domingo, 15 de junio de 2025

Somos pobres ante Dios

Somos pobres ante Dios

Ser pobre significa, en esencia, carecer de aquello que resulta indispensable para vivir conforme a la propia condición y vocación. Así, el hambriento es pobre porque le falta el alimento necesario para mantenerse con vida; el cónyuge abandonado lo es porque ha perdido la presencia del otro que le fue dado y cuya compañía necesita para alcanzar la felicidad. Del mismo modo, ante el plan de Dios, el ser humano se reconoce pobre cuando carece de la comunión en la que se revela y se cumple su propio misterio[1].

El pobre de espíritu es aquel que reconoce su necesidad radical de Dios, lo busca con sinceridad y deposita en Él toda su confianza, esperando de Él cuanto necesita. Este sentido se comprende mejor si se atiende a la evolución del término “pobre” en la tradición hebrea. El griego ptojós traduce dos palabras hebreas: ’ebión y ’aní, que atraviesan un proceso de desarrollo en tres etapas. En un primer momento, significan simplemente “pobre”, en el sentido de carecer de bienes materiales (Dt 15,4.11). Más tarde, pasan a expresar la condición de quien es “vejado y oprimido” (Am 2,6; 8,4). Finalmente, alcanzan su pleno significado: el pobre, despojado de todo recurso humano, sin poder, prestigio ni influencias, al no poder esperar ayuda de nadie, sólo puede confiar en el auxilio de Dios. Así, estas palabras acaban designando a quienes, al no tener nada en la tierra, ponen toda su esperanza y confianza en el Señor (Am 5,12; Sal 10,2.12.17; 12,5; 14,6; 68,10)[2].

León XIV[3] nos recuerda que existen muchas formas de pobreza: aquella de los que no tienen medios de sustento material (los indigentes, los desempleados, los sin techo, los campesinos sin tierra, los migrantes que huyen del hambre o la violencia); la pobreza del que está marginado socialmente y no tiene instrumentos para dar voz a su dignidad y a sus capacidades (las mujeres discriminadas, las personas con discapacidad física o mental, los niños abandonados, los ancianos solos, los enfermos crónicos o terminales); la pobreza moral y espiritual (quienes viven sin esperanza ni fe, los que se cierran a Dios o se esclavizan al pecado: los ateos militantes, los corruptos, los narcotraficantes, los explotadores, los dictadores); la pobreza cultural (los que no tienen acceso a la educación, a la cultura o a la información veraz, los que viven en el analfabetismo o en contextos de manipulación ideológica); la del que se encuentra en una condición de debilidad o fragilidad personal o social (los migrantes, los refugiados, los enfermos mentales, los adictos, los sobrevivientes de violencia doméstica o de guerra); la pobreza del que no tiene derechos (quienes no pueden acceder a la justicia, los que no pueden pagar un abogado, los explotados laboralmente), ni espacio (los desplazados por conflictos, desastres naturales o persecuciones), ni libertad (los presos hacinados, los cautivos de regímenes totalitarios o de redes de trata de personas).

“Acomodarse con la pobreza es ser rico. Se es pobre, no por tener poco, sino por desear mucho”[4]. Pero, hay que tener claro que la pobreza no es una virtud ornamental, sino una virtud necesaria, “se trata de salvarnos como en los naufragios: arrojando el equipaje”[5], además, “no hay que buscar la pobreza, es ella la que viene a buscarnos a nosotros cuando nos decidimos de veras a amar”. Esta vocación a la pobreza constituye un llamado profundamente eclesial. Como hemos visto, fue san Juan XXIII quien, al inaugurar el Concilio Vaticano II, acuñó con fuerza esta inspiración, dando origen a la expresión “Iglesia de los pobres”, que desde entonces ha encontrado numerosos seguidores. Todos comprendemos el sentido de esa frase: encierra un programa admirable y evoca los esfuerzos ya emprendidos para hacerlo realidad. Sin embargo, tal expresión podría no ser del todo afortunada. Por un lado, parece insinuar que la Iglesia excluye de su seno a los ricos, anticipando ya en la historia la separación definitiva entre el trigo y la cizaña; por otro, podría interpretarse como una simple preferencia por los pobres, con el riesgo de caer en una actitud paternalista. Quizá, entonces, sería más justo y evangélico hablar no tanto de una Iglesia de los pobres, sino de una Iglesia pobre[6].



[1] TILLARD, J. M., (1968), La salvación misterio de pobreza, Sígueme, pp. 17-18.

[2] BARCLAY, W., (1977), Palabras griegas del Nuevo Testamento, su uso y significado, Casa Bautista de Publicaciones, p. 190.

[3] DILEXI TE, n° 9.

[4] VILA, S. (1976), Enciclopedia de citas morales y religiosas, Clie, p. 359.

[5] CABODEVILLA, J., (1986), Discurso del Padrenuestro, ruegos y preguntas, Biblioteca de Autores Cristianos.296.

[6] p. 301.

domingo, 8 de junio de 2025

Sobre la elección del Santo Padre León XIV

HABEMUS PAPAM

“Nadie sabe lo que tiene hasta que lo pierde”, reza el adagio popular, y no hay frase que mejor represente el sentir de la gran mayoría de católicos tras la muerte del papa Francisco.

La madrugada del lunes después de Pascua, revisé mi teléfono casi por instinto y encontré una notificación reciente de un joven teólogo español en YouTube: “El Papa ha muerto”. Aún medio dormido y deslumbrado por la luz del celular, confirmé la noticia en la página oficial del Vaticano. La tristeza me invadió de inmediato. Apoyando la cabeza en la almohada, esperé el amanecer, sumido en pensamientos sobre el pontificado de quien, por más de doce años, había guiado con sencillez y profundidad la barca de Pedro: argentino, jesuita, cercano, de buen humor y de gran corazón.

Los días siguientes transcurrieron con ese aire solemne propio de un duelo oficial y personal. Pasados los funerales e iniciado el cónclave, me dediqué a hacer predicciones con entusiasmo. Estaba convencido de que el nuevo papa sería el diplomático italiano Pietro Cardenal Parolín. Su cercanía con Francisco y su experiencia como nuncio en Venezuela lo convertían, a mi juicio, en el candidato ideal. Incluso un medio católico respetado lo señaló como favorito. Todo parecía confirmar mis suposiciones… pero la realidad se encargó de sorprendernos.

El jueves 8 de mayo, segundo día de votaciones en el cónclave, salíamos de clases de Eucaristía en el seminario cuando vimos en redes sociales el humo blanco elevarse desde la chimenea de la Capilla Sixtina. Nos dirigimos apresurados a la sala de televisión para presenciar en vivo el esperado anuncio: habemus papam. Mientras el cardenal protodiácono pronunciaba las palabras solemnes, yo, con el teléfono en mano para grabar nuestra reacción, repetía en voz baja: “¡Parolín! ¡Pietro! ¡Parolín!”. Pero no fue él. El nombre anunciado fue Robertum Franciscum Cardinalem Prevost.

De inmediato supe que se trataba de Robert Prevost, el obispo agustino que había sido cardenal y prefecto del Dicasterio para los Obispos. Aunque no lo conocí personalmente durante su servicio en el Perú, sabía que había sido obispo de Chiclayo y que había dejado huella como un verdadero padre y guía espiritual. Curiosamente, un par de hermanos seminaristas ya lo habían señalado como favorito.

Nuestra transmisión de EWTN estaba ligeramente retrasada, por lo que uno de mis compañeros, al ver la noticia antes que nosotros, se acercó y me susurró al oído: “León XIV”. Me pareció un momento profético. Cuando finalmente lo escuchamos del cardenal, la emoción estalló. Grité de alegría y dejé de grabar para verificar la información en internet. Recordé entonces que mi arzobispo había sido uno de los tres obispos consagrantes de Prevost en 2015, y que en una conversación reciente me había confiado que sentía que él podría ser el próximo Papa.

Esperamos con expectación su salida al balcón. Queríamos ver con qué estilo se presentaría: ¿la austeridad de Francisco o la solemnidad de Benedicto XVI? León XIV apareció radiante, revestido con la muceta roja y el estolón de los Apóstoles, y bendijo a la ciudad y al mundo con emoción visible.

Sus primeras palabras fueron una verdadera catequesis. La mención especial a “mi querida diócesis de Chiclayo en el Perú” nos hizo vibrar de emoción. Recé con él el Padrenuestro en italiano y me signé con devoción al recibir su primera bendición urbi et orbi, consciente de que una nueva etapa había comenzado.

Nueva etapa, sí, pero no olvido del pasado. No parece tratarse de una simple continuidad, pero tampoco de una ruptura. El espíritu renovador de Francisco queda como legado vivo. León XIV es, sin duda, el Papa que necesitamos en este tiempo: un pastor con experiencia, arraigado en el Evangelio, abierto a los desafíos del mundo contemporáneo. Su elección es fruto del discernimiento humano guiado por la acción del Espíritu Santo.

Hoy, al mirar con fe los comienzos de este nuevo pontificado, solo me queda dar gracias a Dios. Por el testimonio de Francisco, por la elección de León XIV, por el amor constante de la Iglesia hacia sus hijos. Como católico, seminarista y creyente, rezo con esperanza: que el Señor lo fortalezca, lo ilumine y lo acompañe siempre, para que confirme en la fe a sus hermanos y conduzca con sabiduría la Iglesia de Cristo. ¡Viva el Papa! ¡Viva León XIV!

  • La Iglesia Católica se alegra
  • por el nuevo representante de Jesús
  • que vive en el Vaticano
  • su nombre es León del Perú.

  • De la Orden Agustiniana
  • nacido en la ciudad de Chicago
  • fue misionero en Chulucanas
  • y santo obispo de Chiclayo.

  • Es el papa León catorce
  • el patriarca universal
  • que con la ayuda de María
  • nos guiará hasta el final.

martes, 20 de mayo de 2025

Milagrosa historia de la aparición de la Inmaculada Virgen Mama Percca

Inmaculada Virgen Mama Percca

El monasterio de Santa Clara,
en la Huamanga virreinal,
fue el glorioso pedestal
que la devoción prepara,
cuando la Virgen llegara,
mostrando su gran merced,
al plasmarse en la pared
con visión no comprendida,
bendiciendo con su vida
tantos ruegos, tanta sed.

Cierta monjita piadosa,
mezclando rezo y faena,
a María gratia plena
meditaba muy gozosa.
Juzgando, la religiosa,
que un cliso la observaba,
se sintió muy asustada
al notar, en su cocina,
cuando la mirada afina
un ojo allí se notaba.

Al principio no advirtió
la proverbial asistencia,
y en confusa ocurrencia
a la abadesa acudió.
En Satanás se pensó,
pues no habían distinguido
que aquel ojo aparecido
en medio de tanto hollín
sería la prueba, al fin,
de un milagro acontecido.

Insistiendo ambas mujeres
que aquel suceso en cuestión
era la cruel tentación
de infernales pareceres,
cumpliendo con sus deberes
a un albañil contrataron,
y el ojo con barro taparon,
mas no tuvo buen efecto,
pues el admirable espectro
en su plenitud miraron.

Entonces la pared descubrió
la dulcísima figura
de la Virgen Madre Pura,
que preciosa apareció.
Y la huamanguina sintió,
como bendición que aflora,
a Mama Percca, Protectora
del monasterio bendito,
donde ocurrió el fortuito
que esta historia rememora.

Fue en el mayo venturoso
de mil setecientos cincuenta y cinco,
cuando el amor puso ahínco
en aquel hecho glorioso.
De la imagen sin esbozo,
que en la pared fue hallada,
la Virgen hoy venerada
en el sitio que en otrora
fue sagrado como ahora
para María Inmaculada.

Mama Percca venerada,
hoy tus hijos imploramos
mantenernos como hermanos
bajo tu santa mirada.
Con el alma enamorada
por la vida de tu Hijo,
que de Dios también se dijo,
y te llenó con su gracia,
con plenitud y audacia,
del pesebre al crucifijo.



jueves, 15 de mayo de 2025

¿Qué revela la pobreza?

¿Qué revela la pobreza?

El pobre pone de manifiesto, de la manera más clara y concreta, la realidad del pecado humano, porque el pecado constituye la verdadera miseria del hombre. Es el pecado el que lo despoja del único bien que puede saciarlo plenamente: la amistad con Dios[1].

Ahora bien, debe quedar claro que el pobre no es pobre por ser pecador, sino que su pobreza constituye la consecuencia más visible del pecado. El pobre, al estar más expuesto a la muerte, refleja la condición última a la que conduce el pecado, pues —como recuerda san Pablo— «la paga del pecado es la muerte, mientras que el don de Dios es la vida eterna en Cristo Jesús, nuestro Señor» (Rom 6,23). Ya los teólogos han concertado que pobreza es sinónimo de muerte, o, mejor dicho, las Sagradas Escrituras relevan que “la vida cotidiana del pobre es muerte”[2].

La pobreza revela, además, la profunda injusticia que atraviesa la médula del mundo, porque la existencia misma de los pobres es signo de una falta de generosidad y de equidad en la convivencia humana. En efecto, como recuerda el papa León XIV, “no dar a los pobres es robarles”[3], una injusticia que priva al otro de aquello que, por derecho natural, le pertenece. Lo que poseemos —recibido de Dios como don— está destinado al bien común, y cuando se acumula egoístamente, se transforma en causa de muerte para quienes nada tienen.

De este modo, la pobreza nos interpela: nos recuerda que la justicia no consiste solo en no hacer el mal, sino en dar a cada uno lo que le corresponde, especialmente al que sufre necesidad. En el rostro del pobre se refleja, por tanto, la responsabilidad social y moral de toda la humanidad ante el uso de los bienes que Dios ha confiado al hombre para que sean compartidos y fecunden la vida de todos.

Escuchen, hermanos muy queridos: ¿Acaso Dios no ha elegido a los pobres de este mundo para enriquecerlos en la fe y hacerlos herederos del Reino que ha prometido a los que lo aman? Y, sin embargo, ¡ustedes desprecian al pobre! St 2,5-6.

Según el espíritu cristiano —como nos recuerda el apóstol Santiago— no es justo despreciar al pobre ni tampoco la pobreza misma, pues en ella se esconde un plan divino y una invitación del Señor, que dijo: “Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos” (Mt 5,3). Por eso, en el cristianismo, la pobreza no solo aparece como signo de contradicción, sino también como una auténtica virtud, ya que “el espíritu de pobreza significa esencialmente desprendimiento frente a lo que, por su misma naturaleza, no es definitivo”[4].

viernes, 2 de mayo de 2025

Misiva para interceder por una vocación

TODO POR LOS HERMANOS

2 de mayo de 2025

Estimado monseñor:

Me dirijo a usted con sincera confianza filial para expresarle, por medio de esta carta, en primer lugar, mi profundo agradecimiento por la generosa disponibilidad suya, de la jurisdicción eclesiástica y del seminario para recibirme y acompañarme en esta última etapa de mi formación. Desde mi llegada en agosto del año pasado, me he sentido muy acogido en el seminario, donde he encontrado un ambiente propicio para el crecimiento humano y espiritual, excelentes formadores y valiosos compañeros. Entre ellos, deseo destacar especialmente a un hermano con quien compartí cuatro meses de servicio pastoral en una parroquia solidaria.

Permítame, monseñor, referirme con especial aprecio a este hermano, en quien he descubierto un alma generosa y noble. Es un joven alegre, de corazón abierto y siempre dispuesto a servir. Durante los fines de semana que compartimos, solíamos acudir los sábados por la tarde a una comunidad cercana. Él tenía a su cargo la catequesis de Primera Comunión, con el grupo más numeroso, mientras yo me encargaba del pequeño grupo de confirmación. Fui testigo del entusiasmo, creatividad y dedicación con los que él conducía su catequesis; lograba captar con facilidad la atención de los niños y se mostraba siempre comprometido con su formación.

Luego de las catequesis, celebrábamos juntos la Liturgia de la Palabra. Nos turnábamos en la proclamación y reflexión del Evangelio para los niños y sus padres. Con frecuencia, él animaba los cantos con su guitarra, haciendo uso de ese don tan especial que tiene para alabar al Señor a través de la música. Agradezco profundamente que haya puesto ese talento al servicio de todos, sin reservas, con el deseo sincero de unir a la comunidad en la alabanza a Dios, tanto en el ámbito pastoral como en la vida cotidiana del seminario.

Al finalizar nuestra jornada, bajábamos caminando hacia otra comunidad para reunirnos con el grupo juvenil y celebrar nuevamente la Palabra con ellos y otros feligreses. En algunas ocasiones se nos pedía acudir a otras capillas de la parroquia. Nos organizábamos para atender donde se nos necesitara: uno permanecía en un lugar y el otro se dirigía a la comunidad asignada por el párroco. Siempre lo hacíamos con alegría y entrega, aunque con una pequeña tristeza al separarnos —lo que manifiesta su facilidad para la vida comunitaria—. Por la noche, regresábamos a la parroquia para rezar Vísperas y compartir la cena con los sacerdotes, con quienes manteníamos conversaciones enriquecedoras sobre diversos temas.

Los domingos, según el horario de las celebraciones, nos dividíamos las responsabilidades. A media mañana asistíamos a la santa misa en la sede parroquial y luego regresábamos al seminario para el almuerzo. En el ritmo de la vida pastoral, este hermano fue siempre cercano, alegre, comunicativo y, sobre todo, me enseñó los modos de proceder en el servicio, mostrándome cómo llegar a las comunidades. Como foráneo, esta orientación fue muy necesaria para mí, y él la ofreció con generosidad, por lo cual le estoy sinceramente agradecido. Noté cómo era cercano con los feligreses, atento, amable, y, sobre todo, cariñoso con todos, dedicándoles el tiempo necesario.

Este año 2025, nos llenamos de alegría al celebrar la admisión a las Sagradas Órdenes del diaconado y presbiterado de él y de sus compañeros. Fue una verdadera fiesta de fe, en la que dimos gracias a Dios por el don de la vocación de estos hermanos, algunos de ellos aún muy jóvenes, como es su caso, pero con una entrega generosa y valiente, sabiendo que el camino formativo no está exento de pruebas y dificultades.

Al formar parte del grupo de teología, tuve también la oportunidad de compartir el aula con él y observar de cerca su capacidad intelectual. Es un joven muy inteligente, con un notable desempeño académico. Sus intervenciones en clase eran siempre oportunas y bien fundamentadas, y posee una gran facilidad para hablar y expresarse con claridad y soltura, cualidades esenciales para quienes se preparan para anunciar el Evangelio en el mundo de hoy.

Sin embargo, el pasado 29 de abril, durante la oración de Vísperas, el rector nos informó que este hermano había abandonado la casa de formación por motivos personales. Inmediatamente me comuniqué con él para brindarle ánimo. En nuestra conversación, me compartió su dificultad, reconociendo su error y manifestando su arrepentimiento. Me expresó su deseo de encontrar una solución, consciente de que la vocación es un tesoro que llevamos en vasijas de barro, y que nuestras debilidades humanas no anulan el llamado que Dios nos ha hecho.

Monseñor, con estas líneas no pretendo indicarle qué decisiones tomar —estoy convencido de que el Espíritu Santo guía su discernimiento pastoral—, sino únicamente compartirle mi profundo deseo para que este hermano sea acompañado con paciencia y misericordia. Que no sea tratado como un excluido, como un leproso del que se huye, sino como un hijo herido que necesita ser escuchado, acogido y sanado. Sé que ha estado reflexionando seriamente en estos días tras su salida del seminario. No niega su falta; al contrario, la reconoce y le duele en lo más profundo del alma, consciente de la exigencia que implica la preparación para el sacerdocio ministerial.

Finalmente, le ruego, monseñor, que escuche con corazón de padre a este hermano nuestro, a quien tanto apreciamos en la comunidad del seminario. Su salida repentina ha sido para nosotros como un duelo: el dolor de ver partir a un hermano querido, pero también mantenemos la esperanza de su regreso, como el hijo pródigo que vuelve a la casa del Padre Misericordioso.

Pongo en oración la vida y la vocación de este hermano, y pido a Dios que lo ilumine a usted y a los formadores para que, con sabiduría y compasión, puedan perdonarlo, acogerlo, escucharlo y ayudarlo a rectificar. Porque creo firmemente que no todo está perdido. Creo en el Dios de las segundas oportunidades, que prueba como oro en el crisol a aquellos que ha llamado.

Le agradezco sinceramente el tiempo que ha dedicado a leer estas líneas. Confío plenamente en su discernimiento y en la acción del Espíritu Santo que lo guía en su servicio pastoral. Me uno a usted en la oración por todos los seminaristas y, en especial, por aquellos que, como este hermano, atraviesan momentos difíciles en su camino vocacional. Personalmente, me identifico con su situación, pues también he enfrentado pruebas muy duras en mi proceso formativo, y he experimentado cómo el Señor, que a veces permite la herida, es también quien la cura con ternura. Que Él nos conceda a todos un corazón dócil, humilde y firme para seguirle con fidelidad.

“Señor, ¿a quién iremos? Solo tú tienes palabras de vida eterna.” (Jn 6, 68)

Suyo en Cristo,
Pedro Andrés García Barillas

viernes, 18 de abril de 2025

Desde San Pedro de Huacaña, Sucre, Ayacucho

Reflexión del Viernes Santo 2025

Me llama profundamente la atención la primera lectura del Oficio de Lectura de este Viernes Santo, tomada del capítulo 3 del libro de las Lamentaciones, versículos del 1 al 33. En este pasaje se describe, de manera cruda y dolorosa, un sufrimiento que prefigura claramente la pasión del Señor. Se relata un proceso de humillación y aflicción tan intenso que parece llevar a la muerte y al abandono absoluto por parte de Dios. Sin embargo, el texto concluye con una poderosa afirmación: la fidelidad del Señor es grande y no abandona a nadie.

Esta lectura, por tanto, se puede aplicar en primer lugar a la vida del mismo Cristo, especialmente en su camino al Calvario. Él, siendo Dios, conocía las Escrituras, las profecías y la voluntad del Padre, y sabía que no sería abandonado. Su sufrimiento y humillación fueron reales, pero también lo fue su certeza de que Dios Padre lo acompañaba hasta el momento mismo de la cruz.

La fidelidad de Dios es inquebrantable. Al final del pasaje, las Lamentaciones proclaman que el amor del Señor es inmenso, y es ese mismo amor el que rescata a su siervo. Jesucristo murió en la cruz —y eso es lo que recordamos hoy, Viernes Santo— pero también resucitó, venciendo la muerte gracias al amor del Padre. Ese amor que Jesús predicó, que enseñó con sus palabras y obras, no defrauda. Fue ese amor el que lo rescató de la muerte y por eso, con alegría, celebramos su gloriosa resurrección el Domingo.

Pero esta lectura no solo nos habla de Cristo, sino también de cada uno de nosotros. En nuestras propias vidas, cuando sufrimos, cuando el camino se hace oscuro o incomprensible, cuando sentimos que no podemos más, debemos recordar que Dios no nos abandona. Es precisamente cuando más dolor sentimos que más fuertemente Dios nos toma de la mano. Me gusta repetir siempre que aún no ha nacido el primer desamparado de Dios. El Señor no se complace en castigar ni en afligir al ser humano; todo lo contrario: se goza en su vida, en su redención, en su salvación.

Hoy, al meditar la pasión de Jesucristo, pongamos también nuestras vidas ante la cruz. Muchas veces, nuestro día a día se asemeja a un calvario: lleno de caídas, humillaciones y tropiezos. Pero, así como Cristo cayó y se levantó, también nosotros estamos llamados a levantarnos una y otra vez —ya sea por el pecado o por las circunstancias de un mundo que se aleja de Dios y rechaza a quienes quieren seguirle fielmente.

La segunda lectura del Oficio también es profundamente rica. Se trata de un fragmento de las catequesis de san Juan Crisóstomo, en el que reflexiona sobre el poder de la sangre de Cristo. Alude a Moisés y al pasaje del Éxodo que leímos el Jueves Santo, donde se indicaba rociar con la sangre del cordero las jambas y el dintel de las puertas para que el ángel exterminador pasara de largo. Esa sangre era figura del verdadero Cordero: Jesucristo.

En la Eucaristía, al elevar el pan consagrado decimos: “Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo”, tal como lo proclamó san Juan Bautista al ver a Jesús en el Jordán. Esa sangre tiene poder. San Juan Crisóstomo afirma que, si el ángel del mal pasaba de largo al ver la sangre del cordero en las casas, cuánto más se apartará si ve en nosotros la sangre del verdadero Cordero.

Hoy no rociamos puertas con sangre, pero nuestros labios son las nuevas puertas. Al recibir la Eucaristía —muchas veces bajo las dos especies: el Cuerpo y la Sangre de Cristo— nos unimos al misterio de la salvación. El mismo evangelista san Juan recuerda que Jesús dijo: “El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna; permanece en mí y yo en él”.

Muchos fieles, especialmente en este tiempo de misiones, expresan el deseo profundo de recibir a Jesús en la Eucaristía. Hay quienes no pueden comulgar por distintas razones, y eso les causa un verdadero sufrimiento. Aunque sabemos que el Señor perdona y acoge a todos, la Iglesia —en su sabiduría— nos enseña que es necesaria una mínima disposición para recibir el Cuerpo del Señor dignamente, como lo recuerda san Pablo: para no comer nuestra propia condenación.

También me conmueve otra enseñanza de san Juan Crisóstomo: que la Iglesia nace del costado abierto de Cristo. Cuando el soldado traspasa su costado, brotan sangre y agua: signos de la Eucaristía y del Bautismo. Estos dos sacramentos, junto con los demás, son la base de nuestra fe. Del costado de Cristo no solo brota vida, sino que se edifica la Iglesia. Así lo afirma también el Catecismo de la Iglesia Católica.

Reflexionaba sobre esto hace poco en clase de Eclesiología: decir que la Iglesia “nace” del costado abierto de Cristo no es negar su formación anterior. Al contrario, el nacimiento presupone una gestación. Jesús formó una comunidad, eligió a los Doce, instituyó la Eucaristía y el sacerdocio en la Última Cena. Todo eso fue preparando el nacimiento visible de la Iglesia, que se manifiesta plenamente desde el costado de Cristo en la cruz.

Por eso, este Viernes Santo es un día para agradecer profundamente a Dios por la Eucaristía, por los sacramentos y por su Iglesia, que es madre y maestra, que nos acoge y nos guía en la fe.

Meditemos, pues, en estas dos lecturas del Oficio del Viernes Santo: la de las Lamentaciones, que nos muestra el dolor humano y la fidelidad de Dios; y la de san Juan Crisóstomo, que nos habla del poder de la sangre del Cordero y del nacimiento de la Iglesia.

Vivamos este día santo con humildad, paciencia y auténtico espíritu cristiano, dispuestos a recibir todo lo que Dios quiera regalarnos.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.



martes, 15 de abril de 2025

Los pobres son sacramento de Cristo

Los pobres son sacramento de Cristo

         La tradición de la Iglesia ha reconocido constantemente en los pobres un signo privilegiado de la presencia del Señor. San Pablo VI, en su homilía durante la misa para los campesinos en Colombia (23 de agosto de 1968), afirmaba con fuerza: “El sacramento de la Eucaristía nos ofrece su escondida presencia, viva y real; vosotros sois también un sacramento, es decir, una imagen sagrada del Señor en el mundo, un reflejo que representa y no esconde su rostro humano y divino. […] Toda la tradición de la Iglesia reconoce en los pobres el sacramento de Cristo, no ciertamente idéntico a la realidad de la Eucaristía, pero sí en perfecta correspondencia analógica y mística con ella”.

En la misma línea, Benedicto XVI recuerda que Jesús se identifica con los pobres y necesitados —hambrientos, sedientos, forasteros, desnudos, enfermos y encarcelados—, de modo que “cada vez que lo hicisteis con uno de estos mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis” (Mt 25,40). Así, como enseña Deus caritas est (n. 15), el amor a Dios y el amor al prójimo se funden inseparablemente: en el más humilde encontramos a Cristo mismo, y en Cristo descubrimos el rostro de Dios.

No hay duda, servir a los pobres es servir a Dios mismo, ellos son la imagen viva del Dios vivo que se encarnó pobre en Belén. Los pobres son, como afirma san Pablo VI, el sacramento de Cristo, dicho de otra manera, la pobreza es el mejor signo de Dios, como lo recuerda Benedicto XVI, cuando afirma que el ángel dio a los pastores una señal: hallarían a un niño envuelto en pañales y recostado en un pesebre. Se trataba de un signo de identificación, algo que podían constatar externamente con sus propios ojos. Sin embargo, no era una ‘señal’ en el sentido de una manifestación evidente de la gloria divina que revelara, sin lugar a dudas, que aquel niño era el Señor del mundo. Más bien, se trataba de un signo paradójico: la verdadera señal es la pobreza de Dios, que se oculta en la humildad del pesebre. Para los pastores, que ya habían contemplado el resplandor divino en los campos, este signo era suficiente, pues les permitía mirar desde la fe interior. Así reconocen que lo anunciado por el ángel es verdadero y, llenos de gozo, regresan dando gloria y alabanza a Dios por lo que han visto y oído (cf. Lc 2,20)[1].

De este modo, la pobreza, lejos de ser únicamente una condición social, se revela en la fe como un signo teológico: en ella resplandece el misterio de un Dios que se hace cercano en la humildad de Belén y que sigue manifestándose en el rostro de los pobres. Reconocer en ellos el sacramento de Cristo no significa idealizar la miseria, sino acoger el llamado evangélico a descubrir en los más pequeños la presencia misma del Señor y, en consecuencia, a servirlos con amor efectivo. Así, la comunión entre Eucaristía y caridad se hace inseparable: en el altar contemplamos el Cuerpo entregado de Cristo, y en los pobres encontramos ese mismo Cuerpo que interpela nuestra fe y orienta nuestra vida hacia la verdadera gloria de Dios, la que se oculta en la pobreza y se revela en el amor.

En definitiva, la señal-sacramento más auténtica del Mesías es, en efecto, la pobreza concreta y real. El Cristo del Evangelio se presenta como un Mesías pobre y solidario con los pobres, en clara contraposición a las expectativas alienadas de un mesianismo de poder y gloria que los hombres tantas veces han proyectado[2].

La mujer anónima de Betania reconoce en Jesús al auténtico pobre. En ese momento (de la Pasión que se avecina), Cristo aparece como el pobre por excelencia, el sacramento del Dios-pobre: rechazado por los poderosos, abandonado por la multitud, traicionado por uno de sus amigos, incomprendido por sus discípulos, sumido en la soledad, desprovisto de seguidores, de poder, de éxito y de apoyo alguno[3].

Los pobres son sacramento de Cristo porque, a diferencia de quienes se aferran a sus seguridades, ellos están dispuestos a entrar sin demora en el Reino, abandonando lo poco que poseen para seguir con generosidad a Jesús. Su corazón, generalmente libre y disponible, los convierte en verdaderos privilegiados, pues en medio de sus carencias y abandonos resplandece ya el germen de la resurrección. En esta misma línea, san Juan Crisóstomo exhorta: ‘Por esto, cuando veáis un pobre creyente, recordad que ante vuestros ojos tenéis un altar digno de respeto, no de desprecio’[4], los pobres son sacramento y altar de Cristo.

El justo Job hace de sí mismo una apología que refleja maravillosamente este respeto sobrenatural del pobre (29, 12-17): “Porque yo salvaba al pobre que pedía auxilio y al huérfano privado de ayuda. El desesperado me hacía llegar su bendición, y yo alegraba el corazón de la viuda. Me había revestido de justicia, y ella me cubría, mi rectitud era como un manto y un turbante. Yo era ojos para el ciego y pies para el lisiado, era un padre para los indigentes y examinaba a fondo el caso del desconocido. Rompía las mandíbulas del injusto y le hacía soltar la presa de sus dientes.”

El papa León XIV nos recuerda que, para san Agustín de Hipona, los pobres son un verdadero sacramento de Cristo[5], es decir, una presencia visible y concreta del Señor en medio de nosotros. No se trata solo de personas a las que debemos ayudar por compasión o justicia social, sino de hermanos en los que Cristo mismo se hace presente y nos interpela.

Por eso, todos los que han decidido seguir al Señor y servirle deben comprender que la forma más auténtica de hacerlo es sirviendo al pobre y al necesitado. Así lo entendieron y vivieron tantos santos y santas de nuestra Iglesia, que descubrieron en cada rostro doliente, en cada herida y en cada mirada sufriente, el rostro mismo de Jesús.

Servir al pobre, entonces, no es una obra secundaria o periférica, sino el lugar privilegiado del encuentro con Dios. En el amor concreto al necesitado, el discípulo toca la carne de Cristo y deja que su corazón sea transformado por la misericordia. Porque quien se inclina ante el pobre, se inclina ante Cristo; y quien lo ignora, corre el riesgo de pasar de largo frente al mismo Señor



[1] BENEDICTO XVI, (2012), La infancia de Jesús, Planeta, p.50.

[2] BOFF, C., y PIXLEY, J., (1986), Opción por los pobres, Paulinas, p. 128.

[3] PRONZATO, A., (1984), Un cristiano comienza a leer el evangelio de Marcos III, Sígueme, p. 19.

[4] TILLARD, J. M., (1968), La salvación misterio de pobreza, Sígueme, pp.41-44.

[5] DILEXI TE, n° 44.