martes, 15 de julio de 2025

Cristianismo sí, marxismo no

Cristianismo sí, marxismo no

Paul Gauthier, en su libro precursor Los pobres, Jesús y la Iglesia, ofrece una lúcida clasificación de quienes considera los verdaderos pobres del mundo, comenzando —de manera irónica— con los ricos: “no deja de ser cierto que los ricos son ya en este mundo y más aún en el otro, los verdaderos pobres. La riqueza, hoy, sobre todo, no es en primer lugar oro, plata o cuenta corriente en el banco. Es más bien ciencia, técnica o poder político, situación administrativa, y también éxito en el cine.”[1]

La lista continúa con los analfabetos, cuya pobreza —dice— “es difícil que se la imagine aquel que sabe leer y escribir. Es una pobreza que alcanza el espíritu”[2]; los hambrientos, de quienes se pregunta: “¿cuál es la causa de esta hambre mundial? No es ciertamente la falta global de alimento terrestre para la humanidad, sino la distribución desigual, la explotación excesiva de la naturaleza por el hombre en ciertos puntos, y sobre todo la explotación del hombre por el hombre.”[3]

A estos añade los sin vestido y sin vivienda, los enfermos, los menospreciados, las mujeres y los niños, los trabajadores, y finalmente los “sin Dios y sin esperanza”, así como los moribundos y los difuntos. Al comentar estos últimos, Gauthier advierte: “la respuesta marxista no hace sino agravar el mal. Niega al hombre su valor de eternidad, lo encierra dentro de la colectividad considerada absoluta. Es preciso haber vivido mucho tiempo en el ambiente marxista para conocer la miseria del hombre sin Dios y sin esperanza.”[4]

De ahí que sostenga que es la Iglesia quien puede revelar al ser humano “su verdadero origen y su fin, su dignidad y su fortaleza, su salvación terrena y eterna”, mucho mejor que cualquier intento de solución propuesto por Marx.[5].

En este contexto de reflexión teológica y compromiso social, surgió la opción preferencial por los pobres, formulada en la Asamblea de Puebla y luego asumida por toda la Iglesia universal. La Santa Sede realizó entonces un discernimiento profundo sobre la Teología de la Liberación mediante dos documentos fundamentales. El primero, Libertatis nuntius (1984), cuestionó el uso del análisis marxista, la lucha de clases y el recurso a la violencia; el segundo, Libertatis conscientia (1986), reconoció la gravedad de la situación social y la nobleza de muchos de los impulsos que inspiraban el compromiso de los teólogos de la liberación.[6].

Cabe destacar que ninguno de estos teólogos considera que la asimilación de elementos del método marxista haya sido el factor determinante o el origen del compromiso liberador de los cristianos latinoamericanos, ni tampoco un componente innovador dentro de la metodología propia de la Teología de la Liberación.[7]

De modo que, para amar verdaderamente a los pobres y servirles mejor, no necesitamos a Marx, sino a Cristo mismo. La clave está en vivir más el Evangelio, en profundizar más en la oración, pero siempre con los pies en la tierra, los ojos bien abiertos a la realidad y el corazón dócil a la Iglesia, que nos muestra, en fidelidad al Señor, el camino seguro a seguir.

La Teología de la Liberación ha sido pionera en recordarle a la Iglesia su misión esencial: evangelizar al estilo de Cristo, con una clara y decidida preferencia por los pobres. Esta es una verdad fundamental: Cristo optó por los pobres al inaugurar el Reino de Dios en medio del mundo. Al leer en la sinagoga de su pueblo las palabras del profeta Isaías, reconoció en ellas el cumplimiento de la Escritura: "El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha consagrado por la unción. El, me envió a llevar la Buena Noticia a los pobres, a anunciar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, a dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor" (Lc 4, 18-19).

Una visión equilibrada y conciliadora de la Teología de la Liberación la ofrece el arzobispo de Ayacucho, quien, al ser consultado acerca de su percepción sobre esta corriente y su lectura de la realidad eclesial, respondió: “Veníamos del Concilio Vaticano II a esa experiencia de Medellín, que fue poner en práctica la lección del Concilio para esta América que pasaba momentos difíciles, gobiernos frágiles, reclamos, una sensibilidad social muy fuerte, la marginación, la pobreza, y cuánto nos ayudó en esa reflexión, la teología de la liberación, a pensar que los temas de Dios no son para los académicos, sino que esa reflexión religiosa tiene que llevarnos al actuar, a construir una sociedad de hermanos, donde reine la justicia para que haya paz. Conozco de cerca al padre Gustavo Gutiérrez, qué buen comunicador, un hombre de profunda vida cristiana, un sacerdote intachable. Cuando yo era vicario general de Lima él me avisaba: ´dile al señor cardenal que tengo este asunto, este viaje…´. Un hombre de obediencia y de amor a la Iglesia que mucho nos ayudó…”[8].

El marxismo constituye una forma de ateísmo radical, por lo que resulta incompatible con la visión cristiana. Para el pensamiento marxista, el mundo religioso no es una realidad genuina, sino una construcción ilusoria que sustituye a la verdadera realidad material. En esta perspectiva, no es Dios quien crea al hombre, sino el hombre quien crea a Dios.

Según el marxismo, la libertad y la felicidad hacia las cuales se orienta el ser humano no solo son posibles, sino alcanzables en esta vida terrenal. El hombre no busca una salvación eterna, sino una salvación temporal. Así, el comunismo, al igual que el antiguo Israel, concibe la plenitud de los tiempos y la era mesiánica como realidades que deben realizarse en la tierra mediante una profunda transformación de las condiciones presentes. No obstante, a diferencia del pensamiento religioso, el hombre marxista no espera su liberación de Dios ni de un enviado divino: él mismo se considera su propio mesías[9].

De este modo, marxismo, comunismo y ateísmo pueden entenderse como expresiones de una misma corriente filosófica que niega la existencia de una vida futura y la plenitud obrada por Dios en su creación. Sus ideales se centran en lo terrenal, y por ello la lucha de clases —pobres contra ricos— se presenta como el medio para alcanzar una “salvación” y una “liberación” humanas dentro de este mundo, a través de la eliminación de las desigualdades sociales.

El cristianismo, por su parte, reconoce su compromiso con la instauración del Reino de Dios en la tierra, entendido como un Reino de justicia y de paz, más que de bienes materiales, que también de ellos. Sin embargo, confía plenamente en que la salvación plena del hombre proviene de Dios y no de sus propias fuerzas. El ser humano, según la fe cristiana, está llamado a colaborar en la construcción de un mundo más justo, pero sabe que la redención definitiva solo puede provenir de la acción salvífica divina.

En este sentido, el verdadero pobre lo espera todo de Dios, y el auténtico cristiano reconoce que no es posible acabar con toda la pobreza del mundo. El Evangelio —la Buena Noticia— nos impulsa a la caridad, a la práctica concreta del amor a través de la limosna y la ayuda al necesitado.

El cristiano no puede vivir centrado en sí mismo ni reducir su fe a una relación individual con Dios, preocupándose únicamente por su vida espiritual, su alma o el premio del más allá. La fe auténtica debe traducirse en obras de amor, en gestos concretos hacia los demás.

El Evangelio que se proclama ha de conducirnos a la solidaridad con el pobre. Es cierto que no podemos erradicar por completo la pobreza del mundo, pero cada uno está llamado a hacer algo: a ofrecer su tiempo, sus bienes o su apoyo para aliviar el sufrimiento del hermano[10].



[2] p. 22.

[3] p. 25.

[4] p. 43.

[5] p. 45.

[7] TAMAYO-ACOSTA, J., (1989), Para comprender la Teología de la Liberación, Verbo Divino, p. 80.

[9] GIRARDI, J., (1970), Marxismo y cristianismo, Taurus, p. 69.

[10] FORTEA, J., (2020), Lázaro y los pobres, predicación consultada en https://www.youtube.com/watch?v=mQOIBxvc2-I

martes, 1 de julio de 2025

Los seis Herodes del Nuevo Testamento (a propósito de una corrección fraterna)

Ἡρώδης

En la solemnidad de los santos Pedro y Pablo, me correspondió presidir la Celebración de la Palabra en la capilla de Miraflores, perteneciente a la parroquia de Pilcomayo. Durante la reflexión sobre las lecturas del día, cometí una imprecisión cronológica al referirme al Herodes mencionado en la primera lectura, la cual narraba la prisión de Pedro y su milagrosa liberación. Identifiqué erróneamente a este Herodes —Herodes Agripa I, también llamado el Mayor— con Herodes Antipas, su antecesor.

La confusión no pasó desapercibida. Para mi fortuna, al finalizar la celebración, uno de los asistentes se me acercó para aclarar el asunto, gesto que recibí con profunda gratitud como una auténtica corrección fraterna. Se trataba de un hermano exseminarista y docente licenciado en Teología, quien, con gran caridad, quiso invitarme —con su actitud y palabras— a preparar mejor las reflexiones o, al menos, a evitar afirmar con seguridad aquello de lo que no se tiene certeza. Al menos, ese fue el mensaje que yo recogí.

Como remedio a mi lapsus, me propongo ahora ofrecer una breve explicación sobre los Herodes que aparecen en el Nuevo Testamento, limitándome únicamente a aquellos que tienen referencia directa en los textos bíblicos[1].

Estos seis monarcas hebreos homónimos eran originarios de Idumea —aunque no todos habían nacido allí— y practicaban el judaísmo, aunque su fidelidad política se inclinaba claramente hacia el Imperio romano. Dependientes del poder imperial, enviaban a sus hijos a formarse en Roma y erigieron ciudades en honor de sus protectores, como Cesarea, Sebaste y Tiberíades, entre otras.

1.  Herodes el Grande:

Fundador de la última dinastía judía, fue rey de Judea desde el año 37 hasta el 4 a.C. Hijo de Antípatro, procurador de Judea designado por Julio César, Herodes fue reconocido por Roma como “monarca aliado”, lo que le otorgaba autonomía administrativa en su reino. Gobernó un amplio territorio que incluía Idumea, Judea, Samaria, Galilea, Perea y regiones al noreste del Jordán. A él se le atribuye la tristemente célebre matanza de los inocentes (Mt 2,13-18), así como el ambicioso proyecto de reconstrucción del Templo de Jerusalén, iniciado en el año 20 a.C.

 

2.  Herodes Felipe I o simplemente Filipo:

Hijo de Herodes el Grande, es mencionado en los evangelios de Marcos (6,17) y Mateo (14,3) como el primer esposo de Herodías, quien era hija de su medio hermano Aristóbulo. Herodías lo abandonó para unirse a Herodes Antipas. A diferencia de otros hijos de Herodes el Grande, Felipe I no ejerció ningún cargo de gobierno, pues fue desheredado.

 

3.  Herodes Antipas:

Hijo de Herodes el Grande y de Maltace, fue hermano menor de Arquelao (cf. Mt 2,22) y gobernó como tetrarca sobre Galilea y Perea, según señala Lucas (3,1.19). Convivió escandalosamente con su sobrina Herodías, quien era esposa de su hermanastro Herodes Felipe I. Fundó la ciudad de Tiberíades. Casi todo su gobierno coincidió con la vida pública de Jesús. Es recordado por diversos episodios evangélicos: fue llamado “zorro” por Jesús (Lc 13,32), se encontraba en Jerusalén como peregrino durante la Pascua (Lc 23,7), mandó decapitar a Juan el Bautista (Mc 6,27), creyó que Jesús era Juan resucitado (Lc 9,7-9), y finalmente, tuvo un breve encuentro con el Señor durante su pasión (Lc 23,8).

 

4.  Herodes Felipe II:

También hijo de Herodes el Grande, fue nombrado tetrarca de los territorios situados al este del Jordán, función en la que es mencionado por Lucas (3,1). Se le reconoce como el reconstructor de Cesarea de Filipo, ciudad edificada en honor del emperador romano y destinada a servir como centro administrativo de su región.

 

5.  Herodes Agripa I o el Mayor:

Hijo de Aristóbulo y nieto de Herodes el Grande, fue nombrado tetrarca de Galilea y Perea, y más tarde obtuvo el título de rey sobre un territorio casi tan extenso como el de su abuelo. Es recordado en los Hechos de los Apóstoles por haber hecho decapitar a Santiago, el hermano de Juan (Hch 12,2), y por haber mandado encarcelar a Pedro (Hch 12,3). Murió repentinamente en el año 44 d.C., según el relato lucano, “comido por gusanos” tras aceptar honores divinos (Hch 12,23). Tres de sus hijos son mencionados en el Nuevo Testamento: Agripa II, Berenice y Drusila.

 

6.  Herodes Agripa II o el Menor:

Hijo de Herodes Agripa I, nació en Roma en el año 27 d.C. Fue el último representante de la dinastía herodiana en ejercer alguna autoridad. Aparece en los Hechos de los Apóstoles como oyente de la defensa de san Pablo ante el procurador Festo, en Cesarea (Hch 25,13; 26,32). Se le atribuye la conclusión de las obras del Templo iniciado por su abuelo, Herodes el Grande. Con él se extinguió la línea judía de la casa de Herodes.

Esta breve exposición ha querido ser una modesta reparación del desliz cometido durante la reflexión litúrgica del 29 de junio. La confusión entre Herodes Agripa I —el rey responsable de la prisión del apóstol Pedro, según Hechos 12— y Herodes Antipas —tetrarca de Galilea en tiempos de Jesús— fue fruto de una simplificación apresurada y no de una contradicción doctrinal. Aunque ambos personajes pertenecen a la misma familia herodiana, vivieron en momentos distintos y ejercieron funciones diversas. Reconocer este error no solo me permite crecer en humildad, sino también reafirmar la importancia de una interpretación bíblica seria, contextualizada y bien informada.

Este episodio me ha recordado que el estudio de la Sagrada Escritura no se agota nunca y que nuestra tarea como predicadores y agentes de pastoral exige una constante actitud de aprendizaje. La Biblia no es un libro cualquiera: es Palabra viva de Dios, cuyo mensaje se nos desvela progresivamente, en la medida en que nos acercamos a ella con fe, responsabilidad y amor. Que este sencillo repaso a los Herodes del Nuevo Testamento sirva de aliento para todos los que desean conocer mejor la historia de la salvación y comunicarla con verdad, claridad y fidelidad evangélica.


[1] Nelson, W. (1974), Diccionario Ilustrado de la Biblia, Editorial Caribe, pp. 277-280.

domingo, 15 de junio de 2025

Somos pobres ante Dios

Somos pobres ante Dios

Ser pobre significa, en esencia, carecer de aquello que resulta indispensable para vivir conforme a la propia condición y vocación. Así, el hambriento es pobre porque le falta el alimento necesario para mantenerse con vida; el cónyuge abandonado lo es porque ha perdido la presencia del otro que le fue dado y cuya compañía necesita para alcanzar la felicidad. Del mismo modo, ante el plan de Dios, el ser humano se reconoce pobre cuando carece de la comunión en la que se revela y se cumple su propio misterio[1].

El pobre de espíritu es aquel que reconoce su necesidad radical de Dios, lo busca con sinceridad y deposita en Él toda su confianza, esperando de Él cuanto necesita. Este sentido se comprende mejor si se atiende a la evolución del término “pobre” en la tradición hebrea. El griego ptojós traduce dos palabras hebreas: ’ebión y ’aní, que atraviesan un proceso de desarrollo en tres etapas. En un primer momento, significan simplemente “pobre”, en el sentido de carecer de bienes materiales (Dt 15,4.11). Más tarde, pasan a expresar la condición de quien es “vejado y oprimido” (Am 2,6; 8,4). Finalmente, alcanzan su pleno significado: el pobre, despojado de todo recurso humano, sin poder, prestigio ni influencias, al no poder esperar ayuda de nadie, sólo puede confiar en el auxilio de Dios. Así, estas palabras acaban designando a quienes, al no tener nada en la tierra, ponen toda su esperanza y confianza en el Señor (Am 5,12; Sal 10,2.12.17; 12,5; 14,6; 68,10)[2].

León XIV[3] nos recuerda que existen muchas formas de pobreza: aquella de los que no tienen medios de sustento material (los indigentes, los desempleados, los sin techo, los campesinos sin tierra, los migrantes que huyen del hambre o la violencia); la pobreza del que está marginado socialmente y no tiene instrumentos para dar voz a su dignidad y a sus capacidades (las mujeres discriminadas, las personas con discapacidad física o mental, los niños abandonados, los ancianos solos, los enfermos crónicos o terminales); la pobreza moral y espiritual (quienes viven sin esperanza ni fe, los que se cierran a Dios o se esclavizan al pecado: los ateos militantes, los corruptos, los narcotraficantes, los explotadores, los dictadores); la pobreza cultural (los que no tienen acceso a la educación, a la cultura o a la información veraz, los que viven en el analfabetismo o en contextos de manipulación ideológica); la del que se encuentra en una condición de debilidad o fragilidad personal o social (los migrantes, los refugiados, los enfermos mentales, los adictos, los sobrevivientes de violencia doméstica o de guerra); la pobreza del que no tiene derechos (quienes no pueden acceder a la justicia, los que no pueden pagar un abogado, los explotados laboralmente), ni espacio (los desplazados por conflictos, desastres naturales o persecuciones), ni libertad (los presos hacinados, los cautivos de regímenes totalitarios o de redes de trata de personas).

“Acomodarse con la pobreza es ser rico. Se es pobre, no por tener poco, sino por desear mucho”[4]. Pero, hay que tener claro que la pobreza no es una virtud ornamental, sino una virtud necesaria, “se trata de salvarnos como en los naufragios: arrojando el equipaje”[5], además, “no hay que buscar la pobreza, es ella la que viene a buscarnos a nosotros cuando nos decidimos de veras a amar”. Esta vocación a la pobreza constituye un llamado profundamente eclesial. Como hemos visto, fue san Juan XXIII quien, al inaugurar el Concilio Vaticano II, acuñó con fuerza esta inspiración, dando origen a la expresión “Iglesia de los pobres”, que desde entonces ha encontrado numerosos seguidores. Todos comprendemos el sentido de esa frase: encierra un programa admirable y evoca los esfuerzos ya emprendidos para hacerlo realidad. Sin embargo, tal expresión podría no ser del todo afortunada. Por un lado, parece insinuar que la Iglesia excluye de su seno a los ricos, anticipando ya en la historia la separación definitiva entre el trigo y la cizaña; por otro, podría interpretarse como una simple preferencia por los pobres, con el riesgo de caer en una actitud paternalista. Quizá, entonces, sería más justo y evangélico hablar no tanto de una Iglesia de los pobres, sino de una Iglesia pobre[6].



[1] TILLARD, J. M., (1968), La salvación misterio de pobreza, Sígueme, pp. 17-18.

[2] BARCLAY, W., (1977), Palabras griegas del Nuevo Testamento, su uso y significado, Casa Bautista de Publicaciones, p. 190.

[3] DILEXI TE, n° 9.

[4] VILA, S. (1976), Enciclopedia de citas morales y religiosas, Clie, p. 359.

[5] CABODEVILLA, J., (1986), Discurso del Padrenuestro, ruegos y preguntas, Biblioteca de Autores Cristianos.296.

[6] p. 301.

domingo, 8 de junio de 2025

Sobre la elección del Santo Padre León XIV

HABEMUS PAPAM

“Nadie sabe lo que tiene hasta que lo pierde”, reza el adagio popular, y no hay frase que mejor represente el sentir de la gran mayoría de católicos tras la muerte del papa Francisco.

La madrugada del lunes después de Pascua, revisé mi teléfono casi por instinto y encontré una notificación reciente de un joven teólogo español en YouTube: “El Papa ha muerto”. Aún medio dormido y deslumbrado por la luz del celular, confirmé la noticia en la página oficial del Vaticano. La tristeza me invadió de inmediato. Apoyando la cabeza en la almohada, esperé el amanecer, sumido en pensamientos sobre el pontificado de quien, por más de doce años, había guiado con sencillez y profundidad la barca de Pedro: argentino, jesuita, cercano, de buen humor y de gran corazón.

Los días siguientes transcurrieron con ese aire solemne propio de un duelo oficial y personal. Pasados los funerales e iniciado el cónclave, me dediqué a hacer predicciones con entusiasmo. Estaba convencido de que el nuevo papa sería el diplomático italiano Pietro Cardenal Parolín. Su cercanía con Francisco y su experiencia como nuncio en Venezuela lo convertían, a mi juicio, en el candidato ideal. Incluso un medio católico respetado lo señaló como favorito. Todo parecía confirmar mis suposiciones… pero la realidad se encargó de sorprendernos.

El jueves 8 de mayo, segundo día de votaciones en el cónclave, salíamos de clases de Eucaristía en el seminario cuando vimos en redes sociales el humo blanco elevarse desde la chimenea de la Capilla Sixtina. Nos dirigimos apresurados a la sala de televisión para presenciar en vivo el esperado anuncio: habemus papam. Mientras el cardenal protodiácono pronunciaba las palabras solemnes, yo, con el teléfono en mano para grabar nuestra reacción, repetía en voz baja: “¡Parolín! ¡Pietro! ¡Parolín!”. Pero no fue él. El nombre anunciado fue Robertum Franciscum Cardinalem Prevost.

De inmediato supe que se trataba de Robert Prevost, el obispo agustino que había sido cardenal y prefecto del Dicasterio para los Obispos. Aunque no lo conocí personalmente durante su servicio en el Perú, sabía que había sido obispo de Chiclayo y que había dejado huella como un verdadero padre y guía espiritual. Curiosamente, un par de hermanos seminaristas ya lo habían señalado como favorito.

Nuestra transmisión de EWTN estaba ligeramente retrasada, por lo que uno de mis compañeros, al ver la noticia antes que nosotros, se acercó y me susurró al oído: “León XIV”. Me pareció un momento profético. Cuando finalmente lo escuchamos del cardenal, la emoción estalló. Grité de alegría y dejé de grabar para verificar la información en internet. Recordé entonces que mi arzobispo había sido uno de los tres obispos consagrantes de Prevost en 2015, y que en una conversación reciente me había confiado que sentía que él podría ser el próximo Papa.

Esperamos con expectación su salida al balcón. Queríamos ver con qué estilo se presentaría: ¿la austeridad de Francisco o la solemnidad de Benedicto XVI? León XIV apareció radiante, revestido con la muceta roja y el estolón de los Apóstoles, y bendijo a la ciudad y al mundo con emoción visible.

Sus primeras palabras fueron una verdadera catequesis. La mención especial a “mi querida diócesis de Chiclayo en el Perú” nos hizo vibrar de emoción. Recé con él el Padrenuestro en italiano y me signé con devoción al recibir su primera bendición urbi et orbi, consciente de que una nueva etapa había comenzado.

Nueva etapa, sí, pero no olvido del pasado. No parece tratarse de una simple continuidad, pero tampoco de una ruptura. El espíritu renovador de Francisco queda como legado vivo. León XIV es, sin duda, el Papa que necesitamos en este tiempo: un pastor con experiencia, arraigado en el Evangelio, abierto a los desafíos del mundo contemporáneo. Su elección es fruto del discernimiento humano guiado por la acción del Espíritu Santo.

Hoy, al mirar con fe los comienzos de este nuevo pontificado, solo me queda dar gracias a Dios. Por el testimonio de Francisco, por la elección de León XIV, por el amor constante de la Iglesia hacia sus hijos. Como católico, seminarista y creyente, rezo con esperanza: que el Señor lo fortalezca, lo ilumine y lo acompañe siempre, para que confirme en la fe a sus hermanos y conduzca con sabiduría la Iglesia de Cristo. ¡Viva el Papa! ¡Viva León XIV!

  • La Iglesia Católica se alegra
  • por el nuevo representante de Jesús
  • que vive en el Vaticano
  • su nombre es León del Perú.

  • De la Orden Agustiniana
  • nacido en la ciudad de Chicago
  • fue misionero en Chulucanas
  • y santo obispo de Chiclayo.

  • Es el papa León catorce
  • el patriarca universal
  • que con la ayuda de María
  • nos guiará hasta el final.

martes, 20 de mayo de 2025

Milagrosa historia de la aparición de la Inmaculada Virgen Mama Percca

Inmaculada Virgen Mama Percca

El monasterio de Santa Clara,
en la Huamanga virreinal,
fue el glorioso pedestal
que la devoción prepara,
cuando la Virgen llegara,
mostrando su gran merced,
al plasmarse en la pared
con visión no comprendida,
bendiciendo con su vida
tantos ruegos, tanta sed.

Cierta monjita piadosa,
mezclando rezo y faena,
a María gratia plena
meditaba muy gozosa.
Juzgando, la religiosa,
que un cliso la observaba,
se sintió muy asustada
al notar, en su cocina,
cuando la mirada afina
un ojo allí se notaba.

Al principio no advirtió
la proverbial asistencia,
y en confusa ocurrencia
a la abadesa acudió.
En Satanás se pensó,
pues no habían distinguido
que aquel ojo aparecido
en medio de tanto hollín
sería la prueba, al fin,
de un milagro acontecido.

Insistiendo ambas mujeres
que aquel suceso en cuestión
era la cruel tentación
de infernales pareceres,
cumpliendo con sus deberes
a un albañil contrataron,
y el ojo con barro taparon,
mas no tuvo buen efecto,
pues el admirable espectro
en su plenitud miraron.

Entonces la pared descubrió
la dulcísima figura
de la Virgen Madre Pura,
que preciosa apareció.
Y la huamanguina sintió,
como bendición que aflora,
a Mama Percca, Protectora
del monasterio bendito,
donde ocurrió el fortuito
que esta historia rememora.

Fue en el mayo venturoso
de mil setecientos cincuenta y cinco,
cuando el amor puso ahínco
en aquel hecho glorioso.
De la imagen sin esbozo,
que en la pared fue hallada,
la Virgen hoy venerada
en el sitio que en otrora
fue sagrado como ahora
para María Inmaculada.

Mama Percca venerada,
hoy tus hijos imploramos
mantenernos como hermanos
bajo tu santa mirada.
Con el alma enamorada
por la vida de tu Hijo,
que de Dios también se dijo,
y te llenó con su gracia,
con plenitud y audacia,
del pesebre al crucifijo.



jueves, 15 de mayo de 2025

¿Qué revela la pobreza?

¿Qué revela la pobreza?

El pobre pone de manifiesto, de la manera más clara y concreta, la realidad del pecado humano, porque el pecado constituye la verdadera miseria del hombre. Es el pecado el que lo despoja del único bien que puede saciarlo plenamente: la amistad con Dios[1].

Ahora bien, debe quedar claro que el pobre no es pobre por ser pecador, sino que su pobreza constituye la consecuencia más visible del pecado. El pobre, al estar más expuesto a la muerte, refleja la condición última a la que conduce el pecado, pues —como recuerda san Pablo— «la paga del pecado es la muerte, mientras que el don de Dios es la vida eterna en Cristo Jesús, nuestro Señor» (Rom 6,23). Ya los teólogos han concertado que pobreza es sinónimo de muerte, o, mejor dicho, las Sagradas Escrituras relevan que “la vida cotidiana del pobre es muerte”[2].

La pobreza revela, además, la profunda injusticia que atraviesa la médula del mundo, porque la existencia misma de los pobres es signo de una falta de generosidad y de equidad en la convivencia humana. En efecto, como recuerda el papa León XIV, “no dar a los pobres es robarles”[3], una injusticia que priva al otro de aquello que, por derecho natural, le pertenece. Lo que poseemos —recibido de Dios como don— está destinado al bien común, y cuando se acumula egoístamente, se transforma en causa de muerte para quienes nada tienen.

De este modo, la pobreza nos interpela: nos recuerda que la justicia no consiste solo en no hacer el mal, sino en dar a cada uno lo que le corresponde, especialmente al que sufre necesidad. En el rostro del pobre se refleja, por tanto, la responsabilidad social y moral de toda la humanidad ante el uso de los bienes que Dios ha confiado al hombre para que sean compartidos y fecunden la vida de todos.

Escuchen, hermanos muy queridos: ¿Acaso Dios no ha elegido a los pobres de este mundo para enriquecerlos en la fe y hacerlos herederos del Reino que ha prometido a los que lo aman? Y, sin embargo, ¡ustedes desprecian al pobre! St 2,5-6.

Según el espíritu cristiano —como nos recuerda el apóstol Santiago— no es justo despreciar al pobre ni tampoco la pobreza misma, pues en ella se esconde un plan divino y una invitación del Señor, que dijo: “Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos” (Mt 5,3). Por eso, en el cristianismo, la pobreza no solo aparece como signo de contradicción, sino también como una auténtica virtud, ya que “el espíritu de pobreza significa esencialmente desprendimiento frente a lo que, por su misma naturaleza, no es definitivo”[4].

viernes, 2 de mayo de 2025

Misiva para interceder por una vocación

TODO POR LOS HERMANOS

2 de mayo de 2025

Estimado monseñor:

Me dirijo a usted con sincera confianza filial para expresarle, por medio de esta carta, en primer lugar, mi profundo agradecimiento por la generosa disponibilidad suya, de la jurisdicción eclesiástica y del seminario para recibirme y acompañarme en esta última etapa de mi formación. Desde mi llegada en agosto del año pasado, me he sentido muy acogido en el seminario, donde he encontrado un ambiente propicio para el crecimiento humano y espiritual, excelentes formadores y valiosos compañeros. Entre ellos, deseo destacar especialmente a un hermano con quien compartí cuatro meses de servicio pastoral en una parroquia solidaria.

Permítame, monseñor, referirme con especial aprecio a este hermano, en quien he descubierto un alma generosa y noble. Es un joven alegre, de corazón abierto y siempre dispuesto a servir. Durante los fines de semana que compartimos, solíamos acudir los sábados por la tarde a una comunidad cercana. Él tenía a su cargo la catequesis de Primera Comunión, con el grupo más numeroso, mientras yo me encargaba del pequeño grupo de confirmación. Fui testigo del entusiasmo, creatividad y dedicación con los que él conducía su catequesis; lograba captar con facilidad la atención de los niños y se mostraba siempre comprometido con su formación.

Luego de las catequesis, celebrábamos juntos la Liturgia de la Palabra. Nos turnábamos en la proclamación y reflexión del Evangelio para los niños y sus padres. Con frecuencia, él animaba los cantos con su guitarra, haciendo uso de ese don tan especial que tiene para alabar al Señor a través de la música. Agradezco profundamente que haya puesto ese talento al servicio de todos, sin reservas, con el deseo sincero de unir a la comunidad en la alabanza a Dios, tanto en el ámbito pastoral como en la vida cotidiana del seminario.

Al finalizar nuestra jornada, bajábamos caminando hacia otra comunidad para reunirnos con el grupo juvenil y celebrar nuevamente la Palabra con ellos y otros feligreses. En algunas ocasiones se nos pedía acudir a otras capillas de la parroquia. Nos organizábamos para atender donde se nos necesitara: uno permanecía en un lugar y el otro se dirigía a la comunidad asignada por el párroco. Siempre lo hacíamos con alegría y entrega, aunque con una pequeña tristeza al separarnos —lo que manifiesta su facilidad para la vida comunitaria—. Por la noche, regresábamos a la parroquia para rezar Vísperas y compartir la cena con los sacerdotes, con quienes manteníamos conversaciones enriquecedoras sobre diversos temas.

Los domingos, según el horario de las celebraciones, nos dividíamos las responsabilidades. A media mañana asistíamos a la santa misa en la sede parroquial y luego regresábamos al seminario para el almuerzo. En el ritmo de la vida pastoral, este hermano fue siempre cercano, alegre, comunicativo y, sobre todo, me enseñó los modos de proceder en el servicio, mostrándome cómo llegar a las comunidades. Como foráneo, esta orientación fue muy necesaria para mí, y él la ofreció con generosidad, por lo cual le estoy sinceramente agradecido. Noté cómo era cercano con los feligreses, atento, amable, y, sobre todo, cariñoso con todos, dedicándoles el tiempo necesario.

Este año 2025, nos llenamos de alegría al celebrar la admisión a las Sagradas Órdenes del diaconado y presbiterado de él y de sus compañeros. Fue una verdadera fiesta de fe, en la que dimos gracias a Dios por el don de la vocación de estos hermanos, algunos de ellos aún muy jóvenes, como es su caso, pero con una entrega generosa y valiente, sabiendo que el camino formativo no está exento de pruebas y dificultades.

Al formar parte del grupo de teología, tuve también la oportunidad de compartir el aula con él y observar de cerca su capacidad intelectual. Es un joven muy inteligente, con un notable desempeño académico. Sus intervenciones en clase eran siempre oportunas y bien fundamentadas, y posee una gran facilidad para hablar y expresarse con claridad y soltura, cualidades esenciales para quienes se preparan para anunciar el Evangelio en el mundo de hoy.

Sin embargo, el pasado 29 de abril, durante la oración de Vísperas, el rector nos informó que este hermano había abandonado la casa de formación por motivos personales. Inmediatamente me comuniqué con él para brindarle ánimo. En nuestra conversación, me compartió su dificultad, reconociendo su error y manifestando su arrepentimiento. Me expresó su deseo de encontrar una solución, consciente de que la vocación es un tesoro que llevamos en vasijas de barro, y que nuestras debilidades humanas no anulan el llamado que Dios nos ha hecho.

Monseñor, con estas líneas no pretendo indicarle qué decisiones tomar —estoy convencido de que el Espíritu Santo guía su discernimiento pastoral—, sino únicamente compartirle mi profundo deseo para que este hermano sea acompañado con paciencia y misericordia. Que no sea tratado como un excluido, como un leproso del que se huye, sino como un hijo herido que necesita ser escuchado, acogido y sanado. Sé que ha estado reflexionando seriamente en estos días tras su salida del seminario. No niega su falta; al contrario, la reconoce y le duele en lo más profundo del alma, consciente de la exigencia que implica la preparación para el sacerdocio ministerial.

Finalmente, le ruego, monseñor, que escuche con corazón de padre a este hermano nuestro, a quien tanto apreciamos en la comunidad del seminario. Su salida repentina ha sido para nosotros como un duelo: el dolor de ver partir a un hermano querido, pero también mantenemos la esperanza de su regreso, como el hijo pródigo que vuelve a la casa del Padre Misericordioso.

Pongo en oración la vida y la vocación de este hermano, y pido a Dios que lo ilumine a usted y a los formadores para que, con sabiduría y compasión, puedan perdonarlo, acogerlo, escucharlo y ayudarlo a rectificar. Porque creo firmemente que no todo está perdido. Creo en el Dios de las segundas oportunidades, que prueba como oro en el crisol a aquellos que ha llamado.

Le agradezco sinceramente el tiempo que ha dedicado a leer estas líneas. Confío plenamente en su discernimiento y en la acción del Espíritu Santo que lo guía en su servicio pastoral. Me uno a usted en la oración por todos los seminaristas y, en especial, por aquellos que, como este hermano, atraviesan momentos difíciles en su camino vocacional. Personalmente, me identifico con su situación, pues también he enfrentado pruebas muy duras en mi proceso formativo, y he experimentado cómo el Señor, que a veces permite la herida, es también quien la cura con ternura. Que Él nos conceda a todos un corazón dócil, humilde y firme para seguirle con fidelidad.

“Señor, ¿a quién iremos? Solo tú tienes palabras de vida eterna.” (Jn 6, 68)

Suyo en Cristo,
Pedro Andrés García Barillas