miércoles, 8 de octubre de 2025

La figura del sacerdote en “El extranjero” de Albert Camus

LA AGONÍA DE MEURSAULT


«Hoy ha muerto mamá. O quizá ayer. No lo sé». Con estas palabras de Meursault comienza El extranjero, la primera novela de Albert Camus, publicada en 1942. La obra narra la historia de un joven oficinista argelino que vive sumido en una profunda apatía frente a todo lo que lo rodea. Esta indiferencia lo hace sentirse como un extranjero, es decir, distanciado de la realidad y sin capacidad de identificarse con los acontecimientos que marcan su vida, incluso con la muerte de su anciana madre en el asilo de Marengo.

El fallecimiento de su madre se convierte en la ocasión para que Meursault enfrente el misterio de la muerte con una actitud de extrema frialdad, casi antirreligiosa. En este contexto, entra en contacto con un sacerdote, el “cura de Marengo”, a través del cual se revela la relación de Meursault —o, simbólicamente, del hombre del siglo XX— con Dios y con la religión institucional. Todo esto ocurre en el primer capítulo de la primera parte de la novela, que funciona como la puerta de entrada a la trama. Del mismo modo, en el capítulo quinto de la segunda parte, el protagonista vuelve a entablar un encuentro religioso, esta vez con un capellán carcelario que lo visita para asistirlo espiritualmente antes de su ejecución, dando lugar a un diálogo más intenso y revelador. De este modo, El extranjero puede entenderse como una historia enmarcada en el encuentro entre el protagonista y la figura sacerdotal, un espacio de tensión entre la apatía existencial y la religión.

A lo largo de toda la narración de Camus se encuentran más de catorce menciones directas a la figura sacerdotal (cura, sacerdote, padre y capellán). Sin embargo, es en la parte final de la obra donde se desarrolla un intenso diálogo entre el condenado a muerte y el religioso que intenta brindarle apoyo espiritual. A continuación, examinaremos los rasgos más significativos de las intervenciones y diálogos que Meursault mantiene con las dos figuras sacerdotales presentes en la novela: el cura de Marengo y el capellán de la cárcel.

En la primera aparición (capítulo primero de la parte primera), el cura de Marengo participa en el velorio y entierro de la madre de Meursault. Su intervención es breve, externa y estrictamente ceremonial. Se presenta puntualmente, acompañado de monaguillos e incensario. Se dirige a Meursault con fórmulas pastorales (“hijo mío”) y comienza las oraciones fúnebres. Finalmente encabeza el cortejo en dirección a la iglesia del pueblo.

«Ahí está el cura de Marengo. Viene antes de la hora.» Me advirtió que llevaría tres cuartos de hora de marcha, por lo menos, llegar a la iglesia, que se halla en el pueblo mismo. Bajamos, Delante del edificio estaban el cura y dos monaguillos. Uno de éstos tenía el incensario, y el sacerdote se inclinaba hacia él para regular el largo de la cadena de plata. Cuando llegamos, el sacerdote se incorporó. Me llamó «hijo mío» y me dijo algunas palabras. Entró; yo le seguí.

Aquí el sacerdote no tiene voz ideológica ni emocional: representa la religión institucional y su papel en los rituales sociales ligados a la muerte. Meursault observa todo con distancia emocional y existencial: no participa activamente, no comenta la fe ni el contenido de las oraciones, solo describe los gestos y la secuencia de acciones. El rito religioso aparece como parte de la estructura social funeraria, junto con el coche fúnebre, los empleados y la enfermera.

Camus destaca desde el comienzo que la religión aparece como un elemento externo, no interiorizado por el protagonista. “Me llamó ‘hijo mío’ y me dijo algunas palabras.” La escena revela lo efímero que puede llegar a ser el consuelo ofrecido por un sacerdote a los dolientes durante los rituales y actos litúrgicos de despedida. Para muchas personas, cada palabra y cada gesto de cercanía en esos momentos queda grabado con nitidez en la memoria; sin embargo, en el caso de Meursault no ocurre así. Él solo retiene el “hijo mío” y nada más, porque para él la religión pertenece a un ámbito ajeno, es algo que no le toca ni le pertenece.

Sin embargo, el cura de Marengo está allí, presente en medio de la incredulidad de Meursault, con sus ritos y palabras solemnes. Su sola presencia hace presente a Dios y a la religión, incluso cuando no se cree en ellos o no se les solicita. Para Meursault, la participación del sacerdote es irrelevante; le habría dado lo mismo que estuviera o no. No obstante, para muchas personas este gesto tiene un valor profundo. La asistencia religiosa acompaña la existencia de los creyentes en todos los momentos decisivos de la vida: desde el nacimiento, con el bautismo, hasta la muerte, con la misa exequial, como sucede en este caso.

El sacerdote caminaba delante; luego el coche; en torno de él, los cuatro hombres. Detrás, el director, yo y, cerrando la marcha, la enfermera delegada y Pérez.

Aunque a Meursault la religión no le interesa, Camus establece una jerarquía significativa en la marcha fúnebre hacia el cementerio: al frente va el sacerdote, seguido del cuerpo sin vida de la madre, luego los acompañantes y, finalmente, él. Esta disposición subraya el lugar central que ocupa la religión en el misterio de la muerte. Además, la figura sacerdotal recuerda que, en última instancia, lo esencial es Dios, y que quienes parten de este mundo se encaminan a su encuentro. Se crea o no, se acepte o no, la fe entrelaza la vida humana con la muerte, ese misterio inevitable que todos, tarde o temprano, habremos de afrontar.

Ya en el capítulo final (capítulo quinto de la parte segunda), aparece el capellán de la prisión -Meursault había asesinado a un árabe en la playa disparándole cinco veces con una pistola-. Su presencia es reiterada: Meursault rechaza tres veces recibirlo, señalando su falta de interés por la religión. Finalmente, el capellán entra en la celda antes de la ejecución y entabla un diálogo intenso. Intenta consolarlo con la fe, hablarle de Dios, de la esperanza, de la salvación. Meursault explota con furia, reafirma su incredulidad y experimenta una especie de revelación existencial sobre la indiferencia del mundo.

Por tercera vez he rehusado recibir al capellán. No tengo nada que decirle, no tengo ganas de hablar, demasiado pronto tendré que verle.

Por un lado, está la insistencia del capellán, que busca llevar consuelo al condenado; por el otro, el reo que no tiene nada que decir, porque no cree en la vida del más allá y, por tanto, no siente arrepentimiento por lo que ha hecho. El hombre del siglo XX, marcado por la indiferencia y el desprecio por la vida —guerras, genocidios, violencia—, ha perdido la conciencia del pecado. Algunos incluso han decretado su inexistencia, y mucho antes, otro había proclamado la muerte de Dios. La consecuencia de borrar a Dios y al pecado de la existencia humana es, precisamente, un profundo desprecio por la vida misma.

En un momento así me negué una vez más a recibir al capellán. Estaba acostado y por cierta rubia claridad del cielo adivinaba la proximidad de la tarde de verano. Acababa de rechazar la apelación y podía sentir las olas de sangre circular regularmente dentro de mí. No tenía necesidad de ver al capellán.

La desesperanza de Meursault es tal que, al saberse condenado, insiste en rechazar al capellán. Siente que la sentencia está ya dictada y que nada puede hacerse. No se preocupa por salvar su vida ni, mucho menos, su alma, porque carece de fe y de esperanza. Estas dos virtudes teologales —junto con la caridad— perfeccionan al cristiano, pues, al provenir del Espíritu Santo, lo mantienen en la presencia de Dios y lo capacitan para responder como verdadero hijo suyo ante cualquier adversidad de la vida.

En ese preciso momento entró el capellán. Cuando lo vi, sentí un ligero estremecimiento. Él lo notó y me dijo que no tuviera miedo. Le dije que su costumbre era venir a otra hora. Me respondió que era una visita amistosa que no tenía nada que ver con la apelación, de la que no sabía nada. Se sentó en el camastro y me invitó a acercarme más a él. Me negué. A pesar de todo, me parecía muy amable.

Cuanto más se acerca el final, parece que la actitud de Meursault comienza a transformarse. Ahora, ante la presencia del capellán, experimenta un “ligero estremecimiento” que este interpreta como “miedo”. En un gesto de cercanía, el capellán se sienta junto a él e intenta acortar la distancia que los separa. Meursault rechaza la invitación, aunque percibe el gesto con cierta bondad.

El miedo paraliza: impide pensar, no deja obrar el bien y se convierte en uno de los mayores obstáculos para dar pasos decisivos en la vida. Pero, ¿qué miedo pudo haber sentido aquel ateo? ¿Será que, finalmente, la figura del sacerdote removió en su conciencia la idea de Dios?

El capellán aclara que su visita es puramente amistosa y no parte de su deber institucional dentro de la prisión. Esa forma de amistad, ofrecida con respeto, muestra que la fe no busca imponerse con violencia, sino acercarse con ternura a quien no cree. La amistad con un sacerdote es algo profundo y fecundo, pues el sacerdote no puede disociar su ser personal de su ministerio. No “trabaja” de sacerdote durante ciertas horas del día: es sacerdote siempre, otro Cristo, llamado a conducir a los hombres hacia Dios. Por eso, la amistad con un sacerdote —creyente o no quien la reciba— es siempre una bendición.

El capellán me miró con cierta tristeza. Yo estaba ahora completamente pegado a la muralla y el día me corría sobre la frente. Dijo algunas palabras que no oí y me preguntó rápidamente si le permitía besarme. «No», contesté. Se volvió, caminó hacia la pared y la palpó lentamente con la mano. «¿Ama usted esta tierra hasta ese punto?», murmuró. No respondí nada.

El capellán insiste en hablar con Meursault, pero su presencia se vuelve insoportable para el condenado, que finalmente estalla en ira. El sacerdote intenta hacerle ver que en el fondo desea otra vida y que su corazón está ciego a Dios. Meursault responde con violencia verbal y física: lo toma por la sotana y descarga sobre él toda su rabia contenida. En ese momento experimenta una mezcla de gozo y furia, convencido de que posee la verdad: está seguro de su vida y de su muerte, y de que nada tiene importancia.

En su monólogo final, Meursault rechaza toda fe, toda moral y toda esperanza. Afirma que la existencia es absurda, que todos están condenados por igual y que ninguna diferencia —ni entre culpables e inocentes, ni entre amores, ni entre vidas— tiene sentido. Comprende que su destino es compartido por todos los hombres y, en ese reconocimiento, halla una especie de paz. Mientras el capellán se marcha con lágrimas en los ojos, Meursault se siente finalmente liberado, reconciliado con el absurdo y con su inminente muerte.

Me ahogaba gritando todo esto. Pero ya me quitaban al capellán de entre las manos y los guardianes me amenazaban. Sin embargo, él los calmó y me miró en silencio. Tenía los ojos llenos de lágrimas. Se volvió y desapareció.

Ante la violenta reacción de Meursault, el capellán mantiene la serenidad. En el fondo, comprende su actitud, pues conoce la complejidad del corazón humano y sabe que no todos afrontan del mismo modo la inminencia de la muerte. Las lágrimas del sacerdote son el signo del profundo dolor que experimenta al no poder ablandar el corazón endurecido de aquel condenado. Son también reflejo del dolor de Dios mismo, que contempla con compasión a sus hijos cuando se pierden, aun después de haberles mostrado incansablemente su amor. Conozco personalmente a un capellán carcelario a quienes los internos le han sacado lágrimas de dolor, por la insensatez en el actuar; esas lágrimas valen oro. ¡Llora, sacerdote! Llora y ora por tus hijos, que esa es tu misión. 

Como se ha visto, en esta parte final el sacerdote ya no es figura ritual, sino interlocutor ideológico: representa la propuesta religiosa frente a la muerte, en contraste con la visión absurda del protagonista. Su insistencia contrasta con la firme negativa de Meursault, que no busca sentido trascendente. Esta confrontación es el clímax filosófico de la novela, donde Camus hace visible el choque entre la fe tradicional y el absurdo existencialista.

Camus utiliza al sacerdote como figura en espejo: Al principio, la religión aparece como costumbre externa que acompaña la muerte de otros. Al final, la religión se enfrenta directamente al protagonista, en su propia muerte, y es rechazada con lucidez.

La novela contrapone dos respuestas humanas a la muerte: La religiosa (representada por el sacerdote), que ofrece consuelo, trascendencia y sentido. La absurda (encarnada por Meursault), que asume la muerte como inevitable, sin esperanza metafísica, y busca vivir con autenticidad frente a la indiferencia del mundo.

En ambos capítulos, el sacerdote funciona como punto de referencia externo frente al cual se define Meursault. La evolución va de la indiferencia pasiva (en el funeral de la madre) a la rebelión lúcida (en la celda), mostrando un desarrollo interior del personaje.

La figura del sacerdote en El extranjero no es secundaria: estructura la novela en dos momentos clave —el inicio y el desenlace— y permite a Camus articular el problema central de la obra: ¿Cómo enfrentar la muerte: con fe religiosa o con conciencia del absurdo? El sacerdote representa la respuesta colectiva, institucional y trascendente; Meursault, la respuesta individual, consciente y sin ilusiones. La novela no es un simple relato de un crimen, sino un itinerario existencial que se abre y se cierra con la presencia simbólica de la religión, finalmente rechazada.

Finalmente podemos aseverar que las menciones al sacerdote en ambos capítulos trazan un arco narrativo y filosófico que enmarca la trayectoria de Meursault: de la indiferencia social a la lucidez existencial, pasando por el contacto inevitable con la religión como discurso dominante sobre la muerte.

sábado, 4 de octubre de 2025

Revolución diagnóstica digital: rapidez y precisión en el cuidado del paciente

Revolución diagnóstica digital: rapidez y precisión en el cuidado del paciente

Por: Astoyauri Pino, Fernando

La transformación tecnológico digital del diagnóstico médico constituye una oportunidad evangelizadora excepcional en el ámbito sanitario. Fisichella (2024) describe cómo la tecnología ha asumido la competencia decisoria en el diagnóstico de la muerte clínica:

Para nadie es un misterio: desde hace décadas en medicina la presencia de la «máquina» que determina la existencia de las personas se ha vuelto cada vez más invasiva. Quien determina la muerte de una persona ya no es solo el médico, sino que por ley es la «máquina». El electroencefalograma pronto será arqueología; sin embargo, sigue siendo lo que establece la muerte clínica de un paciente. Solo la «máquina» tiene el poder de permitir al médico proceder, por ejemplo, a la donación de órganos. (p. 145)

La intervención de la máquina en la determinación de la muerte clínica testimonia el protagonismo renovado de la tecnología en el umbral entre vida y muerte, invitando a una teología biomédica que reconozca la colaboración entre saber científico y compasión pastoral.

“La primera disciplina que es necesario revisar es la medicina, que ha realizado avances asombrosos en el último siglo” (Universidad Pontificia de Salamanca, Instituto Superior de Pastoral, 2022, p. 29). Este diagnóstico pastoral abre un nuevo campo misionero: la velocidad diagnóstica, ahora en minutos, puede permitir al agente de pastoral acompañar al paciente en cada fase del proceso.

China lidera este cambio con hospitales gestionados por IA. En 2024 se inauguró el Agent Hospital virtual en Beijing, de la Universidad de Tsinghua, con 14 médicos y 4 enfermeras de IA que logran un 93,06% de precisión diagnóstica y atienden 3,000 pacientes al día (Castañón, 2024). En 2025 emerge el Smart Medical Center de Shenzhen y el Agent Hospital de Shanghái. Con sensores que registran 200 parámetros fisiológicos, cruce de datos con 25 millones de casos y robots cirujanos de 0,01 mm de precisión, reducen la consulta de 35 a 8 minutos y atienden hasta 10 000 pacientes diarios (Padilla, 2025). Los hospitales de IA en China ejemplifican un modelo de sinergia clínica donde algoritmos predictivos y sensores avanzados potencian la precisión diagnóstica, ofreciendo un testimonio de esperanza ante la mortalidad que refuerza la vocación de servicio al enfermo.

“Una de las áreas donde se ha aplicado con mayor rapidez la IA es la medicina. Ya sea en diagnósticos oportunos o tratamientos precisos y personalizados, la IA aporta grandes beneficios, aunque también conlleva riesgos” (CELAM, 2025, p. 53). Así, “la tecnología ha remediado innumerables males que dañaban y limitaban al ser humano. No podemos dejar de valorar y agradecer el progreso técnico, especialmente en la medicina […]” (LS n. 102).

La telemedicina con IA logra un 87% de concordancia diagnóstica frente al encuentro presencial, incluso en emergencias (Streed, 2022; Knupflemacher et al., 2025). La alta concordancia diagnóstica de la telemedicina revela un areópago digital que universaliza el acceso al saber clínico, convirtiendo cada consulta remota en un testimonio de la universalidad del cuidado.

“Tales sistemas contribuyen a una medicina personalizada y de gran precisión, que brinda mayores esperanzas de vida, incluso en lugares recónditos o de difícil acceso” (CELAM, 2025, p. 55). Esta universalización diagnóstica impulsa la “Iglesia en salida” (EG nn. 20-42), cada protocolo algorítmico se convierte en un acto de proximidad que respeta la unicidad biológica y existencial del paciente.

“En este contexto la IA revela un enorme potencial en el ámbito médico” al asistir en el diagnóstico, fortalecer el vínculo paciente y profesional, ofrecer tratamientos innovadores y ampliar el acceso a atención de calidad en aislamiento o marginalidad (AN n. 72). De este modo, la tecnología puede fomentar una “cercanía llena de compasión y ternura” del personal sanitario hacia quienes sufren, un auténtico acto de misericordia digital (AN n. 72).

La medicina personalizada, sostenida en algoritmos que integran datos genómicos y radiómicos, impulsa un acompañamiento espiritual ajustado a la singularidad de cada historia de dolor y esperanza (De Sousa et al., 2025). Según CELAM (2025):

La medicina de prevención hoy día permite no solo predecir que una persona pueda o no tener una determinada enfermedad o padecimiento, sino también hacer tal previsión de manera tan personalizada que se logre advertir oportunamente a los pacientes incluso antes de la aparición de los síntomas iniciales. (p. 54)

Un hito reciente lo alcanzó Neuralink con la exitosa implantación de su chip Link en el primer paciente humano, mostrando detección confiable de señales neuronales y recuperación de funciones motoras básicas (Global Filipino, 2024). En abril de 2025, un veterano paralítico logró controlar dispositivos digitales y reapropiarse de pequeñas acciones cotidianas gracias a esta interfaz cerebro-máquina, lo que subraya el potencial de la tecnología para restaurar la autonomía (Ríos, 2025). Además, la fuerte competencia que se avecina con inversiones de hasta 250 millones de dólares de OpenAI en startups rivales evidencia la carrera por perfeccionar estos implantes cerebrales y ampliar sus aplicaciones terapéuticas y de comunicación directa con la IA (Durán, 2025).

Los interfaces cerebro-máquina inauguran una epifanía tecnológica donde la restauración de funciones esenciales testimonia la alianza entre innovación e integridad humana, abriendo campos inexplorados para la pastoral de la salud. Porque estos avances aumentarían “el riesgo de amplificar otras desigualdades ya existentes en el acceso a la atención” (AN n. 76), de modo que solo los pudientes tendrían ese acceso, por lo que se trata de “garantizar que el uso de la IA en la atención sanitaria no agrave las desigualdades existentes, sino que esté al servicio del bien común” (AN n. 76). Tampoco se trata de deshumanizar el tratamiento, porque todo enfermo necesita la presencia de otra persona; por tanto, “la carga de responsabilidad asociada debe[…] permanecer siempre en manos de las personas y nunca delegarse en la IA” (AN n. 74).

La IA diagnóstica se ha consolidado como herramienta transformadora en el análisis de imágenes médicas, procesando grandes volúmenes de datos y detectando patrones con alta precisión (Knupflemacher et al., 2025). El análisis automatizado de imágenes médicas despliega un rol de la visión diagnóstica donde la detección precoz de patologías visibiliza la bondad de la ciencia al servicio de la vida (AN 9), poniendo de relieve la reciprocidad entre inteligencia humana y artificial (IA).

 

 

Referencias

Castañón, N. (04 de junio de 2024). El Español. Obtenido de https://www.elespanol.com/omicrono/tecnologia/20240604/china-abre-primer-hospital-ia-mundo-puede-diagnosticar-enfermedades-tratar-pacientes-dia/860413996_0.html

CELAM. (2025). La Inteligencia Artificial: Una mirada pastoral desde Améroca latina y el Caribe. Bogotá: CELAM.

De Sousa Moura, J., Venancio Braga, J., Oliveira Fontes, N., Gonçalves García, G., Rocha Oliveira, P., Gonçalves Muñiz de Farias, V., . . . Jean Charles Kouman, K. (07 de enero de 2025). Revista FT. Obtenido de https://revistaft.com.br/inteligencia-artificial-na-medicina-transformando-o-diagnostico-personalizacao-do-tratamento-e-a-gestao-de-cuidados-de-saude/

Dicasterio para Doctrina de la Fe, & Dicasterio para la Cultura de la Educación. (2025). Antiqua et Nova: Nota sobre la relación entre la inteligencia artificial y la inteligencia humana. Vaticano: Libreria Editrice Vaticana. Obtenido de https://www.vatican.va/roman_curia/congregations/cfaith/documents/rc_ddf_doc_20250128_antiqua-et-nova_sp.html#_ftnref123

Durán San Juan, I. (15 de agosto de 2025). infobae. Obtenido de https://www.infobae.com/tecno/2025/08/15/sam-altman-y-openai-invertiran-en-un-empresa-de-chips-cerebrales-para-competir-con-neuralink-de-elon-musk/

Fisichella, R. (2024). El árbol de la ciencia: Dios y/o Galileo. (J. A. Carrera Páramo, Trad.) Madrid: San Pablo.

Global Filipino. (30 de enero de 2024). Obtenido de https://theglobalfilipinomagazine.com/elon-musks-neuralink-marks-milestone-with-successful-brain-implant-in-first-human-subject/#google_vignette

Knupflemacher, D., Sánchez Garcia, X., Bernal Rodríguez, A., Álvarez Ovando, F., Nieto Becerra, A., & Morelos Hernández , A. (2025). Uso de inteligencia artificial en imágenes médicas: impacto clínico en diagnóstico temprano y planificación quirúrgica de precisión. Vitalia Revista Científica y Académica, 6(2), 1546-1559. doi:DOI: https://doi.org/10.61368/r.s.d.h.v6i2

Papa Francisco. (2013). Evangelii Gaudium. Vaticano: Tipografía Vaticana. Obtenido de https://www.vatican.va/content/francesco/es/apost_exhortations/documents/papa-francesco_esortazione-ap_20131124_evangelii-gaudium.html

Papa Francisco. (2015). Laudato Si. Vaticano: Librería Editrice Vaticana. Obtenido de https://www.vatican.va/content/francesco/es/encyclicals/documents/papa-francesco_20150524_enciclica-laudato-si.html

Ríos Arbeláez, J. J. (26 de marzo de 2025). infobae. Obtenido de https://www.infobae.com/tecno/2025/03/26/el-primer-humano-con-un-chip-cerebral-de-neuralink-la-empresa-de-elon-musk-asi-cambio-su-vida/

Streed, J. (04 de noviembre de 2022). Mayo Clinic. Obtenido de https://newsnetwork.mayoclinic.org/es/2022/11/04/estudio-descubre-alto-grado-de-exactitud-en-los-diagnosticos-de-las-consultas-de-telemedicina/

Universidad Pontificia de Salamanca, & Instituto Superior de Pastoral. (2022). El desafío de la revolución digital a la Iglesia. XXXII Semana de Estudios de Teología Pastoral. Acto Académico en memoria del profesor Juan Martín Velasco. Estella (Navarra): Verbo Divino.

 

domingo, 21 de septiembre de 2025

“No pueden servir a Dios y al dinero”

MARCATUNA


         El domingo 21 de septiembre, XXV del Tiempo Ordinario me correspondió la Celebración de la Palabra en la capilla del sector Marcatuna, en Huachac. A las 10:00 a.m. inició la Liturgia. Uno de los presentes transmitió en vivo toda la celebración, por lo que mi reflexión de la palabra quedó grabada. La extraje de su página de Facebook y la sometí a la IA, la que me dio como resultado el texto que comparto a continuación:

Homilía sobre Lc 16,1-13

Queridos hermanos:

Iluminados por la Palabra del Señor, reflexionemos hoy sobre la verdadera riqueza que Dios nos propone.

1. Jesucristo, modelo de pobreza

Cristo, el Hijo de Dios, no fue un hombre rico ni poderoso en medio de su contexto histórico. Nació en la humildad de un pesebre y creció en un hogar sencillo: José, María y el pequeño Jesús formaban una familia pobre, sostenida por el trabajo del carpintero de Nazaret. Jesús mismo aprendió ese oficio, pero nunca vivió con grandes bienes materiales.
De hecho, Él dijo: “El Hijo del Hombre no tiene dónde reclinar la cabeza”.

Jesús vivió en pobreza, y desde allí anunció que existe una riqueza más grande que la terrena: el tesoro del cielo.

2. La parábola del administrador astuto

El Evangelio de hoy nos presenta la parábola del administrador astuto. Este hombre, al enterarse de que perdería su puesto, buscó asegurarse el futuro reduciendo las deudas de los acreedores de su amo. Actuó con malicia, sí, pero también con astucia.

Jesús no alaba la corrupción del administrador, sino la capacidad de prever y actuar con decisión frente a una dificultad. El Señor nos invita a ser también astutos, pero no para el mal, sino para hacer el bien, para vivir con rectitud y buscar el Reino de Dios.

3. El dinero y el peligro de la idolatría

Al final del pasaje, Jesús es claro y contundente: “Nadie puede servir a dos señores… No pueden servir a Dios y al dinero.”
El dinero tiene su valor: permite vivir con dignidad y el trabajador merece su salario. Pero no debe ocupar el lugar de Dios en nuestra vida.

Lamentablemente, muchas veces hemos puesto al dinero en primer lugar y hemos relegado a Dios al último. Pensemos: ¿cuántas personas dedican incluso el domingo —día del Señor— enteramente al trabajo y al dinero, olvidándose de la Eucaristía?

El dinero puede convertirse en un ídolo que roba la paz, sobre todo cuando nos endeuda o nos esclaviza. San Pablo nos recuerda que la única deuda del cristiano es la del amor.

4. El llamado a la solidaridad

Aunque la mayoría de nosotros vivimos con recursos limitados, siempre hay quienes tienen menos que nosotros. El Evangelio y los profetas nos piden tender la mano al pobre, al necesitado, al que sufre.

El salmo de hoy lo expresa bellamente: “Dios alza de la basura al pobre.”

También nosotros debemos levantar al hermano caído y compartir de lo poco o mucho que tengamos. Porque nadie puede decir que ama a Dios si no ayuda al hermano necesitado.

5. María, sierva del Señor

En este camino nos acompaña la Santísima Virgen María. Ella se presentó como la “esclava del Señor”, escuchó su Palabra, fue humilde y servicial. Puso sus talentos al servicio de Dios y de los demás.

Sigamos su ejemplo: no todos servimos para todo, pero todos servimos para algo. Ese “algo” debemos ofrecerlo a Dios y al prójimo con generosidad.

Conclusión

Queridos hermanos:

La verdadera riqueza no está en el dinero ni en los bienes materiales —que son pasajeros—, sino en Dios mismo. Lo que realmente permanece es el amor, la justicia, la misericordia y el servicio.

Vivamos como pobres de espíritu, confiados en Dios y generosos con los demás. Así tendremos nuestro tesoro en el cielo.

Que así sea.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.

lunes, 15 de septiembre de 2025

María, Madre de los pobres y Consuelo para los migrantes

María, madre de los pobres y Consuelo para los migrantes

         Como se ha visto, a lo largo de esta exégesis bíblica y pastoral sobre la unción de Betania hemos procurado mantener la centralidad cristológica que exige el texto evangélico. Sin embargo, como verdaderos cristianos, nos resulta imposible hablar de Jesús sin referirnos a su santísima Madre, la Virgen María, la humilde sierva de Nazaret. Por ello, detengámonos ahora a contemplar quién es María: la Madre de Dios y la Madre de los pobres.

         De María sabemos lo que nos revelan los evangelistas: que desempeña un papel protagónico en el misterio de la Encarnación del Hijo de Dios. Ante el mensaje del ángel, ella respondió con su fiat —“hágase”—, proclamándose sierva del Señor (Lc 1,38). Esta primera y esencial identificación de María, después de quedar manifiesta su virginidad, es la de humilde servidora de Dios. En ello se revela su lugar entre los más sencillos y desprendidos de este mundo, aquellos que, con total disponibilidad, se abren a la voluntad divina.

         María es Madre de Dios, y el Hijo que concibió fue generoso, pues siendo rico se hizo pobre por nosotros, para enriquecernos con su pobreza (2 Co 8,9). Como hemos visto, en Jesús reconocemos al pobre entre los pobres; por tanto, María, al ser Madre de Dios, es también Madre de los pobres, precisamente en virtud de su Hijo.

         Esta pobreza y humildad, que no son solo rasgos propios de María o de Jesús por separado, sino que abarcan también al justo José —y, por tanto, a toda la Sagrada Familia de Nazaret—, se manifiestan claramente en el nacimiento del Señor. Sabemos que Jesús no vino al mundo en un palacio, rodeado de lujos y riquezas, sino en un pesebre, el lugar más humilde, donde se alimentan los animales (Lc 2,7).

         Toda la grandeza teológica de María tiene su fundamento en la humildad de su vida concreta. Ella es María de Nazaret, una mujer sencilla del pueblo, que vivía la fe con la religiosidad popular de su tiempo: presentando a su Hijo en el templo, peregrinando a Jerusalén (Lc 2,21ss; 41ss), visitando a sus familiares (Lc 1,39ss), participando en las celebraciones de su comunidad, como las bodas (Lc 2,48.51; Mc 3,31-32), y permaneciendo fiel junto a la cruz, como una madre totalmente entregada (Jn 19,25). En esa pequeñez —y precisamente por ella, no a pesar de ella—, María llegó a ser todo lo que la fe proclama de su persona, porque el Señor hizo en ella maravillas (Lc 1,49)[1].

         Un hecho especialmente significativo fue la ayuda que María prestó a su parienta Isabel (Lc 1,56). La ancianidad de Isabel y su inesperado embarazo la colocaban entre las personas más pobres y vulnerables de su tiempo; sin embargo, allí estuvo María para asistirla. Fue en su ayuda sin demora ni reservas, “a toda prisa”, movida no por interés propio, sino por el deseo sincero de servir. Esta actitud refleja el corazón generoso de María, Madre de los pobres y Auxilio de los cristianos, como la invocamos en las letanías.

         ¿No acudirá María en nuestra ayuda si la invocamos con fe? ¿Podríamos acaso dudar de su auxilio maternal, especialmente para con los pobres? “La mediación de María es la prueba de su amor de madre para con los hombres”[2]. María, pobre y humilde, permanece siempre atenta a las necesidades de los demás, no solo de sus parientes, sino también de sus amigos. Recordemos la escena de las bodas de Caná, donde Jesús fue invitado junto con sus discípulos y también su Madre (Jn 2,1ss). Ante la falta de vino, es María quien primero percibe la necesidad y, movida por compasión, intercede ante su Hijo para que devuelva la alegría a los novios y a todos los presentes. Por eso, con razón, la llamamos Causa de nuestra alegría.

         Toda la vida y el testimonio de María proclaman la predilección de Dios por los pobres y su opción amorosa por ellos. Llena del Espíritu Santo, María profetizó en el Magnificat una auténtica revolución evangélica, social y espiritual, al cantar que el Señor “derribó a los poderosos de su trono y elevó a los humildes; colmó de bienes a los hambrientos y despidió a los ricos con las manos vacías” (Lc 1,52-53). En ella comprendemos con mayor claridad la preferencia de Dios por los últimos, porque María experimentó que el Señor exalta a los despreciados y sacia de bienes a quienes padecen hambre. La verdadera esperanza del pobre no eres tú ni yo: es Dios mismo, y María lo supo y lo vivió en lo más profundo de su existencia.

         Como primera discípula de su Hijo, María sale a nuestro encuentro para conducirnos hacia Él. Pensemos en las dos grandes mariofanías que guarda con amor la fe de América Hispana: Guadalupe, en México, y Coromoto, en Venezuela. En ambas, la Madre de los pobres elige a los más humildes y se acerca a los últimos, pues en san Juan Diego Cuauhtlatoatzin y en el cacique Coromoto están representados nuestros pueblos originarios, los excluidos y los desamparados. El mensaje de María es siempre un anuncio de salvación y liberación, una invitación a la confianza en Dios y a la fidelidad a su Hijo, porque la auténtica piedad mariana es cristocéntrica y soteriológica.

         El libro del Apocalipsis nos recuerda que quienes obedecen los mandamientos de Dios y conservan el testimonio de Jesús son la descendencia de María, sus verdaderos hijos, contra los cuales se desata la furia de Satanás (Ap 12,17). María, Madre de los pobres y Madre de la Iglesia, es para nosotros refugio seguro e inspiración constante en la lucha contra el mal y todas sus formas, la principal de ellas: la pobreza.

         En junio de 2020 el papa Francisco agregó tres nuevos títulos a la lista de las Letanías Lauretanas a la Santísima Virgen María: Mater misericordiae –Madre de la misericordia-, Mater spei –Madre de la esperanza- y Solacium Migrantum –Consuelo para los migrantes-. Meditemos ésta última letanía a continuación[3]. Por solacium se pueden tener como sinónimos: alivio, consuelo o ayuda. María Santísima es el alivio, el consuelo y la ayuda para los migrantes.

Primero que todo agradezcamos al Santo Padre Francisco por este noble gesto de presentarnos a María como modelo a seguir y a acudir en la situación de migrantes. El mismo Papa es hijo de inmigrantes italianos residenciados en Argentina, y no le avergonzó decirlo, pues lo recordó en el discurso de su primera visita a la Casa Blanca en la capital de los Estados Unidos de América. Definitivamente, nuestro mundo es uno solo, y en este planeta cabemos todos. Las naciones históricamente están acostumbradas a recibir personas de otras procedencias, las mismas que a lo largo de los siglos han ayudado en el desarrollo de los países donde han llegado, basta solo con echar una mirada al pasado y nos convenceremos de que esto es así.

Consuelo para los migrantes -hermoso título mariano- encuentra su fundamento teológico en las Sagradas Escrituras, específicamente en el evangelio de Mateo, capítulo 2, versículos 13-21; donde se narra la huida de la Sagrada Familia a Egipto, para escapar de la persecución del rey Herodes, seguida de la matanza de los inocentes y culminando el relato con la vuelta de José, María y el niño Jesús a la tierra de Israel. Analicemos pausadamente este pasaje y veamos por qué María es el Consuelo para los migrantes.

El relato de la huida a Egipto está precedido por el relato de la visita de los magos (2, 1-12), en cuyo final los tres visitantes depositan sus regalos a los pies del recién nacido: oro, incienso y mirra. De este episodio podemos deducir que José y María experimentaron una gran alegría, pues su pequeño era reconocido como Dios y Señor por estos magos de Oriente, además, habían recibido unos regalos que, dadas las circunstancias del viaje y el repentino parto de María, les vendría muy bien. Podríamos pensar que la Sagrada Familia de Nazaret estaba experimentando una bonanza económica, pues ciertamente el oro recibido habría de invertirse en la crianza del Mesías. Pero es en estas circunstancias en las que parece llegar la supuesta desgracia.

Relata el evangelista que, una vez retirados los magos, el Arcángel Gabriel “se apareció en sueños a José y le dijo: «Levántate, toma contigo al niño y a su madre y huye a Egipto; y estate allí hasta que yo te diga. Porque Herodes va a buscar al niño para matarle»”. Imaginemos la confusión de José y María, ya que, después de una escena tan gloriosa como la visita de los magos, ahora Dios les pedía huir de su tierra, dejar sus cosas, sus propiedades por muchas o pocas que tuvieran -la carpintería de José, por ejemplo- para partir hacia una tierra lejana y desconocida para los tres.

José, el humilde hombre elegido por Dios para ser Custodio del Mesías, no se acobardó ni titubeó ante semejante noticia, por el contrario, “él se levantó, tomó de noche al niño y a su madre, y se retiró a Egipto; y estuvo allí hasta la muerte de Herodes”. Notemos cómo la respuesta de José fue inmediata –salieron de noche-, pues un padre de familia hace lo que sea por cuidar de los suyos, sin importar el qué dirán. En Belén más de uno hubo de preguntarse cómo era posible que José hubiera levantado a su mujer y al recién nacido para partir; tal vez alguno le hubiese aconsejado quedarse y soportar la persecución de Herodes, aun cuando la vida del pequeño corría peligro, porque para algunos, resistir es un acto heroico, pero en este caso, como en muchos, significaba un auténtico suicidio. José no dudó, se armó de valor y emprendió el viaje hacia Egipto, enfrentándose a una cultura, una religión y hasta una lengua diferente. Y en todas estas ¿qué podemos decir de María?

María es la humilde esclava del Señor, en ella se cumplió la Palabra del Altísimo. Pensemos en la joven nazarena al lado de su valiente esposo y con su hijito en brazos. Imaginemos a María siempre optimista y entusiasta en la huida a Egipto, pendiente de la criatura y bondadosa también con el fatigado José, cariñosa en palabras y gestos. Ella, la Reina del cielo y de la tierra fue, de seguro, el mejor refugio de José y Jesús. Hermosa Madre y Esposa.

Tras largos días de caminata, expuestos al sol y al peligro de los ladrones y viandantes de aquellas regiones desérticas, una vez ubicados en tierras lejanas, es posible que José repitiera la escena de Belén, con María y el niño sobre el jumento, de posada en posada buscando un lugar para resguardarse. ¿Qué harían José y María en sus primeros días de migrantes? De seguro José no se quedó de brazos cruzados, ni mucho menos se abandonó a las limosnas de las gentes. ¡Qué hermoso es verlo caminar de un lado a otro, esperanzado en conseguir un encargo para dedicarse al arte de trabajar la madera, que era lo que mejor sabía hacer! ¡Qué hermosa es María, atentísima en los quehaceres del hogar, pendiente de Jesusito y siempre puntual con la comida de san José obrero! Esa es María, la más humilde e importante a la vez, la más necesaria. Es ahí donde podemos comprender que, efectivamente, es María el Consuelo para los migrantes.

El texto evangélico continúa explicando la matanza de los inocentes, esto se llevó a cabo por orden de Herodes, quién consideró oportuno asesinar a todos los niños varones menores de dos años, para asegurarse así de que el Mesías pereciera también. Mateo finalmente agrega: “Muerto Herodes, el Ángel del Señor se apareció en sueños a José en Egipto y le dijo: «Levántate, toma contigo al niño y a su madre, y ponte en camino de la tierra de Israel; pues ya han muerto los que buscaban la vida del niño»”. Él se levantó, tomó consigo al niño y a su madre, y entró en tierra de Israel. Amigos, qué final tan oportuno. La Sagrada Familia volvió a su tierra, una vez muerto Herodes.

En nuestra actualidad son muchas las familias que se ven obligadas por los nuevos Herodes a abandonar sus naciones, en busca de un futuro mejor. Todas esas familias deben verse reflejadas en la Sagrada Familia de Nazaret y saber que la situación de migrantes, en el mejor de los casos, no durará toda la vida. Así como Jesús, María y José sufrieron persecución y destierro, pero finalmente volvieron a su tierra natal, asimismo aquellos que sobrellevan actualmente la situación de migrantes, algún día retornarán a sus casas. María es el Consuelo para los migrantes porque ella misma fue migrante, y con la ayuda de Dios y el esfuerzo de José logró superar esa etapa de su vida, saliendo victoriosa y –como siempre- alegre y optimista.

Concluyo esta reflexión con unas palabras de Benedicto XVI en su famoso libro La infancia de Jesús: “Con la huida a Egipto y su regreso a la tierra prometida, Jesús concede el don del éxodo definitivo. Él es verdaderamente el Hijo. Él no se irá para alejarse del Padre. Vuelve a casa y lleva a casa. Él está siempre en camino hacia Dios y con eso conduce del destierro al hogar, a lo que es esencial y propio. Jesús, el verdadero Hijo, ha ido él mismo al «exilio» en un sentido muy profundo para traernos a todos desde la alienación hasta casa”.

No olvidemos que, Jesús es la única y verdadera razón de esta hermosa letanía a María Santísima, pues es Jesús el gran migrante. Primero lo fue en su infancia, con la huida a Egipto, y luego en el ejercicio de su ministerio, pues como lo relata (Lc 4, 24) Jesús fue rechazado por los mismos aldeanos y vecinos suyos, de ahí que pronunció con dolor las siguientes palabras: “ningún profeta es bien recibido en su patria”, o como lo decimos comúnmente, nadie es profeta en su tierra.

El Señor en su evangelio no es ajeno a la situación de los que abandonan su patria para ir a lejanos lugares, como le pasó a él mismo, por eso lo dejó claro en Mateo 25, 44-45: “Ellos replicarán: Señor, ¿cuándo te vimos hambriento o sediento, emigrante o desnudo, enfermo o encarcelado y no te socorrimos? Él responderá: Les aseguro que lo que no hicieron a uno de estos más pequeños no me lo hicieron a mí”.

jueves, 4 de septiembre de 2025

El pueblo de las casas vacías

     SANTA ROSA DE LIMA, RUEGA POR NOSOTROS

Dentro del plan pastoral de la parroquia Santo Domingo de Guzmán de Sicaya, se nos encomendó a mi hermano seminarista y a mí cumplir una misión en la comunidad más alejada de la parroquia: el pueblito de Santa Rosa de Tistes, o simplemente “Tistes”. La similitud del nombre con la palabra “tristes” —cuyo significado desconocíamos— nos causó una impresión inmediata. Lo primero que pensé al escuchar al párroco decir que iríamos a Tistes fue en aquel sentimiento contrario a la felicidad. Con el tiempo descubrí que no era solo una ocurrencia personal: un día, viajando hacia allí, un chofer respondió al teléfono y al dar su ubicación dijo con toda naturalidad que iba subiendo a “Tristes”.

Nuestra misión consistía en catequizar a niños, jóvenes y adultos que aún no habían recibido los sacramentos de iniciación cristiana: bautismo, eucaristía y confirmación. El primer acercamiento fue una visita para conocer el lugar y entregar una carta firmada por el párroco a una de las tres autoridades del pueblo, donde se explicaba el motivo de nuestra presencia.

El viaje inicia en Chupaca, desde donde parten los vehículos hacia Tistes. El recorrido atraviesa paisajes de la puna peruana, dignos de revista. Hay un punto especial en el camino: una altura desde la que se contempla, al mismo tiempo, la ciudad de Huancayo y el nevado Huaytapallana, siempre blanco y traslúcido. En la ruta se pasa por varios pueblitos, siendo Chambará el más importante: capital de distrito, con la mayor concentración de casas y población de la zona.

Ya cerca de Tistes, se observan las ruinas de tapia de una antigua capilla y, a su costado, grandes muros de lo que probablemente fue una hacienda ganadera. Al llegar, lo primero que aparece ante los ojos es un gran campo deportivo, ocupado no por futbolistas ni atletas, sino por centenares de ovejas que pastan tranquilamente, vigiladas desde lejos por su pastor. El silencio solo se rompe con el motor del vehículo que lleva y trae a los pobladores cada hora aproximadamente.

El transporte nos dejó en la plazuela del pueblo, justo frente a la capilla. Tistes es una pequeña comunidad de la puna alta de Junín, con no más de medio centenar de casas, en su mayoría de tapia, algunas de adobe y muy pocas de cemento, lo que en el Perú se llama “material noble”. La plazuela está dedicada a Santa Rosa de Lima: su imagen, de tamaño mediano, está resguardada en un nicho de cemento con rejas y vidrios, sobre una fuente en el centro. Alrededor de la plaza se encuentran el salón comunal, la escuelita y la capilla; detrás de esta última, una posta médica, quizá la más inútil de todo el hemisferio occidental.

La paz de Tistes puede parecer envidiable a algunos, pero para otros resulta desconcertante, incluso preocupante. Apenas bajamos del vehículo, vimos a lo lejos a un pastor con sus ovejas. Nos acercamos a preguntarle por alguna autoridad para entregar la carta, y resultó ser él mismo uno de los tres representantes del pueblo. Se llamaba don Demetrio. Firmó el recibido y, tras escuchar nuestro plan, nos desalentó de inmediato de visitar las casas, dándonos una razón evidente: en Tistes todos se dedican al pastoreo de ovejas y vacas, y salen a las pampas lejanas en busca de pastos. Además, el sábado —justamente el día de nuestra llegada— es el momento en que bajan a Chupaca a vender sus productos o hacer compras. De seguro, no encontraríamos a nadie en sus hogares. Y así es: Tistes es, literalmente, el pueblo de las casas vacías.

Nos despedimos de don Demetrio y buscamos a la encargada de la llave de la capilla, doña Eda. No estaba en casa, pero uno de sus hijos nos facilitó la llave. Al ingresar, descubrimos un templo de buenas proporciones para un lugar tan pequeño. El cuidado de su frontis y el tallado de sus puertas de madera demuestran el tiempo y el esfuerzo que los habitantes han dedicado a su iglesia. En el interior, suficientes bancas, imágenes de santos —dos de Santa Rosa, una de Santo Domingo de Guzmán, dos de la Virgen María— revelan la fe sencilla y perseverante de este pueblo de pastores.

Los sábados, la pastoral en Tistes consistía en salir a las 2:00 p.m. del seminario hacia Chupaca. Allí debíamos esperar a que al menos siete personas tuvieran como destino Tistes para que saliera un auto o una combi completa. El pasaje costaba 5 soles y el recorrido duraba aproximadamente 45 minutos.

Al llegar a la capilla, nos poníamos a barrer y a ordenar un poco todo para la catequesis. También poníamos música católica con un pequeño parlante que yo llevaba, para animar el ambiente y la celebración de la Palabra. El tema de la catequesis era muy sencillo: con no más de diez encuentros nos dedicamos a tratar aspectos generales para recibir la Confirmación.

Con el paso de los sábados y domingos, se fueron apuntando diversas personas de Tistes que necesitaban el Bautismo, la Primera Comunión o la Confirmación. Sin embargo, ninguna de ellas asistió a las charlas preparatorias. Permanecíamos en la capilla hasta las 6:00 p.m., con o sin catequesis. A veces aprovechábamos para rezar el Santo Rosario o las Vísperas.

Como la capilla no contaba con fluido eléctrico, a pesar de nuestras insistencias al encargado, no podíamos quedarnos más tiempo allí. Por ello, nos dirigíamos a la casa de don Teodoro Morales, quien nos la había facilitado para hospedarnos, entregándonos un juego de llaves. En la casa preparábamos nuestra cena y conversábamos hasta tarde en la noche, escuchando música o viendo alguna película.

Al día siguiente, los domingos, después de desayunar, íbamos a la capilla donde rezábamos las Laudes. Si había concurrencia de fieles, celebrábamos la Liturgia de la Palabra. No eran muchos los asistentes: dos o tres habitantes de Tistes solían participar en la celebración. En la capilla teníamos la reserva del Santísimo, lo que nos permitía dar la comunión y comulgar nosotros.

Finalizada la liturgia, esperábamos el transporte para bajar a Pilcomayo, donde nos aguardaban algunas actividades de apoyo. Solo una vez no hubo transporte, y tuvimos que bajar caminando de Tistes a Chambará, en un trayecto de una hora por caminos de tierra y pastizales.

Una noche, conversando con la señora de la casa donde nos hospedábamos, ella nos contó que en la antigua capilla —la que hoy está en ruinas— se había casado hace muchos años con su esposo. Más tarde, añadió que había tenido un sueño, o más bien una pesadilla muy particular: en ella se encontraba dentro de esa misma capilla, cuando de pronto el suelo se abrió y de allí salió el mismísimo demonio. Ella luchaba desesperadamente por no caer en aquel hueco, que parecía conducir directamente al infierno. Fue un relato un tanto extraño, pero lo cierto es que nos dejó profundamente impactados.

A esta pareja, don Teodoro Morales y su señora esposa, les estuvimos muy agradecidos por la hospitalidad. Como gesto de generosidad de nuestra parte, les obsequiamos un cuadro de buen tamaño de la Virgen Mama Percca, el cual colocamos en la habitación de la casa que funciona como capilla. En ese espacio se encuentran también gran cantidad de cuadros de diversas vírgenes y advocaciones peruanas del Señor y de su Santísima Madre, por lo que es prácticamente imposible dudar de la catolicidad de estas personas.

Desde el inicio de nuestra misión habíamos corrido la voz de que la fiesta de Santa Rosa sería el sábado 30, a las 12 del mediodía, y que ese día se llevarían a cabo los sacramentos. Llegado el momento, yo no pude acompañar, pues solo fueron mi hermano seminarista y el sacerdote celebrante. Yo tuve que asumir otros compromisos en Pilcomayo y Sicaya, ya que, ante la ausencia de uno de los tres sacerdotes de la parroquia, se hacía necesaria mi colaboración.

Mi hermano seminarista me comentó después cómo se desarrolló la fiesta. Efectivamente, los cinco habitantes de Tistes fueron confirmados y varios recibieron la Primera Comunión. Los mayordomos de la santa patrona estaban en primera fila; eran personas desconocidas para nosotros, aun siendo ellos de Tistes.

Al final, hubo un pequeño percance con la colaboración por los sacramentos recibidos. Y es que, lamentablemente, la gente no suele comprender que la Iglesia se sostiene con la ayuda de los fieles, siendo este uno de los cinco mandamientos de la institución.

Al terminar nuestra misión comprendimos mejor por qué Tistes es el pueblo de las casas vacías. No se trataba únicamente de la ausencia física de sus habitantes, dedicados al pastoreo o al comercio en Chupaca, sino también de una realidad espiritual: muchas veces las casas estaban cerradas, pero también los corazones parecían necesitar abrirse para recibir plenamente la gracia de Dios. Sin embargo, en medio de esa aparente soledad, la capilla, con el Santísimo presente, era como un corazón palpitante que mantenía viva la fe de aquel rincón alto y silencioso de la puna.

Quizá nuestra breve estadía no llenó todos los vacíos, pero sí dejó una semilla. Allí donde parecía que todo estaba vacío, descubrimos que Dios se hace presente y sostiene la esperanza. Por eso, cuando recordemos Tistes, no lo haremos solo como un punto remoto en el mapa, sino como un signo: el pueblo de las casas vacías, que nos enseñó a valorar la perseverancia sencilla de unos pocos fieles y la certeza de que, aun en la soledad, el Señor nunca abandona a su pueblo.