domingo, 10 de diciembre de 2017

¿Qué pensaba el judaísmo sobre el sufrimiento?

NOCIÓN SEMÍTICA DEL SUFRIMIENTO

         En el pensamiento judío, el sufrimiento es comprendido como la consecuencia de un pecado propio o generacional[1]. En tal sentido cabe señalar que para la época era considerado pecador solo aquel que padecía el sufrimiento, manifestado con la lepra, la ceguera, la inmovilidad corporal, o cualquier otra enfermedad; arrojando como consecuencia un rechazo social y religioso.
Se pudiera distinguir entre el sufrimiento voluntario y el involuntario. El primero señala una retribución de fenómenos, es decir, ante la falta de un hombre, éste debía pagar el mal ocasionado, razón por la cual, la ley del talión[2] lideró en la sociedad judía un sufrimiento que era  producto de la falta de compasión ante la debilidad humana. El segundo, como se ha explicado al iniciar, era el sufrimiento que venía a la persona sin ésta haberlo merecido.
Según el parecer de algunos autores, como Marción, el Dios del Antiguo Testamento era castigador, y aplicaba la venganza a quienes le fallaban, formándose de esta manera, para el pensamiento judío, la idea de que Dios castiga lo malo y premia lo bueno, cuestión que viene a dirimirse  en el Nuevo Testamento, donde Jesús presenta que Dios odia el pecado pero ama al pecador.
Como se ha mencionado anteriormente, el talión fue la regla de oro en el pueblo de Israel, el mismo expresaba que el hombre no tendría piedad ante la falla de su hermano, por el contrario debía cobrar vida por vida, ojo por ojo, diente por diente, mano por mano, pie por pie, lo que significaba una justicia aparente, que en el fondo no dejaba de ser venganza, trayendo consigo una prolongación del sufrimiento; no bastaba con verse afectado uno por el otro, sino que debía cobrar por su cuenta, devolviéndole el mismo mal.
En el caso de Job, él maldice su nacimiento, esta maldición es una acusación implícita contra sus padres, echándoles en cara sus desgracias. Un israelita no piensa en el suicidio: Job piensa en el lugar vago donde están somnolientas las vagas sombras. Todas juntas: los grandes señores en sus grandes tumbas y los abortos que no llegaron a la vida. Job plantea el problema de la vida ante el sufrimiento y la muerte; pero lo plantea mal. Porque hay la acción, el servicio de la humanidad y de Dios[3], es decir, que el hombre cuando sufre puede dudar del propio sentido de la vida.
Para comprender cuál era la noción semítica del sufrimiento, es necesario reflexionar a partir del texto joánico que narra el encuentro de Jesús con un ciego de nacimiento, donde: “Vio, al pasar, a un hombre ciego de nacimiento, y le preguntaron sus discípulos: «Rabbí, ¿quién pecó, él o sus padres, para que haya nacido ciego?» Respondió Jesús: «Ni él pecó ni sus padres; es para que se manifiesten en él las obras de Dios[4]
Lo primero a resaltar es que el personaje del cual se narra el hecho milagroso, era un desconocido para los discípulos, puesto que de saber quién era él y quienes sus padres, no hubiesen hecho tal pregunta, pues resultaría obvio que como consecuencia del pecado suyo o de sus padres estaría en tal situación. El evangelista aclara que era ciego de nacimiento, sin embargo, los discípulos de Jesús no lo sabían.
La pregunta de los discípulos da pie al fundamento de la noción semítica del sufrimiento, donde el que sufría era visto como un castigado por Dios. Aunque para Jesús nada tenía que ver el pecado con el sufrimiento; todo es dado para que se manifieste la gloria del Señor.
Sabemos que Dios en su creación, ha otorgado al hombre libertad, la cual permite a este discernir entre lo que es bueno y lo que es malo[5]. No obstante, sería un error pensar que Dios se complace en el sufrimiento de sus hijos; simplemente sufrimos porque somos humanos y las circunstancias de la vida así lo deciden. Es por ello que debamos aceptar en todo momento el sufrimiento, no como una carga, sino como una realidad intrínseca a nuestra humanidad; como dijera un Santo de nuestros tiempos: “Jesús sufre por cumplir la Voluntad del Padre…Y tú, que quieres también cumplir la Santísima Voluntad de Dios, siguiendo los pasos del Maestro, ¿podrás quejarte si encuentras por compañero de camino al sufrimiento?[6]
En toda esta disquisición sobre el sufrimiento y enfocándolo para el cristiano de hoy, no cabe el sentimiento de resignación, ya que en el sufrimiento de Cristo hemos visto la esperanza de la gloria de la Salvación. El hecho de aceptar el sufrimiento como compañero de camino, refiere la concientización sobre el mismo por parte del hombre, ante el cual no está exento, es decir, que nunca el hombre olvide su naturaleza frágil y sea capaz de asumir las consecuencias de la misma, sin perder la esperanza del cielo, donde nadie estará triste y nadie tendrá que llorar.

P.A
García



[1] Juan; 9, 2
[2] Deuteronomio; 19, 21
[3] Brillet. G. (1959). 365 meditaciones sobre la Biblia. (p. 349).
[4] Juan; 9, 1-3
[5] Génesis; 2, 9
[6] Escrivá de Balaguer. J. (1965). Camino. (# 213).

viernes, 1 de diciembre de 2017

Conozca al Padre Edduar Molina, Párroco de la Catedral de Mérida.

EN SUS 15 AÑOS DE VIDA SACERDOTAL     

Padre Edduar Molina

         A continuación les presento la entrevista realizada al Padre Edduar Molina, con motivo de sus 15 años de vida sacerdotal.

Soy el Padre Edduar Molina, vengo de Canaguá, Pueblos del Sur, el segundo de seis hermanos, mi madre es maestra, mi padre el pulpero del pueblo. Nací el 25 de mayo de 1975. Aprendí muchos valores en esa infancia acompañando a la madre maestra en los campos, en Guaimaral, La Cuesta, Chacantá, Mucurandá, y de verdad que fue una infancia privilegiada pues allí creció mi vocación al ver la vocación de servicio de mi madre maestra. En mi infancia recuerdo que lo más bonito de la época era la visita de los misioneros, la visita de un Obispo, los recuerdos de la Misión Nacional, que visitaba todas las comunidades y donde yo acompañaba a los Padres Redentoristas, allí fui viendo lo que era la misión de la Iglesia. Luego la Legión de María, que se fundó en el pueblo cuando yo era un niño, y pues llevó a los Amiguitos de María y ahí comenzó mi vida de apostolado hasta llegar al Club de los Monaguillos del Padre Castillo.

         Creo que la vocación sacerdotal nació conmigo, siempre fue lo más grande para mí desde niño, poder participar de la fe de esa comunidad que tanto me testimonió, lo que es ser cristiano, con esa humildad y sencillez del sur de Mérida. Pero luego la vocación fue creciendo en el servicio del Altar con el ejemplo del Sacerdote Sergio Castillo, que tocó profundamente mi vida de niño, de joven, de adolescente. En él pude ver lo que es el pastor cercano, con olor a oveja, el hombre devoto de la Virgen María, el hombre de las peregrinaciones de Fátima, y sobre todo el hombre de los campesinos, de la lucha social, pues allí, en esa imagen sacerdotal pude ver ese deseo en mí de querer ser también como él. De verdad que la vocación sacerdotal en el Sur se forma desde el ejemplo del servicio de la gente.

         Comencé en el año 1991 en el Seminario Menor de Mérida, con el Hermano Evaristo Jerez. Éramos ocho compañeros de los cuales yo fui el único en llegar al sacerdocio. Luego del Seminario Menor me agregué al grupo de los sacerdotes que ahora estamos celebrando los quince años, ellos son los Padres Loaiza, Alejandro Guerrero, Douglas Briceño, Douglas Carrero, George González, Ramón Rojas, y en ese curso se vivió y se aprendió lo más bonito que es la fraternidad. Con nosotros se hizo la experiencia por primera vez del Propedéutico al salir del Seminario Menor, a este curso se unían todos los que llegaban nuevos, fue una experiencia bonita, era la primera vez que se hacía en Mérida.

         Luego, antes de iniciar la Filosofía hice una experiencia pastoral en la Televisora Andina de Mérida (TAM) y en la Emisora 100.9, allí aprendí lo que era ser operador, master, ediciones, y el trabajo periodístico y de evangelizar por los medios despertó en mí el deseo de cultivarme en los medios de comunicación. La anécdota más bonita de este año de pastoral fue que me tocó alquilar una habitación para vivir, y fue en el Barrio Pueblo Nuevo y Simón Bolívar, donde conocí mucha gente, y compartí con mucha gente humilde, pobre, y con muchos peligros, ahora me corresponde ser el Párroco de ese Barrio, y muchos de esos muchachitos de esa época ahora somos lo señores que nos atendemos, que nos ayudamos y que acompaño en la fe.

         La Teología la hice en el mismo Seminario de Mérida. El 01 de diciembre del año 2002 fue mi Ordenación Sacerdotal en la Catedral de Mérida. Una inmensa alegría poder decir que esa fue la Catedral que me recibió, que me entregó este don maravilloso y ahora me corresponde ser su pastor. Ser el Párroco de la Catedral es un compromiso enorme, con mucha humildad y entrega al saber acompañar a nuestro Pastor, el Obispo.

         En la primera experiencia como sacerdote recién ordenado me correspondió fundar la Parroquia de Santa Catalina de Siena de El Chama. Fundar Parroquia significa poner toda la creatividad, el talento, el entusiasmo al servicio de la Iglesia. Todos esos primeros años de sacerdotes los viví dedicado de lleno a construir una Iglesia, pero no solo en lo material sino también en lo espiritual.

         En esta Parroquia de El Chama me correspondió formación de los jóvenes. Había muchos problemas de delincuencia, y allí con un convenio con el INCES formamos grupos para formar unos talleres de carpintería, de automotriz, también formar salones de trabajo, de verdad que fue una experiencia enriquecedora el acompañar a estos jóvenes, así como desde el Seminario me correspondió la Pastoral Penitenciaria, donde apoyé durante ocho años las jornadas penitenciarias, el trabajo en la cárcel que es conocer al preso, ayudar al que está en proceso de rehabilitación, reinserción social, y esto marcó pauta en mi vida en lo que fue el trabajo penitenciario.

          Fui a España a estudiar en la Universidad Pontificia de Comillas la licenciatura de Historia de la Iglesia, luego terminé una Maestría de dos años en la Universidad Carlos III de Madrid, Universidad pública. En España fue una experiencia doble, por una parte con la vida religiosa, la gente de Iglesia, la Universidad Pontificia, los jesuitas, de verdad, grandes formadores, el Colegio Mayor, horas de mucha lectura, de mucho estudio, investigación, y, por otro lado, me tocó la Maestría en la Universidad pública, un ambiente totalmente hostil a la fe, con jóvenes de todo tipo de pensamiento, corrientes y diversidades ideológicas, pues poder dar allí el testimonio del sacerdocio, como un compañero más, como un hermano más de ellos, donde nacieron y crecieron unas amistades buenas.

         Al regresar a Venezuela, en el año 2013, me corresponde recibir un privilegio enorme, como lo fue ser el Párroco Rector del Santuario Diocesano de Nuestra Señora de la Candelaria de Bailadores, y por un tiempo encargado de La Playa, Parroquia San Vicente Ferrer, y por eso podría decir que fui el Párroco de todo el Municipio Rivas Dávila, en todo esto pude aprender de las experiencias de Iglesia que tiene Bailadores, sobre todo de su piedad popular, las personas de los campos con su solidaridad, esto me sirvió para crecer en el sacerdocio, en madurez y capacidad.

         Hoy en día me corresponde el reto de ser el Párroco de la Catedral. Ya son tres meses, donde he aprendido a ver a la Catedral como una casa de misericordia, lugar que no tiene rostro como Parroquia, de gente que esté ahí fija, pero si tiene todos los días almas que vienen sedientas de  misericordia y del sacramento de la Reconciliación, buscando la diversidad litúrgica que posee, el patrimonio histórico que me corresponde ahora ayudar a custodiar y a dar a conocer a través de las visitas guiadas que hemos implementado; sé que es una experiencia diferente.

         La tarea que tengo desde hace dos años, como profesor de Teología en el Seminario, me ha ayudado a crecer, a volver a retomar mi senda académica, mis estudios, y de verdad que ha sido una experiencia de quince años, que puedo verlos como quince años de bendiciones, de gracias y de misericordias de Dios, quince años en los que siento que Dios se ha derramado abundantemente en mi vida, en los que he vivido al plenitud el sacerdocio, donde nunca me he sentido vacío, en los que he mantenida viva la alegría, algo que es característico en mí, mi generosidad para con la gente, también reconociendo mis errores y debilidades, pero que son quince años para bendecir y alabar a Dios, renovando el compromiso para seguir sirviendo a esta Iglesia de Mérida.

         Entrevista realizada el 30 de noviembre de 2017, por Pedro Andrés García Barillas.

P.A
García

martes, 28 de noviembre de 2017

¿Los ideales libertarios de América se forjaron en un Seminario?

EL SEMINARISTA 

FRANCISCO DE MIRANDA


         Sobre la persona de Francisco de Miranda hay mucho que decir. En la Historia de Venezuela es reconocido como “Precursor de la Independencia”, pero, como expresa Tomás Polanco Alcántara, “no fue el Precursor sino el Iniciador de la Independencia”, es por ello que este personaje encierra un gran misterio, no porque su vida haya sido oculta, sino porque muy pocos saben de él lo suficiente como para honrarlo junto a Bolívar, o incluso más. Honor a quien honor merece.

         Sebastián Francisco de Miranda y Rodríguez, nació en Caracas el 28 de marzo de 1750, (33 años antes que Bolívar), sus padres fueron Don Sebastián de Miranda y Doña Francisca Rodríguez, ambos procedentes de las Islas Canarias. Se puede afirmar que el joven Sebastián Francisco recibió una esmerada educación, sus principales tutores fueron, entre otros tantos, el Dr. Domingo Velázquez, el Dr. Francisco José de Urbina, el Dr. Gabriel Lindo, todos ellos profesores de prestigio en la Caracas de mediados del siglo XVIII.

         ¿Fue Miranda Seminarista?

         Pero, hay un dato que es interesante traer a la luz. Sobre la educación de Francisco de Miranda se sabe que cursó “Artes” en la Universidad de Caracas, y con ello materias como Lógica, Física y Metafísica, además de Filosofía, Gramática y Catecismo, las dos últimas las inició en 1762, cuando contaba con 12 años de edad. Las noticias más remotas sobre la educación de Miranda expresan que el joven, llegando casi a los 21 años de edad cursó estudios en las Aulas del Real Seminario y Colegio, donde había dado bastantes muestras de aplicación, esmero, idoneidad, celo, eficacia, aptitud, genio y buena conducta. Quienes observaron a Francisco de Miranda en su tiempo formativo en el Seminario lo catalogan como un joven con destrezas y honor, afirmando que no ha dado mala nota ni escándalo de su persona y que ha vivido cristianamente y frecuentando los Santos Sacramentos.

         Miranda, según las descripciones de la época, siendo muy joven demostró ser ante la sociedad caraqueña, un hombre tranquilo, aplicado y disciplinado, en plena armonía con sus padres y con la gente de su entorno, cumplidor puntual de sus deberes cívicos escolares y religiosos. Estas características panegíricas de Miranda en nada son parecidas a las de la infancia del joven rebelde Bolívar, pues, como es lógico analizar, el primero creció en una familia bien estructurada, con madre y padre presentes en todo momento, el segundo, por las circunstancias de la vida quedó huérfano a corta edad, lo que significó un desequilibrio familiar que influyó en su educación. No por esto se está desacreditando a Bolívar, sólo se quiere poner en su lugar a Miranda, ya que cada uno brilla con luz propia sin apagar la de los demás.

         Lo que da razón a creer que Francisco de Miranda haya sido seminarista es la afirmación de este acontecimiento por parte de sus profesores sacerdotes, ya que, como sucedía en aquella época, la Universidad y el Seminario funcionaban en el mismo edificio, sin embargo, resulta muy razonable pensar que un joven, de veinte años, que llevaba una vida disciplinada, cumplía sus deberes religiosos, frecuentaba los sacramentos, no daba escándalos ni ofrecía a la colectividad notas negativas de su conducta y con evidente seriedad en sus estudios de asistente diario al Seminario, presentaba todas las características no de un universitario sino de un seminarista. La formación eclesiástica de Miranda duró hasta 1770, (posiblemente cursó en el Seminario sólo tres años), cuando decidió no seguir en el Seminario de Caracas y partir para España, al servicio de Su Majestad.

         Como bien se sabe, Miranda en su llegada a España reforzó su carrera militar, sirviendo para el Reino durante muchos años, tiempo suficiente para formarse de manera autodidacta, pues se conoce cómo adquirió libros por montón, los cuales leía apasionadamente y acostumbraba llevar consigo en sus viajes; la lectura fue hábito laudable en él.

         Ahora bien, la historia de la Independencia de Venezuela pudo haber tenido sus orígenes en la educación recibida por Miranda en el Seminario, esta cuestión, por ahora, no se niega ni se afirma, sólo se deja la interrogante, ojala y surja alguien que nos aclare el punto. Lo que si es cierto es que Don Sebastián Francisco de Miranda y Rodríguez, con su llegada a Venezuela en el “El Leander”, dividió en dos la historia de nuestro país, pues trajo consigo una filosofía diferente, la creación de un nuevo Estado soberano y por tanto, independiente y libre y que, en adelante, no formaría parte del Imperio Español.

De la historia independentista
Miranda es iniciador
Bolívar con su estrategia
Se forja Libertador
Dos hombres y un pensamiento
En alegría y dolor
Por eso en igual portento
A los dos el justo honor

P.A
García

Referencias Bibliográficas:
Tomás Polanco Alcántara. (1996). Francisco de Miranda ¿Don Juan o Don Quijote? Academia Nacional de la Historia. Caracas Venezuela. (pp. 23-41).


viernes, 24 de noviembre de 2017

Francisco Calvo. Capítulo VI. El Predicador

El Predicador


Es deber primordial de los Obispos la predicación de la Palabra de Dios, y en su ayuda están los Presbíteros y los Diáconos. Homilía se entiende por predicación de la Palabra dentro de la Eucaristía. Aunque el predicador tiene su manera de ser, personalidad y su propia experiencia de Dios, no debe predicarse a sí mismo, sino que, debe siempre remitirse a la Palabra de Dios. El predicador es servidor de la palabra, sabiendo que es una tarea difícil. Se pide que el perfil del predicador sea el de un enviado, testigo, traductor, y comentador de la Sagrada Escritura que es Palabra de Dios revelada. El ser predicador se compone de dos elementos, uno objetivo y otro subjetivo. El elemento objetivo es la misión, el elemento subjetivo es el modo y manera como se ejerce el ministerio de la predicación. El elemento objetivo se basa en la misión. El elemento subjetivo es la competencia del predicador.

Existen unas dimensiones de la formación Homilética, al respecto se tiene que en la dimensión intelectual, el estudio proporciona al predicador los conocimientos necesarios y le familiariza con el estado actual de la predicación. En la dimensión pastoral se analiza que la actual predicación debe contrastarse continuamente con dos polos el encargo de Jesús y la situación. Con la dimensión humana podemos esclarecer que el predicador esta siempre en relación con los oyentes, el aprendizaje del arte de predicar incluye también la adquisición de una competencia personal comunicativa. Finalmente, es necesaria una formación en la dimensión espiritual, ya que, la predicación no sólo tiene un tema, no sólo es comunicativa (es por tanto una relación), sino que hay que entenderla siempre como una acción de la Iglesia.

Para una eficaz predicación, es necesario tener en cuenta unas actitudes que favorecen la comunicación, por ello se nombran las siguientes: Aceptación incondicional del otro (para crear un buen clima de comunicación); Comprensión empática (meterse en el pellejo del otro); Autenticidad (aparecer ante la comunidad tal como somos). De igual manera se deben estudiar las edades del predicador: Para el joven predicador, el primer peligro es la falta de material y, en consecuencia, la palabrería vacía, el joven debe tener la autenticidad de mostrarse como joven. La madurez preserva de la exaltación juvenil y de la resignación de la vejez. Las ventajas del predicador maduro son la madurez creciente y la fuerza tranquila, recogida. Se está en la cumbre de la vida, todavía en la plenitud de las fuerzas. El predicador mayor con la vejez le comienza el peligro del cansancio. Se recuerdan sus mejores años y, en lugar de predicar desde el presente, se predica en el fondo desde el pasado.


La predicación de los laicos la defiende el CDC: «En virtud del bautismo y de la confirmación, los fieles laicos son testigos del anuncio evangélico con sus palabras y con el ejemplo de su vida cristiana, también pueden ser llamados a cooperar con el obispo y con los presbíteros en el ejercicio del ministerio de la Palabra» (can 759). Para la homilía se tiene que solo pueden realizarla los Obispos, Sacerdotes y Diáconos, los laicos pueden predicar, pero fuera de la celebración de la Eucaristía, ya que el mismo CDC pone esa salvedad, la predicación de la Palabra de Dios en la liturgia es llamada homilía y se encarga a los ministros ordenados, la predicación de la Palabra de Dios fuera de la liturgia puede encargársele a los laicos.

P.A
García

Francisco Calvo. Capítulo V. LA ACTUALIZACIÓN

LA ACTUALIZACIÓN


La predicación entre texto y situación en la mayoría de los casos ha sido mal interpretada, ya que se ha visto como una vulgarización del texto bíblico, y es como si se menospreciara la profundidad del mensaje para hacerlo comprensible a un público específico. Además siempre ha de tenerse en cuenta que no todo texto bíblico dice algo para la sociedad de hoy y para los casos particulares de hoy, de ahí el error que muchas veces se comete al forzar una actualización del mensaje bíblico sin tomar en cuenta que son muy diferentes las realidades narradas en las Sagradas Escrituras y las que en la actualidad vive la feligresía. Actualizar el texto no es cambiarlo, sino hacer que signifique algo para las personas, para ello se habla de ser bilingües, conociendo la lengua bíblica y la actual.

En todo este arte de la predicación eclesial existe una manera deductiva que parte del texto y termina en la predicación a los oyentes. La perícopa dada se traduce, se analiza e interpreta con los métodos exegéticos, poniéndose en relación con las afirmaciones teológicas y luego se aplica a la situación concreta. La tarea de la predicación en este procedimiento es traducir a los oyentes los resultados de las reflexiones exegéticas y sistemáticas sobre un texto bíblico, que originalmente estaba dirigido a otro auditorio en otra situación.

Cada predicador debe realizar de un modo original y creativo la tarea de actualizar el texto bíblico. Para ello puede apoyarse en sus experiencias pastorales, en acontecimientos concretos tanto de la vida internacional, nacional o local como de la vida de la comunidad o de la Iglesia universal, en noticias de la última semana, en programas de radio o televisión, en el cine, en la literatura moderna, en un hecho o vida ejemplar de la historia actual de la Iglesia. No se parte, en la liturgia de los domingos y fiestas, de la situación de la comunidad, buscando un texto bíblico adecuado para ella, sino de un texto dado en el Leccionario. No obstante, hay situaciones que requieren una respuesta inmediata desde la fe, como es el caso de una desgracia que afecta profundamente a la comunidad.

Al predicar se debe entender la “situación” como: la opinión pública, el sentimiento de la vida actual, temas, espíritu de la época, tal como se expresa, por ejemplo, en los medios de comunicación social, en las encuestas, en estudios sociológicos o en la literatura. Y está la persona del predicador con sus motivaciones actuales, y con sus preferencias y bloqueos, prejuicios y reservas tanto frente al texto como frente a la situación y a la comunidad. Un ser humano con la historia de su vida, experiencias, heridas, fortaleza y flaqueza y mucho más.

Hay que preguntarse no el qué, sino a quién hay que predicar. La clave no está en exponer una buena exegesis del texto, sino en hacer comprensible la relevancia de la tradición cristiana para esta situación en la que se predica. La tarea propia de la predicación no es interpretar un texto profesionalmente, sino aclarar la situación y hacer comprensible. El objetivo de la predicación es el cambio de la realidad en una realidad de Dios. Al predicador le corresponde el encargo de ser intérprete de la tradición cristiana para la vida de los oyentes. La predicación derrite el texto bíblico, lo funde en palabras, y lo vierte en los moldes de la problemática y la vida de los oyentes actuales.

Respecto a las cuestiones de actualidad y los problemas sociales suelen hacerse dos reproches a la Iglesia. Unos opinan que la Iglesia dice muy poco sobre cuestiones sociales relevantes que son vitales para el futuro de la humanidad. Otros piensan que la Iglesia se inmiscuye en todo, que se entromete en cuestiones que no le pertenecen. Se hacen estas recriminaciones al Papa y a los obispos cuando tratan de problemas internacionales y nacionales, y, si sus opiniones son críticas con la situación dada, se consideran aberrantes por aquellos que tienen el poder político, económico, informativo, etc. A menudo se equipara orientación con dirigismo y se ve como consignas inadmisibles.


El predicador debe tomar en serio toda crítica y, tras un prudente análisis, rechazarla con decisión o aceptarla con la misma decisión: «Probadlo todo, y quedaos con lo bueno». Muchos procesos sociales necesitan de una respuesta creyente y de una iluminación desde el Evangelio. De esto se trata la actualización de la predicación de la Iglesia.

P.A
García

Francisco Calvo, Capítulo IV. Escuchad a la comunidad. Los oyentes

Escuchad a la comunidad. Los oyentes


La importancia de los oyentes radica en hacer una verdadera mirada a la comunidad, ya que es el pueblo otra manifestación del mismo Dios, es decir, el pueblo es otro libro sagrado. Es por ello que se pide al predicador que sea un contemplativo de la calle, haciéndose uno más de la comunidad puede ser capaz de tener clara la situación específica de los oyentes de sus homilías, se habla entonces de una adaptación en la predica.

El público religioso y la comunidad son dos variantes en la predicación, por ende se tiene que en las parroquias grandes debe crearse una comunidad de agentes, donde se estabilice una actividad concreta, teniendo un conocimiento del lenguaje pagano, se emplea un mejor lenguaje, que es el cristiano, donde el predicador es capaz de cuestionar la vida de los oyentes, conociendo sus realidades habituales.

Hay también una influencia del lugar donde viven los oyentes, se pueden encontrar a individuos ya marcados por tradiciones o actitudes que serán decisivas a la hora de escuchar la predicación, la apertura, la capacidad de captación a veces depende de estas. Por eso el predicador debe preguntarse ¿dónde tienen el corazón los oyentes? Del conocimiento de su vida dependerá el éxito del mensaje evangélico.

El sacerdote, también como cabeza de la comunidad, ha de ser un pastor en dialogo con su comunidad, en todo ello debe manejar un conocimiento amistoso, al igual que una simpatía y bondad en su trato con los feligreses, ejercitando siempre la paciencia debe evitar por sobre todas las cosas el chismorreo, sabiendo corregir a las personas cuando sea necesario.

En la predicación los oyentes también pueden participar como colaboradores de la misma, por ello, a la hora de preparar y de predicar se hace necesario saber ¿qué mueve a la gente?, ¿de qué se habla?, ¿qué se cuenta en la comunidad?, con ello se da una participación a los fieles en la homilía, teniendo presente de igual manera lo que estos callan.

Hay unas cuestiones específicas con respecto a la edad de los oyentes, por ello se pide en primer lugar una adaptación de las homilías de acuerdo a las edades. En los niños, por ejemplo, no se trata de qué se dice, sino de cómo se dice, teniendo presente un ambiente de formación, traduciendo el mensaje a la manera más entendible. Es preciso familiarizar a los niños con la persona de Jesús, con ello se les está introduciendo a la comunidad.

Para los jóvenes hay que utilizar un lenguaje muy optimista, mostrando siempre amor y aceptación, para ello es vital tratar de actuar y ser con los jóvenes un joven más, así se les conquista desde un sentido más cercano. En este lenguaje juvenil, y teniendo en cuenta tantos ataques a la juventud es preciso no hacer una crítica negativa, sin hacer una positiva.

En el caso de los adultos, es más conveniente predicar con un deseo de profundización, pues esto es lo que ellos buscan. Hay que tener bien claro que no todos los grupos de adultos son del mismo estilo, por ejemplo, hay diversidad en los grupos, cursos, y conocimientos, sin embargo, será común en ellos la predicación en la perspectiva de la iniciación y profundización de la fe, alimentado la misma.

Ya para los ancianos es siempre una tentación considerarlos como una plática fácil, sin embargo, para ellos hay que tener un mayor nivel de compresión, lo que corresponde a devolverles la dignidad que muchas veces se les es truncada por la sociedad.

P.A
García

Francisco Calvo, Escuchar la Palabra de Dios, el contenido de la predicación, el texto Bíblico

Escuchar la Palabra de Dios


EL CÓDIGO Y EL CONCILIO: la Iglesia resume en este numeral del Código de Derecho Canónico el ministerio de la Palabra: «Los predicadores de la palabra de Dios propongan a los fieles en primer lugar lo que es necesario creer y hacer para la gloria de Dios y salvación de los hombres» (CIC can. 768). Por su parte, El Código de Derecho Canónico resalta la necesidad de una predicación fundamentada en las fuentes de la revelación y sus intérpretes auténticos.

LECTURA DEL TEXTO: La constitución Dei Verbum (n 22) indica la necesidad de traer a la actualidad del presente, a través de traducciones adecuadas, una lengua que pertenece al pasado Para este propósito, será bueno disponer, por una parte, de una traducción literalmente fiel al texto y, por otra, de una traducción moderna.

EXEGESIS: con la exégesis se pretende que «que todos los clérigos, sobre todo los sacerdotes de Cristo y los demás que, como los diáconos y catequistas, se dedican legítimamente al ministerio de la Palabra, se sumerjan en las Escrituras con asidua lectura y con estudio diligente, para que ninguno de ellos resulte "predicador vacío y superfluo de la palabra de Dios, que no la escucha en su interior", puesto que debe comunicar a los fieles que se le han confiado, sobre todo en la sagrada liturgia, las inmensas riquezas de la palabra divina» (DV 25).

EL PAPEL DE LA TRANSMISIÓN: En la predicación hay que atenerse al sentido de la tradición y de los evangelistas o buscar el sentido original. Las dos fórmulas son posibles y están justificadas. Lo que no se debe hacer es mezclar las dos. Al final de esta labor debo disponer de la exégesis necesaria para la predicación la cual puede resumirse en tres puntos ¿Cuál es el sentido principal del texto? ¿Qué sentidos secundarios apoyan el sentido principal? ¿Cómo sirven al fin principal los diversos versículos?

POSIBILIDADES DE INTERPRETACIÓN: Para la cuestión de cómo se debe interpretar el contenido de un texto bíblico se ofrecen diversas posibilidades: la comprensión de un pasaje desde la doctrina de la Iglesia, la comprensión de una perícopa desde la composición del libro correspondiente, la ubicación del pasaje en el conjunto del libro, la idea fundamental del libro, el pensamiento del autor, la comprensión a partir de la misma perícopa, el «Sitz im Leben» de la Iglesia primitiva, el «Sitz im Leben Jesu, la comprensión de una perícopa desde la Eucaristía, el uso litúrgico, la agrupación con otros textos litúrgicos, el carácter didáctico, el relato de la Cena.


LA MEDITACIÓN: Al trabajo exegético le sucede la meditación. La meditación del texto sagrado de la predicación debe estar apoyada por una actitud de oración a lo largo de la semana. La predicación no puede ser sin oración La oración, según la recomendación de San Agustín, debe acompañar antes y después a la predicación. Sin la meditación, la predicación se convierte en un producto de la mesa de despacho, que luego hay que verter al pueblo desde el pulpito. La meditación de los textos bíblicos es la ayuda mejor para no quedarse en la superficie de la exégesis, en las opiniones de los autores sobre el pasaje, en lugar de experimentar en nosotros la fuerza viva del texto. En este sentido, nunca la predicación está acabada, sino que permanece viva en un proceso de crecimiento, como María que «guardaba todo esto y lo meditaba en su corazón» (Lc 7,19). El esfuerzo principal de la predicación no hay que hacerlo en el ambón, sino ya antes de llegar allí, una predicación se tiene que preparar con diligencia mediante el estudio, la oración y la meditación.

P.A
García