viernes, 8 de marzo de 2024

Las cuatro mujeres de la genealogía de Jesús en Mateo 1, 3-6

Tamar, Rajab, Rut y Betsabé

La situación de la mujer en tiempos de Jesús era totalmente desfavorable y discriminatoria, pues prácticamente no se le consideraba persona libre ni hija de Israel, sino posesión primero de sus padres y luego de sus maridos, se consideraban siempre en minoría de edad y su influencia estaba resumida en su función maternal. La fragilidad del género femenino se inculcó en los tuétanos de la cultura hebrea, pero esto cambió radicalmente con Jesús, quien fue amigo de las mujeres y más aún, las admitió como seguidoras y discípulas suyas.

El evangelista Mateo desarrolla la genealogía de Jesús (Mt 1, 1-16) especificando diversos personajes de la historia de Israel, reyes y plebeyos y entre estos a cuatro mujeres cuya mención en principio puede parecer innecesaria, pues no son Sara, Rebeca, Lía o Raquel, grandes mujeres por sus virtudes, sino cuatro simples paganas en las que, como veremos, se manifiesta el futuro de la salvación universal. Comprendamos la intención de Mateo conociendo brevemente la historia de estas cuatro mujeres, saber: Tamar (Mt 1,3); Rajab (Mt 1,5); Rut (Mt 1,5) y Betsabé “la mujer de Urías” (Mt 1,6).

1.    Tamar “la incestuosa” (Gn 38, 14-18)

Mujer cananea cuyo nombre significa en hebreo “palmera”. Primero fue esposa de Er, el hijo primogénito de Judá, pero al morir este quedó viuda y pasó a casarse con su cuñado Onán, quien tampoco le dio descendencia. Judá la apartó de su casa y Tamar lo engañó vistiéndose de ramera para acostarse con él. Al quedar embarazada fue enterado Judá de lo que había sucedido y de la unión con su nuera nacieron los mellizos Peres y Zéraj.

Ante Judá y los suyos Tamar no cometió injusticia, sino que, movida por su deseo de tener un hijo de la sangre de su difunto marido Er, buscó acostarse con su suegro (incesto), pues Selá, último hijo de Judá, no le había sido dado por esposo según la ley del levirato. El acto justo de Tamar es recordado como una bendición de Yahvé en (Rt 4, 12). La iniciativa de esta mujer es recordada como acto heroico.

 

2.    Rajab “la prostituta” (Jos 2, 1-21)

Rajab, (no Ráhab monstruo mítico de Jb 9, 13), prostituta de Jericó que hospedó en su casa a los dos espías que Josué había enviado para explorar esa ciudad y todo el país, reconoce que ellos son enviados por el Dios del cielo y de la tierra, por lo que hace un pacto con ellos para dejarlos escapar sin que sufran daño. Rajab se salva por la fe y es justificada por sus obras, pues aun siendo extranjera, acoge a los israelitas y así consigue salvar a toda su familia. Es recordada por St 2, 25 al ser justificada por sus obras y en Hb 11, 31 como modelo de la fe en la historia sagrada.

Finalmente, en Jos 6, 22-25 se narra la salvación de Rajab y su familia, quienes permanecieron y se integraron al Israel étnico, es decir, se convirtió en prosélita. La fe de esta mujer le salvó la vida. Mateo la menciona en su genealogía de Jesús, aún cuando no aparezca en las Sagradas Escrituras un vínculo exacto de ella con el Mesías.

 

3.    Rut “la extranjera” (Rt 1-4) 

Rut, en hebreo “amiga”, fue esposa de Quilión, hijo de Elimélec y Noemí, oriundos de Belén de Judá que se fueron a habitar en los campos de Moab, de ahí que Rut sea recordada como la moabita. Muerto Elimélec y su hijo Quilión, la viuda Noemí y sus nueras Orfá y Rut quedaron desamparadas. Noemí decide regresar a Judá y despide a las que fueron esposas de sus hijos, pero Rut no quiso apartarse de ella y la acompañó hasta Belén. Rut finalmente se casa con Booz, un pariente de Elimélec y de esta manera se convierte en madre de Obed, el padre de Jesé, el padre del rey David. De este modo Rut, la moabita, por su fidelidad a la madre de su difunto esposo y la fe en el Dios de Israel, se introduce en la genealogía de Jesús, descendiente de David.

Solo Rut, a diferencia de las cuatro mujeres, tiene un libro homónimo en la Biblia que narra a detalle su historia.

 

4.    Betsabé “la adultera” (2 Sam 11, 1-27)

Betsabé era hija de Elián y mujer de Urías el hitita, un mercenario extranjero al servicio de David. El rey David la había visto bañándose y se prendó de su hermosura, la mandó a traer y se acostó con ella, dejándola embarazada. Para eliminar a Urías lo mandó a batallar en primera fila, donde murió. Luego tomó a Betsabé por esposa y ella dio a luz un hijo que murió al poco tiempo de nacer. Después Betsabé dio a luz a Salomón, lo que confirmó el perdón de Dios a David por su pecado (2 Sam 12, 24).

De la madre de Salomón también se recuerda su alianza con el profeta Natán para que su hijo fuese proclamado rey y de esta manera ella se convirtió en la reina madre (1 R 1,11-40).

         Mateo rescata para la historia las acciones de estas cuatro mujeres “pecadoras y extranjeras” en razón de María “la virgen, santa y judía”, la madre de Jesús. Benedicto XVI recuerda lo que se ha dicho de estas cuatro mujeres, que habrían sido pecadoras, aunque no las cuatro (tal vez a excepción de Rut); para él este recuerdo “implicaría una indicación de que Jesús habría tomado sobre sí los pecados y, con ellos, el pecado del mundo, y que su misión habría sido la justificación de los pecadores”. Sin embargo, concluye el pontífice que “es más importante el que ninguna de las cuatro fuera judía. Por tanto, el mundo de los gentiles entra a través de ellas en la genealogía de Jesús, se manifiesta su misión a los judíos y a los paganos”, pues, ciertamente “estas mujeres revelan una respuesta ejemplar a la fidelidad de Dios, mostrando la fe en el Dios de Israel”, es así como Mateo presenta una “genealogía de la gracia y de la fe: precisamente sobre la fidelidad absoluta de Dios y sobre la fe sólida de estas mujeres se apoya la continuidad de la promesa hecha a Israel”.

         Para Charles Perrot Mateo incluye en su genealogía la historia de estas cinco mujeres (incluyendo a María) por la extravagancia de sus partos, pues es Dios quien interviene para modificar curso normal de las cosas, de esta manera ellas son incluidas en la línea mesiánica por pura gratuidad divina, pues Dios hace posible todas las cosas. De cualquier manera, vemos en Tamar, Rajab, Rut y Betsabé el ímpetu y valentía de la mujer que lucha por su realización y es fiel a su ser engendrador de vida.

         Es esperanzador ver cómo la mentalidad patriarcal y opresora en la que también la Iglesia ha incurrido está quedando atrás y es cosa del pasado. Aunque es cierto que todavía falta mucho por hacer, ya podemos ver a las mujeres en distintos puntos de autoridad y decisión en la Iglesia y en la sociedad. El aporte de las mujeres en la Iglesia y en el mundo actual es ciertamente la garantía de la plenitud, pues el hombre en solitario no puede realizarse, Dios le ha puesto a un ser que lo perfecciona y le da vida. La mujer no es complemento del hombre, sino su perfección.

P.A

García

 

         Bibliografía

·       Benedicto XVI (2009) Homilía del Santo Padre Benedicto XVI en la capilla Redemptoris Mater del Palacio Apostólico, Vaticano. Jueves 17 de diciembre de 2009.

·       Benedicto XVI (2012) La infancia de Jesús. Librería Editrice Vaticana.

·       Biblia de Jerusalén (2018) Comentarios. Editorial Desclée De Brouwer.

·       Charles Perrot (1980) Los relatos de la infancia de Jesús. Editorial Verbo Divino.

·       Eric Thomas (1994) La Biblia ilustrada. Editorial Amereida.

·       Paola Polo Media (2024) Relatos de la infancia y la adolescencia de Jesús. Diplomatura en Teología PUCP.

·       Wilton M. Nelson (1974) Diccionario Ilustrado de la Biblia. Editorial Caribe.

·       Xavier León-Dufour (1975) Vocabulario de Teología Bíblica. Editorial Herder.

miércoles, 28 de febrero de 2024

Sobre los restos mortales de Simón Rodríguez en el Perú

“EL MAESTRO DEL LIBERTADOR”

Supuestos restos mortales de Simón Rodríguez en Amotape, Perú, y la casa donde se dice que murió en la misma localidad.

         Amotape es un pequeño caserío de la provincia de Paita en Piura, al norte del Perú. En este pueblo falleció don Simón Rodríguez el 28 de febrero de 1854 y sus restos fueron enterrados en el templo del pueblo.

         El profesor Nelson Ernesto Chávez Herrera escribió una crónica de su investigación personal sobre el verdadero paradero de los restos mortales del Maestro del Libertador que, según la historia oficial, fueron llevados de Amotape a Lima (1924) y luego a Caracas (1954), pero, al parecer, esto no es del todo cierto.

         La obra de Chávez se titula “Los restos del cholo Facundo”, publicada en 2019 bajo el patrocinio de la Alcaldía de Caracas, al ser la ganadora del Premio Nacional de Literatura Stefanía Mosca 2018, en la mención crónica con el seudónimo de Coromoto Montilla.

         Es a partir del capítulo IV, página 29 de 83, donde Nelson Chávez comienza a narrar la intriga sobre lo ocurrido con el supuesto traslado de los restos de Simón Rodríguez desde Amotape hasta el Panteón Nacional de los Próceres del Perú en Lima, con motivo del centenario de la Batalla de Ayacucho a finales de 1924. Al parecer la idea fue de Fabio Lozano y Lozano, autor de la primera biografía de don Simón Rodríguez, quien comentó a Luis Ernesto Denegri, secretario del presidente Augusto B. Leguía, la idea del traslado.

         El presidente Leguía autorizó la exhumación y se empezó a preparar la ceremonia, a la que, pudo estar invitado el general Eleazar López Contreras, encabezando la delegación militar del general Juan Vicente Gómez, presidente de Venezuela, quien a su vez festejó en su país el centenario de Ayacucho. Lo cierto fue que en Amotape no supieron dar con el paradero de la osamenta, por lo que, presionados por Lima, decidieron enviar en calidad de auténticos, los restos de otro ser humano.

         Antes del envío a Lima llegaron a Amotape unos periodistas que supieron de la patraña cometida por las autoridades locales, pues al no tener certeza de la ubicación de los restos dentro de la iglesia del pueblo, confabularon en armar unos supuestos testimonios justificando una conjeturada “memoria oral”. El acta oficial de la exhumación se firmó el 26 de noviembre de 1924, pero el periodista Carlos Chávez Sánchez no consintió la farsa y publicó en periódicos de la época su apreciación del evento, cuestión que tardó en salir a la luz dos años, por las reservas al asunto que los altos mandatarios objetaron.

         En 1953 surgió desde Venezuela la intención de repatriar los restos de Simón Rodríguez que, para la opinión de ambas naciones, el Perú y Venezuela, estaban en Lima desde 1924. Con las gestiones del general Marcos Pérez Jiménez en Venezuela y Manuel Arturo Odría en el Perú se logró que los supuestos restos del Maestro del Libertador llegaran a su país natal el 27 de febrero de 1954, un día antes del centenario de su fallecimiento.

         Pérez Jiménez fue advertido del engaño, pero optó por la diplomacia. Pero no tardó mucho tiempo en correr la verdad como pólvora, pues periódicos del Perú y Venezuela paulatinamente fueron publicando entrevistas y opiniones sobre lo que realmente ocurrió en 1924 y luego en 1954 con los restos de Simón Rodríguez, de modo que es sabido por todos desde hace ya bastante tiempo el bulo de Amotape.

         Nelson Chávez llegó a Amotape y entrevistó a los lugareños entre los días 14 y 15 de abril de 2013. Allí conoció de primera mano los relatos que todavía subsisten entre los pobladores sobre los restos de Simón Rodríguez. En resumidas cuentas, la iglesia del pueblo fue refaccionada en el año 1994 y en los trabajos de rigor fueron encontrados en el subsuelo una osamenta con una característica delatadora, una “corbata miche”, idéntica a la usanza del maestro Rodríguez, y que se refleja en cada pintura o busto que de él se hace.

         Según el relato de Chávez, los amotapeños conservaron los restos encontrados en 1994 en el depósito trasero del templo, en un cajón de madera que él pudo observar y fotografiar. Para todos ellos, que han conocido como protagonistas la historia verdadera, los restos repatriados a Venezuela no son los de Simón Rodríguez, sino los de un habitante de Amotape que fue conocido como “el cholo Facundo”.

P.A

García

domingo, 25 de febrero de 2024

Claves de los Sinópticos y Juan

Examen final de Evangelios Sinópticos y Juan

Argumente a través de textos bíblicos el conflicto que mantiene Mateo con los creyentes de origen judío.

La predicación de Jesús de Nazaret estuvo centrada en la novedad del Reino de Dios, a ello dedicó gran parte de su ministerio público el cual no estuvo exento de polémicas con los sectores religiosos más radicales de su época, como la secta de los fariseos, por ejemplo. Todo el capítulo 23 del evangelio de Mateo apunta a una tensión entre Jesús y los escribas y fariseos, a quienes primero describe según sus grandes errores, para luego dedicarles siete “ayes” (¡Ay de vosotros, escribas y fariseos…! Mt 23, 13-29) y finalmente profetizarles el castigo merecido. La vida del Señor estuvo marcada por un profundo conocimiento de sus realidades temporales, es decir, Jesús estuvo bien enterado de los abusos que cometían los poderosos de su época, gobernadores y líderes religiosos, quienes, alejándose del auténtico sentido de la fe en el Dios de Abrahán, se habían desviado por sendas de escrupulosidad, exclusividad y opresión de los más pobres, débiles e inocentes. El Reino de Dios pone a estos últimos de primeros y allí la radica la fuerte oposición que encuentra el evangelio con aquellos judíos tradicionales y tradicionalistas.

¿Se puede definir a la Iglesia de Mateo como el “nuevo Israel”?

Jesús fundó una Iglesia, o al menos tuvo la intención de hacerlo, Mateo lo demuestra cuando el Señor dedica a Pedro las famosas palabras de (Mt 16, 18-19). Esta comunidad de creyentes se conformó, por mandato de Jesús, a través de la predicación del evangelio y el bautismo (Mt 28, 19-20), y fundamentada en la elección de doce varones que el mismo Jesucristo había apartado para que estuvieran con él y para expulsar a los espíritus inmundos, para curar toda enfermedad y dolencia (Mt 10, 1-4); este número, doce, corresponde al paralelismo con las tribus del antiguo Israel (Gn 49, 1-28), por eso Jesús elige a doce, para renovar la elección divina en todos aquellos que crean en su palabra y se conviertan. La Iglesia es la prefiguración del Reino, la Iglesia es el nuevo Israel, cuya piedra angular es Cristo (Mt 21, 42).

Señale la diferencia entre el Israel étnico y la Iglesia universal.

Como hemos visto, Jacob, después llamado Israel, impartió una especial bendición a sus doce hijos, de quienes se conformaron las doce tribus de Israel, a saber: Rubén, Simeón, Leví, Judá, Zabulón, Isacar, Gad, Aser, Dan, Neftalí, José y Benjamín (Gn 49, 1-28), solo en sus descendientes se comprendía al pueblo de Dios, sin embargo, con Jesús y sus discípulos, esta selección étnica se abre a la totalidad de la creación, pues a los suyos Jesús le indica que hagan discípulos en todas las naciones (Mt 28, 19-20), es decir, sin importar las limitaciones del Israel geográfico y demográfico. Esta tarea la cumplieron los doce, a saber: Pedro, Andrés, Santiago, Juan, Felipe, Bartolomé, Tomás, Mateo, Santiago el de Alfeo, Tadeo, Simón el Cananeo y Judas Iscariote (Mt 10, 1-4), este último, el Iscariote, sabemos que fue reemplazado por Matías (Hch 1, 26).

¿Qué tipo de eclesiología desarrolla Mateo en los siguientes textos: Mt 5,12; 5,13-16?

En el versículo 12 del capítulo 5 Jesús está culminando su famoso discurso de las bienaventuranzas desde una de las colinas próximas a Cafarnaúm, y después de dedicar sus palabras a los pobres, los humildes, los que lloran, los que tienen hambre y sed de la justicia, los misericordiosos, los limpios de corazón, los pacíficos, los perseguidos por la justicia, finalmente se dirige al grupo de los Doce, a sus más cercanos para indicarles que ellos, como los profetas y de quienes son sucesores, serán también perseguidos en su misión; Jesús funda su Iglesia sobre los doce apóstoles, por eso decimos que la Iglesia es apostólica. Luego, en los versículos del 13 al 16, el Señor comenta la analogía de la sal de la tierra y de la luz del mundo, que son sus seguidores, aquellos que le escuchaban congregados en multitud a su alrededor mientras él sentado enseñaba (Mt 5, 1-2). La Iglesia reconoce su papel protagónico en la sociedad, es decir, sabemos nuestra misión, evangelizar, y esta fuerza y kerigma provienen solo de la sal y luz recibida del mismo Jesús, es por eso que una Iglesia apartada del mensaje del Señor, es una Iglesia insípida, sosa y apagada. La eclesiología de Mateo reconoce la importancia de beber de la fuente primitiva que es Jesús, para luego sí ser sus enviados, es decir, sus apóstoles, los que van construyendo la Iglesia. “Heme aquí, Señor: envíame” (Is 6,8).

Lucas narra la realización de un proyecto divino, que sigue actuando en el presente y camina hacia su propia realización. Explique este proceso a través de textos bíblicos.

El gran proyecto divino por el que Jesús entrego su vida fue el Reino de Dios. El evangelio de san Lucas es abundante en citas referentes al discurso de Cristo acerca del Reino de su Padre Dios. El evangelista y médico introduce el tema del Reino mostrando a un Jesús que se preocupa de otros pueblos, a quienes también debe anunciar la Buena Nueva del Reino de Dios y no solo en Galilea (Lc 4, 43). Luego, en su discurso de la montaña especifica que los pobres son bienaventurados, porque de ellos es el Reino de Dios que él predica (Lc 6, 20). Más adelante, ante las incomprensiones de sus parábolas acerca del Reino, explica a sus discípulos que a ellos se les ha dado a conocer los misterios del Reino de Dios (Lc 8, 10), porque muchos no entendían esa novedad desconcertante y reconfortante a la vez. A estos discípulos que comprenden un poco más su mensaje porque él se encarga de explicárselo, Jesús los envía a predicar ese Reino de Dios (Lc 9, 2), no sin antes aclararle la decisión fundamental de darlo todo por este proyecto divino, pues ciertamente “nadie que pone la mano en el arado y mira para atrás es digno del Reino de Dios” (Lc 9, 62). Pero, ¿dónde está ese Reino? Jesús cura, perdona, levanta paralíticos, hace milagros, se compadece de todos, perdona los pecados, por eso afirma que “el Reino de Dios está cerca de vosotros” (Lc 10, 9) cuando vean suceder estas cosas, porque el Reino es, sobre todo, justicia y paz para los menos favorecidos. Ya en la fórmula por excelencia de la oración que Cristo enseña a sus seguidores está la petición de que venga hacia nosotros el Reino de Dios, adveniat regnum tuum (Lc 11, 2), porque siempre será necesario pedir al Padre que su Reino venga, que esté presente, que se instaure. Cristo compara este Reino con dos analogías muy particulares, un grano de mostaza o la levadura (Lc 13, 18-21) pues por pequeño que parezca o insignificante que se vea, hace crecer y transforma las realidades para bien. ¿Cuándo ha comenzado este Reino? Es una interrogante legítima en las primeras comunidades cristianas, y el Señor lo deja claro, pues “la ley y los profetas llegan hasta Juan, de ahí se empieza la Buena Nueva del Reino de Dios y muchos se esfuerzan con violencia por entrar en él” (Lc 16, 16). Ahora bien, no podemos decir que el Reino de Dios está aquí o allá, más propiamente confiamos en que “el Reino de Dios ya está entre nosotros” (Lc 17, 20-21), es decir, en medio de nosotros, en nuestro interior. Finalmente, ¿quiénes merecen este Reino? O ¿qué actitudes nos exigen? En primer lugar, humildad y ser como niños (Lc 18, 16) y luego un desprendimiento total, porque “qué difícil es que los ricos entren al Reino de Dios” (Lc 18, 24). El Reino está en edificación, somos parte de esta obra de Dios.

En la teología de la historia, Lucas distingue tres tiempos: El tiempo de Israel, el tiempo de Jesús y el tiempo de la Iglesia. Explique mediante textos bíblicos el sentido teológico de estos tiempos.

La teología lucana según el parecer de varios estudiosos, entre ellos Hans Conzelmann y el profesor Rafael Aguirre Monasterio, busca separar la historia de la salvación en tres etapas claras, distinguibles y vinculadas entre sí. La primera de ellas sería el tiempo de Israel, que va desde la ley y los profetas hasta el Bautista (Lc 16, 16), es decir, todo el Antiguo Testamento y los dos primeros capítulos de su evangelio; la segunda es de Juan Bautista en adelante, este sería el tiempo de Jesús, es decir, el tiempo del Reino de Dios, según la misma cita bíblica. Luego, está el tiempo de la Iglesia, que corresponde a la acción del Espíritu de Dios en la asistencia a la comunidad cristiana que esperaba la parusía, es decir, la segunda venida del Señor. Para comprender esto es necesario tener en cuenta que la obra lucana es una sola, compuesta por el evangelio (Lc) y los relatos de las primeras comunidades cristianas y Pablo (Hch), a esto le llamamos “la unidad de la obra lucana”.

El evangelio según Lucas se abre y se cierra en Jerusalén y, dentro de ella, en su corazón, el Templo: se abre en el Templo con el anuncio del ángel a Zacarías (1,5ss) y allí se cierra con la imagen de los Once que “estaban siempre en el Templo alabando a Dios” (24,53). ¿Qué importancia tiene el Templo y Jerusalén para el autor?

Lucas sabe que de Jerusalén vendrá la Salvación, por eso es importante que Cristo suba a esta ciudad santa, para, desde allí, morir y salvar a la humanidad entera. El Templo era el centro cultual (de culto) de la religión judía, y Cristo fue un judío de su época, que se interesó por subir a Jerusalén a festejar la Pascua y, por su puesto, aprovechó para orar en el Templo e incluso enseñar en él, para admiración de todos. Para Lucas Jerusalén es el centro de la historia de la salvación, (Lc 9, 31), es por eso que Elías y Moisés en el episodio de la transfiguración del Señor hablaban con él del lugar santo, de su centralidad. El protagonismo del Templo se debe, ciertamente, a que este es como una réplica del cielo, es decir, donde Dios se deja ver, donde baja al encuentro con los hombres (Ex 25, 40).

Lucas presenta a Jesús comiendo, en circunstancias diversas y con comensales diferentes. Aparece comiendo con pecadores y publicanos, varias veces en casa de fariseos, por supuesto, con la gente, con los discípulos… y, además, en el contexto de estas comidas, Jesús pronuncia enseñanzas de especial importancia. ¿Por qué presenta Lucas tantas veces a Jesús en el contexto de una comida? ¿Qué significaban esos textos -con frecuencia enseñanzas muy polémicas, quizás a veces las más novedosas de su mensaje- para sus primeros destinatarios?

Las comidas de Jesús fueron, sin lugar a dudas, un escenario de fuerte contradicción para la época del Israel del siglo I. Veamos solo tres ejemplos. En primer lugar, el banquete al que Jesús es invitado por un fariseo y en su casa, sentados todos a la mesa, se le acerca una mujer pecadora con un frasco de alabastro de perfume, y lo derramó sobre los pies del Maestro (Lc 7, 36-50); luego de las incomprensiones, Jesús perdona a aquella mujer, en un contexto de profundo machismo y rigurosidad legalista, pues aquella era conocida por ser “mujer pecadora pública”, posiblemente una prostituta. En segundo lugar (Lc 10, 38-42), el banquete en la mesa de su amigo Lázaro, donde aprovecha el Señor para darle valor a la actitud de María, hermana de Marta y Lázaro, quien había preferido estar a sus pies “para escuchar su palabra”, porque la mesa es el compartir por excelencia, y junto a Jesús las comidas adquirían un sentido sobrenatural, como lo recordarán más adelante los discípulos de Emaús, a quienes les explicó las escrituras y les partió el pan (Lc 24, 13-35). Y en tercer lugar el banquete en casa de Zaqueo (Lc 19, 2-10), jefe de publicanos y cuyo encuentro con Jesús al compartir su mesa le supuso un cambio radical de vida, la sola presencia del Señor le movió a la conversión, por eso Jesucristo no rechazó nunca la oportunidad de compartir también con todos aquellos a quienes denunciaba públicamente por su conducta inhumana y despiadada, sobre todo de aquellos que oprimían con impuestos impagables por campesinos que terminaban perdiéndolo todo. Si Juan Bautista con su reserva en el comer y el beber fue tenido por “energúmeno”, Jesús que compartía la mesa con todos fue catalogado por “comilón y borracho, amigo de publicanos y pecadores” (Mt 11, 16-19), porque Cristo aprovechó cualquier cátedra para predicar el Reino con palabras y obras, también desde las periferias.

¿De qué forma presenta Marcos a lo largo de su obra el mesianismo de Jesús?

El evangelista Marcos abre su narración con la predicación de Juan Bautista, quien bautizará a Jesús y de cuya acción quedará ungido por el Espíritu Santo para iniciar su ministerio (Mc 1,1-11). Aquí “ungido” es el equivalente castellano al hebreo “mesías” y al griego “cristo”; Marcos tiene claro desde el principio que Jesús es el Mesías de Dios, el ungido, y la profesión de fe de Pedro tendrá su cumbre en esta comprensión (Mc 8, 29). Jesús no es un Mesías político, de armas tomar, libertador del pueblo como muchos anteriores a él en cuyas pretensiones terrenas perecieron; Jesús es un Mesías y Libertador espiritual, que buscó instaurar su Reino, el Reino de Dios que no es de este mundo (Jn 18, 36). Marcos desde el capítulo 8 hasta el 10 presenta el mesianismo de Jesús orientado hacia su pasión, muerte y resurrección, y culmina su evangelio con la confesión de fe del centurión, cuando ya al final de la crucifixión reconoce que Jesús era realmente el Hijo de Dios (Mc 15, 39). A lo largo de su vida, Jesús evita una sublevación popular contra el imperio romano ocupador, pues esto es contrario a su misión.

Analiza los siguientes textos: Mc 8,31-38; Mc 9, 1-8. ¿Qué perfil de discípulo presenta el autor? ¿qué consecuencias prácticas podemos sacar para seguir a Jesús hoy?

En Mc 8, 31-38 Jesús reprende a Pedro e indica las condiciones radicales de su seguimiento, pero ¿Cristo es exigente? Definitivamente sí, y lo vemos en estos versículos de Marcos, pues en su seguimiento no cabe el capricho y el aparente triunfalismo que Pedro le recomendaba en detrimento de la cruz, y tampoco cabe la vergüenza de Jesús y de sus palabras, ni mucho menos un seguimiento sin cruz, es decir, sin sufrimientos o sin la negación de sí mismo, lo que significa que donarse hasta las últimas consecuencias, hasta la muerte, como el mismo Cristo. Este texto es netamente vocacional para todos aquellos que hemos sido renovados a una vida santa a través de las aguas bautismales. Todos los cristianos debemos orientarnos por estas palabras de Jesús, a llevar una vida de discípulos y misioneros allí donde nos encontremos. El cristiano del siglo XXI no puede temer la persecución, porque es cierto que vivimos en mundo que nos lleva a contracorriente, por eso mismo debemos ser sal y luz.

En Mc 9, 1-8 el evangelista nos cuenta la escena de la Transfiguración, de la que solo tres discípulos son testigos: Pedro, Santiago y Juan. Es a ellos a quienes Jesús les adelanta una prefiguración de su gloria, de la resurrección, y en la intervención desmesurada de Pedro identificamos al discípulo que no comprende la realidad de las cosas divinas. Jesús se transfigura en medio de estos tres para mostrarles la belleza de la salvación, para invitarlos a perseverar, para demostrarles que él es quien ellos creen y que todo se encamina a la gloria por la cruz. Y los discípulos de nuestro tiempo debemos comprenderlo, sin objeciones, sin peros, porque seguimos a aquel que ha hecho de su vida el mejor referente para la nuestra. El discipulado de nuestros días ha de verse transfigurado a la luz de la Palabra de Dios, para que se encarne en las realidades terrenas donde hace falta más Iglesia, más cristianismo, más humanidad.

Marcos al inicio de su evangelio presenta a Jesús como el Cristo, el Hijo de Dios (1,1).  ¿Cómo revela Marcos la identidad de Jesús? Fundamente a través de textos bíblicos.

El principal texto que da origen a la identificación real de Jesús es Mc 1, 11, cuando en medio de las aguas del Jordán, Jesús y Juan y todos los presentes oyen una voz que vino del cielo “Tú eres mi Hijo amado; en ti me complazco”. Este episodio de filiación divina y revelación de la identidad de Jesús tiene su reafirmación en Mc 9, 7 en la escena de la Transfiguración, cuando con palabras semejantes y en circunstancias parecidas se oye “Este es mi Hijo amado; escuchadle”. Estas primeras citas apuntan a una revelación directa del cielo, pues se oye “la voz de Dios”, sin embargo, Marcos recoge otras dos confesiones que relevan la identidad de Jesús, y ya las hemos visto más arriba, estas son: en primer lugar, la confesión de Pedro (Mc 8, 29) “Tú eres el Cristo”; y luego la del centurión (Mc 15, 39) “Verdaderamente este hombre era hijo de Dios”. La revelación que Marcos hace de la identidad de Jesús, como vemos, es progresiva y contundente a la vez.

¿Dónde aparece la “hora” de Jesús en el evangelio de Juan y a qué se refiere?

Son varias las referencias de Juan respecto a la “hora” de Jesús, pero de todas ellas la que más gana protagonismo es la hora de su glorificación, de su retorno a la vuelta del Padre, la que no había llegado todavía en el episodio de Caná (Jn 2,4). La proximidad de esta hora es señala por el mismo Juan en su evangelio: (Jn 7, 30) cuando querían detenerlo, pero todavía no había llegado su hora; (Jn 8, 20) igualmente en el Templo, donde no pudieron apresarlo; (Jn 12, 23.27) Jesús anuncia aquí la glorificación por la muerte en cruz “ha llegado la hora de que el Hijo del hombre sea glorificado” y “¡Si he llegado a esta hora precisamente para esto!” Jesús sufre y se angustia ante la inminente muerte en cruz; “Antes de la fiesta de la Pascua, Jesús sabía que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre” (Jn 13, 1) el paso de Cristo de la muerte a la vida será la auténtica Pascua; “Padre, ha llegado la hora; glorifica a tu Hijo” (Jn 17, 1) es la oración de Jesús antes de ser apresado. De modo que la hora de Jesús en el evangelio de san Juan hace referencia a su paso de este mundo a la vida con su Padre celestial, a quien acompañada sentado a su diestra, desde donde vendrá a juzgar a vivos y muertos.

P.A

García

domingo, 18 de febrero de 2024

Mi institución como Lector y Acólito de la Iglesia

MINISTERIOS LAICALES

         El viernes 16 de febrero tomé papel y lápiz para apuntar el decreto arzobispal que el obispo me dictaría, referente a mi institución como lector y acólito de la Iglesia Católica, en respuesta de mi petición escrita hecha el pasado 24 de octubre de 2023. Monseñor me había manifestado su intención de que yo participara del retiro anual de los sacerdotes en Luricocha, Huanta, para luego sí recibir ambos ministerios laicales.

         El decreto arzobispal fue el número 035-2024, y tuvo el siguiente tenor: “1. Habiendo recibido la petición de nuestro apreciado secretario Pedro Andrés García Barillas de recibir los ministerios del lectorado y acolitado para el servicio pastoral en la Arquidiócesis y atención en el Establecimiento Penitenciario de Ayacucho. 2.Escuchado el parecer de nuestra Curia Arzobispal y reconociendo sus estudios teológicos en la PUCP e investigaciones históricas. Por las presentes letras concedemos la institución de los ministerios de Lector y Acólito. Que se llevará a cabo en la Santa Iglesia Catedral Metropolitana el domingo 18 de febrero, I de la Santa Cuaresma, a las 6:00 p.m. Acompañamos este servicio eclesial con nuestra oración y apostolados. Dado en esta Curia Arzobispal, a los dieciséis días del mes de febrero del año dos mil veinticuatro. Comuníquese, regístrese y archívese. +Mons. Salvador Piñeiro García-Calderón, Arzobispo Metropolitano de Ayacucho. Pbro. Percy Quispe Misaico, Canciller”.

         Dada la proximidad de la fecha el mismo decreto escaneado y compartido por las redes sociales sirvió de invitación para conocidos y amigos. Aquel que se tomó la molestia de leer todo el documento se enteró del acontecimiento y pudo compartir conmigo la alegría de estar un poco más cerca del servicio y del altar de Dios.

         Llegado el domingo 18 de febrero, primero de Cuaresma, participé en la santa misa en el penal, acompañando al padre capellán, quien me dio la oportunidad de compartir con los internos la reflexión de la palabra de Dios de ese día. Por la mañana con ellos y por la tarde con ellas. Mis hermanos internos demostraron su alegría por la noticia que esa misma tarde se llevaría a cabo en la Catedral de la ciudad. Les prometí que les mostraría el vídeo resumen de la ceremonia, tal como lo hice el martes 20.

         A las 5:45 p.m. llegué a la catedral y me dirigí a la sacristía para revestirme. Con permiso expreso del obispo porté la sotana bajo el alba. Recé las Vísperas en la pequeña capilla del seminario y esperé que llegara el obispo y demás sacerdotes acompañantes.

         Eran las 6:00 p.m. cuando salimos de la sacristía para iniciar la procesión de entrada por un lateral de la Catedral y luego por la nave central hasta el altar. La procesión iba principiada por la Santa Cruz de madera, que era llevada en hombros por mis familiares, cuestión que me sorprendió, pues no estaba enterado de tal participación.

         Luego del Evangelio y antes de la homilía el padre rector del seminario San Cristóbal de Huamanga leyó el decreto arzobispal y seguidamente me llamó como “el que va a ser instituido lector y acólito”, para lo cual abandoné la primera banca donde estaba sentado y pasando frente al altar respondí con un claro y sonoro “presente”, mirando al obispo sentado y mitrado. La seña recibida por él me invitaba a pasar a sentarme en una silla ubicada en el presbiterio, la misma que en principio no observé y por eso caminé dudoso y desorientado hasta ella.

         La homilía del obispo estuvo centrada en las lecturas del día, con una congruente mención a mí y lo que iba a recibir. Aunque la misa estaba siendo transmitida por el canal de la Catedral, justo las palabras más hermosas y significativas hacia mí no quedaron grabadas debido a problemas comunes de conectividad, sin embargo, las recordaré siempre y las llevaré bien guardadas y memorizadas en el corazón y en la mente, pues en ese momento, mientras las escuchaba, la emoción me hizo perder por breves instantes la noción del tiempo y del espacio, pues no pasaba a creer lo que estaba viendo y escuchando. Son esos minúsculos momentos de gloria que todo ser humano necesita para poder afirmar que vale la pena perseverar.

         Culminada la reflexión procedimos al breve rito de la institución. Pasé al frente y por indicación del obispo me puse de rodillas en frente suyo. El ritual prescribe primero la institución del acolitado, en la que recibí la patena con las hostias de manos del obispo. De la oración rememoro aquí lo siguiente: “vive de tal manera que puedas servir dignamente a la mesa del Señor y de la Iglesia”. Con el lectorado recibí el Evangeliario, un hermoso libro solemnemente decorado, impactantes fueron las siguientes palabras de la oración institucional: “penetrado y transformado plenamente por la Palabra de Dios, la anuncie con fidelidad a los hermanos”.

         Puesto de pie me ubiqué a la derecha del obispo quien con una notoria sonrisa de alegría me presentó ante los fieles congregados esa noche como nuevo lector y acólito. Los aplausos de la feligresía aprueban y reciben con gozo esta nueva misión de un laico frecuente de la Basílica Catedral de Ayacucho y, además, secretario del arzobispo y del arzobispado.

         Una vez culminada la profesión de fe y las preces, me dirigía al altar y en uso de mis nuevas facultades adquiridas, extendí el corporal, coloque la patena a un lado, fuera del corporal, eché el vino sobre el cáliz y puse el purificador sobre el corporal, para luego entregar en manos del que preside la patena, seguida del cáliz para que él mismo agregue la gota de agua que se mezcla con el vino. Finalmente puse la palia sobre el cáliz y pasé a sostener el manutergio para el lavabo del obispo.

         En el rito de la paz, después de saludar a varios de los presentes alrededor del altar, el acólito acompañante me indicó que fuera a buscar la reserva del Santísimo Sacramento que está en el sagrario, bajo el altar mayor de la catedral, un lugar un tanto lúgubre y de proporciones menores a mi estatura, por lo que ingresar allí me supone un abajamiento necesario, en primer lugar porque se trata de la presencia divina del mismo Dios hecho pan por nosotros, y muy en segundo lugar porque si pretendo permanecer erguido podría dejar la frente estampada en las maderas que hacen de techo.

         El obispo tuvo el gesto de compartir con los dos acólitos que estábamos presentes un trozo de la Hostia Consagrada, para comulgar luego bajo las dos especies. Seguidamente al acólito seminarista y próximamente diácono le entregó la patena para que distribuyera la Comunión en la mitad del templo y a mi me indicó que debía hacerlo al pie del presbiterio, mientras el capellán del penal se encargó de los laterales. Durante la distribución de la Sagrada Comunión el coro polifónico de la Catedral entonó un bello canto vocacional compuesto por un sacerdote ayacuchano, fue un gesto bonito, ya que esta canción es de mi total agrado: “He conocido la Buena Nueva, y me llamas a anunciarla por todas partes. ¿El límite? Es que no hay límite; el horizonte, todo el mundo. Te seguiré, donde tú quieras, te seguiré…”. Terminada la distribución, reservé de nuevo el Santísimo. El obispo, impartida la bendición final, propició la foto de recuerdo y animo a los presentes a, en la libertad de cada uno, formar una fila para saludarme como nuevo ministro de la Iglesia desde el servicio como lector y acólito.

         El saludo de la gente fue sincero y sus abrazos muy conmovedores. Hubo quienes se acercaron pidiendo una bendición especial para superar momentos difíciles, otros solo expresaron su felicitación y bienvenida. Los más allegados me alegraron el corazón con su compañía: profesores y trabajadores del Colegio Discovery, fieles de la parroquia Santa Rosa de Lima, agentes de la pastoral carcelaria arquidiocesana y un trabajador del Arzobispado de Ayacucho. Pero el gran número de hermanos y hermanas eran personas totalmente desconocidas para mí.

         Fue un día muy especial, domingo 18 de febrero de 2024, de nunca olvidar. Fue un día para recordar que Dios tarda, pero no olvida; que Dios aprieta, pero no ahorca; que Dios hiere y venda la herida; que Dios ama y es infinitamente misericordioso con todos, con sus elegidos.

P.A

García

https://www.youtube.com/watch?v=Fjah5aaBf3o&t=1009s

domingo, 11 de febrero de 2024

Carlos Mendoza-Álvarez Deus inefabilis. La teología de la revelación en clave posmoderna

“DIOS INEFABLE”

         Mendoza-Álvarez inicia este capítulo reflexionando acerca de lo que él llama el eje antropológico de la posmodernidad, donde centra el apartado en la idea del deseo deconstruido, es decir, abierto, en cierta forma vulnerable, constituyéndose de esta manera en una forma universal de subjetividad, pues nuestra existencia es contingente gracias a un don, la vida la hemos recibido como un regalo.

         Este deseo deconstruido, según el autor, es devenido en un deseo mimético, es decir, que en el fondo lo que se desea no es más que una emulación de lo que otros desean -el poder, la dominación- originando así el caos y la violencia, donde se hace necesario culpabilizar a uno “el chivo expiatorio” -según costumbres antiguas- para así justificar al grupo de esta imperfección; aquí cobra protagonismo el cristianismo, que con el sacrificio de Cristo, una víctima que ofrece su vida libremente y que perdona, se vuelca el sentido del deseo y este ya no se orienta a la dominación, sino que por el contrario se presenta desde un “poder del no poder”, lo que origina la anhelada reconciliación. Ahora bien, para el autor, este “deseo redimido” por la víctima perdonadora transluce rayos de ambigüedad, pues la naturaleza humana siempre tendrá como eje determinante un deseo dominador y de la búsqueda de poder.

         Por otro lado, avanzando en el capítulo, Mendoza-Álvarez comenta la idea de una “memoria redimida”, lo que en otros autores es la “memoria subversiva”, que es el recuerdo contado desde la perspectiva de los derrotados, de las víctimas, que ponen a la palestra una reconstrucción de la historia, pues ponen en evidencia los regímenes de opresión de los que dan cuenta como víctimas, en cuyas bajas ciertamente han podido enarbolar las banderas de la libertad. Con la “memoria redimida” el autor no pretende introducir ninguna especie de teoría política que rose con lo utópico, sino que se esfuerza por presentar a las víctimas como entes deconstructores de la ribalidad típica del deseo.

         Jesús de Nazaret, ha dicho el autor, es como el prototipo de la víctima que se entrega libremente, pero que no solo se representa a sí misma, sino que logra cubrir las expectativas de todas las demás víctimas humanas, que no necesariamente tienen que ser religiosas, sino todas aquellas que sufren las consecuencias del sistema social deformado y empecinado por la lucha de poderes y el afán dominador de unos sobre otros por razones de raza, ideología, género, entre otros.

         Ahora bien, Mendoza-Álvarez cree firmemente y así lo expresa en su texto, que una víctima como Jesús no necesariamente era obligatoria, es decir, el sacrificio violento de uno en beneficio de todos no sería el camino correcto a seguir si se quiere lograr la paz, aunque sí reconoce que el sacrificio cruento de Cristo-Víctima recuerda que ya no son necesarias más víctimas y que necesariamente las cosas tienen que cambiar a raíz de la experiencia desconcertante que supuso la muerte de Jesús.

         En consecuencia, el autor plantea la tercera dimensión de la subjetividad posmoderna, es decir, la imaginación creativa que se orienta en la perspectiva de lo que aún no se goza, de lo futuro, de realidades no existentes pero ciertamente deseables y en cierta medida posibles, concepto que muy bien encierra el término “profecía”, de ahí que los profetas tengan como bandera el cese de la violencia sacrificial y cultual para que el género humano pueda relacionarse con lo sagrado, por lo que el sacrificio de Jesús cobra sentido y razón al ser capaz de redimir y en cierto sentido convertir la realidad violenta en un mundo nuevo, distinto de lo común.

         La imaginación escatológica, en este apartado, posibilita encontrar a Dios y lo sobrenatural de su entidad en lo más ordinario y humano que tenemos, en la vida misma, en la historia humana, en las cosas reproducidas por el intelecto de los hombres, pues así como la poesía y la profecía logran transmitir la presencia algo más elevado, por así decirlo, se convierte para nosotros en una experiencia de despojo, porque ya no estamos solos sino que nos dejamos rebosar por Dios, y esto sería consecuentemente una experiencia de superabundancia, y parafraseando a san Pablo se evidencia que, cuando aparentamos ser débiles es cuando somos más fuertes.

         Finalmente, el Dios inefable produce en su gratuidad un acontecimiento originario y amoroso en la humanidad que es la vida teologal, donde la fe es un conocimiento de Dios sin imágenes porque es fruto del desapego de la existencia que se reconoce, en medio de la orfandad de los signos, habitada por una presencia amorosa p. 415, es decir, que la fe es en definitiva la seguridad en la inseguridad, el sentirnos huérfanos pero con un padre amoroso, cuidando equilibradamente de, por un lado afirmar absolutamente a la divinidad, y por el otro negar su presencia-existencia.

         Con la segunda virtud teologal, la esperanza, el autor propone su comprensión desde un “contraer el tiempo”, lo que viene a significar un detenimiento de las espirales de violencia dentro de nosotros mismos, en experiencias concretas, cuando por diversas razones buscamos la venganza de los males sufridos, cambiando así la lógica de la reciprocidad, y pasando al seguimiento del ejemplo de Cristo, es decir, una respuesta de amor incondicional.

         Por último, la caridad como incesante donación es palpable en la realidad contada por las víctimas de la historia humana, pues son ellos los que potencialmente nos manifiestan un amor desde el no poder, abriendo de esta manera un tiempo mesiánico, con lo cual transforman paulatinamente las antiguas realidades basadas en el deseo mimético y hacen posible que el amor se instaure vislumbrando el futuro esperanzador que la fe nos hace posible a través de la vivencia de la caridad.

P.A

García

domingo, 28 de enero de 2024

La arepa es venezolana, sin lugar a dudas.

“EREPA-MAÍZ”

La historia de nuestros países hispanoamericanos, una vez alcanzada su emancipación, se escribió con gotas de sangre tal como ya se había hecho durante la guerra por la independencia, pues constituidos los estados soberanos, no faltó el litigio entre ellos por la demarcación y ocupación de tierras que, cuanto más amplias fuesen, mayor sería la posibilidad de disfrutar de sus recursos naturales y riquezas en la flora y fauna, arrastrando consigo el ámbito culinario y cultural, consecuentemente.

El caso de Venezuela y Colombia, dos repúblicas hermanas, es bastante distinto a lo que ocurrió con el Perú y sus vecinos, pues los países caribeños nunca se alzaron en armas, a pesar de que sí hubo apropiación de territorio por parte del extinto Nuevo Reino de Granada en detrimento de la parte occidental de la otrora Capitanía General de Venezuela. Y aunque superados los problemas limítrofes, al parecer se discute todavía el origen de la arepa, pero, como veremos en este comentario, la cuestión está zanjada desde hace rato a favor de Venezuela.

Pero antes recordemos brevemente la Guerra del Pacífico, en cuyo final el Perú fue despojado por Chile de sus territorios más al sur, y Bolivia perdió su salida al mar. Estos países continúan con profundas heridas y hasta la actualidad recuerdan su pasado con cierto resentimiento, pero no solo la ocupación chilena es tema de controversias, pues en la actualidad ambas naciones discuten la autoría o creación del "pisco", famosa bebida alcohólica que, al igual que el "ceviche", constituyen la identidad gastronómica del Perú y a la par es reclamada por el país austral. No es el caso de la "arepa", pues es indiscutiblemente de origen venezolano, como lo veremos a continuación.

Es la famosa filóloga peruana Dra. Martha Hildebrandt quien con autoridad científica y jocosa solemnidad atestigua consistentemente el origen venezolano de la arepa, y lo fundamenta en un lenguaje diáfano diciendo que el término “arepa” proviene del cumanagoto erepa, que significa maíz, "y es el insustituible pan de maíz venezolano", y finaliza su aclaración ubicando el uso de esta palabra -y en sí del recurso gastronómico- en países como Colombia, Costa Rica, las Antillas y México. Y como agregado enriquecedor, la Dra. Hildebrandt apunta al pie de página que: "La arepa venezolana (más bien una especie de torta o tortilla) es el símbolo del sustento diario: bregar la arepa equivale a ganarse el pan." Con toda razón la lista de los países que comparten el vocablo es principiada por Colombia, dada la proximidad geográfica del lugar de origen.

El cumanagoto fue una etnia indígena del Caribe que se extendió en el actual estado Sucre, al nororiente de Venezuela, cuya capital es Cumaná. De esta etnia y su lengua autóctona procede la palabra erepa, cuya corrupción castellana prosperó como “arepa”, el pan de maíz venezolano. Así es como, no cabe duda ni espacio al debate, de que la arepa es venezolana, por más que nuestros vecinos hayan aspirado a hacerse del ingenio gastronómico.

Como dato curioso, sabemos gracias a Hildebrandt que el mismo Libertador Simón Bolívar usó este término “arepa” por escrito en carta del 26 de julio de 1816, cuando escribió desde Carúpano al general Juan Bautista Arizmendi que: "estos días los soldados no han tenido más que una arepa por día..."[1]. Arepa es, entonces, un venezolanismo agregado por la filóloga peruana en sus estudios lingüísticos.

Por su parte el Diccionario de la Real Academia Española recoge en su léxico la definición de arepa como una “especie de pan de forma circular, hecho con maíz ablandado a fuego lento y luego molido, o con harina de maíz precocida, que se cocina sobre un budare o una plancha”, ubicando el uso de este nombre femenino en las Antillas, Colombia y Venezuela (el orden es estrictamente alfabético). Esta harina de maíz precocida es invento del venezolano Luis Caballero Mejías Paz, quien patentó el descubrimiento para luego venderlo a Empresas Polar, los mismos que a partir del 10 de diciembre de 1960 comercializaron industrialmente la harina de maíz precocida P.A.N. acrónimo de Productos Alimenticios Nacionales.

La arepa es la identidad gastronómica de Venezuela, y ahora más que nunca, la arepa se ha extendido por todo el globo terráqueo como símbolo de la venezolanidad, pues allí donde hay un venezolano, allí está la arepa, liderando los desayunos o cenas o acompañando cualquier comida de un gentilicio que se niega a perder sus costumbres, sin afán de imponerse sobre los demás. Pasan los años y felizmente las areperas del mundo tienen cada vez más clientes.

Por las venas de un venezolano corre sangre Vinotinto y su corazón tiene forma de arepa, cuyo palpitar se asemeja al ritmo acelerado de los tambores barloventeños, que al repicar anima a una buena vida, alegre y luchadora, tan larga y duradera como el impresionante Salto Ángel, tan brillante y poderosa como el fenómeno del Catatumbo, tan suave y delicada como el frailejón y tan fuerte y heroica como el legado de Bolívar.

P.A

García



[1] Léxico de Bolívar. El español de América en el siglo XIX. (2001). Martha Hildebrandt. Página 458