Éfeso, (o Roma o Cesárea), deja abierta la intención de seguir construyendo la fe de los filipenses con su presencia; lejos de sentirse el protagonista, Pablo actúa siempre en referencia a Cristo, su norte, su vida, el motor de su existir.

 

26 a fin de que tengáis por mi causa un nuevo motivo de satisfacción en Cristo Jesús, cuando yo vuelva estar entre vosotros

 

Finalmente, Pablo expresa su deseo de que la presencia y el ministerio continuado entre ellos resulten en una mayor gloria para Cristo, mostrando cómo su vida y servicio pueden ser un testimonio poderoso para la iglesia en Filipos. El orgullo que Pablo quería, para los filipenses, concebido por su presencia entre ellos, se tradujo después en que fue la vida testimonial de esta comunidad la fuente del orgullo de Pablo.

 

En resumen, Filipenses 1, 19-26 muestra la profunda fe y la perspectiva centrada en Cristo de Pablo, así como su disposición a enfrentar la vida o la muerte con confianza, sabiendo que ambas situaciones están bajo el cuidado y el propósito divino, sintiendo su protección y la cercanía de la oración de los suyos.

 

SÍNTESIS TEOLÓGICA

 

¿Qué es la vida y la muerte para el Apóstol?

 

Pablo ve toda su vida como una vida consagrada al servicio de Cristo. La muerte es una aparente pérdida. Pero Pablo la ve como una ganancia, porque significa tener para siempre a Cristo, como lo plasmó en su Carta a los Gálatas 2, 20: Ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí. Pablo manifestó la intención de permanecer con vida hasta la parusía. En Flp reconoce que, vivo o muerto, igual gozará de Cristo. La inmediatez que expresa el Apóstol es característica y determinante en la interpretación de su fe. Para su bien propio Pablo prefiere la muerte, pero en bien de las necesidades apostólicas prefiere estar con vida. Pablo cree que Dios quiere esto último, que siga viviendo.

 

¿En qué sentido es la muerte una ganancia?

 

No sentido filosófico, que creía liberarse de la corporeidad, sino en la intensificación de la unión con Cristo, unión que Pablo ya vive desde su bautismo. Jesucristo confiere sentido a la existencia del Apóstol, pues para el la vida es Cristo, es decir, el sentido de la existencia. Dejar la vida para Pablo no es una opción voluntaria, sino que es disposición del Señor. Para Pablo vivir significa ir multiplicando los frutos del Evangelio. Mientras que morir es solo una ganancia personal. Ambas cuestiones se encuentran en la carrera cristocéntrica del Apóstol. La muerte para Pablo es la introducción en el perfecto conocimiento de Cristo, y en la unión completa con él.

 

La muerte no es la simple liberación de los males. La vida en sí misma no es atrayente para él, sino el bien que puede obrar en beneficio del prójimo, Pablo afirma que la vida es un bien no solo del tiempo presente, sino también venidero, como lo refiere en Rm 6, 1-11. La verdadera vida no se sujeta a los límites del mundo presente, apuntó en Rm 7, 1-13.

 

APLICACIÓN PASTORAL

 

En su epistolario Pablo demostró cuán convencido estaba de su llamada, por eso desde su encuentro personal con Cristo, cambió radicalmente, hasta de nombre, dejando de ser Saulo de Tarso, para llamarse Pablo, el Apóstol de los gentiles, a quienes engendró en el Evangelio y comunicó su pasión por el Señor.

 

La vocación del Apóstol es, sin lugar a duda, un ejemplo para los que se sienten actualmente llamados por Dios a desarrollar una tarea específica en la Iglesia desde el ministerio sacerdotal ordenado. Pablo procura llevar a cabo su vocación y mantiene firme su esperanza en no sentirse fracasado (Flp 1, 20). La posibilidad del fracaso en la vocación puede ser una barrera para que ella misma tenga la posibilidad de abrirse camino en la vida de los llamados.

 

La configuración total con la persona de Cristo a la que están invitados los que se preparan al sacerdocio, fue aquella que experimentó san Pablo en su vida, y fue tal el nivel de identificación con el Señor, que estuvo seguro de que en su vida o en su muerte, Cristo mismo sería glorificado (Flp 1, 20), he aquí un eje primordial que no se puede perder de vista: no es Pablo el que se gloría en Cristo, sino Cristo mismo a través del cuerpo (vida-testimonio) de Pablo, ya sea en vida o en muerte.

 

El fin último de nuestra vocación cristiana es la santidad, es decir, la salvación, en lo que se gloría Dios que nos ha creado para que tengamos vida, y la tengamos en abundancia (Jn 10, 10). Cristo mismo dijo de sí que él era el camino, la verdad y la vida (Jn 14, 6). San Pablo reflexiona a cerca de esta aseveración evangélica y joánica, por eso concluye que, efectivamente, para él la vida es Cristo (Flp 1, 21).

 

En el versículo 22, Pablo menciona un vivir, el del cuerpo, dando a entender que existe otro vivir, el del espíritu. La vida que Cristo ofrece es plena, en cuerpo y espíritu. Ciertamente hemos sido creados para ser plenos en Dios, y para eso es necesario traspasar la temporalidad y mortalidad de nuestros cuerpos, para gozar de la visión beatífica que solo en el cielo se puede obtener, de ahí que, para Pablo, la muerte sea una verdadera ganancia (Flp 1, 21).

 

Ahora, bien, ¿creemos en la actualidad en un mensaje tan esperanzador? La realidad de nuestras vidas nos indica que estamos muy lejos de esta teología paulina, pues es común pensar en la muerte solo como aquel trance de sufrimiento y fatalidad para los seres queridos, e incluso para aquellos que la han experimentado, es decir, de ninguna manera vemos el lado positivo de la muerte corporal, ¿será que se nos olvida el mensaje de la resurrección?

 

El credo nos lo recuerda constantemente, cuando en las eucaristías dominicales, previo a la petición de los fieles, renovamos nuestra fe en la profesión del Credo, cuando conscientes o inconscientes repetimos “creo en la resurrección de la carne y en la vida eterna...”.

 

Pablo en su discurso en el Areópago (Hch 17, 28) profetizó lo que más adelante en su vida habría de testimoniar, que la existencia plena, el moverse, el vivir está solo en Dios, “en él vivimos, nos movemos y existimos”, así, pues, la existencia del cristiano es una constante invitación a descubrir a Cristo en sus hermanos, sobre todo, desde el servicio desinteresado en la medida en que hayamos recibido de Dios los dones que él nos quiso dar para servirle gratuitamente.

 

La vida es, en definitiva, el espacio temporal que Dios nos otorga para demostrarle nuestro amor en una entrega desinteresada y constante por los demás, desde cada misión o vocación especial que tengamos en el corazón. Esta corresponsabilidad en la obra salvífica de Cristo, la compartimos con el pensamiento de san Pablo, cuando supo concluir que “quedarme en el cuerpo es más necesario para vosotros” (Flp 1, 24), pues consciente de su misión evangelizadora, prefería permanecer, o al menos manifestar a los filipenses su intención de volverlos a ver, para da continuidad a la obra que Dios le había permitido iniciar en esta comunidad cristiana, como en tantas otras a las que también dedicó sus epístolas. Ciertamente, una vida y una vocación bien vivida es, para Dios y para el pueblo fiel, un motivo de satisfacción (Flp 1, 26).

 

En conclusión, hemos de encaminarnos también nosotros a desear, como Pablo, que el Señor que nos llamó sea glorificado cada día en nuestra entrega y servicio, en el ejercicio de nuestra vocación, solo así podríamos pronunciar con san Pablo que nuestra vida es Cristo y el estar con él, en vida o en muerte, es la mejor de las ganancias.

 

BIBLIOGRAFÍA

 

Biblia de Jerusalén (2009), Conferencia Episcopal Española, Barcelona, España.

Federico, P. (2009), Corpus Paulino II, Desclée de Brouwer, Heano, España.

Gnilka, J. (1998) Teología del Nuevo Testamento, Trotta, Madrid, España.

Gordon, F. (2004) Comentario de la Epístola a los Filipenses, Clie, Barcelona, España.

Leal, J. et. al. (1965) La Sagrada Escritura, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid, España.

Légasse, S. (1981), La Carta a los Filipenses, Verbo Divino, Pamplona, España.

Vanni, U. (2002) Las Cartas de Pablo, Claretiana, Buenos Aires, Argentina.

 

Autores: CHOQUE ARIAS, Juan Sixto y GARCÍA BARILLAS, Pedro Andrés



[1] Cf. Federico, P. (2009), Corpus Paulino II, Desclée de Brouwer, Heano, España, p. 64.

[2] Cf. Ibidem

[3]  Cf. Légasse, S. (1981), La Carta a los Filipenses, Verbo Divino, Pamplona, España, pp. 3-4.

[4] Cf. Gordon, F. (2004) Comentario de la Epístola a los Filipenses, Clie, Barcelona, España, p. 61.

[5]  Cf. Vanni, U. (2002) Las Cartas de Pablo, Claretiana, Buenos Aires, Argentina, p. 80.

[6]  Cf. Gordon, F. (2004) Comentario de la Epístola a los Filipenses, Clie, Barcelona, España, p. 72.

[7] Cf Biblia de Jerusalén (2009), Conferencia Episcopal Española, Barcelona, España, p.

[8] Cf. Gnilka, J. (1998) Teología del Nuevo Testamento, Trotta, Madrid, España, p. 21.

[9] Federico, P. (2009), Corpus Paulino II, Desclée de Brouwer, Heano, España, p. 64.

[10] Leal, J. et. al. (1965) La Sagrada Escritura, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid, España, p. 60.

lunes, 24 de junio de 2024

Los orígenes del cristianismo y la inculturación de la fe

CRISTIANOS PRIMITIVOS[1]

El profesor Rafael Aguirre, de la Universidad de Deusto, España, inicia su artículo ubicando el resurgir de la búsqueda de los orígenes de Europa, continente que se empeña en una autoidentificación, para lo cual necesariamente debe mirar a sus raíces cristianas, raíces forjadoras de la cultura actual. La cultura del Mediterráneo en el primer siglo de nuestra era se encarrilaba en dos grandes líneas: la vida de la polis y la vida de la casa, es decir, entre la ciudad y la familia. Por su parte el judaísmo, del que surge el cristianismo, era una fuerte entidad étnica que fue renovada por Jesús de Nazaret, aunque el movimiento iniciado por el resucitado tuviera su mejor terreno en el pluralismo de los grupos judíos helenizados. Roma lo controlaba todo, el helenismo griego servía de conductor y en este contexto el cristianismo surgido del judaísmo se empezó a expandir por y a través del Mediterráneo.

Mientras tanto, en la Jerusalén del siglo I existieron judeocristianos hebreos y judeocristianos helenistas, entre ellos el autor logra separar a cuatro marcadas corrientes judeocristianas, desde la que no acepta nada que atente contra su identidad étnica, hasta la más flexible e incluyente de los pueblos paganos, para todas se tiene su propagador de entre los Apóstoles. Cuando se dirigían a judíos se les hablaba del “Mesías”, mientras que al predicar a los paganos se anunciaba al “Señor”. Esta misión de la Iglesia se inicia y se fortalece principalmente desde las principales ciudades y puertos, en detrimento de las aldeas y campos rurales donde también llegó el Evangelio, pero después de las grandes metrópolis, no por la tarea exclusiva de misioneros dedicados al anuncio, sino por el vaivén de mercaderes y trabajadores que por razones económicas debían viajar de una parte a otra, llevando consigo la fe.

Las sinagogas de la diáspora judía esparcidas por la Europa del siglo I fungieron de puente para que el grupo llamado los “temerosos de Dios” pudieran acceder al cristianismo como un judaísmo menos étnico y más inclusivo. La figura de san Pablo es de innegable protagonismo en este discurrir de los orígenes del cristianismo, pues se trata de un personaje que encarna las características del misionero itinerante, preparado y conocedor de su propio tiempo, capaz de llevar la Buena Nueva compaginada desde sus propios matices, los que finalmente se impusieron sobre las demás corrientes de un cristianismo plural y diversificado, así pues, “en cualquier Estado, cultura y condición se puede ser cristiano, lo cual implica que ser cristiano transforma por dentro la manera de vivir el Estado, la cultura y la situación social.” El cristianismo primitivo es heterogéneo y mestizo, Pablo se preocupa de una perfecta unidad en la diversidad de sus comunidades.

El Apóstol de los gentiles era el perfecto judío que comprendió que las promesas hechas a Abrahán, el padre en la fe, se habían cumplido a cabalidad en otro judío, Jesús de Nazaret. El autor no da créditos al relato lucano de la predicación de Pablo en el Areópago ateniense, poniendo en duda su conocida formación helenista. Por su parte la ciudadanía romana de Pablo es solo argumentada en los Hechos, mas no en sus propias cartas. Con estas autoridades imperiales procuró evitar conflictos, sin embargo, no logró esquivar la cárcel y los recelos de su predicación de un resucitado crucificado por Roma. “Pablo convirtió la religión política de Jesús en una religión doméstica. Fue una gran opción de inculturación, que exige alguna explicación.” Predicar desde las casas buscó transformar el imperio grecorromano desde dentro.

El autor es consciente de que, en la tradición paulina, la ambigüedad cultural en las comunidades provoca desarrollos divergentes y polémicas pospaulinas. En los años ochenta, surge una tradición pro-Pablo que acepta la cultura helenística y el poder romano, reflejada en las cartas a Colosenses, Efesios y las pastorales. Estas cartas adoptan códigos domésticos helenísticos, legitimando el orden patriarcal (Col 3,18-4,1; Ef 5,21-33). Algunos interpretan a Pablo como antipatriarcal y crítico, desafiando normas sociales.

El Nuevo Testamento fusiona la cultura judía con géneros helenísticos para interpretar a Jesucristo. Los evangelios se vinculan a biografías helenísticas, narrando la vida de Jesús sin ser biografías modernas ni historias del siglo I. Las cartas adoptan convenciones epistolares greco-romanas, reflejando una fusión cultural. La fe en Jesús transforma el judaísmo en una relación personal con Dios y genera conflictos sobre la identidad de Israel fuera de la sinagoga, definiendo al cristianismo por la fe sobre la etnicidad.

El encuentro del cristianismo con el helenismo destaca en los apologistas del siglo II, quienes aprecian críticamente la filosofía helenística. San Justino ve la verdadera filosofía como divinamente revelada, transformando la razón humana. Frente al judaísmo, el cristianismo se presenta como el verdadero pueblo de Dios; frente al helenismo, como la verdadera filosofía. Tertuliano confronta al cristianismo con el orden jurídico romano, defendiendo su identidad como la verdadera religión contra las acusaciones de superstición.

El proceso de integración cultural del cristianismo no es sincretismo, sino una integración estructurada de dimensiones institucional, intelectual y personal. Transforma las culturas adoptadas, fundamentando el éxito histórico del cristianismo como una identidad en evolución.

Finalmente, el texto del profesor Aguirre logra cohesionar la idea general de que los orígenes del cristianismo y la inculturación de la fe se centran en cómo esta religión emergió y se adaptó a diferentes contextos culturales. Desde sus inicios en el judaísmo del primer siglo, el cristianismo se expandió hacia el mundo helenístico y romano, integrando elementos judíos y griegos en su doctrina y prácticas. Esta adaptación cultural permitió al cristianismo no solo sobrevivir, sino también crecer y establecerse como una fuerza espiritual y social significativa en la historia mundial. No deja de ser polémico el autor a la hora de poner en tela de juicio alguno de los constructos ampliamente aceptados por el actual catolicismo respecto a tradiciones sobre la verdadera intención de Jesús y sus apóstoles.

P.A

García



[1] Este artículo reproduce la ponencia del autor en las XII Jornadas de Teología del Centro Regional de Estudios Teológicos de Aragón (CRETA), celebrada el 17 de 1 de febrero de 2004 en Zaragoza, España. REVISTA LATINOAMERICANA DE TEOLOGÍA, Páginas. 121-138.

jueves, 16 de mayo de 2024

Resumen de la Introducción “Mirar lejos” del libro Teología de la liberación. Perspectivas. Gustavo Gutiérrez

"TEOLOGÍA DE LA LIBERACIÓN"

Padre Gustavo Gutiérrez O.P.

Mirar lejos. Es el título de la introducción a la nueva edición de febrero1988, al cumplirse veinte años del inicio de esta reflexión teológica llamada “Teología de la liberación”.

Con citas del Documento de Medellín (1968) el autor realza la transformación a la que está sometida Latinoamérica, una transformación personal, económica y también religiosa, transformación que es signo del Espíritu, pues nos encontramos en una nueva época que aspira a la liberación integral.

El padre Gutiérrez recuerda que su Conferencia sobre la Teología de la liberación, se dio en Chimbote, en julio de 1968, en momentos previos a Medellín. Ya desde el inicio el llamado sentido por este teólogo era el de guardar fidelidad a Dios y al pueblo, porque no se puede separar el proceso histórico liberador y el discurso sobre Dios. A dos décadas de su génesis, esta reflexión latinoamericana ha pasado por una “inevitable decantación”, como consecuencia de las críticas, las interpretaciones simplistas y las resistencias de “algunos”. Esta depuración es evidente, pues no es fácil tratar temas conflictivos con las mejores fórmulas teológicas, además que “en todo lenguaje hay búsqueda”, por eso es necesario precisar, mejorar y corregir formulaciones.

Gutiérrez reconoce que fruto del trabajo teológico de Latinoamérica el Magisterio ha publicado diversos documentos que advierten sobre el camino a seguir, dejando clara su intención eclesial, aunado a esto, el autor registra que diversas denominaciones cristianas han tomado el impulso de la liberación luego de una maduración en el mensaje del Reino más que de influencias teológicas, por las realidades de opresión y marginación que exigen la radicalidad del Evangelio.

Se habla de teología de la liberación desde la perspectiva latinoamericana por ser el campo de experiencia del autor, lugar de su maduración y aportes. Siguiendo las conclusiones de Medellín, la “nueva época histórica” es asimilada como un kairós, es decir, “un tiempo propicio y exigente de interpelación del Señor”, donde se retoman los tres puntos básicos de esta teología: “el punto de vista del pobre, el quehacer teológico y el anuncio del Reino de vida”.

1.    UNA NUEVA PRESENCIA

Hay un “hecho mayor” en la vida de la Iglesia latinoamericana, es la “irrupción de los pobres”, esta es la nueva presencia de quienes estaban ausentes: “negros, indios, árabes, asiáticos” los países pobres y las mujeres. Liberatis nuntius (1984) reconoce que existe una “poderosa y casi irresistible aspiración de los pueblos a una liberación”, que es sigo de los tiempos, de amplitud universal manifestaba de manera diversa según cada pueblo.

La teología de la liberación es la “expresión del derecho de los pobres a expresar su fe”, y no un resultado de sus vivencias, es más acertadamente un “intento de lectura” de esta irrupción de los últimos, siguiendo el consejo de san Juan XXIII y el Concilio convocado por él.

a.     Un universo complejo

La Teología de la liberación enmarca su reflexión en la innegable dominación de los pueblos, la explotación de las clases sociales, el desprecio por las razas, la marginación de culturas y la discriminación de las mujeres, lo que constituye la “injusta situación de los pobres”, que pertenecen a una colectividad social, negar el aspecto intrínseco de la socio-economía en esta pobreza, el cual necesariamente hay que tomar en cuenta, sin olvidar otros temas.

Aunque “la pobreza significa, en última instancia, muerte”, también se reconoce que “la pobreza no consiste solo en carencias”, pues “ser pobre es un modo de vivir, de pensar, de amar, de orar, de creer y esperar, de pasar el tiempo libre, de luchar por su vida.” Este es el complejo mundo del pobre, entre la muerte y la vida, donde la discriminación racial es evidente e inaceptable desde lo humano y lo cristiano. Este racismo ha llevado a la exigencia de los derechos humanos fundamentales. Personajes como Bartolomé de Las Casas y Antonio Valdivieso llaman la atención de la Iglesia para desterrar actitudes que posterguen y maltraten a las personas.

El futuro de esta teología latinoamericana está fundado en el protagonismo de los mismos excluidos, con énfasis en las mujeres, culturas y razas, desde la apertura a realidades distintas, donde se clarifiquen más los aspectos de estos pueblos, además, desde el compartir de ideas entre los teólogos y protagonistas, “lo más importante es escuchar lo que otros tienen que decir a partir de sus respectivas situaciones.”

El simplismo a la hora de analizar a los pobres fue superándose con los aportes del Magisterio de la Iglesia, pues este análisis estructural ha destacado en los esfuerzos de la teología de la liberación, donde se ha buscado tanto describir realidades como definir sus causas. Dicho análisis ha pasado por transformaciones propias del quehacer científico, cuya característica es ser “crítico frente a sus supuestos y logros.”

Aunque la dimensión socio-económica sea un factor clave de esta reflexión, se tiene claro que es preciso ir más allá, pues el mundo es más complejo que una vaga visión de enfrentamientos de orden ideológicos (capitalismo-socialismo); entran al concurso las ciencias humanas como la psicología, la etnología y la antropología para que, unidas a la comprensión de las culturas, permitan explicar los aspectos de la realidad, porque “la pobreza es una condición humana compleja y no puede tener sino causa complejas también.” La teología de la liberación a usado siempre las ciencias sociales como auxiliares para sus análisis (análisis marxista), sin temor sus aportes y con profunda actitud de crítica y discernimiento, pues estas ciencias suelen presentarse ideologizadas.

b.    Optar por el Dios de Jesús

La teología busca leer la pobreza desde la Palabra de Dios, saber cuál es el significado bíblico de esta realidad que, aunque clásica en el cristianismo, la nueva presencia de los pobres replantea su comprensión. Las reflexiones posteriores a Medellín fijaron tres aspectos importantes: la pobreza real como un mal no deseado por Dios, la pobreza espiritual como apertura a la voluntad de Dios y la solidaridad con los pobres a la par de la crítica por su situación. Esta es la “opción preferencia por los pobres” (que vio la luz con Puebla), y con “preferencial” no se dice “exclusiva”, pues el mensaje cristiano no puede ser mutilado, al contrario, se busca mantener la universalidad del amor de Dios, solo es necesario precisar quiénes van primero: los pobres.

La opción de la que se habla tiene su antecedente en septiembre de 1962, cuando, antes de iniciar el Concilio Vaticano II, san Juan XXIII expresó: “frente a los países subdesarrollados la Iglesia es, y quiere ser, la Iglesia de todos y en particular la Iglesia de los pobres.” Este espíritu se reflejó en sucesivos documentos magisteriales y fue usado también por san Juan Pablo II, fruto de la toma de conciencia cuyo protagonismo se puede adjudicar al pensamiento eclesial latinoamericano. Fue el papa polaco quien apuntó que de esta opción o amor preferencial por los pobres daba testimonio la Tradición de la Iglesia. Optar por los pobres es, definitivamente, acoger el amor gratuito de Dios que elige a los débiles, es por tanto una opción teocéntrica y profética.

El dominico De Las Casas comprendió que la Iglesia no debe olvidarse de los pobres, “porque del más chiquito y del más olvidado tiene Dios la memoria muy reciente y muy viva”, fue en este espíritu que la Conferencia Episcopal Peruana aportó para Puebla que “los pobres merecen una atención preferencial, cualquiera que sea la situación moral o personal en que se encuentren”, entonces, la preferencia por el pobre no radica en que este sea mejor religiosa o moralmente, sino por la dinámica de un Dios que hace de los últimos los primeros, esto indiscutiblemente forma parte de “la comprensión que la Iglesia en su conjunto tiene hoy de su tarea en el mundo.”

2.    UN MOMENTO DE REFLEXIÓN

La Iglesia latinoamericana, anterior a la nueva presencia de los pobres, hacía teología copiando conceptos europeos que, lejos de los contextos históricos propios, eran afirmaciones abstractas o con la intención de adaptarse sin lograr su objetivo. Este continente a la hora de pensar ha procurado mirar fue de sí y buscar modelos o pautas, esta situación empezó a cambiar a partir de los años 60, cuando la teología de la liberación se enarbola como un signo de madurez con el apoyo de Medellín, teniendo sus raíces en las comunidades cristianas de base, pues “el modo como un pueblo vive su fe y su esperanza, y practica su caridad, es lo más importante a los ojos de Dios.”

En el contexto de la postmodernidad, la teología de la liberación reconoce en su interlocutor, que es el pobre, el “no persona”, es decir, aquel a quien le son conculcados sus principales derechos. Esta premisa en nada pretende hacer de la teología latinoamericana “el ala radical y política de la teología progresista europea”, pues cada una surge en sus ambientes y también América Latina ha demostrado la capacidad de reflexionar autónomamente, sin negar influencias y diálogos que son propios de un mundo en constante y fácil comunicación.

a.     La vida de un pueblo

El quehacer teológico es “una reflexión crítica sobre la praxis a la luz de la Palabra de Dios.” En este sentido, la teología de la liberación comparte la aseveración de K. Brath cuando dice que “el verdadero auditor de la Palabra es el que la pone en obra.” En esta inspiración empezaron a surgir de entre los pobres quienes se preocupaban por cambiar las situaciones de sufrimiento vividas, los mismo oprimidos se convirtieron en agentes de sus destinos, los cristianos que se involucraron en esto animaron el surgimiento de una reflexión teológica liberadora.

Esta solidaridad con el pobre hace eco del shalom evangélico que es la paz que busca justicia y fraternidad, es decir, instaurar el Reino cuya plenitud se dará en la eternidad, pero que desde ahora puede ser acogido en atención a los aspectos sociales, entre otros. Problemas reales como el racismo o el machismo, o la marginación de ancianos y niños reclaman gestos concretos, lo mismos que han de evitar brindarse desde un trato impersonal, pues solo desde la amistad con los marginados y pobres se puede dar una verdadera praxis de liberación. Latinoamérica lucha, cree y espera. Es un pueblo en constante oración y de profunda devoción popular. En Asia se hace teología desde la contemplación heredada de antiguas religiones, en Estados Unidos la teología negra enfatiza la música religiosa, en el África las expresiones artísticas delinean el pensamiento teologal. La profunda oración agónica de Jesús es en definitiva un combate interno por la vida.

Ante los infortunios de la vida que sufren los pobres, la teología de la liberación no propone un espiritualismo como refugio, pero si defiende el dualismo práctico de la solidaridad con los pobres y la oración. Esta es una manera de ser cristiano, vivir en compromiso y oración, esto es la teología de la liberación, seguir a Jesús, estando insertos en la vida del pueblo, como él lo hizo.

b.    El lugar de una reflexión

“Revelación e historia, fe en Cristo y vida de un pueblo, escatología y práctica, constituyen (…) el círculo hermenéutico.” El desafío de la teología pasa por responder a las exigencias del Evangelio desde la fe, esperanza y caridad que dinamiza la práctica cristiana, corrigiendo las desviaciones de quienes actúan políticamente desde la inmediatez, pues sin compromiso permanente con los pobres se está cada vez mas alejados del mensaje de Cristo.

Primero es la fe y después la teología, porque creemos para comprender. Este proceso se hace dentro de la Iglesia, guiados por los carismas de profecía, gobierno y magisterio. La fe expresa oración y compromiso, la reflexión teológica viene después, leyendo con discernimiento desde la Palabra de Dios la praxis cristiana, teniendo siempre como fuente la verdad revelada, el depósito de la fe. La ortopraxis y ortodoxia apuntan hacia la correcta reflexión de la práctica a la luz de la fe.

“¿Cómo hacer teología durante Ayacucho?” es una interrogante de la reflexión teológica de la liberación, pues Ayacucho fue sinónimo de “desprecio, sufrimiento y muerte del pobre”. La teología, como discurso sobre Dios, busca responder a la incógnita por el amor de Dios en las situaciones marginales de los pueblos. Peruano, como lo es el padre Gutiérrez, ha citado a connacionales como Guamán Poma, Vallejo, Mariátegui y Arguedas, pues estos autores “vivieron a fondo el momento que les tocó” y además “supieron expresar (…) el alma nacional, india y mestiza”, y la teología debe estar en dialogo con las culturas, pues “un pueblo que conoce el pasado de sus sufrimientos y esperanzas está en mejores condiciones para reflexionar sobre el presente y para enfrentar el tiempo que viene.”

La teología de la liberación, como cualquier otra teología, haba con acento propio, y es el dejo característico de los pueblos de donde ha salido, así como la teología europea tiene su propia manera de hablar de Dios. “Particularidad no significa aislamiento”, por eso al tener una identidad y maneras propias, se reconoce que el fruto de esta reflexión no puede ni debe ser aplicada automáticamente en lugares de donde no ha salido. La teología de la liberación no es una receta, pero de seguro puede tener alcance universal en cuanto a discurso sobre Dios, no apuntando hacia la uniformidad, pero sí hacia la unidad verdadera.

3.    AMIGOS DE LA VIDA

La vida es la última palabra de la historia, y no la muerte, la resurrección de Cristo nos lo recuerda. La Iglesia que predica el Reino de amor y justicia tiene en la teología de la liberación la misión de evangelizar en la historia propia de Latinoamérica, esta es la perspectiva inicial, su constante preocupación y su alimento, y en los últimos años ha ganado espacios nuevos y presencia que antes no tenía, pues la opción preferencial por los pobres, aunque ha generado resistencias, en conclusión, ha despertado un antes y un después en la iglesia latinoamericana.

a.     Liberar es dar vida

La experiencia latinoamericana ha visto la salvación de Cristo en clave de liberación y ha hecho de esta la médula de su evangelización. Esta liberación se puede distinguir en tres niveles: liberación de estructuras socio-económicas; liberación interior que construye “un hombre nuevo”; y la liberación del pecado, que va a la fuente de la injusticia social, “polo orientador del proceso global de liberación” que apunta al desarrollo integral de Populorum progressio de san Pablo VI.

Los obispos peruanos supieron precisar una idea fundamental sobre la concepción de la Historia de la Salvación como el conjunto de acciones divinas y acciones humanas, estas en cuanto a respuesta a la iniciativa de Dios, a los designios divinos; es en esta historia donde los hombres tienen la libertad de decir un sí o un no a la salvación de Dios, por ende, teología de la liberación quiere decir también teología de la salvación gratuita de Dios, sin yuxtaponer lo político y lo religioso, sino abarcando incluso una antropología que sitúe una nueva concepción del hombre.

b.    Por el camino de la pobreza y del martirio

En el espíritu del Concilio Vaticano II en pensar la evangelización de los pobres como eje primordial se ve el aporte del cardenal Lercano; Lumen gentium afirma que la Iglesia vive en pobreza y persecución como Cristo, y Ad gentes arguye que la Iglesia debe ir por los caminos de la pobreza, como el Señor. “Evangelizar es anunciar con gestos y palabras la liberación de Cristo”, esto es tarea de toda la Iglesia, desligándose de poderes económicos y políticos en total independencia y sin privilegios.

La Iglesia de los pobres, en Latinoamérica se ido fortaleciendo con las experiencias de las pequeñas comunidades de base, que “han hecho más cercano el Evangelio a los pobres, y los pobres al Evangelio” lo que ha permitido descubrir que los pobres llaman constantemente a la conversión, además de vivenciar los valores evangélicos de “solidaridad, servicio, sencillez y disponibilidad para acoger el don de Dios.” Dentro de la misma Iglesia ha habido experiencias de incomprensión al llamado de esta reflexión, pues hay quienes se han sentido amenazados en sus intereses, o quienes abiertamente han ganado la excomunión por no acatar las elementales exigencias del evangelio en detrimento de los derechos humanos de los más necesitados, amenazando la comunión de la Iglesia que es don de Dios, vocación y tarea a la vez.

Desde la eclesiología se han preguntado si es que la Iglesia pierde su identidad en la opción preferencial por los pobres, pero de ninguna manera es así, pues la solidaridad con los más pobres fortalece la identidad eclesial como “signo del Reino al que están llamados los seres humanos y en el que se privilegian los últimos e insignificantes.”

Uno de los costos de ser Iglesia de los pobres fue el martirio de san Oscar Arnulfo Romero en San Salvador en 1980, como el del beato Enrique Angelelli en la Argentina de 1976. Murieron por dar predilección a los pobres y oprimidos, entregaron su vida por el Evangelio dando prueba de la coherencia que él exige. “Los que siembran la muerte se irán con las manos vacías (…) los que defienden la vida tienen las manos llenas de historia.”

Conclusión

La teología de la liberación es una “inteligencia de la fe puesta al servicio de la tarea evangelizadora de la Iglesia”. San Juan Pablo II dijo de ella que era “no solo oportuna, sino útil y necesaria” siempre en comunión con la Iglesia y la Tradición. Su novedad viene de la “atención a las vicisitudes históricas de nuestros pueblos y a sus vivencias de fe.” Es novedad y a la vez una nueva etapa, es decir, continuidad, pues sus raíces están en la Escritura, la Tradición y el Magisterio; y a la vez está en constante evolución, en cuanto a “reflexión de la práctica a la luz de la fe.”

La nueva evangelización planteada por san Juan Pablo II en el V Centenario de la Evangelización de América implica ruptura y cambio de rumbo, pues el anuncio del Reino como la vivencia del mandamiento del amor es siempre algo novedoso y ha de afrontarse sin temor para seguir transparentando el rostro de una Iglesia latinoamericana pobre, misionera y pascual.

San Juan XXIII comprendió que “no es el evangelio que cambia; somos nosotros que comenzamos a comprenderlo mejor,” de ahí la necesidad de mirar lejos, frase que da título a esta introducción del padre Gustavo Gutiérrez para la edición al cumplirse las dos décadas de la teología de la liberación, cuyo libro, en sus propias palabras, es “una carta de amor a Dios, a la Iglesia y al pueblo al que pertenece.”

P.A

García

lunes, 13 de mayo de 2024

Tres décimas para Fátima

VIRGEN DE FÁTIMA

Para la sobrina, lo que sea. Ante la inminente festividad de la patrona del colegio donde estudia, me pidieron que escribiera unas coplas sencillas para que Paula Valeria participara en un concurso con las compañeras de su tercer grado a ver quién quedaba seleccionada para representarlas en el acto en honor a la Virgen de Fátima el 13 de mayo 

Sentado en el comedor, en compañía de mi madre, mi hermana y mi sobrina, mientras ellas charlaban y se preparaba la cena, yo escribí en mi teléfono las tres décimas que a continuación les dejo:

Virgen de Fátima gloriosa

patrona de nuestra institución

Escucha nuestra oración

y acepta este ramo de rosas.

Pues mi alma en ti se goza

y en tus brazos se enternece

la devoción que más crece

a la madre de Jesús

qué murió por mí en la cruz

y que el cielo nos ofrece

 

A ti, madre del amor

que apareciste un día

en el pueblo Cova de Iría

para implorar el perdón

y para darnos el don

de una fe cimentada

en la visión relatada

de aquellos tres pastorcitos

con verdades que no omito

de ti, Virgen venerada.

 

Este colegio en Ayacucho

bajo tu manto congrega

la educación y la entrega

con el legado de muchos

valores que ahora escucho

son la constancia y honor

la excelencia y pundonor

de esta escuela fatimiana

sintiéndonos muy hermanas

con la Madre del Señor.

 Este es un hermoso y conmovedor poema escrito en decimas dedicado a la Virgen de Fátima y a la institución educativa en Ayacucho que lleva su nombre. Transmite una profunda devoción y gratitud hacia la Virgen María, así como un sentido de pertenencia y reconocimiento a la labor educativa del colegio.

La poesía refleja la reverencia hacia la Virgen de Fátima como patrona de la institución, presentándola como una madre amorosa que escucha las oraciones y acepta los gestos de devoción, como un ramo de rosas. Se resalta su importancia como madre de Jesús y como figura que ofrece perdón, fe y amor.

Además, se destaca la conexión entre la Virgen de Fátima y la comunidad educativa, representada por el colegio de niñas en la ciudad de Ayacucho. Se resalta la importancia de los valores inculcados en la institución, como la constancia, el honor y la excelencia, que están enraizados en la fe y la devoción a la Virgen María.

En conjunto, el poema transmite un profundo sentido de gratitud, fe y compromiso tanto hacia la Virgen de Fátima como hacia la labor educativa que se realiza en la institución educativa. Es un hermoso homenaje que honra la devoción religiosa y la labor pedagógica.

P.A.

García

viernes, 10 de mayo de 2024

La eclesiología de Lumen gentium

IGLESIA SINODAL

¿Cuál es la novedad teológica de la noción de “misterio” para describir la naturaleza de la Iglesia? ¿Cómo este concepto podría brindar luces para su labor pastoral y compromisos eclesiales?

El Concilio Ecuménico Vaticano II reunió durante más de cuatro años (1962-1965) a los obispos de la Iglesia católica, entre otros, para reflexionar sobre los grandes temas de la actualidad, en respuesta a aquel aggionarmento deseado por san Juan XXIII, el Papa Bueno, con el que buscaba situar a la Iglesia en el mundo contemporáneo. Uno de los importantes temas de debate fue la autopercepción de la Iglesia, es decir, una eclesiología contextualizada que arrojó como resultado la Constitución Dogmática sobre la Iglesia Lumen Gentium “La luz de las naciones”, texto aprobado y promulgado en noviembre de 1964.

Esta Constitución Dogmática planteó la novedad de la noción de misterio para describir la naturaleza de la Iglesia, con el cual los Padres conciliares comprendieron a la Iglesia como “epifanía” o “designio de Dios”, pues la Iglesia no es propiamente el resultado de los esfuerzos humanos, sino que, desde su horizonte trinitario, es el resultado del querer de Dios, es decir, parte de su proyecto salvífico, cuyo punto culmen es el mismo Cristo, quien es la verdadera y única luz de las naciones “Lumen gentium cum sit Christus…”. Entonces, la Iglesia es misterio porque está intrínsecamente unida al misterio de Cristo, y podemos comprenderla solo desde la luz de la fe, para alcanzar que todo en la Iglesia puede ser transitorio, menos la presencia del Señor en ella.

La novedad trazada por Lumen gentium radica en que, según el esquema traído por el Vaticano I y planteado en los inicios del Vaticano II, la Iglesia se definía en su naturaleza como “militante”, donde el carácter meramente institucional marcaba la reflexión de toda la eclesiología, no así con la noción de “misterio”, pues reconoce el don de Dios que, movido de amor por nosotros, elige a un pueblo, envía a su Hijo e inicia la Buena Nueva del Reino con signos de amor y liberación.

En mi experiencia en la pastoral carcelaria arquidiocesana, por ejemplo, la noción de misterio respecto a la Iglesia es muy útil a la hora de comprender que los privados de libertad no dejan de ser hijos de Dios y miembros de la Iglesia, sino que, por el contrario, este misterio permite conformar una comunidad en camino de reconciliación con Dios y con los hermanos. Es un misterio, ciertamente, cómo Dios se sigue dando sin reservas a los más olvidados y señalados por la sociedad, y es que en eso radica el misterio, en que Dios vino por los pecadores, humildes y sencillos, no por los justos y entendidos. La cárcel es un lugar privilegiado para vivir el misterio de la Iglesia y de la salvación que Dios obra a través de ella.

Explique el significado teológico de la definición de la Iglesia como “sacramento o signo e instrumento” de salvación en el mundo. ¿Cómo considera que esta definición se puede “vivir” / “realizar” en su compromiso eclesial?

En la Teología misterium y sacramentum vienen a comportarse como sinónimos, pues ambos refieren a la presencia y acción divina, entonces, la Iglesia, al ser designio de Dios (misterio) es también sacramento e instrumento, es decir, que su eficacia es real, que actúa en los hombres porque viene de Dios. La Iglesia al ser sacramento e instrumento es el lugar donde se manifiesta Dios y su acción salvífica. La Iglesia, como todo sacramento, deriva personalmente de Cristo y permanece siempre unida a él, y en cuanto a “instrumento”, está como el mismo Señor, al servicio de todos los hombres.

La Iglesia es sacramento e instrumento de salvación, de vida verdadera, es el medio de salvación por excelencia y Dios opera de manera misteriosa para que todos los hombres puedan salvarse a través de la Iglesia que es Cuerpo Místico de Cristo, siendo Cristo mismo el verdadero artífice de esta salvación.

Desde los diversos compromisos eclesiales que desempeño están, por un lado, la parte institucional y administrativa de la Iglesia, pues desde la Secretaría General del Arzobispado de Ayacucho tengo la posibilidad de, -unido al Ordinario, bajo su autoridad y en clave sinodal- proponer, divulgar y ejecutar herramientas concretas para que la praxis pastoral en esta Iglesia particular tenga precisado el objetivo y vocación de la misión y el anuncio de la Buena Nueva de Jesucristo, con humanidad y sencillez, con gestos y palabras concretas ; y por otro lado, en la vivencia y servicio a través de los ministerios de Lector y Acólito, tengo la valiosa oportunidad de predicar la Palabra de Dios con el énfasis de la vida en Cristo que vino a servir y no a ser servido, superando estructuras y a la vez con el respaldo de la jerarquía, así como también distribuir la Sagrada Comunión a los más alejados, principalmente a los internos del E.P. de Ayacucho, a quienes visito dos veces por semana. En todo esto participo, unido a Cristo y su Iglesia, como sacramento e instrumento de salvación.

¿Cómo propone la Lumen gentium la importancia de los “carismas” dados por el Espíritu a la Iglesia? ¿Qué función tienen en la Iglesia y cómo aportan ellos a “construir” la comunidad eclesial?

La Constitución deja claro que el Espíritu Santo “construye y dirige” a la Iglesia a través de dones jerárquicos y carismáticos, es decir, que, al ser una comunidad en peregrinación hacia la plena unión con Dios, estos dones jerárquicos y carismáticos van dirigiendo y construyendo simultáneamente la vida de la Iglesia; hay en esto una dinámica que, ahora necesariamente, ha de llevarse a cabo en perspectiva sinodal.

Es así como los pastores en unión con la grey del Señor -no de ellos- es decir el Pueblo de Dios, caminan juntos, cada uno aportando para el bien de todos el don y carisma recibido por Dios, de manera gratuita, porque gratis lo han recibido. Lumen Gentium en su numeral 4, esboza desde ya una praxis sinodal, pues aclara que el actuar de todos adorna con sus frutos a la Iglesia, y es el Espíritu Santo quien con la fuerza del Evangelio rejuvenece a la Iglesia, renovándola y uniéndola perfectamente con Cristo, y esto no es otra cosa que sinodalidad pura y latente.

Escuchar voces, orar juntos, aportar de lo que sabemos o tenemos, es la clave para vivir los dones y carismas en la Iglesia. Una parroquia, por ejemplo, donde exista el Consejo Parroquial de Pastoral, es una comunidad que crece y camina en clave sinodal, y así lo demuestran las buenas experiencias de esta posibilidad, pues todos se escuchan, todos son tomados en cuenta y la pastoral se emplea en beneficio de aquellos que más lo necesitan, pues donde dos o más estén reunidos, ahí está Jesucristo, el Señor, y su Espíritu nos impulsa a vivir como él lo hizo, es decir, haciendo el bien.

P.A

García