viernes, 15 de agosto de 2025

Hacia una auténtica diaconía femenina

Hacia una auténtica diaconía[1] femenina

         La unción de Betania, con el protagonismo de una mujer anónima y el marco que Jesús plantea en torno a la presencia constante de los pobres como invitación al servicio, ofrece un punto de partida adecuado para reflexionar brevemente sobre el servicio de las mujeres en la Iglesia desde la perspectiva de una auténtica diaconía femenina.

En este sentido, conviene remitirnos en primer lugar a la única referencia neotestamentaria que menciona expresamente a una diaconisa en la Iglesia primitiva: la que san Pablo presenta en su carta a los Romanos (16,1): Febe.

Os recomiendo a nuestra hermana Febe, diaconisa de la iglesia de Cencreas[2]

La persona encargada de llevar la carta a los Romanos a mediados de los años cincuenta del siglo I[3] fue Febe, una cristiana de Céncreas, un puerto marítimo situado en el golfo de Salónica, a unos diez kilómetros de Corinto (Hch 18,18). Febe desempeñaba el papel de servidora o diaconisa en la comunidad de Céncreas[4].

Febe —cuyo nombre significa literalmente “la brillante” o “señora Sol”— desempeñaba un papel relevante en la comunidad cristiana. No solo era una prostatís o protectora (Rm 16,2), título de gran consideración en aquella época, sino que también se le llama diákonos, término masculino que designa una función y puede aplicarse tanto a un hombre como a una mujer, sin necesidad de traducirlo como “diaconisa”. La palabra diákonos está en la raíz del vocabulario ministerial —el término latino minister corresponde al griego diákonos— y sugiere, al menos, una responsabilidad de servicio hacia los fieles. De ahí la recomendación paulina: “Poneos a su disposición en todo lo que necesite de vosotros” (Rm 16,2). Este título funcional ya era conocido en tiempos de Pablo, como se aprecia en Filipenses 1,1, donde se menciona a los obispos y servidores (diákonoi, en plural). Aunque no se conoce con exactitud qué funciones precisas desempeñaban entonces, es evidente que el término diákonos —que significa literalmente “servidor” o “el que sirve a la mesa”— se relaciona estrechamente con la “Cena del Señor” (1 Cor 11,20) y con la vida litúrgica de la comunidad cristiana[5].

Para la exégesis bíblica, el papel de las diaconisas, según esta cita neotestamentaria, encuentra el primer indicio de su existencia en la Iglesia primitiva, una institución que parece estar ya presupuesta en la célebre carta de Plinio el Joven al emperador Trajano, escrita hacia el año 111. En ella se menciona a dos esclavas que eran llamadas “ministras” (Ep. 10,96). Sin embargo, en principio para la exegética no resulta sencillo determinar con precisión cuáles eran las funciones de estas diaconisas. Todo indica que su labor consistía principalmente en servicios de caridad y asistencia a los pobres y enfermos, y posiblemente también en tareas auxiliares relacionadas con el bautismo de las mujeres[6]. Una visión más general y no solo bíblica sino patrística nos ofrece un documento Vaticano del 2002.

En segundo lugar, conviene considerar la posición de la Iglesia católica respecto al diaconado femenino, tal como se presenta en el documento de la Comisión Teológica Internacional, titulado “El diaconado: evolución y perspectivas” (2002). Este texto constituye la exposición más reciente y autorizada sobre el tema, ya que no se conocen aún los resultados ni los informes de la comisión creada por el papa Francisco en 2020 con el mismo propósito. Dicha comisión estuvo presidida por el cardenal Giuseppe Petrocchi, arzobispo de L’Aquila, e integrada, entre otros miembros, por cinco mujeres.

El documento dedica dos secciones específicas al tema que nos ocupa: el capítulo II, titulado “El diaconado en el Nuevo Testamento y en la patrística”, concretamente en el punto 4: “El ministerio de las diaconisas”; y el capítulo III, titulado “La desaparición del diaconado permanente”, en el punto 2: “Hacia la desaparición de las diaconisas”. A continuación, examinaremos brevemente ambos apartados, resumiendo los aspectos más relevantes que en ellos se presentan.

Capítulo II, punto 4. El ministerio de las diaconisas.

         Siglo I, en el contexto bíblico: Durante la época apostólica, existieron formas de servicio diaconal ejercidas por mujeres, algunas con cierto carácter institucional. San Pablo menciona a Febe, aunque el término diákonos —usado en forma masculina— debe entenderse en su sentido general de “servidora”, no como un título ministerial específico. Lo cierto es que Febe realizaba un servicio reconocido dentro de su comunidad, en relación con la misión del apóstol.

Los especialistas discrepan sobre el sentido de 1 Tim 3,11: la mención de las mujeres tras los diáconos puede referirse tanto a mujeres-diáconos como a esposas de los diáconos. Se indica que las mujeres no deben enseñar ni ejercer autoridad sobre los hombres (1 Tim 2,8-15), aunque dichas funciones pertenecen exclusivamente al obispo y a los presbíteros, no a los diáconos. Por otra parte, se menciona un grupo de viudas reconocidas oficialmente en la comunidad, que reciben ayuda a cambio de su vida de oración y continencia (1 Tim 5,3-16). Más adelante, estas viudas serán instituidas, pero no ordenadas, formando un orden eclesial dedicado únicamente al ejemplo y la intercesión.

Siglo II: A comienzos de este siglo, el gobernador Plinio el Joven, en una carta dirigida al emperador, hace referencia a dos mujeres llamadas ministrae por los cristianos, término que probablemente traduce el griego diákonoi (Ep. X, 96-97). Será a partir del siglo III cuando comiencen a utilizarse los vocablos propiamente cristianos “diaconissa” o “diacona” para designar este tipo de servicio femenino en la Iglesia.

Siglo III: En algunas regiones como Siria oriental y Constantinopla, se constata la existencia de un ministerio eclesial femenino ejercido por las diaconisas. La primera referencia aparece en la Didascalia de los Apóstoles (hacia el año 240), una compilación canónico-litúrgica no oficial. En este texto, el obispo es presentado como cabeza de una pequeña comunidad asistido por diáconos y diaconisas, quienes aparecen por primera vez en un documento eclesiástico. Según una analogía simbólica, el obispo representa a Dios Padre, el diácono a Cristo, y la diaconisa al Espíritu Santo. Sin embargo, no se trata de una ordenación sacramental, sino de un servicio dentro de la comunidad.

La Didascalia destaca la dimensión caritativa del ministerio de diáconos y diaconisas, presentándolos como “una sola alma en dos cuerpos”, siguiendo el ejemplo de la diaconía de Cristo. Sin embargo, no existe una igualdad funcional entre ambos: los diáconos son elegidos para atender múltiples necesidades de la comunidad, mientras que las diaconisas se encargan únicamente del servicio a las mujeres. Los diáconos actúan como intermediarios entre los fieles y el obispo, del mismo modo que las mujeres se dirigen al obispo a través de las diaconisas.

Las diaconisas tenían funciones específicas relacionadas con las mujeres, como ungirlas en el bautismo, instruir a las recién bautizadas, visitar a las creyentes —especialmente a las enfermas—, pero no podían bautizar ni participar en la liturgia eucarística. Con el tiempo, adquirieron mayor relevancia que las viudas, cuyo papel se limitaba a la oración, sin facultad para enseñar ni administrar bautismos.

Siglo IV: Las Constituciones Apostólicas (Siria, 380) recopilan y adaptan textos como la Didascalia, la Didaché y la Tradición Apostólica, influyendo duraderamente en la disciplina de las ordenaciones orientales, aunque sin carácter oficial. En ellas se prevé la imposición de manos y la invocación del Espíritu Santo no solo para obispos, presbíteros y diáconos, sino también para diaconisas, subdiáconos y lectores. La categoría de klēros se amplía a todos los que ejercen un ministerio litúrgico y son sostenidos por la Iglesia, por lo que las diaconisas son consideradas parte del clero, a diferencia de las viudas, que quedan excluidas.

La entrada en función de las diaconisas se hace por una epithesis cheirôn o imposición de manos que confiere el Espíritu Santo, al igual que para el lector. El obispo decía la oración siguiente:

«Dios eterno, Padre de nuestro Señor Jesucristo, creador del hombre y de la mujer, tú que llenaste de espíritu a Myriam, Débora, Ana y Hulda, que no has juzgado indigno que tu Hijo, el Unigénito, naciese de una mujer, tú que en la tienda del testimonio y en el templo has instituido guardianas para tus santas puertas, tú mismo mira ahora a esta tu sierva que está aquí presente, propuesta para el diaconado, otórgale el Espíritu Santo y purifícala de toda impureza de la carne y del espíritu para que pueda desempeñar dignamente el oficio que le ha sido confiado, para tu gloria y para la alabanza de tu Cristo, por quien a ti sean gloria y adoración en el Espíritu Santo por los siglos. Amen».

Las Constituciones Apostólicas colocan a las diaconisas por encima de los subdiáconos, aunque, a diferencia de estos, no reciben una ordenación plena. Se les prohíbe toda función litúrgica, pero se amplían sus tareas comunitarias, especialmente el servicio a las mujeres y la mediación entre ellas y el obispo. Representan simbólicamente al Espíritu Santo, aunque deben actuar siempre bajo la autoridad del diácono, y se encargan de vigilar las entradas reservadas a las mujeres durante las asambleas. Sus funciones se resumen de esta forma: «La diaconisa no bendice y nada hace de lo que le corresponde hacer a los presbíteros y diáconos, pero guarda las puertas y asiste a los presbíteros en el bautismo de las mujeres a causa de la decencia».

Epifanio de Salamina (375) confirma la existencia del orden de las diaconisas, aclarando que no ejercían funciones sacerdotales, sino que su servicio respondía a razones de decoro femenino durante el bautismo. Posteriormente, una ley del emperador Teodosio (390) fijó la edad mínima para ser diaconisa en 60 años, aunque fue pronto revocada. Más tarde, el Concilio de Calcedonia (can. 15) redujo esa edad a 40 años y prohibió el matrimonio posterior.

Siglo IV: En esta época las diaconisas adoptan un modo de vida similar al de las monjas, llegando incluso a dirigir comunidades femeninas, como señala Gregorio de Nisa. Aunque no servían en el altar, asistían a las mujeres en el bautismo y en la unción, y podían llevar la comunión a enfermas. Con el tiempo, al desaparecer esas prácticas, las diaconisas pasaron a ser vírgenes o viudas consagradas, dedicadas a la caridad y atención sanitaria de las mujeres, viviendo en monasterios o en sus hogares.

En Constantinopla, destacó la diaconisa Olimpias, superiora de un monasterio femenino y colaboradora de san Juan Crisóstomo, quien consagró sus bienes a la Iglesia. Fue ordenada diaconisa junto con tres compañeras mediante imposición de manos. El canon 15 del Concilio de Calcedonia (451) confirma esta práctica y señala que su ministerio, llamado leitourgia, les prohibía casarse tras la ordenación.

Siglo VIII: En Bizancio, las diaconisas eran ordenadas durante la liturgia eucarística mediante imposición de manos y recibían el orarion o estola (las dos franjas se colocaban delante, la una sobre la otra) y el cáliz, que colocaban sobre el altar sin distribuir la comunión. Aunque el rito era similar al de los diáconos, no accedían al altar ni ejercían funciones litúrgicas, y la ordenación se destinaba principalmente a las superioras de monasterios femeninos.

En Occidente, durante los cinco primeros siglos, no existen indicios de la presencia de diaconisas. Varios concilios de los siglos IV y V prohibieron el ministerium feminae y la ordenación de diaconisas. El Ambrosiaster las asoció con los herejes montanistas. En el siglo VI, el título se aplicó ocasionalmente a viudas consagradas, lo que llevó al concilio de Epaone a prohibir tales consagraciones, y al II de Orleans (533) a excluir de la comunión a las mujeres que, tras recibir la bendición diaconal, volvían a casarse. Además, el término diaconissa se usó también para designar a abadesas o esposas de diáconos, por analogía con presbyterissae y episcopissae.

Hasta aquí la revisión histórica muestra que existió un verdadero ministerio de diaconisas, aunque con desarrollo desigual en la Iglesia. No fue un equivalente femenino del diaconado masculino, sino una auténtica función eclesial. Sin embargo, la naturaleza de su ordenación es debatida: aunque las Constituciones apostólicas sugieren una imposición de manos semejante a la de los diáconos, este testimonio es único y discutido, por lo que no queda claro si dicha imposición era equiparable a la de los diáconos o más bien similar a la de los subdiáconos y lectores.

Capítulo III, punto 2. Hacia la desaparición de las diaconisas.

         Desde el siglo X, el ministerio de las diaconisas desaparece prácticamente, quedando vinculado solo a instituciones de beneficencia. Diversos autores constatan que su función —asistir a mujeres adultas en el bautismo— fue abolida con la práctica del bautismo infantil. Para el siglo XII, según Teodoro Balsamón, la ordenación de diaconisas había caído en desuso, y el título se aplicaba solo a monjas o mujeres consagradas que vivían en monasterios, donde realizaban obras de servicio o caridad, como la educación o cuidados hospitalarios.

         A fines del siglo VIII aún se registra la presencia de diaconisas en Roma, aunque su función ya era marginal. El Sacramentario Hadrianum incluye una oración para bendecir a una diaconisa, más como rito simbólico que como verdadera ordenación. En la época carolingia, los textos confunden a menudo diaconisas con abadesas, y el Concilio de París (829) prohíbe de manera general toda participación litúrgica de las mujeres.

         Las Decretales pseudo-isidorianas y los pontificales bávaros del siglo IX no mencionan a las diaconisas. En el Pontifical romano-germánico de Maguncia (siglo X) aún aparece una oración “Ad diaconam faciendam”, simple bendición acompañada de la entrega de insignias por parte del obispo (estola y velo, anillo nupcial y corona) y del voto de continencia. Esta es la última referencia litúrgica a las diaconisas en Occidente, ya que el Pontifical de Guillermo Durando (siglo XIII) solo las recuerda como una institución del pasado.

         En la Edad Media, las religiosas dedicadas a la caridad y la enseñanza ejercen funciones propias de la diaconía, aunque sin ordenación. El título de diaconisa subsiste solo como designación honorífica para viudas o abadesas, aplicándose ocasionalmente a estas últimas hasta el siglo XIII.

         Como se ha observado, el orden de las diaconisas tuvo un mayor desarrollo en Oriente, mientras que en Occidente fue progresivamente desestimado hasta desaparecer. Sin embargo, más que una desaparición, podría hablarse de una evolución: aquellas mujeres elegidas y consagradas al servicio de la caridad encuentran hoy su continuidad principal y especialmente en las religiosas, quienes siguen siendo servidoras fieles en múltiples ámbitos de la pastoral de la Iglesia.

         Pero no pensemos únicamente en las religiosas. También debemos reconocer a tantas mujeres que, en nuestras parroquias, desempeñan un papel protagónico en la vida eclesial. ¡Cuántas de ellas, abnegadas coordinadoras de los grupos de catequesis, se desvelan por transmitir el kerigma a los más pequeños! Otras, con igual entrega, atienden las secretarías parroquiales, convirtiéndose en el rostro acogedor de la Iglesia, Madre y Maestra. Pensemos asimismo en aquellas mujeres que se preocupan por el bien de todos, especialmente de los más pobres y necesitados, siendo las primeras en promover acciones concretas de ayuda, asistencia y oración. No podemos olvidar que muchos grupos de apostolado están conformados, en su mayoría, por santas mujeres: perseverantes, valientes y fieles servidoras del Evangelio. Ellas son las auténticas diaconisas de la Iglesia de hoy.

         Cuando se habla del diaconado femenino en la Iglesia, no se trata solo de una demanda por acceder al ministerio ordenado, sino de un reconocimiento más pleno del papel y los dones de la mujer en la vida eclesial. El cardenal Víctor Manuel Fernández ha señalado que las mujeres desean ser escuchadas, valoradas y tener autoridad para ejercer sus carismas, pero que la mayoría no pide ser “clericalizada”[7].

Por su parte, el papa León reafirmó que no tiene intención, por ahora, de modificar la enseñanza de la Iglesia sobre la ordenación de mujeres al diaconado, aunque expresó su compromiso de impulsar su presencia en cargos de liderazgo y de reconocer su aporte en múltiples ámbitos de la Iglesia, como ya lo hizo el papa Francisco.

De modo que la auténtica diaconía femenina en una Iglesia sinodal podría orientarse hacia una mayor participación de la mujer en los procesos de discernimiento y toma de decisiones eclesiales, a través de una escucha atenta, activa y eficaz, más que en verla revestida con alba y estola cruzada, elevando el cáliz en la doxología de la Misa o proclamando solemnemente el Evangelio.

Es cierto que la historia muestra cómo las diaconisas de la antigüedad llegaron a recibir la estola, sin embargo, ello no significa que debamos retomar necesariamente prácticas que cayeron en desuso. La mujer no necesita alba ni estola para servir, pues su diaconía auténtica se realiza en la entrega, el testimonio y el servicio cotidiano dentro de la comunidad eclesial.

Como es bien sabido, las noticias más recientes provenientes de la Iglesia anglicana informan que ha sido elegida la primera mujer como arzobispo de Westminster, hecho que fue ampliamente celebrado por algunos sectores feministas dentro de la Iglesia católica. Ahora bien, sabemos que la Iglesia anglicana se ha apartado en diversos aspectos del Evangelio de nuestro Señor, no precisamente por haber admitido a las mujeres al Orden, sino por otras razones de mayor fondo que afectan su fidelidad doctrinal y eclesial. El catolicismo no tiene nada que emular del protestantismo, si realmente creemos ser la Iglesia fundada por Cristo, llamada a permanecer fiel a su Evangelio y a la Tradición apostólica, sin dejarse llevar por modas ideológicas o presiones externas.

Es cierto que, para algunos, resulta chocante ver a una mujer revestida con ornamentos episcopales, pues la costumbre eclesial ha sido ver tales signos asociados al ministerio de los hombres. Esta incomodidad puede compararse, en cierto modo, con la que provocaría ver a un varón vestido con hábitos de religiosa, pretendiendo asumir una apariencia o un rol que no le corresponde. En definitiva, la tradición ha acostumbrado a reconocer en cada género —varón y mujer— signos y ornamentos propios, acordes con su identidad y misión dentro de la Iglesia. También es cierto que el servicio no conoce de géneros: el amor a los pobres no es tarea exclusiva de hombres o de mujeres, ni se sirve mejor desde el orden sagrado que desde el laicado. El servicio es un mandato universal, una vocación compartida por todos los bautizados, sin distinción ni privilegios, porque el mismo hecho de servir constituye ya un verdadero privilegio y una forma concreta de participar en la misión de Cristo Siervo.

Pero la cuestión no radica en los ornamentos, ni en las telas, hábitos o vestiduras que se lleven puestos. Lo que realmente importa es ser fieles al espíritu del Evangelio y a la Tradición viva de la Iglesia. Y, según la comprensión actual del diaconado —ya sea transitorio o permanente—, éste se orienta hacia el ministerio presbiteral. Sabemos, además, que Jesús no tuvo la intención de admitir a las mujeres al Orden Sacerdotal, y en este punto, la enseñanza magisterial de san Juan Pablo II resulta clara, firme y definitiva.

Pensemos en esto: ni la mujer anónima de la unción en Betania, ni la suegra de Pedro necesitaron ningún signo oficial para servir. Lo hicieron desde lo más auténtico de su ser, desde una feminidad que se expresa en gestos concretos de amor a Jesús y a los demás. En la mujer habita una vocación natural al servicio desinteresado y abnegado, semejante a la de una madre que vela por sus hijos.

En cada gesto, palabra o acción que una mujer realiza por Dios y por la Iglesia, resplandece María, la fiel servidora del Señor; vive Febe, la colaboradora de san Pablo, y con ellas tantas mujeres que siguieron y sirvieron a Jesús. Sin ellas, la Iglesia no sería lo que es.

Finalmente, recordemos estas las palabras del cardenal Víctor Manuel Fernández, Prefecto del Dicasterio para la Doctrina de la Fe: “Si resulta que hubo mujeres con gran autoridad sobre comunidades e incluso sobre una región de la iglesia en el planeta, autoridad que ni siquiera tenían los sacerdotes ¿valen menos si no estaban ordenadas, si eran laicas? ¿vale menos? Y aquí entiendo cuando el papa (Francisco) dice de no ´clericalizar´ (a las mujeres).”

El cardenal Fernández nos invita a mirar con ojos nuevos el modo en que entendemos la autoridad y el servicio dentro de la Iglesia. A lo largo de la historia, ha habido mujeres que, sin haber recibido la ordenación sacerdotal, ejercieron una enorme influencia espiritual, pastoral y hasta organizativa sobre comunidades enteras. Su autoridad no provenía de un título clerical, sino de su testimonio, su sabiduría y su fidelidad al Evangelio, como lo vemos en las mujeres que hoy sostienen la Iglesia.

La pregunta del cardenal argentino “¿valen menos si no estaban ordenadas?” insta directamente nuestra manera de valorar los carismas. Nos recuerda que, en la Iglesia, el valor no depende del rango, sino del amor con que se sirve. Una persona no es “más” o “menos” por tener un ministerio ordenado, sino por su capacidad de reflejar el rostro de Cristo Diácono (Servidor), el mismo que sentenció: “El que quiere ser el primero, debe hacerse el último de todos y el servidor de todos” (Mc 9,35).

Cuando el papa Francisco hablaba de “no clericalizar a las mujeres”, nos llamaba a no reducir la misión cristiana al ámbito de lo clerical, como si solo los sacerdotes tuvieran verdadero peso o autoridad, esta mentalidad ya la superó la Iglesia con el Concilio Vaticano II. Hay muchas formas de servir y de ejercer liderazgo evangélico; muchas de ellas —como las que encarnaron tantas mujeres a lo largo de los siglos— son silenciosas, humildes y, sin embargo, profundamente fecundas y necesarias para todos los tiempos.

En definitiva, estas palabras nos recuerdan que la grandeza en la Iglesia no se mide por el poder, sino por el servicio, como en el caso de la diaconisa Febe o de la mujer anónima de la unción de Betania, ellas amaron a Cristo y a los pobres, por eso las recordamos con gratitud. La autoridad evangélica se sostiene no en la ordenación, sino en la santidad y en el amor, y en esto las mujeres llevan la delantera, ellas son las más piadosas, las más santas de la Iglesia y las que más aman.

 

Oración a Santa Febe de Cencreas

Oh, santa Febe de Cencreas, digna patrona de la diaconía femenina, ayúdanos a comprender el verdadero sentido del servicio de las mujeres en la Iglesia.

Haz que no caigamos en el error de pensar que no son suficientemente valoradas, ni creamos que su colaboración es inútil o insuficiente.

Santa Febe, intercede para que no busquemos clericalizar a la mujer, sino que sepamos reconocer su labor como Dios la ve:

base firme, silenciosa y humilde sobre la cual se edifica el Reino.

Que, a ejemplo de María, Madre de Jesús y Madre nuestra, las mujeres sigan siendo presencia valiente, servidora y fecunda en el corazón de la Iglesia. Amén.



[1] Preferimos hablar aquí de “diaconía femenina” y no propiamente de “diaconado femenino”, aunque una realidad invite a reflexionar sobre la otra, pues no son lo mismo. Es cierto que este apartado abordará la cuestión del diaconado femenino, pero lo hará con el fin de comprender más plenamente el sentido y la riqueza de la diaconía femenina. Ese es su verdadero objetivo.

[2] La Biblia de Jerusalén señala que el título latino ministra proviene del término griego diákonos, en masculino, el mismo que se aplica en el Nuevo Testamento a figuras como Pablo, Apolo, Tíquico o Epafras. Este término designa la función propia del diácono.

[4] KUSS, O., (1976), Carta a los Romanos, Carta a los Corintios, Carta a los Gálatas, Herder, p. 167

[5] PERROT, C., (1989), La carta a los Romanos, Verbo Divino, p. 59.

domingo, 10 de agosto de 2025

El padre Pernía, camino a los altares.

SANTO CURA DE BAILADORES

Este domingo 10 de agosto recibí una grata noticia: en la Arquidiócesis de Mérida se está considerando abrir la causa de beatificación del difunto padre Ramón Emilio Pernía Noguera. Este hecho me incumbe de manera muy especial, pues tuve el honor de recibir en donación la biblioteca completa de este sacerdote merideño. No solo conservo los libros que él leyó, sino también sus apuntes personales y un valioso conjunto de documentos manuscritos que constituyen su archivo personal. Todo este material será de gran utilidad para el futuro proceso, y, providencialmente, todo se encuentra bajo mi custodia.

La primera vez que vi al padre Pernía la tengo muy viva en la memoria: fue el miércoles de ceniza del año 2008, en el Santuario de Nuestra Señora de la Candelaria de Bailadores. Yo cursaba el primer año de bachillerato en el Liceo Bolivariano Dr. Gerónimo Maldonado y, por motivo del precepto religioso, todos los alumnos asistimos al templo para recibir la ceniza. A mi salón, guiado por algún profesor, se le pidió llevar flores al lugar donde se arreglaban los floreros, un espacio junto al templo que comunica con unas habitaciones situadas detrás del santuario.

Estando allí, vimos salir de una de esas habitaciones al padre Pernía: una figura muy delgada, vestido con pantalón gris, chaqueta negra y una boina que cubría su cabeza. En las manos llevaba algunos libros. Al pasar, lo saludamos con respeto, y él nos devolvió el saludo con igual cortesía. Salía, quizá, de la habitación donde guardaba sus libros o donde descansaba; no lo sé con certeza. Lo que sí recuerdo es que, para aquel entonces —principios de 2008—, el padre Pernía, ya anciano, residía en Bailadores, probablemente como sacerdote jubilado de 81 años de edad adscrito al Santuario de la Candelaria.

Ese fue mi primer encuentro con él: un instante sencillo, pero cargado de significado, que nunca olvidaré. Catorce años más tarde recibiría en donación todos sus libros, quizá incluso aquellos mismos que llevaba en sus manos aquel miércoles de ceniza de 2008. Del padre Pernía conservo no solo sus más de cinco mil volúmenes, sino también una de sus características boinas y la estola del ornamento con el que fue revestido para su sepultura. La boina reposa en mi casa de La Playa, en Mérida, Venezuela, mientras que la estola la guardo conmigo aquí, en el Perú. Mi biblioteca personal en Venezuela lleva su nombre, curiosamente desde mucho antes de que me sorprendieran con la donación completa de sus libros. Además, siempre llevo en mi billetera una fotografía tipo carnet del padre, que recibí de mi madrina Elda Pernía, la misma persona que me entregó la boina, la estola y esa pequeña imagen.

Hoy, al conocer la posible apertura de su causa de beatificación, siento que mi historia personal con el padre Pernía se entrelaza de forma providencial con la memoria viva de su ministerio. Custodiar sus libros y documentos ya era, de por sí, una responsabilidad valiosa; pero ahora se convierte en una misión que trasciende lo personal para ponerse al servicio de la Iglesia. Aquella imagen de un sacerdote humilde, de paso sereno y manos llenas de libros, cobra un nuevo sentido: la de un testigo de fe cuya herencia espiritual y cultural está llamada a iluminar el camino hacia su reconocimiento como beato.

Santo Cura de Bailadores, ruega por nosotros.

miércoles, 6 de agosto de 2025

Me dedicaron unos versos y respondo.

COPLAS CUSQUEÑAS

         En una ocasión anterior —al término de unas misiones en diciembre de 2019— me dedicaron una composición poética que también conservo publicada en este blog. Aquella vez fue un anciano de una comunidad lejana, con quien compartí intensamente durante mi servicio pastoral, quien tuvo ese gesto entrañable.

Pero esta vez es distinto. Quien me escribe es una joven teóloga cusqueña con la que forjé una valiosa amistad durante nuestros estudios de diplomatura en Teología en la PUCP. A lo largo de ese tiempo compartimos lecturas, reflexiones y búsquedas que enriquecieron nuestro camino. En un acto generoso y sorpresivo, ella me dedicó los siguientes versos. 

Querido, enternece el leerte,

tu letra enciende esperanza,

con fiel y devota semblanza,

brota el anhelo de verte.

 

Profeta de hondos caminos,

tu voz da luz al herido

y al pobre y el afligido

le ofreces tiernos destinos.

 

Frente a injusticias palpita

tu palabra decidida,

que en acciones bien tejida

despierta, sacude, agita.

 

Te escribo quizá cansada,

mas algo en mí te acompaña:

si el alma flaquea y daña,

la fe devuelve la andada.

 

Que su saber sea fuente,

que tu Teología encienda

una comunidad que entienda

que Dios sueña, y también siente.

 

         Recibir estas coplas ha sido un regalo inesperado. Más allá del halago, me conmueve la sensibilidad con la que están escritas, pues revelan no solo estima personal, sino una visión compartida de la fe como fuerza viva, encarnada y comunitaria. Gracias a quien escribió estas líneas, por recordarme que la amistad también puede expresarse con belleza poética… y con compromiso teológico.

         Ahora, le respondo de la siguiente manera:

Sorpresivo fue el leer

aquellos versos cusqueños

por eso ahora me empeño

en intentar responder.

 

Me alegro que hayas optado

por escribir de improvisto

sin embargo, como he visto,

tienes talento dorado.

 

Permítame, bella Flor,

expresar lo que he sentido

cuando tus versos he leído

y olido el perfume de honor.

 

Primero capté la esencia

de tus líneas allí plasmadas

que no escritas, sino bordadas,

como espiritual presencia.

 

Luego me sentí halagado

cuando me dijiste profeta

porque es la tarea concreta

del que se siente llamado.

 

Y a pobres y abandonados

pretendo, como has escrito,

ayudarles un poquito

en sus sueños no alcanzados.

 

Sobre todo, en comprender

que Jesús es quien libera

del pecado y lo que fuera

necesario desprender.

 

Porque solo Cristo basta

y una fe bien encarnada

en la lucha esperanzada

en que la vida se desgasta.

 

Por eso, Flor de María,

espero poder convencerte

de lo grande que fue leerte

para mí mayor valía.

 

Nunca echaré al olvido

tus versos y oraciones

aún menos en ocasiones

en que me sienta afligido.

 

Pues leerte será el remedio

que a mi alma traiga paz

duradera, no fugaz,

cuando en mi vida haya tedio.

 

Termina este último verso

y gracias, de nuevo te digo,

cuenta con un amigo

que a Dios de ti le converso.

lunes, 4 de agosto de 2025

Ha muerto Mons. Mario Moronta, obispo emérito de San Cristóbal

DEVOTO DEL CRISTO DEL ROSTRO SERENO DE LA GRITA

Con profunda tristeza recibí la noticia del fallecimiento de monseñor Mario del Valle Moronta Rodríguez, obispo emérito de San Cristóbal, ocurrido hoy 4 de agosto de 2025, a los 76 años de edad. Ayer, como de costumbre, lo había encomendado en mi rezo diario del santo rosario, donde incluyo a una lista de prelados venezolanos por quienes oro con devoción todos los días.

Tuve el privilegio de conocer personalmente a monseñor Moronta el miércoles 31 de julio de 2019. Días antes le había escrito por correo electrónico y por WhatsApp solicitándole una entrevista, y él, con su conocida generosidad pastoral, accedió gustosamente. Me respondió lo siguiente:

Mario Moronta [mvmr1949@gmail.com] Lunes, 29 de julio de 2019, 19:46. Saludos. Yo estoy en La Grita hasta el 7 de agosto. Si te queda fácil venir hasta el santuario nuevo, avísame qué día podría ser para cuadrar la entrevista.

+Mario Moronta

Ese mismo miércoles salimos muy temprano desde La Playa en el vehículo del señor Gerardo Jaimes (†), quien se ofreció generosamente a llevarnos a Carlos Vivas, a mi mamá y a mí. Solo debía encargarme de conseguir la gasolina, lo cual logré hablando con la persona encargada del registro y distribución de combustible en la Estación de Servicio El Dique. Gracias a su disposición, pude llenar completamente el tanque de uno de los camiones 350 del señor Gerardo, diciendo que el viaje sería hasta la ciudad de San Cristóbal.

En agradecimiento, mi mamá y yo preparamos una jarra grande de jugo de limón, bien dulce y con bastante hielo, que llevamos al personal de la estación como gesto de gratitud. En aquellos días de escasez, las colas para conseguir gasolina eran interminables y cualquier colaboración era un alivio.

Fuimos cuatro en el trayecto: Gerardo al volante, yo a su lado, y en el asiento trasero, Carlos Vivas y mi madre. Al llegar a La Grita, nos dirigimos directamente al nuevo santuario del Santo Cristo. Al entrar, informamos que teníamos una entrevista pautada con monseñor Moronta. Él nos esperaba y salió a recibirnos cordialmente.

Nos condujo hasta una pequeña sala de recibo, donde me recibió a solas para la entrevista. Escuchó con atención e interés las razones de mi solicitud. Fue sincero en sus respuestas: no ofreció falsas esperanzas respecto a lo que le pedía, pero el hecho de haber sido escuchado por él, en aquellos días de tanta turbulencia espiritual y humana, fue suficiente para traerme paz.

Días después, el 6 de agosto de 2019, tuve la dicha de escucharle predicar durante la solemnidad del Santo Cristo de La Grita, en ese mismo santuario, ante miles de devotos. Fue una homilía profundamente sentida y teológicamente bien fundamentada, como solía ser su estilo.

Después de aquel encuentro, no volví a verlo en persona, pero mantuvimos cierta comunicación por WhatsApp. Me enviaba con frecuencia los videos de sus reflexiones evangélicas, grabadas para la pastoral vocacional de su diócesis. A veces respondía brevemente a mis comentarios. En mi correo electrónico conservo su última entrega: su Mensaje de Cuaresma, enviado el sábado 20 de febrero de 2021 a las 17:29.

Lamentablemente, al abandonar Venezuela, perdí contacto con la mayoría de mis amistades en el país, incluido él. Aun así, supe de su renuncia como obispo residencial de San Cristóbal y del progresivo deterioro de su salud como obispo emérito.

Conservo varios de sus libros en mi biblioteca en Venezuela. Uno de ellos fue fundamental para la revisión y citación de una tesis sobre el sacerdocio ministerial católico, que ayudé a redactar a un compañero teólogo en el seminario de Mérida. Siempre admiré su agudeza intelectual, la profundidad de sus enseñanzas y la claridad de sus homilías, especialmente en las grandes solemnidades litúrgicas.

Recuerdo también su cercanía con el difunto presidente Hugo Chávez, quien llegó a decir públicamente que, en su opinión, monseñor Moronta era el único obispo venezolano que merecía la dignidad cardenalicia. Sin embargo, tras la muerte del mandatario, monseñor Moronta se convirtió en un firme crítico de las injusticias cometidas por su sucesor, como también lo hicieron los demás obispos del país.

Hoy, al recordar a monseñor Mario Moronta, doy gracias a Dios por su vida, por su ministerio y por su testimonio como pastor fiel, hombre de fe y servidor incansable del pueblo venezolano —en especial del Táchira— y de los devotos del Santo Cristo del Rostro Sereno de La Grita.

domingo, 3 de agosto de 2025

Décimas para mamá

Felices 57 años


No existe la buena prosa,

tampoco el mejor de los versos,

pero yo haré el esfuerzo

de cantar aquí mi glosa.

Pues la vida que se goza

completa una nueva vuelta,

y por cierto, anda suelta

con temple de juventud,

disfrutando a plenitud

la existencia bien resuelta. 


Día dichoso en memorar

el lejano tres de agosto,

en que, sin renta ni costo,

la luz vino a observar

de la Eva que naciera

cual deseada criatura,

muy libre, sin atadura,

en la casa más humilde,

poniéndole nombre con tilde:

la que Clara fue y muy pura. 


Tahís, mejor conocida,

de la unión de Pedro y Eva,

que Barillas Castillo lleva

apellidos en partida.

En esa La Playa querida

vino al mundo de los gochos,

por aquel sesenta y ocho,

en la casa de la nona,

la india Tomasa dona

su cafecito y bizcocho. 


Pedro Julio, padre honrado,

orgulloso de su pequeña,

en el trabajo se empeña,

de su negra enamorado.

Y con tres hijos logrados,

sus armamentos gestiona;

hombre al que el trago entona,

con amistades nutridas,

pero el cáncer cortó su vida

y pronto la casa abandona. 


Eva Angelina, singular,

fue el ejemplo concreto

de madre a tiempo completo,

forjadora del hogar,

que bien lo supo lograr

infundiendo el sentimiento

de bondad y lo correcto.

En generosa compañía,

la mano siempre daría,

siendo su apoyo perfecto. 


La mujercita creció,

y dejando ya los mocos,

se enamoró de un tal Coco,

a quien su amor entregó.

Tres criaturas le parió

en desigual providencia,

siendo muy dura la ausencia

del hombre que fue de su vida,

la experiencia más querida,

su martirio sin violencia. 


A sus hijos quiere igual,

aunque sea sospechoso

que solo el menor sea dichoso

de un trato particular.

Pero nadie ha de negar

que por los tres da la vida,

totalmente comprometida.

Y ahora, con sus dos nietos,

no es posible más secretos:

para ellos no hay medida. 


Mujer fuerte y luchadora,

con valor salió adelante,

y a sus tres hijos, no obstante,

crió con brega de mil horas.

Se hizo buena educadora

con gran éxito en los niños

del páramo de Mariño,

sobresaliendo en todo,

trabajando del mejor modo,

con alegría, fe y cariño. 


Hoy ya son cincuenta y siete,

pero parecen cuarenta.

No nos importa la cuenta:

la juventud la somete.

Y, como al tema compete,

toda resalta en belleza,

¡bendita naturaleza!

Que Dios le dé larga vida,

la bendición recibida

del trabajo sin pereza. 


Yo, como estoy sin plata,

solo puedo, en mi ruina,

escribirle con la rima

la historia que se relata.

Y en expresión buena y grata,

le regalo lo aquí escrito.

Que la quiero hasta el infinito,

por ser madre incondicional,

porque en el bien y en el mal

ha brindado amor gratuito.