martes, 16 de febrero de 2021

Iconografía de la Imagen de San Vicente Ferrer de La Playa

LA TABLA MILAGROSA


         San Vicente Ferrer nació en España, el 23 de enero de 1350 y falleció en Francia, el 5 de abril de 1419. Fue canonizado por el Papa Calixto III, el 29 de junio de 1455, su cuerpo está enterrado en Vannes, donde murió. Su fiesta litúrgica se celebra el 5 de abril de cada año. San Vicente fue un sacerdote de la Orden de Predicadores, mejor conocidos como los “Padres Dominicos”.

         Su nombre secular era Vicente Ferrer Miguel, nació en Valencia, en la calle del Mar, en la casa conocida hoy como “el pouet de Sant Vicent”, el pocito de San Vicente. A los 17 años entró de dominico en el Convento de Predicadores de Valencia. Estudió en Barcelona, Lérida y Toulouse. Vicente fue profesor de Lógica en Lérida y de Teología en la Catedral de Valencia. Por su actividad docente le fue concedido el título de “Maestro en Teología”, el máximo reconocimiento intelectual de la Orden.

         Junto a su acción académica, desarrollaba una intensa actividad predicadora, taumatúrgica y de beneficencia. Después de un tiempo en Aviñón, al sur de Francia, llamado por el Papa para ser su confesor y limosnero, a partir de 1399 y durante 20 años, se dedicó a recorrer parte de Europa predicando el Evangelio, suscitando todo un movimiento de renovación cristiana y eclesial.

         San Vicente recorrió toda la Península Ibérica, Francia, Suiza y el norte de Italia. Su predicación unía profundidad teológica y espiritual junto con la capacidad de llegar a convencer a los más variados auditorios.

         San Vicente se vio inmerso en la situación del Cisma de Occidente, que presentaba a dos Papas, uno en Roma y otro en Aviñón, ambos pretendían ser el único legítimo. Optó en conciencia por el Papa de Aviñón. Posteriormente, y luego de haber intentado sin éxito convencer a Benedicto XIII de dimitir por el bien de la Iglesia, y tras el Concilio de Constanza, aceptó al único Papa: Martín V, coincidiendo con Santa Catalina de Siena.

La imagen de la que se hará el estudio iconográfico se encuentra en la Parroquia San Vicente Ferrer de La Playa, Mérida, Venezuela. La misma es una pintura al óleo sobre madera, con unas proporciones de 33 centímetros de ancho por 48 centímetros de alto. Actualmente se encuentra resguardada por un nicho de madera que dificulta su contemplación y veneración. No se conocen datos exactos sobre el autor de la pintura o la fecha y lugar de su realización. Es posible que la imagen no sea criolla.

Los símbolos iconográficos de esta pintura son los siguientes:

Parte superior: La imagen, para propósitos del desarrollo de este estudio, puede dividirse en tres partes, de arriba abajo. Los detalles a explicar se tomarán en cuenta de izquierda a derecha.

1.    Trompeta: San Vicente Ferrer es conocido popularmente por ser un gran predicador, de ahí que la trompeta esté presente en la mayoría de sus cuadros, pues su voz potente y enérgica se asemeja al sonido de este particular instrumento musical de viento-metal. La predicación del valenciano puede ser comparada con una dulce melodía de una trompeta, capaz de penetrar los más apáticos tímpanos, provocando en ellos el gozo por el anuncio y el terror por la denuncia. La trompeta también lo identifica con los siete ángeles apocalípticos, como se verá con el detalle de las alas.

 

2.    Mano: El gesto más característico de San Vicente Ferrer es su mano derecha alzada señalando con el dedo índice hacia arriba. Este es un gesto expresivo, que hace cualquier orador en un discurso multitudinario, con ánimo de subrayar alguna frase, expresión o palabra, por ejemplo su lema, que se verá más adelante. San Vicente señala el cielo porque ese es nuestro destino final, allí nos espera Dios. También se cree que con este gesto, el santo efectuaba sus milagros en vida, para el deleite de todos los que le seguían o le escuchaban.

 

3.    Alas: San Vicente se consideraba a sí mismo como uno de los siete ángeles del Apocalipsis, cuyas trompetas sonaban antecediendo maravillosos signos que san Juan bien detalla en el último libro de la Biblia, es por eso que algunas imágenes del santo dominico español lo representan con alas, como si fuese realmente un ángel o “El Ángel del Apocalipsis”.

 

4.    Aureola: Del latín aureola y, a su vez, de aurea, que significa “dorado”. La aureola o el nimbo es un cerco en torno a la cabeza de un santo. Se plasma con rayos luminosos en el cuerpo pintado de un personaje o un objeto, de ordinario de modo circular, poligonal, crucífera o triangular. En la Edad Media fueron aureolados emperadores, papas y reyes. En general, la aureola se reserva a las personas divinas y santos. San Vicente Ferrer en esta pintura es representado con aureola circular dorada, para diferenciarla del fondo que es de tonalidad amarilla.

Parte media:

1.    Hábito dominico: El hábito no hace al monje, pero sí lo identifica. San Vicente Ferrer fue dominico, por eso es natural que su hábito esté representado con una túnica blanca, ceñida por una correa negra, sobre la cual se pone un escapulario o mandil del mismo color, para finalmente ser cubierto por una gran capa negra, elegante y majestuosa. El blanco y el negro son los colores del hábito dominico. En la pintura de San Vicente que estamos estudiando, se nota cómo la túnica es de un color más oscuro y no blanco natural, tal vez para diferenciarla del escapulario que sí es de un blanco bastante brillante, puro y limpio.

 

2.    Santo Rosario: El catolicismo debe a Santo Domingo de Guzmán, el fundador de la Orden de Predicadores, la creación y expansión de la devoción al rezo del Santo Rosario a María Santísima. San Vicente Ferrer, como buen dominico que fue, hijo espiritual de Santo Domingo de Guzmán, lleva su Rosario colgando sobre el escapulario. Es de suponer que lo rezaba diariamente, mientras se preparaba para sus masivas predicaciones o de camino en sus largas peregrinaciones. En el Santo Rosario se medita la vida de Jesús a través de los ojos de María.

 

3.    Calavera: La calavera es el símbolo de los que se retiran a la soledad del desierto o a un lugar retirado para entrar en comunión con Dios. En San Vicente Ferrer la calavera sobre el libro representa su incesante predicación sobre la inmanencia del juicio final. Él buscaba la conversión de los pecadores y en este sentido la calavera recordaba que no somos eternos en este mundo, sino que nos espera la verdadera vida en Dios, para lo cual es necesaria la conversión. De varios santos se conoce que al contemplar la calavera reconocían lo poco que eran y la necesidad de Dios en sus vidas.

 

4.    Libro: El libro representa a las Sagradas Escrituras en general, o al Evangelio en particular. San Vicente, en esta pintura, sostiene el libro cerrado con el lomo hacia él y las páginas hacia afuera, sujetadas por su mano izquierda, con el pulgar sobre la cubierta y el resto de los dedos debajo del libro. La Biblia es lo más representativo en la imagen de un predicador, y San Vicente Ferrer fue el mejor de su época. Las ciencias filosóficas y teológicas que supo enseñar y predicar en su vida, pueden verse compendiadas también con el tomo en su mano.

 

5.    Flor de lirio: Es bien conocida la referencia del Señor Jesús a las flores de lirios, puede verse en Mt 6, 28 y en Lc 12, 27. Es muy adecuada la mención de la “flor del campo” como ejemplo de la brevedad de la vida humana, y ello más en una tierra como el Oriente Medio, donde la aparición anual de las flores silvestres, un espectáculo maravilloso, dura apenas unas semanas, seguido de una gran sequedad. Israel crecerá como un lirio en los días escatológicos (Os 14, 5), promesa que ha de cumplirse en la nueva Jerusalén, que es la Iglesia. Entre la ornamentación del templo del Antiguo Testamento se hallaba la figura del lirio (1 R 7, 19; 22, 26). En la imagen de San Vicente, el lirio representa la brevedad de la vida humana, lo que conlleva la constante preparación para recibir la llamada de Dios que a todos nos llega: la muerte. El santo español perseveró en una vida virtuosa y pura, razón por la cual el lirio sea también un premio merecido para él.

Parte inferior: En esta última parte ya no se mencionan detalles iconográficos referentes al culto devocional a San Vicente Ferrer, sino que se expondrán detalles particulares de esta pintura de la parroquia eclesiástica de La Playa.

1.    Orificios: Casi al margen de la pintura, cerca del final del hábito de San Vicente, se encuentran dos pequeños orificios, por donde pueden entrar clavos, que perforan la tabla en su totalidad, dejando ver el fondo sobre el cual se soporta actualmente la pintura. Estos orificios corresponden, seguramente, a un primer intento de sujetar la pintura sobre algún nicho o retablo para la veneración de los fieles. Aunque la pintura presenta rasgos de haber sufrido una restauración -si es que así se le puede llamar- es curioso que estos dos orificios no hayan sido tapados, lo que da a pensar que la imagen fue alterada artísticamente estando todavía en su anterior nicho.

 

2.    Pintura: Al lado derecho del primer orificio, de izquierda a derecha, se encuentra un rasgo de pintura simulando lo que podría ser la capa de San Vicente. Este detalle es posible observarlo gracias al deterioro notable del óleo usado en el cuadro, ya que presenta este parche como evidencia innegable del paso de los años, apoyando la data de la pintura en años muy anteriores a 1828, fecha en la cual se construye la primera capilla en La Playa, en lo que hoy es el sector San Vicente.

 

3.    Pies: En esta pintura, los pies de San Vicente no se pueden apreciar, parecen no haber sido dibujados detalladamente, o tal vez porque en la restauración sufrida, el artista no logró representarlos con detalle, dejando en su lugar una deforme mancha de óleo, precisamente del mismo color usado en el escapulario, un blanco brillante. Se puede apreciar como si el pintor hubiera limpiado su pincel sobre el lugar donde estarían los pies de San Vicente, que por cierto, es donde la pintura ha desaparecido con mayor violencia, dejando ver la tabla de madera sobre la cual se pintó originalmente la venerada imagen.

Otros símbolos: No todas las imágenes de San Vicente Ferrer lo representan con todas sus características iconográficas, es por eso que también se le puede ver figurado con los siguientes símbolos:

1.    Mitra: De la vida de San Vicente se conoce que por su amistad con el Cardenal Pedro de Luna, quien llegó a ser el Papa Benedicto XIII, le ofrecieron el cardenalato o incluso ser arzobispo de alguna sede, cuestión que el santo rechazó enfáticamente, pues nunca se acostumbró a la vida entre palacios; ya que lo suyo era la predicación itinerante y la peregrinación. La mitra, símbolo episcopal, es ubicada a sus pies, pues se resistió a llevarla sobre la cabeza, demostrando así una gran humildad, al no querer formar parte del principado de la Iglesia Católica.

 

2.    Libro abierto: En nuestra imagen de estudio el libro aparece cerrado, pero en la imagen principal de la Parroquia San Vicente Ferrer tiene sobre su mano izquierda el libro abierto con unas palabras enfáticas, que le resumen su predicación, estas palabras son su lema.

 

3.    Lema de San Vicente: La frase aparece generalmente en latín “Timete Deum et date ei honorem”, que viene a significar en castellano “Respetad a Dios y dadle honor”. Con esta frase escrita en mayúsculas doradas, se compendia la vida del santo, quien nunca se cansó de presentar la fe católica como el regalo más grande que de Dios hemos recibido.

 

4.    Lengua de fuego: Finalmente, la lengua de fuego, que la tiene también la imagen central de la Parroquia, significa el milagro de Pentecostés, cuando los Apóstoles predicaron en lenguas distintas y eran comprendidos por todos los presentes en Jerusalén. A San Vicente se le conoce por predicar en su original valenciano, pero ser entendido en castellano, francés, sueco, italiano y los idiomas de los musulmanes que poblaban las zonas por él recorridas. La hagiografía vicentina manifiesta que en su juventud aprendió el latín y el hebreo, por su pasión por el estudio de las Sagradas Escrituras.

San Vicente Ferrer es el patrono de la comunidad valenciana en España, allí es recordado como Sant Vicent el del ditet, San Vicente el del dedo. Su figura sigue siendo hoy un ejemplo de vida cristiana y de predicación del Evangelio. Sus sermones, el “Tratado de la vida espiritual”, su labor pacificadora y dialogante, su sentido eclesial son una herencia de la que nos podemos aprovechar fructuosamente.

El cuadro del que hemos hecho este superficial estudio merece más atención y respeto por todos los playenses. En el Templo Parroquial debería existir un lugar dedicado exclusivamente a resguardar esta reliquia histórica y religiosa y, por qué no, deberían despertarse iniciativas para reubicar la tabla del dificultoso nicho actual a uno nuevo, mejorado artísticamente y sobre todo que le permita una contemplación total de la venerada imagen.

Ahí está San Vicente Ferrer, esperando a todos los devotos, a todos los playenses, para que le conozcan y le veneren como en épocas de antaño. A todos los que no conocen esta imagen, les invito a visitarla en el Templo de La Playa, ahí está expuesta siempre a la veneración. Acérquense, véanla con detalle, recen delante de ella y encomienden principalmente el progreso espiritual y de toda índole de nuestro querido pueblo.

La Parroquia San Vicente Ferrer de La Playa está en constante deuda devocional con su Santo Patrono. Esperemos que lleguen los días en los que se pueda celebrar su fiesta por todo lo alto. Actualmente el Consejo Municipal de Rivas Dávila está buscando precisar una fecha para celebrar al pueblo de La Playa, ojalá y en esta iniciativa puedan contemplar la festividad de San Vicente Ferrer como día de precepto civil y religioso, de esta manera la “Parroquia Civil Dr. Gerónimo Maldonado” se mostraría atenta con la religiosidad de la mayoría de sus habitantes.

P.A

García



viernes, 12 de febrero de 2021

La anciana de la última casa: historia real y misteriosa

UN CAFÉ ESPIRITUAL

        La mayoría de las personas hemos vivido experiencias inexplicables, un tanto paranormales, que son fáciles de contar, pero difíciles de comprender. Yo tengo una historia que puede parecerles interesante o algo misteriosa, me sucedió estando de misiones, la he titulado: la anciana de la última casa, ya verán por qué.

         Ir de misiones es un acontecimiento de lo más normal en la vida de un seminarista o sacerdote, también de laicos y religiosos, en fin, de cualquiera que esté dispuesto a abandonar sus comodidades para salir a predicar la Palabra de Dios. Las misiones nos exponen a realidades nuevas, a aventuras con resultados gratificantes, pero sobre todo, nos ubican en lugares y con personas desconocidas, la mayoría de las veces con costumbres, gastronomía y -en particulares ocasiones- con idiomas distintos a los nuestros.

         Este relato debe ubicarse en los pueblos del sur del estado Mérida, Venezuela, una zona particularmente católica y de prácticas muy acogedoras para con el visitante, sin importar nacionalidad, raza o religión. De manera enfática los misioneros son acogidos como divinidades, podríamos recordar, para ilustrarnos un poco, la escena en la que Pablo y Bernabé son recibidos como dioses y casi sacrifican toros en su honor (Hechos 14, 1-18).

         Mi relato versa así. Era Jueves Santo y aquella Semana Mayor, como muchas otras, había transcurrido con apenas dos tardes asoleadas, pues la mayor parte del tiempo pasó con fuertes lluvias, las mismas que me impedían salir a visitar los hogares, a pesar de ser ésta una de las principales ocupaciones de un misionero: salir al encuentro de las personas en sus propios quehaceres ordinarios. Es una lógica de retribución, pues se dice que si el seminarista va a los hogares, entonces las personas quedan comprometidas a ir a la capilla para las actividades religiosas. Esto en la práctica no siempre es así.

         Aquel Jueves Santo, por la tarde, parecía ser la tercera vez que el sol calentaría mis espaldas al salir a caminar los sectores de la comunidad donde estaba misionando. Las veces anteriores había evangelizado los hogares en compañía de lugareños, quienes me iban orientando por los desconocidos caminos y callejones para llegar a las típicas casas de estilo colonial, levantadas en medio de camburales y conucos cultivados con decoro perfeccionista, y resguardadas por enormes perros que, una vez realizado el primer olfateo de rigor, se convertían en los mejores receptores del mensaje evangélico.

         La tarde del Jueves Santo no tuve compañía. Por un lado, los adultos se fueron a sus casas a preparar los siete potajes, una costumbre culinaria donde se come lo de una semana en un solo día, mientras que por otra parte, los niños se habían reunido con una encargada que les recordaba lo que debían escenificar en la capilla, cuando llegara la noche y la feligresía se reuniera para conmemorar la Última Cena del Señor, actividad que atrae a fieles y curiosos.

         Yo, por mi parte, después de rezar la Hora Nona, hacia las 3:00 p.m., decidí visitar un sector de la comunidad que parecía ser bastante fácil de recorrer, pues contaba con un solo camino de tierra, el cual debía transitar de ida y vuelta, sin aparentes complicaciones. Las indicaciones de los lugareños fueron muy claras; por ese sector solamente conseguiría siete casas habitadas, pero había una al final en la que no me debía molestar por visitar, pues no era ocupada desde hacía varios años. En total eran ocho domicilios, pero la última no importaba, pues no vivía nadie allí. Saqué siete estampas a entregar, pero algo me animó a completar las ocho, de seguro la iba a necesitar.

          Agradecido con Dios por el radiante sol, emprendí la caminata con mi sombrilla en la mano para cubrirme de los penetrantes rayos solares que, con mucha facilidad se encarnan en las abundantes telas negras de las que están hechas las sotanas de los seminaristas, ruborizándolas a una temperatura casi de fiebre: la fiebre de la sotana. En un día asoleado como éste la sombrilla servía para cubrirme del sol, pero si el tiempo daba un repentino vuelco, la sombrilla cambiaba de nombre y pasaba a ser un fenomenal paraguas, eficaz sólo para evitar que el agua mojara mi rostro, pues el resto del cuerpo nunca lograba ser cubierto, y menos cuando la lluvia caía en dirección casi horizontal, empujada por los vientos de los andes venezolanos.

         Esa tarde no llovió. El sol me acompañó solidariamente hasta presenciar su ocaso. En cada hogar visitado hacía lo de costumbre: llegar, saludar amablemente, presentarme, conversar brevemente con la familia, hacerles la invitación a las actividades en la capilla, entregarles una estampita de San Josemaría y finalmente hacer la oración de bendición del hogar. Nunca salía de una casa sin antes haber recibido algún refrigerio que era naturalmente ofrecido por los anfitriones. Aquella tarde preguntaba -ya para despedirme- cuántas casas me faltaban por visitar, a lo que todos me respondían la cantidad exacta, cinco, cuatro, tres, dos, una, mencionando siempre que en la última edificación no conseguiría a nadie.

         Desde la primera visita hasta la séptima tardé exactamente dos horas y cuarenta y cinco minutos. En la séptima casa me despedí a las 5:45 pm, pensando regresar de inmediato a la capilla de la comunidad. Sin embargo, tuve la curiosidad de observar la continuación del camino de tierra, que efectivamente culminaba con una vivienda colonial. Miré detenidamente y me di cuenta que un tubo sobresalía del techo y humeaba intensamente. Sin manifestar mi deseo a los que había dejado atrás, decidí ir a aquella casa, pero como parecía distante, saqué el Rosario de mi bolsillo y aproveché los quince minutos de caminata para rezarlo, mientras disfrutaba del paisaje montañoso. Algo me llamaba desde esa casa, alguien me necesitaba allí. No dudé ni un segundo en caminar en esa dirección.

         A las 6:00 p.m. ya estaba en la puerta de la casa. Aquel lugar era como tantos otros de la zona, paredes de tierra pisada, techo de tejas artesanales, un porche amplio que parecía no haber sido barrido en décadas y una puerta de dos ojales. El jardín frente al porche no presentaba más que unas viejas plantas de sábila, que se habían extendido como plaga por los alrededores de la casa. La puerta principal estaba abierta, efectivamente el fogón de la cocina parecía estar encendido. Primero llamé desde afuera, gritando varias veces, pero como nadie contestaba decidí tocar la puerta con una piedra, nadie salió, nadie contestó. Por un momento pensé que había alguien adentro, pero que no se había percatado de mi presencia. La caminata de 15 minutos me había agotado un poco, por eso no dudé en sentarme un instante en una banca de madera que estaba junto a la puerta. En aquella casa no habían animales: ni gallinas, ni vacas, ni perros, cosa muy justa si es que realmente no era habitada por nadie.

         Luego de un breve descanso, oí ruidos como de cocina, una olla era puesta sobre una mesa y casi al instante el aroma del café recién colado llegó a mí. Decidí ingresar, seguro de que alguien estaba adentro. La casa en su interior era principiada por una gran sala, sin muebles, sin nada más que una mesa pequeña en una esquina. Luego de cruzar la segunda puerta me encontré en un patio central, gobernado por un gran árbol de aguacate, del que parecía que nadie tomaba sus productos, pues en el suelo, entre las hojas, estaban los frutos ya podridos. Hacia la izquierda dos puertas más, de lo que parecían dos habitaciones, y hacia la derecha, una puerta abierta desde donde efectivamente salía el penetrante olor a café.

         Sin dar otro paso dentro de la casa, volví a llamar, seguro de que alguien me contestaría, pero no fue así. Caminé en dirección a la cocina, donde era todo muy oscuro, pues no tenía ventanas, el ambiente estaba un poco borroso por el humo del fogón encendido. Desde la puerta, y asomado con un poco de prudencia, vi a una anciana que tomaba café de pie, junto al fogón. Al verla volví a hablar, dando las buenas tardes y disculpándome por entrar sin permiso. No recibí respuesta, pero de inmediato aquella anciana dejó su pocillo de peltre junto a la mesa y encontró otro parecido, sirvió un poco de café y me lo acercó, sin decir nada. Como había dejado el café sobre el extremo de la mesa donde yo me encontraba, decidí sentarme para beberlo en su misteriosa compañía. El café era de los mejores.

         Aquella anciana era de estatura muy baja, llevaba encima una ropa un poco deteriorada, su cabello era blanco y caía en dos clinejas sobre sus hombros. En su cabeza un sombrero. El rostro casi no se le notaba, pues estaba bastante encorvada. Tomé mi café sentado junto a la mesa, ella volvió a su lugar inicial, donde también bebía café. Formé mi conversa como de costumbre, pero nunca recibí respuesta de la anciana, ella solamente tomaba su café observando encorvada el pocillo de peltre. Yo conversé y conversé en evidente monotonía, el parlamento se me había agotado.

         Terminado el café y la conversación compuesta por un elocuente emisor pero con un mudo receptor, saqué de mi bolsillo la última estampa que tenía, se la ofrecí, pero de inmediato decidí dejarla sobre la mesa, pues estaba seguro de que la tímida señora no se acercaría para tomarla de mi mano. Antes de partir, le invité a hacer la oración final, noté que la anciana se quitó el sombrero, lo que entendí como una señal de aprobación. No le pude ver el rostro, pues de inmediato cerré mis ojos y recité un padrenuestro, un avemaría y el gloria, y antes de culminar las oraciones con la señal de la cruz, casi espontáneamente pronuncié las palabras por el eterno descanso de los fieles difuntos. Abrí mis ojos, y estaba sólo, en la cocina, con el fogón encendido y los pocillos recogidos al lado de la olla con un asiento de borra de café. No tuve miedo, no supe qué pensar.

         Qué curioso, la anciana me había dejado solo en su cocina, rezando con los ojos cerrados. Confundido por lo ocurrido decidí salir del fogón para ver si la veía en otro ambiente de la casa, pero como tampoco era muy grande aquella morada, me di cuenta de que estaba nuevamente solo. Sin pensarlo dos veces y ya casi oscureciendo emprendí el viaje de regreso, que me tomó aproximadamente una hora. Al llegar a la capilla uno de los encargados me preguntó sobre la jornada de la tarde. Le conté con detalle lo de la última casa. En principio estaban seguros de que yo me equivocaba, tal vez me confundí de camino y llegué a otro sector, pero una vez que entramos en detalles sobre la casa y la anciana que me había recibido, se dieron cuenta de que todo eso era muy extraño y no salían de su asombro.

         En resumidas cuentas, aparentemente en esa última vivienda que yo visité había existido hace algunos años atrás una mujer que murió de avanzada edad, sin hijos y sin esposo. Había trabajado sus tierras ella misma y jamás se le conoció enamorado o pariente que la visitara. La mujer era muy amable con sus vecinos, aunque un poco tímida, sin embargo, en sus comercios de café nadie la engañaba y sabía ella misma solventar sus necesidades. Enfermó en su vejez y murió sola en esa casa, donde fue encontrada para ser sepultada cristianamente en el cementerio más cercano, sin dolientes.

         Mi anécdota corrió velozmente entre los asistentes de aquella noche santa. Al día siguiente me preguntaban datos sobre lo ocurrido y yo naturalmente les volvía a contar con detalles, tal como lo relato aquí. Para algunos todo era una confusión, estaban convencidos de que me había desviado del camino, llegando a otra casa donde sí se sabía que vivía una anciana, pero mi descripción de la mujer no coincidía con nadie más que con doña Ana, como la recordaban los más viejos de la comunidad, los que la habían conocido.

         Un tiempo después de esto, le di vueltas al asunto y llegué a una posible conclusión, inequívoca para mí. Definitivamente había bebido un delicioso café espiritual. Desde la séptima casa sentí el deseo de visitar esa última. La anciana nunca me respondió, porque en vida fue muy tímida, solamente me ofreció lo mejor que tenía, lo que hizo durante toda la vida, su producción de café. Después de mi oración por el eterno descanso de los difuntos ella desapareció, tal vez conseguía así la súplica definitiva para descansar en la paz del Señor. No me queda duda, la oración abre el cielo.

P.A

García

miércoles, 10 de febrero de 2021

Letras del infante Pedro

UNA CARTA PARA ELLA

         Más allá de no sé dónde, tampoco se sabe cuándo, escribí esta graciosa carta para mi mamá. En ella se manifiesta el inmenso amor que siempre le he demostrado. Copio fielmente la carta colmada de errores ortográficos y sin ningún punto o coma, tal como la escribí. Les ruego que sepan entender la accidentada expresión literaria de un pequeño de 6 años de edad.

Para Tahis de Pedro

Tahis la ciero mucho te adoro com mi fuersa con mi corason esto es para que se mejore mamá llo se que uste me ciere mucho y llo tanvien la quiero tu eres para mi la mujer mas ermosa tu eres mi corason tu mes ilumina con el corason llo teciero del planeta tierra asta el ultimo planeta

T A H I S

        Antes de continuar con mi comentario habitual, quiero que sepan ustedes lo afortunados que son, pues acaban de leer -creo yo- mis primeras letras, y tal vez las más conservadas por el celoso corazón de mi madre. En la foto de referencia, al inicio de este artículo, pueden observar cómo se encuentra esta nota hoy en día: plastificada para evitar su deterioro, aunque es evidente que la tinta del lapicero azul usado para plasmar las pueriles grafías ya ha perdido su fuerza.

         De esta carta solamente recuerdo que la escribí sobre la mesa de coser de mi nona Eva Castillo, una tarde de agosto de 2002, mientras ella se dedicaba a la costura, especialidad artesanal que le ocupó sus días de jubilada. Según la carta, el motivo que me llevó a escribirla fue el ver a mi mamá enferma. No recuerdo qué tenía, solo poseo leves remembranzas de verla recostada en la “silla de extensión” forrada con mimbre azul que teníamos en la casa.

         Hay una frase de esta misiva que da mucho para pensar. A mi madre le escribo que la quiero desde el planeta tierra hasta el último planeta, lo que podría significar que desde los 6 años ya comprendía yo la inmensidad del Universo, cual Galileo en pañales. No vayan a pensar que me ensalzo a mí mismo sin disimulo, pero era en estas circunstancias cuando insistente preguntaba a mi madre y profesores qué pasaría si los planetas se cayeran, o ante el hecho de las frases célebres de Bolívar, les preguntaba cabizbajo qué más podía inventar yo, si ya el Padre de la Patria lo había dicho todo.

         La unión sentimental que hay entre un hijo y su madre es una realidad casi sobrenatural, aunque es lo más natural que existe. El amor entre un hijo y una madre es muy superior al amor conyugal y no tiene comparación, esto tampoco tiene discusión. En la Biblia, se usa la imagen de un padre (o una madre) amando a sus hijos para dar a entender de alguna manera el amor que Dios tiene a los hombres: Salmo 102, 13 “Cual la ternura de un padre para con sus hijos, así de tierno es Yahveh para quienes le temen”. Es bueno hablar del amor de Dios, pero es más preciso y elocuente hablar de la ternura de Dios.

         En el calvario de mi vida no he estado sólo, a mi lado ha estado siempre mi madre, cual María iuxta crucem, como la Virgen María al pie de la cruz de su Hijo. Mis alegrías son también de ella, y mis penas son más de ella que mías, esto solo es posible entender cuando se ama con pasión.

         Inspirado por un libro del padre Miguel Ruiz Ayucar, titulado “El Cristianismo es amor” (1967), quisiera parafrasear su apartado sobre el amor a los padres, que en este caso quiero dedicar exclusivamente al amor que un hijo debe sentir por su madre.

          El hijo ingrato, despectivo, o el que se aficiona de tal modo a otros amores que su madre apenas cuenta para él, repudia la caridad en lo más exigente e indeclinable. El hijo que ya fuerte, abierto camino en la vida, olvida a su madre anciana, olvida la caridad: “No olvides los gemidos de tu madre” (Ecl 7, 27). Infeliz el cristiano que vilmente menosprecia el amor y mal paga los desvelos maternos.

         Hijo, en palabra y en obra atiende a tu madre a fin de que te alcancen las bendiciones de Dios. Peca grandemente quien humilla a su madre. Persevera en las consideraciones a ella y no le des pesares en todos los días de tu vida. Y cuando disminuyan sus facultades, sé con ella indulgente y no la desprecies por estar tú en toda tu fuerza. Pues la piedad tenida con la madre no se borra y sobrepuja las deudas de tus pecados y será recordada a tu favor el día de la necesidad, para disipar tus pecados como el calor derrite la nieve.

         En la breve historia de mi vida hay alguien que siempre ha creído en mí: mi madre. Es ella la mujer que ha estado presente en todas las circunstancias, buenas y malas. Fue ella quien, teniéndome aun de brazos, notó que necesitaría visitar al oftalmólogo. Hizo lo posible y lo imposible por conseguir la intervención quirúrgica de mis ojos y después de esto, se las ingenió para adquirir los lentes que desde pequeño he usado para ver mejor. Mi madre se negó al consejo de algunos familiares, quienes le dijeron que no hiciera nada por mí, pues así había nacido y ni modo, como si de un animalito se tratara. Pero no, el amor de madre la llenó de valor para combatir todas las dificultades, que no fueron pocas. Por esto y muchas cosas más que ahora mismo no pretendo explayar, estoy infinitamente agradecido con mi mamá.

         El que ama corrige, y las correcciones de mi madre han sido las más sinceras y oportunas. Palabra por palabra, sin desperdicio alguno. El que escucha a su madre llega a viejo y le va bien en la vida, porque la experiencia de una madre vale más que mil libros.

P.A

García

domingo, 7 de febrero de 2021

Unas palabras sobre Harry Potter

HARRY POTTER


         A los que no son tan amantes de la serie de libros de Harry Potter, no los culpo por eso, yo mismo no lo era hasta hace unas semanas atrás, cuando pude comprar los dos primeros títulos de dicha saga de la famosa escritora británica J.K. Rowling: (Harry Potter y la piedra filosofal y Harry Potter y la cámara secreta). Antes de esto sólo me había complacido en ver al caraqueño Esteban Trinidad, un compañero en el seminario menor, que aprovechaba cualquier momento libre para internarse en la apasionante lectura de Harry Potter, por allá en el lejano año 2011.

         Personalmente pienso que la lectura de Harry Potter es de alguna manera provechosa. Desde la lupa católica la moral cristiana no parece verse atacada en ningún párrafo. El joven mago podría representar a todo aquel cristiano que libra la batalla en su vida entre el bien y el mal. Los buenos deseos y el procurar lo mejor para los demás son las características de Potter y sus amigos Ron y Hermione, quienes a pesar de contar con sus propios enemigos que le hacen la vida de cuadritos, actúan en todo momento con justicia.

         Del primer libro, Harry Potter y la piedra filosofal, me gustaría comentar solamente un párrafo, ubicado en las últimas páginas, específicamente en el capítulo 17, titulado “El hombre con dos caras”. La trama de este capítulo ubica a Harry luchando contra un profesor del Colegio de Magia Hogwarts, Quirrell, quien pretendía robar la piedra filosofal para entregársela a Lord Voldemort, el malvado mago que había asesinado a los padres de Harry.

         Voldemort, desde su desdichada inmaterialidad se había apoderado del profesor Quirrell y a través de él pretendía asesinar a Potter, pues éste evitaba que la piedra filosofal fuera hurtada, pero, extrañamente Voldemort en Quirrell no podía tocar al niño, la razón de esto la explica a Harry el director de Hogwarts, el venerable anciano Albus Dumbledore:

“Tu madre murió para salvarte. Si hay algo que Voldemort no puede entender es el amor. No se dio cuenta de que un amor tan poderoso como el de tu madre hacia ti deja marcas poderosas. No una cicatriz, no un signo visible... Haber sido amado tan profundamente, aunque esa persona que nos amó no esté, nos deja para siempre una protección. Eso está en tu piel. Quirrell, lleno de odio, codicia y ambición, compartiendo su alma con Voldemort, no podía tocarte por esa razón. Era una agonía el tocar a una persona marcada por algo tan bueno”.

         Esta frase anteriormente copiada encierra una gran verdad teológica que, desde el cristianismo podemos aplicar con la vida de la fe de todo creyente. Consideremos lo siguiente:

         En primer lugar, la madre de Harry murió para salvarle la vida, después de una feroz lucha contra la maldad personificada: Lord Voldemort. Por nuestra parte, los cristianos sabemos que con la muerte de Cristo tenemos vida, y vida en abundancia. El mismo Cristo es la Vida, con mayúscula. Ciertamente nuestro Señor venció la muerte al tercer día, diferenciándose en esto con la muerte de la madre de Harry, quién perdió la vida para siempre, sin embargo, el fruto de su amor es la vida de su hijo.

         Luego, Dumbledore continúa explicando que Voldemort es incapaz de entender el amor. De igual manera, el Demonio, el padre de la mentira y el odio, es incapaz de comprender el amor de Dios, por eso le aterra el signo de la cruz, pues la cruz es el símbolo del amor universal. Hay personas que no comprenden el amor, esas parecieran ser partidarias del mismísimo Satanás. Hay quienes no aman ni se dejan amar, viviendo en la amargura y amargando la vida a los demás. Finalmente, hay otros que no se sienten amados, estos últimos podrían ser los más desdichados de todos. Los cristianos sabemos que Dios nos ha amado primero y así nosotros podemos amar a los demás. En otras palabras, tenemos la capacidad de amar porque antes hemos sido amados por Dios.

         Lord Voldemort nunca pensó que un amor tan enérgico como el de la madre de Harry hacia él dejara marcas tan poderosas. Sucede equivalente con el Demonio, quien nunca pensó que con la muerte y resurrección de Cristo el amor de Dios se derramaría sobre todos nosotros, con el Espíritu Santo que se nos ha dado. La victoria en la muerte de la madre de Harry es la milagrosa vida de su hijo. La victoria sobre la muerte de Cristo es la vida de todos en Dios.

La marca que Harry llevaba sobre su frente, una cicatriz en forma de rayo, era la mejor prueba de que había sido amado con profundidad. Los cristianos también llevamos una marca, aunque invisible. Hemos sido marcados con la Sangre de Cristo, hemos sido sumergidos en las aguas del bautismo y ése es nuestro mejor signo. La cruz misma, esa que algunos llevan colgando sobre el pecho, es el signo visible del amor, de la victoria de Cristo, de la derrota del enemigo. Así como Harry Potter sabe que lleva una cicatriz en su frente y por eso es reconocido por todos, sintiéndose llamado para algo en especial, asimismo los cristianos que llevan la cruz en el pecho deben saber que por ese signo son reconocidos, lo que les hace comprometerse a vivir según Aquel que murió en esa cruz.

Albus Dumbledore, lleno de paciencia y cariño explica a Harry que el hecho de haber sido amado tan profundamente, aunque esa persona que le amó no esté, le dejó para siempre una protección. Esto serviría como imagen para comprender la presencia divina en nosotros, esa protección de la que gozamos todos los hombres, pero de manera muy especial los que tenemos fe en el Señor Jesús. El cristiano vive siempre feliz, aun en medio de las dificultades, porque se sabe amado por Dios. Dumbledore le dice a Harry que ese amor él lo lleva en la piel; los cristianos sabemos que el amor de Dios lo llevamos no en la piel, sino en el alma.

Finalmente, el director de Hogwarts expone la razón por la cual a Quirrell y Voldemort les resulta doloroso y casi imposible tocar a Harry. El relato describía que sus manos se llenaban de ampollas, como si se quemaran por el contacto. El enemigo del cristiano, al igual que el de Harry, está lleno de ambición, codicia y odio, porque sabe que con Cristo somos vencedores, porque es consciente de que con Cristo somos mayoría aplastante.

Ciertamente, para Satanás es una verdadera agonía el tocar a una persona marcada por algo tan bueno, el amor de Dios. Cuanto más nos dejemos amar por Dios, más lejos estará de nosotros el enemigo. El compromiso es sentirnos amados por Dios para amarle realmente, y a los demás como a nosotros mismos.

P.A

García

viernes, 5 de febrero de 2021

Tres experiencias en los Miércoles de Ceniza

 FÉRIA QUARTA CÍNERUM

         Una de las celebraciones litúrgicas más populares dentro del catolicismo es el “Miércoles de Ceniza”, donde se impone en la frente de los fieles la ceniza hecha de las palmas benditas en la Semana Santa del año anterior. En este año 2021, por disposición de la Santa Sede, no se impondrá en la frente, sino que será en la cabeza (coronilla), costumbre romana más próxima al sentido bíblico.

         La liturgia de este día propone dos frases para la imposición de la ceniza, la primera es tomada de Marcos 1, 15: “Paenitemini et credite evangelio” lo que significa Convertíos y creed en el Evangelio; y la segunda es tomada del Génesis 3, 19: “Pulvis es et in pulverem reverteris” que quiere decir Acuérdate de que eres polvo y al polvo volverás.

        En el presente artículo no haré una reflexión teológica sobre este particular, sino que me limitaré a compartir con ustedes tres experiencias que he vivido en los Miércoles de Ceniza, en los que, con permiso del párroco de mi pueblo, he colaborado con la imposición de la ceniza, sacramental tan llamativo para la mayoría de los creyentes.

         El terror de los niños:

         La primera vez que ayudé a imponer la ceniza (2014), fui enviado por mi párroco al Preescolar del pueblo, donde me esperaba la directora para acompañarme por las aulas en las que debía imponer la ceniza a todos los niños, exceptuando aquellos cuyos padres no profesaban la fe católica. En uno de los salones, al entrar, noté que esos niños eran los más pequeños de la casa, los del primer nivel. Saludé a la docente, quien ya les había explicado a qué se debía mi sorpresiva presencia.

Los niños hicieron una columna frente a la silla en la cual debían subirse, con la ayuda del docente, para así poder imponerles la ceniza, de lo contrario tendría que sentarme, pero ciertamente convenía lo primero, pues lo segundo me dejaba ver un tanto perezoso, aunque le daba solemnidad al acto. Al parecer todo iba bien hasta que un niño rompió el sacro silencio con un gran alarido, y al salir corriendo hacia una esquina del salón, pedía a gritos que no le hicieran nada. La escena nos pareció graciosa, pero para aquel pequeño era realmente aterradora.

Seguido de él, en fraterna queja se le unieron en el llanto otros niños, como para no dejarlo solo, y en aquel salón no se pudo hablar más. Apenado por lo ocurrido decidí ir a los demás salones, mientras tanto la docente se encargó de calmar aquel apocalipsis colmado de llanto y desesperación. Casi al salir de la institución, volví al salón de los protestantes. Los niños se habían calmado y pude imponerles la ceniza.

La docente me comentó que los niños por un momento pensaron que la ceniza les iba a quemar la frente, razón por la cual estaban dispuestos a morder y dar patadas con tal de no sufrir al sentir mi pulgar rozándoles la frente en forma de cruz. Comprendí que a los niños hay que explicarles las cosas con mayor tacto, incluso en años posteriores, la primera en recibir la ceniza era la docente, para que así los alumnos se animaran sin temor.

        Un nonato despreciado:

        En otra oportunidad, tenía que ir a la Escuela del pueblo para imponer la ceniza a los estudiantes, se había preferido así y no llevar a los alumnos a la Iglesia, pues era difícil dominarlos. El padre me había dado serias indicaciones de no detenerme en la calle a imponer la ceniza al que me lo pidiera, pues no era lo conveniente. Muchos en el pueblo querían aprovechar la oportunidad al verme pasar, para así evitar la misa de la tarde, que era multitudinaria y un tanto fatigosa por lo pequeño que es el templo parroquial.

Al salir del templo me encaminé directamente hacia la Escuela, casi sin mirar a los lados. No pude evitar a una persona que me encontré de frente, y como vio que yo vestía la sotana y llevaba en la mano la tarrina con las cenizas, me pidió que se la impusiera. Lo hice con rapidez, incumpliendo el consejo del sacerdote.

Continué mi camino decidido a no faltar ni una vez más a lo encomendado, de repente observo con el rabillo del ojo que alguien me estaba llamando desde un vehículo que transitaba en ese momento por la calle. Reconocí a aquella persona, era un familiar lejano, pero no me detuve, seguí caminando. Pensé que quería la ceniza y yo no podía detenerme.

Un año después, es decir, en el siguiente Miércoles de Ceniza, aquella persona se me acercó al final de la misa de 5:00 p.m. para recordarme lo que había pasado el año anterior. Entre lágrimas me explicó que ese día, cuando me llamaba desde el vehículo, venía del hospital, pues había perdido un bebé y, anímicamente destrozada por eso, quería conversar conmigo para desahogar su pena. Le expliqué el por qué no pude detenerme pero, evidentemente mis razones no justificaban mi actitud. Comprendí que por encima de la norma está la caridad. Nada me hubiese costado detenerme un instante para saber qué quería aquella persona. A lo mejor no era necesario decirle nada, tal vez bastaba solo con escucharla.

        El demonio impone la ceniza:

        La primera experiencia que les acabo de contar me sucedió en el Preescolar, la segunda de camino a la Escuela y esta tercera en el Liceo del pueblo. Esta vez no llevé la sotana, eran las 11:00 a.m. y como tenía que caminar desde la iglesia hasta el liceo, para evitar que la gente se animara a recibir la ceniza en la calle, decidí no llevar el hábito talar.

En el liceo me esperaba la directora, quien rápidamente organizó a los docentes y alumnos para que se formaran delante de mí. Era la primera vez que entraba a aquella institución. Frente a la Dirección hicieron la columna y uno a uno fue pasando. Transcurridos unos minutos observo que un estudiante quiso adelantarse en la cola, para pasar más rápido, pero fue noqueado inmediatamente por un fuerte golpe en el estómago que lo dejó privado en el piso; aturdido dejé de imponer la ceniza y fui a recoger a aquel jovencito, quien casi no se podía levantar, una docente reprendió al agresor y yo por mi parte impuse la ceniza al lloroso estudiante, para dejarlo marchar y evitarle más vergüenza delante de los impíos compañeros que no tardaron en estallar en risas burlonas. El agresor fue ubicado de último en la cola y al final tuvo su enorme cruz de ceniza en la frente, casi como la marca de Caín por haber matado a su hermano Abel.

         Antes de retirarme del liceo, fui al comedor, pues las cocineras lo habían pedido, naturalmente no podían descuidar su trabajo y prefirieron esperarme en su sitio de labores para recibir la ceniza. Algunos bedeles que estaban ocupados también se acercaron. Pregunté si faltaba alguien y me dijeron que sí, era una mujer conocida por mí, pero casi al momento me dijeron que no, aquella persona se negaba a recibir la ceniza, siendo católica.

Me retiré del liceo sin darle importancia a esto último y no había terminado la tarde cuando nos enteramos lo que había pasado con aquella mujer: y fue que, al parecer cuando fue invitada a pasar para recibir la ceniza, como una perfecta energúmena expresó que no se dejaría poner la ceniza por el demonio. Ese demonio, para ella, era yo. Indagamos un poco más y descubrimos que, por razones políticas, aquella cristiana estaba enojada con la Iglesia y, claramente, en aquel momento yo representaba a la Iglesia, es por eso que el comentario no trascendió, pues no fue una ofensa personal, porque finalmente no me lo decía a mí, sino a los curas y a la Iglesia o a aquella persona con la cual no estaba conforme. Ojalá y la rebeldía ya se le haya pasado.

Apreciados lectores, no los molesto más contándoles mis tonterías. Hasta luego.

P.A

García

miércoles, 3 de febrero de 2021

María es el Consuelo para los Migrantes

 SOLACIUM MIGRANTIUM

En junio de 2020 el Papa Francisco agregó tres nuevos títulos a la lista de las Letanías Lauretanas a la Santísima Virgen María: Mater misericordiae –Madre de la misericordia-, Mater spei –Madre de la esperanza- y Solacium Migrantum –Consuelo para los migrantes-. Ésta última letanía será meditada a continuación. Por solacium se pueden tener como sinónimos: alivio, consuelo o ayuda. María Santísima es el alivio, el consuelo y la ayuda para los migrantes. Ya veremos por qué, pero antes, permítanme un breve comentario afín al tema.

Encontrándome yo en el ejercicio de mi año de pastoral en la Diócesis de El Vigía – San Carlos del Zulia, un feligrés de la Rectoría que estaba bajo mi pastoreo seminarístico se me acercó para comunicarme una inquietud, esto sucedió justo después de rezar el Santo Rosario en el templo, frente al hermoso altar dedicado al Sagrado Corazón de Jesús. La inquietud de aquella persona era de carácter devocional y teológico, pues me manifestó con sinceridad que no le agradaban las letanías, pues le parecían largas, aburridas y sin sentido. Con toda la paciencia del mundo y detenidamente le expliqué el sentido de las mismas y sin miramientos le dejé claro que nadie ama lo que no conoce, animándole a conocer mejor la piedad mariana. Al día siguiente, como confirmación de aquella conversación privada, el Papa Francisco, mediante la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, hacía pública la noticia de la adhesión de las tres nuevas letanías a María Santísima. Así de suave nos habla Dios, aunque aquello me pareció casi un grito divino.

Primero que todo agradezcamos al Santo Padre Francisco por este noble gesto de presentarnos a María como modelo a seguir y a acudir en la situación de migrantes. El mismo Papa es hijo de inmigrantes italianos residenciados en Argentina, y no le da pena decirlo, pues lo recordó en el discurso de su primera visita a la Casa Blanca en la capital de los Estados Unidos de América. Definitivamente, nuestro mundo es uno solo, y en este planeta cabemos todos. Las naciones históricamente están acostumbradas a recibir personas de otras procedencias, las mismas que a lo largo de los siglos han ayudado en el desarrollo de los países donde han llegado, basta solo con echar una mirada al pasado y nos convenceremos de que esto es así.

Consuelo para los migrantes -hermoso título mariano- encuentra su fundamento teológico en las Sagradas Escrituras, específicamente en el evangelio de Mateo, capítulo 2, versículos 13-21; donde se narra la huida de la Sagrada Familia a Egipto, para escapar de la persecución del rey Herodes, seguida de la matanza de los inocentes y culminando el relato con la vuelta de José, María y el niño Jesús a la tierra de Israel. Analicemos pausadamente este pasaje y veamos por qué María es el Consuelo para los migrantes.

El relato de la huida a Egipto está precedido por el relato de la visita de los magos (2, 1-12), en cuyo final los tres visitantes depositan sus regalos a los pies del recién nacido: oro, incienso y mirra. De este episodio podemos deducir que José y María experimentaron una gran alegría, pues su pequeño era reconocido como Dios y Señor por estos magos de Oriente, además, habían recibido unos regalos que, dadas las circunstancias del viaje y el repentino parto de María, les vendría muy bien. Podríamos pensar que la Sagrada Familia de Nazaret estaba experimentando una bonanza económica, pues ciertamente el oro recibido habría de invertirse en la crianza del Mesías. Pero es en estas circunstancias en las que parece llegar la supuesta desgracia.

Relata el evangelista que una vez retirados los magos, el Arcángel Gabriel “se apareció en sueños a José y le dijo: «Levántate, toma contigo al niño y a su madre y huye a Egipto; y estate allí hasta que yo te diga. Porque Herodes va a buscar al niño para matarle»”. Imaginemos la confusión de José y María, ya que, después de una escena tan gloriosa como la visita de los magos, ahora Dios les pedía huir de su tierra, dejar sus cosas, sus propiedades por muchas o pocas que tuvieran -la carpintería de José, por ejemplo- para partir hacia una tierra lejana y desconocida para los tres.

José, el humilde hombre elegido por Dios para ser Custodio del Mesías, no se acobardó ni titubeó ante semejante noticia, por el contrario, “él se levantó, tomó de noche al niño y a su madre, y se retiró a Egipto; y estuvo allí hasta la muerte de Herodes”. Notemos cómo la respuesta de José fue inmediata –salieron de noche-, pues un padre de familia hace lo que sea por cuidar de los suyos, sin importar el qué dirán. En Belén más de uno hubo de preguntarse cómo era posible que José hubiera levantado a su mujer y al recién nacido para partir; tal vez alguno le hubiese aconsejado quedarse y soportar la persecución de Herodes, aun cuando la vida del pequeño corría peligro, porque para algunos, resistir es un acto heroico, pero en este caso, como en muchos, significaba un auténtico suicidio. José no dudó, se armó de valor y emprendió el viaje hacia Egipto, enfrentándose a una cultura, una religión y hasta una lengua diferente. Y en todas estas ¿qué podemos decir de María?

María es la humilde esclava del Señor, en ella se cumplió la Palabra del Altísimo. Pensemos en la joven nazarena al lado de su valiente esposo y con su hijito en brazos. Imaginemos a María siempre optimista y entusiasta en la huida a Egipto, pendiente de la criatura y bondadosa también con el fatigado José, cariñosa en palabras y gestos. Ella, la Reina del cielo y de la tierra fue, de seguro, el mejor refugio de José y Jesús. Hermosa Madre y Esposa.

Tras largos días de caminata, expuestos al sol y al peligro de los ladrones y viandantes de aquellas regiones desérticas, una vez ubicados en tierras lejanas, es posible que José repitiera la escena de Belén, con María y el niño sobre el jumento, de posada en posada buscando un lugar para resguardarse. ¿Qué harían José y María en sus primeros días de migrantes? De seguro José no se quedó de brazos cruzados, ni mucho menos se abandonó a las limosnas de las gentes. ¡Qué hermoso es verlo caminar de un lado a otro, esperanzado en conseguir un encargo para dedicarse al arte de trabajar la madera, que era lo que mejor sabía hacer! ¡Qué hermosa es María, atentísima en los quehaceres del hogar, pendiente de Jesusito y siempre puntual con la comida de san José obrero! Esa es María, la más humilde e importante a la vez, la más necesaria. Es ahí donde podemos comprender que, efectivamente, es María el Consuelo para los migrantes.

El texto evangélico continúa explicando la matanza de los inocentes, esto se llevó a cabo por orden de Herodes, quién consideró oportuno asesinar a todos los niños varones menores de dos años, para asegurarse así de que el Mesías pereciera también. Mateo finalmente agrega: “Muerto Herodes, el Ángel del Señor se apareció en sueños a José en Egipto y le dijo: «Levántate, toma contigo al niño y a su madre, y ponte en camino de la tierra de Israel; pues ya han muerto los que buscaban la vida del niño»”. Él se levantó, tomó consigo al niño y a su madre, y entró en tierra de Israel. Amigos, qué final tan oportuno. La Sagrada Familia volvió a su tierra, una vez muerto Herodes.

En nuestra actualidad son muchas las familias que se ven obligadas por los nuevos Herodes a abandonar sus naciones, en busca de un futuro mejor. Todas esas familias deben verse reflejadas en la Sagrada Familia de Nazaret y saber que la situación de migrantes, en el mejor de los casos, no durará toda la vida. Así como Jesús, María y José sufrieron persecución y destierro, pero finalmente volvieron a su tierra natal, asimismo aquellos que sobrellevan actualmente la situación de migrantes, algún día retornarán a sus casas. María es el Consuelo para los migrantes porque ella misma fue migrante, y con la ayuda de Dios y el esfuerzo de José logró superar esa etapa de su vida, saliendo victoriosa y –como siempre- alegre y optimista.

Concluyo esta reflexión con unas palabras de Benedicto XVI en su famoso libro La infancia de Jesús: “Con la huida a Egipto y su regreso a la tierra prometida, Jesús concede el don del éxodo definitivo. Él es verdaderamente el Hijo. Él no se irá para alejarse del Padre. Vuelve a casa y lleva a casa. Él está siempre en camino hacia Dios y con eso conduce del destierro al hogar, a lo que es esencial y propio. Jesús, el verdadero Hijo, ha ido él mismo al «exilio» en un sentido muy profundo para traernos a todos desde la alienación hasta casa”.

No olvidemos que, Jesús es la única y verdadera razón de esta hermosa letanía a María Santísima, pues es Jesús el gran migrante. Primero lo fue en su infancia, con la huida a Egipto, y luego en el ejercicio de su ministerio, pues como lo relata (Lc 4, 24) Jesús fue rechazado por los mismos aldeanos y vecinos suyos, de ahí que pronunció con dolor las siguientes palabras: “ningún profeta es bien recibido en su patria”, o como lo decimos comúnmente, nadie es profeta en su tierra.

El Señor en su evangelio no es ajeno a la situación de los que abandonan su patria para ir a lejanos lugares, como le pasó a él mismo, por eso lo dejó claro en Mateo 25, 44-45: “Ellos replicarán: Señor, ¿cuándo te vimos hambriento o sediento, emigrante o desnudo, enfermo o encarcelado y no te socorrimos? Él responderá: Les aseguro que lo que no hicieron a uno de estos más pequeños no me lo hicieron a mí”.

Amigos lectores, amigos migrantes, inmigrantes, emigrantes, expatriados, exiliados, desterrados, expulsados, confiemos en que esta penosa situación algún día va a pasar. No dejemos de invocar a María Santísima, nuestra buena Madre, con las letanías lauretanas, pues ella es el Consuelo para los migrantes.

P.A

García